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REINO DORADO
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CANCIONES A LO DIVINO
LAS COSAS Y EL
ESPÍRITU
BIOGRAFÍA
Prestigioso escritor y pedagogo indio
Nació en Calcuta el 7 de mayo de 1861, de origen
noble según las castas sociales vigentes entonces en
el país, era el último de los 14 hijos de una
familia consagrada a la renovación espiritual de
Bengala, y se educó junto a su padre en el retiro
que este tenía en Santiniketan. Dada su manifiesta
vocación, en 1878 fue enviado a Gran Bretaña, donde
estudió literatura y música. Evocó este viaje en
Cartas de un viajero (1881), que publicó en el
periódico literario Bharati, fundado por dos de sus
hermanos en 1876.
“No cometeré el pecado de perder la fe en el
hombre”, declararía convencido en su mensaje Crisis
de la civilización
De la misma época son los dramas musicales El genio
de Valmiki (1882) y Los cantos del crepúsculo
(1882), y la novela histórica La feria de la reina
recién casada (1883). Escribió los Cantos de la
aurora (1883). Por esta época se casó con una joven
de 16 años, y seguidamente viajó por toda Bengala.
El contacto íntimo con aspectos fundamentales de la
vida de los hombres de su pueblo y con la naturaleza
tuvo una gran influencia sobre su propia vida y su
obra.
En 1890 realizó un segundo viaje a Gran Bretaña. De
este período son las colecciones poéticas Citra
(1896) y El libro de los cumpleaños (1900).
En Santiniketan funda una escuela en 1901, y en ella
estructuró un sistema pedagógico que defendía la
libertad intelectual del ser humano. En 1904 publicó
el ensayo político El movimiento nacional, en el que
se pronuncia a favor de la independencia de su país.
En 1910 apareció La ofrenda lírica, una de sus obras
más conocidas. A partir de 1912 recibió numerosas
invitaciones para pronunciar conferencias en Europa,
Estados Unidos y algunos países asiáticos, labor que
acrecentó su prestigio.
En 1913 recibió el Premio Nobel de Literatura y dos
años después, en plena guerra mundial, el Imperio
Británico le confirió el título de Sir. En 1916, al
recorrer Japón y Estados Unidos, el poeta hizo
elocuentes llamados a favor de la paz.
Concluida la conflagración, la India continuaba
siendo colonia de Inglaterra, metrópoli que promulgó
la Ley Rowlatt, destinada a suprimir todos los
movimientos políticos y echar por tierra cualquier
esperanza de independencia de acuerdo con las
promesas hechas durante los años de guerra por los
gobernantes británicos.
La figura y las ideas pacifistas de Mahatma Gandhi
dominaban por entonces el escenario político en la
India y como tal él inició un movimiento de
resistencia pasiva contra la mencionada ley; no
obstante, la conmoción popular causada por la
Rowlatt y el rumor de que Gandhi estaba sufriendo
prisión provocaron estallidos de violencia en
numerosos puntos del país. Las manifestaciones
fueron brutalmente reprimidas con fuego de
ametralladoras.
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Tagore con Ghandi
Der
Steinkreis von Boitin Gareth
(www.taller54.com/members10/ovaten)
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Entre otras muchas protestas estuvo la de
Rabindranath Tagore, quien en carta dirigida al
virrey británico de la India y publicada en toda la
prensa, condenaba al gobierno por la matanza y
rechazaba el título recibido años atrás: “Por mi
parte quiero quedar despojado de toda distinción,
junto a mis compatriotas, cuya pretendida
insignificancia los expone a sufrir degradaciones
que no deben infligirse a ningún ser humano”.
Con Mohandad Karamchand Gandhi, el Mahatma, comparte
ideales, fe y esperanzas
Los diez años siguientes en la vida de Tagore fueron
de actividad incesante; recorrió numerosos países
abogando por la paz y reclamando la cooperación
entre las naciones. También recaudó fondos para su
escuela, que a fines de 1921 se convirtió en
universidad internacional.
Mayo de 1941 vio cumplir a Tagore sus 80 años.
Debido a su delicado estado de salud, había
regresado al hogar familiar en Santiniketan,
Calcuta, donde la enfermedad que le aquejaba tuvo un
fatal desenlace. No obstante, antes de su muerte,
logró asistir a los festejos organizados allí por el
aniversario del natalicio y para la ocasión escribió
el mensaje titulado Crisis de la civilización, en el
que trataba la forma cómo las bárbaras guerras de
agresión la estaban poniendo en peligro hasta en sus
mismas raíces.
“Hubo una época -dice en ese texto- en que creí que
las fuentes de la civilización podrían surgir del
corazón de Europa; pero ahora, próximo a
desmoronarse ese mundo, he abandonado tal creencia.
Cuando miro en derredor mío, veo las ruinas de esa
civilización formar un montón de polvo vano. Pero,
así y todo, no cometeré el pecado de perder la fe en
el hombre. Espero el día en que termine el
holocausto y el aire se vuelva puro gracias al
espíritu de sacrificio y al deseo de servir a la
humanidad. Quizá esa nueva aurora se anuncie en
estos horizontes de Oriente, por donde sale el sol.
Ese día el hombre, invicto, volverá a retomar la
senda de sus triunfos, franqueando todos los
obstáculos para recuperar la herencia que ha
perdido.”
De su extensa producción literaria, cabe citar
además los dramas Kacha y Devayani (1894), El
cartero del rey (1913), Ciclo de la primavera (1916)
y La máquina (1922); las novelas Gora (1910) y La
casa y el mundo (1916); los poemarios La luna nueva
(1913), El jardinero (1913) y La fugitiva (1918), y
algunas colecciones de sus conferencias, como
Sadhana (1912) y La religión del hombre (1930
Poemas
Pájaros perdidos
(fragmento)
" Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana,
cantan,
y se van volando.
Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar,
aletean y caen en ella, en un suspiro.
Vagabundillos del universo, tropel de seres
pequeñitos,
¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!
Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta
de
infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como
un
beso de lo eterno.
Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor
su sonrisa.
Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas
no te dejarán
ver las estrellas.
-Mar, ¿qué estás hablando?
Una pregunta eterna.
-Tú, cielo, ¿qué respondes?
El eterno silencio.
¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está
queriendo amarte!
El misterio de la vida es tan grande como la sombra
en
la noche. La ilusión de la sabiduría es como la
niebla del
amanecer.
No te dejes tu amor sobre el precipicio.
Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver
el
mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me
saluda y
se va.
Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas
suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces,
amanece;
¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas
recién nacidas?
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces,
la medianoche entristece con nostálgico silencio a
las estrellas? "

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Tagore
Der
Steinkreis von Boitin Gareth
(www.taller54.com/members10/ovaten)
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Rabindranath Tagore
Gitanjali
(fragmento)
" Las nubes se amontonan sobre las nubes, y
oscurece. ¡Ay, amor! ¿por qué me dejas esperarte,
solo en tu puerta?
En el afán del mediodía, la multitud me acompaña;
pero en esta oscuridad solitaria, no tengo más que
tu esperanza.
Si no me enseñas tu cara, si me dejas del todo en
este abandono, ¿cómo voy a pasar estas largas horas
lluviosas?
Miro la lejana oscuridad del cielo, y mi corazón
vaga gimiendo con el viento sin descanso.
Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y
lo tendré conmigo. Y esperaré, quieto, como la noche
en su desvelo estrellado, hundida pacientemente mi
cabeza.
Vendrá sin duda la mañana. Se desvanecerá la sombra,
y tu voz se derramará por todo el cielo, en arroyos
de oro.
Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis
nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en
flores, por todas mis profusas enramadas. "
1
Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso
mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a
llenar con nueva vida.
Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla
de caña, y has silbado en ella melodías eternamente
nuevas.
Al contacto inmortal de tus manos, mi corazoncito se
dilata sin fin en la alegría, y da vida a la
expresión inefable.
Tu dádiva infinita sólo puedo recogerla con estas
pobres manitos mías. Y pasan los siglos, y tú sigues
derramando, y siempre hay en ellas sitio que llenar.
2
Cuando tú me mandas que cante, mi corazón parece que
va a romperse de orgullo. Te miro y me echo a
llorar.
Todo lo duro y agrio de mi vida se me derrite en no
sé qué dulce melodía, y mi adoración tiende sus
alas, alegre como un pájaro que va pasando la mar.
Sé que tú complaces en mi canto, que sólo vengo a ti
como cantor. Y con el fleco del ala inmensamente
abierta de mi canto, toco tus pies, que nunca pude
creer que alcanzaría.
Y canto, y el canto me emborracha, y olvido quien
soy, y te llamo amigo, a ti que eres mi señor.
3
¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te escucho mudo de
asombro!
La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va
de cielo a cielo, su raudal santo vence todos los
pedregales y sigue, en un torbellino, adelante.
Mi corazón anhela ser uno con tu canto, pero en vano
busca su voz. Quiero hablar, pero mi palabra no se
abre en melodía; y grito vencido. ¡Ay, cómo
envuelves mi corazón en el enredo infinito de tu
música, Señor!
4
Quiere tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi
vida, que has dejado tu huella viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía,
pues tú eres la verdad que ha encendido la luz de la
razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener
siempre mi amor en flor, pues que tú estás sentado
en el sagrario más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte en mis acciones, pues que
sé que tú eres la raíz que fortalece mi trabajo.
5
Sé indulgente conmigo un momento, y déjame sentarme
a tu lado, que luego terminaré lo que estoy
haciendo.
Mi corazón, si no te ve, no tiene sosiego, y mi
trabajo es como un afán infinito en un fatigoso mar
sin playas.
El verano ha venido hoy a mi ventana, zumbando y
suspirando, y han venido las abejas, trovadores en
la corte del bosque florecido.
Es el tiempo de sentarse quieto frente a ti, el
tiempo de cantarte, en un ocio mudo y rebosante, la
ofrenda de mi vida.
6
Anda, no esperes más; toma esta florcita, no se
mustie y se deshoje.
Quizás no tengas sitio para ella en tu guirnalda;
pero hónrala, lastimándola con tu mano, y arráncala,
no sea que se acabe el día sin que yo me dé cuenta;
y se pase el tiempo de la ofrenda.
Aunque su color sea tan pobre, y tan poco su olor,
¡anda, ten esta flor para ti, arráncala ahora que es
tiempo!
7
Mi canción, sin el orgullo de su traje, se ha
quitado sus galas para ti. Porque ellas estorbarían
nuestra unión, y su campanilleo ahogaría nuestros
suspiros.
Mi vanidad de poeta muere de vergüenza ante ti,
Señor, poeta mío. Aquí me tienes sentado a tus pies.
Déjame sólo hacer recta mi vida y sencilla, como una
flauta de caña, para que tú la llenes de música.
8
El niño vestido de príncipe, colgado de ricas
cadenas, pierde el gusto de su juego, porque su
atavío le estorba a cada paso.
Por temor a rozarse o a empolvarse, se aparta del
mundo, y no se atreve ni siquiera a moverse.
Madre, ¿gana él algo con ser esclavo de ese lujo que
le aparta del polvo saludable de la tierra, que le
roba el derecho de entrar en la gran fiesta de la
vida de todos los hombres?
9
¡Necio, que intentas llevarte sobre tus propios
hombros! ¡Pordiosero, que vienes a pedir a tu propia
puerta!
Deja todas las cargas en las manos de aquel que
puede con todo, y nunca mires atrás nostálgico.
Tu deseo apaga al punto la lámpara que toca con su
aliento. ¡No tomes sus dádivas malsanas con manos
impuras! ¡Recoge sólo lo que te ofrece el amor
sagrado!
10
Tienes tu escabel, y tus pies descansan, entre los
más pobres, los más humildes y perdidos.
Quiero inclinarme ante ti, pero mi postración no
llega nunca a la cima donde tus pies descansan entre
los más pobres, los más humildes y perdidos.
El orgullo no puede acercarse a ti, que caminas, con
la ropa de los miserables, entre los más pobres, los
más humildes y perdidos.
Mi corazón no sabe encontrar su senda, la senda de
los solitarios, por donde tú vas entre los más
pobres, los más humildes y perdidos.
11
Deja ya esa salmodia, ese canturreo, ese pasar y
repasar rosarios. ¿A quién adoras, di, en ese oscuro
rincón solitario del templo cerrado? ¡Abre tus ojos,
y ve tu Dios no está ante ti!
Dios está donde el labrador cava la tierra dura,
donde el picapedrero pica la piedra; está con ellos,
en el sol y en la lluvia, lleno de polvo el vestido.
¡Quítate ese manto sagrado y baja con tu Dios al
terruño polvoriento!
¿Libertad? ¿Donde quieres encontrar libertad? ¿No se
ha atado él mismo, lleno de alegría a la Creación?
¡Sí, él está atado a nosotros todos para siempre!
¡Sal ya de tu éxtasis, déjate ya de flores y de
incienso! ¿Qué importa que tus ropas se manchen o se
andrajen? ¡Ve a su encuentro, ponte a su lado, y
trabaja, y que sude tu frente!
12
¡Cuánto tiempo dura mi viaje, y qué largo es mi
camino!
Salí en la carroza del primer albor, y caminé a
través de los desiertos de los mundos, dejando mi
rastro por las estrellas infinitas.
La ruta más larga es la que sale más pronto a ti, y
la más complicada enseñanza no lleva sino a la
perfecta sencillez de una melodía.
El viajero tiene que llamar, una tras otra, a todas
las puertas extrañas para llegar a la suya; ha de
vagar por todos los mundos de afuera, si quiere
llegar al fin a su santuario interior.
Mis ojos erraron por todos los confines antes de que
yo los cerrara diciendo: "Aquí estás". Y el grito y
la pregunta: "¡Ay!, ¿dónde?", se derriten en las
lágrimas de mil raudales y ahogan el mundo con el
desbordamiento de su "¡Yo soy!".
13
La canción que yo vine a cantar, no ha sido aún
cantada.
Mis días se me han ido afinando las cuerdas de mi
arpa; pero no he hallado el tono justo, y las
palabras no venían bien. ¡Sólo la agonía del afán en
mi corazón!
Aún no ha abierto la flor, sólo suspira el viento.
No he visto su cara, ni he oído su voz; sólo oí sus
pasos blandos, desde mi casa, por el camino.
Todo el día interminable de mi vida me lo he pasado
tendiendo en el suelo mi estera para él; pero no
encendí la lámpara, y no puedo decirle que entre.
Vivo con la esperanza de encontrarlo; pero ¿cuándo
lo encontraré?

14
Mis deseos son infinitos, lastimeros mis clamores;
pero tú me salvas siempre con tu dura negativa. Y
esta recta merced ha traspasado de parte a parte mi
vida.
Día tras día me haces digno de los dones grandes y
sencillos que me diste sin yo pedírtelos, el cielo y
la luz, mi cuerpo, mi vida y mi entendimiento; y me
has salvado, día tras día, del escollo de los deseos
violentos.
A veces me retardo lánguido, a veces me despierto y
me desvivo en busca de mi fin; pero tú, cruel, te
escondes de mí.
Día tras día, a fuerza de rehusarme, de librarme de
los peligros del deseo débil y vago, me estás
haciendo digno de ser tuyo del todo.
15
Estoy aquí para cantarte. Mi rinconcito está en este
salón tuyo.
Nada tengo que hacer en este mundo tuyo; mi vida
inútil no sabe más que saltar en melodías sin razón.
Cuando en el oscuro templo de la medianoche dé la
hora de adorarte en silencio, ¡mándame que te venga
a cantar, maestro mío!
Cuando el arpa de oro esté afinada en el aire
matutino, ¡hónrame tú ordenando mi presencia!
