Cristóbal Toral

 

Desnudo recostado

Cristóbal Toral (Antequera, Málaga, 1940) ha bajado del tren en Madrid y ha vaciado otra vez una de esas maletas que desde los años 70 vienen llenando sus cuadros. El equipaje: su primera exposición en la capital desde hace 29 años, con toda su última obra. La muestra viene acompañada por la publicación de su autobiografía La vida en una maleta: autorretrato de un pintor, en la editorial Temas de Hoy, a la que ha puesto prólogo Mario Vargas Llosa.

Los lienzos de Cristóbal Toral han forjado –desde el final de la dictadura franquista, junto a los de Eduardo Naranjo– la segunda generación del realismo español, la de su vertiente mágica. Si, una generación antes, Antonio López abría las puertas del realismo español a principios de la segunda mitad del siglo XX, una década después Toral volvía la vista a nuestro Barroco, y sobre todo a Velázquez, para revisar los conceptos contemporáneos de la pintura. Su obra se puede agrupar sin miedo en tres tipos de cuadros, de representaciones que se repiten obsesivamente: el desnudo de la mujer, los bodegones y las maletas como su más acertada visión del destino del hombre. Del hombre de siempre, de todas las épocas, y de las circunstancias del hombre en nuestro tiempo: el hombre español que salió al exilio, que emigró a la Europa rica durante el franquismo, el hombre que, acosado por las guerras o las persecuciones políticas, ha hecho continuamente el equipaje para poder reconstruir su vida en otro punto del planeta.

El realismo de Cristóbal Toral, sin embargo, está bañado siempre por un leve sueño surrealista. Hasta la luz de sus bodegones más clásicos parece contaminada por los sueños de Dalí. Y no sólo porque las situaciones de sus representaciones realistas son muy poco realistas, sino porque se sumergen en el extraño mundo de las asociaciones realistas. Si Toral necesita acentuar la soledad de un personaje, no duda en situarlo en una imposible estación guardando cientos de maletas. Si quiere incidir en el destino desesperado de una mujer, ella recorre desnuda un paraje gobernado por una gran cama adonde todos nosotros acudimos para dejar nuestro equipaje, nuestros recuerdos, la carga de nuestra existencia.

Quizás por todo ello, al realismo mágico de Toral cuando pinta, y al mismo Cristóbal Toral cuando reflexiona, no le cuesta tender puentes hacia otros campos de la pintura en principio tan opuestos al suyo como la abstracción. Sobre el enfrentamiento entre realismo y abstracción, afirma «el debate entre abstractos y realistas, en realidad no ha sido más que un debate entre dos realismos diferentes (…), lo importante es que el pintor tenga capacidad de crear».

Con realismo o sin él, en cualquier caso nos quedamos con lo mágico, que es lo que diferencia a las maletas de un artista de cualquier otra maleta.

 

 

 

 

 

"Peral"- Óleo sobre lienzo

En 1977 representa a España en la XXIII Bienal Internacional de "Fiorino", Florencia, donde obtiene la medalla de oro, y el homenaje de la organización disponiendo su obra en una sala especial junto a Balthus, Guttuso y Varlin.

 


"La nueva inquilina"- Óleo sobre lienzo

"Toral recrea en sus lienzos una atmósfera especial que, al contemplarlos nos traslada a un mundo de imágenes que nos rodean, con un aura de intimidad en sus escenas que nos introduce en el sentimiento propio del artista". Antonio Claret

 

"Ciruelas"- Óleo sobre lienzo

"(...) Mirando la pintura se aprende a mirar el mundo. Desde la puerta de su casa Toral nos ha dicho adiós con su gran sonrisa de Adán, ancho y fornido, con su pantalón corto, sus sandalias y su camisa abierta y manchada de pintura, con su aire de hortelano que tiene un refugio secreto de tierra fértil y árboles umbríos en el mismo centro de Madrid". Antonio Muñoz Molina, escritor.

