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Si
para Nietzsche Sócrates representa el triunfo de la razón
contra la vida, el inicio de la cultura de la decadencia,
para otros pensadores y filósofos, el "Tábano de Atenas" es
el modelo de todo quehacer filosófico honesto e
insobornable. |
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I. LOS
SUPUESTOS DE UNA FILOSOFIA.
II. EL
HORIZONTE DE LA FILOSOFIA GRIEGA.
III. LAS
SITUACIONES DE LA INTELIGENCIA: LOS MODOS DE LA
SABIDURIA GRIEGA.
IV.
SOCRATES: EL TESTIMONIO DE JENOFONTE Y DE
ARISTOTELES.
V.
SOCRATES: SU ACTITUD ANTE LA SABIDURIA DE SU
TIEMPO.
VI.
SOCRATES: LA SABIDURIA COMO ETICA.
VII.
CONCLUSION: PLATON Y ARISTOTELES, DISCIPULOS DE
SOCRATES
En
medio de la cruel falta de datos históricos fehacientes
de que se dispone para el estudio de los orígenes de la
filosofía de Platón y Aristóteles, hay, sin embargo, un
hecho inconcuso, a saber: que dicha filosofía está
vinculada, en sus orígenes, a la obra de Sócrates, y que
esta obra representa, a su vez, un decisivo punto de
inflexión en la trayectoria intelectual del mundo griego
y de todo el pensamiento europeo. Pero la obra de
Sócrates se halla, a su vez, envuelta, más que en la
oscuridad, casi en el anominato de sus discípulos
inmediatos. Sólo poseemos el testimonio directo de
Platón, Aristóteles y Jenofonte, los tres en función más
bien de su peculiar objetivo. Como ocurre con la obra de
los pre-socráticos, de la de Sócrates sólo conocemos su
reflejo en Platón y Aristóteles. Por lo cual, todo
intento de representar positivamente y de un modo
directo el cuadro completo de su modo de pensar tiene
que reemplazarse por la tarea, más modesta, pero única
asequible, de tratar de averiguar cuáles pudieron ser
algunas de las dimensiones de su obra que hayan podido
dar lugar a la reflexión de Platón y Aristóteles. La
interpretación de Sócrates pende, en última instancia,
de una interpretación del origen de la filosofía de la
Academia y del Liceo. Ambas cuestiones son casi
sustancialmente idénticas. Lo propio debe decirse de
casi toda la filosofía pre-socrática.

Los
testimonios más antiguos convienen todos en que Sócrates
no se ocupó sino de ética, y que introdujo el diálogo
como método para llegar a averiguar algo universal
acerca de las cosas. Se han dado mil interpretaciones de
estos testimonios. Para los unos, Sócrates fue un
intelectual ateniense, mártir de la ciencia; para los
otros, se consagró sólo a problemas éticos. Pero
mientras en ambas concepciones Sócrates aparece como un
filósofo, en otras se presenta tan sólo como un hombre
[152] animado de un deseo de perfección personal, sin el
menor ribete de filosofía.
En cambio, es evidente que Platón, en
cualquiera de esas tres dimensiones hipotéticas,
continúa a Sócrates, y Aristóteles a Platón. La
filología moderna se ha visto precisada, es verdad, a
introducir importantes retoques en este cuadro, cuando
se quiere descender a los detalles. Sin embargo, el
hecho permanece.
Pero esto no significa forzosamente
que haya de concebirse la línea
"Sócrates-Platón-Aristóteles" como un trazo continuo.
Cabría modificar levemente la imagen
geométrica de una trayectoria sustituyéndola por la de
un haz cuyo centro se encontrara en Sócrates mismo.
Aristóteles, más que continuación de Platón, es un
replanteo de los problemas filosóficos desde la raíz
misma de donde Platón los tomaras Si se quiere hablar de
continuación, es, más que nada, la continuación de una
actitud y de una preocupación antes que de la de un
sistema de problemas y conceptos. Claro está que ra
continuidad de la actitud implica también la comunidad
parcial de sus problemas y la consiguiente discusión de
puntos de vista. Pero lo primario es, en Aristóteles,
este esfuerzo con que repite a limine el
esfuerzo intelectual de Platón. Y, a su vez, Platón
repite el esfuerzo intelectual que ha aprendido de su
maestro Sócrates, partiendo de la raíz misma de que
partió la reflexión socrática. Sócrates, Platón y
Aristóteles son más bien, como decía, los tres rayos de
un haz que emergen de un punto finito de la historia. Lo
interesante es precisar la posición de dicho punto. Lo
que Sócrates introduce en Grecia es un nuevo modo de
Sabiduría. Esto necesitaría larga explicación. La índole
de este artículo me autoriza a aportar solamente alguna
idea general. Para ello es menester fijar de una manera
precisa qué es eso que se ha llamado filosofía pre-socrática.
Lo cual exige, a su vez, algunas ideas previas acerca de
la interpretación histórica de una filosofía.
I
LOS
SUPUESTOS DE UNA FILOSOFIA
Toda filosofía tiene a su base, como
supuesto suyo, una cierta experiencia. Contra lo
que el idealismo absoluto ha pretendido, la filosofía no
nace de sí misma. Y ello, en varios sentidos:
primeramente, porque sí así fuera, no sería explicable
que la filosofía no hubiera existido plena y formal en
todos los ángulos del planeta, desde que la humanidad
existe; en segundo lugar, porque la filosofía muestra un
elenco variable de problemas y de conceptos; finalmente,
y, sobre todo, porque la posición misma de la filosofía
dentro del espíritu humano ha sufrido sensibles
oscilaciones. Tendremos ocasión, en este mismo estudio,
de apuntar cómo, en efecto, la filosofía, que en sus
comienzos pudo designar algo muy próximo a la sabiduría
religiosa, por ocuparse de las ultimidades hondas y
permanentes del mundo y de la vida, se convirtió en una
forma de saber del universo, llamada teoría, para abocar
más tarde a una investigación acerca de las cosas en
cuanto son; la serie podría aún prolongarse.
Pero el que toda la filosofía parta
de una experiencia no significa que esté encerrada en
ella, es decir, que sea una teoría de dicha experiencia.
No toda experiencia es lo suficientemente rica para que
la filosofía se limite a ser su vaciado conceptual, ni
toda filosofía es lo suficientemente original para que
implique una experiencia irreductible a otras. Además,
en manera alguna quiere decirse que la filosofía tenga
que ser, ni tan siquiera parcial y remotamente, una
prolongación conceptual de la experiencia básica. La
filosofía puede contradecir y anular la experiencia que
le sirve de base, inclusive desentenderse de ella y
hasta anticipar formas nuevas de experiencia. Pero
ninguno [154] de estos actos seria posible sino poniendo
el pie en una experiencia básica que permitiera el
brinco intelectual de la filosofía. Esto quiere decir
que una filosofía sólo adquiere fisonomía exacta
referida a su experiencia básica.
Experiencia significa algo adquirido
en el transcurso real y efectivo de la vida. No es un
conjunto de pensamientos que el intelecto forja, con
verdad o sin ella, sino el haber que el espíritu cobra
en su comercio efectivo con las cosas. La experiencia
es, en este sentido, el lugar natural de la realidad.
Por tanto, cualquier otra realidad necesitará estar
implicada y exigida por la experiencia, sí ha de ser
racionalmente ineludible. No prejuzgamos aquí la índole
de esta experiencia: en especial, urge eliminar de raíz
el concepto de experiencia entendida como conjunto de
unos presuntos datos de conciencia. Probablemente, los
datos de conciencia, en cuanto tales, no pertenecen a
esa experiencia radical. Se trata más bien, según decía,
de la experiencia que el hombre adquiere en el comercio
efectivo con cosas reales y efectivas.
Sería un grave error identificar esta
experiencia con la experiencia personal. Son
escasísimos, quizá, los hombres que poseen una
experiencia personal, en el pleno sentido del vocablo.
Pero, aun admitiendo que todos posean alguna, esta
experiencia personal, aun en el caso más rico y
favorable, constituye un núcleo minúsculo e íntimo
dentro de un área mucho más vasta de experiencia
no-personal. Esta experiencia no personal se halla
integrada, ante todo, por una capa enorme de experiencia
que le llega al hombre por su convivencia con los demás,
sea bajo la forma precisa de experiencia de otros, sea
bajo la forma del precipitado gris de experiencia
impersonal, integrada por los usos, etc., de los hombres
de su entorno. En una zona más periférica, pero
enormemente más amplia aún, se extiende esa forma de
experiencia que constituye el mundo, la época y el
tiempo en que se vive.
Y de esta experiencia forma parte no
sólo el trato con los objetos, sino también la
conciencia que de sí mismo tiene el hombre, en un triple
sentido: primero, como repertorio de lo que los hombres
han pensado acerca de las cosas, sus opiniones e ideas
sobre ellas; en segundo lugar, la manera peculiar como
[155] cada época siente su propia inserción en el
tiempo, su conciencia histórica; finalmente, las
convicciones que el hombre lleva en el fondo de su vida
individual, tocantes al origen, al sentido y al destino
de su persona y de la de los demás.
Interesa enormemente subrayar la
peculiar relación en que se hallan estos diversos
estratos de experiencia. No es posible tratar de hacerlo
en este lugar. Pero sí es imprescindible dejar
consignado que cada una de estas zonas, dentro de su
solidaridad con las demás, como momentos de una
experiencia única, posee una estructura propia y, hasta
cierto punto, independiente. Así, la experiencia, en el
sentido de estructura del mundo en una época, puede, a
veces, hallarse incluso en oposición con el contenido de
las demás zonas de experiencia. El judío y el hereje
vivieron durante la Edad Media en un mundo cristiano,
dentro del cual eran, por eso, justamente hetero-doxos.
Hoy estamos a punto de que los católicos sean los
verdaderos heterodoxos, relativamente a nuestro mundo
descristianizado. En la Edad Media había mentes
heréticas: la mentalidad era, sin embargo, cristiana.
Para los efectos de este trabajo, lo que aquí nos
importa es apuntar a la experiencia básica de una
filosofía, en el sentido modesto de dar con la
mentalidad de que parte.
El análisis de esta experiencia
básica descubre, en primer lugar, lo que más salta a la
vista: su peculiar contenido. En realidad, es lo
que en ciertos momentos se ha entendido formalmente por
historia: la colección de los llamados hechos
históricos. Pero sí la historia pretende ser algo más
que un fichero documental, ha de tratar de hacer
inteligible el contenido de un mundo y de una época.
Y, por lo pronto, toda experiencia
surge solamente gracias a una situación. La
experiencia del hombre, como decía, es el lugar natural
de la realidad, gracias, precisamente, a su interna
limitación, que le permite aprehender unas cosas y unos
aspectos de ellas, con exclusión de otros. Toda
experiencia tiene un perfil propio y peculiar. Y este
perfil es el correlato objetivo de la situación en que
se halla instalado el hombre. Según esté él situado, así
se sitúan las cosas en su experiencia. La historia ha de
tratar de instalar nuestra mente en la situación de los
[156] hombres de la época que estudia. No para perderse
en turbias profundidades, sino para tratar de repetir
mentalmente la experiencia de aquella época, para ver
los datos acumulados "desde dentro". Naturalmente, esto
exige un penoso esfuerzo, difícil y prolongado. La
disciplina intelectual que nos lleva a realizarlo se
llama filología.
Más aún: la experiencia es siempre
experiencia del mundo y de las cosas, incluyendo al
hombre mismo; lo cual supone que el hombre vive, en
efecto, dentro de unas cosas y entre ellas. La
experiencia consiste en la forma peculiar con que las
cosas ponen su realidad en las manos del hombre. La
experiencia supone, pues, algo previo. Algo así como la
existencia de un campo visual, dentro del cual son
posibles diversas perspectivas. La comparación indica ya
que esa existencia del hombre dentro de las cosas y
entre ellas no es comparable a la de un punto perdido en
la infinidad del vacío. Aun en esta dimensión,
aparentemente tan vaga y primaria del hombre, su
existencia es limitada, como lo es el campo visual para
los ojos. Esta limitación llámase, por ello,
horizonte. El horizonte no es una simple limitación
externa del campo visual: es más bien algo que, al
limitarlo, lo constituye, y desempeña, por consiguiente,
la función de un principio positivo para él. Tan
positivo, que deja justamente ante los ojos lo que hay
fuera de él, como un "mas allá" que no vemos lo que es y
se extiende sin límites, punzando constantemente la más
honda curiosidad del hombre. Porque, en efecto, además
de las cosas que dentro del mundo nacen y mueren, hay
otras cosas que entran en el mundo, acercándose desde el
horizonte, o se desvanecen, perdiéndose tras él. En todo
caso, las relaciones de lejanía y proximidad dentro del
horizonte confieren a las cosas su primera dimensión de
realidad para el hombre.
Y, como limitante que es, el
horizonte tiene que constituirse por algo de donde
surge. Sin ojos, no habría horizonte. Todo horizonte
implica un principio constituyente, un fundamento
que le es propio.
