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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


           

          Tormenta de Primavera

                                       Daniel de la Vega



La tarde que Alonso llegó, la dueña de la pensión estaba atareadísima. Y cuando entraron los dos baúles, el muchacho complicó aún más los afanes de la señora. -¿Podría proporcionarme un martillo?

Mientras la señora corría jadeante, Alonso abrió sus baúles y fueron saliendo los Inevitables libros.

-No se olvide de darme la llave de la puerta. -¡Ya voy!

-¿Dónde está el interruptor?

Por fin, la pobre señora le dijo:

-Le presento a esta amiga. Ella le atenderá.

Y entró a la pieza una criatura que no contaría más de doce. Años. Era pálida, tenla unos hermosos ojos y sus cabellos eran castaños. Le sonrió tímidamente para decirle:



-El interruptor está al lado de la ventana. -Gracias.


La tarde que Alonso llegó, la dueña de la pensión estaba atareadísima. Y cuando entraron los dos baúles, el muchacho complicó aún más los afanes de la señora. -¿Podría proporcionarme un martillo?
Mientras la señora corría jadeante, Alonso abrió sus baúles y fueron saliendo los Inevitables libros.
 
-No se olvide de darme la llave de la puerta. -¡Ya voy!
 
-¿Dónde está el interruptor?
Por fin, la pobre señora le dijo:
-Le presento a esta amiga. Ella le atenderá.
 
Y entró a la pieza una criatura que no contaría más de doce. Años. Era pálida, tenla unos hermosos ojos y sus cabellos eran castaños. Le sonrió timidamente para decirle:
 
-El interruptor está al lado de la ventana. -Gracias.
 
Iban saliendo los clásicos griegos, todo Anatole France, la ropa azul, el sobretodo, muchos ejemplares .e la Colección Universal, unos zapatos. -¿Cómo, se llama usted?
-Adriana.
  -¿Es usted hija de la señora?
-No. Mamá y yo somos pensionistas.
El estuche, un, sombrero, "Juan, Cristóbal" nuevo volúmenes...
-Falta uno...
-¿Decía usted?
-No. Nada. Que faltaba un volumen. Pero aquí está. ¿Usted está en el colegio?
-En el Liceo, sí, señor.,
Cuando terminó de arreglar la ropa, Alonso y Adriana ya eran amigos. Ella revolvía, los papeles. -tropezó. Con manuscritos.
-¿Le agrada a usted copiar versos? -No, señorita.
-¿Y éstos?'
-No los he copiado. Los he hecho. -¿Usted?
Sonrió él con resignación. -¿Se pueden leer?
Algunos -dicen que no. Pruebe usted.
Ella leyó algunas 'páginas, y terminó por llevarse el cuaderno a su pieza.
 -Después de revolver ropas y papeles, Alonso se consideró instalado, y salió. Cuando regresó, en la noche, encontró sobre su, pequeña mesa el cuaderno, de los versos y en un vaso un clavel. Sonrió Alonso. Esa flor era el homenaje a sus versos. 'Las trovas siempre triunfan en el torneo provenzal o en la casa de pensión. Hoy la dama tiene doce años , pero ha sabido, con un ingenuo clavel, perpetuar una galantería que viene desde el, fondo del Medioevo.
   
A mediodía, Alonso la encontró en la puerta de la calle. Venía del Liceo, con sus libros, y el abrigo azul oscuro aumentaba la claridad de su rostro. Con afectada gravedad, Alonso le dijo:
 
-Tengo que expresarle mi agradecimiento por un clavel que anoche me acompañó en mi trabajo.
 
Ella se inquietó, como si hubiese sido atrapada. .
 
No supo responder. Para salvarla del posible rubor, Alonso a Invitó:
-¿Subamos?
Subió con él, y lo siguió hasta la pieza.
- ¿Cómo van esos estudios?
- Adriana hizo un gesto ambiguo. Estaba nerviosa;
no tenía una palabra. De regreso del Liceo, se quedó
intencionalmente en la puerta para decirle que había
,leído los versos, que quería saber para quién los había
le facilitara otros cuadernos y mil cosas
  Y llegaba el momento, y no atinaba a encontrar palabra.
Desde entonces, Alonso, sentía la presencia de la muchacha rondar constantemente en torno de su vida. .Todas las tardes, cuando regresaba del trabajo, encontraba en el vaso de la mesa unas flores nuevas.
 
