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Es lógico que al cruzar el
umbral de un nuevo milenio se analice la situación de la
humanidad en contraste con otras épocas, con la esperanza de
hallar signos de avance, pues si las cosas van mejor, cabe esperar
que progresarán más en el próximo futuro. El progreso tecnológico
y científico no ofrece duda. Pero ¿cómo andamos en humanidad,
en humanismo?
Grave cuestión, que los pensadores más solventes no suelen
responder en términos del todo positivos. Más bien se considera
al hombre contemporáneo, en contraste con el de tiempos pasados,
como profundamente marcado por el problema del sentido, más aún,
por la pérdida del sentido. Si fuera preciso decirlo de un
brochazo, generalizando mucho, pero no sin cierta razón, se diría
que el hombre contemporáneo es alguien que «no sabe, no responde»
o que responde en términos de nihilismo materialista.
Nihilismo, como se sabe, es una palabra
derivada de la latina nihil, que significa «nada». No
tratamos aquí de las elaboraciones filosóficas de autores como
Nietzsche, Heidegger, o Sartre, que merecerían un tratamiento más
especializado, sino del nihilismo materialista corriente. Muchos
millones de personas no son nihilistas, pero también hay muchos
millones que sí lo son, más o menos explícitamente, porque, en
el fondo piensan que el hombre viene de la nada y vuelve a la nada.
Entre nada y nada tenemos la materia y nada más. Esta creencia es
un virus bastante contagioso y conviene rebatirlo, porque hunde al
hombre en pesimismos u optimismos infundados, lejos
de la alegría profunda para la que hemos sido creados; y
le acercan en cambio a las distintas formas de violencia que
invaden el planeta: violencia física, moral, verbal, psicológica,
masoquista, profesional, familiar, política, etc.
  
Nietzsche
Heidegger
Sartre
El hombre se comporta como lo que cree que es. Y si se cree un
mero producto de la materia y nada más, desconoce su propia
dignidad y la de los demás y, seguramente, atentará de alguna
manera contra la dignidad propia o ajena. De ahí que muchas
esperanzas se cifren en vivir el mayor tiempo posible lo más cómodamente
posible, caiga quien caiga; comamos y bebamos, yazgamos, que mañana
moriremos...
Esta «filosofía» tan difundida se suele interpretar como una
negación de la fe, o al menos como carencia de fe. La
fe en que hay algo más que materia y tiempo, sería una
postura no científica, gratuita, propia de épocas pretéritas,
característica del hombre ingenuo, inmaduro, supersticioso, etcétera.
¿EL NIHILISMO MATERIALISTA SE OPONE REALMENTE A LA FE?
Cabe preguntarse si el nihilismo se opone realmente a la fe;
mejor, si el nihilista es una persona sin fe. El nihilismo niega
el más allá, el espíritu inmortal y en suma, a Dios, porque no
se ve; no son objeto de experimentación, no se pueden observar ni
reproducir ni diseccionar en un laboratorio, ni medir, como las
magnitudes físico matemáticas.
Ahora bien, ¿quedamos así eximidos de averiguar si hay algo que
no se vea pero que exista? En aras de la razón científica nos
sentimos obligados a preguntar: ¿la nada se ve? ¿Cómo afirmar
que el principio y el destino de cuanto existe es la nada, si la
nada no es experimentable, si carece de toda magnitud, dimensión,
en una palabra, de existencia? ¿Cómo afirmar la existencia de la
nada sin contradicción? ¿Cómo afirmar que el destino del hombre
es la nada, si la nada, nada es; si no se puede saber nada de
ella?
FE NIHILISTA Y FE CRISTIANA
La nada ha sido objeto de múltiples reflexiones a lo largo de los
siglos, al menos y en serio, desde Parménides

