|

"Es verdad que en este
Schubert se encuentra una chispa divina"
( Ludwig van Beethoven )
"Secretamente, en el fondo de mi corazón, todavía espero ser
capaz de hacer algo por mí mismo, pero ¿quién puede hacer algo
después de Beeethoven?"
(Franz Schubert, según Joseph von Spaun)
Pequeñas anécdotas: Algunas
obras de Schubert que incluyen citas conscientes de obras de
Beethoven, a modo de homenaje.
Lied An den Mond, D 193:
Este lied es un canto a la luna, sobre un poema de Hölty. El
homenaje de Schubert reside aquí en la imitación del principio
de la sonata "Quasi una fantasía" de Beethoven. El crítico y
poeta Rellstab había otorgado a esta sonata el título "Claro de
Luna", ya que comentaba que el primer movimiento le recordaba
"un claro de luna sobre el lago de los Cuatro Cantones".
Schubert, que había compuesto música para algunos de los lieder
de Rellstab, pudo conocer esta denominación. El hecho es que el
acompañamiento de la primera sección de este lied recuerda
extraordinariamente el principio de la sonata Claro de Luna de
Beethoven.
Lied Der Zwerg, D 771:
Esta escena dramática, de poderosa fuerza expresiva, narra la
desgraciada historia de una princesa destinada a la muerte,
según un texto de Collin. En el momento en el que se conoce el
trágico destino de la joven, el acompañamiento del piano emplea
una célula descendente, que recuerda al tema inicial de la
Quinta Sinfonía de Beethoven, llamada la Sinfonía del Destino.
Puede tratarse de una casualidad, pero algunas fuentes
bibliográficas[4] se inclinan por pensar que se trata de una
cita consciente, de un símbolo de la fatalidad en la existencia
humana.
Sinfonía en Do Mayor:
Contiene una cita del último movimiento de la Novena Sinfonía de
Beethoven, en la que aparece una referencia a la melodía
escogida por éste para la Oda a la Alegría, de Schiller, uno de
los poetas a los que Schubert puso música con mayor frecuencia
(el segundo en su producción, después de Goethe).
Gran duo en La mayor:
En esta pieza, Schubert intenta fusionar el espíritu concertante
de la Sonata Kreutzer de Beethoven con el estilo fresco y
despreocupado del Biedermeier. En algunas partes de la obra, el
resultado parece una auténtica parodia humorística de la música
de Beethoven, mientras que en otras afloran melodías muy
características del joven Franzs. El resultado es muy curioso:
la obra, en una primera audición, parece muy clara y optimista,
sin embargo, la complejidad técnica y la dificultad de conjunto
es extraordinaria, en una línea completamente diferente a la de
la Sonata Kreutzer, pero que, sin duda, tiene muchas deudas con
la obra beethoveniana.
Finale:
Sabemos, pues que Schubert, entre 1822 y 1828, manifestó siempre
públicamente su afecto y admiración por Beethoven. No obstante,
desconocemos su opinión sobre las últimas sonatas de Beethoven,
por ejemplo, obras en las que éste expandió el concepto de
sonata hasta sus últimas consecuencias, o algunas de sus últimas
piezas. Sin embargo, una semana antes de su muerte, Schubert
pidió que fuese interpretado ante él el cuarteto en do sostenido
menor de Beethoven, considerado por muchos como su aportación
más importante al género. Se sabe que Karl Holz y algunos otros
músicos lo tocaron para él. Holz escribió: "Schubert se
transportó por el delirio y el entusiasmo y parecía tan fuera de
sí que todos temimos por su vida".
Invitaros a imaginar qué camino habría tomado la composición de
Schubert después de esta grandiosa y última impresión, puede ser
una buena idea, tan indeterminada como la auténtica relación
entre las vidas de Beethoven y Schubert, para dar fin este
artículo.

entro de
la trayectoria vital y musical del compositor Franz Schubert
tiene una importancia muy especial la figura de Beethoven. La
cuestión es larga y nada sencilla de resolver, porque al margen
de una posible relación humana y profesional entre ambos
músicos, hay que tener en cuenta también la forma en la que la
figura de Beethoven influyó en las creaciones de Schubert, que
falleció en 1828, solamente un año después que el maestro.