Estos tres factores de la experiencia
de una época: su contenido, la situación y el horizonte
(a una con su fundamento), son tres dimensiones de la
experiencia de distinta movilidad. [157] La máxima
labilidad compete al contenido mismo de la experiencia:
mucho más lento, pero, en definitiva, muy variable, es
el movimiento de la situación; el horizonte varía con
lentitud enorme, tan lentamente, que los hombres casi no
tienen conciencia de su mutación y propenden a creer en
su fijeza, mejor dicho, precisamente por ello, ni se dan
cuenta casi de su existencia. Algo semejante a lo que
ocurre al viajero de un avión, cuyo panorama varia tan
insensiblemente como el movimiento de las agujas de un
reloj.[1]

Este
cambio no puede asimilarse, contra lo que la metáfora
del evolucionismo biológico aplicada a la historia pudo
hacer suponer durante muchos años, a una especie de
crecimiento, madurez y muerte de las épocas, o de las
culturas, como entonces se decía. Esta idea que Spengler
asienta como la base de su libro, es tal vez lo más
insostenible de él. La experiencia que compone una época
histórica, con ser el lugar natural de la realidad, no
es mas que eso: su lugar natural. Pero la
existencia del hombre no se limita a estar situada en un
lugar, aunque sea real. A su vez, la "realidad del
mundo" no es la realidad de la vida: aquélla se limita
tan sólo a ofrecer a esa otra realidad que se llama
hombre un conjunto infinito de posibilidades de
existencia. Las cosas están situadas, primariamente, en
ese sedimento de realidad llamado experiencia a título
de posibilidades ofrecidas al hombre para existir. Entre
ellas, el hombre acepta unas y desecha otras. Esta
decisión suya es la que transforma lo posible en real
para su vida. Con ello, el hombre está sometido a
constante cambio porque esa nueva dimensión real que
añade a su vida modifica el cuadro de su experiencia y,
por tanto, el conjunto de posibilidades que le brinda el
instante siguiente. Con su decisión, el hombre emprende
una trayectoria determinada, a causa de la cual nunca
está seguro de no haber malogrado definitivamente en un
momento tal vez las mejores posibilidades de su
existencia. El momento siguiente presenta un cuadro
[158] completamente distinto: obturadas unas,
disminuidas otras, agigantadas tal vez algunas más,
pocas nuevas y originales. Y como la actualidad de lo
posible, en tanto que posible, según nos decía ya
Aristóteles, es el movimiento, así también el ente cuya
realidad emerge de sus posibilidades, es, por esto, un
ente móvil. Por serlo, cambia en el tiempo, no reposa en
ningún estado. Las cosas no están en movimiento porque
cambien, sino que cambian porque están en movimiento.
Cuando la actualización de las posibilidades es fruto de
una decisión propia, entonces no solamente hay
estados de movimiento, sino acontecimientos.
El hombre es un ente que acontece, y a este acontecer se
llama historia.
De tiempo atrás se define
precisamente al ser libre el ente que es causa de sí
mismo (Santo Tomás). Por esto resulta que, en el hombre,
la raíz de la historia es la libertad. Lo que no
es eso es naturaleza. El error del idealismo ha
estribado en confundir la libertad con la omnímoda
indeterminación. La libertad del hombre es una libertad
que, al igual que la de Dios, sólo existe formalmente en
la manera de estar determinado. Pero, a diferencia de la
libertad divina, creadora de las cosas, la libertad
humana sólo se determina eligiendo entre diversas
posibilidades. Como estas posibilidades le están
"ofrecidas", y como este ofrecimiento depende
parcialmente, a su vez, de las propias decisiones
humanas, la libertad del hombre adopta la forma de un
acontecer histórico.
Del complejo enorme de cuanto habría
que decir para estudiar los origenes de la filosofía
ática no me interesa referirme, de momento, más que a la
mentalidad dentro de la cual nace, y aun eso en su
aspecto puramente intelectual. Aplicando a la vida
intelectual las últimas consideraciones que acabamos de
apuntar, nos encontramos, por ejemplo, con que el
pensamiento de toda época, además de contener lo que
propiamente afirma o niega, apunta a otros pensamientos
distintos y hasta opuestos entre si. Toda afirmación o
negación, en efecto, por rotunda que sea, es incompleta
o, por lo menos, postula otras afirmaciones o
negaciones, sólo unida a las cuales posee plenamente
verdad. Por esto decía Hegel que la verdad es siempre el
todo y el sistema. Lo cual no obsta, sin embargo—antes
bien, implica—, [159] que, dentro de sus límites, una
afirmación sea verdadera o falsa. Frente a ella se
ciernen entonces las direcciones diversas en que puede
ser desarrollada. De ellas, unas serán verdaderas;
otras, falsas. Mientras la primitiva afirmación no se
vincule disyuntivamente ni a unas ni a otras, todavía es
verdadera. El pensar humano, que, tomado estáticamente
en un momento del tiempo, es lo que es, por tanto,
verdadero o falso, es, tomándolo dinámicamente en su
proyección futura, verdadero y falso, según la ruta que
emprendas La cristología de San Ireneo, por ejemplo, es,
naturalmente, verdadera. Pero algunas de sus
afirmaciones o, por lo menos, de sus expresiones, son
tales, que, según se incline el pensamiento un poco más
a la derecha o un poco más a la izquierda, caerá del
lado de Arrio o de San Atanasio. Antes de esa decisión
todavía son verdad. Después de ella, lo serán, tomadas
en un sentido, y no lo serán, tomadas en otro. Junto a
los pensamientos plenamente pensados, la historia está
llena de esta suerte de pensamientos que podríamos
llamar incoados. O, si se quiere, el pensamiento, además
de su dimensión declarativa, tiene una dimensión
incoativa: todo pensamiento piensa algo con plenitud y
comienza a pensar algo germinalmente.
Y no se trata del hecho de que
de unos pensamientos puedan deducirse otros por vía de
razonamiento, sino de algo más previo y radical, que
afecta no tanto al conocimiento que el pensar suministra
como a la estructura misma del pensar en cuanto tal.
Gracias a ello, el hombre posee una historia
intelectual. Veremos inmediatamente algún caso ejemplar
de funcionamiento de esta forma de pensar incoativa:
unos pensamientos que ofrecen dos posibilidades
levemente distintas, de las cuales una ha conducido a la
espléndida floración del intelectualismo europeo, y otra
ha llevado a la mente por las vías muertas de la
especulación asiática. Porque no se trata tan sólo de
que esas posibilidades que al pensamiento se ofrecen
sean verdaderas o falsas, sino de que las rutas sean o
no vías muertas. En cada instante de su vida
intelectual, cada individuo y cada época se hallan
montados sobre el constitutivo riesgo de avanzar por una
vía muerta.
Probablemente, la acción de Sócrates
ha consistido en habernos echado a andar no por una vía
muerta, sino por la que [160] lleva a lo que será el
intelecto europeo entero. La "obra" de Sócrates se
inscribe en el horizonte mental del pensamiento griego.
Se sitúa dentro de él de un modo peculiar, determinado
por la dialéctica de las situaciones anteriores por que
han atravesado "los grandes pensadores". Ello le permite
una experiencia especial del hombre y de las cosas, de
la que saldrá en su hora la filosofía de Platón y de
Aristóteles.
II
EL
HORIZONTE DE LA FILOSOFIA GRIEGA
El horizonte mental del hombre
antiguo está constituido por el movimiento, en el
sentido más amplio del vocablo. Además de los
movimientos o de las alteraciones externas que las cosas
padecen, las cosas mismas se hallan sometidas a una
inexorable caducidad. Nacen algún día, para morir alguna
vez. Dentro de este cambio universal va envuelto también
el hombre, no sólo individual, sino socialmente
considerado: las familias, las ciudades, los pueblos, se
hallan sometidos a un incesante cambio regulado por un
destino inflexible, que determina el bien de cada cual.
En esta universal mutación adquiere valor ejemplar la
generación de los seres vivientes. Puede incluso
afirmarse, según veremos más tarde, que la forma radical
como el griego ha concebido el movimiento cósmico se
halla, en definitiva, orientada hacia la generación,
hasta el punto de que un mismo verbo, gígnomai,
expresa las dos ideas de generación y de acontecimiento.
Precisamente esta idea del movimiento
como generación constituye la línea divisoria del
esquema fundamental del universo para el hombre antiguo.
Aquí abajo, la tierra, ge, el ámbito de lo
perecedero y caduco, de las cosas sometidas a generación
y corrupción. Arriba, el cielo ouranós, integrado
por cosas ingenerables e incorruptibles, por lo menos en
el sentido terrestre del vocablo, sometidas tan sólo a
un movimiento local del carácter cíclico. Y en el
ouranós, los theoí, los dioses inmortales.
Recuérdese cuán diferente es el
horizonte en que el hombre de nuestra era descubre el
universo: no la caducidad, sino la nihilidad.
De ahí que su esquema del universo no se parezca en
[162] nada al del griego. De un lado, las cosas; de otro
lado, el hombre. El hombre que existe entre ellas para
hacer con ellas su vida, consistente en la determinación
de un destino transcendente y eterno. Para el griego
existen el cielo y la tierra; para el cristiano, el
cielo y la tierra son el mundo, sede de esta vida:
frente a ella, la otra vida. Por esto, el esquema
cristiano del universo no es el dualismo "cielo-tierra"
sino "mundo-alma".
¿Cuál es el fundamento que
hace posible el que esta movilidad constituya el
horizonte del campo visual del hombre antiguo?
El hombre es un ser natural. Y,
dentro de la naturaleza, pertenece a la región menos
consistente de ella, a la tierra. El hombre es un ser
dotado de vida, un ser animado, un zôion, que,
análogamente a los demás seres vivos, nace y muere
después de una vida, en definitiva, efímera. Pero este
ser viviente lleva dentro de sí, a diferencia de los
demás, una extraña propiedad.
Los demás vivientes, por el hecho de
tener vida, no hacen más que estar
viviendo. Lo mismo tratándose del árbol que del animal,
vivir es simplemente estar viviendo, es decir,
ejecutando aquellos actos que brotan del viviente mismo
y van orientados a su perfección interna. En la planta,
estos movimientos están tan sólo orientados, en el
sentido del crecimiento, hacia la atmósfera o hacia la
tierra. En el animal, los movimientos están orientados
por una "tendencia" y una "noticia", gracias a la cual
"discierne" y "marcha" a la captura de las cosas o huye
de ellas.
Pero en el hombre hay algo
completamente distinto. El hombre no se limita a estar
viviendo, a ejercitar sus funciones vitales. Su érgon
forma parte de un plan de conjunto, de un bios,
que es, en amplia medida, indeterminado, y que el
hombre mismo es, en cierto modo, quien tiene que
determinar por decisión y deliberación. No sólo está
viviendo, sino que parcialmente está haciendo su
vida. Por eso su naturaleza tiene el extraño poder de
entender y manifestar lo que hace, en todas sus
dimensiones, al hombre que hace y a las cosas con que
hace, tà prágmata. A este poder el griego
llamó lógos, que los latinos vertieron, con
bastante poca fortuna, por ratio, razón. El
hombre es un ser viviente dotado de logos. El logos nos
da a entender lo que las [163] cosas son. Y, al
expresarlo, las da a entender a los demás, con quienes
entonces discute y delibera esas prágmata, que en
este sentido llamaríamos "asuntos". De esta suerte, el
logos, además de hacer posible la existencia de cada
hombre, hace posible esa forma de coexistencia humana
que llamamos convivencia. Convivir es tener asuntos
comunes. Por esto, la plenitud de convivencia es la
pólis, la ciudad. El griego ha interpretado
indiferentemente al hombre como animal dotado de logos o
como animal político. Si el contenido concreto de
la póiis es obra de un nómos, de un estatuto, y
tiende a la eunomía, al buen gobierno, su
existencia es, para un griego, un hecho "natural" La
pólis existe, como existen las piedras o
los astros.
Por medio del logos el hombre regula,
pues, sus acciones cotidianas, con la intención de
"hacerlas bien". El griego ha adscrito esta función del
logos a aquella parte del principio vital humano que no
se halla "mezclada" con el cuerpo, que no sirve para
animarlo, sino, al revés, para dirigir su
vida, llevándole, por encima de las impresiones de su
vitalidad, al reino de lo que las cosas son de veras.
Esta parte recibe el nombre de noûs, mens.[2]
En realidad, el logos no hace sino expresar lo que la
mens piensa y descubre. Es el principio de lo más
noble y superior en el hombre.
La mente tiene, para un griego, dos
dimensiones. Por un lado, consiste en ese maravilloso
poder de concentración que el hombre posee: una
actividad que le hace patente su objeto en lo que tiene
de más intimo y propio. Por esto, Aristóteles lo
comparaba con la luz. Llamémosle reflexión o
pensamiento. Pero no es una mera facultad de pensar que,
como tal, puede acertar o errar, sino un pensamiento
que, por su propia índole, va certera e infaliblemente
dirigido al corazón de su objeto; algo, por tanto, que,
cuando actúa plenamente por si mismo, coloca a todas las
cosas, aun las más remotas, cara a cara ante el hombre,
denunciando su verdadera fisonomía y consistencia por
encima de las impresiones fugaces de la vida. El ámbito
de la mente, dirían los griegos, es el "siempre".