16
Fui invitado a la fiesta de este mundo, y así mi
vida fue bendita. Mis ojos han visto, y oyeron mis
oídos.
Mi parte en la fiesta fue tocar este instrumento; y
he hecho lo que pude.
Y ahora te pregunto: ¿no es tiempo todavía de que yo
pueda entrar, y ver tu cara, y ofrecerte mi saludo
silencioso?
17
Sólo espero al amor para entregarme al fin en sus
manos. Por eso es tan tarde, por eso soy culpable de
tantas distracciones.
Vienen todos, con leyes y mandatos, a atarme a la
fuerza; pero yo me escapo siempre, porque sólo
espero al amor para entregarme, al fin, en sus
manos.
Me culpan, me llaman atolondrado. Sin duda tienen
razón.
Terminó el día de feria, y todos los tratos están ya
hechos. Y los que vinieron en vano a llamarme, se
han vuelto, coléricos. Sólo espero al amor para
entregarme al fin en sus manos.
18
Las nubes se amontonan sobre las nubes, y oscurece.
¡Ay, amor! ¿por qué me dejas esperarte, solo en tu
puerta?
En el afán del mediodía, la multitud me acompaña;
pero en esta oscuridad solitaria, no tengo más que
tu esperanza.
Si no me enseñas tu cara, si me dejas del todo en
este abandono, ¿cómo voy a pasar estas largas horas
lluviosas?
Miro la lejana oscuridad del cielo, y mi corazón
vaga gimiendo con el viento sin descanso.
19
Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y
lo tendré conmigo. Y esperaré, quieto, como la noche
en su desvelo estrellado, hundida pacientemente mi
cabeza.
Vendrá sin duda la mañana. Se desvanecerá la sombra,
y tu voz se derramará por todo el cielo, en arroyos
de oro.
Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis
nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en
flores, por todas mis profusas enramadas.
20
Aquel día en que abrió el loto, mi pensamiento
andaba vagabundo, y no supe que florecía. Mi canasto
estaba vacío, y no vi la flor.
Sólo de vez en cuando, no sé qué tristeza caía sobre
mí; y me levantaba sobresaltado de mi sueño, y olía
un rastro dulce de una extraña fragancia que erraba
en el viento del sur.
Su vaga ternura traspasaba de dolor nostálgico mi
corazón. Me parecía que era el aliento vehemente del
verano que anhelaba completarse.
¡Yo no sabía entonces que el loto estaba tan cerca
de mí, que era mío, que su dulzura perfecta había
florecido en el fondo de mi propio corazón!
21
¿Cuándo echaré mi barca a la mar? Las horas
lánguidas se me pasan en la orilla ¡ay!
La primavera acabó de florecer y se ha ido. Y
cargado de vanas flores marchitas, espero y tardo.
Se han puesto las olas clamorosas, y en la vereda en
sombra de la orilla, las hojas amarillas aletean y
caen.
¿Qué miras, di, en el vacío? ¿No sientes
estremecerse el aire de una canción lejana que
viene, flotando, de la otra orilla?
22
En la profunda oscuridad de julio lluvioso, tú vas
caminando en secreto, mudo como la noche, evitando a
los que te vigilan.
Hoy, la mañana ha cerrado sus ojos, sin hacer caso
de la insistente llamada del huracán del este, y un
espeso manto ha caído sobre el azul siempre alerta
del cielo.
Los bosques han dejado de cantar, las puertas de las
casas están todas cerradas. Tú eres el transeúnte
solitario de la calle desierta.
¡Unico amigo mío, mi más amado amigo; mira abiertas
las puertas de mi casa; no pases de largo como un
sueño!
23
¿Has salido, esta noche de tormenta, en tu viaje de
amor, amigo mío?
-El cielo se queja como un desesperado-. ¡No puedo
dormir! Abro mi puerta a cada instante, y miro a la
oscuridad, mas nada veo. Amigo mío, ¿dónde está tu
camino, di?
¿Por qué vaga ribera de qué río de tinta, por qué
lejano seto de qué imponente floresta, a través de
qué intrincada profundidad oscura vienes trenzando
tu ruta hacia mí, amigo mío?
24
Si se ha acabado el día, si ya no cantan los
pájaros, si el viento rendido ha flojeado, cúbreme
bien con el manto de la sombra, como has cerrado
tiernamente las hojas del loto desfallecido en el
crepúsculo.
¡Quítale la vergüenza y la pobreza al caminante que
ha vaciado su alforja antes de acabar el viaje, que
tiene roto y empolvado su vestido, cuya fuerza está
exhausta; renueva su vida, como una flor, bajo el
manto de la noche misericordiosa!
25
En la noche fatigada, déjame entregarme sin lucha al
sueño, con mi confianza en ti.
¡No consientas que fuerce mi espíritu flojo a una
pobre preparación para adorarte!
¿Acaso no eres tú quien corre el velo de la noche
sobre los ojos rendidos del día, para renovar su
sentido con la refrescada alegría del despertar?
26
Vino, y se sentó a mi lado; pero yo no desperté.
¡Maldito sueño aquél, ay!
Vino en la noche tranquila. Traía el arpa en sus
manos, y mis sueños resonaron con sus melodías.
¡Ay!, ¿por qué se van así mis noches? ¿Por qué no lo
veo nunca cuando su aliento está rozando mi sueño?
27
¡Luz! ¿Dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor
brillante del deseo!
Aquí está la lámpara, pero ¿y el aleteo de la llama?
¿Es éste tu destino, corazón? ¡Ay, cuánto mejor
fuera la muerte!
La miseria llama a tu puerta, y te dice que tu señor
está desvelado, que te llama en cita de amor, entre
la sombra de la noche.
Los nubarrones cubren el cielo, la lluvia no para.
¡No sé qué es esto que se mueve en mí, no sé qué
quiere decir esto que siento!
El resplandor momentáneo del relámpago me arrolla
una sombra más profunda sobre los ojos. Mi corazón
busca a ciegas por el camino que va adonde la música
de la noche me está llamando.
¡Luz! ¡Ay!, ¿dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor
brillante del deseo!
-Truena, y el viento se abalanza clamoroso, y la
noche está negra como la pizarra.
-¡No dejes que pasen las horas en la sombra!
¡Enciende la lámpara del amor con tu vida!
28
Firmes son mis ataduras; pero mi corazón me duele si
trato de romperlas.
No deseo más que libertad; peor me da vergüenza su
esperanza.
Sé bien qué tesoro inapreciable es el tuyo, que tú
eres mi mejor amigo; pero no tengo corazón para
barrer el oropel que llena mi casa.
De polvo y muerte es el sudario que me cubre. ¡Qué
odio le tengo! Y, sin embargo, lo abrazo enamorado.
Mis deudas son grandes, infinitos mis fracasos,
secreta mi vergüenza y dura. Pero cuando vengo a
pedir mi bien, tiemblo temeroso, no vaya a ser oída
mi oración.
29
Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi
nombre. Día tras día, levanto, sin descanso, este
muro a mi alrededor; y a medida que sube al cielo,
se me esconde mi ser verdadero en la sombra oscura.
Este hermoso muro es mi orgullo, y lo enluzco con
cal y arena, no vaya a quedar el más leve resquicio.
Y con tanto y tanto cuidado, pierdo de vista mi
verdadero ser.
30
Salí solo a mi cita. ¿Quién es ese que me sigue en
la oscuridad silenciosa?
Me echo a un lado para que pase, pero no pasa.
Su marcha jactanciosa levanta el polvo, su voz recia
duplica mi palabra.
¡Señor, es mi pobre yo miserable! Nada le importa a
él de nada; pero ¡qué vergüenza la mía de venir con
él a tu puerta!
31
"Prisionero, ¿quién te encadenó?".
"Mi Señor", dijo el prisionero. "Yo creí asombrar al
mundo con mi poder y mi riqueza, y amontoné en mis
cofres dinero que era de mi Rey. Cuando me venció el
sueño, me eché sobre el lecho de mi Señor. Y al
despertar, me encontré preso en mi propio tesoro."
"Prisionero, ¿quién forjó esta cadena inseparable?"
Dijo el prisionero: "Yo mismo la forjé
cuidadosamente. Pensé cautivar al mundo con mi poder
invencible; que me dejara en no turbada libertad. Y
trabajé, día y noche, en mi cadena, con fuego enorme
y duro golpe. Cuando terminé el último eslabón, vi
que ella me tenía agarrado."
32
Los que me aman en este mundo, hacen todo cuanto
pueden por retenerme; pero tú no eres así en tu
amor, que es más grande que ninguno, y me tienes
libre.
Nunca se atreven a dejarme solo, no los olvide; pero
pasan y pasan los días, y tú no te dejas ver.
Y aunque no te llame en mis oraciones, aunque no te
tenga en mi corazón, tu amor siempre espera a mi
amor.
33
Entraron en mi casa con alba, diciendo: "Cabremos
bien en el cuarto más pequeño".
Decían: "Te ayudaremos en el culto de tu Dios, y
nuestra humildad tendrá de sobra con la parte de
gracia que le toque". Y se sentaron en un rincón, y
estaban quietos y sumisos.
¡Pero en la oscuridad de la noche sentí que forzaban
la entrada de mi santuario, fuertes e iracundos; que
se llevaban, con codicia impía, las ofrendas del
altar de Dios!
34
Que sólo quede de mí, Señor, aquel poquito con que
pueda llamarte mi todo.
Que sólo quede de mi voluntad aquel poquito con que
pueda sentirte en todas partes, volver a ti en cada
cosa, ofrecerte mi amor en cada instante.
Que sólo quede de mí aquel poquito con que nunca
pueda esconderte.
Que sólo quede de mis cadenas aquel poquito que me
sujete a tu deseo, aquel poquito con que llevo a
cabo tu propósito en mi vida; la cadena de tu amor.
35
Permite, Padre, que mi patria se despierte en ese
cielo donde nada teme el
alma, y se lleva erguida la cabeza; donde el saber
es libre; donde no está roto el mundo en pedazos por
las paredes caseras; donde la palabra surte de las
honduras de la verdad; donde el luchar infatigable
tiende sus brazos a la perfección; donde la clara
fuente de la razón no se ha perdido en el triste
arenal desierto de la yerta costumbre; donde el
entendimiento va contigo a acciones e ideales
ascendentes...
¡Permite, Padre mío, que mi patria se despierte en
ese cielo de libertad!
36
Mi oración, Dios mío, es ésta:
Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis
pesares.
Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni
doblar mi rodilla al poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la
pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza,
enamorado, a tu voluntad.
37
Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado
todo mi poder; que mi sendero estaba ya cerrado, que
había ya consumido todas mis provisiones, que era el
momento de guarecerme en la silenciosa oscuridad.
Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en
mí. Y cuando las palabras viejas se caen secas de mi
lengua, nuevas melodías estallan en mi corazón; y
donde las veredas antiguas se borran, aparece otra
tierra maravillosa.
38
¡Te necesito a ti, sólo a ti! Deja que lo repita sin
cansarse mi corazón. Los demás deseos que día y
noche me embargan, son falsos y vanos hasta sus
entrañas.
Como la noche esconde en su oscuridad la súplica de
la luz, en la oscuridad de mi inconsciencia resuena
este grito: ¡Te necesito a ti, sólo a ti!
Como la tormenta está buscando paz cuando golpea la
paz con su poderío, así mi rebelión golpea contra tu
amor y grita: ¡Te necesito a ti, sólo a ti!
39
Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como
un chubasco de misericordia.
Cuando la gracia de la vida se me haya perdido, ven
a mí con un estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en
todo, cerrándome el más allá, ven a mí, Señor del
silencio, con tu paz y tu sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado
cobardemente en un rincón, rompe tú mi puerta, Rey
mío, y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendimiento, con polvo y
engaño, ¡Vigilante santo, ven con tu trueno y tu
resplandor!
40
¡Cuánto tiempo hace que no llueve, Dios mío, en mi
seco corazón! El horizonte está ferozmente desnudo,
ni el más delgado vapor de la nube más suave, ni el
más vago indicio del fresco chubasco más lejano.
¡Manda tu tormenta furibunda, negra y mortífera, si
quieres, y sobresalta de parte a parte el cielo, con
el látigo de tu relámpago!
¡Pero, recoge, Señor, llama a ti este calor
silencioso que todo lo penetra, quieto y cruel; este
calor terrible que quema al corazón su esperanza!
¡Que la nube de gracia descienda y se incline a mí,
como la mirada llorosa de la madre, el día de la
cólera paterna!
41
¿Dónde estás tú, amor mío? ¿Por qué te escondes
detrás de todos, en la sombra? ¡Te empujan y te
pasan por el camino polvoriento, creyendo que no
eres nadie! Yo no sé el tiempo que hace que te
espero, cansado, con mis ofrendas para ti; y los que
van y vienen, toman mis flores, una a una, y dejan
vacío mi canasto.
Pasaron mañana y mediodía. Es el anochecer, y mis
ojos están caídos de sueño en la sombra. Los hombres
que vuelven a sus hogares, me miran sonriendo, y me
avergüenzan. Estoy sentada como una muchacha
mendiga, con la falda por la cara. Y cuando me
preguntan qué quiero, bajo los ojos y callo.
¡Ay!, ¿cómo les voy a decir que te espero a ti, que
tú me has prometido que vendrás? ¿Cómo me dejaría
decir mi timidez que esta miseria mía es la dote que
te guardo? ¡Ay!, ¡cómo aprieto este orgullo contra
mí, en el secreto de mi corazón!
Sentada en la yerba, miro al cielo y sueño con el
súbito esplendor de tu llegada. Llamean mil
antorchas, los gallardetes de oro vuelan sobre tu
carro, y los caminantes miran boquiabiertos cómo
desciendes de tu asiento y me alzas del polvo, cómo
sientas a tu lado a esta mendiguilla andrajosa, que
tiembla de orgullo y de vergüenza como una
enredadera en la brisa del verano.
Pero pasa el tiempo, y no se oyen las ruedas de tu
carroza. ¡Cuánta procesión va y viene, palpitante,
entre gritos y relumbrones de gloria! ¿Sólo eres tú
quien tiene que seguir en la sombra, callado detrás
de todos? ¿Sólo soy yo quien ha de esperar y llorar
y gastar, en vano afán, su corazón?
42
En el alba, se murmuró que tú y yo habíamos de
embarcarnos solos, y que nadie en el mundo sabría
nada de nuestro viaje sin fin y sin objeto.
Por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa
arrobada, mis canciones henchirían sus melodías,
libres como las olas, libres de la esclavitud de las
palabras.
¿No es la hora todavía? ¿Aún hay algo que hacer?
Mira, el anochecer cae sobre la playa, y en la luz
que se apaga, los pájaros del mar vuelven a sus
nidos.
¿Cuándo se soltarán las amarras, y la barca, como el
último vislumbre del poniente, se desvanecerá en la
noche?
43
Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin
que yo te lo pidiera, en mi corazón, como un
desconocido cualquiera, Rey mío; y pusiste tu sello
de eternidad en los instantes fugaces de mi vida.
Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el
polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las
alegrías y los pesares de mis anónimos días
olvidados.
Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y
los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son
los mismos que resuenan ahora de estrella en
estrella.
44
Mi alegría es vigilar, esperar junto al camino,
donde la sombra va tras la luz, y la lluvia sigue
los pasos del verano.
Mensajeros, que traen nuevas de cielos desconocidos,
me saludan y siguen aprisa por la senda. Mi corazón
late contento dentro de mí, y el aliento de la brisa
que pasa me es dulce.
Del alba al anochecer, estoy sentado en mi puerta.
Sé que, cuando menos lo piense, vendrá el feliz
instante en que veré.
