Vicente Huidobro la definió
como: "la mujer más grande que ha producido la
América. Perfecta de cara, perfecta de cuerpo,
perfecta de elegancia, perfecta de inteligencia,
perfecta de fuerza espiritual, perfecta de
gracia". Incluso, Juan Ramón Jiménez, hombre
poco dado a los elogios fáciles, le dijo: "Tú
das una cosa que no es la usual, pero que puede
serlo desde que tú la tocas". Mucho se podrá
decir de Teresa Wilms Montt y su vida bohemia e
iconoclasta, de sus amoríos y vida errática por
Buenos Aires, Madrid, Londres, Nueva York y
París, pero nadie podrá negar su importancia en
la literatura nacional, a pesar de que su vida
–fuera de lo común para una mujer de aquellos
años- mereció quizá mayores comentarios que su
obra.
"Tristes somos aquellos que no
hemos nacido de los
dioses".
T.W.M.
Teresa de las Mercedes Wilms
Montt, nació el 8 de septiembre de 1893 en la
ciudad de Viña del Mar, en el seno de una
acomodada familia compuesta por Federico Guillermo
Wilms Montt y Brieba, y su señora Luz Victoria
Montt y Montt. Dado el contexto social de la
época, su instrucción estuvo a cargo de
institutrices y profesores particulares. Cuando
Teresa tenía 17 años, contrajo matrimonio con
Gustavo Balmaceda Valdés. En los años siguientes
(1911 y 1913) nacieron sus dos únicas hijas, Elisa
y Silvia Luz.
A poco andar el
matrimonio, comenzaron las desavenencias entre
Gustavo y Teresa, principalmente debido a las
molestias del primero ante la personalidad de su
mujer, quien había comenzado a frecuentar
tertulias y ateneos y se había adscrito a los
ideales anarquistas y a la masonería. Gustavo
reaccionó resguardándose en el alcohol y el juego;
Teresa, por su parte, en su amigo y primo de
Gustavo, Vicente Balmaceda Zañartu, El Vicho (al
que se referirá más tarde en su diario como Jean).
Tras numerosos conflictos conyugales, traslados y
cartas de Vicente Balmaceda dirigidas a Teresa,
Gustavo Balmaceda convocó a un tribunal familiar,
el que decretó su enclaustramiento en el Convento
de la Preciosa Sangre, al que ingresó el 18 de
octubre de 1915 y del que escapó en junio de 1916
con rumbo a Buenos Aires, ayudada por Vicente
Huidobro. Durante su estada en el convento,
comenzó a escribir su diario, en el cual consignó
sus sentimientos respecto a la pérdida de sus
hijas, a su separación de Vicente Balmaceda y las
motivaciones de su primer intento de suicidio el
29 de marzo de 1916.
En Buenos Aires,
colaboró en la revista Nosotros, en la que
también lo hicieron en su oportunidad Gabriela Mistral
y Ángel Cruchaga Santa María, entre otros.
También, publicó su primera obra Inquietudes
sentimentales, un conjunto de cincuenta poemas
con rasgos surrealistas que gozó de un éxito
arrollador en los círculos intelectuales de la
sociedad bonaerense. Lo mismo ocurrió con Los
tres cantos, obra en la que exploró el
erotismo y la espiritualidad. Dos años después de
esta obra, tras viajes a Barcelona y Nueva York,
volvió a Buenos Aires y publicó Cuentos para
hombres que todavía son niños. En él, evocó su
infancia y algunas experiencias vitales, en
narraciones de gran originalidad y fantasía.
En la inquietud del
mármol se publicó en Barcelona y constituyó
una elegía de tono lírico, compuesta por 35
fragmentos, cuyo motivo central fue la muerte.
Escrita en primera persona, enfocó su interés en
el rol mediatizador del amor de la vida y la
muerte. También publicó Anuarí, obra
inspirada en un romance que mantuvo con un joven
bonaerense que se suicidó. Además, en 1922
apareció Lo
que no se ha dicho, en él, se incluyen
"Páginas de mi diario", "Con las manos juntas",
"Los tres cantos", "Del diario de Sylvia" y
"Anuarí".
Luego continuó viaje por Europa,
visitando Londres y París, pero manteniendo
siempre residencia en Madrid. En el año 1920 se
reencontró con sus hijas en París; pero tras la
partida de ellas, enfermó gravemente. En esta
crisis, consumió una gran dosis de Veronal y
falleció el 24 de diciembre de 1921. En las
últimas páginas de su diario, escribió: "Morir,
después de haber sentido todo y no ser
nada...".
En plena
1ra Guerra Mundial Teresa decide alistarse en la
Cruz Roja y viaja a Nueva York, llegando a la
ciudad el 3 de enero de 1918. La acusaron de espía
alemana y fue enviada a prisión, luego de un
tiempo no le quedó más remedio que abandonar su
idea y partir rumbo a España.
En 1882, El Mercurio publicó una
lista de las 59 familias chilenas que integraban
la neoaristocracia; nuevos ricos generados por la
especulación económica en un decadente período
saturado de prejuicios nobiliarios y donde todos
competían por superarse en excesos que tenían al
mero placer como única finalidad.
Acunada
entre esta mundana ralea, una extraña criatura
jugó su suerte al desterrar las trabas sociales en
favor de un destino propio, encontrando como
recompensa el rechazo y la soledad. Tal fue el
breve tránsito de Teresa Wilms Montt, visionaria
escritora prematuramente marElisa Balmaceda Wilms y cuyo legado
sigue sin obtener justicia en la literatura
local.
María Teresa de las Mercedes Wilms
Montt nace el 8 de septiembre de 1893, en el seno
de una acaudalada familia viñamarina formada por
Federico Guillermo Wilms y Luz Victoria Montt.
Talentosa, bella y culta, destacA entre sus seis
hermanas por su apasionado carácter, rebelándose
contra la aristocrática educación que sus maestros
e institutrices orientan hacia el matrimonio y la
ociosa vida perseguida en la alta
sociedad.
Ya en su adolescencia, la hija
terrible genera nuevos roces cuando se enamora de
Gustavo Balmaceda Valdés, un sobrino del
presidente Balmaceda que – como todos sus
parientes, tras la Guerra Civil – es mal visto en
las altas esferas y subsiste con discretos puestos
públicos en espera de conseguir algún cargo
diplomático. Apasionados por la opera, los jóvenes
deciden casarse cuando ella contaba con 17 años,
encontrando la fuerte oposición en los Wilms-Montt
al punto que jamás volverá a ser admitida en su
casa.
Apenas meses más tarde, el 25 de
septiembre de 1911, la pareja trae al mundo a su
primera hija, Elisa. Casi inmediatamente, razones
de trabajo motivan el traslado de los Balmaceda
Wilms a Iquique, donde residien entre 1912 y
1915.
Teresa fue la segunda de siete
hijas de Federico Guillermo Wilms Montt y Brieba
y de Luz Victoria Montt y Montt. Veamos una
breve cronología:
1893 Un 8 de septiembre,
nace en Viña del Mar. 1910 Era aficionada a
concurrir a la ópera, y allí conoce al que será
su esposo, Gustavo Balmaceda Valdés (1883-1924),
sobrino del ex presidente José Manuel Balmaceda.
