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| "La
santidad consiste en una disposición
del corazón que nos hace humildes y pequeños
en los brazos de Dios, y confiados -aun con
nuestro cuerpo- en su bondad paternal" Sta.
Teresita de Lesieux |
En el
Antiguo Testamento el hebreo Kadosch
(santo) significaba estar separado de lo
secular o profano y dedicado al servicio
de Dios. El pueblo de Israel se conocía
como santo por ser el pueblo de Dios.
La
santidad de Dios identificaba su
separación de todo lo malo. Las
criaturas son santas en cuanto estén en
relación con El. La santidad de las
criaturas es subjetiva, objetiva o
ambas. Es subjetiva en esencia por la
posesión de la gracia divina y
moralmente por la práctica de la virtud.
La santidad objetiva en las criaturas
denota su consagración exclusiva al
servicio de Dios: sacerdotes por su
ordenación; religiosos y religiosas por
sus votos; lugares sagrados, vasos y
vestimentas por la bendición que reciben
y por el sagrado propósito para el cual
han sido reservados.
Por el Bautismo todos somos llamados a
la santidad y en la Iglesia recibimos
las gracias necesarias que proceden de
los méritos de Jesucristo. Todos, sin
embargo, sean sacerdotes, religiosos o
laicos deben responder libremente a esas
gracias para lograr la santidad.
LOS SANTOS Y
NOSOTROS
Según el Concilio
Vaticano II
En la vida de aquellos que siendo
hombres como nosotros, se transformaron
con mayor perfección en imagen de Cristo
(2 Cor 3,18) Dios manifiesta al vivo
entre los hombres su presencia y su
rostro.
Veneramos la memoria de los Santos del
cielo, con la unión de toda la iglesia
por su ejemplaridad; pero en el espíritu
se vigorice por el ejercicio de la
caridad fraterna (Eph, 4 1-6). Porque
así como la comunión cristiana entre los
viadores nos acerca más a Cristo, así el
consorcio con los Santos nos une a
Cristo de quién, como de fuente y
cabeza, dimana toda la gracia y la vida
del pueblo de Dios. Es, por tanto,
sumamente conveniente que amemos, a
estos amigos y coherederos de Cristo,
hermanos también y eximios bienhechores
nuestros; que rindamos a Dios las
gracias que les brindemos por ellos, los
invoquemos humildemente, y que para
impetrar de Dios beneficios por medio de
su Hijo Jesucristo, nuestro Señor que es
el único Redentor y Salvador nuestro,
acudamos a sus oraciones, protección y
socorro “ Todo genuino testimonio de
amor que ofrezcamos a los
bienaventurados se dirige, por su propia
naturaleza, a Cristo y termina en EL,
que es la Corona de todos los Santos,
Por EL va a Dios que es admirable en sus
Santos y en ellos es glorificado. (L.G.
N. 50).
Fuente :
http://www.corazones.org/diccionario/santidad.htm
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San Juan Bautista
San Francisco de Asís
Santa Teresa
de Avila
San Juan Bautista
ejemplo
de valentía y humildad

Su vida no conoció límites para demostrar con hechos su amor a
Cristo. Hoy, ese ejemplo sigue vigente.
La vida de san Juan Bautista está plagada de enseñanzas prácticas
que no caducan al paso del tiempo. Desde su nacimiento hasta su
muerte, el paso de Juan por la Tierra es ejemplar y, hoy, dos
lecciones de vida resuenan con especial fuerza: su valentía y
humildad.

Lucas es quien narra la vida de Juan al iniciar su Evangelio. Pero
lejos de su carácter sobrenatural, el relato evangélico resume la
praxis del Bautista con enorme claridad. La promesa que el ángel
hizo a Zacarías se cumplió plenamente:
“Será para ti gozo y alegría; y muchos se alegrarán en su
nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni
licor, será lleno del Espíritu Santo ya desde el vientre de su
madre, y convertirá a muchos de los hijos de Israel al Señor su
Dios; e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías para
convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los
desobedientes a la prudencia de los justos, a fin de preparar al
Señor un pueblo perfecto”.

En efecto, la voz que clama en el desierto preparó la venida de
Cristo con un intenso apostolado del que todos debemos aprender. Con
la valentía de quien se sabe hijo de Dios, Juan fue valiente ante
cualquier burla. ¿Cuántas veces nosotros no nos amedrentamos ante la
burla más insignificante y tememos reconocer que somos cristianos?
Ocultos tras el pretexto de la tolerancia, evitamos alzar la voz
para rectificar tal o cual punto de vista, para detener una
conversación que falta a la caridad o al pudor, etcétera.

Hoy más que nunca hacen falta cristianos verdaderamente fuertes y
comprometidos, que no tengan miedo de aceptar su condición de hijos
de Dios en todos los ambientes, en cualquier sitio. La sociedad
reclama católicos de tiempo completo que lo mismo acudan a la misa
dominical que sean justos con sus empleados, que hagan su trabajo
del mejor modo posible, que respeten la ley y la hagan cumplir, que
no saquen ventaja de las circunstancias en su propio beneficio…
Esto sólo será posible con una intensa vida interior, con una
constante rectitud de intención, que darán la fuerza para
comportarnos siempre como verdaderos cristianos. Obras son amores,
por eso el Bautista dio ejemplo de amor a Dios hasta su injusta
muerte en prisión, por ser testigo del mensaje de Cristo.
A pesar de esa imagen agreste que nos llega a través de la historia,
a pesar de su enorme fuerza -espiritual y física-, Juan Bautista era
también un gran enamorado de Dios y sobre la base de ese amor estaba
fincada toda su vitalidad y aplastante apostolado.

Esa valentía de san Juan Bautista -que no se entiende sin el amor a
Dios- hoy se echa de menos en la oficina, la escuela, incluso en el
hogar. En todos los sitios urge recordar que el trabajo debe hacerse
bien, que no valen las pequeñas chapuzas ni los retrasos; hay que
recordar la importancia de tratar a los demás con cariño, sin
ofender a nadie. Esta tarea es misión principal para quienes nos
decimos cristianos.
Fruto de esta actitud será el verdadero apostolado que demos con
nuestro ejemplo, un apostolado humilde y eficaz como el que nos
enseña el Bautista. “Conviene que Él crezca y yo disminuya”, esta
convicción debe llevarnos a que toda nuestra vida sea una constante
lucha por acercarnos más a Dios y llevar más almas a Él.
Juan era valiente, y verdaderamente humilde. No busca la gloria
propia, sino la gloria de Dios. Ojalá que aprovechemos la solemnidad
de su nacimiento reflexionemos sobre todo aquello que hemos dejado
de hacer por temor, comodidad o ignorancia.
El apoyo de la Santísima Virgen será indispensable para seguir con
eficacia el ejemplo de san Juan Bautista, que con su vida dio
verdadero testimonio de amor a Cristo.
San Francisco
«el hombre de hoy necesita
la fe, la esperanza y la caridad de Francisco; necesita la
alegría de brota de la pobreza de espíritu, esto es, de una
libertad interior». -Juan Pablo II, 11-II-03
Vida de San Francisco
Nació en
Asís
(Italia), el año 1182. Después de una juventud disipada en
diversiones, se convirtió, renunció a los bienes paternos y se
entregó de lleno a Dios. Abrazó la pobreza y vivió una vida
evangélica, predicando a todos el amor de Dios. Dio a sus
seguidores unas sabias normas, que luego fueron aprobadas por la
Santa Sede. Inició también una Orden de
religiosas y un grupo de penitentes que vivían en el
mundo, así como la predicación entre los infieles. Murió el año
1226.
Un
santo para todos
Ciertamente no existe ningún santo que sea tan popular como él
tanto entre católicos como entre los protestantes y aun entre
los no cristianos. San Francisco de Asís cautivó la imaginación
de sus contemporáneos presentándoles la pobreza, la castidad y
la obediencia con la pureza y fuerza de un testimonio radical.
Llegó a
ser conocido como el Pobre de Asís por su matrimonio con la
Pobreza, su amor por los pajarillos y toda la naturaleza. Todo
ello refleja un alma en la que Dios lo era todo sin división, un
alma que se nutría de las verdades de la fe católica y que se
había entregado enteramente, no sólo a Cristo, sino a Cristo
crucificado.
Nacimiento y vida familiar de un caballero
Francisco
nació en Asís, ciudad de Umbría, en el año 1182. Su padre, Pedro
Bernardone, era comerciante. El nombre de su madre era Pica y
algunos autores afirman que pertenecía a una noble familia de la
Provenza. Tanto el padre como la madre de Francisco eran
personas acomodadas. Pedro Bernardone comerciaba especialmente
en Francia. Como se hallase en dicho país cuando nació su hijo,
las gentes le apodaron "Francesco" (el francés), por más que en
el bautismo recibió el nombre de Juan. En su juventud, Francisco
era muy dado a las románticas tradiciones caballerescas que
propagaban los trovadores. Disponía de dinero en abundancia y lo
gastaba pródigamente, con ostentación. Ni los negocios de su
padre, ni los estudios le interesaban mucho, sino el divertirse
en cosas vanas que comúnmente se les llama "gozar de la vida".
Sin embargo, no era de costumbres licenciosas y acostumbraba a
ser muy generoso con los pobres que le pedían por amor de Dios.
Hallazgo de un tesoro
Cuando
Francisco tenía unos veinte años, estalló la discordia entre las
ciudades de Perugia y Asís y en la guerra, el joven cayó
prisionero de los peruginos. La prisión duró un año, y Francisco
la soportó alegremente. Sin embargo, cuando recobró la libertad,
cayó gravemente enfermo. La enfermedad, en la que el joven probó
una vez más su paciencia, fortaleció y maduró su espíritu.
Cuando se sintió con fuerzas suficientes, determinó ir a
combatir en el ejército de Galterío y Briena en el sur de
Italia. Con ese fin, se compró una costosa armadura y un hermoso
manto. Pero un día en que paseaba ataviado con su nuevo atuendo,
se topó con un caballero mal vestido que había caído en la
pobreza; movido a compasión ante aquel infortunio, Francisco
cambió sus ricos vestidos por los del caballero pobre. Esa noche
vio en sueños un espléndido palacio con salas colmadas de armas,
sobre las cuales se hallaba grabado el signo de la cruz y le
pareció oír una voz que le decía que esas armas le pertenecían a
él y a sus soldados.