Mientras, sonrío y canto solo. Mientras, el aire se
está llenando del aroma de la promesa.
45
¿No oíste, sus pasos silenciosos? El viene, viene,
viene siempre.
En cada instante y en cada edad, todos los días y
todas las noches, él viene, viene, viene siempre.
He cantado muchas canciones y de mil maneras; pero
siempre decían sus notas: él viene, viene, viene
siempre.
En los días fragantes del soleado abril, por la
vereda del bosque, él viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa de las noches de
julio, sobre el carro atronador de las nubes, él
viene, viene, viene siempre.
De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen
mi corazón, y el dorado roce de sus pies es lo que
hace brillar mi alegría.
46
No sé desde qué tiempos distantes estás viniendo a
mí. Tu sol y tus estrellas no podrán nunca
esconderte de mí para siempre.
¡Cuántas mañanas y cuántas noches he oído tus pasos!
¡Cuántas tu mensajero entró en mi corazón y me llamó
en secreto!
Hoy, no sé por qué, mi vida está loca, y una trémula
alegría me pasa el corazón.
Es como si hubiese llegado el tiempo de acabar mi
trabajo. Y siento en el aire no sé qué vago aroma de
tu dulce presencia.
47
Se me ha pasado la noche esperándolo en vano. Tengo
miedo, no vaya a venir, de pronto, con la mañana, a
mi puerta, cuando yo me haya quedado dormido de
cansancio. ¡Amigos, dejadle franco el camino, no le
prohibáis que pase!
Si el rumor de sus pasos no me despertara, os ruego
que no vayáis a despertarme. ¡Y ojalá no me
despertara tampoco el coro gritón de los pájaros, ni
el alboroto del viento en la fiesta de la luz del
amanecer! ¡No me despertéis, aunque mi Señor venga
de pronto a mi puerta!
¡Ay, sueño mío, precioso sueño, que sólo espera su
roce para desvanecerse! ¡Ay, mis ojos cerrados, que
se abrirían a la luz de su sonrisa, si él surgiera
ante mí, como un sueño, de la oscuridad de mi sueño!
¡Que se aparezca él a mis ojos como la luz primera y
la primera forma! ¡Que el primer estremecimiento de
alegría le venga a mi alma amanecida de su mirar!
¡Que mi retorno a mí mismo sea volver de pronto a
él!
48
El mañanero mar del silencio se quebró en ondas de
cantos de pájaros. Las flores estaban contentas
junto al camino. Un tesoro de oro se derramó por
entre las rajadas nubes. Pero nosotros seguíamos a
prisa nuestro camino, sin hacer caso.
No cantábamos nuestra alegría ni jugábamos; no nos
llegamos a la aldea a comprar ni a vender; no
hablábamos ni sonreíamos, ni nos parábamos a
descansar. Ibamos más de prisa cada vez, con las
horas.
Llegó el sol al cenit, y las tórtolas se arrullaron
en la sombra; las hojas secas danzaron y volaron en
el aire caliente del mediodía; el pastorcillo se
adormiló a la sombra del baniano. Y yo me eché,
orilla del agua, y estiré mi cuerpo rendido sobre la
yerba.
Mis compañeros me insultaron con desprecio y,
erguidas las cabezas, sin mirar atrás ni pararse un
instante, siguieron afanosos y se perdieron en la
brumosa lejanía azul. Cruzaron prados y colinas,
pasaron extraños países distantes...
¡Sea tuyo todo el honor, escuadrón heroico del
sendero interminable! Tu mofa y tu reproche me tentó
a levantarme; pero yo no respondí; me di por bien
perdido en la cima de mi alegre humillación, a la
sombra de una vaga felicidad.
La paz de la verde sombra, que el sol recamaba, se
tendió lenta sobre mi corazón. Olvidé el porqué de
mi viaje y perdí, sin lucha, mi pensamiento en un
laberinto de sombras y canciones.
Y cuando salí de mi sueño, mis ojos abiertos te
vieron ante mí, anegando mi sueño en tu sonrisa.
¿Cómo había yo pensado que era lago y penoso el
camino, que no era necesario luchar tanto para
alcanzarte?
49
Bajaste de tu trono, y te viniste a la puerta de mi
choza.
Yo estaba solo, cantando en un rincón, y mi música
encantó tu oído. Y tú bajaste y te viniste a la
puerta de mi choza.
Tú tienes muchos maestros en tu salón, que, a toda
hora, te cantan. Pero la sencilla copla ingenua de
este novato te enamoró; su pobre melodía
quejumbrosa, perdida en la gran música del mundo.
Y tú bajaste con el premio de una flor, y te paraste
a la puerta de mi choza.
50
Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino
de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo
lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba,
maravillado quién sería aquel Rey de reyes.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que
mis días malos se habían acabado. Y me quedé
aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados
por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste
sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me
había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu
diestra diciéndome: "¿Puedes darme alguna cosa?".
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un
mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer.
Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo,
y te lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la
tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de
oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré
de no haber tenido corazón para dárteme todo!
51
Oscureció. Nuestro trabajo estaba cumplido. Creíamos
que había llegado ya el último huésped de la noche y
que las puertas de la aldea estaban todas cerradas.
Alguno dijo que el Rey tenía que venir. Y nos reímos
y dijimos: "No puede ser".
Creímos que habían llamado a la puerta, pero
pensamos que sería el viento. Y apagamos las
lámparas y nos echamos a dormir. Alguno dijo: "Es el
Heraldo del Rey". Y nos reímos y dijimos: "No, es el
viento".
Se oyó un ruido en la cerrazón de la noche. En
nuestro duermevela, nos pareció un trueno lejano. Y
tembló la tierra y se mecieron los muros,
sobresaltando nuestro sueño. Alguno dijo que era un
rodar de ruedas. Y contestamos adormilados: "No,
debe ser el carro de las nubes".
Aún era de noche cuando sonó el tam-
bor. Y oímos: "¡Despertad pronto!". Temblando de
espanto, nos tomábamos el corazón con las manos.
Alguno dijo: "¡Mirad la bandera del Rey!". Y nos
levantamos gritando: "¡No hay tiempo que perder!".
Aquí está el Rey, pero ¿y las antorchas, y las
guirnaldas, y el trono para él? ¡Qué vergüenza! ¡Qué
vergüenza! ¿Dónde está el salón? ¿Dónde las
colgaduras? Alguno dijo: "¿A qué viene ese lamento?
¡Saludadlo con manos vacías, entradlo en vuestros
cuartos desnudos!".
¡Abrid las puertas! ¡Que suenen las trompetas! ¡Ha
venido el Rey de nuestra triste casa oscura, en la
profundidad de la noche! ¡Truena el cielo, y el
relámpago estremece las tinieblas! ¡Saca tu
esterilla andrajosa y tiéndela en el patio, que
nuestro Rey de la noche horrible ha venido, de
pronto, en la tormenta!
52
Pensé pedirte la guirnalda de rosas de tu cuello,
pero no me atreví. Y esperé la mañana, y cuando te
fuiste, tomé algunos pedacitos de flores de tu
lecho. Y como una mendiga, buscaba por la aurora
alguna hojita perdida.
¡Ay!, ¿y qué he encontrado?, ¿qué me queda de tu
amor? ¡Ni flor, ni especias, ni frasco de perfume,
sino tu espada terrible, destellante como una llama,
pesada como el rayo!
La luz nueva de la mañana entra por la ventana y se
tiende en tu lecho. El pájaro primero me pregunta
piando: "¿Qué encontraste, mujer?" ¡No, no es flor,
ni especias, ni redoma de perfume, sino tu espada
terrible!
Me siento a meditar, maravillada, en esta dádiva
tuya. No sé dónde esconderla. Me da vergüenza
ponérmela, tan débil como soy. Me duele cuando la
aprieto contra mi pecho. Sin embargo, llevaré esta
dádiva tuya, esta carga de dolor, en mi corazón.
Nada temeré en el mundo ya, y tú serás victorioso en
todas mis luchas. Tú me has dado por compañera a la
muerte, y yo la coronaré con mi vida. ¡Aquí tengo tu
espada para cortar mis ataduras! ¡Nada temeré ya en
el mundo!
¡Lejos de mí, desde hoy, los adornos vanos! ¡Señor
de mi corazón, ya no lloraré, ni desesperaré más por
los rincones; ya no seré nunca más tímida ni mimosa!
¡Me has dado, para adornarme, tu espada! ¡Lejos de
mí, los adornos de muñeca!
53
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas,
incrustada mágicamente con joyas de mil colores;
pero cuánto más bella es tu espada con su curva de
relámpago, como las alas abiertas del pájaro divino
de Vishnu, cuando vuela tranquilo en la irritada luz
roja del ocaso!
Se estremece como la última respuesta solitaria de
la vida estática de dolor, al golpe decisivo de la
muerte. Brilla igual que la pura llama de la vida,
cuando abrasa la impureza diaria en el destello
furibundo.
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas!
Pero tu espada, Señor del trueno, está forjada con
belleza definitiva, ¡y es terrible a los ojos y al
pensamiento!
54
Nada te pedí; ni siquiera te dije mi nombre al oído.
Y cuando te despediste, me quedé silenciosa.
Yo estaba sola junto al pozo, donde caía la sombra
oblicua del árbol. Las mujeres se volvían a sus
casas con sus cántaros morenos de barro rebosantes,
y me gritaron: "¡Ven, que va a ser mediodía!". Pero
yo me retardaba lánguidamente, perdida en vagos
pensamientos.
No oí tus pasos cuando venías. Cuando me miraste,
tenías tristes los ojos; y con qué fatigada voz me
dijiste bajo: "¡Ay, qué sed tiene el pobre
caminante!". Desperté sobresaltada de mis ensueños y
eché agua de mi cántaro en tus palmas juntas ... Las
hojas se rozaban sobre nuestras cabezas, el cuclillo
cantaba desde la sombra invisible, y de la revuelta
del camino venía el perfume de las flores.
Cuando me preguntaste mi nombre, ¡me dio una
vergüenza! Verdaderamente, ¿qué había hecho yo para
merecer tu recuerdo? Pero el recordar que yo pudiera
quitarte tu sed con mi agua, se me ha quedado en el
corazón, y lo envolverá para siempre de su dulzura.
Ya pasó la mañana, el pájaro canta monótono, las
hojas del árbol murmuran allá arriba. Y yo, sentada,
pienso, pienso...
55
Aún está lánguido tu corazón, aún se te cierran los
ojos de sueño.
¿No sabes que la flor está reinando, esplendorosa,
entre espinas? ¡Despierta, despierta! ¡No dejes
pasar el tiempo en vano!
Allá al fin del sendero guijarroso, en una solitaria
tierra virgen, mi amigo está sentado solitario. ¡No
lo engañes esperándote! ¡Despierta, despierta!
¿Qué si el cielo jadea y palpita en la brasa del
mediodía? ¿Qué si la arena hirviente tiende su manto
sediento?
¿No sientes alegría en la profundidad de tu corazón?
¿No se abrirá el arpa del camino, a cada paso tuyo,
en suave música de dolor?
56
¡Qué plenitud la de tu alegría en mí! ¡Qué
descendimiento a mí el tuyo! Señor de todos los
cielos, si yo no existiera, ¿qué sería de tu amor?
Tú me tienes como compañero de tu tesoro; tus
alegrías están jugando sin parar en mi corazón y tu
voluntad está siempre recreándose en mi vida.
Por eso tú, Rey de reyes, te has adornado tan
hermosamente, enamorado de mi corazón. Por eso te
pierdes de amor en el amor de tu amante. Y allí eres
visto, en la perfecta unión de los dos.
57
¡Luz, luz mía, luz que llenas el mundo, luz que
besas los ojos, que haces dulce el corazón!
¡Ay, cómo salta la luz, amor mío, en medio de mi
vida! ¡Cómo hiere, amor mío, las cuerdas de mi amor!
El cielo se abre, y corre loco el viento, y la risa
se desboca por toda la tierra.
Las mariposas tienden sus velas por el mar de luz, y
sobre la cresta de las olas de luz, abren lirios y
jazmines.
La luz se derrite en oro en cada nube, amor mío, y
luego se derrama en pedrerías sin fin.
Un alborozo nuevo va de hoja en hoja, amor mío un
gozo sin límites. ¡El río del cielo ha roto sus
riberas, y todo brilla, inmensamente inundado de
alegría!
58
¡Que todas las alegrías se unan en mi última
canción: la alegría que hace desbordarse a la tierra
en el exceso desenfrenado de la yerba; la alegría
que echa a bailar vida y muerte, hermanas gemelas,
por el vasto mundo; la alegría que la tempestad
barre adentro, despertando y sacudiéndolo todo con
su carcajada; la alegría que se sienta, en paz con
sus lágrimas, en el abierto loto rojo del dolor; la
alegría que tira cuando tiene; la alegría que lo
ignora todo!
59
Sí, ya sé, amado de mi corazón, que todo esto, esta
luz de oro salta por las hojas, estas nubes ociosas
que navegan por el cielo, esta brisa pasajera que me
va refrescando la frente; ya sé que todo esto no es
más que tu amor.
Esta luz de la mañana, que me inunda los ojos, no es
sino tu mensaje a mi alma. Tu rostro se inclina a mí
desde su cenit, tus ojos miran abajo, a mis ojos y
tus pies están sobre mi corazón.
60
En las playas de todos los mundos, se reúnen los
niños. El cielo infinito se en calma sobre sus
cabezas; el agua, impaciente, se alborota. En las
playas de todos los mundos, los niños se reúnen,
gritando y bailando.
Hacen casitas de arena y juegan con las conchas
vacías. Su barco es una hoja seca que botan,
sonriendo, en la vasta profundidad. Los niños juegan
en las playas de todos los mundos.
No saben nadar; no saben echar la red. Mientras el
pescador de perlas se sumerge por ellas, y el
mercader navega en sus navíos, los niños recogen
piedritas y vuelven a tirarlas. Ni buscan tesoros
ocultos, ni saben echar la red.
El mar se alza, en una carcajada, y brilla pálida la
playa sonriente. Olas asesinas cantan a los niños
baladas sin sentido, igual que una madre que meciera
a su hijo en la cuna. El mar juega con los niños, y,
pálida, luce la sonrisa de la playa.
En las playas de todos los mundos, se reúnen los
niños. Rueda la tempestad por el cielo sin caminos,
los barcos naufragan en el mar sin rutas, anda
suelta la muerte, y los niños juegan. En las playas
de todos los mundos, se reúnen, en una gran fiesta,
todos los niños.
61
¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa,
volando, por los ojos del niño? Sí. Dicen que mora
en la aldea de las hadas; que por la sombra de una
floresta vagamente alumbrada de luciérnagas, cuelgan
dos tímidos capullos de encanto, de donde viene el
sueño a besar los ojos del niño.
¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela
por los labios del niño dormido? Sí. Cuentan que, en
el ensueño de una mañana de otoño, fresca de rocío,
el pálido rayo primero de la luna nueva, dorando el
borde de una nube que se iba, hizo la sonrisa que
vaga en los labios del niño dormido.
¿Sabe alguien en dónde estuvo escondida tanto tiempo
la dulce y suave frescura que florece en las
carnecitas del niño? Sí. Cuando la madre era joven,
empapaba su corazón de un tierno y misterioso
silencio de amor, la dulce y suave frescura que ha
florecido en las carnecitas del niño.
62
Hijo mío, cuando te traigo juguetes de colores,
comprendo por qué hay tantos matices en las nubes y
en el agua , y por qué están pintadas las flores tan
variadamente..., cuando te doy juguetes de colores,
hijo mío.