La visión que Schubert tenía del mismo se modificó a lo largo de
los años. En su periodo estudiantil, Schubert siente una
admiración muy genuina y fresca, que encontramos en sus primeras
composiciones, influidas también en gran medida por su maestro
Salieri, entre 1811 y 1816. En 1814, el joven Franz asistió a
una representación de Fidelio, que le pareció maravillosa.
En el año
1816, comenta en su diario que estaba tocando, por placer, unas
variaciones de Beethoven. Sabemos, además, que estudiaba el
proceso compositivo de sus obras instrumentales y lieder.
Sin embargo, en este mismo año de 1816, Schubert escribe en su
diario que se declara independiente de Beethoven, porque mezcla
elementos de lo trágico y lo cómico en sus obras. Y él deplora
esta opción, diciendo que crea confusión, incluso él que nunca
ha sido especialmente religioso[1], dice que este caos musical
arrastra a las personas a la locura en vez de al amor, a la risa
en vez de a la contemplación divina. Este comentario aparece en
Schubert antes incluso de que comenzara la pérdida de
popularidad de las composiciones de Beethoven en Viena.
Durante el periodo que va de 1816 a 1821, encontramos a Schubert
algo más alejado de los planteamientos beethovenianos, siendo
más sensible a los modelos de Haydn y Mozart.
Pero en 1822, Schubert dedica unas variaciones a cuatro manos (op
10) a Beethoven, de parte de su seguidor y admirador. ¿Significa
esto que las concepciones musicales de Schubert habían sufrido
de nuevo un gran cambio? Antes deberíamos analizar todas las
circunstancias que rodean a este hecho. Es fundamental, a este
respecto, que, en este mismo año, Joseph Hüttenbrenner escribe a
un editor que el propio Beethoven había dicho de Schubert "Este
me superará".
Este comentario merece una gran atención, porque procede de
Joseph Hüttenbrenner. Aparte de Mayrhofer y Schober, dos íntimos
amigos de Schubert que no nos han dejado ninguna referencia de
la relación entre Beethoven y Schubert, Joseph era la persona
más cercana a Schubert en este momento, ya que actuaba como
representante suyo. Joseph no afirma haber escuchado esta
sentencia al propio compositor, pero evidentemente, debía creer
que esto era cierto. La frase se recoge en una carta al editor
Peters, solicitándole una edición para algunas obras de Schubert.
Peters era editor de muchas obas de Beethoven, por tanto, podía
verificar en cualquier momento si esta sentencia era cierta o si
se trataba de una fabulación de Hüttenbrenner.

Por otra parte, resulta difícil de creer que Beethoven, tan
consciente de su propio genio, dedicara tan elogiosas palabras
al talento de Schubert, como resumen de una valoración general
de sus obras, o de su papel en la música en Viena. Sin embargo,
podemos aventurarnos a ir un poco más allá, porque sí que sería
posible en un momento dado que, a la vista de una composición
concreta de Schubert, Beethoven, entusiasmado, hubiese
pronunciado esta frase, de un modo espontáneo. Ello sí que
correponde al carácter apasionado y expresivo de Beethoven, del
cual tenemos muchas referencias en cartas y escritos de sus
amigos y contemporáneos. En este contexto encajaría que Schubert,
en este mismo año 1822, le dedicara la citada serie de
Variaciones a Beethoven, como muestra de agradecimiento.
En esta época, Schubert se encontraba, además, en uno de los
mejores momentos de su carrera. Había conseguido publicar,
mediante un sistema de suscripciones, algunos de sus más
inspirados lieder. También había colaborado en algunos
conciertos con piezas suyas. La conmovedora y extraordinaria
interpretación que Vogl hacía de su famoso Earlkönig estaba en
boca de todos los críticos de la Viena de aquel momento, de
forma que es muy probable que Beethoven tuviera noticias de todo
esto.