Parménides
(en Aristóteles se encuentra ya
la solución del problema). Las reflexiones que solemos hacer
sobre la nada no versan sobre la nada, porque cuando comenzamos a
pensar en la nada comenzamos al mismo tiempo a pensar en otra
cosa, en algún fantasma elaborado por la imaginación, pero no en
algo real; estamos mareando una perdiz inexistente, sumergiéndonos
quizá en un mundo onírico sin correspondencia real alguna.
Que la nada no existe, que de «nada» no hay, me parece un axioma
irrebatible. La nada ni se ve ni se toca. Ahora bien, sostener que
algo viene o va a la nada, «sin verla», sin experimentarla, sin
diseccionarla, esto no es incredulidad, es cabalmente un acto de
fe colosal. Es, por decirlo de algún modo, tener una dosis de fe
muchísimo mayor que la que tiene el cristiano. ( Genial ! )
CREACIÓN «DE LA NADA»
Los autores cristianos suelen decir que Dios crea «de la nada».
Pero hay que advertir que ésta es una expresión del acto creador
abreviada (la completa es: ex nihilo sui et subiecti). Dios no
toma una poción de «nada» y le infunde el ser o la existencia.
El acto creador es una maravilla de poder y generosidad. Crear es
donar el ser (o la existencia, si se prefiere) que no había. No
es dar el ser a algo preexistente. Es darlo del todo, porque antes
de ser creada, la creatura «no es», a no ser de un modo ideal en
el pensamiento de Dios. Antes de ser creada, la criatura no era la
nada, ni una porción de la nada. Creación es donación total del
ser. Precisamente porque la nada es nada, las cosas existentes
-que no pueden venir de la nada- postulan la existencia de Dios
(que es El que es). La creación tampoco se ve en sí misma, pero
se ven sus resultados, las criaturas. Esto tiene sentido y desvela
el sentido de la existencia.
El cristiano cree, por ejemplo, en la resurrección de Jesucristo,
porque hay hombres y mujeres que, después de verlo morir en una
cruz, lo vieron y tocaron vivo. Esta fe tiene sentido. Si se
averigua que los testigos son fiables, es de lo más razonable del
mundo. Cabe decir que es hasta científico: hay un cierto
conocimiento experimental al comienzo del discurso que culmina en
la fe cristiana. Es una fe con raíz histórica, empírica y
racional.
En cambio, el nihilismo es una fe sin fundamento. Sólo
en cuentos como La historia interminable, la nada se presenta en
lucha con la existencia, devorando, engullendo todo cuanto existe.
Pero ¿qué puede engullir o devorar la nada si nada es, si no
existe?
SEÑALES POR TODAS PARTES
Lo que no era y llega a ser, supone necesariamente un ser previo
que explique su existencia. Asimismo, un ser compuesto de
elementos que no existieron y ahora existen, necesariamente ha de
estar precedido por un ser previo. El universo tiene todas las
trazas de estar compuesto de elementos que no existieron.
Así podríamos seguir discurriendo y descubriendo por todas
partes señales indicativas de que además del ser de los entes
del universo, existe el Ser que eternamente es «todo», sin que
haya nada que no proceda de él. Tampoco, antes de la creación,
hubo además de Dios, «algo» que pudiéramos llamar «nada».
Aunque no se lograra mostrar con absoluta evidencia la existencia
de ese Ser al que todos llamamos Dios - a nuestro juicio, sí se
ha conseguido muchas veces -, la fe en Dios, en la inmortalidad
del alma, etcétera, tiene un fundamento evidente: tiene sentido,
es racional, se trata de una fe razonable, que implica eso sí, un
ejercicio de la razón, una madurez intelectual, que viene a
confirmar la tendencia espontánea hacia los valores del espíritu,
el anhelo de inmortalidad, la intuición de la dignidad personal,
la existencia de una verdad primera y fontal, de una bondad suma,
de una belleza sublime... Es decir, Dios.
LA FE EN LA MATERIA
Se podrá replicar: bueno, yo no creo en la nada pero sí en la
materia, en el maravilloso poder de la materia, como Carl Sagan.
Venimos del polvo y nos convertimos en polvo. Esto incluso suena a
Biblia. No es fe en la nada sino en la materia, que se ve y se
toca. Ciertamente se ve y se toca la mesa, el papel, la casa, el
árbol... Todo esto es material. Pero, ¿lo que vemos es
propiamente la materia? A pesar de los formidables avances de las
ciencias, los físicos profesionales dicen que no se puede decir
qué es la materia o qué es la energía. La materia tampoco se «ve»
en los laboratorios. Las teorías sobre las partículas
elementales se suceden unas a otras y ninguna se considera
definitiva. La electricidad no se puede definir. ¿Cómo afirmar
que todo viene de la materia, cuando no se conocen su estructura
ni sus fronteras? En fin, creer en la materia es eso: «creer»,
no «ver». No es carencia de fe, es un acto de fe.
Ciertamente no «vemos» el alma inmortal. Pero, indudablemente,
conocemos sus manifestaciones sensibles (algo análogo al caso de
la electricidad). Tenemos experiencia íntima de nuestra libertad,
a pesar de todos los condicionamientos materiales. Conocemos que
conocemos. El ojo -órgano material- ve; pero no ve que ve. El que
ve que ve, soy yo, que no soy un órgano material. Y si conozco
que conozco y no sólo quiero sino que quiero querer, es que en mi
conciencia realizo una reflexión, una vuelta sobre mí mismo que
ninguna cosa material puede realizar: ninguna mesa se puede poner
encima de sí misma, pero tampoco puede hacer algo semejante la célula
o el átomo.
El ser humano tiene cuerpo, pero es más que materia. El ser
humano es creativo; ningún ser inferior lo es. El ser humano - y
nadie más de este mundo- introduce novedades en el universo. Las
avejas hacen unos hexágonos perfectos, pero nada más. No han
introducido novedad alguna desde el comienzo de su «historia».
El simio no puede engendrar al hombre. La evolución puede
explicar nuestras semejanzas con él, pero en modo alguno explica
nuestras enormes desemejanzas. Es necesario tener mucha «fe» en
el simio para creer que el hombre proviene enteramente del simio.