Cuando te canto para que tú bailes, adivino por qué
hay música en las hojas, y por qué entran los coros
de voces de las olas hasta el corazón absorto de la
tierra..., cuando te canto para que tú bailes.
Cuando colmo de dulces tus ávidas manos, entiendo
por qué hay mieles en el cáliz de la flor, y por qué
los frutos se cargan secretamente, de ricos
jugos..., cuando colmo de dulces tus ávidas manos.
Cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír,
sé bien cuál es la alegría que mana del cielo en la
luz del amanecer, y el deleite que traen a mi cuerpo
las brisas del verano..., cuando beso tu cara, amor
mío, para hacerte sonreír.
63
Tú me has traído amigos que no me conocían. Tú me
has hecho sitio en casas que me eran extrañas. Tú me
has acercado lo distante y me has hermanado con lo
desconocido.
Mi corazón se me inquieta si tengo que dejar mi
albergue acostumbrado. Olvido que lo antiguo está en
lo nuevo, que en lo nuevo vives también tú.
En el nacimiento y en la muerte, en este mundo o en
otro, en cualquier sitio donde tú me lleves, tú eres
tú mismo, el único compañero de mi vida infinita, tú
que estás atando siempre mi corazón, con lazos de
alegría, a lo ignorado.
Pero cuando se te conoce, nadie es extranjero,
ninguna puerta está cerrada. ¡Señor, concédeme esto
que te pido: que yo no pierda nunca la felicidad de
encontrar lo único en este juego de lo diverso!
64
Por la ladera del río desolado, entre las yerbas
altas, le pregunté: "Muchacha, ¿a dónde vas con tu
lámpara bajo el manto? Mi casa está oscura y sola.
¡Préstame tu luz!". Levantó sus ojos un instante, me
miró al rostro en la penumbra, y dijo: "¡He venido
al río a echar mi lámpara en la corriente, ahora que
muere en ocaso la luz del día!". Y entre las altas
yerbas me quedé mirando, solitario, cómo la lucecita
de la lámpara se iba inútilmente en la marea.
En el silencio de la noche que se echaba encima, le
pregunté: "Tus luces están todas encendidas,
muchacha. ¿A dónde vas con tu lámpara? Mi casa está
oscura y sola. ¡Préstame tu luz!". Levantó sus ojos
oscuros a mi cara, y se estuvo dudosa un momento:
"He venido -dijo al fin- a ofrecer mi lámpara al
cielo". Yo me quedé mirando la lucecita, que
temblaba inútilmente en el vacío.
En la negrura sin luna de la medianoche, le
pregunté: "Muchacha, ¿qué buscas, si tienes la
lámpara junto a tu corazón? Mi casa está oscura y
sola. ¡Préstame tu luz!". Se paró un momento,
pensándolo, y me miró fijamente en la oscuridad. "He
traído mi luz -dijo- para el Carnaval de las
lámparas." Yo me quedé mirando cómo su lucecita se
perdía inútilmente entre las luces.
65
¿Qué divina bebida quieres tú, Dios mío, de esta
rebosante copa de mi vida?
Poeta mío, ¿te encanta ver la creación con mis ojos;
oír, silencioso, en los umbrales de mis oídos, tu
propia armonía eterna?
Tu mundo teje palabras en mi pensamiento, y tu
alegría las hace más melodiosas. Te me das,
enamorado, y luego sientes toda tu propia dulzura en
mí.
66
La que, en un crepúsculo de destellos y vislumbres,
vivió siempre en el fondo de mi corazón; la que
nunca abrió sus velos en la luz de la mañana, irá a
ti, Dios mío, en mi última canción, como mi ofrenda
última.
La cortejaron las palabras, pero no pudieron hacerla
suya; y en vano la persuasión le ha tendido sus
brazos vehementes.
He vagado por todos los países, con ella en el alma
de mi corazón; y mi vida, a su alrededor, se ha
levantado y se ha caído, grande y débil.
Reinó sobre mis pensamientos y mis actos, sobre mis
sueños y mis ensueños, y, sin embargo, vivió sola y
aparte.
Los hombres que llamaron a mi puerta, preguntando
por ella, se fueron desesperados.
Nadie en el mundo la pudo nunca mirar frente a
frente; y espera, en soledad, tu reconocimiento.
67
Eres, a un tiempo, el cielo y el nido.
Hermoso mío, aquí en el nido, tu amor aprisiona el
alma con colores, olores y música.
¡Cómo viene la mañana, con su cesta de oro en la
diestra, donde trae la guirnalda de la hermosura,
para coronar, en silencio, la tierra!
¡Cómo viene el anochecer por las veredas no pisadas
de los prados solitarios, que ya abandonaron los
rebaños! Trae, en su jarra de oro, la fresca bebida
de la paz, recogida en el mar occidental del
descanso.
Pero donde el cielo infinito se abre, para que lo
vuele el alma, reina la blanca claridad inmaculada.
Allí no hay día ni noche, ni forma, ni color, ¡ni
nunca, nunca una palabra!
68
Tu rayo de sol viene, con los brazos abiertos, a
esta tierra mía, y se pasa el día en mi puerta.
Luego, a la vuelta, te lleva a tus pies nubes hechas
de mis lágrimas, de mis suspiros y de mis canciones.
Enamorado y alegre, tú rodeas tu pecho estrellado
con ese manto de nubes de niebla, y los pliegas
innumerablemente, y lo pintas de colores infinitos.
Es tan ligero, tan suave, tan tiernamente lloroso,
tan oscuro, que tú, sereno y sin mancha los amas.
Así puedes velar tu terrible resplandor blanco con
sus patéticas sombras.
71
Tu maya es que yo sea cuanto pueda ser, que eche, en
mil vueltas, mil sombras de colores sobre tu
resplandor.
Pones una valla a tu propio ser, y luego llamas, con
voces infinitas, a tu ser separado. Y esta parte de
ti mismo es la que ha encarnado en mí.
Tu canción penetrante va resonando por todo el cielo
en lágrimas multicolores y en sonrisas, en sustos y
esperanzas. Se levantan olas y vuelven a hundirse,
se quiebran los sueños y se completan. Yo soy la
propia derrota de tu ser.
La cortina que tú has echado, está pintada con
figuras innumerables, por el pincel del día y de la
noche. Tras ella tienes tu asiento, tejido en un
maravilloso misterio de curvas, sin una sola estéril
línea recta.
La gran comitiva de nosotros dos llena el cielo.
Todo el aire está vibrando con nuestra melodía, y
las edades pasan todas en este jugar al escondite,
de nosotros dos.
72
Es él, mi más íntimo él, quien despierta mi vida con
sus profundas llamadas secretas.
El, quien pone este encanto en mis ojos; quien
pulsa, alegremente, las cuerdas de mi corazón en su
múltiple armonía de placer y de pesar.
El, quien teje la tela de esta maya con matices
tornasoles de oro y plata, azul y verde; quien asoma
por sus pliegues los pies, cuyo contacto me enajena.
Los días pasan, mueren los años, y él sigue moviendo
mi corazón con mil nombres, con mil disfraces, en
innumerables transportes de placer y de pesar.
73
La libertad no está para mí en la renunciación. Yo
siento su brazo en infinitos lazos deleitables.
Siempre estás tú escanciándome, llenándome este vaso
de barro, hasta arriba, con el fresco brebaje de tu
vino multicolor, de mil aromas.
Mi mundo encenderá sus cien distintas lámparas en tu
fuego, y las pondrá ante el altar de tu templo.
No, nunca cerraré las puertas de mis sentidos. Los
deleites de mi vista, de mi oído y de mi tacto,
soportarán tu deleite.
Todas mis ilusiones arderán en fiesta de alegría, y
todos mis deseos madurarán en frutos de amor.
74
Ha muerto el día, y la sombra anega la tierra. Voy
al río, que ya es la hora, a llenar mi jarra.
El aire oscuro está afanoso con la música triste del
agua, que me está diciendo que vaya, en el
crepúsculo. Nadie pasa por el callejón solitario. Se
levanta el viento, y las olas tiemblan y se
encabritan en el río.
No sé si volveré. No sé con quién me voy a
encontrar. En el vado, el hombre desconocido toca,
en su barquilla, su laúd.
75
Los regalos que nos das colman nuestras necesidades,
y, sin embargo, vuelven a ti sin perder nada.
El río cumple su trabajo cotidiano, corriendo entre
campos y aldeas; peor su corriente incesante
serpentea hacia ti para lavarte los pies.
La flor endulza el aire con su aroma; pero su último
servicio es ofrecerse a ti.
Tu culto no empobrece en nada al mundo.
Las palabras del poeta dan a cada hombre el sentido
que ellos quieren; pero su sentido definitivo va
hacia ti.
76
Día tras día, Señor de mi vida, ¿te podré yo mirar
frente a frente? Juntas mis manos, ¿te miraré frente
a frente, Señor de todos los mundos?
Bajo tu cielo inmenso, en silencio y soledad, con
humilde corazón, ¿te miraré frente a frente?
En este trabajoso mundo tuyo, hirviente de luchas y
fatigas, entre las presurosas muchedumbres, ¿te
miraré frente a frente?
Cuando mi obra haya sido cumplida en este mundo, Rey
de reyes, solo ya y silencioso, ¿te miraré frente a
frente?
77
Te reconozco como mi Dios, y me estoy aparte. No te
reconozco como mío, y me acerco a ti. Te miro como
padre, y me inclino ante tus pies. No tomo tu mano
como la de un amigo.
Yo no estoy allí donde tú desciendes y te llamas
mío; no voy a abrazarte contra mi corazón, a
tratarte como compañero.
Eres mi Hermano entre mis hermanos; pero a ellos no
les atiendo, ni divido con ellos mi ganancia, sino
que comparto mi todo contigo.
Ni en el placer ni en el dolor estoy con los
hombres, sino contigo sólo. Soy tímido para dar mi
vida, y así no me echo en las grandes aguas de la
vida.
78
Cuando la creación era nueva, y todas las estrellas
brillaban en su esplendor primero, los dioses
celebraron asamblea en el cielo, y cantaron:
"¡Alegría pura, imagen de la perfección!".
Pero uno gritó de pronto: "Parece que la cadena de
luz tiene en alguna parte una sombra, que se ha
perdido una estrella".
Estalló la cuerda de oro de sus arpas, y, dejando la
canción, clamaron todos desolados: "¡Sí; y la
estrella perdida es la mejor, la gloria de los
cielos!".
Desde entonces, la buscan sin parar, gritando que el
mundo ha perdido con ella su única alegría.
Y en el profundo silencio de la noche, las estrellas
se suspiran sonriendo; "¡Qué
vana búsqueda! ¡La perfección inquebrantable está en
todo!".
79
Si no es para mí encontrarte en esta vida, sienta yo
siempre, al menos, que me ha faltado el verte. No me
dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de
mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis
horas despiertas.
Mientras pasan mis días en el mercado bullicioso de
este mundo, mientras se van llenando mis manos con
la ganancia cotidiana, sienta yo siempre que no he
ganado nada. No me dejes olvidarlo un solo instante;
no me quites de mis sueños las punzadas de esta
pena, ni de mis horas despiertas.
Cuando me siento en el camino, rendido y anhelante,
cuando me echo a dormir en el polvo, sienta yo
siempre que aún tengo que hacer el largo viaje. No
me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de
mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis
horas despiertas.
Cuando está mi casa adornada, y suenan las flautas y
los risotones, sienta yo siempre que no te he
invitado a ti. No me dejes olvidarlo un solo
instante; no me quites de mis sueños las punzadas de
esta pena, ni de mis horas despiertas.
80
Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga
inútilmente por el cielo. ¡Sol mío, glorioso
eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no
me has hecho uno con tu luz! Y paso mis meses y mis
años alejado de ti.
Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad
veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala
sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas
maravillas.
Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me
derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizás,
en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura
de pureza transparente.
81
¡Cuántos días ociosos he sentido pena por el tiempo
perdido! Pero ¿ha sido perdido alguna vez, Señor?
¿No has tenido tú mi vida, cada instante, en tus
manos?
Escondido en el corazón de las cosas, tú nutres las
semillas y las tornas en brotes, y los capullos en
flores, y las flores en frutos.
Estaba yo dormitando, rendido, en mi lecho ocioso, y
pensaba que no hacía cosa alguna. Cuando desperté,
en la mañana, vi mi jardín lleno de flores
maravillosas.
82
El tiempo es infinito en tus manos, Dios mío. ¿Quién
podrá contar tus minutos?
Pasan días y noches, se abren los años y luego se
mustian, como flores. Tú sabes esperar.
Tus siglos vienes, uno tras otro, perfeccionando la
florecilla del campo.
Pero nosotros no podemos perder nuestro tiempo, y
tenemos que echarnos de cabeza a nuestras ocasiones.
¡Somos demasiado pobres para llegar tarde!
Y así, el tiempo se va mientras yo se lo estoy dando
a los otros que, irritados, lo reclaman. Y así tu
altar está sin una sola ofrenda.
Por la tarde, me apresuro temeroso, no vaya a estar
cerrado tu portal. Pero siempre llego a tiempo.
83
Madre, yo te haré una cadena de perlas para tu
garganta, con las lágrimas de
mi dolor.
Las estrellas forjaron con luz las ajorcas de tus
pies; pero mi cadena va a ser para tu pecho.
Riqueza y nombradía vienen de ti, y tú puedes darlas
o no a tu gusto. Pero mi dolor es sólo mío, y cuando
te lo ofrezco, tú me pagas con tu gracia.
84
La espina de la separación pasa el mundo y hace
nacer formas innumerables en el cielo infinito.
Su pena es quien mira en silencio las estrellas de
la noche, quien se pone lírica, con las rumorosas
hojas, en la sombra lluviosa de julio.
Su dolor es el que se echa sobre todas las cosas, el
que se sume en el amor y en el afán, en el martirio
y en la alegría de los hogares humanos; el que
fluye, derretido en canciones, de mi corazón de
poeta.
85
Cuando los guerreros salieron del cuartel de su
señor, ¿dónde habían escondido su poder, dónde
habían dejado su armadura y sus armas?
Iban pobres y desvalidos, y las flechas cayeron
sobre ellos como chaparrones, el día que salieron
del cuartel de su señor.
Cuando los guerreros volvieron al cuartel de su
señor, ¿dónde habían escondido su poder?
Habían dejado la espada, el arco y la flecha. Traían
la paz en las frentes, y los frutos de su vida se
habían quedado tras ellos, el día que volvieron al
cuartel de su señor.
86
La Muerte, tu esclava, está a mi puerta. Ha cruzado
el mar desconocido y llama, en tu nombre, a mi casa.
Está oscura la noche y tiene miedo mi corazón. Pero
yo cogeré mi lámpara, abriré mi puerta, y le daré,
rendido, la bienvenida; porque es mensajera tuya la
que está a mi puerta.
La adoraré, llorando, con las manos juntas. La
adoraré echando a sus pies el tesoro de mi corazón.
Y ella se volverá, cumplido su mandato, dejando su
sombra negra en mi mañana. Y en mi casa desolada
quedaré yo, solo y mustio, como mi última ofrenda a
ti.
87
Desesperado, la busco por todos los rincones de mi
cuarto, pero no la encuentro.
Mi casa es pequeña, y lo que una vez se ha ido de
ella, no vuelve a encontrarse. Pero tu casa, Señor,
es infinita. Y buscándola, he llegado a tu puerta.
Mírame bajo el dosel dorado del cielo de tu
anochecer, mírame cómo levanto mis ojos ansiosos a
tu cara.
He venido a la playa de la eternidad donde nada se
pierde, ninguna esperanza, ninguna felicidad,
ninguna visión de rostros vistos a través de las
lágrimas.