Hay algunas cuestiones que contribuyen, pues, a solucionar este
rompecabezas. Para empezar, Schubert dedica su composición a
Beethoven en un momento en el que estaba dedicando piezas a las
personas más influyentes de la Viena del momento: Salieri, Mosel
y el propio mecenas de Beethoven, el conde Moritz von Fries. Sin
embargo, la variación no es uno de los géneros más personales de
Schubert. En concreto éstas, las op 10, no siguen en absoluto
las vías y posibilidades abiertas por las variaciones escritas
por Beethoven, de forma que probablemente él podría
considerarlas flojas y carentes de imaginativa. De forma que una
de las pocas razones que podría justificar esta dedicatoria
sería la necesidad de dar una rápida respuesta a la frase de
Beethoven "este me superará", enviándole la única obra que tenía
previsto publicar en esa primavera. Así pues, es probable que
después de esta inesperada muestra de afecto de Beethoven,
Schubert revisara sus planteamientos, más bien humanos que
musicales, como aclararemos a continuación.

Si nos remitimos a las opiniones que Beethoven tenía de sus
contemporáneos, Schubert parece ser el único que tuvo la suerte
de ser valorado y comprendido por el compositor.
Rossini y Spohr
no le interesaban, y sólo se
interesaba condescendientemente por
la obra de sus alumnos y amigos, como Moscheles o Czerny. De las
piezas publicadas en este periodo de la vida de Schubert
(alrededor de 1822), es muy probable que fuesen los primeros
lieder los que llamaron la atención de Beethoven, obras como
Erlkönig, Gretchen am Spinnrade o Der Tod und das Mädchen. Esto
coincide además con una referencia de las notas biográficas
publicadas por Ferdinand, hermano de Schubert: "[Beethoven]
expresó con frecuencia su interés, en especial por sus
canciones".
Sin embargo, no tenemos muchas más referencias que relacionen a
los dos compositores. Fue a finales de 1822 cuando Schubert
contrajo una enfermedad venérea que le apartó de la vida social
por espacio de un año. En 1823, Beethoven debió preguntar por
él, ya que en uno de los cuadernos de conversación leemos que su
sobrino Karl le responde "se habla mucho de Schubert, pero dicen
que se esconde". Si Beethoven ya había oído hablar del
compositor antes de 1823 e incluso le conocía, este contacto
debió ser aún mayor entre 1823 y 1827, ya que Schubert en esa
época colaboró en bastantes proyectos colectivos con
compositores de Viena[2] e, individualmente, publicó más obras
que ninguno de sus contemporáneos. Además, sus editoriales
coincidían con las de Beethoven. Más de una vez pudieron
coincidir revisando las pruebas de imprenta, ya que las fechas
de publicación de uno y otro a veces coinciden.
Las críticas de las obras de Schubert en este periodo comienzan
a relacionar los nombres de Beethoven y Schubert, aunque en
general sólo pretendían subrayar la dependencia de éste último
de los modelos formales beethovenianos.
Sin embargo, también los discípulos, amigos y colaboradores de
Beethoven comenzaban a apreciar al joven compositor. Ambos,
además tenían amigos comunes. El violinista Ignaz Schuppanzigh,
que había estrenado con su cuarteto muchos de las piezas de
Beethoven de este género, interpretó con su conjunto el cuarteto
en la menor, en un programa en el que también se incluyó el
Septeto de Beethoven. Posteriormente, Schubert le dedicó este
cuarteto al ser publicado como op. 29.
En resumen, las notas recogidas en los cuadernos de conversación
en estos años indican que el nombre de Schubert se mencionaba
con cierta frecuencia en el círculo de amigos de Beethoven,
quizá incluso más de lo que sugieren los documentos que nos han
llegado. De hecho, cuando tres semanas después de la muerte de
Beethoven, Schuppanzigh organizó un concierto en su memoria, la
obra que abrió el programa fue el Octeto de Schubert.