Francisco
partió a Apulia con el alma ligera y la seguridad de triunfar,
pero nunca llegó al frente de batalla. En Espoleto, ciudad del
camino de Asís a Roma, cayó nuevamente enfermo y, durante la
enfermedad, oyó una voz celestial que le exhortaba a "servir al
amo y no al siervo". El joven obedeció. Al principio volvió a su
antigua vida, aunque tomándola menos a la ligera. Las gentes, al
verle ensimismado, le decían que estaba enamorado. "Sí",
replicaba Francisco, "voy a casarme con una joven más bella y
más noble que todas las que conocéis". Poco a poco, con la mucha
oración, fue concibiendo el deseo de vender todos sus bienes y
comprar la perla preciosa de la que habla el Evangelio.
Aunque
ignoraba lo que tenía que hacer para ello, una serie de claras
inspiraciones sobrenaturales le hizo comprender que la batalla
espiritual empieza por la mortificación y la victoria sobre los
instintos. Paseándose en cierta ocasión a caballo por la llanura
de Asís, encontró a un leproso. Las llagas del mendigo
aterrorizaron a Francisco; pero, en vez de huir, se acercó al
leproso, que le tendía la mano para recibir una limosna.
Francisco comprendió que había llegado el momento de dar el paso
al amor radical de Dios. A pesar de su repulsa natural a los
leproso, venció su voluntad, se le acercó y le dio un beso.
Aquello cambió su vida. Fue un gesto movido por el Espíritu
Santo, pidiéndole a Francisco una calidad de entrega, un "sí"
que distingue a los santos de los mediocres.
A partir de entonces, comenzó a visitar y servir a los
enfermos en los hospitales. Algunas veces regalaba a los pobres
sus vestidos, otras, el dinero que llevaba.
"Francisco, repara mi Iglesia,
pues ya ves que está en ruinas"
En cierta ocasión, mientras oraba en la iglesia de
San Damián
en las afueras de Asís, el crucifijo, (hoy
llamado Crucifijo de San Damián)
le repitió tres veces: "Francisco, repara
mi casa, pues ya ves que está en ruinas". El santo, viendo que
la iglesia se hallaba en muy mal estado, creyó que el Señor
quería que la reparase; así pues, partió inmediatamente, tomó
una buena cantidad de vestidos de la tienda de su padre y los
vendió junto con su caballo. En seguida llevó el dinero al pobre
sacerdote que se encargaba de la iglesia de San Damián, y le
pidió permiso de quedarse a vivir con él. El buen sacerdote
consintió en que Francisco se quedase con él, pero se negó a
aceptar el dinero. El joven lo depositó en el alféizar de la
ventana. Pedro Bernardone, al enterarse de lo que había hecho su
hijo, se dirigió indignado a San Damián. Pero Francisco había
tenido buen cuidado de ocultarse.
Renuncia a la herencia de
su padre
Al cabo de
algunos días pasados en oración y ayuno, Francisco volvió a
entrar en la población, pero estaba tan desfigurado y mal
vestido, que las gentes se burlaban de él,
tomándolo por loco. Pedro Bernardone, muy desconcertado
por la conducta de su hijo, le condujo a su casa, le golpeó
furiosamente (Francisco tenía entonces veinticinco años), le
puso grillos en los pies y le encerró en una habitación. La
madre de Francisco se encargó de ponerle en libertad cuando su
marido se hallaba ausente y el joven retornó a San Damián. Su
padre fue de nuevo a buscarle ahí, le golpeó en la cabeza y le
conminó a volver inmediatamente a su casa o a renunciar a su
herencia y pagarle el precio de los vestidos que le había
tomado.
Su padre
le obligó a comparecer ante el obispo Guido de Asís, quien
exhortó al joven a devolver el dinero y a tener confianza en
Dios: "Dios no desea que su Iglesia goce de bienes injustamente
adquiridos." Francisco obedeció a la letra la orden del obispo y
añadió: "Los vestidos que llevo puestos pertenecen también a mi
padre, de suerte que tengo que devolvérselos." Acto seguido se
desnudó y entregó sus vestidos a su padre, diciéndole
alegremente: "Hasta ahora tú has sido mi padre en la tierra.
Pero en adelante podré decir: Padre nuestro, que estás en los
cielos."' Pedro Bernardone abandonó el palacio episcopal
"temblando de indignación y profundamente lastimado." El obispo
regaló a Francisco un viejo vestido de labrador, que pertenecía
a uno de sus siervos. Francisco recibió la primera limosna de su
vida con gran agradecimiento, trazó la señal de la cruz sobre el
vestido con un trozo de tiza y se lo puso.
Llamado
a la renuncia y a la negación
En
seguida, partió en busca de un sitio conveniente para
establecerse. Iba cantando alegremente las alabanzas divinas por
el camino real, cuando se topó con unos bandoleros que le
preguntaron quién era. El respondió: "Soy el heraldo del Gran
Rey." Los bandoleros le golpearon y le arrojaron en un foso
cubierto de nieve. Francisco prosiguió su camino cantando las
divinas alabanzas. En un monasterio obtuvo limosna y trabajo
como si fuese un mendigo. Cuando llegó a Gubbio, una persona que
le conocía, le llevó a su casa y le regaló una túnica, un
cinturón y unas sandalias de peregrino. El atuendo era muy pobre
pero decente. Francisco lo usó dos años, al cabo de los cuales
volvió a San Damián.
Para
reparar la iglesia, fue a pedir limosna en Asís, donde todos le
habían conocido rico y, naturalmente, hubo de soportar las
burlas y el desprecio de más de un mal intencionado. El mismo se
encargó de transportar las piedras que hacían falta para reparar
la iglesia y ayudó en el trabajo a los albañiles. Una vez
terminadas las reparaciones en la iglesia de San Damián,
Francisco emprendió un trabajo semejante en la antigua iglesia
de San Pedro. Después, se trasladó a una capillita llamada
Porciúncula, que pertenecía a la abadía benedictina de Monte
Subasio. Probablemente el nombre de la capillita aludía al hecho
de que estaba construida en una reducida parcela de tierra.
La
Porciúncula se hallaba en una llanura, a unos cuatro kilómetros
de Asís y, en aquella época, estaba abandonada y casi en ruinas.
La tranquilidad del sitio agradó a Francisco tanto como el
título de Nuestra Señora de los Ángeles, en cuyo honor había
sido erigida la capilla. Francisco la reparó y fijó en ella su
residencia. Ahí le mostró finalmente el cielo lo que esperaba de
él, el día de la fiesta de San Matías del año 1209.
En aquella
época, el evangelio de la misa de la fiesta decía: "Id a
predicar, diciendo: El Reino de Dios ha llegado.. . Dad
gratuitamente lo que habéis recibido gratuitamente . . . No
poseáis oro ... ni dos túnicas, ni sandalias, ni báculo ... He
aquí que os envío como corderos en medio de los lobos. . ."
(Mat.10 , 7-19). Estas palabras penetraron hasta lo más profundo
en el corazón de Francisco y éste, aplicándolas literalmente,
regaló sus sandalias, su báculo y su cinturón y se quedó
solamente con la pobre túnica ceñida con un cordón. Tal fue el
hábito que dio a sus hermanos un año más tarde: la túnica de
lana burda de los pastores y campesinos de la región. Vestido en
esa forma, empezó a exhortar a la penitencia con tal energía,
que sus palabras hendían los corazones de sus oyentes. Cuando se
topaba con alguien en el camino, le saludaba con estas palabras:
"La paz del Señor sea contigo."
Dones
extraordinarios
Dios le
había concedido ya el don de profecía y el don de milagros.
Cuando pedía limosna para reparar la iglesia de San Damián,
acostumbraba decir: "Ayudadme a terminar esta iglesia. Un día
habrá ahí un convento de religiosas en cuyo buen nombre se
glorificarán el Señor y la universal Iglesia." La profecía se
verificó cinco años más tarde en Santa Clara y sus religiosas.
Un habitante de Espoleto sufría de un cáncer que le había
desfigurado horriblemente el rostro. En cierta ocasión, al
cruzarse con San Francisco, el hombre intentó arrojarse a sus
pies, pero el santo se lo impidió y le besó en el rostro. El
enfermo quedó instantáneamente curado. San Buenaventura
comentaba a este propósito: "No sé si hay, que admirar más el
beso o el milagro".
Nueva orden religiosa y visita al Papa