¡Ahora mi vida vacía en ese mar! ¡Húndela en la más
profunda plenitud! ¡Haz que sienta, una vez sola, la
dulce caricia perdida en la totalidad del universo!
88
¡Divinidad del templo en ruinas! Ya no cantan tu
alabanza las cuerdas rotas del Vina. Las campanas
del anochecer no claman ya la hora de tu oración. A
tu alrededor, el aire está quieto y callado.
La brisa vagabunda de la primavera llega a tu
desolación, y te cuenta de las flores, de las flores
que ya nadie viene, en adoración, a ofrecerte.
El que creyó en ti otro tiempo, vaga esperando el
favor no concedido todavía. Y en el anochecer,
cuando luces y sombras se mezclan en la polvorienta
oscuridad, él vuelve, jadeante, al templo arruinado,
con hambre en el corazón.
¡Cuántos días de fiesta vienen callados a ti,
Divinidad del templo en ruinas! ¡Cuántas noches de
ofrendas se van, sin que nadie encienda tus
lámparas!
Los artífices hacen imágenes nuevas, que se lleva la
corriente del olvido cuando llega la hora. ¡Sólo tú,
Divinidad del templo en ruinas, sigues sin culto, en
abandono inmortal!
89
Callen mis palabras bulliciosas, callen mis gritos,
que así lo quiere mi Señor. Desde hoy, hablaré en
susurro, y una suave melodía llevará la palabra de
mi corazón.
Todos van, presurosos, al mercado del Rey. Allí
están ya los tratantes. Pero yo tengo mi descanso
inoportuno en lo mejor del día, cuando es mayor el
trabajo.
¡Que broten, pues, las flores de mi jardín a
destiempo, que las abejas del mediodía vengan a
zumbar perezosas!
¡Qué de horas perdidas en esta lucha del bien y del
mal! Pero mi compañero de juego de los días ociosos,
se deleita ahora tomándome el corazón; y no sé qué
es esta llamada repentina, ni por qué inútil
volubilidad.
90
-¿Qué ofrecerás a la muerte el día que llame a tu
puerta?
-Le tenderé el cáliz de mi vida, lleno del dulce
mosto de mis días de otoño y de mis noches de
verano.
¡No se irá con las manos vacías! Todas las cosechas
y todas las ganancias de mi afán, se las daré, el
último días, cuando ella llame a mi puerta.
91
¡Muerte, último cumplimiento de la vida, Muerte mía,
ven, y háblame bajo!
Día tras día, he velado esperándote, y por ti he
sufrido la alegría y el martirio de la vida.
Cuanto soy, tengo y espero, cuanto amo, ha corrido
siempre hacia ti, en un profundo misterio. Mírame
una vez más, y mi vida será tuya para siempre.
Las flores están ya enlazadas, y lista la guirnalda
para el esposo. Será la boda y dejará la novia su
casa, y, sola en la noche solitaria, encontrará a su
Señor.
92
Sé que vendrá un día en que no veré más esta tierra.
La vida se despedirá de mí en silencio, y me echará
la última cortina sobre los ojos.
Pero las estrellas velarán por la noche, y se alzará
la mañana como antes, y las horas se henchirán, como
las olas de la mar, levantando dolores y placeres.
Cuando pienso en este último momento, se cae al
valle de los instantes, y veo, a la luz de la
muerte, tu mundo, con sus tesoros indolentes.
Inapreciable es el más pobre de sus asientos,
inapreciable la más pequeña de sus vidas.
¡Váyanse enhorabuena las cosas que anhelé en vano,
las cosas que fueron mías; y que sólo posea yo de
veras lo que nunca quisieron ver mis ojos, lo que
siempre desprecié!
93
Me han llamado. ¡Decidme adiós, hermanos míos!
¡Adiós, me voy!
Aquí os dejo la llave de mi puerta; renuncio a todo
derecho sobre mi casa. Sólo os pido buenas palabras
de despedida.
Vivimos mucho tiempo juntos, y recibí más de lo que
pude dar. Y ahora es de día, y la lámpara que
iluminó mi rincón oscuro se ha apagado. Me llaman, y
estoy dispuesto para mi viaje.
94
Ya me voy. ¡Deseadme buena suerte, amigos míos! La
aurora sonroja el cielo, y mi camino parece hermoso.
Me preguntáis qué me llevo. Mis manos vacías y mi
corazón lleno de esperanza.
Me pondré sólo mi guirnalda nupcial, por que el
vestido pardo del peregrino no es mío; y aunque el
camino sea peligroso, va sin temor mi pensamiento.
Cuando mi viaje llegue a su fin, saldrá la estrella
de la tarde, y las melancólicas armonías del
crepúsculo se abrirán tras el pórtico del Rey.
95
Pasé, sin darme cuenta, el umbral de esta vida.
¿Qué poder fue el que me hizo abrir en este inmenso
misterio, como un capullo, a medianoche, en el
bosque?
Cuando, a la mañana, vi la luz, sentí al punto que
yo no era un extraño en este mundo, que lo
desconocido sin nombre ni forma me había tenido en
brazos, en la forma de mi madre.
De igual manera, al salir a la muerte, esto mismo
desconocido me parecerá familiar. Y como amo tanto
esta vida, sé que amaré lo mismo la muerte.
El niño, cuando su madre le quita el seno derecho,
se echa a llorar; pero al punto encuentra en el
izquierdo su consuelo.
96
Cuando me vaya, sea ésta mi palabra última: que lo
que he visto no puede ser mejor.
Gusté la miel oculta de este loto que se abre en el
océano de la luz, y así fui bendito. Sea esta mi
última palabra.
He jugado en esta casa de juguetes de formas
infinitas; y vislumbré, jugando, a aquel que no
tiene forma.
Mi cuerpo entero ha vibrado al contacto de aquel que
es intangible. Si aquí debe ser el fin, sea. Esta es
mi última palabra.
97
Cuando yo jugaba contigo, nunca te pregunté quién
eras. Yo no conocía timidez ni miedo. Mi vida era
vehemente.
Al amanecer, me llamabas tú de mi sueño, como un
hermano, y me llevabas corriendo de selva en selva.
Nada me importaba, entonces, el sentido de las
canciones que me cantabas. Mi voz sólo recogía la
tonada, y a su compás bailabas mi corazón.
Hoy, que ya no es tiempo de jugar, ¿qué repentina
visión es ésta que se me aparece? El mundo está
mirándote a los pies, sobrecogido, temblando con
todas sus estrellas silenciosas.
98
Te adornaré con los trofeos y las guirnaldas de mi
derrota. No es mío el escapar vencedor.
Sé bien que se estrellará mi orgullo, que mi vida
romperá sus cadenas, de tanto dolor, que mi corazón
vacío sollozará fuera, melodioso como una caña
hueca, que la piedra se derretirá en lágrimas.
Sé bien que no quedarán siempre cerradas las cien
hojas de un loto, que será descubierto el secreto
escondite de su miel.
Desde el cielo azul, un ojo me verá y me llamará en
silencio. Nada quedará de mí, nada, y recibiré a tus
pies la muerte completa.
99
Cuando yo tenga que dejar el timón, sabré que habrá
llegado la hora de que lo tomes tú. Lo que haya que
hacer será hecho al punto. ¿A qué esta lucha?
¡Pues quita ya las manos, corazón mío, y acepta
calladamente tu derrota; considera qué suerte la
tuya de quedarte tan bien, donde estás tan
tranquilo!
Por encender mis lámparas, que apaga cada vientito,
me olvido, una vez y otra, de todo lo demás.
Pero ya voy a hacer lo que debo, y esperaré a
oscuras, en mi estera tendida en el suelo; y cuando
tú quieras, Señor, ven callado, y siéntate conmigo.
100
Desciendo a las profundidades del mar de las formas,
en busca de la perla perfecta de lo que no la tiene.
No más este navegar, de puerto en puerto, con mi
barco viejo de naufragios. Ya se fueron los días en
que era mi gozo ser juguete de las olas.
Y ahora tengo ansia de morir en lo inmortal.
Llevaré el arpa de mi vida al tribunal que está
junto al abismo sin fin de donde sube la música no
tocada.
Y acordaré mi música con la música de lo eterno, y
cuando haya cantado su sollozo último, pondré mi
arpa muda a los pies de lo callado.
101
Toda mi vida te busqué con mis canciones. Ellas me
llevaron de puerta en puerta, y con ellas tanteé a
mi alrededor, buscando, buscando mi mundo.
Lo que he aprendido en mi vida, ellas me lo
enseñaron; me abrieron sendas secretas, encendieron
a mis ojos todas las estrellas que hay sobre el
horizonte de mi corazón.
Mis canciones me guiaron, cada día, a los misterios
del placer y del dolor. Y ahora, ¿a qué portal de
qué palacio me han traído, en este anochecer en que
acaba mi camino?
102
Me jacté ante los hombres de haberte conocido, y en
todas mis obras ven tu retrato. Vienen y me
preguntan: "¿Quién es?" No sé qué responder, y digo:
"La verdad es que no lo sé". Se burlan de mí y se
van desdeñosos. Y tú sigues sentado allí, sonriendo.
He hablado de ti en canciones perdurables, cuyo
secreto brota mi corazón. Vienen y me preguntan:
"¿Qué quiere decir todo eso?" No sé qué
responderles, y digo: "¡Ay, quién sabe lo que quiere
decir!" Y se ríen de mí y se van despreciándome. Y
tú sigues sentado allí, sonriendo.
103
Permite, Dios mío, que mis sentidos se dilaten sin
fin, en un saludo a ti, y toquen este mundo a tus
pies.
Como una nube baja de julio, cargada de chubascos,
permite que mi entendimiento se postre a tu puerta,
en un saludo a ti.
Que todas mis canciones unan su acento diverso en
una sola corriente, y se derramen en el mar del
silencio, en un saludo a ti.
Como una bandada de cigüeñas que vuelan, día y
noche, nostálgicas de sus nidos de la montaña,
permite, Dios mío, que toda mi vida emprenda su
vuelo a su hogar eterno, en un saludo a ti.

JUGUETES
¡Qué feliz eres, niño, sentado en el polvo,
divirtiéndote toda la mañana con una ramita rota!
Sonrío al verte jugar con este trocito de madera.
Estoy ocupado haciendo cuentas,
y me paso horas y horas sumando cifras.
Tal vez me miras con el rabillo del ojo y piensas:
«¡Qué necesidad perder la tarde con un juego como
ese!»
Niño, los bastones y las tortas de barro
yano me divierten; he olvidado tu arte.
Persigo entretenimientos costosos
y amontono oro y plata.
Tú juegas con el corazón alegre con todo cuanto
encuentras.
Yo dedico mis fuerzas y mi tiempo
a la conquista de cosas que nunca podré obtener.
En mi frágil esquife pretendo cruzar el mar de la
ambición,
y llego a olvidar que también mi trabajo es sólo un
juego.
LAS
FLORES DE LA PRIMAVERA SALEN...
Las flores de la primavera salen,
como el apasionado dolor del amor no dicho;
y con su aliento, vuelve el recuerdo de mis
canciones antiguas.
Mi corazón, de improviso, se ha vestido de hojas
verdes de deseo.
No vino mi amor, pero su contacto está en mi cuerpo
y su voz me llega a través de los campos fragantes.
Su mirar está en la triste profundidad del cielo,
pero
¿dónde están sus ojos? Sus besos zigzaguean por el
aire,
pero sus labios, ¿dónde están?
ME DIJO BAJITO: AMOR MÍO, MÍRAME EN LOS OJOS...
Me dijo bajito: "Amor mío, mírame en los ojos.
"Le reñí, agria, y le dije: "Vete." Pero no se fue.
Se vino a mí y me cogía las manos... Yo le dije:
"Déjame."
Pero no se fue.
Puso su mejilla en mi oído. Me aparté un poco,
me quedé mirándolo, y le dije: "¿No te da
vergüenza?"
Y no se movió. Sus labios rozaron mi mejilla. Me
estremecí,
y le dije: "¿Cómo te atreves, di?" Pero no le dio
vergüenza.
Me prendió una flor en el pelo. Yo le dije: "¡Es en
vano!"
Pero no cedía. Me quitó la guirnalda de mi cuello, y
se fue.
Y lloro y lloro, y le pregunto a mi corazón:
"Por qué, por qué no vuelve?"
ME PARECE AMOR
MÍO...
Me parece, amor mío, que antes de rayar el día de la
vida
tú estabas en pie bajo una cascada de felices
sueños,
llenando con su líquida turbulencia tu sangre.
O, tal vez, tu senda iba por el jardín de los
dioses,
y la alegre multitud de los jazmines, los lirios y
las adelfas
caía en tus brazos a montones y, entrándose en tu
corazón,
se hacía algarada allí.
Tu risa es una canción, cuyas palabras se ahogan
en el gritar de las melodías; un rapto del olor de
unas flores
no vistas; es como la luz de la luna que rompiera a
través
de la ventana de tus labios, cuando la luna está
escondiéndose
en tu corazón. No quiero más razones; olvido el
motivo.
Solo sé que tu risa es el tumulto de la vida en
rebelión.
NO
PUEDO OFRECERTE UNA SOLA FLOR...
No puedo ofrecerte una sola flor
de todo el tesoro de la primavera,
ni una sola luz de estas nubes de oro.
Pero abre tus puertas y mira; y coge,
entre la flor de tu jardín,
el recuerdo oloroso de las flores
que hace cien años murieron.
¡Y ojalá puedas sentir en la alegría de tu corazón
la alegría viva que esta mañana de abril te mando,
a través de cien años, cantando dichosa!

PÁJAROS PERDIDOS
1
Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana,
cantan,
y se van volando.
Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar,
aletean y caen en ella, en un suspiro.
2
Vagabundillos del universo, tropel de seres
pequeñitos,
¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!
3
Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta
de
infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como
un
beso de lo eterno.
4
Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor
su sonrisa.
5
El desierto terrible arde todo por el amor de una
yerbecita;
y ella le dice que no con la cabeza, y se ríe, y se
va
volando...
6
Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no
te dejarán
ver las estrellas.
7
En tu camino, agua bailarina, la arena te pordiosea
tu canción y tu fuga.
¿No quieres tú cargarte con la coja?
8
Tu cara anhelante persigue mis sueños como la lluvia
por
la noche.
9
Una vez, soñamos los dos que no nos conocíamos. Y
nos
conocíamos. Y nos despertamos a ver si era verdad
que nos
amábamos.
10
Como el anochecer entre los árboles silenciosos, mi
pena,
callándose, callándose, se va haciendo paz en mi
corazón.
11
No sé qué dedos invisibles sacan de mi corazón, como
una
brisa ociosa, la música de las ondas.
12
-Mar, ¿qué estás hablando?
-Una pregunta eterna.
-Tú, cielo, ¿qué respondes?
-El eterno silencio.
13
¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está
queriendo amarte!
14
El misterio de la vida es tan grande como la sombra
en
la noche. La ilusión de la sabiduría es como la
niebla del
amanecer.
15
No te dejes tu amor sobre el precipicio.
16
Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver
el
mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me
saluda y
se va.
17
Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas
suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
18
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
19
¡Qué necios estos deseos míos, Señor, que están
turbando
con sus gritos sus canciones! ¡Haz Tú que solo sepa
yo
escuchar!
20
No soy yo quien escoge lo mejor, que ello me escoge
a mí.
21
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces,
amanece;
¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas
recién nacidas?
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces,
la medianoche entristece con nostálgico silencio a
las estrellas?
22
Sé que esta vida, aunque no madure el amor, no está
perdida del todo.
23
¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu
misericordia en mi triunfo,
sino tu mano apretada en mi fracaso!