Los novios tienen la férrea oposición de la
familia Wilms que, tras el matrimonio, no desean
verla de nuevo. Los recién casados se fueron
a vivir a Santiago, donde la vida cultural
atrapó a la mujer. Su belleza llama la atención
en los salones, hecho que ocasiona celos en
Gustavo. Suelen tener discusiones. 1911 Nace Elisa. 1912 El matrimonio se
traslada a Iquique por razones económicas del
marido. La ciudad vive el esplendor del
salitre. 1913 El 2
de noviembre nace Silvia Luz. Teresa está
escribiendo con el pseudónimo "Tebal" en la
prensa local. 1914
Gustavo abusa del alcohol y del juego. Teresa
frecuenta tertulias literarias con
librepensadores, donde conoce a la anarquista
española Belén de Zárraga. Se interesa por la
condición deprimida de la mujer. Conoce a
Luis Emilio Recabarren y a Teresa Flores,
ardiente feminista. Visita imprentas,
hospitales; es admirada por donde
circula. Pero: "Yo abusaba del licor, de
los cigarrillos, del éter,
etc.,etc.". 1915 En ese ámbito de
bohemia, inquietud social y desajustes
matrimoniales, ha conocido a Vicente Balmaceda
Zañartu (1885- 1921), primo de su esposo. Se
descubren cartas que se refieren a sentimientos
amorosos entre ellos. El escándalo estalla al
interior de la familia Balmaceda. 1915 8 de octubre, Teresa
es obligada a ingresar al Convento de la
Preciosa Sangre, de Santiago. Un "proceso" al
interior de la familia le ha quitado la tuición
de sus hijas en beneficio de sus abuelos
paternos. 1916 En
la soledad, comienza un diario íntimo. Para
liberarse del dolor, el 29 de marzo intenta
suicidarse con morfina. Sus padres, a pesar de
negarle apoyo personal, en secreto acuerdan
financiarle el exilio.
En junio, "huye" a Buenos Aires,
resguardada por Vicente Huidobro. 1917 Sus dos primeros
libros tienen gran éxito en la capital
argentina. Pero, un joven admirador suyo,
Horacio, de 19 años, se suicida al no ser
correspondido para siempre. 1918 Viaja a Nueva York
(arriba en enero). Fue acusada de espía alemana
y estuvo privada de libertad. Se va a España.
Gran amistad con Ramón del Valle-Inclán, Gómez
Carrillo, Gómez de la Serna y del chileno
Joaquín Edwards Bello. Tomó el pseudónimo de
Teresa de la Cruz. En agosto retorna
brevemente a Bs. As. De nuevo en Madrid,
establece allí su domicilio. Viaja a Londres y
varias veces a París. 1920 Tiene un breve
encuentro con sus hijas, en París. La nueva
separación no la puede resistir sin drogarse,
sin dejar de fumar y de comer poco. 1921 Fallece en París,
el 24 de diciembre, intoxicada con veronal.
Veronal es el nombre comercial del primer
sedativo y somnífero del grupo de los
barbitúricos. Fue introducido en el mercado a
principios del siglo XX. Sus descubridores
fueron el Premio Nobel Emil Fischer y el médico
Joseph von Mering. se cree que el nombre se debe
a que von Mering tomó una dosis del medicamento
en un tren y despertó al llegar a la ciudad de
Verona (Italia) otra anecdota cuenta que le puso
ese nombre por la tranquilidad de esa misma
ciudad.El
veronal tiene propiedades hipnóticas. Su elevada
semivida en el cuerpo es más de 100
h.
Como consecuencia ralentiza casi
todas las funciones corporales durante varios
días. Su síntesisSu uso prolongado produce
drogodependencia. Una sobredosis provoca
fácilmente la muerte. Debido a estos efectos
secundarios fue sustituido a partir de los años
'60 del siglo XX por otros principios activos
como las benzodiazepinas
)
Como no
queremos ir más allá de una semblanza, podemos
enumerar su obra:
1917
"Inquietudes sentimentales" (poemas en
prosa, con grabados de Gregorio López Naguil,
Buenos Aires) 1917
"Los tres cantos" (Buenos Aires) 1918 "En la quietud del
mármol" (elegía, publicada en Madrid) 1918 "Anuarí" (Prólogo de
R. del Valle-Inclán, Madrid) 1919 "Cuentos para los
hombres que son todavía niños" (Buenos
Aires) 1922 "Lo
que no se ha dicho" (selección de textos
inéditos y otros ya publicados: "Páginas de
diario", "Con las manos juntas", "Los tres
cantos", "Del Diario de Sylvia" y
"Anuarí"). 1994
"Libro del camino. Obras completas de Teresa
Wilms Montt" (Ruth González, Ed. Grijalbo,
Santiago)
La vida de la escritora ha sido llevada a
largometraje digital por la chilena Tatiana
Gaviola. Veremos la historia en pantalla de cine
(y después en TVN), interpretada por los actores
Francisca Lewin (rol principal), Diego Casanueva
(Huidobro) y Pablo Ogalde (Gustavo Balmaceda).
Sin embargo, mencionamos un
segundo motivo para escribir esta nota. Se sabe
que Teresa posó en España para Julio Romero de
Torres (primer viaje) y posteriormente la
retrató Anselmo Miguel Nieto.
Y todos estamos en
conocimiento de su irreal belleza a través de
dos o tres fotografías que son tópicos
referenciales de su persona. Lo que se ha dicho
por escrito no hace más que confirmar que esa
mujer no era de este mundo. Una visita ocasional
al Museo Histórico Palmira Romano, de Limache,
nos puso frente a frente a un retrato maestro
firmado por Antonio de la Gándara (1862-1917),
de quien no tenemos otra información. Es un óleo
de m/m 35x50 ctms.(enfocamos con cámara digital
sin flash, con autorización), que pudo haber
sido pintado en Santiago después de nacer
Elisa.
Una pequeña placa de bronce dice
"Teresa Wilms Montt". Lo demás es admirar sus
ojos "glaucos" (como decían los modernistas) y
encontrar su alma, esta vez tranquila, apacible.
Está un poco gordita y su boca es "carnosa y
breve". Y esto sería suficiente por ahora. Es un
deber mostrar esta joya
iconográfica.
Los años en el norte dejan impronta
en la joven Teresa, quien se siente fuertemente
estimulada por una agitada vida: “Vivíamos en un
hotel de mala muerte, pero el mejor del puerto,
rodeado de toda clase de hombres extranjeros y
chilenos, comerciantes, médicos, periodistas,
literatos, poetas, etcétera. Una Vie de boheme,
más o menos. La noche era para charlar, el día
para dormir, la tarde para escribir”.