(Platón: Rep. 484, b4). [164]
Pero, por otro lado, el griego jamás
concibió a la mente como una especie de foco inalterable
en el fondo del hombre. Es un pensar certero e
infalible; pero en este respecto es una especie de
"sentido de la realidad", que, como un fino pálpito,
pone al hombre en contacto con lo íntimo de las cosas.
Aristóteles lo comparaba, por esto, a una mano. La mano
es el instrumento de los instrumentos, puesto que todo
instrumento lo es por ser "manejable". Análogamente, la
mente es el lugar natura de la realidad para el hombre.
Por esto tiene, para un griego, un sentido mucho más
hondo que el de la pura intelección. Se extiende a todas
las dimensiones de la vida, a todo cuanto hay de real en
ella. Este sentido es, por esto, susceptible de
adiestramiento o embotamiento. Nadie carece por completo
de él. Puede hallarse, a veces, paralizado (el demente);
pero normalmente funciona invariablemente, según el
estado del hombre, su temperamento, su edad, etc. Es
algo que, por afinarse en el uso que en la vida hacemos
de ello, sólo se posee, con la plenitud posible para
cada cual, en la ancianidad. Sólo el anciano posee
plenamente ese sentido, ese saber de la realidad,
adquirido en la "experiencia de la vida", en el comercio
y contacto real con las cosas.
En todo caso, obrar conforme al
noûs, a la mente, es obrar asentando sus juicios
sobre lo inconmovible del universo y de la vida. Este
saber de lo inconmutable, de lo que es siempre, allá en
las ultimidades del mundo, es a lo que el griego, al
igual que todos los pueblos que han sabido expresarse,
llamó sophía, sabiduría. La vida participa
desigualmente de ella: desde el insensato hasta el sabio
por antonomasia, pasando por el mero "prudente". Esta
sofía, como experiencia de la vida, se torna a veces en
una Sofía, en un saber excepcional y sobrehumano de las
ultimidades de la realidad. La Sofía, así entendida,
tiene para un griego una existencia estrictamente
supratemporal. Es un don de los dioses. Por eso tiene
primariamente carácter religioso. Los hombres son
capaces de poseerla, porque tienen una propiedad, el
noûs, que les es común con los dioses. Por esto
Aristóteles dice todavía de la mente que es lo más
divino de cuanto tenemos (Met., 1074, b16). El
primitivo griego la ha concebido como un poder divino
que lo llena todo y que se [165] comunica exclusivamente
al hombre entre todos los vivientes, confiriéndole su
rango peculiar. Aquellos a quienes les fue concedida en
forma excepcional y casi sobrehumana (982, b 28), como
nuncios de la verdad, son los sabios, y su doctrina es
Sofia, Sabiduría.
En realidad, he anticipado algunas
ideas que lógicamente debieran venir después. Pero me
pareció preferible apuntar derechamente al objetivo, aun
a trueque de tener que dar inmediatamente algunos pasos
hacia atrás.
En resumen: para un griego, el
hombre, como ser viviente, sólo existe en el universo
apoyándose en este presunto aspecto de la permanencia
que su mente le ofrece. Entonces es cuando la
mutabilidad de todo lo real se convierte en horizonte de
visión del universo y de la propia vida humana. Y
entonces también nace la sabiduría. Naturalmente, no es
que los griegos hayan tenido explícita conciencia de
ello. Incluso tal vez les haya sido imposible tenerla,
porque lo propio del horizonte es no dejarse ver como
tal para una mirada directa, a fuerza, precisamente, de
hacemos ver las cosas. Pero nosotros, colocados en un
horizonte más amplio, podemos darnos clara cuenta de
ello. [166]
III
LAS
SITUACIONES DE LA INTELIGENCIA: LOS MODOS DE LA
SABIDURIA GRIEGA
Dentro de este horizonte, la
sabiduría griega se ha visto envuelta en una cadena de
situaciones que conviene recordar.
1.
La sabiduría como posesión de la verdad sobre la
Naturaleza.—En las costas del Asia Menor
surge por vez primera, con Anaximandro, el tipo del gran
pensador que se enfrenta con la totalidad del universo.
Para referirnos, no solamente su nacimiento por la
acción de los dioses o de agentes extramundanos, como
aconteció en las sabidurías orientales, sino su realidad
propia, la cual, sin excluir lo más mínimo dichas
acciones (conviene subrayarlo taxativamente), posee, sin
embargo, en sí misma una estructura unitaria y radical
por el hecho de que del universo mismo, y no simplemente
de los dioses, nacen, viven y a él revierten, cuando
mueren, todas las cosas que existen en el cielo y en la
tierra. Este fundo universal, de donde nace todo cuanto
hay, es la Naturaleza, la physis. Este nacimiento
se concibe por estos pensadores, con Anaximandro a la
cabeza, como un magno acto vital. Y ello en dos
esenciales dimensiones. Por un lado, las cosas nacen de
la Naturaleza, como algo que ésta produce "de suyo" (arkhé).[3]
Por aquí la Naturaleza parece dotada de una estructura
propia, independientemente de las vicisitudes teogónicas
y cosmogónicas. Por otro lado, la generación de las
cosas se concibe como un movimiento en que éstas [168]
se van autoconformando en esa especie de sustancia que
es la Naturaleza. En este sentido, la Naturaleza no es
principio, sino algo que constituye, para este primer
brote arcaico del pensamiento, el fondo permanente que
hay en todas las cosas, a modo de sustancia de que todas
están hechas (Aristóteles: Met., 983, b13). Con
la idea de la "permanencia" de ese fundo, el pensamiento
griego abandonó definitivamente los cauces de la
mitología y de la cosmogonía, para dar origen a lo que
más tarde será la filosofía y la ciencia. Las cosas, en
su generación natural, reciben de la Naturaleza su
sustancia. La Naturaleza misma es entonces algo que
permanece eternamente fecundo e imperecedero, "inmortal
y siempre joven", como la llamaba aun Eurípides, en el
fondo y por encima de la caducidad de las cosas
particulares, fuente inagotable de todas ellas (ápeiron).
Por esto, el griego se imaginó primitivamente la
eternidad como un perfecto volver a comenzar sin
menoscabo, como una perenne juventud, en la que los
actos revierten sobre quien los ejecuta, para volver a
repetirse con idéntica juventud. Incluso
lingüísticamente ha podido verse (Benveniste) cómo los
dos términos de aiôn y iuvenis, eternidad
y juventud, tienen una raíz idéntica (*ayu-, *yu-)
que expresa la eternidad como una perenne juventud, como
un eterno retorno, como un movimiento cíclico. Por esto,
los grandes pensadores griegos, y todavía aun el
propio Aristóteles, llamaron a la naturaleza "lo
divino" (tó theion). Para las antiguas religiones
politeístas, en efecto, ser divino significa ser
inmortal, pero con una inmortalidad que deriva de un
"inagotable" caudal de vitalidad.

La Naturaleza es también, para un
griego, algo "divino theîon, en este sentido.
Abarca todas las cosas: está presente en
todas ellas. Y esta presencia es vital: unas
veces está dormida; otras, despierta. Estas variaciones
tienen carácter cíclico. Acontecen conforme a un orden y
a una medida: es el tiempo (khrónos).
Los que arrancaron así al universo el
velo que ocultaba su Naturaleza, revelando a los hombres
lo que siempre es, se llamaron los Sabios (sophoí),
o, como dice Aristóteles, "los que filosofaron
acerca de la verdad". Esta verdad no consistió, en
efecto, sino en el descubrimiento de la Naturaleza; por
esto, al [169] hablar de ella, Aristóteles emplea como
sinónimos buscar la verdad y buscar la Naturaleza (Phys.,
191, a24). Las obras de eslos sabios han sido
invariablemente poemas intitulados: "Acerca de la
Naturaleza".[4]
Con otro nombre, pero por el mismo motivo, Aristóteles
los llamó también fisiólogos, aquellos que
buscaron la razón de la Naturaleza.
Los hombres llevaron a cabo este
descubrimiento por la excepcional fuerza de su mente,
capaz de concentrarse y abarcar con su mirada
escrutadora (es lo que significa el vocablo griego
theória) la totalidad del universo y de penetrar
hasta su última raíz, comunicando así con lo divino
(Aristóteles: Met., 1075, a8).
El contenido de estas
sabidurías (Aris., Met., 982, b15) es
preferentemente lo que hoy llamaríamos astronomía y
meteorología. Los fenómenos en que la Naturaleza se
manifiesta por excelencia son precisamente los grandes
fenómenos atmosféricos y astronómicos en que se
desencadenan los supremos poderes que se ciernen sobre
todas las cosas particulares del universo. Por otra
parte, la teoría ha consistido primariamente en "mirar
al cielo, a las estrellas". La contemplación de la
bóveda celeste ha llevado a la primera intuición de la
regularidad, proporción y carácter cíclico de los
grandes movimientos de la Naturaleza. Finalmente, la
generación, la vida y la muerte de los seres vivientes
nos remiten al mecanismo de la Naturaleza. Esta se
muestra—sobre todo en estos tres órdenes—a quien posea
la fuerza para descorrer el velo que la oculta (ya
Heráclito decía que a la Naturaleza le gusta
esconderse). Esta es la verdad que nos procura este tipo
de sabiduría.
Para apreciar en su justo valor el
alcance de esta actitud, coloquémonos en la raíz de
donde emerge. Trátase, en efecto, de una sabiduría; por
consiguiente, de ese tipo de saber que llega a las
ultimidades del mundo y de la vida, fijando su destino y
dirigiendo sus actos. En ello convienen el griego, el
caldeo, el egipcio y el indio. [170]
Pero, para el
caldeo y el egipcio, el cielo y la tierra son pro duetos
de los dioses, que nada tienen que ver con la índole
misma de aquéllos. La teogonía se prolonga así en una
cosmogonías Lo que ésta nos muestra es el lugar que cada
cosa posee en el mundo, la jerarquía de potestades que
se ciernen sobre él. Por esto, el Sabio oriental
interpreta el sentido de los eventos. El contenido de su
sabiduría es, en buena parte, "presagio".
Pero en el mundo indo-europeo la
mirada llegará un día a detenerse más largamente en el
espectáculo de la totalidad del universo. En lugar de
referirla simplemente a un pretérito y relatar su origen
o de proyectarla sobre un futuro, adivinando su sentido,
se detiene, "asombrada", ante él, por lo menos
momentáneamente. Por el asombro, nos dice Aristóteles,
nació, efectivamente, la sabiduría. En este momento, las
cosas aparecen asentadas y agitándose en la mole
compacta del universo. Ha bastado este momento de
detención de la mente en el mundo para separar a indios,
iranios y griegos del resto del Oriente. Ya no tendremos
cosmogonía, o, por lo menos, su cosmogonía contendrá
incoactivamente algo muy distinto. La sabiduría deja de
ser presagio para convertirse además en Sofía y en Veda.
Fijémonos ahora en lo que acontece
dentro de esta visión. Si atendemos a lo que dicen, el
sabio griego se halla muy próximo al indo-iranio. No hay
más que ‘una leve inflexión, que, en proximidades casi
infinitesimales al origen, es poco menos que
imperceptible. Una ligera oscilación, y se tendrá la
ruta que, a lo largo de la historia, llevará al hombre
europeo por nuevos derroteros.
Al igual que en los primeros sabios
griegos, hay, en algunos himnos védicos y en los
Brahmanas y en las Upanisads más antiguas, referencias
al universo en su conjunto, al todo de lo que hay y a lo
que no hay. El universo entero se halla asentado en el
Absoluto, en el Brahman. Pero al llegar a este punto, el
indio se dirige a ese universo, o para evadirse de él o
para sumergirse en su raíz divina, y hace de esta
evasión, o inmersión, la clave de su existencia. Es la
identidad del Atman y del Brahman. El hombre se siente
parte de un todo absoluto, y a él revierte. La sabiduría
del Veda tiene, ante todo, un carácter operativo. Es
verdad que algún día pretenderá pasar por etapas [171]
que pueden parecerse a un conocimiento casi
especulativo. Pero este conocimiento es siempre una
acción cognoscitiva, orientada hacia el Absoluto, es
una comunión con él. En lugar de la fisiología
jónica, tenemos la teosofía y la teurgia
brahmánicas.