PARA
QUE YO NO TE CONOZCA TAN PRONTO
Para que yo no te conozca tan pronto, juegas
conmigo.
Me ciegas con tus repentinas risas para que no te
vea tus lágrimas...
Conozco, conozco tu arte. ¡Nunca dices lo que
quieres decir!
Por miedo a que yo no te tenga en lo que vales,
me evitas de mil modos. Te apartas de la multitud
para que yo no te confunda con ella... Conozco,
conozco tu arte.
¡Nunca vas por donde quisieras ir!
Como puedes más que nadie sobre mí, te callas. Me
dejas
mis regalos con descuido juguetón... Conozco,
conozco tu arte.
¡Nunca aceptas lo que quisieras aceptar!
PERDÓNAME HOY MI IMPACIENCIA, AMOR MÍO
Perdóname hoy mi impaciencia, amor mío.
Es la lluvia primera del verano, y la arboleda del
río
está jubilosa, y los árboles de kadam, en flor,
tientan a los vientos pasajeros con copas de vino de
aroma.
Mira, por todos los rincones del cielo los
relámpagos
dardean sus miradas, y los vientos se yerguen por tu
pelo.
Perdóname hoy si me rindo a ti, amor mío. Lo de cada
día anda oculto en la vaguedad de la lluvia; todos
los
trabajos se han parado en la aldea; las praderas
están
abandonadas. Y la venida de la lluvia ha encontrado
en tus
ojos oscuros su música, y julio, a tu puerta,
espera, con
jazmines para tu pelo en su falda azul.
PUSE EN MI BANDEJA CUANTO TENÍA, Y TE LO DI...
Puse en mi bandeja cuanto tenía, y te lo di.
¿Qué traeré a tus pies mañana?
Soy como el árbol que, huyendo el verano
floreciente,
mira al cielo, levantadas sus ramas desnudas de
flores.
Pero ¿no hay, entre todas mis ofrendas pasadas, una
sola flor
que haya hecho inmarcesible la eternidad de las
lágrimas?
¿Te acordarás, me darás las gracias con los ojos
cuando llegue yo a ti con las manos vacías,
en la despedida de mis días estivales?
RAMILLETE
(Del poeta bengalí Satyendranaz Dayta)
Mis flores eran como leche, miel y vino.
Las até con una cinta dorada, en ramillete,
pero burlaron mi cuidado vijilante y huyeron lejos;
y solo me queda la cinta.
Mis canciones eran como leche, miel y vino.
Estaban presas en el ritmo de mi corazón palpitante,
pero tendieron sus alas y huyeron lejos, ¡tesoros de
mis horas ociosas!,
y mi corazón late en silencio.
La hermosa que amé era como leche, miel y vino.
Sus labios, como el rosa del alba; sus ojos, negros
como abeja.
Yo callaba mi corazón, no fuera a asustarla, pero
ella se fue,
como mis flores y mis canciones; y me ha dejado mi
amor solo.
REGALO DE AMANTE
Anoche, en el jardín, te ofrecí el vino espumeante
de mi juventud. Tu te llevaste la copa a los labios,
cerraste los ojos y sonreíste;
y mientras, yo alcé tu velo, solté tus trenzas y
traje sobre mi pecho tu cara dulcemente silenciosa;
anoche,
cuando el sueño de la luna rebosó el mundo del
dormir.
Hoy, en la calma, refrescada de rocío, del alba, tú
vas camino del templo de Dios, bañada y vestida de
blanco, con un cesto de flores en la mano. Yo, a la
sombra del árbol, me aparto inclinando la cabeza; en
la calma del alba, junto al camino solitario del
templo.
SI ACASO PIENSAS EN
MÍ
Si acaso piensas en mí, te cantaré cuando el
anochecer lluvioso
suelta sus sombras por el río, arrastrando, lento,
su luz vaga hacia el ocaso;
cuando lo que queda del día es ya demasiado poco
para trabajar o jugar.
Te sentarás sola en el balcón que da al Sur, y yo me
pondré a cantarte
en el cuarto oscuro. El olor de las hojas mojadas
entrará por la ventana,
en el crepúsculo creciente, y los vientos
tormentosos
clamorearán en los cocoteros.
Traerán la lámpara encendida al cuarto, y entonces
me iré yo. Y tú, quizá, entonces, escucharás la
noche, y oirás mi canción cuando esté yo callado.
SOÑÉ QUE ESTABA ELLA SENTADA A MI CABECERA...
Soñé que estaba ella sentada a mi cabecera,
y alborotaba tiernamente mi cabello con sus dedos,
suscitando la melodía de su contacto.
La miré a la cara, luchando con mis lágrimas,
hasta que la angustia de las palabras no dichas
quebró mi sueño como una burbuja.
Me incorporé. La Vía Láctea se veía arder por mi
ventana,
como un mundo de silencio inflamado.
Y me pregunté si en aquel momento estaría ella
soñando
un sueño que viniera, bien con el mío.
TE COJO LAS MANOS
Te cojo las manos, y mi corazón, buscándote a ti,
que siempre me eludes tras palabras y silencios,
se hunde en la oscuridad de tus ojos.
Sin embargo, sé que debo estar contento en este
amor,
con lo que viene a rachas y huye, porque nos hemos
encontrado
por un momento en la encrucijada de los caminos.
¿Soy yo tan poderoso que pueda llevarte a través de
este
enjambre de mundos, por este laberinto de veredas?
¿Tengo yo alimento para sostenerte por el oscuro
pasaje bostezante,
de arcos de muerte?

VERSIONES, PARÁFRASIS Y RECREACIONES
Traducciones de Eduardo Carranza
1. LAÚD DE AMOR
La estrella
EL río avanza, mansamente, abriendo la noche. Las
estrellas, desnudas,
tiemblan en el agua. El río traza una línea de rumor
en el silencio.
He abandonado mi barca al capricho de las aguas.
Tendido cara al cielo
pienso en ti que duermes, extraviada entre los
sueños.
Talvez ahora me sueñes, amor mío de nocturnos,
húmedos ojos estrellados.
Pronto mi barca ha de pasar frente a tu casa, amor
mío, extendida en tu sueño
como un río. Talvez por mí palpite tu dormida boca
entreabierta.
Llega una ráfaga de fruta y de jazmín. Este viento
ha pasado por tu casa y en él
toco tu sueño y aspiro tu aroma y beso tu boca, amor
mío que talvez ahora
andas conmigo, en un jardín, por tu sueño. Detrás de
tu oreja, entre los cabellos,
húmedos del baño todavía, arde un jazmín, en tu
sueño.
Dame la mano y mírame a los ojos, en tu sueño, amor
mío, y suavemente,
arrástrame al círculo mágico en que ahora, dormida,
sonríes.
Ya veo, entre la sombra de la orilla, una lucecita
que me mira con amoroso parpadeo.
Es tu casa: para mí la más dulce, la más cercana y
lejana de las estrellas, amor mío.
Canción
I
Siento que en mí palpitan todas las estrellas.
El mundo corre por mi vida como un hermoso río.
Las flores han pasado a través e mi sangre.
Y toda la primavera de aguas y jardines se alza
de mi corazón como un humo azul, y el aliento
de todas las cosas canta como una flauta en mis
sienes.
II
Cuando la tierra se adormece llego a tu puerta.
En lo alto callan las estrellas y tengo miedo de
cantar.
Velando espero hasta que tu sombra pasa por el
balcón
de la noche. Entonces regreso silencioso y lleno de
ti.
Luego, en la canto a la orilla del camino.
El aire matinal escucha temblando y las flores
vuelven hacia mí
su rostro de pétalos.
Los viajeros se detienen de pronto para mirarme
frente a frente:
es como si mi canto a cada uno le llamara por su
nombre.
Voto
Dímelo con tus ojos y cogeré los frutos de mi huerto
en donde el tiempo
se ha trocado en dulzura y con ellos llenaré una
cesta que tenga forma
de corazón o de navío para ti que estás tan lejos,
en el jardín de la tarde.
La estación avanza, avanza con pie dorado, llena de
grave esplendor.
La flauta del nostálgico calla en la sombra. Dímelo
con tu silencio y la flauta
gemirá por ti, entre todas la más lejana.
Dímelo apenas con tu sonrisa y me daré a la vela
sobre el río, hacia ti,
rodeada por la lejanía. El viento de marzo se
levanta e infla el pecho de las velas
y las olas.
Mi huerto exhala toda su alma a la hora entristecida
en que la luz
cierra sus párpados. Llámame con tu alma desde tu
casa, en la playa de la lejanía,
al otro lado del crepúsculo.
La ventana
De repente se abrió de par en par esta mañana, la
ventana
de mi corazón que mira a tu corazón.
Y maravillosamente vi mi nombre, aquel con que me
nombra
tu voz más íntima y querida, escrito sobre las hojas
y las flores en tu corazón.
Y esperé silencioso.
Un instante se alzó, volando, el visillo que separa
tus cantos de los míos.
Y descubrí que en la claridad de tu mañana, en tu
corazón, alguien cantaba
mis canciones futuras, las que no he soñado ni
cantado todavía. Y para aprender
mis propias canciones, me senté, silencioso, a tus
pies.
Canción 2
Escucha, corazón mío: en esta flauta canta la música
del perfume de las flores
silvestres, la música voluble de las hojas y del
agua que huye entre árboles
y grillos, la música de la penumbra sonora de alas y
rumoreante de abejas.
La flauta ha perfumado y encantado su sonrisa en los
labios de mi amiga y
derrama por mi vida su magia y su aroma.
El río
Cae el día. La luz cede ante el pecho de la sombra.
Es tiempo de que vaya al río para llenar mi cántaro.
El rumor del agua me llama por el aire como una
fresca voz aleteante.
Iré al río por el crepúsculo melancólico. El viento
se levanta, único pasajero por el camino solitario.
Un largo estremecimiento se desliza sobre el agua.
Voy hacia el río y no sé si llegaré. Tampoco sé si
volveré. Me invade una vaga ansiedad... Quizá tenga
de pronto un encuentro imprevisto... A lo lejos, en
su barca, un hombre desconocido toca su laúd.
Soledad
Sentado a la puerta de mi cabaña canto en voz baja.
La mañana, a mis pies,
me mira con sus puros ojos de doncella. Por el
camino ríen y cantan los
enamorados. ¡Y nadie viene a acompañarme!
Sentado a la puerta de mi cabaña sueño las nubes. El
medio día me contempla
con sus quietos ojos. En la floresta dorada se miran
los amantes. ¡Y nadie viene
a acompañarme!
Sentado a la puerta de mi cabaña callo nostálgico.
La tarde me mira con sus ojos
de cervato. Hacia el río, en la penumbra morada, se
esfuman las parejas. ¡Y nadie
viene a callar conmigo!
Sentado en la puerta de mi cabaña suspiro y estoy
triste. La noche me mira con
sus ojos estrellados. En el aire cálido palpitan
besos y caricias. ¡Y nadie viene
a acompañarme!
La carta
1. Al despertar encontraba su mensaje en la mano de
la mañana.
Como no aprendí a leer no sé lo que me diría.
Siga el sabio entre sus libros. Nada le preguntaré.
Y, ¿acaso el sabio podría comprenderlo?
2. Llevaré la carta a mi frente y luego la apretaré
contra mi corazón.
Cuando llegue la noche y asomen las estrellas una a
una, la abriré
sobre mis rodillas, la miraré, cerraré los ojos y me
quedaré silencioso.
Las hojas, entre luna y secreteo, me la leerán con
su fina voz; el río pasará
tarareando la letra de mi carta; y las siete
estrellas del conocimiento me la
cantará por los cielos.
Sin embargo, no encuentro exactamente lo que busco;
no comprendo bien
lo que quisiera aprender; pero este mensaje que no
he sabido descifrar me hace
dulce y alegre la jornada y mi pensamiento se ha
trocado en melodía.

2. REINO
DORADO
Los niños
En la última playa del mundo los niños se reúnen. El
infinito azul
está a su lado, al alcance de sus manos. En la
orilla del mundo,
más allá de la luna, los niños se reúnen, y ríen,
gritan y bailan entre
una nube de oro.
Con la arena rosa, dorada, violeta -en el alba, al
medio día, por la tarde-
edifican sus casas volanderas. Y juegan con las
menudas conchas vacías.
Y con las hojas secas aparejan sus barcas y,
sonriendo, las echan al
insondable mar. Los niños juegan en la ribera del
mundo, más allá del cielo.
No saben navegar, ni saben lanzar las redes. Los
niños pescadores de perlas
se hunden en el mar y, al alba, los mercaderes se
hacen a la vela; los niños
entretanto acumulan guijarros de colores y luego,
sonriendo, los dispersan.
No buscan tesoros escondidos, ni saben echar las
redes.
Sube la marea, con su ancha risa, y la playa, sonríe
con su pálido resplandor.
Las ondas en que habita la muerte cantan para los
niños baladas sin sentido,
como canta una madre que mece la cuna de su hijo. La
ola baila y juega con los
niños y la playa sonríe con su pálido resplandor.
En la última ribera del mundo los niños se reúnen.
Pasa la tempestad por el cielo
solitario, zozobran los navíos en el océano sin
caminos, anda la muerte,
anda la muerte, y los niños juegan, entre una nube
de oro. En la orilla del mundo,
más allá de la luna, los niños se reúnen en inmensa
asamblea de risas y de danzas
y de juegos y de cantos.
Arrullo
El sueño que aletea sobre los párpados del niño:
-¿Quién me dirá de dónde vino?
-Yo. Me cuentan, me han contado, que el sueño vive
en la lejanía, en la aldea azul
de las hadas: allí; a la sombra de la floresta que
alumbran las luciérnagas con su tierno relámpago
diminuto, se inclinan dos flores encantadas,
parecidas a los ojos del niño,
entre su aroma. Y es de allá de donde viene el sueño
a cerrar con su beso los párpados
del niño.
La sonrisa que aletea, como un tenue centelleo,
sobre los labios del niño cuando
duerme: -¿Quién me dirá en dónde nació? -Yo. Me
cuentan, me contaron, que la mano
de la luna nueva, rozó el borde de una nube de otoño
y allí, soñada por la mañana húmeda
de rocío, una sonrisa nació: la sonrisa que,
parecida al brillo de una lámpara bajo el agua,
palpita en los labios del niño cuando duerme.
¿Y esa tibia frescura que en la piel del niño
recuerda, a un tiempo, al trigo ya la rosa, antes
en dónde se escondía? -Envolvía en un silencioso y
amoroso misterio el corazón de la madre
cuando era una doncella con el corazón lleno de
sueños y de música: esa frescura que se
extiende por el cuerpo del niño como una débil onda
tibia.
La madre canta
Cuando te traigo juguetes de colores, niño mío,
entiendo el tornasol del agua y de la nube y
entiendo por qué un hada pinta las flores por la
noche y entiendo el arco-iris sobre el campo
y el nácar en la playa de la luna: cuando te doy
juguetes de colores.
Cuando canto para que bailes, mi niño, sé por qué la
música plateada del viento entre las
ramas y el coro de las olas alrededor del mundo y la
cadencia de la luz sobre las hojas: cuando
canto para que tú bailes.
Cuando en tus pequeñas manos ávidas pongo dulces y
golosinas, comprendo para qué la miel
en el cáliz de la flor y para qué la savia azucarada
que en secreto madura la fruta, como el amor
un corazón: cuando pongo dulces y golosinas en tus
pequeñas manos ávidas.
Cuando abrazo tu cara de jazmín y canela para
hacerte sonreír, mi niñito querido, comprendo la
dicha que se extiende por el cielo límpido de la
mañana y la delicia en que la
brisa de verano envuelve mi cuerpo y la onda del
trigal al medio día: cuando te abrazo para que
sonrías.

