Concerto for flute and harp, k 299- 2nd movement

KV491 N°  24 En Do menor 1. Allegro

KV491 N°  24 In C menor 3. Allegretto

KV467 N° 21 In C 1. Allegro

KV467 N° 21 In C 2. Andante

KV488 N°23 en LA - Adagio

Las bodas de fígaro

Marcha a la Turka

Pequeña serenata nocturna

En sol menor KV 550


 

Johann Georg Leopold Mozart (Augsburgo, 14 de noviembre de 1719 – Salzburgo, 28 de mayo de 1787) músico alemán de gran talento, padre del célebre compositor Wolfgang Amadeus Mozart.

 

La precedente es quizá la más famosa de todas. Cuando la escuchéis veréis que alguna vez la habeis tarareado incluso si nunca habeis escuchado música clásica. Fue escrita en 1790, un año antes de su muerte. La mayor parte está escrita en Sol Mayor (la tonalidad mayor es propia de música más o menos alegre). Los instrumentos musicales utilizados en esta partitura son: Flautas, Oboes, Clarinetes, Fagots, Trompas y Cuerdas. Consta de cuatro tiempos:
 
 1.- Molto Allegro (es decir, muy deprisa): en primer lugar los violines exponen el famoso tema por el que se conoce a esta sinfonía. A partir de éste tema, todo el desarollo de el primer movimiento se basa en variaciones sobre él. Hacia la mitad del mismo, la tonalidad pasa a Menor, por lo que la música se hace más 'seria', pero siempre sobre el mismo tema inicial.
 
 2.- Andante: Es la parte más lenta de la obra, ya que se desarrolla de una forma muy sosegada, aunque se sigue en general una tonalidad que recuerda más bien al modo de un divertimento.
 
 3.- Menuetoo: Esta parte, un poco más rápida que la anterior, se basa en el desarrollo del tema que exponen los violines en modo menor. El ritmo de la orquesta se hace muy marcado, como a pequeños golpes.
 
 4.- Finalle, Allegro Assai. En el ultimo movimiento, bastante rápido, las cuerdas exponen un pequeño tema al que contestan los instrumentos de viento. Muy en general, ésta es la pauta que se sigue en todo él, es decir, las cuerdas 'hablan' y los vientos le 'contestan'

 




 

Pensar siquiera en la penúltima de las sinfonías de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) es adentrarse en un mundo de misterios, dudas y contradicciones. Pero también es sumergirse en una trascendencia espiritual y dinamismo dramático insólito en el sinfonismo vienés anterior a Beethoven. El inexplicable origen de la sinfonía K. 550 es resistente a cualquier determinación historicista: no sabemos en qué circunstancia, para cual evento o a petición de qué personaje fue escrita. Ignoramos incluso si el propio Mozart llegó a escucharla en vida. Por otro lado, su intenso pero ubicuo poder expresivo ha producido desde sus primeros deambuleos por la historia de la música occidental, una ingente cantidad de fantasiosas valoraciones, ardientes comentarios, erráticos análisis y reacciones encontradas.
 
 Por su cercanía cronológica, así como por los vínculos tonales que se perciben al interior de sus movimientos, es común pensar las últimas tres sinfonías de Mozart como un tríptico más o menos unificado. El porque se decidió a realizar estas tres obras en serie es un misterio. Desde que se mudó a Viena, Mozart no había apenas escrito obras de este género y las pocas que produjo, la Halffner, Linz y Praga, no fueron elaboradas para ejecutarse en aquella ciudad. La composición de las tres sinfonías fue vertiginosa. La 39 en Mi bemol mayor fue terminada el 25 de junio de 1788, la 40 en Sol menor el 25 de julio y la 41 en Do mayor el 10 de agosto. Sin embargo, tal premura no parece haber respondido a alguna razón precisa como un encargo o una gira.

 



 

El aquella época Mozart había caído ya en desgracia. El público vienés le había dado la espalda y las últimas series programadas de sus particulares conciertos por suscripción (conocidos con el nombre de academias) habían fracasado estrepitosamente. Su nivel de vida se volvió insostenible y tuvo que mudar su residencia un par de veces, teniendo que retirarse a moradas mas modestas de los arrabales vieneses. Para aumentar sus penas, otro hijo más, en esta ocasión la pequeña Theresia, moría prematuramente mientras él mismo enfermaba con regularidad. Su ruina económica le llevó a solicitar diversos préstamos a Michael Puchberg, comerciante, músico y compañero masón de Mozart. Las cartas donde solicitaba tales empréstitos fueron elaboradas durante los mismos días en que Wolfgang componía su sinfonía 40. En ellas se nos revela sus penosos tratos con prestamistas y usureros. A partir de éstas es posible también constatar en el autor el desarrollo paulatino de un espíritu intranquilo, incomodado constantemente por la recurrencia de “negros pensamientos”. Todo esto hace más inexplicable la composición de estas tres obras maestras de un nivel de espiritualidad superior. ¿Para qué dedicar ese tiempo en obras que aparentemente no le iban a proporcionar ningún beneficio económico?

Por lo que se deriva de una de las cartas dirigidas a Puchberg, entendemos que Wolfgang tenía la intención de realizar una nueva serie de conciertos por suscripción que, al parecer, nunca se llevó a cabo. Pero aún en ese caso, hubiese sido más lógico escribir un concierto para piano como los abundantes y espléndidos que compuso para deleitar a su público vienés. ¿Se trataba acaso de un imperioso obligado por un golpe de inspiración capaz de minimizar la tragedia inmediata en la que vivía el compositor?; ¿Sería acaso la apremiante necesidad de redondear su ciclo de composiciones para este género antes de recibir a la inexorable muerte?

