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REINO DORADO
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CANCIONES A LO DIVINO
LAS COSAS Y EL
ESPÍRITU
BIOGRAFÍA
Prestigioso escritor y pedagogo indio
Nació en Calcuta el 7 de mayo de 1861, de origen
noble según las castas sociales vigentes entonces en
el país, era el último de los 14 hijos de una
familia consagrada a la renovación espiritual de
Bengala, y se educó junto a su padre en el retiro
que este tenía en Santiniketan. Dada su manifiesta
vocación, en 1878 fue enviado a Gran Bretaña, donde
estudió literatura y música. Evocó este viaje en
Cartas de un viajero (1881), que publicó en el
periódico literario Bharati, fundado por dos de sus
hermanos en 1876.
“No cometeré el pecado de perder la fe en el
hombre”, declararía convencido en su mensaje Crisis
de la civilización
De la misma época son los dramas musicales El genio
de Valmiki (1882) y Los cantos del crepúsculo
(1882), y la novela histórica La feria de la reina
recién casada (1883). Escribió los Cantos de la
aurora (1883). Por esta época se casó con una joven
de 16 años, y seguidamente viajó por toda Bengala.
El contacto íntimo con aspectos fundamentales de la
vida de los hombres de su pueblo y con la naturaleza
tuvo una gran influencia sobre su propia vida y su
obra.
En 1890 realizó un segundo viaje a Gran Bretaña. De
este período son las colecciones poéticas Citra
(1896) y El libro de los cumpleaños (1900).
En Santiniketan funda una escuela en 1901, y en ella
estructuró un sistema pedagógico que defendía la
libertad intelectual del ser humano. En 1904 publicó
el ensayo político El movimiento nacional, en el que
se pronuncia a favor de la independencia de su país.
En 1910 apareció La ofrenda lírica, una de sus obras
más conocidas. A partir de 1912 recibió numerosas
invitaciones para pronunciar conferencias en Europa,
Estados Unidos y algunos países asiáticos, labor que
acrecentó su prestigio.
En 1913 recibió el Premio Nobel de Literatura y dos
años después, en plena guerra mundial, el Imperio
Británico le confirió el título de Sir. En 1916, al
recorrer Japón y Estados Unidos, el poeta hizo
elocuentes llamados a favor de la paz.
Concluida la conflagración, la India continuaba
siendo colonia de Inglaterra, metrópoli que promulgó
la Ley Rowlatt, destinada a suprimir todos los
movimientos políticos y echar por tierra cualquier
esperanza de independencia de acuerdo con las
promesas hechas durante los años de guerra por los
gobernantes británicos.
La figura y las ideas pacifistas de Mahatma Gandhi
dominaban por entonces el escenario político en la
India y como tal él inició un movimiento de
resistencia pasiva contra la mencionada ley; no
obstante, la conmoción popular causada por la
Rowlatt y el rumor de que Gandhi estaba sufriendo
prisión provocaron estallidos de violencia en
numerosos puntos del país. Las manifestaciones
fueron brutalmente reprimidas con fuego de
ametralladoras.
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Tagore con Ghandi
Der
Steinkreis von Boitin Gareth
(www.taller54.com/members10/ovaten)
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Entre otras muchas protestas estuvo la de
Rabindranath Tagore, quien en carta dirigida al
virrey británico de la India y publicada en toda la
prensa, condenaba al gobierno por la matanza y
rechazaba el título recibido años atrás: “Por mi
parte quiero quedar despojado de toda distinción,
junto a mis compatriotas, cuya pretendida
insignificancia los expone a sufrir degradaciones
que no deben infligirse a ningún ser humano”.
Con Mohandad Karamchand Gandhi, el Mahatma, comparte
ideales, fe y esperanzas
Los diez años siguientes en la vida de Tagore fueron
de actividad incesante; recorrió numerosos países
abogando por la paz y reclamando la cooperación
entre las naciones. También recaudó fondos para su
escuela, que a fines de 1921 se convirtió en
universidad internacional.
Mayo de 1941 vio cumplir a Tagore sus 80 años.
Debido a su delicado estado de salud, había
regresado al hogar familiar en Santiniketan,
Calcuta, donde la enfermedad que le aquejaba tuvo un
fatal desenlace. No obstante, antes de su muerte,
logró asistir a los festejos organizados allí por el
aniversario del natalicio y para la ocasión escribió
el mensaje titulado Crisis de la civilización, en el
que trataba la forma cómo las bárbaras guerras de
agresión la estaban poniendo en peligro hasta en sus
mismas raíces.
“Hubo una época -dice en ese texto- en que creí que
las fuentes de la civilización podrían surgir del
corazón de Europa; pero ahora, próximo a
desmoronarse ese mundo, he abandonado tal creencia.
Cuando miro en derredor mío, veo las ruinas de esa
civilización formar un montón de polvo vano. Pero,
así y todo, no cometeré el pecado de perder la fe en
el hombre. Espero el día en que termine el
holocausto y el aire se vuelva puro gracias al
espíritu de sacrificio y al deseo de servir a la
humanidad. Quizá esa nueva aurora se anuncie en
estos horizontes de Oriente, por donde sale el sol.
Ese día el hombre, invicto, volverá a retomar la
senda de sus triunfos, franqueando todos los
obstáculos para recuperar la herencia que ha
perdido.”
De su extensa producción literaria, cabe citar
además los dramas Kacha y Devayani (1894), El
cartero del rey (1913), Ciclo de la primavera (1916)
y La máquina (1922); las novelas Gora (1910) y La
casa y el mundo (1916); los poemarios La luna nueva
(1913), El jardinero (1913) y La fugitiva (1918), y
algunas colecciones de sus conferencias, como
Sadhana (1912) y La religión del hombre (1930
Poemas
Pájaros perdidos
(fragmento)
" Pájaros perdidos de verano vienen a mi ventana,
cantan,
y se van volando.
Y hojas amarillas de otoño, que no saben cantar,
aletean y caen en ella, en un suspiro.
Vagabundillos del universo, tropel de seres
pequeñitos,
¡dejad la huella de vuestros pies en mis palabras!
Para quien lo sabe amar, el mundo se quita su careta
de
infinito. Se hace tan pequeño como una canción, como
un
beso de lo eterno.
Las lágrimas de la tierra le tienen siempre en flor
su sonrisa.
Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas
no te dejarán
ver las estrellas.
-Mar, ¿qué estás hablando?
Una pregunta eterna.
-Tú, cielo, ¿qué respondes?
El eterno silencio.
¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está
queriendo amarte!
El misterio de la vida es tan grande como la sombra
en
la noche. La ilusión de la sabiduría es como la
niebla del
amanecer.
No te dejes tu amor sobre el precipicio.
Me he sentado, esta mañana, en mi balcón, para ver
el
mundo. Y él, caminante, se detiene un punto, me
saluda y
se va.
Menudos pensamientos míos, ¡con qué rumor de hojas
suspiráis vuestra alegría en mi imaginación!
Tú no ves lo que eres, sino su sombra.
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces,
amanece;
¿por qué susurra el viento del sur entre las hojas
recién nacidas?
Si me está negado el amor, ¿por qué, entonces,
la medianoche entristece con nostálgico silencio a
las estrellas? "

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Tagore
Der
Steinkreis von Boitin Gareth
(www.taller54.com/members10/ovaten)
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Rabindranath Tagore
Gitanjali
(fragmento)
" Las nubes se amontonan sobre las nubes, y
oscurece. ¡Ay, amor! ¿por qué me dejas esperarte,
solo en tu puerta?
En el afán del mediodía, la multitud me acompaña;
pero en esta oscuridad solitaria, no tengo más que
tu esperanza.
Si no me enseñas tu cara, si me dejas del todo en
este abandono, ¿cómo voy a pasar estas largas horas
lluviosas?
Miro la lejana oscuridad del cielo, y mi corazón
vaga gimiendo con el viento sin descanso.
Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y
lo tendré conmigo. Y esperaré, quieto, como la noche
en su desvelo estrellado, hundida pacientemente mi
cabeza.
Vendrá sin duda la mañana. Se desvanecerá la sombra,
y tu voz se derramará por todo el cielo, en arroyos
de oro.
Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis
nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en
flores, por todas mis profusas enramadas. "
1
Fue tu voluntad hacerme infinito. Este frágil vaso
mío tú lo derramas una y otra vez, y lo vuelves a
llenar con nueva vida.