San
Francisco tuvo pronto numerosos seguidores y algunos querían
hacerse discípulos suyos. El primer discípulo fue Bernardo de
Quintavalle, un rico comerciante de Asís. Al principio Bernardo
veía con curiosidad la evolución de Francisco y con frecuencia
le invitaba a su casa, donde le tenía siempre preparado un lecho
próximo al suyo. Bernardo se fingía dormido para observar cómo
el siervo de Dios se levantaba calladamente y pasaba largo
tiempo en oración, repitiendo estas palabras: "Deus meus et
omnia" (Mi Dios y mi todo). Al fin, comprendió que Francisco era
"verdaderamente un hombre de Dios" y en seguida le suplicó que
le admitiese corno discípulo. Desde entonces, juntos asistían a
misa y estudiaban la Sagrada Escritura para conocer la voluntad
de Dios. Como las indicaciones de la Biblia concordaban con sus
propósitos, Bernardo vendió cuanto tenía y repartió el producto
entre los pobres.
Pedro de
Cattaneo, canónigo de la catedral de Asís, pidió también a
Francisco que le admitiese como discípulo y el santo les
"concedió el hábito" a los dos juntos, el 16 de abril de 1209.
El tercer compañero de San Francisco fue el hermano Gil, famoso
por su gran sencillez y sabiduría espiritual.
En 1210,
cuando el grupo contaba ya con doce miembros, Francisco redactó
una regla breve e informal que consistía principalmente en los
consejos evangélicos para alcanzar la perfección. Con ella se
fueron a Roma a presentarla para aprobación del Sumo Pontífice.
Viajaron a pie, cantando y rezando, llenos de felicidad,
y viviendo de las limosnas que la gente les daba.
En Roma no
querían aprobar esta comunidad porque les parecía demasiado
rígida en cuanto a pobreza, pero al fin un cardenal dijo: "No
les podemos prohibir que vivan como lo mandó Cristo en el
evangelio". Recibieron la aprobación, y se volvieron a Asís a
vivir en pobreza, en oración, en santa alegría y gran
fraternidad, junto a la iglesia de la Porciúncula.