Muy otra es la situación del sabio
griego. No es que no quiera desempeñar una función
rectora para el sentido de la vida. Todavía dice
Aristóteles que uno de los sentidos que el vocablo Sabio
posee en su tiempo es el de dirigir a los demás y no ser
dirigido por nadie (Met., 982, a17). Su función
rectora se asienta en un saber excelente que abarca todo
cuanto existe, especialmente lo más difícil e
inaccesible al común de los hombres (982, a8-12). Pero
este saber no es operativo, mejor dicho, no lo es en el
mismo sentido que para el indio. La sabiduría griega es
un puro saber. En lugar de lanzar al hombre a arrojarse
al universo o a evadirse de él, el saber griego repliega
al hombre, en cierto modo, ante la Naturaleza y ante sí
mismo. Y en esta maravillosa retracción, deja que
el universo y las cosas queden ante sus ojos,
naciendo éstas de aquél, tales como son.[5]
La operación de la mente griega es un hacer que consiste
en no hacer con el universo nada más que dejarlo, ante
nuestros ojos, tal como es. Entonces es cuando
propiamente nos aparece el Universo como Naturaleza. La
operación no tiene más término que la patencia. Por
esto, su atributo primario es la verdad. Si el sabio
griego dirige la vida, es con la pretensión de asentarla
en la verdad, de hacer al hombre vivir de la verdad.[6]
Es la leve inflexión por la que la Sabiduría, como
descubrimiento del universo, deja de ser una posesión
del Absoluto para convertirse simplemente en
posesión de la verdad de su Naturaleza. Por esta
minúscula decisión nació el intelecto europeo con toda
su fecundidad y comenzó a escudriñar en los abismos de
la Naturaleza; el Oriente, en cambio, se dirigió hacia
el Absoluto por una vía muerta en el orden de la
inteligencia. [172]
La sabiduría de los
grandes pre-socráticos intenta decirnos algo de la
Naturaleza, nada más que por la Naturaleza misma.
En la verdad del sabio griego, el descubrimiento de la
Naturaleza no tiene finalidad distinta del
descubrimiento mismo; por esto es una actitud teorética.
La sabiduría deja de ser primariamente religiosa para
convertirse en especulación teorética.
Pero
sería un profundo error pensar que esta especulación es,
en los primeros pensadores griegos, algo parecido a lo
que más tarde se llamó epistêmê, y que nosotros
propenderíamos a llamar ciencia. Esta sabiduría
teorética, más que una ciencia, es una visión
teorética del mundo. El hecho de que los escasos
fragmentos de pre-socráticos que poseemos nos hayan
llegado a través de pensadores casi todos posteriores a
Aristóteles, ha podido falsear nuestra imagen del saber
pre-socrático. En rigor, sí poseyéramos sus escritos
íntegros, probablemente se parecerían muy poco a lo que
entendemos por filosofía y por ciencia. Sus
contemporáneos mismos debieron sentir la acción y la
palabra del Sabio como un despertar a un mundo
nuevo por el asombro. Fue como un despertar a la luz del
día. Y, como refiere Platón en el "Mito de la Caverna",
el hombre que sale por primera vez de la oscuridad al
sol del mediodía siente de pronto el dolor de la
ofuscación y sus movimientos son un tanteo incierto,
dirigidos, más que por la luz nueva, por el recuerdo de
la oscuridad pretérita. En su visión y en su vida este
hombre ve y vive en la luz, pero interpretándola
desde la oscuridad. De ahí el carácter
marcadamente confuso y bidimensional de esta sabiduría
en estado de despertar. Por un lado, se mueve en un
nuevo mundo en el mundo de la verdad, pero lo interpreta
y entiende con recuerdos tomados del mundo antiguo, del
mito. Así, estos sabios tienen todavía ropaje y acentos
de reformador religioso y predicador oriental. Su
"descubrimiento" se presenta aún como una especie de
"revelación". Cuando Anaximandro nos dice que la
Naturaleza es "principio", la función que le asigna se
parece sobremanera a una dominación. La sabiduría misma
tiene todavía mucho de regla religiosa: los hombres que
se consagran a ella acabarán llevando un bíos
theôrêtikos, una existencia teorética, que recuerda
a la vida de las comunidades [173] religiosas, y
las escuelas filosóficas tienen aire de secta (la
vida pitagórica).
Este carácter aún confuso de la nueva
Sabiduría se patentiza con toda claridad en la doble
reacción que se produce en las mentes en orden a la idea
misma del Theós. El "principio" de Anaximandro se
prolonga en Ferécides por lo que tiene de "dominante":
es la teo-cosmogonía órfica. Pero recíprocamente, este
"principio", en lo que tiene de "raíz" o de
physis, comienza a convertirse él mismo en Theós:
es la obra de Xenófanes. En Ferécides el esfuerzo de los
jónicos vuelve a perderse en el mito. En Xenófanes, al
revés, la teogonía va convirtiéndose en una especie de
física jónica de los dioses, primer esbozo de la
teología.
Desde sus origenes tenemos, pues, los
tres ingredientes de que jamás se verá ya privada la
Sofía: una teoría (jónicos), una vida (pitagoreismo),
una nueva actitud teológico-religiosa (Xenófanes). Pero
estos tres elementos llevan todavía una existencia
nebulosa; no ha hecho sino apuntar la nueva visión del
mundo, y con ella el nuevo tipo de Sabio.
Hará falta un paso más para situar la
mente del Sabio en una postura diferente.
2.
La sabiduría como visión del ser.—En la primera
mitad del siglo y se entra, en efecto, en una etapa
decisiva. Es la obra de Parménides y de Heráclito.
Parménides y Heráclito representan,
desde luego, una profunda antinomia en su concepción del
universo: Parménides, la concepción quiescente;
Heráclito, la concepción movilista. Claro está que las
cosas no son tan simples ni tan sencillas cuando
empiezan a concretarse. Pero así y todo, es innegable
que la antinomia, aun reducida a sus justas
proporciones, subsiste. Sin embargo, me parece mucho más
importante que subrayar la antinomia insistir en la
dimensión común en que se mueve su pensamiento.
Para la sabiduría de los jónicos la
especulación acerca del universo condujo al
descubrimiento de la Naturaleza, principio de donde las
cosas emergen y, en cierto modo, sustancia en que están
hechas. Pues bien: para Parménides y Heráclito, [174]
"proceder de la Naturaleza" significa "tener ser",
y la sustancia de que las cosas están hechas es
equivalente a "lo que las cosas son". La
Naturaleza se convierte entonces en principio de que las
cosas "sean". Esta implicación entre Naturaleza y ser,
entre physis y eînai, es el
descubrimiento, casi sobrehumano, de Parménides y
Heráclito. En realidad, puede decirse que sólo con ellos
ha comenzado la filosofía.
Sin
embargo, es menester hacer unas cuantas observaciones
acerca de esta operación intelectual.
Sería
un completo anacronismo pretender que Parménides y
Heráclito hayan creado un concepto del ser, por
modesto que éste fuera. Ni tan siquiera es verdad que su
pensamiento se refiere a lo que hoy llamaríamos el ser
en general. Sería preciso bajar mucho más en la
pendiente de la filosofía griega, hasta Aristóteles,
para llegar a los linderos (nada más que linderos) del
problema que envuelve el concepto del ser.
Tampoco existe en aquellos pensadores una especulación
que, sin llegar a ser concepto, se moviera, por lo
menos, como diría Hegel, en el elemento del ser en
general. Para Parménides, su presunto "ser" es una
esfera maciza; para Heráclito, el fuego. Ello hubiera
debido bastar para que, desde luego, se centrara la
interpretación de sus fragmentos no sobre el ser ni
sobre el ente en general, sino sobre la Naturaleza,
sobre esa misma Naturaleza que nos descubrieron los
jónicos. El poema de Parménides lleva, en efecto, por
título: "Acerca de la Naturaleza", lo mismo que el de
Heráclito. Pero aun circunscrita así la cuestión,
conviene no olvidar tampoco que ni uno ni otro tratan de
darnos algo que se parezca a una teoría de la sustancia
de cada cosa particular, sino más bien de decimos algo
referente a la Naturaleza, es decir, a lo que hay de
consistente en el universo, independientemente de la
caducidad de las cosas con que vivimos. Cuando, frente a
esta Naturaleza, pasan ante sus ojos las cosas, no
solamente Parménides, sino también Heráclito, las
relegan, bien que por razones distintas, a un plano
secundario, siempre oscuro y problemático, en el que nos
aparecen como no siendo plenamente; por tanto, como
extrañas a la Naturaleza, aunque confusamente apoyados
en ella. Lo único que les interesa es, en [175] cambio,
esa misma Naturaleza, que, sustentando a todas las
cosas, no se identifica con ellas.
Ambos, Parménides y Heráclito,
consideran la física jónica como insuficiente, porque,
en última instancia, es una concepción que, pretendiendo
hablarnos de la Naturaleza, por tanto, de algo que es
principio y sustento de todas las cosas usuales, ter.
mina por adscribirse exclusivamente a una sola de ellas:
al agua, al aire, etc. Lo que "Acerca de la Naturaleza"
van a decir Parménides y Heráclito no es eso. Lo primero
que hacen es apartarse del "trato corriente" con las
cosas usuales, reemplazándolo por un "saber" que el
hombre obtiene cuando se concentra para penetrar en la
verdad íntima de las cosas. Este hombre, que así sabe,
es justamente el Sabio. Pues bien: lo que la Naturaleza
sea habrá de decírnoslo la sabiduría del Sabio, pero en
manera alguna las noticias corrientes de que dispone el
hombre vulgar en su vida usual. "Vía de la Verdad.", por
oposición a "opiniones de los hombres", llamaba a esto
Parménides, y Heráclito afirmaba, por su parte, que el
Sabio está separado de todo.
¿De qué dispone este Sabio? Ya lo
vimos anticipadamente, páginas atrás: de eso que el
griego llamó noûs (y que nosotros hemos llamado,
por de pronto, mente), y que, para matizar el nuevo
sesgo de la Sabiduría, habría que traducir por "mente
pensante". Pero este pensamiento no es un pensar lógico,
no es un razonamiento ni un juicio. Si se quiere emplear
la terminología escolar al uso, tendríamos que apelar
más bien a una "aprehensión" de la realidad. Sólo más
tarde los discípulos de Parménides y de Heráclito
traducirán. esta aprehensión en juicios. Ya veremos
por qué.
Esta mente pensante tiene presentes
ante sus ojos todas las cosas, y lo que en ellas
aprehende es algo radicalmente común a todo cuanto
hay.
¿Qué es esto común a todo? Lo propio
de la mente pensante no es ser una facultad de pensar,
que lo mismo puede acertar que errar, sino el poseer una
especie de tacto profundo y luminoso que nos hace ver
certera e infaliblemente las cosas. Por esto lo que nos
otorga son las cosas en su realidad. efectiva; [176]
dicho en términos escolásticos, su objeto formal sería
la realidad efectiva. Y esto es lo común a todo cuanto
hay.
Parménides y Heráclito consideran
ambos que las cosas, independientemente de que sean de
una u otra manera para los efectos de la vida usual,
tienen, ante todo, realidad: son. "Lo que
hay" se convierte idénticamente con "lo que es". La
Naturaleza consistirá, por tanto, por así decirlo, en
aquello en virtud de lo cual hay cosas. Es obvio
entonces que, como raíz de que las cosas "sean" se le
llame to eón, "lo que está siendo". Con razón
observa Reinhardt que el neutro representa aquí una
primera forma arcaica de lo abstracto. Las cosas
calientes tienen en sí "lo caliente". Las cosas que hay
tendrán, análogamente, sí se me permite la expresión, el
"está siendo". Y añado el "está" para subrayar la idea
de que "ser" significa algo activo, una especie de
efectividad. Al decir, por ejemplo, "esto es blanco",
queremos dar a entender que el "es" tiene, en cierto
modo, una acepción activa, según la cual el "blanco" no
es un simple atributo volcado sobre el sujeto, sino
resultado de una acción que emana de éste: la de
hacer blanca a la cosa, o hacer que la cosa "sea
blanca". El "es" no es una simple cópula, ni "ser" un
simple nombre verbal. Trátase estrictamente de un
verbo activo. Pudiera ponerse en su lugar
"acontecer", en el sentido de ser algo que tiene
realidad. Pues bien: la manera cómo conciben la
Naturaleza Parménides y Heráclito actualiza, aun sin
proponérselo, un sentido del ser como realidad.
No se paran a darnos un concepto de este "es"
físico. Pero su sentido queda plasmado en el término a
que esta vía conduce. Este sentido subyacente, pero
acusado en sus resultados, es lo que hay de filosofía en
la física de Parménides y de Heráclito; pero, repito,
sin que sea algo temáticamente pensado bajo la forma de
concepto.
La diferencia entre Parménides y
Heráclito surge cuando se precisa el sentido activo del
"es".
Para Parménides, las cosas del
universo "son" cuando tienen consistencia, cuando son
fijas, estables y sólidas. Realidad física
equivale a fijeza sólida, a solidez. Todo cuanto existe
es real en la medida en que se apoya en algo estable y
sólido. La Naturaleza es lo único (mónon) que
plenamente "es", es el único sólido verdaderamente tal,
esto es, plenario, sin lagunas ni [177] vacíos. El no
ser es vacío y distancia. La Naturaleza de Parménides es
una esfera compactas Sólo ella merece plenamente el
nombre de "ser"; no así las cosas maleables de nuestra
vida usual.