Tú has llevado por valles y colinas esta flautilla
de caña, y has silbado en ella melodías eternamente
nuevas.
Al contacto inmortal de tus manos, mi corazoncito se
dilata sin fin en la alegría, y da vida a la
expresión inefable.
Tu dádiva infinita sólo puedo recogerla con estas
pobres manitos mías. Y pasan los siglos, y tú sigues
derramando, y siempre hay en ellas sitio que llenar.
2
Cuando tú me mandas que cante, mi corazón parece que
va a romperse de orgullo. Te miro y me echo a
llorar.
Todo lo duro y agrio de mi vida se me derrite en no
sé qué dulce melodía, y mi adoración tiende sus
alas, alegre como un pájaro que va pasando la mar.
Sé que tú complaces en mi canto, que sólo vengo a ti
como cantor. Y con el fleco del ala inmensamente
abierta de mi canto, toco tus pies, que nunca pude
creer que alcanzaría.
Y canto, y el canto me emborracha, y olvido quien
soy, y te llamo amigo, a ti que eres mi señor.
3
¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te escucho mudo de
asombro!
La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va
de cielo a cielo, su raudal santo vence todos los
pedregales y sigue, en un torbellino, adelante.
Mi corazón anhela ser uno con tu canto, pero en vano
busca su voz. Quiero hablar, pero mi palabra no se
abre en melodía; y grito vencido. ¡Ay, cómo
envuelves mi corazón en el enredo infinito de tu
música, Señor!
4
Quiere tener mi cuerpo siempre puro, vida de mi
vida, que has dejado tu huella viva sobre mí.
Siempre voy a tener mi pensamiento libre de falsía,
pues tú eres la verdad que ha encendido la luz de la
razón en mi frente.
Voy a guardar mi corazón de todo mal, y a tener
siempre mi amor en flor, pues que tú estás sentado
en el sagrario más íntimo de mi alma.
Y será mi afán revelarte en mis acciones, pues que
sé que tú eres la raíz que fortalece mi trabajo.
5
Sé indulgente conmigo un momento, y déjame sentarme
a tu lado, que luego terminaré lo que estoy
haciendo.
Mi corazón, si no te ve, no tiene sosiego, y mi
trabajo es como un afán infinito en un fatigoso mar
sin playas.
El verano ha venido hoy a mi ventana, zumbando y
suspirando, y han venido las abejas, trovadores en
la corte del bosque florecido.
Es el tiempo de sentarse quieto frente a ti, el
tiempo de cantarte, en un ocio mudo y rebosante, la
ofrenda de mi vida.
6
Anda, no esperes más; toma esta florcita, no se
mustie y se deshoje.
Quizás no tengas sitio para ella en tu guirnalda;
pero hónrala, lastimándola con tu mano, y arráncala,
no sea que se acabe el día sin que yo me dé cuenta;
y se pase el tiempo de la ofrenda.
Aunque su color sea tan pobre, y tan poco su olor,
¡anda, ten esta flor para ti, arráncala ahora que es
tiempo!
7
Mi canción, sin el orgullo de su traje, se ha
quitado sus galas para ti. Porque ellas estorbarían
nuestra unión, y su campanilleo ahogaría nuestros
suspiros.
Mi vanidad de poeta muere de vergüenza ante ti,
Señor, poeta mío. Aquí me tienes sentado a tus pies.
Déjame sólo hacer recta mi vida y sencilla, como una
flauta de caña, para que tú la llenes de música.
8
El niño vestido de príncipe, colgado de ricas
cadenas, pierde el gusto de su juego, porque su
atavío le estorba a cada paso.
Por temor a rozarse o a empolvarse, se aparta del
mundo, y no se atreve ni siquiera a moverse.
Madre, ¿gana él algo con ser esclavo de ese lujo que
le aparta del polvo saludable de la tierra, que le
roba el derecho de entrar en la gran fiesta de la
vida de todos los hombres?
9
¡Necio, que intentas llevarte sobre tus propios
hombros! ¡Pordiosero, que vienes a pedir a tu propia
puerta!
Deja todas las cargas en las manos de aquel que
puede con todo, y nunca mires atrás nostálgico.
Tu deseo apaga al punto la lámpara que toca con su
aliento. ¡No tomes sus dádivas malsanas con manos
impuras! ¡Recoge sólo lo que te ofrece el amor
sagrado!
10
Tienes tu escabel, y tus pies descansan, entre los
más pobres, los más humildes y perdidos.
Quiero inclinarme ante ti, pero mi postración no
llega nunca a la cima donde tus pies descansan entre
los más pobres, los más humildes y perdidos.
El orgullo no puede acercarse a ti, que caminas, con
la ropa de los miserables, entre los más pobres, los
más humildes y perdidos.
Mi corazón no sabe encontrar su senda, la senda de
los solitarios, por donde tú vas entre los más
pobres, los más humildes y perdidos.
11
Deja ya esa salmodia, ese canturreo, ese pasar y
repasar rosarios. ¿A quién adoras, di, en ese oscuro
rincón solitario del templo cerrado? ¡Abre tus ojos,
y ve tu Dios no está ante ti!
Dios está donde el labrador cava la tierra dura,
donde el picapedrero pica la piedra; está con ellos,
en el sol y en la lluvia, lleno de polvo el vestido.
¡Quítate ese manto sagrado y baja con tu Dios al
terruño polvoriento!
¿Libertad? ¿Donde quieres encontrar libertad? ¿No se
ha atado él mismo, lleno de alegría a la Creación?
¡Sí, él está atado a nosotros todos para siempre!
¡Sal ya de tu éxtasis, déjate ya de flores y de
incienso! ¿Qué importa que tus ropas se manchen o se
andrajen? ¡Ve a su encuentro, ponte a su lado, y
trabaja, y que sude tu frente!
12
¡Cuánto tiempo dura mi viaje, y qué largo es mi
camino!
Salí en la carroza del primer albor, y caminé a
través de los desiertos de los mundos, dejando mi
rastro por las estrellas infinitas.
La ruta más larga es la que sale más pronto a ti, y
la más complicada enseñanza no lleva sino a la
perfecta sencillez de una melodía.
El viajero tiene que llamar, una tras otra, a todas
las puertas extrañas para llegar a la suya; ha de
vagar por todos los mundos de afuera, si quiere
llegar al fin a su santuario interior.
Mis ojos erraron por todos los confines antes de que
yo los cerrara diciendo: "Aquí estás". Y el grito y
la pregunta: "¡Ay!, ¿dónde?", se derriten en las
lágrimas de mil raudales y ahogan el mundo con el
desbordamiento de su "¡Yo soy!".
13
La canción que yo vine a cantar, no ha sido aún
cantada.
Mis días se me han ido afinando las cuerdas de mi
arpa; pero no he hallado el tono justo, y las
palabras no venían bien. ¡Sólo la agonía del afán en
mi corazón!
Aún no ha abierto la flor, sólo suspira el viento.
No he visto su cara, ni he oído su voz; sólo oí sus
pasos blandos, desde mi casa, por el camino.
Todo el día interminable de mi vida me lo he pasado
tendiendo en el suelo mi estera para él; pero no
encendí la lámpara, y no puedo decirle que entre.
Vivo con la esperanza de encontrarlo; pero ¿cuándo
lo encontraré?

14
Mis deseos son infinitos, lastimeros mis clamores;
pero tú me salvas siempre con tu dura negativa. Y
esta recta merced ha traspasado de parte a parte mi
vida.
Día tras día me haces digno de los dones grandes y
sencillos que me diste sin yo pedírtelos, el cielo y
la luz, mi cuerpo, mi vida y mi entendimiento; y me
has salvado, día tras día, del escollo de los deseos
violentos.
A veces me retardo lánguido, a veces me despierto y
me desvivo en busca de mi fin; pero tú, cruel, te
escondes de mí.
Día tras día, a fuerza de rehusarme, de librarme de
los peligros del deseo débil y vago, me estás
haciendo digno de ser tuyo del todo.
15
Estoy aquí para cantarte. Mi rinconcito está en este
salón tuyo.
Nada tengo que hacer en este mundo tuyo; mi vida
inútil no sabe más que saltar en melodías sin razón.