Sin
embargo, la muchacha no queda ajena a las duras
condiciones de vida imperantes en la región y
pronto entabla amistad con sindicalistas,
feministas y diversos reformadores que dejan
huella en su pensamiento: “Conocí lo que es para
las mujeres de mi clase un misterio: la verdadera
miseria material y moral... Mi alma, salió pura de
la prueba, pero asqueada". Consolidando un
espíritu librepensador, adscribe a los ideales
anarquistas y al pensamiento masón, iniciándose
además en la política y escribiendo en la prensa
local con el seudónimo de Tebal. Entre tanto
ajetreo, el 2 de noviembre de 1913 nace su segunda
hija, Sylvia Luz.
En 1915 los
Balmaceda-Wilms regresan a Santiago, donde Teresa
no pasa inadvertida para la activa vida cultural
capitalina. Su presencia social destaca en
numerosas tertulias y ateneos, despertando los
celos de un Gustavo entregado a la bebida y quien
no descarta las golpizas en sus frecuentes
discusiones. Ya decepcionada de su marido (al que
en adelante se refiere como “ese pobre
imbécil”), la joven encuentra consuelo en su
amigo y primo político Vicente Balmaceda,
mencionado más tarde en su diario con el nombre de
Jean; sin embargo, Gustavo descubre la
correspondencia entre los amantes y convoca a un
tribunal familiar que resuelve enclaustrar a la
esposa descarriada y dejar a sus hijas al cuidado
de sus abuelos paternos.
Teresa es recluida
el 18 de octubre de 1915 en el Convento de la
Preciosa Sangre. Enloquecida por el dolor, busca
un primer refugio en la religión, mas pronto
descubre que su consuelo la condena "a morir
entre ídolos de bronce y de cera, sin otra música
que el melancólico tañido de las campanas
claustrales". Así desencantada, encuentra la
deseada protección en su Madre
Naturaleza, entregándose desde entonces al
prohibido (para las mujeres) goce de los sentidos:
"¡A vivir la vida, a escuchar por primera vez
lo que te dice de ti tu propio
corazón!".
Todas estas inquietudes
comienzan a ser registradas en su diario íntimo
(Es mi diario. Soy yo desconcertantemente
desnuda, rebelde contra todo lo establecido,
grande entre lo pequeño, pequeña ante lo
infinito...), el que será fiel testimonio
sobre sus sentimientos por la pérdida de sus
hijas, su separación de Vicente Balmaceda y las
motivaciones que la llevaron a intentar suicidarse
el 29 de marzo de 1916, tomando un frasco de
morfina. Sus padres vuelven a rechazarla en este
difícil trance, pero tres meses después pone fin a
su prisión cuando su gran amigo Vicente Huidobro
la ayuda a escapar del convento; disfrazada de
viuda, la joven se embarca hacia Buenos Aires en
un viaje sin retorno.
Castigada por la
moral victoriana del arribismo chileno, Teresa
encuentra algo de paz en suelo Argentino. La
moderna Buenos Aires la acoge sonriente en su
círculo intelectual, convirtiéndose en una de las
pocas mujeres que frecuentan su animada bohemia.
Poco después ya colabora en la revista
Nosotros, como años más tarde harán
Gabriela Mistral y Ángel Cruchaga Santa
María.
En abril de 1917, la escritora
concreta sus sueños al estrenar Inquietudes
Sentimentales, un conjunto de cincuenta
poemas en prosa impregnado de emociones que la
autora dice ocultar "porque el siglo no
comprende esos sentimentalismos histéricos".
El amor frustrado, la añoranza por sus hijas y la
vida en la muerte conforman un discurso cuya
nostalgia, sensualidad y sentimentalismo la alejan
de entonces tan en boga vanguardia
europea.
Su trabajo es bien recibido entre
sus pares y prosigue ese mismo año con Los
Tres Cantos, explorando el erotismo y la
espiritualidad; pero su estadía toma un giro
dramático cuando, tras rechazar a un admirador de
19 años llamado Horacio, éste se suicida frente a
ella en un hecho que marcará definitivamente su
prosa y su vida.
Estremecida por los
acontecimientos, Teresa decide embarcarse a Nueva
York con el objetivo de alistarse en la Cruz Roja
y colaborar como enfermera en la guerra europea.
El 3 de enero de 1918 arriba a la ciudad tras una
dura travesía, pero allí es insólitamente acusada
de espía alemana y enviada a prisión, lo que la
hace abandonar su objetivo. Una vez liberada, su
nuevo destino es España.
La bohemia de los cafés
madrileños inyecta frescura en Teresa, quien pasa
largas jornadas cantando, recitando versos de
Tagore o en amena charla con los escritores Gómez
de la Serna, Gómez Carrillo y el chileno Joaquín
Edwards Bello. Este último la evoca años después
envuelta en una capa negra con grandes flecos y un
sombrerito de tul, afirmando que “dio a
conocer ese genio alerta, ágil y audaz de las
artistas chilenas”. Son meses intensos, donde
participa en recitales en El Ateneo de
Madrid, alterna con Azorín y Pío Baroja, es
inmortalizada por los pintores Anselmo Miguel
Nieto y Julio Romero de Torres e incluso se
convierte en la musa del célebre Ramón
Valle-Inclán.
Entre Madrid y Barcelona
publicó En la Quietud del Mármol, una
elegía en primera persona compuesta por 35
fragmentos que prologó su amigo Gómez-Carrillo y
cuyo motivo central fue en el rol mediador del
amor en la vida y la muerte. Pronto se suma
Anuarí, trabajo prologado por
Valle-Inclán e inspirado en ese admirador suicida,
ahora un objeto de un deseo imposible, tomando
además el seudónimo de Teresa de la Cruz.
Pero la vida itinerante no cesa y en agosto
regresa a Buenos Aires por cerca de un año,
estrenando El 24 de febrero de 1919 Cuentos
para los Hombres que son Todavía Niños,
evocaciones de infancia y ciertas experiencias
vitales que presenta en narraciones de gran
originalidad y fantasía.
El 10 de junio de
1919 se embarca rumbo a Europa, arribando a
Londres el 26 de junio. Las breves semanas en la
capital inglesa resuelven su regreso a España
(“Hoy a las cuatro de la tarde decido mi
viaje. Más bien dicho, lo decide el prestamista en
cuyas manos he dejado hasta la camisa...”),
donde se reúne con sus antiguos amigos,
intercambia misivas con Valle-Inclán e intenta
nuevos destinos en Córdoba, Sevilla y Granada. Ya
lo consignaba su diario al salir de Buenos Aires:
"He huido de Argentina porque mi destino es
errar".
En 1920 Teresa fija residencia
en París. La leyenda local le atribuye la sangre
azul de los Hohenzollern, mientras ella destina
sus días a idolatrar al Anuarí que ahora idealiza
hasta compararlo con Cristo ("muchas veces los
he seguido... pero más valiera haber muerto a tus
pies...") y hace del amor la razón última e
inalcanzable para la existencia femenina. Allí la
encuentra la poetisa Sarah Hübner, cuya romántica
descripción de la joven envuelta en sedas, calzada
con chinelas de raso y adornada con plumas de
avestruz es casi premonitoria: "Sobre los
hombros, una capa de color coral encendido... pone
reflejos de fuego en su hermoso semblante, bañado
de una palidez intensa, casi
lívida".