Sin embargo, es poco lo que sabemos acerca de la relación humana
entre Beethoven y Schubert. Es esta una cuestión que sigue
siendo de interés para la historiografía crítica actual, quizá
por su compleja solución. El tema es de una enorme complejidad,
ya que solamente poseemos, como dato objetivo, una fuente en la
que se citan los nombres de los treinta y seis porteadores de
antorchas en el funeral de Beethoven. Entre ellos se encuentran
Schubert y algunos de sus amigos más cercanos. Todos los demás
testimonios sobre encuentros y conversaciones, están envueltas
en fabulaciones y supuestos que enredan y complican su
comprensión. Las contradicciones surgen desde el primer momento
si comparamos las cartas y recuerdos de los amigos y familiares
de ambos compositores.
En el caso de la correspondencia que afecta directamente a
Beethoven, nos encontramos con que solamente Anton Schindler
recoge anécdotas que relacionen a ambos autores. De hecho, en su
tercera revisión de la biografía de Beethoven (pero no en las
versiones previas), se refiere al momento en que Schubert
presentó sus Variaciones op. 10 a Beethoven. Según éste,
Beethoven hizo reparar al joven Schubert en una falta armónica,
hecho que bloqueó totalmente su capacidad de reacción, dado su
natural tímido y reservado.
No obstante, es difícil creer a este discutido biógrafo, que
llegó a llamarse a sí mismo "Schindler, amigo de Beethoven", en
sus tarjetas de visita, cuando esta amistad no le impidió
destruir una cuarta parte de los cuadernos de conversación que
éste le había confiado[3]. Por otra parte, Schindler no era aún
asiduo de Beethoven en 1822. Además, el propio Joseph
Hüttenbrenner, citado anteriormente, respecto a este hecho,
narra que Schubert envió copia de las Variaciones a Beethoven,
pero que éste no estaba en casa. Lo único que puede hacernos
dudar de esta afirmación es que data de 1858, treinta y seis
años después de que se produjeran los hechos.
Bien es cierto que algunos íntimos amigos de Schubert, en sus
cartas, parecen dar por supuesto que ambos músicos se conocían y
trataban asiduamente. Entre ellos podemos citar a Anselm
Hüttenbrenner, hermano de Joseph, y al hermano de Schubert,
Ferdinand. Sin embargo, un análisis más detallado de estas
cartas nos revela que los amigos de Schubert que dan por
supuesta esta amistad no residían habitualmente en Viena. Cabe
la posibilidad de que hayan deducido de la admiración que
Schubert sentía por Beethoven un trato humano que nunca existió.
Pero también esta hipótesis tiene sus defectos. Anselm
Hüttenbrenner, también en 1858, afirma que tanto él como
Schindler y Schubert visitaron a Beethoven una semana antes de
su muerte y que el maestro no pidió que le presentaran a
Schubert, de lo cual Anselm dedujo que ya se conocían. Sin
embargo, Joseph Hüttenbrenner afirma en ese mismo año que él
también había estado en aquella última entrevista con Beethoven,
junto con el pintor Telscher. En cambio, Schindler, ya asiduo de
Beethoven por aquellas fechas, no menciona ninguna de estas
visitas.
Cuesta creer todas estas historias, escritas casi treinta años
después de la muerte de los dos compositores. Podemos añadir,
además, que el propio Anselm no incluye ninguna referencia a
esta visita a Beethoven en su lecho de muerte en su escrito
sobre la vida de Schubert, que data de 1854, a pesar de que
incluye otras cuestiones mucho más triviales.
Para terminar de complicar la cuestión, Joseph von Spaun, uno de
los más fieles amigos de Schubert, que le conoció desde los once
años de edad y se mantuvo en contacto con él permanentemente
hasta su muerte, nos comenta cómo Schubert, en 1827, lamentaba
que Beethoven le hubiera resultado siempre tan inaccesible.
Durante ese año de 1827, los amigos de Schubert pasaban siempre
juntos las tardes, de forma que si Schubert hubiera acudido al
lecho de muerte de Beethoven, todos ellos se habrían enterado.
Según Spaun, ambos músicos nunca se conocieron personalmente,
dada la timidez de Schubert.