Cuando en el oscuro templo de la medianoche dé la
hora de adorarte en silencio, ¡mándame que te venga
a cantar, maestro mío!
Cuando el arpa de oro esté afinada en el aire
matutino, ¡hónrame tú ordenando mi presencia!
16
Fui invitado a la fiesta de este mundo, y así mi
vida fue bendita. Mis ojos han visto, y oyeron mis
oídos.
Mi parte en la fiesta fue tocar este instrumento; y
he hecho lo que pude.
Y ahora te pregunto: ¿no es tiempo todavía de que yo
pueda entrar, y ver tu cara, y ofrecerte mi saludo
silencioso?
17
Sólo espero al amor para entregarme al fin en sus
manos. Por eso es tan tarde, por eso soy culpable de
tantas distracciones.
Vienen todos, con leyes y mandatos, a atarme a la
fuerza; pero yo me escapo siempre, porque sólo
espero al amor para entregarme, al fin, en sus
manos.
Me culpan, me llaman atolondrado. Sin duda tienen
razón.
Terminó el día de feria, y todos los tratos están ya
hechos. Y los que vinieron en vano a llamarme, se
han vuelto, coléricos. Sólo espero al amor para
entregarme al fin en sus manos.
18
Las nubes se amontonan sobre las nubes, y oscurece.
¡Ay, amor! ¿por qué me dejas esperarte, solo en tu
puerta?
En el afán del mediodía, la multitud me acompaña;
pero en esta oscuridad solitaria, no tengo más que
tu esperanza.
Si no me enseñas tu cara, si me dejas del todo en
este abandono, ¿cómo voy a pasar estas largas horas
lluviosas?
Miro la lejana oscuridad del cielo, y mi corazón
vaga gimiendo con el viento sin descanso.
19
Si no hablas, llenaré mi corazón de tu silencio, y
lo tendré conmigo. Y esperaré, quieto, como la noche
en su desvelo estrellado, hundida pacientemente mi
cabeza.
Vendrá sin duda la mañana. Se desvanecerá la sombra,
y tu voz se derramará por todo el cielo, en arroyos
de oro.
Y tus palabras volarán, cantando, de cada uno de mis
nidos de pájaros, y tus melodías estallarán en
flores, por todas mis profusas enramadas.
20
Aquel día en que abrió el loto, mi pensamiento
andaba vagabundo, y no supe que florecía. Mi canasto
estaba vacío, y no vi la flor.
Sólo de vez en cuando, no sé qué tristeza caía sobre
mí; y me levantaba sobresaltado de mi sueño, y olía
un rastro dulce de una extraña fragancia que erraba
en el viento del sur.
Su vaga ternura traspasaba de dolor nostálgico mi
corazón. Me parecía que era el aliento vehemente del
verano que anhelaba completarse.
¡Yo no sabía entonces que el loto estaba tan cerca
de mí, que era mío, que su dulzura perfecta había
florecido en el fondo de mi propio corazón!
21
¿Cuándo echaré mi barca a la mar? Las horas
lánguidas se me pasan en la orilla ¡ay!
La primavera acabó de florecer y se ha ido. Y
cargado de vanas flores marchitas, espero y tardo.
Se han puesto las olas clamorosas, y en la vereda en
sombra de la orilla, las hojas amarillas aletean y
caen.
¿Qué miras, di, en el vacío? ¿No sientes
estremecerse el aire de una canción lejana que
viene, flotando, de la otra orilla?
22
En la profunda oscuridad de julio lluvioso, tú vas
caminando en secreto, mudo como la noche, evitando a
los que te vigilan.
Hoy, la mañana ha cerrado sus ojos, sin hacer caso
de la insistente llamada del huracán del este, y un
espeso manto ha caído sobre el azul siempre alerta
del cielo.
Los bosques han dejado de cantar, las puertas de las
casas están todas cerradas. Tú eres el transeúnte
solitario de la calle desierta.
¡Unico amigo mío, mi más amado amigo; mira abiertas
las puertas de mi casa; no pases de largo como un
sueño!
23
¿Has salido, esta noche de tormenta, en tu viaje de
amor, amigo mío?
-El cielo se queja como un desesperado-. ¡No puedo
dormir! Abro mi puerta a cada instante, y miro a la
oscuridad, mas nada veo. Amigo mío, ¿dónde está tu
camino, di?
¿Por qué vaga ribera de qué río de tinta, por qué
lejano seto de qué imponente floresta, a través de
qué intrincada profundidad oscura vienes trenzando
tu ruta hacia mí, amigo mío?
24
Si se ha acabado el día, si ya no cantan los
pájaros, si el viento rendido ha flojeado, cúbreme
bien con el manto de la sombra, como has cerrado
tiernamente las hojas del loto desfallecido en el
crepúsculo.
¡Quítale la vergüenza y la pobreza al caminante que
ha vaciado su alforja antes de acabar el viaje, que
tiene roto y empolvado su vestido, cuya fuerza está
exhausta; renueva su vida, como una flor, bajo el
manto de la noche misericordiosa!
25
En la noche fatigada, déjame entregarme sin lucha al
sueño, con mi confianza en ti.
¡No consientas que fuerce mi espíritu flojo a una
pobre preparación para adorarte!
¿Acaso no eres tú quien corre el velo de la noche
sobre los ojos rendidos del día, para renovar su
sentido con la refrescada alegría del despertar?
26
Vino, y se sentó a mi lado; pero yo no desperté.
¡Maldito sueño aquél, ay!
Vino en la noche tranquila. Traía el arpa en sus
manos, y mis sueños resonaron con sus melodías.
¡Ay!, ¿por qué se van así mis noches? ¿Por qué no lo
veo nunca cuando su aliento está rozando mi sueño?
27
¡Luz! ¿Dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor
brillante del deseo!
Aquí está la lámpara, pero ¿y el aleteo de la llama?
¿Es éste tu destino, corazón? ¡Ay, cuánto mejor
fuera la muerte!
La miseria llama a tu puerta, y te dice que tu señor
está desvelado, que te llama en cita de amor, entre
la sombra de la noche.
Los nubarrones cubren el cielo, la lluvia no para.
¡No sé qué es esto que se mueve en mí, no sé qué
quiere decir esto que siento!
El resplandor momentáneo del relámpago me arrolla
una sombra más profunda sobre los ojos. Mi corazón
busca a ciegas por el camino que va adonde la música
de la noche me está llamando.
¡Luz! ¡Ay!, ¿dónde está la luz? ¡Enciéndela, ardor
brillante del deseo!
-Truena, y el viento se abalanza clamoroso, y la
noche está negra como la pizarra.
-¡No dejes que pasen las horas en la sombra!
¡Enciende la lámpara del amor con tu vida!
28
Firmes son mis ataduras; pero mi corazón me duele si
trato de romperlas.
No deseo más que libertad; peor me da vergüenza su
esperanza.
Sé bien qué tesoro inapreciable es el tuyo, que tú
eres mi mejor amigo; pero no tengo corazón para
barrer el oropel que llena mi casa.
De polvo y muerte es el sudario que me cubre. ¡Qué
odio le tengo! Y, sin embargo, lo abrazo enamorado.
Mis deudas son grandes, infinitos mis fracasos,
secreta mi vergüenza y dura. Pero cuando vengo a
pedir mi bien, tiemblo temeroso, no vaya a ser oída
mi oración.
29
Estoy llorando, encerrado en la mazmorra de mi
nombre. Día tras día, levanto, sin descanso, este
muro a mi alrededor; y a medida que sube al cielo,
se me esconde mi ser verdadero en la sombra oscura.
Este hermoso muro es mi orgullo, y lo enluzco con
cal y arena, no vaya a quedar el más leve resquicio.
Y con tanto y tanto cuidado, pierdo de vista mi
verdadero ser.
30
Salí solo a mi cita. ¿Quién es ese que me sigue en
la oscuridad silenciosa?
Me echo a un lado para que pase, pero no pasa.
Su marcha jactanciosa levanta el polvo, su voz recia
duplica mi palabra.
¡Señor, es mi pobre yo miserable! Nada le importa a
él de nada; pero ¡qué vergüenza la mía de venir con
él a tu puerta!
31
"Prisionero, ¿quién te encadenó?".
"Mi Señor", dijo el prisionero. "Yo creí asombrar al
mundo con mi poder y mi riqueza, y amontoné en mis
cofres dinero que era de mi Rey. Cuando me venció el
sueño, me eché sobre el lecho de mi Señor. Y al
despertar, me encontré preso en mi propio tesoro."