Sin embargo, su estancia se
remece al enterarse de que su suegro obtiene un
cargo diplomático en el lugar y que viaja hasta
allí junto a las pequeñas Elisa y Sylvia. Mediante
las gestiones de algunos amigos, la escritora se
reencuentra con sus hijas tras cinco años, como
después recordó Sylvia: "Con mi hermana y 'mi
mamita', íbamos por Les Champs Elysées cuando se
detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una
capelina negra. Nos acercamos. Yo la quedé mirando
abismada de su belleza. Tenía unos ojos de una
profundidad increíble. Se acercó para abrazarme y
me dijo: '¡Mi amor, yo soy tu
mamá!'”.
Se acordaron visitas dos
días a la semana, pero llega el momento en que las
niñas deben regresar a Chile con sus abuelos y el
dolor arrebata a Teresa, quien desde entonces se
encierra en su habitación de la Avenue
Montaigne donde casi no come, fuma en exceso
y toma medicamentos para adormilar sus sentidos.
Las últimas páginas de su diario anuncian el
desenlace ("Morir, después de haber sentido
todo y no ser nada...") y el 22 de diciembre
de 1921 es ingresada al Hospital Laënnec
tras ingerir una alta dosis de veronal,
falleciendo el día 24 con apenas 28
años.
Breve lapso para una mujer que supo
del pobre valor asignado por la sociedad chilena
al sexo femenino, donde el doctor Andrés Rodríguez
Alarcón es quien describe con más crudeza el sino
de la escritora: "...la historia clínica de
Teresa Wilms Montt, es la de una mujer de un alto
coeficiente intelectual, con un problema de falta
de integración social y madurez de carácter y casi
seguramente condicionada por una neurosis
maníaco-depresiva con posibles rasgos psicóticos
que la llevaron a una serie de intentos de
suicidio culminados en una autólisis a la edad de
veintiocho años".
El deceso de Teresa
Wilms cala entre propios y extraños, apurando en
1922 la salida de un postrer homenaje: Lo Que
No Se Ha Dicho. Reuniendo algunos relatos
conocidos junto a los apuntes de una posible
novela (Sylvia) y las últimas páginas de
su Diario - dividido en tres partes que equivalen
al canto, el rezo y el lloro del tránsito humano -
resulta rico en metáforas y alegorías, destacando
sobre todo la denuncia del Amor concebido como un
recurso más para reducir a la mujer frente al
hombre ("Renunciaré a mi conciencia y seré
bestia humilde, con los ojos vueltos hacia la
tierra...”).
Traducido al inglés e incluso
editado en China, su legado es empero silenciado
por críticos que – molestos con sus
planteamientos de ruptura frente al medio -
eluden el análisis sistemático de su poesía,
cuestionando su talento para centrarse en su
azarosa vida o en su belleza (cantada por
Vicente Huidobro y Juan Ramón Jiménez); ni
siquiera sus propias congéneres evitan referir
la condición de 'símbolo sexual' que le cuelgan
sus colegas varones, lo cual margina a la
poetisa incluso en su muerte. No será hasta 1993
que su vida y obra obtenga justicia, cuando Ruth
González Vergara revela a la mujer tras el mito
en Teresa Wilms Montt: Un Canto de
Libertad.
Mezquino epitafio para una
adelantada mujer que, de haber nacido medio
siglo más tarde, pudo surcar un sino más amable;
mas sólo supo del rechazo entre quienes sólo
vieron en ella (¿Y en cuántas otras-) un objeto
bello e improductivo.
“Nada tengo,
nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy,
tan ignorante de lo que en el mundo había. Sufrí
y es el único bagaje que admite la barca que
lleva al olvido”.
Este es mi diario.
En sus páginas se esponja la ancha flor de la
muerte diluyéndose en savia ultraterrena y abre
el loto del amor, con la magia de una extraña
pupila clara frente a los horizontes.
Es mi diario. Soy yo desconcertantemente
desnuda, rebelde contra todo lo establecido,
grande entre lo pequeño, pequeña ante lo
infinito...
Soy yo....
...Es mi diario.
Soy yo desconcertadamente desnuda, rebelde
contra todo lo establecido, grande entre lo
pequeño, pequeña ante lo infinito... Soy
yo...
A pesar de que en
mi alma se albergan lastimeras cuitas se
ilumina mi rostro al reír... Maldigo y es de
tal manera armónico el gesto de mis brazos en su
apóstrofe dolorido, que diríase que ellos se
levantan a impulsos de una fuerza
extraña..., ¡Oh siglo agonizante de humanas
vanidades! he cultivado un pedazo de terreno
fecundo, donde puedes desparramar las primeras
simientes destinadas a la Tierra
Prometida.
Una campana
impiadosa repite la hora y me hace comprender
que vivo, y me recuerda, también, que sufro".
Así desearía yo
morir, como la luz de la lámpara sobre las cosas,
esparcida en sombras suaves y
temblorosas.
...sabes mi trágica
devoción a las leyendas de príncipes
encantados... Sabes que una música melodiosa y
un canto suave me hacían sollozar, y que una
palabra de afecto me hacía esclava de otra alma, y
sabes, también, que todo lo que soñé tuvo una
realidad desgarradora.
Agonizando vivo y
el mar está a mis pies/ y el firmamento coronando
mis sienes
Nada tengo, nada
dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy,
tan ignorante de lo que en el mundo
había. Sufrí y es el único bagaje que admite la
barca que lleva al olvido.
Quiero que en sabia
esencia, la Paz descienda sobre mí y anegue
generosa en frescura mi interior carcomido.
Lo que no
se ha dicho
“Hay en mi alma un pozo
muerto, donde no se refleja el sol, y del que
huyen los pájaros con terrores de virgen ante
un misterio de cadáveres.
Mi alma es
un palacio de piedra, donde habitan los ausentes,
trayéndome la sombra de sus cuerpos para
alivio y compañía de mi vida.
Mi alma es
un campo desbastado donde el rayo quemó hasta
las raíces, y donde no puede florecer ni el
cardo.
Mi alma es una huérfana loca, que
anda de tumba en tumba buscando el amor de los
muertos.
Mi alma es una flecha de oro
perdida en un charco de fango.
Mi
alma, mi pobre alma, es una ciega que marcha a
tientas sin apoyo y sin guía”.
Teresa
Wilms Montt.
Textos de Anuarí
VII
En la oscuridad de mi pensamiento veo surgir tu
imagen envuelta en el misterio de la muerte, con
la pavorosa aureola de un más allá desconocido.
Te llamo, toda el alma reconcentrada en ti; te
llamo y me parece que se rasgan las sombras a tu
paso alado, como el de ave herida en pleno
vuelo.
Cuando comprendo que no te veré jamás, una onda
de angustia me sube del corazón, envolviendo mi
cerebro en un vértigo de catástrofe, en un ansia
de masacrar la belleza de la vida.