Para Heráclito, en cambio, ser
equivale a "haber llegado a ser".
El célebre devenir de Heráclito no es el
movilismo universal, tal como lo afirmará más tarde
Kratylos, sino un gígnesthai, un verbo cuya raíz
posee el doble sentido de generación y acontecimiento,
de un "estar produciéndose". Pero, en este caso, también
"está destruyéndose". Y en ambas dimensiones, las cosas
"están"; si se quiere, "se sostienen". La sustancia
establece de donde todo emerge, la Naturaleza, es fuego.
El fuego es un principio que no produce unas cosas, sino
nutriéndose del ser de otras, destruyéndolas. Es un
principio superior, en cierto modo, al ser y al no ser,
puesto que de él arrancan ambos. Es a un tiempo y en un
solo acto, fuerza de ser y de no ser: el fuego no
subsiste más que consumiendo unas cosas (principio de no
ser), precisamente para que por ese mismo acto
cobren su ser otras (principio de ser). No es la unidad
dialéctica del ser y del no ser, sino la unidad cósmica
de la generación y destrucción en una única fuerza
natural. Cada cosa procede así de su contraria. Y a esta
interna "estructura" es a lo que Heráclito llamó
harmonía.
Pero, prescindiendo del contenido
antitético de ambas concepciones, hay algo en cierto
modo común a ellas, y más importante que su propia
diferencia. Entendiendo el ser como un "estar", la
fuerza que hace que "estén ahí" las cosas es o bien una
pura fuerza de ser (Parménides), o bien una fuerza de
ser y de no ser (Heráclito). Empleando, pues, una
denominación a priori, podríamos decir que la
Naturaleza es algo así como una estable "fuerza
de ser". Todavía en Platón se hablará del ser como
dynarnis, fuerza o capacidad.
Y esta "fuerza de ser" se le muestra
al hombre en un especial "sentido del ser", que es, por
esto, un principio de verdad. Para Parménides y
Heráclito, este sentido, llámesele mente pensante o
logos, o la interna articulación de ambos, es, ante
todo, un principio cósmico. En Parménides la cosa es
clara. Y no lo es menos para el logos de Heráclito. El
logos es, en el hombre, [178] algo que dice una
cosa con muchas palabras, y las muchas palabras
sólo se convierten en logos por algo que hace de ellas
un uno. Tomada la cosa desde lo que el logos
dice, desde lo dicho, esto significa que cada una de las
cosas expresadas por las palabras sólo es real cuando
hay algún vínculo que la sumerge en ese todo unitario,
cuando es una emergencia de él. Y este vínculo es el
"es", que refiere cada cosa a su contraria. Por eso
concibe Heráclito el logos como la fuerza de unidad de
la Naturaleza, cuya estructura de contrariedad está
sometida a plan y medida.
El hombre tiene una parte en este
logos y en esta mente: se le revelan como una especie de
voz interior o de guión interno, que refleja y expresa
desde el fondo de nosotros mismos lo que las cosas son,
aquello a que hemos de atenernos cuando queremos hablar
de veras de ellas. Nuestra mente y nuestro logos son,
por esto, principio de Sabiduría. Por diferente que sea
la concepción del Sabio a que hayan llegado Parménides y
Heráclito, coinciden esencialmente en que, a partir de
este instante, la Sabiduría queda adscrita a la visión
de lo que las cosas son.. El Sabio va dirigido al
descubrimiento del ser. Sólo puede saberse lo que es. Lo
que no es no puede ser sabido.
Para entender bien lo que esta
concepción significa, recordemos una vez más que el
primitivo fisiólogo empleaba la idea de physis y
phyein, naturaleza y nacimiento, en su acepción más
concreta y activa. En ella van envueltas dos
dimensiones. Por un lado, el que las cosas "nazcan de" o
"mueran en". Por otro, el término de este proceso es que
las cosas lleguen a ser o dejen de ser.
Pensemos que de la misma raíz de donde deriva el vocablo
"génesis" procede la forma verbal que expresa el
acontecer. Los jónicos emplearon el verbo gignomai,
engendrar o acontecer, en una forma que no va
adscrita disyuntivamente a ninguno de ambos sentidos, y
que, por lo mismo, significa todavía ambos a la vez,
mientras se mantengan unidos en su raíz común; pero esta
raíz común, que es lo único en que los jónicos pensaron
plenamente, apunta a elegir entre una de estas dos
posibilidades.
Pues bien: considerada la Naturaleza
en su primera dimensión, llegamos a la visión de un todo
de donde nacen las cosas y [179] de donde se nutren
sustancialmente. Cada cosa es, así, un "engendro" de
este todo. Este es el cauce por donde han discurrido
también los Vedas y las Upanisads más antiguas,
partiendo éstas del todo, como Brahman.
Pero el pensamiento griego ha seguido
más bien la segunda dimensión posible del nacer, del
gignomai. La Naturaleza aparece entonces más bien
como una "fuerza de ser". Lo dinámico de la fuerza queda
conservado, pero se vuelca totalmente en "ser".
La primitiva literatura filosófica
india no se apoya en el verbo as-, ser, sino en
el verbo bhu-, equivalente al phyein
griego, con el sentido de nacer y engendrar. Toda la
exuberante riqueza de matices intelectuales de las cosas
se expresa por las innumerables formas y derivados a que
da lugar el segundo verbo. Las cosas son bhuta-,
engendros; el ente es bhu-, el nacido, etc. El
verbo as- no tiene, en cambio, más misión que la
de una simple cópula sin consecuencias. Tan sin
consecuencias, que el pensamiento indio jamás llegó a la
idea de esencia. No es que el Vedanta carezca en
absoluto de algo equivalente a nuestra noción de
esencia. Pero no es sino una remota equivalencia. Para
los griegos la esencia es una característica puramente
lógica y ontológica: es lo que corresponde en las
cosas a su definición y lo que les da su naturaleza
propia. En cambio, el indio supedita siempre estas
nociones a otras más elementales y de distinto carácter.
Para él, la esencia es ante todo el extracto más
puro de la actividad de las cosas; en el mismo sentido
en que empleamos todavía hoy el vocablo cuando hablamos
de una esencia en perfumería. Hasta tal punto, que una
de las más primitivas denominaciones de lo que nosotros
llamamos esencia, es rasa-, que propiamente
significa savia, jugo, principio generador y vital. Esta
diferencia trasciende hasta la idea misma del ser.
Mientras para Parménides, y aun para todos los griegos
en general (dicho en términos un poco esquemáticos), la
característica del ser es estar, persistir y, por tanto,
ser inmutable, no cambiar (akineton), para el
Vedanta el ser (sat-) es más bien lo que se posee
a sí mismo en perfecta calma, en paz inalterable (shanti-).
Esta contraposición entre la quietud eleática
y la calma o paz vedántíca no puede [180]
olvídarse a beneficio de analogías externas, y evitará
el confundir precipitadamente ón y sat-.
El pensamiento indio es la realidad de lo que
hubiera sido Grecia, y, por tanto, Europa entera, sin
Parménides ni Heráclito: en términos aristotélicos, una
especulación sobre las cosas por entero, sin llegar
jamás a hacer intervenir el "son"; algo que, muy
remotamente nada más, recuerda la gnosis.
Ha bastado esta ligera variación en
el objeto del pensamiento para dar lugar a Parménides y
Heráclito.
Interpretando el Brahman como alma
universal (identidad del atman y del brahman) el indio
llegó a una especie de ontogonía. Tomando la
Naturaleza como una fuerza de ser, llegaremos a una
ontología.
Pero antes hay que dar un paso más.
Será la obra de las generaciones inmediatamente
posteriores a las Guerras Médicas. Mas, desde ahora, la
Sabiduría ya no será una simple visión de la Naturaleza,
sino una visión de lo que las cosas son, del principio y
sustancia que las hace ser, de su ser.
3.
La Sabiduría como ciencia racional de las cosas—Las
generaciones posteriores a las Guerras Médicas
recogerán, en efecto, el fruto de esta gigantesca
conquista.
La nueva vida creada en Grecia
enriquece enormemente lo que había sido el mundo usual
de los griegos hasta entonces. Ante todo, conviene
citar, para nuestros efectos, el desarrollo paulatino de
un cierto número de saberes en apariencia modestos, cuya
importancia creciente va a ser un factor decisivo de la
vida intelectual helénica. A estos saberes especiales se
les llamó tékhnai; nosotros lo traduciríamos por
técnicas. Pero los griegos entendían el vocablo
en un sentido completamente distinto. Para nosotros,
técnica es un hacer. Para el griego es un saber
hacer. El concepto de tékhne pertenece al orden
del saber, hasta el punto de que, a veces, Aristóteles
aplica ese nombre a la Sabiduría misma. Estos saberes se
refieren principalmente al saber curar, saber contar,
saber medir, saber construir, saber dirigir batallas,
etc. De tiempo atrás venía ya haciéndose esto; pero
ahora estos saberes van a comenzar a ir tomando cuerpo.
Y se encuentran los hombres de esta época, junto a las
piezas [181] de Sabiduría antigua y ejemplar, con estos
saberes, aplicados no como aquélla, a la mole ingente y
divina de la Naturaleza, sino a esos objetos urgentes
para la vida, y que la Sofía descalificó arrojándolos
fuera del orbe del ser.
La modificación profunda que la Sofía
primitiva ha padecido por la obra de los jónicos invade
en cierto modo la conciencia pública. La creación de la
tragedia clásica pone de relieve esta nueva situación.
Sean cualesquiera sus orígenes, y al margen de las
varias interpretaciones a que sus elementos puedan dar
lugar, no hay la menor duda de que en Esquilo y en
Sófocles la tragedia constituye, entre otras cosas, un
medio de transmitir al público la Sabiduría acerca de
los dioses y de los hombres. Pero una transmisión cuyo
carácter peculiar pone, una vez más, al descubierto
diferencias que afectan a la estructura misma de la
Sofía. Mientras los nuevos sabios intentan un tipo de
sabiduría que se refiere a la Naturaleza, la tragedia se
refiere más bien al primitivo fondo religioso de la
Sabiduría. Y los dos tipos comienzan a denunciar sus
divergencias, en el procedimiento mismo de que se sirven
para transmitir su contenido. Los nuevos sabios se
apoyan en el ejercicio de la mente; los trágicos,
en la impresión, en el páthos. Puede decirse que
mientras la obra de los filósofos fue la forma noética
de la Sabiduría, la tragedia representa la forma
patética de la Sofia. Más tarde la sabiduría noética
invadirá de tal modo el alma de los atenienses, que su
fondo religioso quedará, aun en la tragedia misma,
relegado a una simple supervivencia poco operante: fue
la obra de Eurípides.
Pero hay más. No solamente se
contrapone la nueva Sabiduría a la Sabiduría religiosa,
sino que dentro de aquélla, dentro de la Sabiduría
noética, las tékhnai, las técnicas, los saberes
de que el hombre es descubridor y ejecutor en la vida
usual, van a crear una nueva situación a la filosofía.
El volumen que han logrado hace difícil mantener esta
situación.
Se siente vivo el choque entre el
noûs y la tékne, la técnica. Hasta
ahora los dioses habían entregado al hombre todo menos
el noûs, órgano que descubre el destino y la
suerte de los eventos. Ahora el noûs no
pretenderá ciertamente suplantar a los dioses en este
cometido, pero atm dentro de un área más [182] limitada
y circunscrita, todo hombre ateniense, y no sólo el
Sabio, se siente dotado de esa facultad divina, siquiera
sea para la creación de estos modestos saberes
cotidianos que son los saberes técnicos. Los griegos
sintieron súbitamente, sin embargo, una especie de
endiosamiento: un dominio hasta ahora privativo de los
dioses pasa a manos de los hombres. La cosa fue más
compleja de lo que a primera vista pudiera parecer.
Compárese en este respecto el Prometeo encadenado
de Esquilo con la Antígona de Sófocles, y se verá
la nueva ruta que estos saberes técnicos van a obligar a
emprender al pensamiento ateniense. En Esquilo las
técnicas se presentan como un rapto a los dioses, y, por
tanto, algo que en última instancia viene de ellos. Pero
en la generación siguiente, en Sófocles, los saberes
técnicos son una creación de los hombres, una invención
para la que están capacitados por su propia naturaleza.
Y esto obligó a cambiar el panorama de la Sabiduría
misma. No sólo hay una escisión entre la Sofía religiosa
y la Sofía noética, sino que, además, esta última va a
discurrir por cauces nuevos. Junto a las creaciones de
los grandes Sophoí, tenemos la Sabiduría que
consiste en descubrir y usar de la physis de las
cosas.
Quizá en ningún punto es más visible
el contraste que en la tékhne iatrike, en la
medicina, la primera, por su volumen y desarrollo de las
técnicas de nueva creación. No es que la Sabiduría
tradicional no ocupe un lugar central en el Corpus
Hippocraticum. Todo lo contrario. El tratado
pseudohipocrático Acerca del número siete es
precisamente el exponente de esta interpretación cósmica
de la naturaleza humana. Se establece un riguroso
paralelismo entre la estructura del cosmos y la del
cuerpo humano. Por vez primera aparece la idea y el
vocablo microcosmos aplicado al hombre, por lo
menos en forma precisa y no puramente metafórica.