"Prisionero, ¿quién forjó esta cadena inseparable?"
Dijo el prisionero: "Yo mismo la forjé
cuidadosamente. Pensé cautivar al mundo con mi poder
invencible; que me dejara en no turbada libertad. Y
trabajé, día y noche, en mi cadena, con fuego enorme
y duro golpe. Cuando terminé el último eslabón, vi
que ella me tenía agarrado."
32
Los que me aman en este mundo, hacen todo cuanto
pueden por retenerme; pero tú no eres así en tu
amor, que es más grande que ninguno, y me tienes
libre.
Nunca se atreven a dejarme solo, no los olvide; pero
pasan y pasan los días, y tú no te dejas ver.
Y aunque no te llame en mis oraciones, aunque no te
tenga en mi corazón, tu amor siempre espera a mi
amor.
33
Entraron en mi casa con alba, diciendo: "Cabremos
bien en el cuarto más pequeño".
Decían: "Te ayudaremos en el culto de tu Dios, y
nuestra humildad tendrá de sobra con la parte de
gracia que le toque". Y se sentaron en un rincón, y
estaban quietos y sumisos.
¡Pero en la oscuridad de la noche sentí que forzaban
la entrada de mi santuario, fuertes e iracundos; que
se llevaban, con codicia impía, las ofrendas del
altar de Dios!
34
Que sólo quede de mí, Señor, aquel poquito con que
pueda llamarte mi todo.
Que sólo quede de mi voluntad aquel poquito con que
pueda sentirte en todas partes, volver a ti en cada
cosa, ofrecerte mi amor en cada instante.
Que sólo quede de mí aquel poquito con que nunca
pueda esconderte.
Que sólo quede de mis cadenas aquel poquito que me
sujete a tu deseo, aquel poquito con que llevo a
cabo tu propósito en mi vida; la cadena de tu amor.
35
Permite, Padre, que mi patria se despierte en ese
cielo donde nada teme el
alma, y se lleva erguida la cabeza; donde el saber
es libre; donde no está roto el mundo en pedazos por
las paredes caseras; donde la palabra surte de las
honduras de la verdad; donde el luchar infatigable
tiende sus brazos a la perfección; donde la clara
fuente de la razón no se ha perdido en el triste
arenal desierto de la yerta costumbre; donde el
entendimiento va contigo a acciones e ideales
ascendentes...
¡Permite, Padre mío, que mi patria se despierte en
ese cielo de libertad!
36
Mi oración, Dios mío, es ésta:
Hiere, hiere la raíz de la miseria en mi corazón.
Dame fuerza para llevar ligero mis alegrías y mis
pesares.
Dame fuerza para que mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza para no renegar nunca del pobre, ni
doblar mi rodilla al poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensamiento sobre la
pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza,
enamorado, a tu voluntad.
37
Creí que mi último viaje tocaba ya a su fin, gastado
todo mi poder; que mi sendero estaba ya cerrado, que
había ya consumido todas mis provisiones, que era el
momento de guarecerme en la silenciosa oscuridad.
Pero he visto que tu voluntad no se acaba nunca en
mí. Y cuando las palabras viejas se caen secas de mi
lengua, nuevas melodías estallan en mi corazón; y
donde las veredas antiguas se borran, aparece otra
tierra maravillosa.
38
¡Te necesito a ti, sólo a ti! Deja que lo repita sin
cansarse mi corazón. Los demás deseos que día y
noche me embargan, son falsos y vanos hasta sus
entrañas.
Como la noche esconde en su oscuridad la súplica de
la luz, en la oscuridad de mi inconsciencia resuena
este grito: ¡Te necesito a ti, sólo a ti!
Como la tormenta está buscando paz cuando golpea la
paz con su poderío, así mi rebelión golpea contra tu
amor y grita: ¡Te necesito a ti, sólo a ti!
39
Cuando esté duro mi corazón y reseco, baja a mí como
un chubasco de misericordia.
Cuando la gracia de la vida se me haya perdido, ven
a mí con un estallido de canciones.
Cuando el tumulto del trabajo levante su ruido en
todo, cerrándome el más allá, ven a mí, Señor del
silencio, con tu paz y tu sosiego.
Cuando mi pordiosero corazón esté acurrucado
cobardemente en un rincón, rompe tú mi puerta, Rey
mío, y entra en mí con la ceremonia de un rey.
Cuando el deseo ciegue mi entendimiento, con polvo y
engaño, ¡Vigilante santo, ven con tu trueno y tu
resplandor!
40
¡Cuánto tiempo hace que no llueve, Dios mío, en mi
seco corazón! El horizonte está ferozmente desnudo,
ni el más delgado vapor de la nube más suave, ni el
más vago indicio del fresco chubasco más lejano.
¡Manda tu tormenta furibunda, negra y mortífera, si
quieres, y sobresalta de parte a parte el cielo, con
el látigo de tu relámpago!
¡Pero, recoge, Señor, llama a ti este calor
silencioso que todo lo penetra, quieto y cruel; este
calor terrible que quema al corazón su esperanza!
¡Que la nube de gracia descienda y se incline a mí,
como la mirada llorosa de la madre, el día de la
cólera paterna!
41
¿Dónde estás tú, amor mío? ¿Por qué te escondes
detrás de todos, en la sombra? ¡Te empujan y te
pasan por el camino polvoriento, creyendo que no
eres nadie! Yo no sé el tiempo que hace que te
espero, cansado, con mis ofrendas para ti; y los que
van y vienen, toman mis flores, una a una, y dejan
vacío mi canasto.
Pasaron mañana y mediodía. Es el anochecer, y mis
ojos están caídos de sueño en la sombra. Los hombres
que vuelven a sus hogares, me miran sonriendo, y me
avergüenzan. Estoy sentada como una muchacha
mendiga, con la falda por la cara. Y cuando me
preguntan qué quiero, bajo los ojos y callo.
¡Ay!, ¿cómo les voy a decir que te espero a ti, que
tú me has prometido que vendrás? ¿Cómo me dejaría
decir mi timidez que esta miseria mía es la dote que
te guardo? ¡Ay!, ¡cómo aprieto este orgullo contra
mí, en el secreto de mi corazón!
Sentada en la yerba, miro al cielo y sueño con el
súbito esplendor de tu llegada. Llamean mil
antorchas, los gallardetes de oro vuelan sobre tu
carro, y los caminantes miran boquiabiertos cómo
desciendes de tu asiento y me alzas del polvo, cómo
sientas a tu lado a esta mendiguilla andrajosa, que
tiembla de orgullo y de vergüenza como una
enredadera en la brisa del verano.
Pero pasa el tiempo, y no se oyen las ruedas de tu
carroza. ¡Cuánta procesión va y viene, palpitante,
entre gritos y relumbrones de gloria! ¿Sólo eres tú
quien tiene que seguir en la sombra, callado detrás
de todos? ¿Sólo soy yo quien ha de esperar y llorar
y gastar, en vano afán, su corazón?
42
En el alba, se murmuró que tú y yo habíamos de
embarcarnos solos, y que nadie en el mundo sabría
nada de nuestro viaje sin fin y sin objeto.
Por un mar sin orillas, ante tu callada sonrisa
arrobada, mis canciones henchirían sus melodías,
libres como las olas, libres de la esclavitud de las
palabras.
¿No es la hora todavía? ¿Aún hay algo que hacer?
Mira, el anochecer cae sobre la playa, y en la luz
que se apaga, los pájaros del mar vuelven a sus
nidos.
¿Cuándo se soltarán las amarras, y la barca, como el
último vislumbre del poniente, se desvanecerá en la
noche?
43
Fue un día en que yo no te esperaba. Y entraste, sin
que yo te lo pidiera, en mi corazón, como un
desconocido cualquiera, Rey mío; y pusiste tu sello
de eternidad en los instantes fugaces de mi vida.
Y hoy los encuentro por azar, desparramados en el
polvo, con tu sello, entre el recuerdo de las
alegrías y los pesares de mis anónimos días
olvidados.
Tú no desdeñaste mis juegos de niño por el suelo; y
los pasos que escuché en mi cuarto de juguetes, son
los mismos que resuenan ahora de estrella en
estrella.