Eres tan fuerte y hermoso, con tu cara serena y
tu frente mirando al cielo.
Anuarí. La pena no enloquece, la pena no mata;
va ahondando en el alma como un cuerpo de plomo
en una tembladera infinita. Asombrada escucho en
las noches el eco de mi voz, que te busca
aguardando una respuesta. La negra verdad me
hiere con saña. ¿Acaso tu espíritu ha muerto
también? ¡No; no! Cómo es posible que tanto
vigor, energía de astro, vaya a perecer en el
hielo eterno?
XVII
Auuari, mío.
Toda la felicidad de mis días estaba en tu
ataúd, donde yo iba a recostar mi cabeza y
desparramar mis flores. En mi inmensa soledad,
era esa una dulce ocupación.
Criatura, te sentía, y en mi locura de cariño,
creí que nadie mas que yo tenía derecho a tu
cadáver.
Fue como un golpe de hierro en la cabeza, cuando
al penetrar en la fosa vi que no estabas en el
lecho familiar.
Y cuando buscándote como una leona busca su
guarida, te encontré en un estrecho nicho, fue
mi dolor tan horrible, como si te hubieras
muerto por segunda vez.
¡Que frío tuve! y cómo sentí en mi cuerpo el
martirio de tus miembros estrechados, en esa
angosta cárcel de piedra!
Allí no podré llevarte mis flores; no podré
comunicarte la sensación de primavera,
refrescando tu cofre con pétalos, besos y
lágrimas.
Su libro "Lo que no se ha dicho" puede
encontrarse en formato pdf en el sitio
www.dibam.cl
De Inquietudes Sentimentales
(Fragmentos)
I.
La luz de la lámpara, atenuada por la pantalla
violeta, se desmaya sobre la mesa.
Los objetos toman un tinte sonambulesco de sueño
enfermizo; diríase que una mano tísica hubiera
acariciado el ambiente, dejando en él su
languidez aristocrática.
Una campana impiadosa repite la hora y me hace
comprender que vivo, y me recuerda, también, que
sufro.
Sufro un extraño mal que hiere narcotizando; mal
de amores, de incomprendidas grandezas, de
infinitos ideales.
Mal que me incita a vivir en otro corazón, para
descansar de la ruda tarea de sentirme viva
dentro de mí misma.
Como los sedientos quieren el agua, así yo ansío
que mi oído escuche una voz prometiéndome
dulzuras arrobadoras; ansío que una manita
infantil se pose sobre mis párpados cansados de
velar y serene mi espíritu rebelde; aventurero.
Así desearía yo morir, como la luz de la lámpara
sobre las cosas, esparcida en sombras suaves y
temblorosas.
Páginas de Diario
Este es mi diario.
En sus páginas se esponja la ancha flor de la
muerte diluyéndose en savia ultraterrena y abre
el loto del amor, con la magia de una extraña
pupila clara frente a los horizontes.
Es mi diario. Soy yo desconcertantemente
desnuda, rebelde contra todo lo establecido,
grande entre lo pequeño, pequeña ante lo
infinito...
Soy yo....
Nada tengo, nada dejo, nada pido.
Desnuda como nacía me voy, tan ignorante de lo
que en el mundo había. Sufría y es el único
bagaje que admite la barca que lleva al olvido-
Estas fueron los primeros
versos de Teresa Wilms Montt que leí hace
algún tiempo. La fuerza, la desolación, el
desencanto, llamaron profundamente mi atención.
Pensé que por el color de la poesía podía
ser algún escrito de Pablo de Rokha, sin embargo
se apreciaba inequívocamente que era una mujer.
Por
Karin Gómez
Artigas
A
continuación algunos fragmentos de su
diario:
Iquique 1915, Chile
Vivíamos en
un hotel de mala muerte, pero el mejor del puerto,
rodeado de toda clase de hombres extranjeros y
chilenos, comerciantes, médicos, periodistas,
literatos, poetas, etcétera. Una Vie de boheme,
mas o menos. La noche era para charlar, el día
para dormir, la tarde para escribir. Yo era la
única de sexo femenino en aquellas reuniones y
asía era demasiado consentida, pues todo me
lo celebraban. Yo abusaba del licor, de los
cigarrillos, del Éter etc, etc. También me gastaba
ideas anarquistas y hablaba con el mayor
desparpajo de la religión, y participaba de las
ideas de la masonería. Escribía para los
diarios, daba conciertos.
Mi opinión sobre las mujeres es
tristísima y muchas veces me avergüenzo de
ser mujer... Sin ser malas lo aparentan, son
débiles, orgullosas, profundamente estupidas y
vanas. ¡Son animales de costumbre!
Los hombres son malos de veras,
viciosos, insensibles y egoístas. Son incapaces de
un sentimiento delicado, que no sea para ellos
mismos; pero son superiores.... Cuando los veo
elegantísimos, irreprochables, diviso a través de
su indumentaria al mono, a la bestia carnívora,
hambrienta y lujuriosa....
Es claro que en ambos casos hay
excepciones, pero son las pocas.-
Enero
13. 1917. Buenos Aires
Aprovechándome del frío y de
la cómoda postura (casi a horcajadas en un
aparador), sin pedir permiso, me apropio de una
botella de whisky. ¡Oh whisky, supremo
pacificador, en invierno calientas, en verano
refrescas y en toda estación eres un buen tónico
para los que padecemos Spleen. Después de haberte
creado la Inglaterra puede llamarse inmortal!
Espero con verdadero
terror la sorpresa que me proporcionare¡ mi
compañera de cabina. Ninguna de las que veo
y son muchas- me parece aceptable en la
intimidad....
... El whisky no esté
malo, algo así como deseos de reír me
acaricia en la garganta.
Que
ridícula parece la llorona americana con los ojos
corridos de tintura negra abrazada a una jaula con
un loro. ¡Jesús otro loro! Espero que tienen las
mujeres cuarentonas con los loros- a.C. poder
misterioso ejerce en ellas el extraño pajarraco de
plumaje verde- Acaso sea porque el verde es
símbolo de la esperanza y ellas todavía esperan
al que no se atrevió...-
Octubre
14, 1919. Londres.
Hoy a las cuatro de la tarde
decido mi viaje a España. Mas bien dicho, lo
decide el prestamista en cuyas manos he dejado
hasta la camisa.
Londres se agita bajo sus
harapos de hollín y niebla. Los gorriones de mi
alero han desaparecido, dejando en los huequitos
del balcón sus plumitas de seda.
Mi vieja vecina de la
lechería teje rubicunda Penélope-; tal vez
por obra de los duendes su labor jaméis
avanza.
Alguien toca a mi puerta.
será ¡ el dinero o el amor-...-
En las páginas de su diario,
escribió: "Morir, después de haber sentido todo y
no ser nada...".
¡Me muero! Al
decirlo no experimento emoción alguna, por el
contrario, me inclino curiosamente a contemplar el
hecho como si se tratase de un
desconocido.
Si tuviera la capacidad de
estudiar el fenómeno, podría asegurar que es mi
conciencia la que ha desaparecido debilitando mis
sensaciones corporales, hasta hacerme creer que el
cuerpo sólo vive por recuerdo.