Pese a que no acostumbraba a revisar obras compuestas con anterioridad y que el mito asegura que Mozart no solía hacer correcciones, sabemos que revisó en por lo menos una ocasión la sinfonía. Mozart corrigió algunos pasajes del Andante y agregó la parte de clarinetes que no existían en el original. Es posible que estas correcciones se hayan elaborado después de alguna ejecución pública. Pero no existen rastros documentales de ello. Algunos biógrafos afirman que la adición de clarinetes se verificó entorno a 1791. Sin embargo, recientes estudios de diplomática, han confirmado que el tipo de papel donde Wolfgang anotó las nuevas partes y que ha llegado hasta nosotros gracias a la curiosidad de Johannes Brahms (1833-1897) quien lo conservó entre sus documentos personales, corresponde con el que utilizó durante la composición de las tres sinfonías y con el que utilizaba regularmente entre diciembre de 1787 y febrero de 1789.

Sean cuales fueran las razones que motivaron su composición, la densidad musico-dramática de la pieza no ha dejado indiferente a nadie. Sin embargo, críticos, analistas, músicos y público general, no aciertan a proponer un elemento unificador en sus interpretaciones que sintetice esa amalgama efecto-afectiva que detona la obra. De este modo, mientras la mayoría de los músicos del siglo XIX la calificaron de verdaderamente “Romántica” (quizá para decir moderna y altamente expresiva), Robert Schumann alabó la “ligereza y gracia griegas” de una sinfonía que ya en 1793 era calificada por Traeg como una de las más bellas sinfonías del maestro. Oyulibicheff, por su parte, la vinculaba con la “agitación de la pasión, los deseos y recuerdos de un amor infeliz”. Si bien un Hector Berlioz simplemente quedó perplejo ante el despliegue expresivo y formal de esta obra, otros la vincularon con el estilo de la opera buffa e intentan establecer vínculos intertextuales entre diversos pasajes de la obra y áreas vocales de óperas del autor como los que se han detectado claramente en la sinfonía 41. Por otro lado, Abert afirma que la gran sinfonía en sol menor es la “expresión más nítida de ese profundo y fatalista pesimismo de Mozart”. Mientras que Greithee habla de “presagio de la propia muerte… expresada de manera conmovedora y resignada, pero no sentimental”, Mila, al contrario y siguiendo a Schumann, vió en ella la manifestación de la simetría y sobriedad clásica, “de inalterada belleza” donde conviven "elementos infantiles y elegiacos, tristeza divina y melancolía inexplicable". Para Carli Ballola y Parenti “es reticente y ásperamente concisa, a veces incluso expeditiva. Su violencia está profundamente interiorizada, con raros rasgos de abandono; su gesto conjuga el oxímoron de lo refinado y lo somero”. Para Robbins Landon, la obra resulta simplemente “frenética y angustiada”. Poggi e Vallora la califican de una obra que se debate entre la pureza de estilo y la pulsión comunicativa.

Dada esta disparidad de valoraciones, debemos concluir que la polivalencia expresiva de la sinfonía cuarenta no es sino producto de los inagotables recovecos dramáticos que se multiplican y expanden en su interior. Como Harnoncourt ha señalado oportunamente, en la escritura sinfónica de Mozart se asoma toda su maestría narrativo-dramática de compositor de óperas. En la sinfonía en sol menor los temas son tratados como verdaderos personajes sometidos a las más variadas situaciones y escenarios afectivos.

 

 



La así llamada Gran sinfonía en sol menor para distinguirla de una sinfonía anterior, la K. 183, la pequeña en sol menor, no fue publicada sino hasta 1810 en Londres por la casa Cianchettini & Sperati. Su primer movimiento, Allegro non troppo, esta basado en un tema cantabile cuyo gesto melódico ascendente hacia el final asume la figura retórica de interrogatio o pregunta retórica, que remeda el giro melódico con el que se musicalizan las interrogaciones de los personajes de las operas desde el primer Barroco. Su periplo expresivo incluye un contundente climax alcanzado por la eliminación y repetición continua de material. Este procedimiento preludia uno de los recursos compositivos básicos del sinfonismo de Beethoven y no es nada común en un Mozart que usualmente nos desborda con su inagotable invención melódica capaz de presentar sin descanso nuevas ideas temáticas una y otra vez. El segundo movimiento, Andante, está escrito en la lejana tonalidad de Mi mayor. Algunos de los segmentos más elegantes y orgullosos de esta sección son citados por Joseph Haydn en el aria No. 38 de su oratorio Die Jahreszeiten. El tercer movimiento es un rudo y áspero Menuetto: Allegretto con trío intermedio. Su dramatismo intenso en nada se corresponde con la gracia y coquetería características de esta danza prescritas por lo teóricos de la primera mitad del siglo XVIII. Este movimiento sirvió de modelo para el Menuet de la quinta sinfonía de Schubert. El movimiento final, Allegro assai, es un postludio fugaz y agitado como una intriga, que recurre continuamente a progresiones armónicas típicas del barroco.

Fuentes : http://www.geocities.com/lopezcano/articulos/04.htm


 

 

Es llamada la Júpiter, os gustará puesto que su estilo mozartiano es inconfundible. Es la última sinfonía que Mozart escribió, y una anécdota: El último movimiento de esta obra tiene las mismas notas que el primer movimiento de su 1ª sinfonía.

 

 

 


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