44
Mi alegría es vigilar, esperar junto al camino,
donde la sombra va tras la luz, y la lluvia sigue
los pasos del verano.
Mensajeros, que traen nuevas de cielos desconocidos,
me saludan y siguen aprisa por la senda. Mi corazón
late contento dentro de mí, y el aliento de la brisa
que pasa me es dulce.
Del alba al anochecer, estoy sentado en mi puerta.
Sé que, cuando menos lo piense, vendrá el feliz
instante en que veré.
Mientras, sonrío y canto solo. Mientras, el aire se
está llenando del aroma de la promesa.
45
¿No oíste, sus pasos silenciosos? El viene, viene,
viene siempre.
En cada instante y en cada edad, todos los días y
todas las noches, él viene, viene, viene siempre.
He cantado muchas canciones y de mil maneras; pero
siempre decían sus notas: él viene, viene, viene
siempre.
En los días fragantes del soleado abril, por la
vereda del bosque, él viene, viene, viene siempre.
En la oscura angustia lluviosa de las noches de
julio, sobre el carro atronador de las nubes, él
viene, viene, viene siempre.
De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen
mi corazón, y el dorado roce de sus pies es lo que
hace brillar mi alegría.
46
No sé desde qué tiempos distantes estás viniendo a
mí. Tu sol y tus estrellas no podrán nunca
esconderte de mí para siempre.
¡Cuántas mañanas y cuántas noches he oído tus pasos!
¡Cuántas tu mensajero entró en mi corazón y me llamó
en secreto!
Hoy, no sé por qué, mi vida está loca, y una trémula
alegría me pasa el corazón.
Es como si hubiese llegado el tiempo de acabar mi
trabajo. Y siento en el aire no sé qué vago aroma de
tu dulce presencia.
47
Se me ha pasado la noche esperándolo en vano. Tengo
miedo, no vaya a venir, de pronto, con la mañana, a
mi puerta, cuando yo me haya quedado dormido de
cansancio. ¡Amigos, dejadle franco el camino, no le
prohibáis que pase!
Si el rumor de sus pasos no me despertara, os ruego
que no vayáis a despertarme. ¡Y ojalá no me
despertara tampoco el coro gritón de los pájaros, ni
el alboroto del viento en la fiesta de la luz del
amanecer! ¡No me despertéis, aunque mi Señor venga
de pronto a mi puerta!
¡Ay, sueño mío, precioso sueño, que sólo espera su
roce para desvanecerse! ¡Ay, mis ojos cerrados, que
se abrirían a la luz de su sonrisa, si él surgiera
ante mí, como un sueño, de la oscuridad de mi sueño!
¡Que se aparezca él a mis ojos como la luz primera y
la primera forma! ¡Que el primer estremecimiento de
alegría le venga a mi alma amanecida de su mirar!
¡Que mi retorno a mí mismo sea volver de pronto a
él!
48
El mañanero mar del silencio se quebró en ondas de
cantos de pájaros. Las flores estaban contentas
junto al camino. Un tesoro de oro se derramó por
entre las rajadas nubes. Pero nosotros seguíamos a
prisa nuestro camino, sin hacer caso.
No cantábamos nuestra alegría ni jugábamos; no nos
llegamos a la aldea a comprar ni a vender; no
hablábamos ni sonreíamos, ni nos parábamos a
descansar. Ibamos más de prisa cada vez, con las
horas.
Llegó el sol al cenit, y las tórtolas se arrullaron
en la sombra; las hojas secas danzaron y volaron en
el aire caliente del mediodía; el pastorcillo se
adormiló a la sombra del baniano. Y yo me eché,
orilla del agua, y estiré mi cuerpo rendido sobre la
yerba.
Mis compañeros me insultaron con desprecio y,
erguidas las cabezas, sin mirar atrás ni pararse un
instante, siguieron afanosos y se perdieron en la
brumosa lejanía azul. Cruzaron prados y colinas,
pasaron extraños países distantes...
¡Sea tuyo todo el honor, escuadrón heroico del
sendero interminable! Tu mofa y tu reproche me tentó
a levantarme; pero yo no respondí; me di por bien
perdido en la cima de mi alegre humillación, a la
sombra de una vaga felicidad.
La paz de la verde sombra, que el sol recamaba, se
tendió lenta sobre mi corazón. Olvidé el porqué de
mi viaje y perdí, sin lucha, mi pensamiento en un
laberinto de sombras y canciones.
Y cuando salí de mi sueño, mis ojos abiertos te
vieron ante mí, anegando mi sueño en tu sonrisa.
¿Cómo había yo pensado que era lago y penoso el
camino, que no era necesario luchar tanto para
alcanzarte?
49
Bajaste de tu trono, y te viniste a la puerta de mi
choza.
Yo estaba solo, cantando en un rincón, y mi música
encantó tu oído. Y tú bajaste y te viniste a la
puerta de mi choza.
Tú tienes muchos maestros en tu salón, que, a toda
hora, te cantan. Pero la sencilla copla ingenua de
este novato te enamoró; su pobre melodía
quejumbrosa, perdida en la gran música del mundo.
Y tú bajaste con el premio de una flor, y te paraste
a la puerta de mi choza.
50
Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino
de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo
lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba,
maravillado quién sería aquel Rey de reyes.
Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que
mis días malos se habían acabado. Y me quedé
aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados
por el polvo.
La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste
sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me
había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu
diestra diciéndome: "¿Puedes darme alguna cosa?".
¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un
mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer.
Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo,
y te lo di.
Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la
tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de
oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré
de no haber tenido corazón para dárteme todo!
51
Oscureció. Nuestro trabajo estaba cumplido. Creíamos
que había llegado ya el último huésped de la noche y
que las puertas de la aldea estaban todas cerradas.
Alguno dijo que el Rey tenía que venir. Y nos reímos
y dijimos: "No puede ser".
Creímos que habían llamado a la puerta, pero
pensamos que sería el viento. Y apagamos las
lámparas y nos echamos a dormir. Alguno dijo: "Es el
Heraldo del Rey". Y nos reímos y dijimos: "No, es el
viento".
Se oyó un ruido en la cerrazón de la noche. En
nuestro duermevela, nos pareció un trueno lejano. Y
tembló la tierra y se mecieron los muros,
sobresaltando nuestro sueño. Alguno dijo que era un
rodar de ruedas. Y contestamos adormilados: "No,
debe ser el carro de las nubes".
Aún era de noche cuando sonó el tam-
bor. Y oímos: "¡Despertad pronto!". Temblando de
espanto, nos tomábamos el corazón con las manos.
Alguno dijo: "¡Mirad la bandera del Rey!". Y nos
levantamos gritando: "¡No hay tiempo que perder!".
Aquí está el Rey, pero ¿y las antorchas, y las
guirnaldas, y el trono para él? ¡Qué vergüenza! ¡Qué
vergüenza! ¿Dónde está el salón? ¿Dónde las
colgaduras? Alguno dijo: "¿A qué viene ese lamento?
¡Saludadlo con manos vacías, entradlo en vuestros
cuartos desnudos!".
¡Abrid las puertas! ¡Que suenen las trompetas! ¡Ha
venido el Rey de nuestra triste casa oscura, en la
profundidad de la noche! ¡Truena el cielo, y el
relámpago estremece las tinieblas! ¡Saca tu
esterilla andrajosa y tiéndela en el patio, que
nuestro Rey de la noche horrible ha venido, de
pronto, en la tormenta!
52
Pensé pedirte la guirnalda de rosas de tu cuello,
pero no me atreví. Y esperé la mañana, y cuando te
fuiste, tomé algunos pedacitos de flores de tu
lecho. Y como una mendiga, buscaba por la aurora
alguna hojita perdida.
¡Ay!, ¿y qué he encontrado?, ¿qué me queda de tu
amor? ¡Ni flor, ni especias, ni frasco de perfume,
sino tu espada terrible, destellante como una llama,
pesada como el rayo!
La luz nueva de la mañana entra por la ventana y se
tiende en tu lecho. El pájaro primero me pregunta
piando: "¿Qué encontraste, mujer?" ¡No, no es flor,
ni especias, ni redoma de perfume, sino tu espada
terrible!
Me siento a meditar, maravillada, en esta dádiva
tuya. No sé dónde esconderla. Me da vergüenza
ponérmela, tan débil como soy. Me duele cuando la
aprieto contra mi pecho. Sin embargo, llevaré esta
dádiva tuya, esta carga de dolor, en mi corazón.