Macrocosmos y microcosmos poseen isonomía, y de
aquí la idea de simpatía que constituirá una base
inconmovible de la medicina y hasta de toda la Sabiduría
griega, sobre todo en la época del helenismo. Digamos de
paso que el problema histórico que plantea este pequeño
tratado es de insospechada envergadura. Hay un
paralelismo, muchas veces literal, con textos iranios en
que se conservan trozos del perdido Damdat-Nask.
Un examen filológico minucioso prueba la [183]
anterioridad del texto iranio respecto del griego.[7]
La idea griega de isonomía se debe, pues, al influjo del
Irán sobre Grecia, probablemente a través de Mileto. Es
el único hecho y documento fehaciente en el célebre
problema de las relaciones entre Grecia y Asia.
Junto a esta concepción básica, y
fundados en buena parte en ella, algunos escritores
hipocráticos revelan la nueva idea del mecanismo de la
salud y de la enfermedad. Así, en el tratado Acerca
del morbo sacro, la epilepsia. Aquí es donde aparece
con todo su empuje el nuevo problema que se plantea a
los pensadores griegos, y su distanciamiento cada vez
mayor de otros pueblos, como la India. Para Hipócrates
la epilepsia no es una enfermedad más ni menos divina
que las demás. Esto no nos interesa para nuestro
problema. Lo decisivo es la actitud general que con este
motivo toma Hipócrates ante la enfermedad. Hipócrates no
duda de que la Naturaleza sea obra de los dioses, pero
estima que tratar de obtener efectos naturales
ofreciendo sacrificios a aquéllos no es devoción sino
impiedad, porque equivale a pretender que los dioses
anulen su gran obra, la Naturaleza. Sólo el estudio de
la Naturaleza capacita al hombre para la creación de su
técnica médica. Recordemos ahora qué distinta va a ser
la ruta que casi al mismo tiempo que Hipócrates van a
emprender los Brahmanes indios. No sólo el sacrificio
continúa ocupando un lugar central en su concepción del
mundo, sino que su fuerza va a ser decisiva. El
sacrificio es algo a que se hallan sometidos hasta los
propios dioses. De aquí la sustantivación y divinización
de la fuerza inherente al sacrificio, hasta convertirla
en divinidad radical y última estructura del universo.
El cosmos entero no es sino un ingente sacrificio, y los
sacrificios que los hombres ofrecen a sus dioses son
compendio y comunión, a un tiempo, con la física
cósmica. Mientras la India llegará a su metafísica por
las vías cada vez más ricas y complicadas del saber
operativo, Grecia dedicará su saber puramente teorético
a la interna estructura de las cosas, [184] primero de
la Naturaleza y después las cosas usuales de la vida, a
las que se consagrará con ardor el noûs técnico.
Este mundo usual, tan rico y fecundo,
no puede quedar fuera de la filosofía. "Las cosas", en
su sentido primario, no son solamente la Naturaleza, los
seres naturales (physei ónta); cosas son
también esas de que el hombre se ocupa en la vida y de
que se sirve para satisfacer sus necesidades o para
solazarse. En este sentido, el griego las llamó
prágmata y khrérnata. Y son estas cosas las que
plantean a la filosofía un agudo problema.
Pero en la misma obra de Parménides y
Heráclito hay algo que va a permitir salvar la nueva
realidad. La Sabiduría, recordémoslo, es un saber acerca
de las cosas que son. El órgano con que llegamos
a ellas, la mente pensante, consiste, a su vez, en
hacernos ver que las cosas son, efectivamente, de
una u otra manera. Vencidas las dificultades primeras
con que tropieza la filosofía de Éfeso y de Elea, queda
flotando en el ambiente, como resultado de esta
especulación, el "es", el "ser".
Ya hice observar que, para Parménides
y Heráclito, este vocablo poseía aún un sentido activo
oriundo del phyein y del gignomai, nacer.
Sin embargo, ahora, gracias a la obra de aquellos dos
titanes del pensamiento, el "es" adquiere una
sustantividad propia, se independiza del "nacer" y cobra
un uso y un sentido cada vez más alejado de este último
verbo. El proceso intelectual en que esto acontece
caracteriza la labor de estas tres generaciones a partir
de Empódocles. Proceso que transcurrirá en dos sentidos
perfectamente convergentes.
Por un lado, tanto Parménides como
Heráclito, al especular sobre la Naturaleza de los
jónicos, la entendieron, según vimos, como "lo que está
siendo", lo que es la fuerza misma del ser. Dejemos de
lado, por el momento, el aspecto negativo de la
cuestión, es decir, ese mundo descalificado por el Sabio
como algo que, en última instancia, no "es" plenamente.
Si nos fijamos en el aspecto positivo, sobre todo en lo
que Parménides nos dice "acerca de lo que es", nos
encontraremos con que este "es", que aún tiene en el
filósofo de Elea un sentido activo, va a atraer la
atención de sus sucesores en forma tal, que perderá su
sentido activo para significar tan sólo el conjunto de
caracteres constitutivos de "lo que" es: algo sólido,
compacto, continuo, [185] uno, entero, etc. El "es" se
refiere entonces tan sólo al resultado y no a la fuerza
activa que conduce a él. Así, "des-naturalizado", es
decir, con entera independencia de la Naturaleza y del
nacer, el "es" conduce a la idea de cosa. Es
sabido que ya en indoeuropeo, el proceso primario que
condujo a la formación de los nombres abstractos no fue
una "abstracción" de propiedades, sino antes bien la
sustantivación de ciertas acciones de la naturaleza o
del cuerpo y de la psique humanos: el "viento" es
primitivamente el acto sustantivado de "estar venteando"
(permítasenos no entrar en mayores precisiones). Y al
sustantivarse, el mundo mismo queda, en cierto modo,
escindido entre "cosas", de un lado, y de otro,
"sucesos" que acaecen a las cosas, o acciones que ellas
ejecutan. Con lo cual las cosas pierden, incluso
semánticamente, el sentido activo de la acción que
empezaron por sustantivar y del nombre que sirvió para
designarías: el viento es entonces una cosa.[8]
Pues bien: ya creo que, desde un punto de vista
meramente semántico, este proceso culmina en la idea
misma del ser que introducen Parménides y Heráclito. Las
cosas nacen y mueren; entretanto "están siendo". La
sustantivación de este acto es la primera vaga intuición
de la idea del ser: tó eón es el "estar
siendo" de un impersonal. Pero esta acción al
sustantivarse produce una grave escisión. De un lado, el
"estar siendo" se convierte en "lo que es", el ente; de
otro, hay la vicisitud ontológica de "llegar a perdurar
en, o dejar de" ser de eso que es. El ser pierde
su carácter activo: es la idea de cosa; y los procesos
físicos son simples vicisitudes adventicias de las
cosas.
Pero entonces ya no se percibe el
menor inconveniente en que haya muchas cosas. Las cosas
usuales de la vida dejarán de lado su carácter usual
para convertirse en "cosas" a secas, las khrémata
serán inmediatamente tà ónta, entes. Con
lo cual el mundo en que todos vivimos, y que quedó
inicialmente descalificado, vuelve a entrar, en la
filosofía, en una nueva forma: la de las "muchas cosas".
La idea de cosa ha nacido, pues (y esto es lo esencial
en que me interesa insistir), en el momento [186] en que
el "es" ha dejado completamente a espaldas la dimensión
activa procedente del "nacer", para adscribirse
exclusivamente a una de las varias posibilidades
incoactivamente implicadas en dicho verbo: la que se
refiere a la condición del objeto "nacido" o
"engendrado".
Pero, por otro lado, hay algo más. El
saber, veíamos, era, para Parménides y Heráclito,
solamente saber lo que es. Esto significó que, así como
la naturaleza es "lo que está siendo", así también la
mens es un "sentido del ser" que se afirma por sí
mismo en la realidad. El "es" fue así, en cierto modo,
la sustancia misma de la mente y del logos. Pues bien:
al independizarse el "es" del "nacer", se independiza
también de esta realidad humana. Así, "des-animado" y
"des-mentado", adquiere un rango autónomo: el "es" como
cópula. Hasta ahora no había desempeñado función ninguna
en filosofía. Pero ahora va a entrar en ella por la
puerta que le abrieron Parménides y Heráclito. El
pensar, además de ser impresión y visión, será
afirmación o negación. El soporte del "es" será entonces
preferentemente el logos: el logos de la vida usual, el
que dice lo que en ella piensa el hombre y que sirvió
para definirlo, entrará a su vez en la filosofía como
"afirmación y negación".
Y los dos desarrollos que adquiere el
"es", al perder el sentido activo que poseía por su
primitivo arraigo en el "nacer" y en la mente pensante,
convergen de modo singular. El "es" de la cópula se
entenderá, ante todo, como el "es" de las cosas y
recíprocamente. Con lo cual se produce una situación
completamente nueva: la afirmación o negación sobre las
cosas.
Evidentemente, apresurémonos a
decirlo, en este momento no se especula ni sobre la idea
de cosa ni sobre las afirmaciones acerca de las cosas.
Pero la especulación recae sobre "cosas" y va orientada
a ellas, en tanto que expresadas en una afirmación o
negación. Este es el producto genial del nuevo espíritu.
Para concretar: tomemos, ante todo,
la cuestión por el lado de las cosas. Se mantiene, desde
luego —por lo menos en principio— con Empédocles y
Anaxágoras la idea de Naturaleza concebida como raíz de
aquéllas. Sólo la Naturaleza merecerá, pues, propiamente
el título de "ser" con verdad y plenitud. A su lado, es
verdad que ninguna de las cosas de este mundo usual
[187] es, en última instancia, "cosa" en su sentido
plenario; y, precisamente por no serlo, su nacimiento y
su muerte no podrán interpretarse como una verdadera
generación, sino como simple composición y
descomposición, lo cual implica, en cambio, la
existencia de muchas otras verdaderas cosas. La
Naturaleza contiene "muchas cosas", esta vez en sentido
estricto, de cuya combinación resultan las cosas
usuales. Cada una de aquéllas será una verdadera cosa en
el sentido de Parménides. Al aplicar, pues, la idea de
cosa al mundo usual, el griego se ve inexorablemente
compelido a continuar descalificándolo, pero esta vez
disolviéndolo en una multiplicidad de verdaderas cosas,
cuyo conjunto apretado constituye la Naturaleza.
Empédocles llamará a estas "cosas verdaderas" las
"raíces de todo", que supuso eran cuatro. Anaxágoras las
llamó "semillas", y creyó que eran infinitas, pero sin
separación; de suerte que en todo trozo de la realidad,
por pequeño que sea, hay algo de todo. Una generación
más tarde, Demócrito seguirá considerándolas como
infinitas en número, pero separándolas para ello por el
vacío, cuya realidad se proclama entonces por primera
vez: es la idea del átomo. La generación siguiente, con
Arquitas, recurrirá más bien a una especie de puntos de
fuerza inextensos, pero extensibles. Platón llamará
genéricamente a todas estas últimas cosas "elementos"
(stoikheîa). Entender las cosas será conocer cómo se
hallan compuestas de estos elementos. Empédocles y
Anaxágoras hablarán entonces de las cosas usuales como
predominios de unas raíces o semillas sobre otras;
Demócrito, de combinaciones de átomos; Arquitas, de
configuraciones geométricas. En todo caso, las cosas
usuales estarán caracterizadas por lo que, desde
Demócrito, se llamó esquema o figura (skhéma, eîdos).
El órgano que lleva a cabo esta
interpretación del universo es el logos, que afirma o
niega una cosa de otra. Por lo pronto, se entenderá que
cada uno de los términos de la afirmación es, a su vez,
una "cosa", ser y no ser será estar unido y separado.
Afirmar o negar no será más que unir o separar con el
logos. Así dirá, por ejemplo, Empédocles que las aves
son, sobre todo, fuego. La "cosa-fuego" es, por un lado,
el ser del ave; pero, por otro lado, nos da a
entender lo que el ave es. El logos, que [188]
significó primeramente decir o entender, ha pasado a
significar entonces lo entendido; y por esto el fuego
es, a la vez que ser del ave, razón suya. A esta razón
el griego continuó llamándola logos. Un logos que es
de la cosa, antes que del individuo que la expresa.
Es, como diría un griego, el logos del ón, del
ente; por tanto, algo que pertenece a la estructura de
éste. Ha nacido el mundo del logos. La idea de las
muchas cosas lleva a la idea del ser como razón,
a la idea de la racionalidad de las cosas. Una idea
preparada ya por la "medida" de Heráclito, pero que solo
ahora adquiere pleno desarrollo.
