Johann Georg Leopold Mozart (Augsburgo, 14 de
noviembre de 1719 – Salzburgo, 28 de mayo de 1787) músico alemán de gran
talento, padre del célebre compositor Wolfgang Amadeus Mozart.
La precedente es
quizá la más famosa de todas. Cuando la escuchéis veréis que alguna vez
la habeis tarareado incluso si nunca habeis escuchado música clásica.
Fue escrita en 1790, un año antes de su muerte. La mayor parte está
escrita en Sol Mayor (la tonalidad mayor es propia de música más o menos
alegre). Los instrumentos musicales utilizados en esta partitura son:
Flautas, Oboes, Clarinetes, Fagots, Trompas y Cuerdas. Consta de cuatro
tiempos:
1.- Molto Allegro (es decir, muy deprisa): en primer lugar los
violines exponen el famoso tema por el que se conoce a esta sinfonía. A
partir de éste tema, todo el desarollo de el primer movimiento se basa
en variaciones sobre él. Hacia la mitad del mismo, la tonalidad pasa a
Menor, por lo que la música se hace más 'seria', pero siempre sobre el
mismo tema inicial.
2.- Andante: Es la parte más lenta de la obra, ya que se
desarrolla de una forma muy sosegada, aunque se sigue en general una
tonalidad que recuerda más bien al modo de un divertimento.
3.- Menuetoo: Esta parte, un poco más rápida que la anterior,
se basa en el desarrollo del tema que exponen los violines en modo
menor. El ritmo de la orquesta se hace muy marcado, como a pequeños
golpes.
4.- Finalle, Allegro Assai. En el ultimo movimiento, bastante
rápido, las cuerdas exponen un pequeño tema al que contestan los
instrumentos de viento. Muy en general, ésta es la pauta que se sigue en
todo él, es decir, las cuerdas 'hablan' y los vientos le 'contestan'
Pensar siquiera en la penúltima de las sinfonías de Wolfgang Amadeus
Mozart (1756-1791) es adentrarse en un mundo de misterios, dudas y
contradicciones. Pero también es sumergirse en una trascendencia
espiritual y dinamismo dramático insólito en el sinfonismo vienés
anterior a Beethoven. El inexplicable origen de la sinfonía K. 550 es
resistente a cualquier determinación historicista: no sabemos en qué
circunstancia, para cual evento o a petición de qué personaje fue
escrita. Ignoramos incluso si el propio Mozart llegó a escucharla en
vida. Por otro lado, su intenso pero ubicuo poder expresivo ha producido
desde sus primeros deambuleos por la historia de la música occidental,
una ingente cantidad de fantasiosas valoraciones, ardientes comentarios,
erráticos análisis y reacciones encontradas.
Por su cercanía cronológica, así como por los vínculos tonales que se
perciben al interior de sus movimientos, es común pensar las últimas
tres sinfonías de Mozart como un tríptico más o menos unificado. El
porque se decidió a realizar estas tres obras en serie es un misterio.
Desde que se mudó a Viena, Mozart no había apenas escrito obras de este
género y las pocas que produjo, la Halffner, Linz y Praga, no fueron
elaboradas para ejecutarse en aquella ciudad. La composición de las tres
sinfonías fue vertiginosa. La 39 en Mi bemol mayor fue terminada el 25
de junio de 1788, la 40 en Sol menor el 25 de julio y la 41 en Do mayor
el 10 de agosto. Sin embargo, tal premura no parece haber respondido a
alguna razón precisa como un encargo o una gira.
El
aquella época Mozart había caído ya en desgracia. El público vienés le
había dado la espalda y las últimas series programadas de sus
particulares conciertos por suscripción (conocidos con el nombre de
academias) habían fracasado estrepitosamente. Su nivel de vida se volvió
insostenible y tuvo que mudar su residencia un par de veces, teniendo
que retirarse a moradas mas modestas de los arrabales vieneses. Para
aumentar sus penas, otro hijo más, en esta ocasión la pequeña Theresia,
moría prematuramente mientras él mismo enfermaba con regularidad. Su
ruina económica le llevó a solicitar diversos préstamos a Michael
Puchberg, comerciante, músico y compañero masón de Mozart. Las cartas
donde solicitaba tales empréstitos fueron elaboradas durante los mismos
días en que Wolfgang componía su sinfonía 40. En ellas se nos revela sus
penosos tratos con prestamistas y usureros. A partir de éstas es posible
también constatar en el autor el desarrollo paulatino de un espíritu
intranquilo, incomodado constantemente por la recurrencia de “negros
pensamientos”. Todo esto hace más inexplicable la composición de estas
tres obras maestras de un nivel de espiritualidad superior. ¿Para qué
dedicar ese tiempo en obras que aparentemente no le iban a proporcionar
ningún beneficio económico?
Por lo que se deriva de una de las cartas dirigidas a Puchberg,
entendemos que Wolfgang tenía la intención de realizar una nueva serie
de conciertos por suscripción que, al parecer, nunca se llevó a cabo.
Pero aún en ese caso, hubiese sido más lógico escribir un concierto para
piano como los abundantes y espléndidos que compuso para deleitar a su
público vienés. ¿Se trataba acaso de un imperioso obligado por un golpe
de inspiración capaz de minimizar la tragedia inmediata en la que vivía
el compositor?; ¿Sería acaso la apremiante necesidad de redondear su
ciclo de composiciones para este género antes de recibir a la inexorable
muerte?