Nada temeré en el mundo ya, y tú serás victorioso en
todas mis luchas. Tú me has dado por compañera a la
muerte, y yo la coronaré con mi vida. ¡Aquí tengo tu
espada para cortar mis ataduras! ¡Nada temeré ya en
el mundo!
¡Lejos de mí, desde hoy, los adornos vanos! ¡Señor
de mi corazón, ya no lloraré, ni desesperaré más por
los rincones; ya no seré nunca más tímida ni mimosa!
¡Me has dado, para adornarme, tu espada! ¡Lejos de
mí, los adornos de muñeca!
53
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas,
incrustada mágicamente con joyas de mil colores;
pero cuánto más bella es tu espada con su curva de
relámpago, como las alas abiertas del pájaro divino
de Vishnu, cuando vuela tranquilo en la irritada luz
roja del ocaso!
Se estremece como la última respuesta solitaria de
la vida estática de dolor, al golpe decisivo de la
muerte. Brilla igual que la pura llama de la vida,
cuando abrasa la impureza diaria en el destello
furibundo.
¡Qué bella es tu pulsera encendida de estrellas!
Pero tu espada, Señor del trueno, está forjada con
belleza definitiva, ¡y es terrible a los ojos y al
pensamiento!
54
Nada te pedí; ni siquiera te dije mi nombre al oído.
Y cuando te despediste, me quedé silenciosa.
Yo estaba sola junto al pozo, donde caía la sombra
oblicua del árbol. Las mujeres se volvían a sus
casas con sus cántaros morenos de barro rebosantes,
y me gritaron: "¡Ven, que va a ser mediodía!". Pero
yo me retardaba lánguidamente, perdida en vagos
pensamientos.
No oí tus pasos cuando venías. Cuando me miraste,
tenías tristes los ojos; y con qué fatigada voz me
dijiste bajo: "¡Ay, qué sed tiene el pobre
caminante!". Desperté sobresaltada de mis ensueños y
eché agua de mi cántaro en tus palmas juntas ... Las
hojas se rozaban sobre nuestras cabezas, el cuclillo
cantaba desde la sombra invisible, y de la revuelta
del camino venía el perfume de las flores.
Cuando me preguntaste mi nombre, ¡me dio una
vergüenza! Verdaderamente, ¿qué había hecho yo para
merecer tu recuerdo? Pero el recordar que yo pudiera
quitarte tu sed con mi agua, se me ha quedado en el
corazón, y lo envolverá para siempre de su dulzura.
Ya pasó la mañana, el pájaro canta monótono, las
hojas del árbol murmuran allá arriba. Y yo, sentada,
pienso, pienso...
55
Aún está lánguido tu corazón, aún se te cierran los
ojos de sueño.
¿No sabes que la flor está reinando, esplendorosa,
entre espinas? ¡Despierta, despierta! ¡No dejes
pasar el tiempo en vano!
Allá al fin del sendero guijarroso, en una solitaria
tierra virgen, mi amigo está sentado solitario. ¡No
lo engañes esperándote! ¡Despierta, despierta!
¿Qué si el cielo jadea y palpita en la brasa del
mediodía? ¿Qué si la arena hirviente tiende su manto
sediento?
¿No sientes alegría en la profundidad de tu corazón?
¿No se abrirá el arpa del camino, a cada paso tuyo,
en suave música de dolor?
56
¡Qué plenitud la de tu alegría en mí! ¡Qué
descendimiento a mí el tuyo! Señor de todos los
cielos, si yo no existiera, ¿qué sería de tu amor?
Tú me tienes como compañero de tu tesoro; tus
alegrías están jugando sin parar en mi corazón y tu
voluntad está siempre recreándose en mi vida.
Por eso tú, Rey de reyes, te has adornado tan
hermosamente, enamorado de mi corazón. Por eso te
pierdes de amor en el amor de tu amante. Y allí eres
visto, en la perfecta unión de los dos.
57
¡Luz, luz mía, luz que llenas el mundo, luz que
besas los ojos, que haces dulce el corazón!
¡Ay, cómo salta la luz, amor mío, en medio de mi
vida! ¡Cómo hiere, amor mío, las cuerdas de mi amor!
El cielo se abre, y corre loco el viento, y la risa
se desboca por toda la tierra.
Las mariposas tienden sus velas por el mar de luz, y
sobre la cresta de las olas de luz, abren lirios y
jazmines.
La luz se derrite en oro en cada nube, amor mío, y
luego se derrama en pedrerías sin fin.
Un alborozo nuevo va de hoja en hoja, amor mío un
gozo sin límites. ¡El río del cielo ha roto sus
riberas, y todo brilla, inmensamente inundado de
alegría!
58
¡Que todas las alegrías se unan en mi última
canción: la alegría que hace desbordarse a la tierra
en el exceso desenfrenado de la yerba; la alegría
que echa a bailar vida y muerte, hermanas gemelas,
por el vasto mundo; la alegría que la tempestad
barre adentro, despertando y sacudiéndolo todo con
su carcajada; la alegría que se sienta, en paz con
sus lágrimas, en el abierto loto rojo del dolor; la
alegría que tira cuando tiene; la alegría que lo
ignora todo!
59
Sí, ya sé, amado de mi corazón, que todo esto, esta
luz de oro salta por las hojas, estas nubes ociosas
que navegan por el cielo, esta brisa pasajera que me
va refrescando la frente; ya sé que todo esto no es
más que tu amor.
Esta luz de la mañana, que me inunda los ojos, no es
sino tu mensaje a mi alma. Tu rostro se inclina a mí
desde su cenit, tus ojos miran abajo, a mis ojos y
tus pies están sobre mi corazón.
60
En las playas de todos los mundos, se reúnen los
niños. El cielo infinito se en calma sobre sus
cabezas; el agua, impaciente, se alborota. En las
playas de todos los mundos, los niños se reúnen,
gritando y bailando.
Hacen casitas de arena y juegan con las conchas
vacías. Su barco es una hoja seca que botan,
sonriendo, en la vasta profundidad. Los niños juegan
en las playas de todos los mundos.
No saben nadar; no saben echar la red. Mientras el
pescador de perlas se sumerge por ellas, y el
mercader navega en sus navíos, los niños recogen
piedritas y vuelven a tirarlas. Ni buscan tesoros
ocultos, ni saben echar la red.
El mar se alza, en una carcajada, y brilla pálida la
playa sonriente. Olas asesinas cantan a los niños
baladas sin sentido, igual que una madre que meciera
a su hijo en la cuna. El mar juega con los niños, y,
pálida, luce la sonrisa de la playa.
En las playas de todos los mundos, se reúnen los
niños. Rueda la tempestad por el cielo sin caminos,
los barcos naufragan en el mar sin rutas, anda
suelta la muerte, y los niños juegan. En las playas
de todos los mundos, se reúnen, en una gran fiesta,
todos los niños.
61
¿Sabe alguien de dónde viene el sueño que pasa,
volando, por los ojos del niño? Sí. Dicen que mora
en la aldea de las hadas; que por la sombra de una
floresta vagamente alumbrada de luciérnagas, cuelgan
dos tímidos capullos de encanto, de donde viene el
sueño a besar los ojos del niño.
¿Sabe alguien de dónde viene la sonrisa que revuela
por los labios del niño dormido? Sí. Cuentan que, en
el ensueño de una mañana de otoño, fresca de rocío,
el pálido rayo primero de la luna nueva, dorando el
borde de una nube que se iba, hizo la sonrisa que
vaga en los labios del niño dormido.
¿Sabe alguien en dónde estuvo escondida tanto tiempo
la dulce y suave frescura que florece en las
carnecitas del niño? Sí. Cuando la madre era joven,
empapaba su corazón de un tierno y misterioso
silencio de amor, la dulce y suave frescura que ha
florecido en las carnecitas del niño.
62
Hijo mío, cuando te traigo juguetes de colores,
comprendo por qué hay tantos matices en las nubes y
en el agua , y por qué están pintadas las flores tan
variadamente..., cuando te doy juguetes de colores,
hijo mío.
Cuando te canto para que tú bailes, adivino por qué
hay música en las hojas, y por qué entran los coros
de voces de las olas hasta el corazón absorto de la
tierra..., cuando te canto para que tú bailes.