Inocencio
III se mostró adverso al principio. Por otra parte, muchos
cardenales opinaban que las órdenes religiosas ya existentes
necesitaban de reforma, no de multiplicación y que la nueva
manera de concebir la pobreza era impracticable.
El
cardenal Juan Colonna alegó en favor de Francisco que su regla
expresaba los mismos consejos con que el Evangelio exhortaba a
la perfección. Más tarde, el Papa relató a su sobrino, quien a
su vez lo comunicó a San Buenaventura, que había visto en sueños
una palmera que crecía rápidamente y después, había visto a
Francisco sosteniendo con su cuerpo la basílica de Letrán que
estaba a punto de derrumbarse. Cinco años después, el mismo
Pontífice tendría un sueño semejante a propósito de Santo
Domingo. Inocencio III mandó, pues, llamar a Francisco y aprobó
verbalmente su regla; en seguida le impuso la tonsura, así corno
a sus compañeros y les dio por misión predicar la penitencia.
La
Porciúncula
San
Francisco y sus compañeros se trasladaron provisionalmente a una
cabaña de Rivo Torto, en las afueras de Asís, de donde salían a
predicar por toda la región. Poco después, tuvieron dificultades
con un campesino que reclamaba la cabaña para emplearla como
establo de su asno. Francisco respondió: "Dios no nos ha llamado
a preparar establos para los asnos", y acto seguido abandonó el
lugar y partió a ver al abad de Monte Subasio. En 1212, el abad
regaló a Francisco la capilla de la Porciúncula, a condición de
que la conservase siempre como la iglesia principal de la nueva
orden. El santo se negó a aceptar la propiedad de la capillita y
sólo la admitió prestada. En prueba de que la Porciúncula
continuaba como propiedad de los benedictinos, Francisco les
enviaba cada año, a manera de recompensa por el préstamo, una
cesta de pescados cogidos en el riachuelo vecino. Por su parte,
los benedictinos correspondían enviándole un tonel de aceite.
Tal costumbre existe todavía entre los franciscanos de Santa
María de los Ángeles y los benedictinos de San Pedro de Asís.
Alrededor
de la Porciúncula, los frailes construyeron varias cabañas
primitivas, porque San Francisco no permitía que la orden en
general y los conventos en particular, poseyesen bienes
temporales. Había hecho de la pobreza el fundamento de su orden
y su amor a la pobreza se manifestaba en su manera de vestirse,
en los utensilios que empleaba y en cada uno de sus actos.
Acostumbraba llamar a su cuerpo "el hermano asno", porque lo
consideraba como hecho para transportar carga, para recibir
golpes y para comer poco y mal. Cuando veía ocioso a algún
fraile, le llamaba "hermano mosca" porque en vez de cooperar con
los demás echaba a perder el trabajo de los otros y les
resultaba molesto. Poco antes de morir, considerando que el
hombre está obligado a tratar con caridad a su cuerpo, Francisco
pidió perdón al suyo por haberlo tratado tal vez con demasiado
rigor. El santo se había opuesto siempre a las austeridades
indiscretas y exageradas. En cierta ocasión, viendo que un
fraile había perdido el sueño a causa del excesivo ayuno,
Francisco le llevó alimento y comió con él para que se sintiese
menos mortificado.
Somete la
carne a las espinas; Dios le otorga sabiduría.
Al
principio de su conversión, viéndose atacado de violentas
tentaciones de impureza, solía revolcarse desnudo sobre la
nieve. Cierta vez en que la tentación fue todavía más violenta
que de ordinario, el santo se disciplinó furiosamente; como ello
no bastase para alejarla, acabó por revolcarse sobre las zarzas
y los abrojos.
Su
humildad no consistía simplemente en un desprecio sentimental de
sí mismo, sino en la convicción de que "ante los ojos de Dios el
hombre vale por lo que es y no más". Considerándose indigno del
sacerdocio, Francisco sólo llegó a recibir el diaconado.
Detestaba de todo corazón las singularidades. Así cuando le
contaron que uno de los frailes era tan amante del silencio que
sólo se confesaba por señas, respondió disgustado: "Eso no
procede del espíritu de Dios sino del demonio; es una tentación
y no un acto de virtud." Dios iluminaba la inteligencia de su
siervo con una luz de sabiduría que no se encuentra en los
libros. Cuando cierto fraile le pidió permiso de estudiar,
Francisco le contestó que, si repetía con devoción el "Gloria
Patri", llegaría a ser sabio a los ojos de Dios y él mismo era
el mejor ejemplo de la sabiduría adquirida en esa forma.
La
Naturaleza
Sus
contemporáneos hablan con frecuencia del cariño de Francisco por
los animales y del poder que tenía sobre ellos. Por ejemplo, es
famosa la reprensión que dirigió a las golondrinas cuando iba a
predicar en Alviano: 'Hermanas golondrinas: ahora me toca hablar
a mí; vosotras ya habéis parloteado bastante." Famosas también
son las anécdotas le los pajarillos que venían a escucharle
cuando cantaba las grandezas del Creador, del conejillo que no
quería separarse de él en el Lago Trasimeno y del lobo de Gubbio
amansado por el santo. Algunos autores consideran tales
anécdotas como simples alegorías, en tanto que otros les
atribuyen valor histórico.
Aventura de amor con Dios
Los
primeros años de la orden en Santa María de los Ángeles fueron
un período de entrenamiento en la pobreza y la caridad
fraternas. Los frailes trabajaban en sus oficios y en los campos
vecinos para ganarse el pan de cada día. Cuando no había trabajó
suficiente, solían pedir limosna de puerta en puerta; pero el
fundador les había prohibido que aceptasen dinero. Estaban
siempre prontos a servir a todo el mundo, particularmente a los
leprosos y menesterosos.
San
Francisco insistía en que llamasen a los leprosos "mis hermanos
cristianos" y los enfermos no dejaban de apreciar esta profunda
delicadeza. El número de los compañeros del santo continuaba en
aumento, entre ellos se contaba el famoso "juglar de Dios", fray
Junípero; a causa de la sencillez del hermanito Francisco solía
repetir: "Quisiera tener todo un bosque de tales juníperos." En
cierta ocasión en que el pueblo de Roma se había reunido para
recibir a fray Junípero, sus compañeros le hallaron jugando
apaciblemente con los niños fuera de las murallas de la ciudad.
Santa Clara acostumbraba llamarle "el juguete de Dios".
Santa Clara,
Clara
había partido de Asís para seguir a Francisco, en la primavera
de 1212, después de oírle predicar. El santo consiguió
establecer a Clara y sus compañeras en San Damián, y la
comunidad de religiosas llegó pronto a ser, para los
franciscanos, lo que las monjas de Prouille habían de ser para
los dominicos: una muralla de fuerza femenina, un vergel
escondido de oración que hacía fecundo el trabajo de los
frailes.
Evangeliza
a los mahometanos
En el
otoño de ese año, Francisco, no contento con todo lo que había
sufrido y trabajado por las almas en Italia, resolvió ir a
evangelizar a los mahometanos. Así pues, se embarcó en Ancona
con un compañero rumbo a Siria; pero una tempestad hizo
naufragar la nave en la costa de Dalmacia. Como los frailes no
tenían dinero para proseguir el viaje se vieron obligados a
esconderse furtivamente en un navío para volver a Ancona.
Después de predicar un año en el centro de Italia (el señor de
Chiusi puso entonces a la disposición de los frailes un sitio de
retiro en Monte Alvernia, en los Apeninos de Toscana), San
Francisco decidió partir nuevamente a predicar a los mahometanos
en Marruecos. Pero Dios tenía dispuesto que no llegase nunca a
su destino: el santo cayó enfermo en España y, después, tuvo que
retornar a Italia. Ahí se consagró apasionadamente a predicar el
Evangelio a los cristianos.
La
humildad y obediencia
San
Francisco dio a su orden el nombre de "Frailes Menores" por
humildad, pues quería que sus hermanos fuesen los siervos de
todos y buscasen siempre los sitios más humildes. Con frecuencia
exhortaba a sus compañeros al trabajo manual y, si bien les
permitía pedir limosna, les tenía prohibido que aceptasen
dinero. Pedir limosna no constituía para él una vergüenza, ya
que era una manera de imitar la pobreza de Cristo. El santo no
permitía que sus hermanos predicasen en una diócesis sin permiso
expreso del obispo. Entre otras cosas, dispuso que "si alguno de
los frailes se apartaba de la fe católica en obras o palabras y
no se corregía, debería ser expulsado de la hermandad". Todas
las ciudades querían tener el privilegio de albergar a los
nuevos frailes, y las comunidades se multiplicaron en Umbría,
Toscana, Lombardia y Ancona.
Crece la
orden
Se cuenta
que en 1216, Francisco solicitó del Papa Honorio III la
indulgencia de la Porciúncula o "perdón de Asís". El año
siguiente, conoció en Roma a Santo Domingo, quien había
predicado la fe y la penitencia en el sur de Francia en la época
en que Francisco era "un gentilhombre de Asís". San Francisco
tenía también la intención de ir a predicar en Francia. Pero,
como el cardenal Ugolino (quien fue más tarde Papa con el nombre
de Gregorio IX) le disuadiese de ello, envió en su lugar a los
hermanos Pacífico y Agnelo. Este último había de introducir más
tarde la orden de los frailes menores en Inglaterra. El sabio y
bondadoso cardenal Ugolino ejerció una gran influencia en el
desarrollo de la orden. Los compañeros de San Francisco eran ya
tan numerosos, que se imponía forzosamente cierta forma de
organización sistemática y de disciplina común. Así pues, se
procedió a dividir a la orden en provincias, al frente de cada
una de las cuales se puso a un ministro, "encargado del bien
espiritual de los hermanos; si alguno de ellos llegaba a
perderse por el mal ejemplo del ministro, éste tendría que
responder de él ante Jesucristo." Los frailes habían cruzado ya
los Alpes y tenían misiones en España, Alemania y Hungría.
El primer
capítulo general se reunió, en la Porciúncula, en Pentecostés
del año de 1217. En 1219, tuvo lugar el capítulo "de las
esteras", así llamado por las cabañas que debieron
construirse precipitadamente con esteras para albergar a los
delegados. Se cuenta que se reunieron entonces cinco mil
frailes. Nada tiene de extraño que en una comunidad tan
numerosa, el espíritu del fundador se hubiese diluido un tanto.
Los delegados encontraban que San Francisco se entregaba
excesivamente a la aventura y exigían un espíritu más práctico.
Es que así les parecía lo que en realidad era una gran confianza
en Dios. El santo se indignó profundamente y replicó: "Hermanos
míos, el Señor me llamó por el camino de la sencillez y la
humildad y por ese camino persiste en conducirme, no sólo a mí
sino a todos los que estén dispuestos a seguirme ... El Señor me
dijo que deberíamos ser pobres y locos en este mundo y que ése y
no otro sería el camino por el que nos llevaría. Quiera Dios
confundir vuestra sabiduría y vuestra ciencia y haceros volver a
vuestra primitiva vocación, aunque sea contra vuestra voluntad y
aunque la encontréis tan defectuosa."
Francisco les insistía en que amaran muchísimo a Jesucristo y a
la Santa Iglesia Católica, y que vivieran con el mayor
desprendimiento posible hacia los bienes materiales, y no se
cansaba de recomendarles que cumplieran lo mas exactamente
posible todo lo que manda el Santo Evangelio.
El mayor
privilegio: no gozar de privilegio alguno
Recorría campos y pueblos invitando a la gente a amar más a
Jesucristo, y repetía siempre: 'El Amor no es amado". Las
gentes le escuchaban con especial cariño y se admiraban de lo
mucho que sus palabras influían en los corazones para
entusiasmarlos por Cristo y su Verdad.
A quienes
le propusieron que pidiese al Papa permiso para que los frailes
pudiesen predicar en todas partes sin autorización del obispo,
Francisco repuso: "Cuando los obispos vean que vivís santamente
y que no tenéis intenciones de atentar contra su autoridad,
serán los primeros en rogaros que trabajéis por el bien de las
almas que les han sido confiadas. Considerad como el mayor de
los privilegios el no gozar de privilegio alguno. . ." Al
terminar el capítulo, San Francisco envió a algunos frailes a la
primera misión entre los infieles de Túnez y Marruecos y se
reservó para sí la misión entre los sarracenos de Egipto y
Siria. En 1215, durante el Concilio de Letrán, el Papa Inocencio
III había predicado una nueva cruzada, pero tal cruzada se había
reducido simplemente a reforzar el Reino Latino de oriente.
Francisco quería blandir la espada de Dios.
San
Francisco, se fue a Tierra Santa a visitar en devota
peregrinación los Santos Lugares donde Jesús nació, vivió y
murió: Belén, Nazaret, Jerusalén, etc. En recuerdo de esta
piadosa visita suya, los franciscanos están encargados desde
hace siglos de custodiar los Santos Lugares de Tierra Santa.
Misionero
ante el Sultán
En junio
de 1219, se embarcó en Ancona con doce frailes. La nave los
condujo a Damieta, en la desembocadura del Nilo. Los cruzados
habían puesto sitio a la ciudad, y Francisco sufrió mucho al ver
el egoísmo y las costumbres disolutas de los soldados de la
cruz. Consumido por el celo de la salvación de los sarracenos,
decidió pasar al campo del enemigo, por más que los cruzados le
dijeron que la cabeza de los cristianos estaba puesta a precio.
Habiendo conseguido la autorización del legado pontificio,
Francisco y el hermano Iluminado se aproximaron al campo
enemigo, gritando: "¡Sultán, sultán!" Cuando los condujeron a la
presencia de Malek-al-Kamil, Francisco declaró osadamente: "No
son los hombres quienes me han enviado, sino Dios todopoderoso.
Vengo a mostrarles, a ti y a tu pueblo, el camino de la
salvación; vengo a anunciarles las verdades del Evangelio." El
sultán quedó impresionado y rogó a Francisco que permaneciese
con él. El santo replicó: "Si tú y tu pueblo estáis dispuestos a
oír la palabra de Dios, con gusto me quedaré con vosotros. Y si
todavía vaciláis entre Cristo y Mahoma, manda encender una
hoguera; yo entraré en ella con vuestros sacerdotes y así veréis
cuál es la verdadera fe." El sultán contestó que probablemente
ninguno de los sacerdotes querría meterse en la hoguera y que no
podía someterlos a esa prueba para no soliviantar al pueblo.
Cuentan
que el Sultan llegó a decir: ¨si todos los cristianos fueran
como él, entonces valdría la pena ser cristiano¨. Pero el
Sultán, Malek-al-Kamil, mandó a Francisco que volviese al campo
de los cristianos.
Desalentado al ver el reducido éxito de su predicación entre los
sarracenos y entre los cristianos, el santo pasó a visitar los
Santos Lugares. Ahí recibió una carta en la que sus hermanos le
pedían urgentemente que retornase a Italia.
La crisis
del acomodamiento lleva a clarificar la regla
Durante la
ausencia de Francisco, sus dos vicarios, Mateo de Narni y
Gregorio de Nápoles, habían introducido ciertas innovaciones que
tendían a uniformar a los frailes menores con las otras órdenes
religiosas y a encuadrar el espíritu franciscano en el rígido
esquema de la observancia monástica y de las reglas ascéticas.
Las religiosas de San Damián tenían ya una constitución propia,
redactada por el cardenal Ugolino sobre la base de la regla de
San Benito. Al llegar a Bolonia, Francisco tuvo la desagradable
sorpresa de encontrar a sus hermanos hospedados en un espléndido
convento. El santo se negó a poner los pies en él y vivió con
los frailes predicadores. En seguida mandó llamar al guardián
del convento franciscano, le reprendió severamente y le ordenó
que los frailes abandonasen la casa. Tales acontecimientos
tenían a los ojos del santo las proporciones de una verdadera
traición: se trataba de una crisis de la que tendría que salir
la orden sublimada o destruida.
San
Francisco se trasladó a Roma donde consiguió que Honorio III
nombrase al cardenal Ugolino protector y consejero de los
franciscanos, ya que el purpurado había depositado una fe ciega
en el fundador y poseía una gran experiencia en los asuntos de
la Iglesia. Al mismo tiempo, Francisco se entregó ardientemente
a la tarea de revisar la regla, para lo que convocó a un nuevo
capítulo general que se reunió en la Porciúncula en 1221. El
santo presentó a los delegados la regla revisada. Lo que se
refería a la pobreza, la humildad y la libertad evangélica,
características de la orden, quedaba intacto. Ello constituía
una especie de reto del fundador a los disidentes y legalistas
que, por debajo del agua, tramaban una verdadera revolución del
espíritu franciscano. El jefe de la oposición era el hermano
Elías de Cortona. El fundador había renunciado a la dirección de
la orden, de suerte que su vicario, fray Elías, era
prácticamente el ministro general. Sin embargo, no se atrevió a
oponerse al fundador, a quien respetaba sinceramente. En
realidad, la orden era ya demasiado grande, como lo dijo el
propio San Francisco: "Si hubiese menos frailes menores, el
mundo los vería menos y desearía que fuesen más."