Pese a que no acostumbraba a revisar obras compuestas con anterioridad y
que el mito asegura que Mozart no solía hacer correcciones, sabemos que
revisó en por lo menos una ocasión la sinfonía. Mozart corrigió algunos
pasajes del Andante y agregó la parte de clarinetes que no existían en
el original. Es posible que estas correcciones se hayan elaborado
después de alguna ejecución pública. Pero no existen rastros
documentales de ello. Algunos biógrafos afirman que la adición de
clarinetes se verificó entorno a 1791. Sin embargo, recientes estudios
de diplomática, han confirmado que el tipo de papel donde Wolfgang anotó
las nuevas partes y que ha llegado hasta nosotros gracias a la
curiosidad de Johannes Brahms (1833-1897) quien lo conservó entre sus
documentos personales, corresponde con el que utilizó durante la
composición de las tres sinfonías y con el que utilizaba regularmente
entre diciembre de 1787 y febrero de 1789.
Sean cuales fueran las razones que motivaron su composición, la densidad
musico-dramática de la pieza no ha dejado indiferente a nadie. Sin
embargo, críticos, analistas, músicos y público general, no aciertan a
proponer un elemento unificador en sus interpretaciones que sintetice
esa amalgama efecto-afectiva que detona la obra. De este modo, mientras
la mayoría de los músicos del siglo XIX la calificaron de verdaderamente
“Romántica” (quizá para decir moderna y altamente expresiva), Robert
Schumann alabó la “ligereza y gracia griegas” de una sinfonía que ya en
1793 era calificada por Traeg como una de las más bellas sinfonías del
maestro. Oyulibicheff, por su parte, la vinculaba con la “agitación de
la pasión, los deseos y recuerdos de un amor infeliz”. Si bien un Hector
Berlioz simplemente quedó perplejo ante el despliegue expresivo y formal
de esta obra, otros la vincularon con el estilo de la opera buffa e
intentan establecer vínculos intertextuales entre diversos pasajes de la
obra y áreas vocales de óperas del autor como los que se han detectado
claramente en la sinfonía 41. Por otro lado, Abert afirma que la gran
sinfonía en sol menor es la “expresión más nítida de ese profundo y
fatalista pesimismo de Mozart”. Mientras que Greithee habla de “presagio
de la propia muerte… expresada de manera conmovedora y resignada, pero
no sentimental”, Mila, al contrario y siguiendo a Schumann, vió en ella
la manifestación de la simetría y sobriedad clásica, “de inalterada
belleza” donde conviven "elementos infantiles y elegiacos, tristeza
divina y melancolía inexplicable". Para Carli Ballola y Parenti “es
reticente y ásperamente concisa, a veces incluso expeditiva. Su
violencia está profundamente interiorizada, con raros rasgos de
abandono; su gesto conjuga el oxímoron de lo refinado y lo somero”. Para
Robbins Landon, la obra resulta simplemente “frenética y angustiada”.
Poggi e Vallora la califican de una obra que se debate entre la pureza
de estilo y la pulsión comunicativa.
Dada esta disparidad de valoraciones, debemos concluir que la
polivalencia expresiva de la sinfonía cuarenta no es sino producto de
los inagotables recovecos dramáticos que se multiplican y expanden en su
interior. Como Harnoncourt ha señalado oportunamente, en la escritura
sinfónica de Mozart se asoma toda su maestría narrativo-dramática de
compositor de óperas. En la sinfonía en sol menor los temas son tratados
como verdaderos personajes sometidos a las más variadas situaciones y
escenarios afectivos.
La así llamada Gran sinfonía en sol menor para distinguirla de una
sinfonía anterior, la K. 183, la pequeña en sol menor, no fue publicada
sino hasta 1810 en Londres por la casa Cianchettini & Sperati. Su primer
movimiento, Allegro non troppo, esta basado en un tema cantabile cuyo
gesto melódico ascendente hacia el final asume la figura retórica de
interrogatio o pregunta retórica, que remeda el giro melódico con el que
se musicalizan las interrogaciones de los personajes de las operas desde
el primer Barroco. Su periplo expresivo incluye un contundente climax
alcanzado por la eliminación y repetición continua de material. Este
procedimiento preludia uno de los recursos compositivos básicos del
sinfonismo de Beethoven y no es nada común en un Mozart que usualmente
nos desborda con su inagotable invención melódica capaz de presentar sin
descanso nuevas ideas temáticas una y otra vez. El segundo movimiento,
Andante, está escrito en la lejana tonalidad de Mi mayor. Algunos de los
segmentos más elegantes y orgullosos de esta sección son citados por
Joseph Haydn en el aria No. 38 de su oratorio Die Jahreszeiten. El
tercer movimiento es un rudo y áspero Menuetto: Allegretto con trío
intermedio. Su dramatismo intenso en nada se corresponde con la gracia y
coquetería características de esta danza prescritas por lo teóricos de
la primera mitad del siglo XVIII. Este movimiento sirvió de modelo para
el Menuet de la quinta sinfonía de Schubert. El movimiento final,
Allegro assai, es un postludio fugaz y agitado como una intriga, que
recurre continuamente a progresiones armónicas típicas del barroco.
Es llamada la Júpiter, os gustará
puesto que su estilo mozartiano es inconfundible. Es la última sinfonía
que Mozart escribió, y una anécdota: El último movimiento de esta obra
tiene las mismas notas que el primer movimiento de su 1ª sinfonía.