Cuando colmo de dulces tus ávidas manos, entiendo
por qué hay mieles en el cáliz de la flor, y por qué
los frutos se cargan secretamente, de ricos
jugos..., cuando colmo de dulces tus ávidas manos.
Cuando beso tu cara, amor mío, para hacerte sonreír,
sé bien cuál es la alegría que mana del cielo en la
luz del amanecer, y el deleite que traen a mi cuerpo
las brisas del verano..., cuando beso tu cara, amor
mío, para hacerte sonreír.
63
Tú me has traído amigos que no me conocían. Tú me
has hecho sitio en casas que me eran extrañas. Tú me
has acercado lo distante y me has hermanado con lo
desconocido.
Mi corazón se me inquieta si tengo que dejar mi
albergue acostumbrado. Olvido que lo antiguo está en
lo nuevo, que en lo nuevo vives también tú.
En el nacimiento y en la muerte, en este mundo o en
otro, en cualquier sitio donde tú me lleves, tú eres
tú mismo, el único compañero de mi vida infinita, tú
que estás atando siempre mi corazón, con lazos de
alegría, a lo ignorado.
Pero cuando se te conoce, nadie es extranjero,
ninguna puerta está cerrada. ¡Señor, concédeme esto
que te pido: que yo no pierda nunca la felicidad de
encontrar lo único en este juego de lo diverso!
64
Por la ladera del río desolado, entre las yerbas
altas, le pregunté: "Muchacha, ¿a dónde vas con tu
lámpara bajo el manto? Mi casa está oscura y sola.
¡Préstame tu luz!". Levantó sus ojos un instante, me
miró al rostro en la penumbra, y dijo: "¡He venido
al río a echar mi lámpara en la corriente, ahora que
muere en ocaso la luz del día!". Y entre las altas
yerbas me quedé mirando, solitario, cómo la lucecita
de la lámpara se iba inútilmente en la marea.
En el silencio de la noche que se echaba encima, le
pregunté: "Tus luces están todas encendidas,
muchacha. ¿A dónde vas con tu lámpara? Mi casa está
oscura y sola. ¡Préstame tu luz!". Levantó sus ojos
oscuros a mi cara, y se estuvo dudosa un momento:
"He venido -dijo al fin- a ofrecer mi lámpara al
cielo". Yo me quedé mirando la lucecita, que
temblaba inútilmente en el vacío.
En la negrura sin luna de la medianoche, le
pregunté: "Muchacha, ¿qué buscas, si tienes la
lámpara junto a tu corazón? Mi casa está oscura y
sola. ¡Préstame tu luz!". Se paró un momento,
pensándolo, y me miró fijamente en la oscuridad. "He
traído mi luz -dijo- para el Carnaval de las
lámparas." Yo me quedé mirando cómo su lucecita se
perdía inútilmente entre las luces.
65
¿Qué divina bebida quieres tú, Dios mío, de esta
rebosante copa de mi vida?
Poeta mío, ¿te encanta ver la creación con mis ojos;
oír, silencioso, en los umbrales de mis oídos, tu
propia armonía eterna?
Tu mundo teje palabras en mi pensamiento, y tu
alegría las hace más melodiosas. Te me das,
enamorado, y luego sientes toda tu propia dulzura en
mí.
66
La que, en un crepúsculo de destellos y vislumbres,
vivió siempre en el fondo de mi corazón; la que
nunca abrió sus velos en la luz de la mañana, irá a
ti, Dios mío, en mi última canción, como mi ofrenda
última.
La cortejaron las palabras, pero no pudieron hacerla
suya; y en vano la persuasión le ha tendido sus
brazos vehementes.
He vagado por todos los países, con ella en el alma
de mi corazón; y mi vida, a su alrededor, se ha
levantado y se ha caído, grande y débil.
Reinó sobre mis pensamientos y mis actos, sobre mis
sueños y mis ensueños, y, sin embargo, vivió sola y
aparte.
Los hombres que llamaron a mi puerta, preguntando
por ella, se fueron desesperados.
Nadie en el mundo la pudo nunca mirar frente a
frente; y espera, en soledad, tu reconocimiento.
67
Eres, a un tiempo, el cielo y el nido.
Hermoso mío, aquí en el nido, tu amor aprisiona el
alma con colores, olores y música.
¡Cómo viene la mañana, con su cesta de oro en la
diestra, donde trae la guirnalda de la hermosura,
para coronar, en silencio, la tierra!
¡Cómo viene el anochecer por las veredas no pisadas
de los prados solitarios, que ya abandonaron los
rebaños! Trae, en su jarra de oro, la fresca bebida
de la paz, recogida en el mar occidental del
descanso.
Pero donde el cielo infinito se abre, para que lo
vuele el alma, reina la blanca claridad inmaculada.
Allí no hay día ni noche, ni forma, ni color, ¡ni
nunca, nunca una palabra!
68
Tu rayo de sol viene, con los brazos abiertos, a
esta tierra mía, y se pasa el día en mi puerta.
Luego, a la vuelta, te lleva a tus pies nubes hechas
de mis lágrimas, de mis suspiros y de mis canciones.
Enamorado y alegre, tú rodeas tu pecho estrellado
con ese manto de nubes de niebla, y los pliegas
innumerablemente, y lo pintas de colores infinitos.
Es tan ligero, tan suave, tan tiernamente lloroso,
tan oscuro, que tú, sereno y sin mancha los amas.
Así puedes velar tu terrible resplandor blanco con
sus patéticas sombras.
71
Tu maya es que yo sea cuanto pueda ser, que eche, en
mil vueltas, mil sombras de colores sobre tu
resplandor.
Pones una valla a tu propio ser, y luego llamas, con
voces infinitas, a tu ser separado. Y esta parte de
ti mismo es la que ha encarnado en mí.
Tu canción penetrante va resonando por todo el cielo
en lágrimas multicolores y en sonrisas, en sustos y
esperanzas. Se levantan olas y vuelven a hundirse,
se quiebran los sueños y se completan. Yo soy la
propia derrota de tu ser.
La cortina que tú has echado, está pintada con
figuras innumerables, por el pincel del día y de la
noche. Tras ella tienes tu asiento, tejido en un
maravilloso misterio de curvas, sin una sola estéril
línea recta.
La gran comitiva de nosotros dos llena el cielo.
Todo el aire está vibrando con nuestra melodía, y
las edades pasan todas en este jugar al escondite,
de nosotros dos.
72
Es él, mi más íntimo él, quien despierta mi vida con
sus profundas llamadas secretas.
El, quien pone este encanto en mis ojos; quien
pulsa, alegremente, las cuerdas de mi corazón en su
múltiple armonía de placer y de pesar.
El, quien teje la tela de esta maya con matices
tornasoles de oro y plata, azul y verde; quien asoma
por sus pliegues los pies, cuyo contacto me enajena.
Los días pasan, mueren los años, y él sigue moviendo
mi corazón con mil nombres, con mil disfraces, en
innumerables transportes de placer y de pesar.
73
La libertad no está para mí en la renunciación. Yo
siento su brazo en infinitos lazos deleitables.
Siempre estás tú escanciándome, llenándome este vaso
de barro, hasta arriba, con el fresco brebaje de tu
vino multicolor, de mil aromas.
Mi mundo encenderá sus cien distintas lámparas en tu
fuego, y las pondrá ante el altar de tu templo.
No, nunca cerraré las puertas de mis sentidos. Los
deleites de mi vista, de mi oído y de mi tacto,
soportarán tu deleite.
Todas mis ilusiones arderán en fiesta de alegría, y
todos mis deseos madurarán en frutos de amor.
74
Ha muerto el día, y la sombra anega la tierra. Voy
al río, que ya es la hora, a llenar mi jarra.
El aire oscuro está afanoso con la música triste del
agua, que me está diciendo que vaya, en el
crepúsculo. Nadie pasa por el callejón solitario. Se
levanta el viento, y las olas tiemblan y se
encabritan en el río.
No sé si volveré. No sé con quién me voy a
encontrar. En el vado, el hombre desconocido toca,
en su barquilla, su laúd.
75
Los regalos que nos das colman nuestras necesidades,
y, sin embargo, vuelven a ti sin perder nada.
El río cumple su trabajo cotidiano, corriendo entre
campos y aldeas; peor su corriente incesante
serpentea hacia ti para lavarte los pies.