Al cabo
de dos años, durante los cuales hubo de luchar contra la
corriente cada vez más fuerte que tendía a desarrollar la orden
en una dirección que él no había previsto y que le parecía
comprometer el espíritu franciscano, el santo emprendió una
nueva revisión de la regla. Después la comunicó al hermano Elías
para que éste la pasase a los ministros, pero el documento se
extravió y el santo hubo de dictar nuevamente la revisión al
hermano León, en medio del clamor de los frailes que afirmaban
que la prohibición de poseer bienes en común era impracticable.
La regla, tal como fue aprobada por Honorio III en 1223,
representaba sustancialmente el espíritu y el modo de vida por
el que había luchado San Francisco desde el momento en que se
despojó de sus ricos vestidos ante el obispo de Asís.
La tercera
orden
Unos dos
años antes San Francisco y el cardenal Ugolino habían redactado
una regla para la cofradía de laicos que se habían asociado a
los frailes menores y que correspondía a lo que actualmente
llamamos tercera orden, fincada en el espíritu de la "Carta a
todos los cristianos", que Francisco había escrito en los
primeros años de su conversión. La cofradía, formada por laicos
entregados a la penitencia, que llevaban una vida muy diferente
de la que se acostumbraba entonces, llegó a ser una gran fuerza
religiosa en la Edad Media. En el derecho canónico actual, los
terciarios de las diversas órdenes gozan todavía de un estatuto
específicamente diferente del de los miembros de las cofradías y
congregaciones marianas.
La
representación del Nacimiento de Jesús
San
Francisco pasó la Navidad de 1223 en Grecehio, en el valle de
Rieti. Con tal ocasión, había dicho a su amigo, Juan da Vellita-
"Quisiera hacer una especie de representación viviente del
nacimiento de Jesús en Belén, para presenciar, por decirlo así,
con los ojos del cuerpo la humildad de la Encarnación y verle
recostado en el pesebre entre el buey y el asno." En efecto, el
santo construyó entonces en la ermita una especie de cueva y los
campesinos de los alrededores asistieron a la misa de media
noche, en la que Francisco actuó corno diácono y predicó sobre
el misterio de la Natividad.

Se le
atribuye haber comenzado en aquella ocasión la tradición del
"belén" o "nacimiento". Nos dice Tomas Celano en su biografía
del santo: "La Encarnación era un componente clave en la
espiritualidad de Francisco. Quería celebrar la Encarnación en
forma especial. Quería hacer algo que ayudase a la gente a
recordar al Cristo Niño y como nació en Belén."
San
Francisco permaneció varios meses en el retiro de Grecehio,
consagrado a la oración, pero ocultó celosamente a los ojos de
los hombres las gracias especialísimas que Dios le comunicó en
la contemplación. El hermano León, que era su secretario y
confesor, afirmó que le había visto varias veces durante la
oración elevarse tan alto sobre el suelo, que apenas podía
alcanzarle los pies y, en ciertas ocasiones, ni siquiera eso.
Las
Estigmas
Alrededor
de la fiesta de la Asunción de 1224, el santo se retiró a Monte
Alvernia y se construyó ahí una pequeña celda. Llevó consigo al
hermano León, pero prohibió que fuese alguien a visitarle hasta
después de la fiesta de San Miguel. Ahí fue donde tuvo lugar,
alrededor del día de la Santa Cruz de 1224, el milagro de los
estigmas, del que hablamos el 17 de septiembre. Francisco trató
de ocultar a los ojos de los hombres las señales de la Pasión
del Señor que tenía impresas en el cuerpo; por ello, a partir de
entonces llevaba siempre las manos dentro de las mangas del
hábito y usaba medias y zapatos. Sin embargo, deseando el
consejo de sus hermanos, comunicó lo sucedido al hermano
Iluminado y algunos otros, pero añadió que le habían sido
reveladas ciertas cosas que jamás descubriría a hombre alguno
sobre la tierra.
En cierta
ocasión en que se hallaba enfermo, alguien propuso que se le
leyese un libro para distraerle. El santo respondió: "Nada me
consuela tanto como la contemplación de la vida y Pasión del
Señor. Aunque hubiese de vivir hasta el fin del mundo, con ese
solo libro me bastaría." Francisco se había enamorado de la
santa pobreza mientras contemplaba a Cristo crucificado y
meditaba en la nueva crucifixión que sufría en la persona de los
pobres.

El santo no
despreciaba la ciencia, pero no la deseaba para sus discípulos.
Los estudios sólo tenían razón de ser como medios para un fin y
sólo podían aprovechar a los frailes menores, si no les impedían
consagrar a la oración un tiempo todavía más largo y si les
enseñaban más bien, a predicarse a sí mismos que a hablar a
otros. Francisco aborrecía los estudios que alimentaban más la
vanidad que la piedad, porque entibiaban la caridad y secaban el
corazón. Sobre todo, temía que la señora Ciencia se convirtiese
en rival de la dama Pobreza. Viendo con cuánta ansiedad acudían
a las escuelas y buscaban los libros sus hermanos, Francisco
exclamó en cierta ocasión: "Impulsados por el mal espíritu, mis
pobres hermanos acabarán por abandonar el camino de la sencillez
y de la pobreza."
Antes de salir
de Monte Alvernia, el santo compuso el "Himno de
alabanza al Altísimo". Poco después de la fiesta de San
Miguel bajó finalmente al valle, marcado por los estigmas de la
Pasión y curó a los enfermos que le salieron al paso.
La
hermana muerte
Las
calientísimas arenas del desierto de Egipto afectaron la vista
de Francisco hasta el punto de estar casi completamente ciego.
Los dos últimos años de la vida de Francisco fueron de grandes
sufrimientos que parecía que la copa se había llenado y
rebalsado. Fuertes dolores debido al deterioro de muchos de sus
órganos (estómago, hígado y el bazo), consecuencias de la
malaria contraida en Egipto. En los más terribles dolores,
Francisco ofrecía a Dios todo como penitencia, pues se
consideraba gran pecador y para la salvación de las almas. Era
durante su enfermedad y dolor donde sentía la mayor necesidad de
cantar.

Santa Clara
1869
Óleo sobre lienzo, 192.3 x 122.1 cm
Francisco Domingo
Marqués
1842 - 1920
Firmado: "F. Doming / 1869 / Roma"
Ingresa en el Museo por donación de Mariano Aniento
y Clara Rubio en 1884.
Su salud
iba empeorando, los estigmas le hacían sufrir y le debilitaban y
casi había perdido la vista. En el verano de 1225 estuvo tan
enfermo, que el cardenal Ugolino y el hermano Elías le obligaron
a ponerse en manos del médico del Papa en Rieti. El santo
obedeció con sencillez. De camino a Rieti fue a visitar a Santa
Clara en el convento de San Damián. Ahí, en medio de los más
agudos sufrimientos físicos, escribió el "Cántico del
hermano Sol" y lo adaptó a una tonada popular para que
sus hermanos pudiesen cantarlo.

Después se
trasladó a Monte Rainerio, donde se sometió al
tratamiento brutal que el médico le había prescrito, pero la
mejoría que ello le produjo fue sólo momentánea. Sus hermanos le
llevaron entonces a Siena a consultar a otros médicos, pero para
entonces el santo estaba moribundo. En el testamento que dictó
para sus frailes, les recomendaba la caridad fraterna, los
exhortaba a amar y observar la santa pobreza y a amar y honrar a
la Iglesia. Poco antes de su muerte, dictó un nuevo testamento
para recomendar a sus hermanos que observasen fielmente la regla
y trabajasen manualmente, no por el deseo de lucro, sino para
evitar la ociosidad y dar buen ejemplo. "Si no nos pagan nuestro
trabajo, acudamos a la mesa del Señor, pidiendo limosna de
puerta en puerta".