Tradicionalmente, se ha difundido la imagen de Schubert como un
músico extraordinariamente tímido, que deambulaba por Viena
siguiendo el rastro del Maestro, intentando encontrarse con él,
siguiéndole en sus paseos por la ciudad, o bien en los cafés,
pero sin atreverse nunca a presentarse o saludarle. Esta
hipótesis carente de todo fundamento parece inspirarse en la
visión que Spaun tenía de su amigo, y tal vez inspirase a
Schindler para escribir su relato imaginario, ya comentado,
sobre el encuentro de Schubert y Beethoven en 1822 a raíz de la
dedicatoria de las Variaciones, ya que fue escrito después de
los Recuerdos de Schubert, la referencia literaria de Spaun.
De lo que no cabe duda es de que, cualquiera que fuese su
relación humana real, Schubert profesó una admiración
extraordinaria a Beethoven a partir de 1822. Sus amigos (Anselm
y Joseph Hüttenbrenner, Ferdinand, Leopold von Sonnleithner etc)
recogen expresiones admirativas. Sin duda, Schubert hubiera
querido emular la carrera de Beethoven, como se recoge en
algunas cartas a sus amigos Kupelwieser y Peitl. Pero en estas
cartas aparece tanto la intención de mejorar y parecerse al
maestro como la íntima insatisfacción consigo mismo, la
sensación de ser menor, mediocre y falto de inspiración al
compararse con él.

Como última hipótesis, podemos comentar que es probable que esta
fuera la razón por la que nunca fueron maestro y discípulo o
amigos cercanos. No es aventurado pensar que Schubert,
consciente de su propia valía como compositor, y a la vez
también de la naturaleza insegura de su carácter, prefiriera
admirar a Beethoven desde un relativo anonimato, escuchando sus
obras, acudiendo a sus conciertos, pero sin vincularse del todo.
De este modo podía seguir admirándole, pero sin dejarse
deslumbrar por él, por los logros sinfónicos que éste obtenía y
a que a Schubert le parecían inalcanzables. De este modo,
Schubert podía preservar su propia personalidad, continuar su
camino y perseverar sin convertirse en el imitador o la sombra
de un maestro, desarrollando aquellos géneros en los que él se
sentía realmente cómodo, innovador y genial.
Podemos suponer que la vida de Schubert se articuló en torno a
una dialéctica de resistencia: por una parte, su admiración
hacia el proceso compositivo de Beethoven, su inventiva formal
basada en el desarrollo motívico-temático, su extraordinario
poder comunicativo, que él deseaba asimilar en su propia pluma.
Por otra parte, la necesidad de proseguir un camino propio, de
emplear los esquemas formales basados en la melodía, heredados
de Mozart y Haydn y crear con ellos un lenguaje y una estética
nueva.

En lo que se refiere a otros terrenos, Schubert también se
resistió a imitar el tipo de vida de Beethoven: nunca tuvo un
mecenas fijo, conviertiéndose así en el primer compositor
independiente de la historia de la música.
Estas son dos de las razones que sitúan a Schubert en la órbita
del primer Romanticismo y no entre Clasicismo y Romanticismo,
lugar en el que la historiografía musical ha emplazado la
gigantesca figura de Beethoven.
El conocido director de orquesta, Arturo Tamayo, suele comentar
que todas las obras encierran en sí mismas una parte de
tradición y una parte de avance hacia la modernidad. En el caso
de Beethoven y Schubert esta dualidad es permanente y en ambos
casos constituye su propia genialidad, porque para ellos, la
tradición consiste en los mismos elementos heredados del
lenguaje clasicista. Sin embargo, su idea de la modernidad era
bien distinta y ambos trazaron dos de las vías a seguir a lo
largo de todo el siglo diecinueve, en los terrenos sinfónico,
instrumental y camerístico. ¿Podríamos pensar que esto habría
sido diferente en el caso de que ambos compositores se hubiesen
relacionado más estrechamente? Por suerte, esto es algo que
nunca sabremos.
Fuente:
http://www.filomusica.com
 |