La flor endulza el aire con su aroma; pero su último
servicio es ofrecerse a ti.
Tu culto no empobrece en nada al mundo.
Las palabras del poeta dan a cada hombre el sentido
que ellos quieren; pero su sentido definitivo va
hacia ti.
76
Día tras día, Señor de mi vida, ¿te podré yo mirar
frente a frente? Juntas mis manos, ¿te miraré frente
a frente, Señor de todos los mundos?
Bajo tu cielo inmenso, en silencio y soledad, con
humilde corazón, ¿te miraré frente a frente?
En este trabajoso mundo tuyo, hirviente de luchas y
fatigas, entre las presurosas muchedumbres, ¿te
miraré frente a frente?
Cuando mi obra haya sido cumplida en este mundo, Rey
de reyes, solo ya y silencioso, ¿te miraré frente a
frente?
77
Te reconozco como mi Dios, y me estoy aparte. No te
reconozco como mío, y me acerco a ti. Te miro como
padre, y me inclino ante tus pies. No tomo tu mano
como la de un amigo.
Yo no estoy allí donde tú desciendes y te llamas
mío; no voy a abrazarte contra mi corazón, a
tratarte como compañero.
Eres mi Hermano entre mis hermanos; pero a ellos no
les atiendo, ni divido con ellos mi ganancia, sino
que comparto mi todo contigo.
Ni en el placer ni en el dolor estoy con los
hombres, sino contigo sólo. Soy tímido para dar mi
vida, y así no me echo en las grandes aguas de la
vida.
78
Cuando la creación era nueva, y todas las estrellas
brillaban en su esplendor primero, los dioses
celebraron asamblea en el cielo, y cantaron:
"¡Alegría pura, imagen de la perfección!".
Pero uno gritó de pronto: "Parece que la cadena de
luz tiene en alguna parte una sombra, que se ha
perdido una estrella".
Estalló la cuerda de oro de sus arpas, y, dejando la
canción, clamaron todos desolados: "¡Sí; y la
estrella perdida es la mejor, la gloria de los
cielos!".
Desde entonces, la buscan sin parar, gritando que el
mundo ha perdido con ella su única alegría.
Y en el profundo silencio de la noche, las estrellas
se suspiran sonriendo; "¡Qué
vana búsqueda! ¡La perfección inquebrantable está en
todo!".
79
Si no es para mí encontrarte en esta vida, sienta yo
siempre, al menos, que me ha faltado el verte. No me
dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de
mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis
horas despiertas.
Mientras pasan mis días en el mercado bullicioso de
este mundo, mientras se van llenando mis manos con
la ganancia cotidiana, sienta yo siempre que no he
ganado nada. No me dejes olvidarlo un solo instante;
no me quites de mis sueños las punzadas de esta
pena, ni de mis horas despiertas.
Cuando me siento en el camino, rendido y anhelante,
cuando me echo a dormir en el polvo, sienta yo
siempre que aún tengo que hacer el largo viaje. No
me dejes olvidarlo un solo instante; no me quites de
mis sueños las punzadas de esta pena, ni de mis
horas despiertas.
Cuando está mi casa adornada, y suenan las flautas y
los risotones, sienta yo siempre que no te he
invitado a ti. No me dejes olvidarlo un solo
instante; no me quites de mis sueños las punzadas de
esta pena, ni de mis horas despiertas.
80
Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga
inútilmente por el cielo. ¡Sol mío, glorioso
eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no
me has hecho uno con tu luz! Y paso mis meses y mis
años alejado de ti.
Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad
veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala
sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas
maravillas.
Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me
derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizás,
en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura
de pureza transparente.
81
¡Cuántos días ociosos he sentido pena por el tiempo
perdido! Pero ¿ha sido perdido alguna vez, Señor?
¿No has tenido tú mi vida, cada instante, en tus
manos?
Escondido en el corazón de las cosas, tú nutres las
semillas y las tornas en brotes, y los capullos en
flores, y las flores en frutos.
Estaba yo dormitando, rendido, en mi lecho ocioso, y
pensaba que no hacía cosa alguna. Cuando desperté,
en la mañana, vi mi jardín lleno de flores
maravillosas.
82
El tiempo es infinito en tus manos, Dios mío. ¿Quién
podrá contar tus minutos?
Pasan días y noches, se abren los años y luego se
mustian, como flores. Tú sabes esperar.
Tus siglos vienes, uno tras otro, perfeccionando la
florecilla del campo.
Pero nosotros no podemos perder nuestro tiempo, y
tenemos que echarnos de cabeza a nuestras ocasiones.
¡Somos demasiado pobres para llegar tarde!
Y así, el tiempo se va mientras yo se lo estoy dando
a los otros que, irritados, lo reclaman. Y así tu
altar está sin una sola ofrenda.
Por la tarde, me apresuro temeroso, no vaya a estar
cerrado tu portal. Pero siempre llego a tiempo.
83
Madre, yo te haré una cadena de perlas para tu
garganta, con las lágrimas de
mi dolor.
Las estrellas forjaron con luz las ajorcas de tus
pies; pero mi cadena va a ser para tu pecho.
Riqueza y nombradía vienen de ti, y tú puedes darlas
o no a tu gusto. Pero mi dolor es sólo mío, y cuando
te lo ofrezco, tú me pagas con tu gracia.
84
La espina de la separación pasa el mundo y hace
nacer formas innumerables en el cielo infinito.
Su pena es quien mira en silencio las estrellas de
la noche, quien se pone lírica, con las rumorosas
hojas, en la sombra lluviosa de julio.
Su dolor es el que se echa sobre todas las cosas, el
que se sume en el amor y en el afán, en el martirio
y en la alegría de los hogares humanos; el que
fluye, derretido en canciones, de mi corazón de
poeta.
85
Cuando los guerreros salieron del cuartel de su
señor, ¿dónde habían escondido su poder, dónde
habían dejado su armadura y sus armas?
Iban pobres y desvalidos, y las flechas cayeron
sobre ellos como chaparrones, el día que salieron
del cuartel de su señor.
Cuando los guerreros volvieron al cuartel de su
señor, ¿dónde habían escondido su poder?
Habían dejado la espada, el arco y la flecha. Traían
la paz en las frentes, y los frutos de su vida se
habían quedado tras ellos, el día que volvieron al
cuartel de su señor.
86
La Muerte, tu esclava, está a mi puerta. Ha cruzado
el mar desconocido y llama, en tu nombre, a mi casa.
Está oscura la noche y tiene miedo mi corazón. Pero
yo cogeré mi lámpara, abriré mi puerta, y le daré,
rendido, la bienvenida; porque es mensajera tuya la
que está a mi puerta.
La adoraré, llorando, con las manos juntas. La
adoraré echando a sus pies el tesoro de mi corazón.
Y ella se volverá, cumplido su mandato, dejando su
sombra negra en mi mañana. Y en mi casa desolada
quedaré yo, solo y mustio, como mi última ofrenda a
ti.
87
Desesperado, la busco por todos los rincones de mi
cuarto, pero no la encuentro.
Mi casa es pequeña, y lo que una vez se ha ido de
ella, no vuelve a encontrarse. Pero tu casa, Señor,
es infinita. Y buscándola, he llegado a tu puerta.
Mírame bajo el dosel dorado del cielo de tu
anochecer, mírame cómo levanto mis ojos ansiosos a
tu cara.
He venido a la playa de la eternidad donde nada se
pierde, ninguna esperanza, ninguna felicidad,
ninguna visión de rostros vistos a través de las
lágrimas.
¡Ahora mi vida vacía en ese mar! ¡Húndela en la más
profunda plenitud! ¡Haz que sienta, una vez sola, la
dulce caricia perdida en la totalidad del universo!
88
¡Divinidad del templo en ruinas! Ya no cantan tu
alabanza las cuerdas rotas del Vina. Las campanas
del anochecer no claman ya la hora de tu oración. A
tu alrededor, el aire está quieto y callado.
La brisa vagabunda de la primavera llega a tu
desolación, y te cuenta de las flores, de las flores
que ya nadie viene, en adoración, a ofrecerte.
El que creyó en ti otro tiempo, vaga esperando el
favor no concedido todavía. Y en el anochecer,
cuando luces y sombras se mezclan en la polvorienta
oscu |