 

 

 

Detalle del "Tríptico del mueble"- Óleo sobre lienzo

 

 

         "La llegada"- Óleo sobre lienzo

 

                    

                       

 

 

 

 

 

 

"Interior con figura"- Óleo sobre lienzo

 

 


"Habitación de Hotel de Saint Paul de Vence"
- Óleo sobre lienzo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Figuración vs Realismo

El Diccionario de la Lengua de la Real Academia entiende por figurativo lo que es representación o figura de otra cosa, mientras que por realismo recoge la forma de representar las cosas tal como son, sin suavizarlas, ni exagerarlas. Expresados así ambos términos, podríamos suponer que la representación de lo real es subjetiva en el caso de la figuración y objetiva en el del realismo.
Sin embargo, en el devenir de las diversas tendencias realistas en la historia del Arte nos viene mostrando que el máximo valor del Realismo, como apunta María Jesús Salazar, no reside en la representación de la realidad en si, sino en expresar el estado de ánimo y la relación del hombre con esa misma realidad.
Cuando Champlfleury acuñó el término "Realismo" en 1850, lo hizo para apelar por una tendencia en la que sólo se valorase la mera representación (la mirada objetiva) frente a los excesos idealistas y naturalistas del Romanticismo (la mirada subjetiva). El resultado fue el academicismo decimonónico, carente de alma, que fue imperante en la formación de los artistas generación tras generación en toda Europa. Un siglo después, en la década de los cincuenta del siglo XX, la validez artística del realismo académico es puesta en duda, incluso en los propios centros de formación.


 

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El caso español conocerá, en la entonces Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, la aparición de un primer grupo de realistas que anteponen el testimonio de la vivencia personal a la mera captación de la realidad, buscando lo cercano y familiar. Es el caso de Antonio López o Amalia Avia.
Ya en la década de los setenta aparecerá un segundo grupo, con unas circunstancias personales distintas al primero (es la época del desarrollo consumista), y por ende con muy diversas influencias externas: no ya sólo de la propia plástica, sino también de la literatura y del pensamiento. En él se incluyen artistas como Eduardo Naranjo o Cristóbal Toral, que hacen evolucionar su obra dentro del realismo mágico, donde los objetos, descritos con verismo y luz íntima, sirven de escenografía evocadora del misterio.
En la década de los ochenta surge el tercer grupo de realistas, formado por alumnos de Antonio López en la ya Facultad de Bellas Artes de San Fernando, que se desligan por completo del realismo español tradicional: José María González Causante, José Manuel Ballester. En la década de los cincuenta aparecen movimientos ideológicos como Equipo Crónica o Juan Genovés. Fuera de estos grupos quedan los que, siguiendo la tradición realista española, ofrecen imágenes veristas y evocadoras como Florencio Galindo o Emilio Serrano.

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En el campo de la figuración, con un fuerte componente de lirismo cercano al realismo, encontramos a Salvador Dalí, con ligeras incursiones en un hiperrealismo onírico, el sentido ilustracional de Teodoro Miciano, la figuración onírica superdescriptiva de José Hernández, o la evocación paisajista de Joaquín Sáenz.
En el campo de la figuración, al contrario que el del realismo, es mucho más amplio y versátil. Encontramos desde el canon deformante y trazado con la caligrafía expresionista de Pablo Picasso, hasta la goyesca recreación de Antonio Guijarro, pasando por las tendencias a la abstracción de Antonio Saura, o por el minimalismo caligráfico de Joan Hernández Pijoan.
La figuración como el realismo han tomado siempre como concepto el término griego de "nímesis", que suele traducirse por imitación, copia o interpretación, y como bien apunta Valeriano Bozal en su "Historia de las ideas estéticas": Analizar las diversas concepciones de nímesis que se han dado a lo largo de la historia sugiere también la necesidad de abordar una de las cuestiones centrales, si no la central, de la representación artística: su simultánea afirmación de que este es aquel, con palabras de Aristóteles, y de que nos encontramos ante una ficción. Coinciliar la verdad de "es" con la condición ficticia de la imagen es la tarea que los artistas se han dado a través de la historia.