-¿Para quién escribió estos versos?
-Para nadie, Adriana Los que entretenemos la vida urdiendo literatura, bien poca cosa debemos a la realidad. A veces queremos retratar en nuestros escritos a que nos parece Interesante, pero, poco a s alejándonos del modelo. Hoy corregimos mañana agregamos una cualidad, después  una mala costumbre, le cambiamos el pelo, le concedemos diez centímetros más de estatura, y terminamos por reconocer que nuestra heroína no tiene nada de común con el original. Nos ocurre como a los chicos que no saben dibujar. Desean dibujar unos anteojos y les sale un automóvil.
Adriana guardó silencio. Con su mutismo decía que no le interesaban esas explicaciones literarias. Ella esperaba confidencias, cosas de ternuras, secretos de la soledad, y él le entregaba una helada observación  de la pieza.  Fue a encerrarse con su gramática. Pero no estudió. Se encontraba un gran laberinto de sensaciones, de raros, de deseos de bellas tristezas y, también, de terror ante lo desconocido. Empezaba a entender ese cuadro del comedor, en el cual aparecían un hombre y una mujer mirándose a los ojos con hipnótico arrobamiento. Y recordó la charla de su madre y una amiga, que había oído algún tiempo atrás. Hablaban de una señora que había abandonado a sus hijos pequeños. Su madre murmuró, suspirando:
 

-Tú sabes que cuando una mujer pierde la cabeza  
A Adriana ese abandono le pareció monstruoso, y no comprendía la frase tolerante y resignada de su madre. Ahora empezaba a sospechar en medio de un mundo de violencia desconocida. Los amantes se suicidaban, las almas eran arrastradas por tempestades amorosas. Desgarradoramente lloró su tía una tarde, tendida en la cama, mientras su madre le repetía: .
-No debes tomarlo así. Ese hombre no vale nada... Un infame...
-Pero era imposible consolarla. Los sollozos partían el pecho.
En el piso bajo sonó la radio,
 
Clide, Clide,
mi rubia amante de ayer,
esta
noche
la lluvia vuelve a caer...

 

 


 
Y esa música ligera que antes nunca le dijo nada, ahora tenía una terrible emoción, traía deseos de llorar... ¿Estaría escuchando Alonso esa música? ; ¿Le diría también a él tan misteriosas tristezas?
El domingo, su madre le dijo a Adriana que se vistiese, pues irían a San Bernardo, a casa de sus primas. La niña dijo que tenía frío, y que prefería quedarse en casa. Pero la madre insistió, y fueron.
-Hace un mes no deseabas otra cosa que Ir a San Bernardo. ¿Qué te pasa?
-Nada...
La quinta de San Bernardo había perdido todo interés para Adriana. Un jardín apagado, una casa extraña, unas primas fastidiosas. Con seguridad, en toda la tarde Alonso no saldría dé su pieza. Ella habría podido conversar con él.
En la noche, Adriana soñó con Alonso. En el sueño, tenía tan poderoso encanto, le despertaba tan vivo amor, que la chiquilla se despertó delirante, con unas ansias frenéticas de verlo. Cuando llegó el día, y la luz desgarró la hechicería del sueño, Adriana fue a la pieza de Alonso, y le pareció que su amigo era vulgar. Pero el delirio le dejó un recuerdo tan vivo, que a ratos no sabía si se complacía más con el recuerdo del Alonso real o con el resplandor de la visión nocturna.
   
En la tarde de un sábado estaba Alonso escribiendo en su pieza, cuando sonaron dos golpes en la puerta:
-¿Se puede?
-Adelante...
Se abrió la puerta, y una mujer todavía joven apareció sonriendo en el umbral.
Alonso se puso de pie, y, curioso y extrañado, le ofreció un asiento.
-Alejandra Ayala... Soy la mamá de Adriana...
Alonso estrechó una mano fina, mientras le preguntaba con los ojos a qué se debía tan sorpresiva visita.
-Usted me perdonará que le interrumpa su trabajo -dijo mientras tomaba asiento-. Antes de llamar a su puerta he vacilado bastante. Si ahora le suplico que me conceda atención, es porque mi deber, de madre me lo exige.
Hizo una pausa, porque parecía que no encontraba la manera de abordar el asunto. Por fin se decidió:
-Desde hace algún tiempo, mi hija viene con frecuencia a conversar con usted.
Alonso se apresuró a decir:
-Y yo la he recibido con la delicadeza que corresponde a una niña de su edad.
-Lo sé. Pero no sé, trata de usted. Se trata de ella. Yo le suplico que hablemos con sinceridad.
-Puede estar usted segura, señora.
Entonces ella, con una sonrisa triste, le dijo:
 
-Esta criatura está profundamente enamorada de usted.
 