No hay
médico en el mundo que diagnostique mi mal;
histeria, dicen unos, otros hiperestesia.
Palabras, palabras, ellas abundan en la
ciencia.
Al escribir estas páginas una
fuerza sobrenatural me ordena que imprima en ellas
un nombre. ¡No, no lo diré, me da miedo! Cuando
aparece este nombre en mi círculo nebuloso, se
levantan mis manos con lentitud profética y
fulguran bajo la noche con estremecimientos
sagrados.
¿Me muero estando ya muerta, o
será mi vida muerte eterna...-
Madrid
Extraño
mal que me roe, sin herir el cuerpo va cavando
subterráneos en el interior con garras
imperceptibles y suaves. ¡Me
muero!
París
Quiero
reposar en la tierra solamente envuelta en una
sábana o si es posible en un pedazo de tierra de
la fosa común... Dejo a mis hijas Elisa y
Sylvia todas mis buenas intenciones, es lo único
que poseo y mi único tesoro.
Marina
Wolkonsky BalMaceda La
princesa rusa nieta de Teresa Wilms Montt
Es hija de Elisa Balmaceda Wilms y del
príncipe Andrei Wolkonsky. por Marcela
Escobar Q.
No
la conoció, pero Marina está aquí por Teresa.
Marina Wolkonsky, hija de Elisa Balmaceda y del
príncipe ruso Andrei Wolkonsky, nieta de Teresa
Wilms Montt, ha regresado a Chile después de una
década porque su abuela también ha regresado. La
escritora que escapó del país, dejando atrás un
escándalo, dos hijas y la incomprensión de su
familia, hoy renace gracias al estreno de la
película de Tatiana Gaviola y a la reedición de
su biografía, escrita por Ruth González y
publicada por Random House Mondadori. El
redescubrimiento de Teresa ha sido un
acontecimiento para la familia. Y Marina viajó
desde Estados Unidos para estar presente. A
los 62 años, las huellas de la célebre belleza
de las hermanas Wilms están presentes en su
rostro. Marina, una mujer delgada, alta y
distinguida, que habla con un español matizado
de acento francés, está alojando en el
departamento de uno de sus primos y este fin de
semana planeaba visitar la costa, incluida Viña
del Mar y la casa donde Teresa Wilms vivió su
infancia. El peso de su figura, lo reconoce,
nunca ha abandonado a la familia. Son
sangres difíciles de llevar, son sangres
pesadas, gruesas, no se sabe dónde va a salir el
gen -dice Marina, cuyo carácter, asegura, es más
apacible que el de su abuela y el de Elisa, su
madre-. A mí, el gen me salió más tranquilo, me
interesaba tener una vida más estable, menos
traumática y menos intensa. No me salió para
nada así, pero por lo menos siempre tuve una
visión de cómo quería que fuera mi vida. La
madre de Marina, Elisa Balmaceda Wilms -conocida
por todos como Elisa Balmaceda Wilms-, vivió su vida entera con
un gran rencor. Profundamente marcada por lo que
ocurrió con su madre, Elisa Balmaceda Wilms se fue del país en
1939 para no regresar más. A lo largo de su
vida, alimentó el mito de Teresa con las
anécdotas que le relataba a su propia
hija.
Como vivíamos en París y el cementerio
donde está enterrada es el Père-Lachaise, fuimos
muchas veces. La separación de su madre fue algo
muy duro, particularmente para ella, que tenía
un temperamento muy similar al de la Teresa. Sus
recuerdos eran muy fugaces, pocos, pero muy
fuertes. La última vez que se vieron en
París, las niñas Elisa y Sylvia estaban de viaje
en esa ciudad con la familia Balmaceda, a cargo
de la mamá Rosa, la mujer que Teresa había
escogido para cuidar a sus hijas. Ella llevó a
las pequeñas a encontrarse con su madre, y en
esa ocasión la escritora les preparó algo de
comer. -Era un pollo. La madre había mordido
el pollo y Elisa Balmaceda Wilms, mi madre, guardó el trozo para
conservar un recuerdo físico. ¡Y se le pudrió el
pollo después de cuatro días! Es algo que me
impresionó mucho- -Necesitaba sentir a su
madre más cerca.
-Sí, era muy conmovedor. Y
también unas galletas que la madre les había
traído y que las conservó como recuerdo. Las
tenía escondidas debajo de la cama para que no
se las tocara nadie, y los ratones se las
comieron. Son cosas como de una novela de
Gabriel García Márquez, como de otro mundo, pero
marcan mucho. Elisa Balmaceda era una mujer
de temperamento y carácter fuerte, "una persona
difícil", como describe Marina, pero siempre
impecable de maneras. Pese a que las dos niñas
se criaron en las mismas condiciones, fue Elisa
Balmaceda Wilms
la que guardó siempre más rencor hacia la
familia. A los 28 años, decidió abandonar
Chile. -¿Cómo era la relación entre las dos
hijas de Teresa, eran muy unidas- -No tanto.
Mi madre reaccionó de una manera muy fuerte
contra la familia. Sylvia era mucho más dulce,
más suave, menos rebelde. Cuando la conocí la
encontré tan femenina. Ella se quedó en Chile,
tuvo a sus hijos, hizo su vida sin tanto rencor.
Mientras que mi madre se fue y dio vuelta la
página. -Y rompió con su familia.
Teresa Wilms ( Bs.As 1916 )
-Sí. La
relación entre las hermanas era mucho más
cariñosa de parte de Sylvia hacia Elisa
Balmaceda Wilms, que de
Elisa Balmaceda Wilms hacia ella. Elisa siempre hablaba de su
hermana con un poco de crítica, que ella se
conformó demasiado con casarse joven para
escapar de la casa, y que quizá debiera haber
tomado más oportunidades. La relación entre
ellas fue epistolar. -¿Le gustaba escribir a
su madre- -Escribía diarios, escribía
poesías, escribía de todo, escribía bien y
escribía mucho. Pero lo hacía cuando se le
antojaba, no era nada disciplinada. Dejó sus
diarios. No los leí mucho porque me daba pudor- pero algún día los voy a leer. Son muy
interesantes, pero también son muy angustiados.
Se lee mucha angustia, mucha pena y mucha
desilusión por los demás. Son más bien
negativos, bien escritos pero
deprimentes. -¿Estaba desencantada de la
gente por lo que le pasó a su madre- -Me
dijo que lo que le pasó a su madre la marcó para
siempre. Pero ella era un poco ciclotímica y
siempre creyó que la Teresa sufría de depresión.
Estas personas que hoy llaman bipolares.
-Los escritos de Teresa también tenían mucho
de sentimentalismo, pero se la describe como la
reina de la fiesta. -Mi madre igual, ¡igual!
