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P
O
E
M
A S
No tenemos un lenguaje para los finales, para
la caída del amor, para los concentrados laberintos de la
agonía, para el amordazado escándalo de los hundimientos
irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona o a quien
abandonamos que agregar otra ausencia a la ausencia es ahogar todos
los nombres y levantar un muro alrededor de cada
imagen?
¿Cómo hacer señas a quien muere, cuando todos los gestos
se han secado, las distancias se confunden en un caos
imprevisto, las proximidades se derrumban como pájaros enfermos y el
tallo del dolor se quiebra como la lanzadera de un telar
descompuesto?
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo cuando nada,
cuando nadie ya habla, cuando las estrellas y los rostros son
secreciones neutras de un mundo que ha perdido su memoria de ser
mundo?
Quizá un lenguaje para los finales exija la total
abolición de los otros lenguajes, la imperturbable síntesis de las
tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios, que
reúna los mínimos espacios entreverados entre el silencio y la
palabra y las ignotas partículas sin codicia que sólo allí
promulgan la equivalencia última del abandono y el
encuentro
Roberto Juarroz
Ciertas luces apagadas iluminan más que las luces
encendidas.
Hay lugares donde no es preciso que algo esté
encendido para que alumbre. Pero además hay cosas que se aclaran
mejor con las luces apagadas, como algunos estratos oblicuos del
hombre o algunos rincones que se instalan subrepticiamente en los
espacios más abiertos.
Y hay también una intemperie de la
luz, una zona despojada y ecuánime donde ya no hay
diferencia entre las luces encendidas y las luces
apagadas.
Roberto Juarroz - Argentina
Señor compañero
Señor compañero, Señor de la noche, haz
que vuelva su rostro quien no quiso mirarme. Que sus ojos me
busquen
sostenidos y azules por detrás de la barra. Que
pregunte mi nombre y se acerque despacio a pedirme
tabaco.
Señor de la noche, dios de la barra, ángel del
sí, sota de copas, flor del pecado: reza por mí. Reza por
mí. Reza por mí. Reza por mí.
Si prefiere quedarse, haz
que todos se vayan y este bar se despueble para dejarnos
solos con la canción más lenta.
Si decide marcharse, que la
luna disponga su luz en nuestro beso y que las calles
sepan también dejarnos solos.
Haz que no cante el gallo sobre
los edificios, que se retrase el día y que duren tus sombras el
tiempo necesario.
Señor de la noche, rey de los
forajidos, llévame a los jardines de la dulce serpiente y los
sueños cumplidos.
Haz que vuelva su rostro quien no quiso
mirarme. Que sus ojos me busquen sostenidos y azules por detrás
de la barra. Que pregunte mi nombre y se acerque despacio a
pedirme
tabaco.
Luis García Montero - España
El AMOR Y EL TIEMPO
Hubo un tiempo en el que en una isla muy pequeña, confundida con el
paraíso, habitaban los sentimientos como habitamos hoy en la tierra. En
esta isla vivían en armonía el Amor, la tristeza, y todos los otros
sentimientos.
Un día en uno de esos que la naturaleza parece estar
de malas, el amor se despertó aterrorizado sintiendo que su isla estaba
siendo inundada. Pero se olvido rápido del miedo y cuido de que todos los
sentimientos se salvaran.
Todos corrieron y tomaron sus barcos y
corrieron, y subieron a una montaña bien alta, donde podrían ver la isla
siendo inundada pero sin que corriesen peligro. Solo el amor no se
apresuro, el amor nunca se apresura. El quería quedarse un poquito mas en
su isla, pero cuando se estaba casi ahogando el amor se acordó de que no
debía morir.
Entonces corrió en dirección a los barcos que
partieron y grito por auxilio. La Riqueza, oyendo su grito, trato luego de
responder que no podría llevarlo ya que todo el oro y la plata que cargaba
temía que su barco se hundiera.
Pasó entonces la Vanidad que
también dijo que no podría ayudarlo, una vez que el amor se hubiese
ensuciado ayudando a los otros, ella, la Vanidad no soportaba la suciedad.
Por detrás de la Vanidad venía la Tristeza que se sentía tan profunda que
no quería estar acompañada por nadie.
Pasó también la Alegría, pero
esta tan alegre estaba que no oyó la suplica del amor. Sin esperanza el
Amor se sentó sobre la última piedra que todavía se veía sobre la
superficie del agua y comenzó a menguar. Su llanto fue tan triste que
llamó la atención de un anciano que pasaba con su barco.
El viejito
tomo al Amor en sus brazos y lo llevó hacia la montaña más alta, junto con
los otros sentimientos. Recuperándose el amor le preguntó a la Sabiduría
quien era el viejito que lo ayudó,. a lo que ésta respondió...: “El
Tiempo”. El Amor cuestionó: “¿Por qué solo el Tiempo pudo traerme aquí…?”.
La Sabiduría entonces respondió: “Por que sólo el Tiempo tiene la
capacidad de ayudar al Amor a llegar a los lugares más difíciles”.
Anónimo |
Los recuerdos suelen
contarte mentiras. Se amoldan al viento, amañan la
historia; por aquí se encogen, por allá se estiran, se tiñen de
gloria, se bañan en lodo, se endulzan, se amargan a nuestro
acomodo, según nos convenga; porque antes que nada y a pesar de
todo hay que sobrevivir.
Recuerdos que volaron lejos o que
los armarios encierran; cuando está por cambiar el tiempo, como las
heridas de guerra, vuelven a dolernos de nuevo.
Los recuerdos
tienen un perfume frágil que les acompaña por toda la vida y
tatuado a fuego llevan en la frente un día cualquiera, un nombre
corriente con el que caminan con paso doliente, arriba y
abajo, húmedas aceras canturreando siempre la misma
canción.
Y por más que tiempos felices saquen a pasear de la
mano, los recuerdos suelen ser tristes hijos, como son, del
pasado, de aquello que fue y ya no existe.
Pero los
recuerdos desnudos de adornos, limpios de nostalgias, cuando solo
queda la memoria pura, el olor sin rostro, el color sin
nombre, sin encarnadura, son el esqueleto sobre el que
construimos todo lo que somos, aquello que fuimos y lo que
quisimos y no pudo ser.
Después, inflexible, el olvido irá
carcomiendo la historia; y aquellos que nos han querido restaurarán
nuestra memoria a su gusto y a su medida con recuerdos de sus
vidas.
Joan Manuel Serrat
Todo viene hacia nosotros: no vamos hacia nada ¿ Hacia
dónde podríamos ir ? Toda marcha es una simulación un anodino
juego una costumbre inútil.
Todo viene hacia nosotros Desde
la tierra callada desde el cielo que vemos o desde el cielo que no
vemos, desde los huesos que nos sostienen o desde la sangre que nos
envuelve, desde el tiempo que manoteamos o las motas de azar que nos
rozan
Todo viene hacia nosotros la forma con que nacimos el
pensamientos y las sombras, las astillas de cada palabra los
silencios que articulamos el sueño que despoja a la noche o la noche
que despoja al sueño la apelación desconocida y sin destino que nos
trae cada amor
Todo viene hacia a nosotros Salvo tal vez
esa figura muda que arrancamos con un matiz de c ada cosa y que
quizas se yerga al desplomarnos para marchar por cuenta propia, para
venir con todo lo que viene, aunque no venga ya hacia nosotros
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