Ante el gesto de asombro de Alonso, ella se apresuró a agregar:
 
-Es, posible que usted no haya reparado en ella, pero yo, que soy su madre, y leo sus pensamientos, sé que esta niña se encuentra en una crisis que me alarma.
 El caballero que siempre estaba atento en el alma de Alonso, habló con ímpetu:
. -Puede usted contar conmigo incondicionalmente
 
-Gracias. Es necesario que la niña no le vea más. Yo conozco el temperamento de Adriana, y sé que será de las que no retroceden.
 
Y a sus hermosos ojos tristes se asomó una llamarada de orgullo. Alonso entendió que ese orgullo le decía: Somos de casta de apasionadas, de las que queman las naves y caminan cantando al encuentro de la muerte.
-Alonso se puso de pie:
-Incondicionalmente, señora.
-Para que se realice esta separación, nosotras nos marcharemos de esta casa. Pero al hombre de bien que hay en usted, quiero pedirle que trate de eludir todo encuentro con Adriana. Es una súplica de una madre, señor.
-¿Y si viene ella a esta casa?
Ella, sospechosa, preguntó a su vez:
- ¿Le costaría a usted eludir el encuentro?
-Hemos dicho que hablaremos con sinceridad.'Debo decirle que me costaría trabajo.
-¿Entonces usted... ?
-No, señora. No tema por mí. Yo no he visto la crisis de la niña. No he pensado en ella, pero no puedo negarle que me sería doloroso cerrar brutalmente la puerta a esta encantadora criatura que todos los' días renueva las violetas de ese vaso.
¿Entonces, ?
-La solución está en que yo sea el que se marche.
- i Oh, gracias!
-Desde este momento, señora, yo buscaré-otro barrio distante. Es fácil para un individuo que no tiene equipaje que algunos libros predilectos. Cuando tenga mi nueva residencia, le daré a usted las señas para que sepa en qué sector queda el peligro. A la niña, le diré, que me embarco para Colombia. Una gran distancia siempre es capaz de engendrar una resignación.
Y, la mujer, acaso sintiendo despertar viejas memorias, murmuró con pena:
-Es verdad.
Alonso pensaba que las mujeres, cuando no están dominadas, por un cariño, hablan del amor con frialdad y altanería; sólo cuando aman hablan de las cosas del corazón, con el respeto que merece su rango. "Esta, señora es joven y hermosa, y seguramente estará atrapada por una pasión. Parece que sale a menudo -pensaba Alonso-, y también irá cada tarde a renovar las violetas en el vaso de otra mesa."
   
-Me voy, Adriana.
-¿A dónde?
-A Colombia.
Un Instante de silencio, poblado de mil cosas diversas.
-¿Y cuándo vuelve?
-Difícil saberlo.
No hablaron más. Luego la muchacha salió de la pieza de Alonso, sin pronunciar una palabra.
 
 
Para Adriana el mundo empezó a perder su sentido. Era como si la vida fuera apagándose. Iba, al Liceo con desagrado. Sólo veía inutilidad en sus estudios. Le molestaba el entusíasrno con que, sus condiscípulas se relataban los argumentos de las películas.  Después de leer la lección, reparaba en que, sólo había mirado las palabras, sin entenderlas. Tenía que empezar otra vez. Y era fatigoso emprender de nuevo la lectura que no había entrado a su conciencia.
Desde el balcón de su pieza miraba los edificios del frente. Esa casa de ladrillos se ve desde el balcón , también se ve la botica, y también el quiosco. Pero desde el balcón de Alonso no se ve la chimenea de la fábrica, ni el, almacén, ni el árbol...
   
-¿Me escribirá?
-Indudablemente; le escribiré.
Después de haberío prometido, Alonso vio que habla cometido una imprudencia. Ya vería modo de decírselo a la señora. En realidad, Alonso no se atrevía a comportarse cruelmente con la chiquilla. Y sin embargo, era necesario. Con la piedad se le permitía concebir esperanzas, persistir en su pasión. Y era indispensable sofocar el incendio a costa de todos los sacrificios.
No se -podía acompañar a la enfermita. Había que dejarla sufrir sola. Único y terrible medio de curación. Siempre en nuestros grandes dolores estamos solos. La soledad, la sensación de aislamiento, es el distintivo del verdadero dolor. Cada uno tiene su noche de abatimiento en el Huerto de los Olivos.
Sólo contaba doce años, y no tuvo otros confidentes que el árbol de la esquina de la calle y un piano vecino que le despertaba brumosas tempestades sentimentales. Sobre sus cuadernos de matemáticas, pensó y pasó noches enteras escuchando el grillo de la ventana.
Desde la sombra, su madre le preguntaba: -¿Estás despierta, Adriana?
 