¡igual! Brillante en sociedad, ¡divertida! De
niña chica, recuerdo que íbamos a casa de gente
en París y no podían comer de lo divertida que
era. De lo brillante. Usted la ponía en la mesa,
ponía 20 personas, y ella los entretenía a
todos. Pero después volvía a casa y no se
levantaba en dos días. Eso se puede conectar con
Teresa. Súper creativas, muy intensas. -¿Cree
que a Teresa, con la película, se le está
haciendo justicia- -La trataron muy mal,
porque, a fin de cuentas, ¿qué hizo- Se casó
contra la voluntad de la familia. Hoy en día qué
importa. La trataron como si fuera una paria y
no hizo nunca daño a nadie, se hizo daño a sí
misma. Yo sé, por un tío, que la pobre Teresa
fue a casa de sus padres y no la recibieron. Y
este tío, entonces un niño, me contó que Teresa
estaba embarazada, detrás de la puerta, rogando
a los padres porque el marido le había pegado y
se había caído de la escalera. Que por favor la
acogieran. Y no la dejaron entrar.
EL INFIERNO
Elisa
Balmaceda partió de Chile con su parte de la
herencia de los Wilms. Viajó a Europa, y en el
trayecto conoció a Andrei Wolkonsky, un príncipe
ruso cuya familia huyó de la revolución y se
instaló en Estonia. Juntos, en plena Segunda
Guerra Mundial, partieron a Nueva York. -Mi
padre encontró un trabajo en Wall Street, en la
Bolsa, y tuvieron una vida bastante buena
durante la guerra. Esos años fueron los mejores
de su vida. Eran jóvenes, guapos, glamorosos,
eran la pareja a la moda en Nueva York en los
años de la guerra. Estaba toda Europa
allá. Marina nació el año 46. "Desde el 42 al
46 fue como la luna de miel para ellos", agrega.
Después, el matrimonio entró en crisis. -La
vida familiar de mis padres era un infierno. Yo
soy mucho más parecida a mi padre, en
temperamento. Me gusta la tranquilidad, las
convenciones me van muy bien porque son muros
que lo protegen a uno de los excesos. Mi pobre
padre era igual. Y era ruso, así que también con
un temperamento difícil y con experiencias
traumáticas por la revolución. Entre los dos
eran ¡un desastre! -¿Era histriónico,
también- -Como son histriónicos los rusos. Le
gustaba ir con sus primos Tolstoy y Wolkonsky
donde los gitanos, a los restaurantes rusos de
la época, casi todas las noches, a tomar vodka,
champagne y acordarse de esa vida que ya no
existía más. Mi padre volvía a casa un poquito
borracho, mi madre lo esperaba ¡furiosa! A veces
se desaparecía semanas y nos dejaba a nosotras
sin saber dónde estaba, no había dinero. Era una
cosa de escribir una novela. Después de que
terminó la guerra, Andrei Wolkonsky y Elisa
Balmaceda se separaron. Él se volvió a casar,
ella no. Con Marina de año y medio, partieron a
Italia; la infancia de la princesa Wolkonsky
transcurrió en Europa, muy apegada a su madre,
quien no la envió regularmente al colegio.
-A los 14 años, me sacó del colegio y me
quedé viviendo con ella exclusivamente. Un poco
egoísta. Yo era lo único que
tenía. -¿Peleaban mucho- -Desde los 12
años era (casi susurra)- insoportable. No sé
cómo sobreviví. Una madre dura. Podía ser muy
cariñosa, pero ¡mala! Como era muy divertida,
muy sarcástica, podía ser también muy mala. Y
como le tenía mucho rencor a mi padre, y yo me
parecía a él de joven, siempre hacía
comparaciones, decía cosas desagradables. Ya
mayor, Marina trabajó en Europa como intérprete
y modelo. Ella reconoce que le ayudaron mucho
las redes que su familia tenía y el hecho de ser
una Wolkonsky. Cuando partió a Inglaterra a
emplearse como au pair -muchachas extranjeras
que se hacen cargo del cuidado de los niños,
generalmente en Europa y Estados Unidos, a
cambio de casa y un sueldo-, la familia que la
acogió se sorprendió al saber que en su hogar
había una princesa rusa. Marina tenía 20
años. -Yo tenía muy buenas conexiones en
Londres, la familia por poco se desmaya cuando
se enteró de que yo iba los fines de semana a
una fiesta para la Princesa Margaret. Después,
no querían que tocara la aspiradora. Mi buena
estrella era mi background. Donde iba, podía
conectarme bien. Algo similar sucedió en
Estados Unidos, donde viajó en 1975. Sin
preparación pero con redes, a los quince días
Marina conocía a buena parte de la elite de
Nueva York. "Desde el momento que llegué, llamé
a cuatro, cinco personas, y el teléfono empezó a
sonar todo el tiempo para fiestas, cenas. Yo era
joven, y funcionó como una cadena",
recuerda.
Elisa Balmaceda
Wilms
n.
25 septiembre 1911
LA MARCA DE LA
MADRE
Fue
en Nueva York donde conoció a Francesco Galesi,
inmigrante italiano con quien se casó luego de
una amistad de años. El matrimonio tuvo dos
hijos, Sasha, de 25, y Francesca, de 19, "otra
alma atormentada, muy fascinada por la abuela
Teresa Wilms. Tiene sólo 19 años y quiere
estudiar arte dramático, cosas inútiles-". La
madre de Marina sólo regresó a Estados Unidos
cuando su hija se instaló allí, con marido y
niños. Para entonces, dice, y pese a los años
transcurridos, la relación con Elisa Balmaceda
Wilms no
mejoró. -Olvídese- Se invirtieron los
papeles. Yo me ocupaba de mi madre por un deber
moral, pero a la larga era desagradable, porque
era demasiado crítica. Cuando empezó a venir a
Nueva York, hablaba mal de mí a mi marido, le
decía que yo no era buena mujer porque no le
había comprado unos zapatos de charol,
tonterías. Pero quería mucho a sus nietos.
Desgraciadamente, se enfermó, no se sabe si de
alzheimer o un problema cerebrovascular, y
perdió el habla. Una mujer verbalmente genial ya
no se podía expresar más. -¿Cómo la marcó su
madre- -Para mí, lo más importante era salir
adelante y trabajar, como reacción a ella.
Cualquier cosa con tal de salir de esa
toxicidad. Pero le tenía cariño, porque era muy
divertida. Cuando yo era muy chica, en esos días
en que mi padre se desaparecía, vivíamos en un
hotelito en París. Yo tenía unos 6 años y para
hacerme dormir me inventaba cuentos. Había un
ratoncito en la habitación que salía todas las
noches de la esquina. Ella le dio un nombre, le
petit Laundre, y este ratoncito tenía su traje,
chaqueta, sombrero y una señora Laundre, que
tenía su traje, sombrero, encaje y sus hijos. En
base a este ratón, me contaba cuentos que ella
imaginaba. Y ahí se vuelve a conectar con la
Teresa Wilms, esa imaginación extraordinaria,
que de cualquier cosa podía crear algo
fantástico. Marina dice que se ha esforzado
por que su vida sea una vida tranquila, lejos
del dominio de los estados de ánimo. Pero sabe -lo asegura- que el autocontrol también mata la
creatividad, esa imaginación desbordante que
corrió a raudales por su familia, y que a Teresa
Wilms le costó el exilio -y sus hijas y su
vida-, y que a Elisa Balmaceda, la Elisa
Balmaceda Wilms, le
quitó la alegría
Libro sobre Teresa Willms se anticipa a
la película chilena del mismo nombre
El libro 'Teresa Wilms Montt. Un canto
de libertad' (Debolsdillo), de Ruth
González- Vergara y que distribuye
Random House Mondadori, ya se encuentra
en librerías, anticipándose a la
publicitada cinta 'Teresa', de Tatiana
Gaviola, cuyo estreno se anuncia para
mediados del próximo mes de junio, con
Francisca Lewin en el rol protagónico..