Cuando
Francisco volvió a Asís, el obispo le hospedó en su propia casa.
Francisco rogó a los médicos que le dijesen la verdad, y éstos
confesaron que sólo le quedaban unas cuantas semanas de vida.
"¡Bienvenida, hermana Muerte!", exclamó el santo y acto seguido,
pidió que le trasportasen a la Porciúncula. Por el camino,
cuando la comitiva se hallaba en la cumbre de una colina, desde
la que se dominaba el panorama de Asís, pidió a los que portaban
la camilla que se detuviesen un momento y entonces volvió sus
ojos ciegos en dirección a la ciudad e imploró las bendiciones
de Dios para ella y sus habitantes. Después mandó a los
camilleros que se apresurasen a llevarle a la Porciúncula.
Cuando sintió que la muerte se aproximaba, Francisco envió a un
mensajero a Roma para llamar a la noble dama Giacoma di
Settesoli, que había sido su protectora, para rogarle que
trajese consigo algunos cirios y un sayal para amortajarle, así
como una porción de un pastel que le gustaba mucho. Felizmente,
la dama llegó a la Porciúncula antes de que el mensajero
partiese. Francisco exclamó: "¡Bendito sea Dios que nos ha
enviado a nuestra hermana Giacoma! La regla que prohibe la
entrada a las mujeres no afecta a nuestra hermana Giacoma.
Decidle que entre".
El santo
envió un último mensaje a Santa Clara y a sus religiosas y pidió
a sus hermanos que entonasen los versos del "Cántico del Sol" en
los que alaba a la muerte. En seguida rogó que le trajesen un
pan y lo repartió entre los presentes en señal de paz y de amor
fraternal diciendo: "Yo he hecho cuanto estaba de mi parte, que
Cristo os enseñe a hacer lo que está de la vuestra." Sus
hermanos le tendieron por tierra y le cubrieron con un viejo
hábito. Francisco exhortó a sus hermanos al amor de Dios, de la
pobreza y del Evangelio, "por encima de todas las reglas", y
bendijo a todos sus discípulos, tanto a los presentes como a los
ausentes.

Murió el 3
de octubre de 1226, después de escuchar la lectura de la Pasión
del Señor según San Juan. Francisco había pedido que le
sepultasen en el cementerio de los criminales de Colle d'lnferno.
En vez de hacerlo así, sus hermanos llevaron al día siguiente el
cadáver en solemne procesión a la iglesia de San Jorge, en Asís.
Ahí estuvo depositado hasta dos años después de la canonización.
En 1230, fue secretamente trasladado a la gran basílica
construida por el hermano Elías.
El cadáver
desapareció de la vista de los hombres durante 6 siglos, hasta
que en 1818, tras cincuenta y dos días de búsqueda, fue
descubierto bajo el altar mayor, a varios metros de profundidad.
El santo no tenía más que cuarenta y cuatro o cuarenta y cinco
años al morir. No podemos relatar aquí. ni siquiera en resumen,
la azarosa y brillante historia de la orden que fundó, Digamos
simplemente que sus tres ramas: la de los frailes menores, la de
los frailes menores capuchinos y la de los frailes menores
conventuales forman el instituto religioso más numeroso que
existe actualmente en la Iglesia. Y, según la opinión del
historiador David Knowles, al fundar ese instituto, San
Francisco "contribuyó más que nadie a salvar a la Iglesia de la
decadencia y el desorden en que había caído durante la Edad
Media."

¡San
Francisco de Asís: pídele a Jesús que lo amemos tan intensamente
como lo lograste amar tú.!
Fuente
Bibliográfica:
Breve Síntesis tomada del Divino Oficio. El resto: VIDAS DE
LOS SANTOS DE BUTLER - TOMO IV.
Santa Teresa de Ávila

Santa Teresa de Jesús ( o Ávila )
Contemplativa, fundadora de las Carmelitas Descalzas,
Doctora de la Iglesia
Fiesta: 15 de octubre
Teresa Sánchez Cepeda Dávila y
Ahumada, nació en Ávila, Castilla la Vieja, el 28 de marzo de 1515;
y murió en Alba de Tormes, el 4 de octubre de 1582



Algunos pensamientos de la santa
"Darse del todo al Todo, sin hacernos partes"
"Juntos andemos Señor, por donde fuisteis, tengo que ir; por donde
pasastes, tengo que pasar"
"Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que si
no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos..."
"Es imposible... tener ánimo para cosas grandes, quien no entiende
que está favorecido de Dios"
Vida de Santa
Teresa
Se cree que la palabra "Teresa" viene de la palabra griega "teriso"
que se traduce por "cultivar"; cultivadora. O de la palabra "terao"
que significa "cazar", "la cazadora". Como bien dice el Padre
Sálesman en su biografía, ambos títulos le quedan bien a Santa
Teresa, por ser ella "Cultivadora" de las virtudes y "cazadora" de
almas para llevarlas al cielo.
Santa Teresa es, sin duda, una de las mujeres más grandes y
admirables de la historia. Es una de las tres doctoras de la
Iglesia. Las otras dos son Santa Catalina de Siena y Santa Teresita
del Niño Jesús.
Sus padres eran Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz Dávila y Ahumada.
La santa habla de ellos con gran cariño. Alonso Sánchez tuvo tres
hijos de su primer matrimonio, y Beatriz de Ahumada le dio otros
nueve. Al referirse a sus hermanos y medios hermanos, Santa Teresa
escribe: "por la gracia de Dios, todos se asemejan en la virtud a
mis padres, excepto yo".
Teresa nació en la ciudad castellana de Ávila, el 28 de marzo de
1515. A los siete años, tenía ya gran predilección por la lectura de
las vidas de santos. Su hermano Rodrigo era casi de su misma edad de
suerte que acostumbraban jugar juntos. Los dos niños, eran muy
impresionados por el pensamiento de la eternidad, admiraban las
victorias de los santos al conquistar la gloria eterna y repetían
incansablemente: "Gozarán de Dios para siempre, para siempre, para
siempre . . ."
Busca el martirio
Teresa y su hermano consideraban que los mártires habían comprado la
gloria a un precio muy bajo y resolvieron partir al país de los
moros con la esperanza de morir por la fe. Así pues, partieron de su
casa a escondidas, rogando a Dios que les permitiese dar la vida por
Cristo; pero en Adaja se toparon con uno de sus tíos, quien los
devolvió a los brazos de su afligida madre. Cuando ésta los
reprendió, Rodrigo echó la culpa a su hermana.
En vista del fracaso de sus proyectos, Teresa y Rodrigo decidieron
vivir como ermitaños en su propia casa y empezaron a construir una
celda en el jardín, aunque nunca llegaron a terminarla. Teresa amaba
desde entonces la soledad. En su habitación tenía un cuadro que
representaba al Salvador que hablaba con la Samaritana y solía
repetir frente a esa imagen: "Señor, dame de beber para que no
vuelva a tener sed".
Toma a la Virgen como Madre
La madre de Teresa murió cuando ésta tenía catorce años. "En cuanto
empecé a caer en la cuenta de la pérdida que había sufrido, comencé
a entristecerme sobremanera; entonces me dirigí a una imagen de
Nuestra Señora y le rogué con muchas lágrimas que me tomase por hija
suya".
El peligro de la mala lectura
y las modas
Por aquella época, Teresa y Rodrigo empezaron a leer novelas de
caballerías y aun trataron de escribir una. La santa confiesa en su
"Autobiografía": "Esos libros no dejaron de enfriar mis buenos
deseos y me hicieron caer insensiblemente en otras faltas. Las
novelas de caballerías me gustaban tanto, que no estaba yo contenta
cuando no tenía una entre las manos. Poco a poco empecé a
interesarme por la moda, a tomar gusto en vestirme bien, a
preocuparme mucho del cuidado de mis manos, a usar perfumes y a
emplear todas las vanidades que el mundo aconsejaba a las personas
de mi condición". El cambio que paulatinamente se operaba en Teresa,
no dejó de preocupar a su padre, quien la envió, a los quince años
de edad a educarse en el convento de las agustinas de Avila, en el
que solían estudiar las jóvenes de su clase.
Enfermedad y conversión
Un año y medio más tarde, Teresa cayó enferma, y su padre la llevó a
casa. La joven empezó a reflexionar seriamente sobre la vida
religiosa que le atraía y le repugnaba a la vez. La obra que le
permitió llegar a una decisión fue la colección de "Cartas" de San
Jerónimo, cuyo fervoroso realismo encontró eco en el alma de Teresa.
La joven dijo a su padre que quería hacerse religiosa, pero éste le
respondió que tendría que esperar a que él muriese para ingresar en
el convento. La santa, temiendo flaquear en su propósito, fue a
ocultas a visitar a su amiga íntima, Juana Suárez, que era religiosa
en el convento carmelita de la Encarnación, en Avila, con la
intención de no volver, si Juana le dejaba quedarse, a pesar de la
pena que le causaba contrariar la voluntad de su padre. "Recuerdo .
. . que, al abandonar mi casa, pensaba que la tortura de la agonía y
de la muerte no podía ser peor a la que experimentaba yo en aquel
momento . . . El amor de Dios no era suficiente para ahogar en mí el
amor que profesaba a mi padre y a mis amigos".
La santa determinó quedarse en el convento de la Encarnación. Tenía
entonces veinte años. Su padre, al verla tan resuelta, cesó de
oponerse a su vocación. Un año más tarde, Teresa hizo la profesión.
Poco después, se agravó un mal que había comenzado a molestarla
desde antes de profesar, y su padre la sacó del convento. La hermana
Juana Suárez fue a hacer compañía a Teresa, quien se puso en manos
de los médicos. Desgraciadamente, el tratamiento no hizo sino
empeorar la enfermedad, probablemente una fiebre palúdica. Los
médicos terminaron por darse por vencidos, y el estado de la enferma
se agravó.
Teresa consiguió soportar aquella tribulación, gracias a que su tío
Pedro, que era muy piadoso, le había regalado un librito del P.
Francisco de Osuna, titulado: "El tercer alfabeto espiritual".
Teresa siguió las instrucciones de la obrita y empezó a practicar la
oración mental, aunque no hizo en ella muchos progresos por falta de
un director espiritual experimentado. Finalmente, al cabo de tres
años, Teresa recobró la salud.
Disipaciones, lucha con la
oración y justificaciones
Su prudencia, amabilidad y caridad, a las que añadía un gran encanto
personal, le ganaron la estima de todos los que la rodeaban. Según
la reprobable costumbre de los conventos españoles de la época, las
religiosas podían recibir a cuantos visitantes querían, y Teresa
pasaba gran parte de su tiempo charlando en el recibidor del
convento. Eso la llevó a descuidar la oración mental y el demonio
contribuyó, al inculcarle la íntima convicción, bajo capa de
humildad, de que su vida disipada la hacía indigna de conversar
familiarmente con Dios. Además, la santa se decía para
tranquilizarse, que no había ningún peligro de pecado en hacer lo
mismo que tantas otras religiosas mejores que ella y justificaba su
descuido de la oración mental, diciéndose que sus enfermedades le
impedían meditar. Sin embargo, añade la santa, "el pretexto de mi
debilidad corporal no era suficiente para justificar el abandono de
un bien tan grande, en el que el amor y la costumbre son más
importantes que las fuerzas. En medio de las peores enfermedades
puede hacerse la mejor oración, y es un error pensar que sólo se
puede orar en la soledad".
Poco después de la muerte de su padre, el confesor de Teresa le hizo
ver el peligro en que se hallaba su alma y le aconsejó que volviese
a la práctica de la oración. La santa no la abandonó jamás desde
entonces. Sin embargo, no se decidía aún a entregarse totalmente a
Dios ni a renunciar del todo a las horas que pasaba en el recibidor
y al intercambio de regalillos. Es curioso notar que, en todos esos
años de indecisión en el servicio de Dios, Santa Teresa no se
cansaba jamás de oír sermones "por malos que fuesen"; pero el tiempo
que empleaba en la oración "se le iba en desear que los minutos
pasasen pronto y que la campana anunciase el fin de la meditación,
en vez de reflexionar en las cosas santas".
La penitencia y la cruz
Convencida cada vez más de su indignidad, Teresa invocaba con
frecuencia a los grandes santos penitentes, San Agustín y Santa
María Magdalena, con quienes están asociados dos hechos que fueron
decisivos en la vida de la santa. El primero, fue la lectura de las
"Confesiones" de San Agustín. El segundo fue un llamamiento a la
penitencia que la santa experimentó ante una imagen de la Pasión del
Señor: "Sentí que Santa María Magdalena acudía en mi ayuda . . . y
desde entonces he progresado mucho en la vida espiritual".
A la santa le atraían mas los Cristos ensangrentados y manifestando
profunda agonía. En una ocasión, al detenerse ante un crucifijo muy
sangrante le preguntó: "Señor, ¿quién te puso así?, y le pareció que
una voz le decía: "Tus charlas en la sala de visitas, esas fueron
las que me pusieron así, Teresa". Ella se echó a llorar y quedó
terriblemente impresionada. Pero desde ese día ya no vuelve a perder
tiempo en charlas inútiles y en amistades que no llevan a la
santidad.
Visiones y comunicaciones
Una vez que Teresa se retiró de las conversaciones del recibidor y
de otras ocasiones de disipación y de faltas (los santos son capaces
de ver sus faltas), Dios empezó a favorecerla frecuentemente con la
oración de quietud y de unión. La oración de unión ocupó un largo
periodo de su vida, con el gozo y el amor que le son
característicos, y Dios empezó a visitarla con visiones y
comunicaciones interiores. Ello la inquietó, porque había oído
hablar con frecuencia de ciertas mujeres a las que el demonio había
engañado miserablemente con visiones imaginarias. Aunque estaba
persuadida de que sus visiones procedían de Dios, su perplejidad la
llevó a consultar el asunto con varias personas; desgraciadamente no
todas esas personas guardaron el secreto al que estaban obligadas, y
la noticia de las visiones de Teresa empezó a divulgarse para gran
confusión suya.