3.
LAS COSAS Y EL ESPÍRITU
La belleza
Yo oprimo sus manos; yo la estrecho contra mi
corazón.
Yo intento enlazar con mis brazos su perfume, beber
su sonrisa con mis besos,
beber también su mirada con mis ojos.
Mas, ay, nada queda en mis 'brazos, en mis labios,
en mis 0jOS. ¿Pudo alguien tocar el azul
del cielo?
Yo me empino hacia la belleza y corro tras
ella; mas la belleza se me escapa y sólo me deja
su apariencia entre las manos.
Nostálgico y cansado vuelvo a este juego di-
vino. ¿Cómo podrían las manos de mi cuerpo,
coger la flor que sólo el alma puede rozar?
Invocación a la noche
1. Oh noche, noche morena, hazme tu poeta!
Durante miles de años los hombres han velado, mudos,
a la sombra de tu estrellado
poderío: déjame cantarte por todos ellos.
Llévame en tu alado carro que silenciosamente se
desliza de mundo en mundo,
¡oh tú! nocturna noche, magnífica y oscura!
2. A veces un espíritu ansioso entra, furtivo, en tu
corte, y errando por tu mansión
sin luz interroga vanamente los aires.
Y a veces algún corazón traspasado por la
flecha de júbilo que lanza el arquero desconocido,
prorrumpe en su misterioso canto
que estremece la tiniebla hasta sus cimientos.
A ti las almas conturbadas vuelven sus ojos y quedan
temblando de pronto, ante tu cielo
parpadeante, como quien descubre un tesoro.
Hazme tu poeta, oh noche, el poeta de tu insondable
silencio.
La luz
La luz! ¡La luz! He aquí la luz que inunda el mundo
y nos besa los ojos y el corazón,
¡la luz!
¡Ah! la luz danza, delirante, en el centro de la
vida, como en medio de una pradera!
Mi amor, amada mía, si la luz lo toca con sus dedos,
suena dulcemente como una campana
de cristal. El cielo se abre. El viento huye
saltando como una muchacha transparente.
Y una como risa apasionada se desborda por toda la
tierra.
Sobre el corazón de la luz, amada mía, la mariposa
abre sus alas tan tiernas casi como las alas
de tu sonrisa. Sobre la cresta de las ondas de la
luz se encienden los jazmines.
La luz, amada mía, pone a las nubes un halo de oro y
azul, y parece una reina vestida de su propia
belleza.
Un inmenso júbilo se extiende, de hoja en flor y de
flor en ola en torno al mundo. El río
del cielo ha borrado sus orillas. ¡Y la ola del gozo
nos ahoga!
El fuego
1. Oh fuego, hermano mío, yo te canto un canto
delirante. Eres la imagen brilladora y púrpura de la
libertad. Alzas tus brazos hacia el cielo y tus
dedos ávidos pulsan las arpas del aire.
Y danzas tu danza ligera y terrible al son de tu
propia música.
2. Cuando finen mis días, cuando mi alma rompa los
límites, en ti arderán, hasta ser pávida
ceniza, mis ojos, mis manos y mis pies.
Mi cuerpo se hará uno con el tuyo, mi corazón será
arrebatado en tu frenético torbellino,
y la llama trémula que era mi vida se fundirá con tu
llama única.
La vida
El mismo río de vida que circula por mis venas noche
y día, circula por las venas del mundo y canta, en
lo hondo, con pulso musical.
Y es una vida idéntica a la mía la que a través del
polvo de la tierra alza su verde alegría en
innumeras briznas de hierba, y estalla en olas
tiernas y furiosas de hojas y flores.
Y la misma vida, hecha flujo y reflujo, mece al
océano, cuna del nacimiento y de la muerte.
Mis sentidos se exaltan al tocar esta vida
universal. Y siento la embriaguez de que sea en mi
sangre donde en este momento palpita y danza el
latido de la vida que huye a través del tiempo.
Canción 3
A la rama que suavemente roza mi ventana como un
anhelo vago, o una caricia, o un pensamiento, ¿qué
aliento la mueve?
El agua que rueda y canta, por el sol, por la luna,
¿qué boca sedienta busca?
La luz que está como un ramo sobre la mesa en que
escribo, ¿de qué corazón, de qué mirada
enamorada viene?
Y con esa voz que casi no es y como que me nombra,
pasando en breve ráfaga por la calle
solitaria de la media noche, ¿cuál entre mis muertos
queridos me nombra?
El camino
Allí donde existen los caminos, pierdo mi camino.
En el ancho mar, en lo azul del vasto cielo nadie
trazó rutas jamás.
Las alas de los pájaros y su canto, la llamita de
las estrellas, las flores en ronda de las
estaciones, ocultan el sendero.
Y he preguntado a mi corazón: ¿Acaso tu sangre, el
paso de la sangre, no conoce el camino
invisible?
En el límite de la mañana
Hemos llegado al límite del invierno.
Desde aquí vemos ya a la primavera tendida en el
campo. Vuelven los colores tras
un largo asueto. Y la luna se asoma en un claro
balcón. ¡Oh alma mía!
Mira el pequeño río azul que nos separa de la
estación dichosa. Respira el dulce viento
que viene de la lejanía inaugurando las flores a su
paso. Mira el puentecillo delgado como
un suspiro, que hemos de atravesar esta noche. Mira
el mañana a los ojos, ¡oh, alma mía!
Deja de este lado del río tu pálida sonrisa y tu
mirada triste. Deja las palabras cansadas y
las antiguas canciones. Despójate del pasado como de
una vieja túnica. Entonemos los
cantos que despiertan el porvenir. Y corramos
enlazados a cruzar el puente que nos
separa del mañana florido y encantado. Alma mía, ¡oh
alma mía!

4. AMOR
Amor
He besado con mis ojos y con mi tacto la adorable
superficie de este mundo.
Y, como un velo bordado de árboles y pájaros, lo he
plegado sobre mi corazón.
Y tantos pensamientos y sentimientos he vertido en
sus días y en sus noches
que mi vida y el mundo se han fundido y son ya una
sola sustancia amorosa.
Y amo mi vida porque amo la claridad del cielo que
toda está en mí.
Abandonar este mundo es una realidad tan poderosa
como amarlo.
Mas si este amor hubiera de ser engañado y burlado
por la muerte, el gusano de una
desilusión semejante roería todas las cosas y hasta
las estrellas, extinguidas,
se derrumbarían en ceniza.
Y cuando toco el sitio de mi corazón estoy tocando
el mundo y el amor inmortales!
Imagen de la vida
A la flor era semejante mi vida, en su aurora: a la
flor que, abierta cuando la brisa
de la primavera viene a golpear en su puerta, deja
caer uno, o dos pétalos, e ignorante
de su tesoro, no siente su pérdida.
Ahora cuando pasó la juventud, mi vida se parece al
fruto que ya nada tiene que perder:
y espera, espera a alguien, para darse toda entera,
con toda su pesadumbre de dulzura.
El aventurero
He pagado mis deudas, he cortado mis ataderas, las
puertas de mi casa están
abiertas, he olvidado mis amores: ¡soy libre, y me
voy por el ancho mundo!
En cuclillas, agrupados en su rincón, los otros
tejen la tela gris de sus vidas,
o cuentan su oro entre el polvo, o beben su triste
vino, o cantan lánguidas
canciones: y me llaman para que regrese a su lado.
Pero yo he forjado mi espada y he vestido mi
armadura, y mi caballo piafa de
impaciencia.
¡Soy libre, es la mañana y parto a conquistar mi
reino.
El poeta
El alma del poeta danza y delira sobre la ola de la
vida, entre el clamor de vientos
y mareas.
Y cuando el sol esconde su frente y el cielo
entristecido cae sobre el mar como los
párpados sobre los ojos fatigados, el poeta, dejando
su pluma y con la cabeza en la mano,
deja huir su pensamiento hacia el abismo del
silencio, hacia la niebla del eterno secreto.

5.
CANCIONES A LO DIVINO
Cancioncilla
Descendiste de lo alto de tu trono y te paraste en
la puerta de mi cabaña.
Yo cantaba solitario en un rincón y mi melodía
encantó tu oído. Bajaste de
tu altura y te detuviste a la entrada de mi cabaña.
Muchos son los maestros cantores de tu palacio en
cuyos aires, a toda hora,
vuela la música.
Pero el himno ingenuo de este aprendiz ganó tu amor.
Yo musitaba una delgada
cadencia melancólica y tu oído supo distinguirla
entre la gran sinfonía del mundo.
Y, con una flor como recompensa, bajaste y te
detuviste en la puerta de mi cabaña
a escuchar la cancioncilla silvestre.
Oración
Sí, Dios mío, yo lo entiendo muy bien: la luz de pie
celeste cuya danza se confunde
con la danza de las hojas; las indolentes nubes que
navegan hacia el ocaso; la brisa
pasajera, errando por mi frente como una mano de
frescura: todo es es sólo tu amor,
y nada más que tu amor sobre mi vida.
Mis ojos se han lavado en la claridad matinal y tu
mensaje ha descendido hasta mi
corazón. En lo alto, tu rostro diáfano se inclina;
tus ojos me han mirado a los ojos y
contra tus pies bate mi corazón como una ola.
El dueño
El mundo te pertenece ahora, y por siempre jamás.
Y porque nada puedes desear, oh Rey mío, tampoco
puedes hallar placer en
tus riquezas.
Y para ti, ellas son como si no existieran.
Por esto, en el transcurso lento de los días me das
lentamente lo tuyo, para luego,
sin término, reconquistar en mí tu reino.
Día tras día, tu sol se alza a través de mi corazón,
y te amas en mí, y te reflejas en
esta imagen tuya que es mi vida.
El guía
Mis canciones te han buscado toda la vida.
Ellas me guiaron de puerta en puerta, de mirada en
mirada, de fruta en fruta y de
sonrisa en sonrisa. Y con ellas palpando mi
universo, he tocado la vida circulante.
Mis canciones me enseñaron todo lo que jamás aprendí
y me mostraron la escondida
senda y alzaron un lucero azul sobre el horizonte de
mi corazón.
A través de los días mis canciones me guiaron hacia
la misteriosa comarca del placer
y del dolor.
Y ahora, cuando llega la tarde y se aproxima el
final del viaje, ¿hacia el pórtico de
qué vago palacio me conducen mis canciones?
El viaje
Creía yo que mi viaje tocaba a su término, que había
llegado al límite de mi reino
y de mi poderío, que el sendero se extinguía bajo
mis pies como a veces el sueño en el
súbito despertar. Creía que mis provisiones de
fuerza y de ensueño estaban agotadas
y que el momento había llegado de retirarme a una
penumbra silenciosa.
Pero tu voluntad, Señor, y tu amor, no tienen fin en
mí. Y he aquí que cuando las viejas
palabras languidecían en mi lengua ya las nuevas
melodías danzaban en mi corazón.
Y he aquí que donde los viejos caminos se borraban,
a mis pies se abría una nueva
vereda bordeada de maravillas.
El que espera
He aquí que ésta es mi sola delicia: esperar y
esperar a la orilla del camino, en donde
la sombra persigue a la luz y la lluvia viene
andando sobre las huellas del verano.
Los mensajeros, con las nuevas y el aire de otros
cielos pasan veloces, me saludan
y se apresuran a lo largo del camino. Mi corazón se
desborda de júbilo y es dulce el hálito
de la brisa volandera.
Del alba al crepúsculo estoy en mi puerta: sé que de
repente vendrá el dichoso instante
en que veré.
Entre tanto sonrío y canto, solitario. Entre tanto
por el aire se expande el perfume
de la promesa.
La promesa
Vino a sentarse a mi lado y no me desperté. ¡Maldito
sea mi sueño!
Vino entre la noche apacible con su arpa en la mano
y mis sueños se llenaron de música.
¡Ay!, he perdido mis noches y mis noches: ¡porque
aquel cuyo aliento roza mi sueño,
escapa siempre a mis ojos!
La oración
Cuando el corazón está seco y árido, desciende sobre
mí resuelto en lluvia de
bondad y de frescura.
Cuando la vida, borrada su gracia, se haga dura y
torva, ven a mí en floración de cantos.
Cuando el tumulto eleve en todas partes su vocerío y
su ráfaga, aventándome lejos, por el
suelo, ven a mí, Señor del silencio, con tu paz y tu
serenidad.
Cuando mi corazón miserable solloce abandonado en un
rincón de su cárcel, abre de par
en par la puerta con tu aliento, Rey mío, y ven a mí
con la gloria de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi espíritu, con su ilusión y
con su polvo, Tú, el solo santo, Tú,
el vigilante, ven a mí con tu relámpago y tu trueno.
El cantador
Estoy aquí para cantar. Es mi destino y mi parte en
la fiesta del mundo. En esta
sala que es tuya, tengo un rincón para sentarme y
cantar en voz baja.
Soy un ocioso en tu atareado mundo, Señor. Mi vida
inútil sólo sabe expresarse
en vagos acordes sin sentido, como el árbol en
silabeo de hojas brilladoras, como el río
en impensada cadencia de agua y viento, como el
cielo en anhelante balbuceo de nubes.
Cuando sea la hora de adorarte, cuando en la
basílica húmeda y azulada de la media noche,
suene el reloj de las estrellas, llámame, Señor, y
yo me alzaré ante Ti, para cantar.
Cuando en el aire tierno y límpido la mañana iza su
arpa de oro, llámame a tu presencia
y he de cantar pulsando la luz de la mañana.
El discípulo
Tu lenguaje, Señor, es muy sencillo, mas no así el
de los discípulos que hablan en
tu nombre.
Yo comprendo la voz de tus olas y el silencio de tus
árboles. Comprendo la escritura
de tus estrellas con que nos explicas el cielo.
Comprendo la líquida redacción de tus ríos y el
idioma soñador del humo en donde se
evaporan los sueños de los hombres.
Yo entiendo, Señor, tu mundo, que la luz nos
describe cada día con su tenue voz.
Y beso en la luz la orilla de tu manto.
El viento pasa enumerando tus flores y tus piedras.
Y yo, de rodillas, te toco en la
piedra y en la flor. A veces pego mi oído al corazón
de la noche para oír el eco de tu corazón.
Tu lenguaje es muy sencillo, mas no así el de los
discípulos que hablan en tu nombre.
Pero yo te comprendo, Señor.
Oración 2
Que yo nunca rece para ser preservado de los
peligros: sino para alzarme ante ellos y mirarlos
cara a cara. Que no pida la extinción de mi dolor:
sino el coraje que me
falta para sobreponerme a él.
Que no confíe en aliados en la guerra de la vida
sobre el campo de batalla del alma: que
sólo espere de mí.
Que no implore, espantado, mi salvación: que tenga
la fe necesaria para conquistarla.
Dame no ser ingrato: pues a tu misericordia debo mis
triunfos.Y si sucumbo, acude a mí
con tu brazo fuerte.
¡Y dame la paz, y dame la guerra!
El último viaje
Sé que en la tarde de un día cualquiera el sol me
dirá su último adiós, con su mano
ya violeta, desde el recodo de occidente. Como
siempre, habré musitado una canción,
habré mirado una muchacha, habré visto el cielo con
nubes a través del árbol que se asoma
a mi ventana...
Los pastores tocarán sus flautas a la sombra de las
higueras, los corderos triscarán en la
verde ladera que cae suavemente hacia el río; el
humo subirá sobre la casa de mi vecino...
Y no sabré que es por última vez...
Pero te ruego, Señor: ¿podría saber, antes de
abandonarla, por qué esta tierra me tuvo entre
sus brazos? Y ¿qué me quiso decir la noche con sus
estrellas, y mi corazón, qué me quiso decir
mi corazón?