SANTIAGO, Chile, may 31 (UPI) -- El
libro 'Teresa Wilms Montt. Un canto de
libertad' (Debolsdillo), de Ruth
González- Vergara y que distribuye
Random House Mondadori, ya se encuentra
en librerías, anticipándose a la
publicitada cinta 'Teresa', de Tatiana
Gaviola, cuyo estreno se anuncia para
mediados del próximo mes de junio, con
Francisca Lewin en el rol protagónico..
En la literatura chilena de este siglo,
la figura de Teresa Wilms Montt
(1893-1921) constituye un caso
excepcional. Su obra �poemas y
narraciones� es prácticamente
desconocida, a pesar de su indudable
valor. Su vida, un apasionante y trágico
itinerario.
De origen aristocrático, Teresa rompe
con todos los prejuicios sociales de la
época para intentar alcanzar una
plenitud de vida y la total realización
literaria, pero las convenciones de
comienzos del siglo pasado le cobran
caro sus propósitos.
Casada a los diecisiete años, al poco
tiempo se enamora de quien no debe. La
castigan con el enclaustramiento en un
convento. Separada definitivamente de
sus dos hijas y acompañada de Vicente
Huidobro parte a Buenos Aires. Por su
excepcional belleza e inquieta
inteligencia es acogida con entusiasmo
en los círculos intelectuales y en las
bohemias bonaerense y madrileña. Nunca
más regresará a Chile.
Ruth González-Vergara, ensayista y
poeta, nació en Santiago de Chile. Ha
realizado estudios de doctorado en
Filología Hispánica (Universidad
Complutense de Madrid), materia en la
que es licenciada. Se tituló de
profesora de Castellano en la
Universidad de Chile. Es miembro de la
Unión de Periodistas de España. Ha sido
guionista de una veintena de
audiovisuales, entre otros, sobre Teresa
Wilms Montt, Gabriela Mistral, Pablo
Neruda, Vicente Huidobro, Antonio
Machado, Federico García Lorca, Miguel
Hernández y Rafael Alberti. Es autora de
numerosos ensayos, como 'Problemas de
Lenguaje', 'Didáctica del Castellano' y
'La mujer en la narrativa chilena:
imagen de lo femenino (tesis doctoral).
Ha publicado los libros de poesía 'Mitosauros',
'Cantos por desentierro' y 'Bajo los
techos de Madrid'. Reside en Madrid,
España.
Domingo
07 de Junio de 2009
¿Y cómo escribía la
preciosa Teresa Wilms Montt?
Luis Vargas Saavedra
Ante la
deslumbrante belleza de Teresa Wilms
Montt, los críticos de su época eran
incapaces de una evaluación objetiva de
su obra literaria. Mucho señoreaban los
ojos más lindos que hayan mirado a
Chile. Por supuesto que esas donosuras
son un don físico que nada influye en el
don creativo. Sí en la leyenda.
¿Y cómo
escribía la preciosa T.W.M.? Lejos de su
mirada, a salvo de su rostro y de su
voz, acaso podamos ser más imparciales
que Juan Ramón Jiménez, quien
escribiera: “Unos fragmentos de tu
diario me sobrecogieron... Eran líneas
como de un primitivo de cualquier
literatura grande: un griego, por
ejemplo, que fuera completamente de hoy,
de mañana, de siempre”, en tanto que
Vicente Huidobro exclamara: “¿En qué
bellezas temblorosas se estrujó tu
dolor?’’.
Lo
primero que emana de la prosa de T.W.M.
es un vaho a violetas, a moda caduca:
“Los hombres me juzgarían loca si me
vieran vagar por los cementerios, como
un solitario chacal que por caprichos
infames del destino recibió un alma de
terciopelo”. Sentimentalismo exaltado
hasta ostentarse, signos de exclamación
para darle más acústica a la frase y
mayor retumbe al pulso encabritado, o
grave impacto a la lágrima resbalada.
“De
pronto una sombra se ilumina en mi
soledad, la de un amor lleno aún de
fulgor humano. De mis labios
maravillosos se escapan sollozos de
admiración; cual víboras se desenroscan
al abrazo de mis brazos ondulantes,
entre sus anillas de nácar”. Ahí se
ejemplifica la martirología
autoconsentida, el placer de ser víctima
del amor, todo ello una escalada a lo
sublime, pero a un sublime teatral, a lo
Sarah Bernhardt con los ojos en blanco y
las manos palpando el cielo. Pleno
romanticismo rezagado en la periferia de
Europa, el arte concebido como
exaltación de la exaltación: “Como las
almas que habitan los claustros
envelados de albos o negros tules, así
la mía cambia de ropaje en sus
confidencias con la vida y en sus
secretas tramas con la muerte”.
Pero todo
eso, que en manos de un Barbey
D’Aurevilly o de un D’Annunzio puede ser
una exhibición de talento, en la pluma
de Teresa Wilms no pasa de ser hoy una
curiosidad literaria que no logra
abastecer la curiosidad de los
buscadores de novedades retro, porque
simplemente carece de calidad literaria.
Pues para expresar su vida dramática
eligió ataviarse con una estética en
boga que le malogra la confesión. No
podrá confesar sencilla y
conmovedoramente sus amores y sus penas,
porque ya tiene la máscara adherida.
Mala jugada fue tener acceso a la
cultura europea, fascinarse con ella y
sofocar su voz propia. Se puede decir
que se apropió de esa estética
rimbombante. No supo ponderarla. También
se puede decir que esa estética se
apropió de ella, sin inspirarla, sólo
imprimiéndole ecos y remedos. Pero
¿podría haber escrito de otra manera?
Nada apunta a una preferencia ineludible
y exclusivista.
Un
ejemplo de cómo pudo haberse encauzado
Teresa Wilms Montt en lo genuino, es el
cuento “Junto al brasero”, de la
colección “Cuentos para hombres que aún
son niños”. Ahí las palabras adquieren
olor a buena leña de espino, a brasa
chilena que da una ruralidad querendona,
rememorada a través de una criada y un
inquilino. Cierto que podría señalarse
que en ese cuento Teresa Wilms acepta un
costumbrismo a lo Mariano Latorre,
luciendo la transcripción de un monólogo
en puro léxico campesino, y que el
relato no pasa de ser una consabida
tarjeta postal… Al menos es un oasis
rústico lejos del chic de los salones.