Entre la ternura y la angustia

La muestra del artista español Cristóbal Toral es un encuentro con la obra de un virtuoso. Pero por sobre su condición técnica de dibujos y pinceles, encontramos una profunda reflexión sobre la condición humana.
La obra de Toral transmite calma, ternura, tanto en las naturalezas muertas, los bouquet de flores, como en la figura humana.

Es un clásico, porque los objetos, como los personajes están distribuidos en equilibrio dentro del espacio.
Tiene algo del Barroco, porque cada obra es una "puesta en escena", donde la luz dirigida (como de spots) descubre el espacio al espectador.
Sigue la tradición clásica en la elección de los temas: desnudos femeninos, naturalezas muertas.
Pero por sobre todas las cosas, Toral es un hombre de su época, es decir de la nuestra, y cuando cita obras del pasado nos las muestra desde el presente.

Diego Velázquez fue pintor del rey Felipe IV y en esa época en España ser pintor del rey no era mucho más que ser barbero.
Velázquez sabía lo que valía y se atrevió a hacer del retrato de Felipe IV y su majestad la Reina una obra que burló toda etiqueta. A los retratos, y sobre todo a los oficiales, se los llamaba de aparato, por las convenciones que se debían respetar. Velázquez da vuelta la escena y nos muestra la "cocina" del taller. Las Meninas es una obra que nos acerca a la vida real: los personajes son intimidados por nuestra mirada y el pintor nos interfiere con la suya si entramos dentro de su campo de visión.
La modernidad de Velázquez es el haber hecho una obra donde la realidad cotidiana, en un espacio y una luz natural, es revelada a quien se pueda acercar a ella como un fragmento. Cristóbal Toral se da el lujo de recrear ese mismo espacio y sobre todo de construir una luz velazquiana por el dominio técnico con que cuenta. Pero la modernidad de Toral está en invertir el tiempo barroco, detenerlo.

En D'après Las Meninas (1974-1975) todos los personajes han desaparecido, sólo en la puerta del último plano queda el mayordomo.
El espacio está ocupado ahora por valijas, maletas.
El tiempo de Velázquez era el tiempo de la vida capturada en el instante, el de Toral el de la memoria, el vacío, el abandono y la muerte. El mayordomo, echa una última mirada a un espacio que sin la presencia humana ha quedado ausente de vida. Todo es recuerdo. El bastidor del pintor está allí, no sabemos si ha acabado o no su obra. El clásico espacio de la perspectiva pierde certeza, se ha llenado de los fantasmas de nuestra época, de nuestros miedos, de nuestra inseguridad personificada en las maletas. Son símbolos de viajes, exilios, nostalgia, ausencia, desencuentros, deportaciones, desarraigos. Nuestra historia reciente está marcada por la emigración, persecución y exclusión. Las tiernas figuras femeninas de Toral están solas, signadas por maletas que son un viaje a la nada.

El clasicismo de Toral se termina allí donde empieza su reflexión sobre la condición humana.
La reducción del hombre al valor de cosas, de objetos.
En algunas obras maletas apiladas nos evocan la ausencia humana. Los despojados y claros espacios clásicos de Toral terminan cuando en ellos aparecen seres humanos empaquetados como maletas o bultos.
El acelerado y aturdido tiempo en que vivimos es detenido para que podamos reflexionar sobre la realidad, para que la velocidad contemporánea no la diluya, para que no nos suceda como con la imagen de la TV que en su velocidad banaliza todo, hasta la muerte.
El arte, parece decirnos Toral, es simple metáfora, artificio.
 

 

 


En Desnudo del Espejo vemos una muchacha reflejada en un espejo que cuelga de una pared pero descubrimos que se trata sólo del reflejo. La realidad es artificio, tal vez todo lo que vemos es la obra de un artista.
Nada es seguro, ni la ciencia. Nada sabemos y como a La Familia de Carlos IV de Goya, Toral los provee de valijas porque ni siquiera los reyes están libres del exilio.
La realidad no es más que eso, la conciencia del artista que ordena en su obra un mundo, lleno de ternura y angustia.