Ella no respondía. Quería que la creyese dormida. No quería que nadie se metiera en los dominios de su dolor, nadie podría entender su agonía , su soledad, la inmensa tortura de sus sueños.
Con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchaba los ruidos de la calle. Y le dejaban una desgarradora melancolía esos coches que rodaban a lo lejos, el silbido de un trasnochador, y ese primer caballo que pasa rompiendo el silencio del alba con el estruendo de sus cascos en las losas de la calle. Todo le hablaba de, ausencia. -Todo le decía que los días se desvanecen y las almas se separan. No lo pensaba aún, pero sentía que vivir es despedirse.,
 
Faltaba un día para que Alonso se marchara de pensión. La madre de Adriana fue a su pieza. La chica estaba en el Liceo.
-¿Mañana se marcha?
-Mañana, señora.
En los dos había una mal disimulada emoción. No se lo confesaban, pero sabían que estaban traicionando al amor. Junto á,ellos el Angel había alzado un mundo de pedrerías, y los dos se habían confabulado para cortarle las alas de lágrimas.
-Me voy a vivir en las cercanías del Parque Cousiño, en la calle Domeyko.
. Sacó una tarjeta; anotó la dirección y se la entregó a la mujer:
-Aquí me tendrá siempre a sus órdenes, señora. ,-Gracias. Estoy profundamente reconocida de su caballerosidad.
Guardaron silencio. Estaban tristes. Por fin, ella. habló:
-Usted, no sabe cuánto he sufrido en estos últimos días.
Y miraba con curiosidad y extrañeza a Alonso y los modestos objetos que le rodeaban. La mujer no comprendía cómo ese muchacho, algo vulgar, encerrado en esta pequeña pieza de pensión, podía haber enloquecido a su hija. A pesar de sus años, no, sabía que el amor, con cuatro baratijas, construye una constelación, y a dos palabras sin sentido les presta la fuerza de una tragedia de Esquilo.
Repitió:
-No sabe usted lo que he sufrido... Mire usted..
Y le mostró una hoja arrancada de un atlas. Era un mapa de la América del Sur. Adriana había marca, do con un lápiz rojo, la posible ruta que haría el barco en que se marcharía Alonso. La línea roja arrancaba de Santiago, Iba a, Valparaíso, y subía por la región celeste del mar hasta llegar a Colombia. Allí se detenía en el puerto de Buenaventura, y, como ella no conocía la red de ferrocarriles, una línea recta unía el puerto con Bogotá.
Entonces sonaron pasos en el pasillo. La señora murmuró con ansiedad:
 
-Adriana...
Rápidamente, Alonso tomó el mapa y lo ocultó entre sus papeles, y empezó a hablar con naturalidad:
-Todavía no he elegido el vapor. Tal vez me decida por la Compañía Inglesa... Prefiero el barco que haga menos escalas...
Al día siguiente, cuando ya unos mozos sacaban los baúles, Adriana fue a la pieza de Alonso. El, después de revisar con la mirada la habitación vacía, tomó unas violetas del vaso de la mesa, las guardó en un sobre y las puso en su cartera. t
Ella le preguntó con triste alegría: -¿Se lleva esas violetas?
-Viajarán conmigo, Adriana. Irán a Colombia...
Ella alcanzó a decirle, con la voz rota por un sollozo:
-Escríbame...
Alonso le tomó la manecita helada, y la mantuvo unos momentos entre sus manos grandes y fuertes. Y salió de la habitación con un gran remordimiento.
 
 
Adriana, han transcurrido doce años. Esta noche, Alonso, revolviendo -viejos papeles, ha encontrado un mapa de la América del Sur. En ese mapa, ya bastante deteriorado, una línea roja sale de Santiago, sube por el océano y- llega a Colombia. Tú ya serás una mujercita y habrás llorado otras lágrimas. Nunca más supe de ti. Pero, a veces, entre los revueltos recuerdos de mi vida, aparecía la silueta de una, chiquilla gentil que iba a asomarse a una pieza de pensión. Tenía los ojos oscuros y los cabellos castaños. Con la voz rota por un sollozo, me pidió:
-Escríbame...
Y yo no le escribí nunca.

 


Ahora, Él volviéramos a encontrarnos, veríamos, que de todo ese incendio sólo queda un poco de ceniza. Yo seré un hombre vulgar para ti. Aquel hermoso universo ya ha desaparecido. Es hora de que nos despidamos para siempre.
Adió s, Adriana. Yo todavía te llevo con tus doce años tu abrigo azul  del colegio, tu melenita revuelta. ya no serás así. Yo también habré cambiado. Somos dos extraños. Adiós, Adriana. Ya no reconocerías a este hombre vulgar que esta noche de Invierno contempla. con tristeza un mapa de la América del Sur...
 

 

Daniel de la Vega - Chile


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