Una de las personas a las que consultó Teresa fue Francisco de
Salcedo, un hombre casado que era un modelo de virtud. Este la
presentó al Padre Daza, doctor tenido por muy virtuoso, quien
dictaminó que Teresa era víctima de los engaños del demonio, ya que
era imposible que Dios concediese favores tan extraordinarios a una
religiosa tan imperfecta como ella pretendía ser. Teresa quedó
alarmada e insatisfecha. Francisco de Salcedo, a quien la propia
santa afirma que debía su salvación, la animó en sus momentos de
desaliento y le aconsejó que acudiese a uno de los padres de la
recién fundada Compañía de Jesús. La santa hizo una confesión
general con un jesuita, a quien expuso su manera de orar y los
favores que había recibido. El jesuita le aseguró que se trataba de
gracia de Dios, pero la exhortó a no descuidar el verdadero
fundamento de la vida interior. Aunque el confesor de Teresa estaba
convencido de que sus visiones procedían de Dios, le ordenó que
tratase de resistir durante dos meses a esas gracias. La resistencia
de la santa fue en vano.
Otro jesuita, el P. Baltasar Alvarez, le aconsejó que pidiese a Dios
ayuda para hacer siempre lo que fuese más agradable a sus ojos y
que, con ese fin, recitase diariamente el "Veni Creator Spiritus".
Así lo hizo Teresa. Un día, precisamente cuando repetía el himno,
fue arrebatada en éxtasis y oyó en el interior de su alma estas
palabras: "No quiero que converses con los hombres sino con los
ángeles".
…Ella dirá después: "El Espíritu Santo como fuerte huracán hace
adelantar más en una hora la navecilla de nuestra alma hacia la
santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años
remando con nuestras solas fuerzas".
La santa, que tuvo en su vida posterior repetidas experiencias de
palabras divinas afirma que son más claras y distintas que las
humanas; dice también que las primeras son operativas, ya que
producen en el alma una tendencia a la virtud y la dejan llena de
gozo y de paz, convencida de la verdad de lo que ha escuchado.
Persecuciones
En la época en que el P. Alvarez fue su director, Teresa sufrió
graves persecuciones, que duraron tres años; además, durante dos
años, atravesó por un periodo de intensa desolación espiritual,
aliviado por momentos de luz y consuelo extraordinarios. La santa
quería que los favores que Dios le concedía, permaneciesen secretos,
pero las personas que la rodeaban estaban perfectamente al tanto y,
en más de una ocasión, la acusaron de hipocresía y presunción.
El P. Álvarez era un hombre bueno y timorato, que no tuvo el valor
suficiente para salir en defensa de su dirigida, aunque siguió
confesándola. Lamentablemente, los mediocres siempre son la mayoría.
Estos se molestan ante la auténtica santidad porque no saben como
lidiar con las intervenciones sobrenaturales por claras que sean.
Prefieren descartarlas o ignorarlas, asumiendo que son producto de
la exageración o el desequilibrio. Para justificar su posición
apelan a las verdaderas exageraciones y desequilibrios y agrupan lo
auténtico con lo falso. En otras palabras, carecen de discernimiento
espiritual.
En 1557, San Pedro de Alcántara pasó por Avila y, naturalmente, fue
a visitar a la famosa carmelita. El santo declaró que le parecía
evidente que el Espíritu de Dios guiaba a Teresa, pero predijo que
las persecuciones y sufrimientos seguirían lloviendo sobre ella. Las
pruebas que Dios le enviaba purificaron el alma de la santa, y los
favores extraordinarios le enseñaron a ser humilde y fuerte, la
despegaron de las cosas del mundo y la encendieron en el deseo de
poseer a Dios.
Éxtasis
En algunos de sus éxtasis, de los que nos dejó la santa una
descripción detallada, se elevaba hasta un metro. Después de una de
aquellas visiones escribió la bella poesía que dice: "Tan alta vida
espero que muero porque no muero".A este propósito, comenta Teresa:
Dios "no parece contentarse con arrebatar el alma a Sí, sino que
levanta también este cuerpo mortal, manchado con el barro asqueroso
de nuestros pecados". En esos éxtasis se manifestaban la grandeza y
bondad de Dios, el exceso de su amor y la dulzura de su servicio en
forma sensible, y el alma de Teresa lo comprendía con claridad,
aunque era incapaz de expresarlo. El deseo del cielo que dejaban las
visiones en su alma era inefable. "Desde entonces, dejé de tener
miedo a la muerte, cosa que antes me atormentaba mucho". Las
experiencias místicas de la santa llegaron a las alturas de los
esponsales espirituales, el matrimonio místico y la
transverberación.
Santa Teresa nos dejó el siguiente relato sobre el fenómeno de la
transverberación: "Vi a mi lado a un ángel que se hallaba a mi
izquierda, en forma humana. Confieso que no estoy acostumbrada a ver
tales cosas, excepto en muy raras ocasiones. Aunque con frecuencia
me acontece ver a los ángeles, se trata de visiones intelectuales,
como las que he referido más arriba . . . El ángel era de corta
estatura y muy hermoso; su rostro estaba encendido como si fuese uno
de los ángeles más altos que son todo fuego. Debía ser uno de los
que llamamos querubines . . . Llevaba en la mano una larga espada de
oro, cuya punta parecía un ascua encendida. Me parecía que por
momentos hundía la espada en mi corazón y me traspasaba las entrañas
y, cuando sacaba la espada, me parecía que las entrañas se me
escapaban con ella y me sentía arder en el más grande amor de Dios.
El dolor era tan intenso, que me hacía gemir, pero al mismo tiempo,
la dulcedumbre de aquella pena excesiva era tan extraordinaria, que
no hubiese yo querido verme libre de ella.
El anhelo de Teresa de morir pronto para unirse con Dios, estaba
templado por el deseo que la inflamaba de sufrir por su amor. A este
propósito escribió: "La única razón que encuentro para vivir, es
sufrir y eso es lo único que pido para mí". Según reveló la autopsia
en el cadáver de la santa, había en su corazón la cicatriz de una
herida larga y profunda.
El año siguiente (1560), para corresponder a esa gracia, la santa
hizo el voto de hacer siempre lo que le pareciese más perfecto y
agradable a Dios. Un voto de esa naturaleza está tan por encima de
las fuerzas naturales, que sólo el esforzarse por cumplirlo puede
justificarlo. Santa Teresa cumplió perfectamente su voto.
Escritora Mística