John Carew Eccles 1903-1997
Conviene pues no hablar del materialismo, del nihilismo, del
evolucionismo, etcétera, como carencia o superación de la fe. Es
más, constituyen una fe desorbitada que a menudo incurre en
superstición (John Eccles, premio Nobel de Medicina).
La fe cristiana es propiamente «fe», porque cree en verdades que
no vemos por nosotros mismos, pero las han visto otros. En la
primera Carta de san Juan, se lee: «Lo que existía desde el
principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
ojos, lo que hemos contemplado y tocaron nuestras manos acerca de
la Palabra de vida -pues la vida se ha manifestado: nosotros la
hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que
estaba junto al Padre y que se nos ha manifestado-, lo que hemos
visto y oído, os lo anunciamos para que también vosotros estéis
en comunión con nosotros» (1 Jn 1, 1-3).
Esto podrá creerse o no, pero tiene sentido, es inteligible y
tiene fundamento: la autoridad de un testigo - al que se suman los
demás apóstoles y primeros discípulos - que no da muestras de
locura, fanatismo o superstición, sino todo lo contrario.
La fe cristiana versa sobre realidades sobrenaturales, que no
contradicen a la razón humana, sino que la superan; y ofrece
respuestas inteligibles, con sentido, a las preguntas que el
hombre se formula necesariamente sobre su origen y sobre su
destino. Ciertamente, creer en la vida eterna tal como se entiende
en la Sagrada Escritura, en la Tradición apostólica y en el
Magisterio de la Iglesia, es ir más allá del alcance de la razón,
pero es la misma razón la que va más allá, potenciada y guiada
por el don divino de la fe.

Leibniz
«¿Por qué el ser más bien que la nada?», se preguntaba
Leibniz (antes que Heidegger). En el fondo, la pregunta equivale a
«¿por qué Dios y no nada?». La respuesta podría ser ésta:
porque Dios es respuesta - la respuesta -; la nada es nada.
¿POR QUÉ DEBO
CREER A OTROS?
¿Por qué tengo que creer en lo que me dicen otros y no he visto
con mis ojos? Porque la persona humana no es una ostra; es un «ser-con-otros».
Por eso es natural que baste que algunos sean testigos oculares,
para que todos los que de alguna manera les conocen, se den por
enterados. Es como si lo viéramos todos.
Cuando Cristo resucitado se presenta ante el Colegio apostólico,
incluido Tomás - que no quiso creer sin ver-, le dijo: «"Trae
aquí tu dedo y mira mis manos, y trae tu mano y métela en mi
costado, y no seas incrédulo sino creyente. Respondió Tomás y
le dijo: ¡Señor mío y Dios mío! Jesús contestó: Porque me
has visto has creído; bienaventurados los que sin haber visto han
creído» (Jn 20, 27-29). No dice Jesús: tranquilo, Tomás; es
natural que no creyeras sin haber visto... Jesús elogia a los que
creen sin ver, porque les basta un testimonio fiable. Esto es lo
razonable, lo que tiene sentido y da sentido al humano vivir.
Pbro. Dr. Antonio
Orozco Delclós

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