Antes de partir quiero demorarme un momento, con el
pie en el estribo, para acabar la
melodía que vine a cantar. ¡Quiero que la lámpara
esté encendida para ver tu rostro, Señor!
Y quiero un ramo de flores para llevártelo, Señor,
sencillamente.


5. APÓLOGOS
Apólogo del misterio
No has oído su paso silencioso? El viene, viene,
viene eternamente.
A cada instante, en todas las épocas y edades, cada
día, cada noche, él viene,
viene, viene desde siempre.
Yo he cantado muchas canciones de diversa
entonación, pero en ellas cada nota,
cada palabra, clamaba siempre: él viene, viene,
viene eternamente.
En los días embalsamados del absorto abril, por el
camino secreto de la selva,
él viene, viene, viene eternamente.
Entre la angustia tempestuosa de las noches de
julio, sobre el carro resonante
de las nubes, él viene, viene, viene eternamente.
Entre una pena y otra pena tan sólo hay el espacio
de su paso que me oprime el
corazón; y mi alegría sólo amanece al roce dorado de
su pie.
¡El viene, viene, viene eternamente!
Apólogo de la perfección
Cuando la creación estaba recién nacida y las
estrellas brillaban, unánimes, con
su primer esplendor virginal, los dioses se
reunieron sobre el cielo en dichosa asamblea
y cantaron: "¡Oh, espejo de la perfección! ¡Oh,
júbilo sin sombra! "
Mas uno de los dioses exclamó de pronto: "Parece que
hay en alguna parte un vacío en
esta cadena de claridad y que una de las estrellas
se ha perdido."
La melodía de oro de las arpas se calló; el canto se
detuvo y los dioses clamaron desolados:
"Es verdad, y era la más bella esa estrella perdida.
¡Era la gloria y diamante sumo de los
cielos!"
Desde aquel día la buscan sin cesar y de uno a otro
este lamento se trasmite:
"¡Con esa estrella el mundo ha perdido su alegría! "
Entre tanto, en el profundo silencio de la noche,
las estrellas sonríen y murmuran entre sí:
"¡Vana es la búsqueda: la perfección sin pausa reina
doquier!"
Apólogo de la esperanza en Dios
Había salido yo, mendigo de puerta en puerta, por el
camino de la ciudadcuando de un recodo surgió tu
carroza de oro semejante a un sueño matinal. Y mi
alma se inclinó de asombro ante quien parecía el Rey
de todos los reyes !
Y mis esperanzas se alzaron y pensé: he aquí que ha
llegado el fin de los días tristes;
y ya me alistaba a recoger las ricas limosnas
esparcidas en el polvo.
La carroza se detuvo frente a mí. Tu mirada cayó
sobre mi pobreza y, sonriendo,
descendiste al camino. Yo sentí que había llegado la
grande y única oportunidad de mi vida.
Entonces, tendiéndome tu mano derecha, dijiste:
"¿Que tienes para darme?"
¡Oh!, ¿que regia burla era esta de tenderle la mano
a un mendigo para mendigar? Quedé un
instante confuso y perplejo; luego, lentamente,
saqué de mi alforja un grano de trigo y te lo di.
Mas cuál sería mi sorpresa, cuando, por la tarde, al
vaciar mi saco en el suelo, encontré un
granito de oro entre mis pobres granos. Lloré
amargamente y me lamenté de la sordidez de
mi corazón que no supo darte cuanto poseía.
Apólogo de la gracia
Ellos conocían el camino y se fueron a buscarte a lo
largo del estrecho sendero;
pero yo erraba lejos, en la noche, pues era
ignorante.
Yo no era lo suficientemente sabio para tener miedo
de ti en la oscuridad, y por esto encontré tu puerta
por casualidad.
Los sabios me rechazaron y me ordenaron que
regresara, pues no había seguido el sendero
estrecho.
Lleno de duda iba a regresar, cuando me estrechaste,
fuertemente, contra ti; y cada día
crece la cólera de los sabios contra mí.

Satyakama
El sol se ocultaba tras la orilla occidental del río
en medio del espeso bosque.
Los jóvenes discípulos habían llevado sus rebaños al
establo, y sentados en ronda
en torno al fuego, escuchaban a su Maestro Gautama,
cuando un extranjero adolescente, aproximándose, le
entregó un presente de flores y de frutas. Y se
inclinó hasta sus pies y le habló así con una pura
voz: "Señor, he venido a ti para que me guíes por el
sendero de la suprema Verdad."
"Mi nombre es Satyakama."
"Que la bendición sea sobre tu frente", dijo el
Maestro.
"¿A qué casta perteneces, hijo mío?, pues sólo un
brahmín puede aspirar a la suprema
Sabiduría."
"Maestro, respondió el adolescente, no sé cuál es mi
casta. Iré a preguntárselo a mi madre."
Esto dicho, Satyakama se despidió; atravesó el vado
y regresó a la choza materna que se
levantaba en el extremo del arenoso desierto, cerca
del pueblo soñoliento.
La lámpara ardía débilmente en el cuarto, y la madre
esperaba el regreso de su hijo en la
penumbra de la puerta.
Le estrechó contra su corazón, besó sus cabellos y
le interrogó sobre su visita al maestro.
"¿Cuál es el nombre de mi padre, madre querida?",
preguntó el adolescente.
"El Maestro Gautama me ha dicho: sólo un brahmín
tiene el derecho de aspirar a la más
alta Sabiduría."
La mujer, bajando los ojos, murmuró:
"En mi juventud era yo muy pobre y servía a varios
amos. Y tú llegaste un día a los brazos
de tu madre Jabala, amor mío..."
Los primeros rayos del sol brillaban sobre las altas
ramas de la selva de los ermitaños.
Los discípulos, húmedos aún los cabellos del baño
matinal, estaban sentados bajo el árbol
inmemorial, ante su Maestro.
Y Satyakama se presentó.
Se inclinó profundamente hasta los pies del santo y
guardó silencio.
"Dime, le preguntó el gran predicador, ¿de qué casta
eres tú?"
"Señor, respondió el adolescente, no lo sé. Mi
madre, cuando se lo pregunté, me contestó:
"He servido a varios amos en mi juventud y tú
llegaste un día a los brazos de tu madre
Jabala..."
Se alzó un murmullo semejante al bordoneo de las
abejas cuando alguien turba la paz de la
colmena; y los discípulos rumoreaban ya su protesta
contra la impúdica osadía del joven paria.
Gautama el Maestro, levantándose de su sitial,
tendió los brazos y estrechó al joven contra
su corazón, diciendo: "Eres el mejor de los
brahmines, hijo mío, pues posees la más noble
de todas las herencias: la Verdad."
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Tagore el pedagogo
Der
Steinkreis von Boitin Gareth
(www.taller54.com/members10/ovaten)
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El tesoro
¿Quién de nosotros se encargará de alimentar a los
hambrientos?" -preguntó el señor Buddha a sus
discípulos, cuando el hambre se abatía sobre
Shravasti.
Ratnakar, el banquero, inclinando la cabeza, dijo:
-"Una fortuna mucho más grande que la mía sería
necesaria para alimentar a los hambrientos."
Jaysen, jefe de los ejércitos del rey, dijo:
-"Gustoso daría mi sangre y mi vida, pero no hay
alimento suficiente en mi casa."
Dharmapal, que poseía grandes dehesas, musitó:
-"El dios de los vientos arrasó mis campos y ni
siquiera sé cómo podré pagar los impuestos
del rey."
Entonces Supriya, la hija del mendigo, se levantó:
Humildemente se inclinó ante la asamblea, diciendo:
-"Yo alimentaré a todos esos miserables."
-"¿Y cómo? -exclamaron todos sorprendidos~. ¿Cómo
esperas cumplir tu promesa?"
-"Soy entre todos la más pobre -dijo Supriya-, y ésa
es mi fuerza. Mi tesoro y mi abundancia los buscaré
a vuestras puertas. Como nada tengo que abandonar,
allí clamaré que se os ablanden las entrañas."

Sanatan
Sanatan desgranaba su rosario a la orilla del Ganges
cuando un brahmín harapiento llegó
a su lado y le dijo: "Socórreme, que soy pobre. "
-"Nada queda en mi escudilla de limosnas", dijo
Sanatan, "pues he distribuido todo lo que
poseía.
-"Pero nuestro señor Shiva se me apareció en
sueños", respondió el brahmín, "y me aconsejó que
viniera a buscarte".
Entonces Sanatan recordó que había recogido una
piedrecilla sin valor entre los guijarros
de la ribera y la había escondido en la arena
pensando que podría ser útil a alguien.
Con el dedo señaló el sitio al brahmín que,
asombrado, desenterró la piedra.
El brahmín sentóse en el suelo y se puso a meditar,
solitario, hasta el momento en que el
sol desapareció tras los árboles, a la hora violeta
en que los pastores llevan sus rebaños al redil.
Entonces, levantándose, se acercó lentamente a
Sanatan y le dijo: "Maestro, dame la más
pequeña parte de esa riqueza que consiste en
desdeñar todas las riquezas del mundo."
Y eso dicho, arrojó al río la piedrecilla sin valor.
El templo
Señor, dijo el cortesano a su rey-, Norottam, el
santo, jamás se ha dignado entrar en el recinto de
tu glorioso templo."
"Canta las alabanzas de Dios bajo los brazos
abiertos de los árboles a la orilla del camino
principal. Y el templo permanece vacío."
"En torno a él se agitan hombres, mujeres y niños,
como las abejas que desdeñan el cuenco
de oro lleno de miel y vuelan alrededor del loto
blanco."
El rey, herido en el centro de su corazón, se fue
adonde estaba Norottam sentado sobre
la hierba.
Y le preguntó: "Padre, ¿por qué abandonas mi templo,
el de la cúpula de oro, y te sientas
fuera, en el polvo, para predicar el amor de Dios?
-"Porque Dios no está en tu templo" -dijo Norottam.
El rey, frunciendo el ceño, respondió:
-¿Sabes que muchos millones de oro fueron gastados
por mi magnificencia para levantar
esta bordada maravilla del arte que fue consagrada a
Dios con suntuosas e inolvidables
ceremonias?"
-"Lo recuerdo -contestó Norattam-; fue precisamente
en el año en que millares de personas, con sus casas
y sus campos incendiados, en vano clamaban socorro a
tu puerta."
Y Dios pensó: "Esta vil criatura que no puede
brindar socorro a sus hermanos, me construye una
morada! "
"Y se fue con los hambreados y sin techo bajo los
brazos abiertos de los árboles, a la orilla de
los caminos.
"Y esa dorada pompa de jabón está vacía. Sólo habita
allí el orgull0 humeante del incienso.
El rey gritó encolerizado:
-"Sal de mi país."
Tranquilamente el santo replicó:
-"Bien, destiérrame de donde ya has desterrado a tu
Dios."
Y partió por el ancho camino polvoriento entre los
pobres que le tendían sus brazos.
El esposo
El poeta Tulsidas estaba absorto en sus
meditaciones, a la orilla del Ganges, en el lugar
solitario donde se quema a los muertos.
Y vio a una mujer sentada a los pies del cuerpo de
su marido y lujosamente vestida como si
fuera a una boda.
Ella se le dirigió y prosternándose dijo: "Permite,
oh maestro, que siga a mi esposo, con tu
bendición."
"¿Por qué apresurarse tanto, hija mía?", preguntó
Tulsidas, " ¿esta tierra no es acaso del
mismo que creó los cielos?"
"No es por el cielo por lo que suspiro sino por mi
marido", dijo la mujer.
Tulsidas sonrió al contestarle: "Vuelve a tu casa,
hija mía. Antes de que pase un mes habrás
encontrado a su marido."
La mujer se fue llena de alegre esperanza. Tulsidas
iba a buscarla cada día y le proponía
graves pensamientos para que meditara, hasta que un
día su corazón estuvo lleno de amor
divino hasta los bordes.
El mes habla terminado casi cuando vinieron los
vecinos y le preguntaron: "Mujer, ¿has en-
contrado a tu marido?"
Sonriente, la viuda respondió: "Lo encontré.
Curiosos replicaron: "¿En dónde está?"
"Mi Señor está en mi corazón y los dos somos uno",
les dijo.
Upagupta
Upagupta, el discípülo de Ruda, dormía en el polvo
tendido contra la muralla de la ciudad de Mathura.
Todas las lámparas estaban apagadas, todas las
puertas cerradas, todas las estrellas escondidas en
el cielo nebuloso de agosto.
¿De quién serían esos pies tintineantes de ajorcas
que de pronto rozaban su pecho?
Se despertó, vacilante, y la lámpara de una mujer le
hirió los ojos con su claridad.
Era una danzarina, constelada de joyas, y que
envolvía su hermosura ebria del vino de la
juventud, en un manto azul pálido.
Bajó ella su lámpara y vio el rostro del joven, de
una austera belleza.
"Perdona, oh joven asceta;', dijo la mujer, "y
acepta el venir a mi casa, pues la seca tierra
polvorienta no es un lecho digno de ti".
"Mujer", respondió el asceta, "sigue tu camino;
cuando los tiempos estén maduros yo
vendré a ti.
De repente, el resplandor de la tempestad hizo
trizas la tiniebla nocturna.
Del extremo del horizonte venía la tempestad
rugiendo y la mujer temblaba de miedo.
Las ramas de los árboles, en las orillas del camino,
se inclinaban al peso de las flores y su
fragancia.
La melodía jubilosa de las flautas flotaba a lo
lejos enlazada con la brisa primaveral.
Las gentes celebraban la fiesta de las flores.
Desde lo alto del cielo la luna llena entreabría las
sombras para mirar hacia la ciudad.
El joven asceta caminaba por la calle desierta en
tanto que sobre su cabeza, en las ramas del
manglar, cantaba el ruiseñor su queja desvelada.
Upagupta franqueó las murallas de la ciudad y se
detuvo al pie de los baluartes.
¿Quién era esta trémula criatura, esta mujer que
herida por la peste negra gemía a sus pies,
a la sombra del muro?
El asceta sentóse a su lado y puso la cabeza
femenina sobre sus rodillas; con agua humedeció sus
labios y con un bálsamo confortó su cuerpo.
"¿Quién eres tú, oh misericordioso?", preguntó la
mujer.
"El tiempo de mi visita ha llegado al fin y heme
aquí", respondió el joven asceta.
El brazalete
Veloz y límpido, el Jumna corría por el valle
precipitándose entre sus orillas escarpadas.
En torno se agrupaban las boscosas colinas surcadas
por las torrenteras.
Govinda, el gran predicador, estaba sentado sobre
una roca y leía las escrituras, cuando
Raghunath, su discípulo, orgulloso de sus riquezas,
se inclinó ante él diciendo: "Te traigo mi humilde
presente, indigno de ser aceptado."
Y depositó a los pies del santo un par de brazaletes
de oro ornados con piedras de mucho
precio.
El maestro tomó uno, lo hizo voltear en torno a su
dedo y los diamantes despidieron su
resplandor insigne.
De pronto el brazalete, deslizándose de su mano rodó
por la pendiente orilla y fue a caer
al río.
"¡Ay!", exclamó Raghunath, y se lanzó a la
corriente.
El maestro continuó su lectura, y el agua,
escondiendo el tesoro arrebatado, siguió su curso.
Caía la tarde cuando Raghunath regresó cansado y
aterido.
Casi sin aliento dijo al santo: -"Podría encontrarlo
con que me dijeras tan sólo el sitio en
donde cayó."
Entonces el maestro alzando el otro brazalete, lo
arrojó al río diciendo: "Está allí".

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