Porque a partir de este nuevo
estadio, el lugar natural de la realidad verdadera será
la razón. Y comenzará a funcionar por vez primera esa
maravillosa combinación de razones, de lógoi que
llamamos raciocinio. Esta fue la obra, sobre todo, de
Zenón; en manera alguna, como suele decirse, de
Parménides. Claro está que en forma rudimentaria. Para
esta primera forma arcaica de la lógica, afirmar o negar
será unir o separar cosas. De ella surgieron las
célebres aporías de Zenón. Cualquiera que sea su último
sentido, de aquí ha de partir toda interpretación suya.
Reconocemos ya, en esta lógica, el gigantesco brinco que
habrá de dar más tarde Aristóteles para descubrir, junto
a las cosas, sus "afecciones o accidentes", con lo cual
cambiará de alto en bajo el cuadro del logos y creará el
edificio de la lógica clásica.
En las generaciones siguientes, la de
Demócrito y la de Arquitas, este instrumento dará los
primeros productos espléndidos del espíritu ateniense:
la matemática, la teoría de la música, la astronomía; y
comenzará a codificarse también la teoría de los
temperamentos. Sólo un par de veces cruzará por el mundo
del logos un sintomático estremecimiento. Allá cuando
Platón pregunte si los elementos de la razón son, a su
vez, racionales, o cuando Theetetos descubra
racionalmente, en la raíz cuadrada de dos, la realidad
de lo irracional. Poco importa.
En estas tres generaciones, que se
han sucedido apretadamente, se ha operado una enorme
creación mental. Las cosas han cobrado estructura
racional: ser es razón. La mente se ha convertido
en entendimiento y volcado en el logos: el "es" ya no es
objeto de visión, sino de intelección y de dicción.
La [189] Sabiduría ha dejado de ser una
visión del ser para convertirse en ciencia: el Sabio irá
apartando progresivamente su mirada de la Naturaleza
para fijarse en cada cosa; la Naturaleza, con
mayúscula, cederá el paso a la naturaleza con minúscula.
Cada cosa tiene su naturaleza. Descubrirla racionalmente
es la misión del Sabio; el sabio será, desde ahora, el
científico. Aristóteles nos refiere, efectivamente, que
se llama también sabio al que tiene una ciencia estricta
y rigurosa de las cosas (Met., 982, a13).
Es la obra de ese minúsculo factor
que se ha deslizado en la mente europea para atenazaría
sin descanso: el "es".
4. La Sabiduría corno retórica y
cultura.—A raíz de las Guerras Médicas, no sólo se
desarrollan los nuevos saberes que dieron origen a la
constitución de la ciencia. También, y principalmente,
cambia la posición del ciudadano en la vida pública, y
con ella nace una nueva tékhne, un nuevo saber
técnico: la política. El logos del hombre no es
sólo facultad de entender las cosas: es también, según
indicamos, lo que hace posible la convivencia. Se
convive, en efecto, cuando hay asuntos comunes. Y ningún
asunto se hace común sin dar una cierta publicidad al
pensamiento de cada cual. Vimos en el párrafo anterior
cómo entró en la filosofía cada cosa con el logos
que la enuncia. Pues bien: va a entrar también en ella
el logos de cada uno de los ciudadanos. Y por esta
segunda dimensión del logos la filosofía irá a parar a
regiones insospechadas. Tal va a ser —en parte, por lo
menos— la obra de la Sofística, con Protágoras a
la cabeza. No es que la sofística sea exclusiva, ni tan
siquiera primariamente filosofía; pero indiscutiblemente
envuelve una filosofía explícita unas veces, implícita
otras.
Desde luego, en lo que tiene de
filosofía, la sofística, por paradójico que ello pudiera
parecer, es posible gracias a Parménides y Heráclito.
Recordemos una vez más cómo el "es" se independizó de su
sentido activo, tanto en las cosas como en el pensar.
Consideremos ahora este pensar, no en cuanto enuncia
cosas, sino de su función pública, en el hablar. ¿De qué
se habla? De cosas. Pero las cosas que constituyen la
vida pública son los "asuntos". La ciencia interpretó
inmediatamente, según vimos, estas prágmatas y
kherêmata como ónta; instrumentos, [190]
utensilios y medios de vida fueron, ante todo, "cosas".
Ahora, en cambio, eso que la ciencia llamó "cosas" pasa
a segundo plano: lo primario son las cosas en el sentido
de que nos ocupamos y nos servimos de ellas. Y, en este
sentido más amplio, son cosas muchas que no lo son como
entes: por ejemplo, los asuntos, la ciencia misma. De
las cosas, así entendidas, es de lo que los hombres
hablan entre sí. En la vida ciudadana tendrán una
función central las horas de la skhole, del ocio
o reposo de los "negocios"; y allí, en el ágora,
en la plaza pública, el ciudadano, "liberado" de sus
negocios, se dedica a "tratar" de sus asuntos
concernientes a cosas. Es la vida pública o política.
Pues bien: el "es" de la conversación
va a ser el "es" de las cosas tales como aparecen en la
vida usual. El logos de la conversación no es una simple
enunciación, sino que expresa una aseveración frente a
la de los demás interlocutores. El "es" refleja entonces
lo que hace posible la conversación, aquello a que toda
aseveración tiende y ante quien toda aseveración va a
inclinarse. Cuando el "es" adquirió rango propio en la
intelección se tuvo la afirmación o negación de cosas.
Cuando el "es" se introduce temáticamente en el diálogo,
significa más bien "que es", esto es, la verdad. Cada
aseveración pretende ser verdadera, pretende nutrirse
del "es" y apoyarse en él. El "es" es lo común a todos,
el "con" de la convivencia. Gracias a él, la simple
elocución se torna en diálogo. Es menester no olvidar
esta conexión para interpretar el sentido de lo que va a
acontecer: la lógica, como teoría de la verdad, nació
esencialmente del diálogo. Razonar fue, ante todo,
discutir.
El "es", como verdad, afecta
primariamente al decir y al pensar mismos. Junto a las
obras de sus contemporáneos Empédocles y Anaxágoras
intituladas "Acerca de la Naturaleza", una de las obras
de Protágoras se llamará "Acerca de la Verdad". Claro
está que ya Parménides había hablado de la vía de la
verdad. Pero allí la verdad era el nombre del camino que
conduce a las cosas; aquí ha pasado a significar el
nombre de las cosas en cuanto averiguadas por el hombre.
Y esto lleva al problema del "es" por nuevos derroteros.
Porque mientras el hombre no hace más que contemplar las
cosas y enunciarías, [191] no tiene ante sus ojos sino
las cosas. Pero en cuanto dialoga, eso que las cosas son
transparece a través de lo que otro dice. Lo que
inmediatamente tengo entonces ante mis ojos no son las
cosas, sino los pensamientos del otro. Los problemas del
ser se convierten automáticamente en problemas del
decir. La razón de las cosas deja el paso a mis razones
personales. Hasta el punto de que la primera intuición
de que algo es verdad proviene de algo en que todos
están de acuerdo.
Si todos dijeran lo mismo, no habría
cuestión. Pero lo grave es que hay cuestiones
precisamente cuando los hombres, al querer vivir de las
cosas mismas, se encuentran en mutua discordia. La
conversación servirá, en principio, para ponerlos de
acuerdo. He ahí el hecho fundamental de que partiera
Protágoras. El "es" sólo hace posible la convivencia
salvando lo que dice cada cual. De aquí derivan dos
consecuencias.
Primeramente, la discordia pone de
manifiesto que el "es", como principio del diálogo y
fundamento de la convivencia, significa la "manera de
ver las cosas". Ser significa "parecer". A cada cual
—este es el sentido del diálogo— le parecen las cosas de
una cierta manera. Pero no se trata de un subjetivismo.
Se trata precisamente de todo lo contrario: de que no
puede hablarse de lo que las cosas sean o no, sino en la
medida en que los hombres se refieren a ellas. Esta
referencia es esencial a las cosas usuales de la vida y
lo que las constituyen en tales. Lo que en ella acontece
es simplemente que las cosas "aparecen" ante el hombre.
El ser de las cosas usuales de la vida significa para
estos hombres "aparecer". Algo que no apareciera ante
nada ni ante nadie no sería una cosa de la vida. El
criterio del ser y del no ser de las cosas como
khrémata, como cosas usuales, es el aparecer ante
los hombres. Esta es la célebre frase de Protágoras. En
ella se enuncia algo trivial e inobjetable: la vida del
hombre es la piedra de toque del ser de las cosas con
que en la vida tratamos.
Este "es" de las cosas así entendidas
va a tropezar inmediatamente con el ser de las cosas en
el otro sentido, como existentes en la Naturaleza.
Entonces, Protágoras va a intentar hacer de Sabio a la
antigua. Va a querer fundamentar "científicamente" las
cosas de la vida. Tomadas como cosas existentes en [192]
la Naturaleza, la afirmación de Protágoras lleva a hacer
del "es" una relación, un prós ti, como decía
Sexto Empírico al exponer la doctrina del sofista de
Abdera. La realidad "física" de las cosas no es más que
relación. Nada es algo en sí mismo; lo es tan sólo por
su relación con otro. Y en este sistema de relaciones
hay, para los hombres, una que es decisiva: la del
"aparecer". Las cosas "aparecen" ante el hombre; al
hombre le "parecen" ser de cierta manera. El ser como
relación se hace patente en el saber como opinión,
como dóxa. No es un subjetivismo ni un
relativismo, sino un relacionismo.
Pero hay otra consecuencia tan grave
como la primera. No se trata de tomar las opiniones como
enunciados verbales, sino como afirmaciones que
pretenden ser verdad, que emergen, por tanto, del ser de
las cosas. Salta a la vista entonces que, sí hay
opiniones diversas, es porque hay una diversidad en cada
cosa. Más concretamente: a toda opinión cabe siempre el
principio, contraponer otra diametralmente opuesta, que
se nutrirá de razones sacadas también de las cosas,
puesto que son ellas las que aparecerán opuestamente a
mi vecino. El légein, el decir del animal
político, está sometido al antilégein, al
contra-decir. Y como ambos decires arrancan de la cosa
misma, habrá que convenir en que la relación que
constituye su ser es, en sí misma, antilógica. De ahí la
inexorable necesidad de discutir. La discusión es
esencialmente antinómica, porque el ser es
constitutivamente antilógico. Esta es la filosofía de
Protágoras. Nos encontramos a mil leguas de la
racionalidad del ser que descubre la ciencia de sus
contemporáneos. Todo es discutible; porque nada tiene
consistencia firme, el ser es inconsistente. La
inconsistencia del ser frente a su consistencia. Y, por
extraña paradoja, este modo de existir en la pólis,
en la ciudad, va a querer encontrar apoyos
científicos. La influencia de la Medicina ha sido, en
este punto, decisiva. Puede afirmarse, casi sin miedo a
errar, que mientras la física y la matemática han
llevado a los griegos al mundo de la razón, la Medicina
ha sido el gran argumento para el mundo de la sofística.
Es verdad que Anaxágoras afirmó, según vimos, que en
todo hay algo de todo. Arquitas y los matemáticos, aun
admitiendo la racionalidad de las cosas, las
consideraron también en perpetuo movimiento [193]
geométrico. Pero la ciencia decisiva que sirvió para el
efecto fue la Medicina: la importancia de la salud y de
la enfermedad, no solamente para percibir las cosas,
sino inclusive para pensarías; de suerte que el
pensamiento propende a ser de nuevo un modo de
percibirías. El aparecer y el parecer van tomando así
cada vez más la acepción de "sentir". Y "ser" acabará
significando "ser sentido". La inconsistencia del ser
termina en una teoría del saber como impresión sensible.
Y los sofistas se esforzarán en traducir a la nueva
filosofía la tesis de Parménides y Heráclito.[9]
Pero volvamos a colocar
la "opinión" en el marco de la vida pública, sólo en
función de la cual tiene sentido todo este desarrollo.
Toda opinión tiene, por lo pronto, un cierto carácter de
firmeza; lo contrario sería una impresión fugaz y sin
interés. Pero esa firmeza no la recibe de las cosas, las
cuales precisamente carecen de ella. La firmeza de la
opinión procede tan solo de quien la profesa, del
opinante mismo. De ahí que sí la vida requiere opiniones
firmes haya que formar al hombre. La Sabiduría ya
no es ciencia: es simplemente algo puesto al servicio de
la educación (Paideia) de su physis. Y, como tal,
rebasa de la esfera puramente intelectual: no excluye el
saber, pero lo pone al servicio de la formación del
hombre. ¿De qué hombre? No del hombre en abstracto, sino
del ciudadano. ¿Qué formación? La política. La sofística
ha creído formar los nuevos hombres de Grecia
desentendiéndose de la verdad. ¿Cómo?
Cuando los ciudadanos hablan de sus
asuntos es para adquirir. convicciones. Todo lo demás va
enderezado a ese punto. Así como el razonamiento es lo
que lleva al logos científico, la antilogía lleva
derechamente a la técnica de la persuasión, que
es algo así como la lógica de la opinión. Como ser es
aparecer, persuadir será hacer que una opinión parezca
más fuerte que otra. Y se conseguirá cuando logre hacer
vacilar al adversario, [194] conmoverle. El razonamiento
quedará sustituido por el discurso: es la Retórica.
A partir de este momento, la Sabiduría, como
educación cívica, se concreta, por el lado intelectual,
en retórica.
Pero la retórica necesita materiales,
lo que llamaríamos las ideas. Las ideas adquieren, por
su dimensión social, el carácter de cosas usuales, algo
destinado a ser manejado, más que a ser entendido, en la
doble forma como las ideas pueden ser manejadas:
aprendiendo y enseñando, convertidas en máthema.
La Sabiduría como retórica conduce a La Sabiduría como
enseñanza. La educación consiste en cultivar al hombre,
y en él a sus ideas, por la enseñanza. Con ella, el
sofista forma ciudadanos cultos, llenos de ideas y
capaces de utilizarlas para crear opiniones dotadas de
consistencia pública. La misma palabra que en griego
designa la opinión sirve también para designar la fama.
Retórica y Cultura: he ahí la Sabiduría de la
vida pública ateniense.
* * *
Resumamos: La Sabiduría, que era,
desde sus comienzos, un saber de las ultimidades del
mundo y de la vida, muy próxima, por ello, a la
religión, se convirtió, en las costas de Asia Menor, en
un descubrimiento o posesión de la verdad sobre la
Naturaleza; esta verdad sobre la Naturaleza se hizo
visión de lo que las cosas son con Parménides y
Heráclito: la visión del ser se concretó, por un lado,
en ciencia racional; por otro, en retórica y cultura en
la vida ciudadana de Atenas. Tal era la situación en que
Sócrates encontró su mundo. Una situación cuyos
ingredientes dinámicos le son esenciales y que van a
constituir el punto de partida de su actividad.
IV
SOCRATES: EL TESTIMONIO DE JENOFONTE Y DE ARISTOTELES
En las primeras líneas de sus
Memorables nos dice Jenofonte lo siguiente:
"Sócrates, en efecto, no hablaba, como la mayoría de los
otros, acerca de la Naturaleza entera, de cómo está
dispuesto eso que los sabios llaman Cosmos y de las
necesidades en virtud de las cuales acontece cada uno de
los sucesos del cielo, sino que, por el contrario, hacía
ver que los que se rompían la cabeza con estas
cuestiones eran unos locos.

"Porque examinaba, ante todo, si es
que se preocupaban de estas elucubraciones porque creían
conocer ya suficientemente las cosas tocantes al hombre
o sí porque creían cumplir con su deber dejando de lado
estas cosas humanas y ocupándose con las divinas. Y, en
primer lugar, se asombraba de que no viesen con claridad
meridiana que el hombre no es capaz de averiguar
semejantes cosas, porque ni las mejores cabezas estaban
de acuerdo entre sí al hablar de estos problemas, sino
que se arremetían mutuamente como locos furiosos. Los
locos, en efecto, unos no temen ni lo temible, mientras
otros se asustan hasta de lo más inofensivo; unos creen
que no hacen nada malo diciendo o hablando lo que se les
ocurre ante una muchedumbre, mientras que otros no se
atreven ni a que les vea la gente; unos no respetan ni
los santuarios, ni los altares, ni nada sagrado,
mientras que otros adoran cualquier pedazo de madera o
de piedra y hasta los animales. Pues bien: los que se
cuidan de la Naturaleza entera, unos creen que "lo que
es" es una cosa única; otros, que es una multitud
infinita; a unos les parece que todo se mueve; a otros,
que ni tan siquiera hay nada que [196] pueda ser movido;
a unos, que todo nace y perece; a otros, que nada ha
nacido ni perecido.
"En segundo lugar, observaba también
que los que están instruidos en los asuntos humanos
pueden utilizar a voluntad en la vida sus conocimientos
en provecho propio y ajeno, y (se preguntaba entonces)
si, análogamente, los que buscaban las cosas divinas,
después de llegar a conocer las necesidades en virtud de
las cuales acontece cada cosa, creían hallarse en
situación de producir el viento, la lluvia, las
estaciones del año y todo lo que pudieran necesitar, o
si, por el contrario, desesperados de no poder hacer
nada semejante, no les queda más que la noticia de que
esas cosas acontecen.
"Esto era lo que decía de los que se
ocupaban de estas cosas. Por su parte, él no discurría
sino de asuntos humanos, estudiando qué es lo piadoso,
qué lo sacrílego; qué es lo honesto, qué lo vergonzoso;
qué es lo justo, qué lo injusto; qué es sensatez, qué
insensatez; qué la valentía, qué la cobardía; qué el
Estado, qué el gobernante; qué mandar y quién el que
manda, y, en general, acerca de todo aquello cuyo
conocimiento estaba convencido de que hacia a los
hombres perfectos, cuya ignorancia, en cambio, los
degrada, con razón, haciéndolos esclavos" (1, 1, 11-17).
No es, desde luego, el único texto,
pero es, ciertamente, uno de los más significativos,
porque en breve espacio se agrupan la mayoría de los
términos que han ido apareciendo en nuestra exposición,
y se presta por esto, como pocos, para situar la obra de
Sócrates.
Agreguemos el testimonio de
Aristóteles según el cual "Sócrates se ocupó de lo
concerniente al éthos, buscando lo universal y
siendo el primero en ejercitar su pensamiento, en
definir." (Mét., 987, b. 1.)
Es sobradamente conocida la imagen de
Sócrates que nos describe Platón en su apología: el
hombre justo que prefiere aceptar la ley, aunque se
vuelva contra su vida.
Una cosa resulta clara: Sócrates toma
una cierta actitud ante al Sabiduría de su tiempo, y a
base de ella comienza su acción propia.
V
SOCRATES: SU ACTITUD ANTE LA SABIDURIA DE SU TIEMPO
En primer lugar, la actitud de
Sócrates ante la Sabiduría de su tiempo.
El mundo en que Sócrates vive ha
asistido a una experiencia fundamental del hombre que,
por lo que respecta a nuestra cuestión, puede resumirse
en tres puntos: la constitución del Estado-Ciudad
mediante el acceso de cada cual, con sus opiniones
propias, a, la vida pública; la crisis de la sabiduría
tradicional, y el desarrollo de los nuevos saberes. La
intervención del ciudadano en la vida pública dio lugar
a la constitución de la retórica y al ideal del hombre
culto. En esta cultura se apelaba también a los grandes
ejemplares de la Sabiduría tradicional: Anaximandro,
Parménides, Heráclito, etc., no por lo que tuvieran de
verdad, sino por su consagración pública. Con lo cual su
saber dejó de ser Sabiduría para convertirse en cosa
manejable, en tópos, en
tópico, que se utiliza en beneficio propio o con ocasión
de consagración personal medi.ante la polémica. El celo
y la insolencia tiene idéntica raíz: el tópico. En
cambio, los nuevos saberes se contraponen con
complacencia morosa a las sabidurías clásicas; mientras
éstas eran algo divino, las téknai nacieron,
según el mito de Prometeo, de un robo hecho a los
dioses. Con ellas adquirieron los hombres la sabiduría
de la vida. Son saberes que se obtienen en el curso de
ésta y que se tienen a disposición de cualquiera
mediante la instrucción; son mathémata.
Esta experiencia se halla inscrita en
una situación especial: en la vida pública. Y esto le da
su carácter específico, mucho más esencial para Sócrates
que su mismo contenido. Toda esa [198] experiencia es
una experiencia de los asuntos y cosas de la vida, sobre
todo públicas. Dentro de ella es donde cobra un sentido
y alcance propios.
En efecto: no sólo lo que se sabía,
"las ideas", eran cosas públicas, sino que pasó a serlo
también el saber mismo en cuanto tal. El saber degeneró
en conversación, y el diálogo en disputa. En la disputa
las cosas aparecen sujetas a antinomia, y es en ella
donde se acusa el carácter antilógico del "es" de las
cosas, es decir, donde pierde toda su transcendencia y
gravedad. Del "es" nacieron las grandes sabidurías, que
se convirtieron en tópico, precisamente al perder su
punto de apoyo en la consistencia de aquél. Si el "es"
es antilógico, todo es verdad a su modo, al modo de cada
cual. Y en esta evaporación del "es" se desvanece
también el hombre mismo. El ser del hombre se convierte
en simple postura. Expresemos lo mismo de otro modo:
nada tiene importancia para el sofista, y, por
eso, nada le importa: sólo le importan sus
propias opiniones, y ello no porque sean importantes,
sino porque los demás les dan importancia; no
porque las tome en serio, sino porque las toman en serio
los demás. Aristóteles decía, por esto, que la Sofística
no era Sabiduría, sino apariencia de Sabiduría. Dicho en
otros términos: frivolidad intelectual. Con lo cual, si
bien quedó descalificada por su contenido, planteé a la
Filosofía el problema de la existencia del sofista. La
Sofística, como filosofía, no atrajo la atención de
Sócrates, ni de Platón, ni de Aristóteles, salvo la
interpretación sensualista del ser y de la ciencia, a
que en algún momento aludió Protágoras. Pero el sofista,
sí. El "Sofista" de Platón y la polémica de Aristóteles
no son, en efecto, otra cosa sino la metafísica de la
frivolidad.
A esta situación de la Sofística
corresponde la de Sócrates. Sócrates se sitúa de una
cierta manera ante este tipo de existencia, y de ello
dependerá, a su vez, el contenido de la suya propia.
Sócrates no ha tomado el contenido de
la experiencia intelectual de sus coetáneos, aislándola
de la situación de donde emerge. Todo lo contrario. Y es
menester subrayarlo taxativamente para comprender en su
justo alcance la actitud de Sócrates ante el
contenido de la inteligencia. [199]
La primera operación de Sócrates ante esa
ola de publicidad, es la retracción. Retracción
de la vida pública. Comprendió que vivía en una hora en
que lo mejor del hombre sólo podía salvarse retirándose
a su vida privada. Y esta actitud de Sócrates fue todo,
menos una postura elegante o displicente. Protágoras
tenía un mínimo de sustancia intelectual, pero las dos
generaciones de sofistas que le suceden no hacen, para
los efectos de la inteligencia, más que conversar y
pronunciar discursos de belleza huera, menester bien
distinto del de dialogar y discurrir. Para ello se
precisan cosas. La seriedad del diálogo y la penosidad
del discurrir sólo son posibles por la sus-tanda de las
cosas. Al disolver el ser en pura antilogia, al
convertirlo todo en pura insustancialidad, el hombre se
ve abandonado a la deriva de la frivolidad. Y, ¿qué es
lo que hizo que para estos hombres se perdiera la
realidad y la gravedad del "es"? Sencillamente, la
pérdida de aquello mismo que lo hizo patente ante los
ojos de los grandes pensadores: la mente pensante.
Cuando el decir se independiza del pensar y éste deja de
gravitar por entero sobre el centro de las cosas, el
logos queda suelto y libre. Porque el logos tiene,
efectivamente, esas dos dimensiones: la privada y la
pública. El pensar, en cambio, la reflexión, no tiene
más que una: la privada. Lo único que podemos hacer es
expresar el pensamiento en el logos. Y este es el riesgo
constitutivo de toda expresión: dejar de expresar
pensamientos para ser un puro hablar como si se pensara.
Cuando esa situación llega, el hombre no puede hacer más
que callar y volver al pensamiento. La retracción de
Sócrates no es una simple postura como la postura de los
sofistas: es el sentido de su vida misma, determinada, a
su vez, por el sentido del ser. Por esto es una actitud
esencialmente filosófica.
La actitud de Sócrates ante la
Sabiduría tradicional viene condicionada por esta
posición en que se ha situado. Por lo pronto, Sócrates
la enjuicia desde el punto de vista de su eficacia en la
vida, tal como pretende afirmarse en los hombres pon
quienes convive. Esa apelación a lo uno o a lo múltiple,
a lo finito o a lo infinito, al reposo o al movimiento,
es absolutamente innocua para asentar la vida cotidiana.
Este es su punto de partida, no otro. La prueba está en
que, como [200] argumento decisivo, se nos presenta en
el pasaje de Jenofonte antes transcrito, el que, después
de conocer la estructura del Cosmos, no podemos
manejarlo a tenor de nuestras necesidades. Sócrates,
pues, prescinde en absoluto, de momento, de lo que pueda
haber de verdad o de no verdad en esas especulaciones;
lo que le interesa es subrayar su futilidad como medios
de vida. Es cierto que antes ha llamado dementes a los
que se ocupan de la Naturaleza. Pero este es otro
aspecto de la cuestión, íntimamente ligado con el
anterior, sobre el que volveremos después. Esta
Sabiduría que lleva a la antilogia —he aquí lo esencial
para Sócrates— pone de manifiesto que los sabios son, en
esta medida, de-mentes. Les falta la mens, el
noûs. Esta Sabiduría ha abandonado completamente el
noeîn para volcarse solamente en el hablar, en el
légein.
Y esto que le obliga a retirarse es
también lo que determina su actitud. La Sabiduría nació
de la mente pensante. Al perderla, dejó de ser
Sabiduría. El saber ya no es producto de una vida