El relato que la santa nos dejó en su "Autobiografía" sobre sus
visiones y experiencias espirituales da muestra de una
extraordinaria sencillez de estilo y de una preocupación constante
por no exagerar los hechos. La Iglesia califica de "celestial" la
doctrina de Santa Teresa, en la oración del día de su fiesta. Las
obras de la mística Doctora" ponen al descubierto los rincones más
recónditos del alma humana. La santa explica con una claridad casi
increíble las experiencias más inefables. Y debe hacerse notar que
Teresa era una mujer relativamente inculta, que escribió sus
experiencias en la común lengua castellana de los habitantes de
Avila, que ella había aprendido "en el regazo de su madre"; una
mujer que escribió sin valerse de otros libros, sin haber estudiado
previamente las obras místicas y sin tener ganas de escribir, porque
ello le impedía dedicarse a hilar; una mujer, en fin, que sometió
sin reservas sus escritos al juicio de su confesor y sobre todo, al
juicio de la Iglesia. La santa empezó a escribir su autobiografía
por mandato de su confesor" "La obediencia se prueba de diferentes
maneras".

Por otra parte, el mejor comentario de las obras de la santa es la
paciencia con que sobrellevó las enfermedades, las acusaciones y los
desengaños; la confianza absoluta con que acudía en todas las
tormentas y dificultades al Redentor crucificado y el invencible
valor que demostró en todas las penas y persecuciones. Los escritos
de Santa Teresa subrayan sobre todo el espíritu de oración, la
manera de practicarlo y los frutos que produce. Como la santa
escribió precisamente en la época en que estaba consagrada a la
difícil tarea de fundar conventos de carmelitas reformadas, sus
obras, prescindiendo de su naturaleza y contenido, dan testimonio de
su vigor, industriosidad y capacidad de recogimiento.
Santa Teresa escribió el "Camino de Perfección" para dirigir a sus
religiosas, y el libro de las "Fundaciones" para edificarlas y
alentarlas. En cuanto al "Castillo Interior", puede considerarse que
lo escribió para instrucción de todos los cristianos, y en esa obra
se muestra la santa como verdadera doctora de la vida espiritual.
Fundadora

Las carmelitas, como la mayoría de las religiosas, habían decaído
mucho del primer fervor, a principios del siglo XVI. Ya hemos visto
que los recibidores de los conventos de Avila eran una especie de
centro de reunión de las damas y caballeros de la ciudad. Por otra
parte, las religiosas podían salir de la clausura con el menor
pretexto, de suerte que el convento era el sitio ideal para quien
deseaba una vida fácil y sin problemas. Las comunidades eran
sumamente numerosas, lo cual era a la vez causa y efecto de la
relajación. Por ejemplo, en el convento de Avila había 140
religiosas.
Santa Teresa comenta más tarde: "La experiencia me ha enseñado lo
que es una casa llena de mujeres. ¡Dios nos guarde de ese mal" Ya
que tal estado de cosas se aceptaba como normal, las religiosas no
caían generalmente en la cuenta de que su modo de vida se apartaba
mucho del espíritu de sus fundadores. Así, cuando una sobrina de
Santa Teresa, que era también religiosa en el convento de la
Encarnación de Avila, le sugirió la idea de fundar una comunidad
reducida, la santa la consideró como una especie de revelación del
cielo, no como una idea ordinaria. Teresa, que llevaba ya
veinticinco años en el convento, resolvió poner en práctica la idea
y fundar un convento reformado. Doña Guiomar de Ulloa, que era una
viuda muy rica, le ofreció ayuda generosa para la empresa.

San Pedro de Alcántara, San Luis Beltrán y el obispo de Avila,
aprobaron el proyecto, y el P. Gregorio Fernández, provincial de las
carmelitas, autorizó a Teresa a ponerlo en práctica. Sin embargo, el
revuelo que provocó la ejecución del proyecto hizo que el provincial
retirase el permiso y Santa Teresa fue objeto de las críticas de sus
propias hermanas, de los nobles, de los magistrados y de todo el
pueblo. A pesar de eso, el P. Ibañez, dominico, alentó a la santa a
proseguir la empresa con la ayuda de Doña Guiomar. Doña Juana de
Ahumada, hermana de Santa Teresa, emprendió con su esposo la
construcción de un convento en Avila en 1561, pero haciendo creer a
todos que se trataba de una casa en la que pensaban habitar. En el
curso de la construcción, una pared del futuro convento se derrumbó
y cubrió bajo los escombros al pequeño Gonzalo, hijo de Doña Juana,
que se hallaba ahí jugando. Santa Teresa tomó en brazos al niño, que
no daba ya señales de vida, y se puso en oración; algunos minutos
más tarde, el niño estaba perfectamente sano, según consta en el
proceso de canonización. En lo sucesivo, Gonzalo solía repetir a su
tía que estaba obligada a pedir por su salvación, puesto que a sus
oraciones debía el verse privado del cielo.
Por entonces, llegó de Roma un breve que autorizaba la fundación del
nuevo convento. San Pedro de Alcántara, Don Francisco de Salcedo y
el Dr. Daza, consiguieron ganar al obispo a la causa, y la nueva
casa se inauguró bajo sus auspicios el día de San Bartolomé de 1562.
Durante la misa que se celebró en la capilla con tal ocasión,
tomaron el velo la sobrina de la santa y otras tres novicias.
La inauguración causó gran revuelo en Avila. Esa misma tarde, la
superiora del convento de la Encarnación mandó llamar a Teresa y la
santa acudió con cierto temor, "pensando que iban a encarcelarme".
Naturalmente tuvo que explicar su conducta a su superiora y al P.
Angel de Salazar, provincial de la orden. Aunque la santa reconoce
que no faltaba razón a sus superiores para estar disgustados, el P.
Salazar le prometió que podría retornar al convento de San José en
cuanto se calmase la excitación del pueblo.
La fundación no era bien vista en Avila, porque las gentes
desconfiaban de las novedades y temían que un convento sin fondos
suficientes se convirtiese en una carga demasiado pesada para la
ciudad. El alcalde y los magistrados hubiesen acabado por mandar
demoler el convento, si no los hubiese disuadido de ello el dominico
Báñez. Por su parte, Santa Teresa no perdió la paz en medio de las
persecuciones y siguió encomendando a Dios el asunto; el Señor se le
apareció y la reconfortó.
Entre tanto, Francisco de Salcedo y otros partidarios de la
fundación enviaron a la corte a un sacerdote para que defendiese la
causa ante el rey, y los dos dominicos, Báñez e Ibáñez, calmaron al
obispo y al provincial. Poco a poco fue desvaneciéndose la tempestad
y, cuatro meses más tarde, el P. Salazar dio permiso a Santa Teresa
de volver al convento de San José, con otras cuatro religiosas de la
Encarnación.
Convento de San José
La santa estableció la más estricta clausura y el silencio casi
perpetuo. El convento carecía de rentas y reinaba en él la mayor
pobreza; Las religiosas vestían toscos hábitos, usaban sandalias en
vez de zapatos (por ello se les llamó "descalzas") y estaban
obligadas a la perpetua abstinencia de carne. Santa Teresa no
admitió al principio más que a trece religiosas, pero más tarde, en
los conventos que no vivían sólo de limosnas sino que poseían
rentas, aceptó que hubiese veintiuna.
Teresa, la gran mística, no descuidaba las cosas prácticas sino que
las atendía según era necesario. Sabía utilizar las cosas materiales
para el servicio de Dios. En una ocasión dijo: "Teresa sin la gracia
de Dios es una pobre mujer; con la gracia de Dios, una fuerza; con
la gracia de Dios y mucho dinero, una potencia".
Mas fundaciones
En 1567, el superior general de los carmelitas, Juan Bautista Rubio
(Rossi), visitó el convento de Avila y quedó encantado de la
superiora y de su sabio gobierno; concedió a Santa Teresa plenos
poderes para fundar otros conventos del mismo tipo (a pesar de que
el de San José había sido fundado sin que él lo supiese) y aun la
autorizó a fundar dos conventos de frailes reformados ("carmelitas
contemplativos"), en Castilla.
Santa Teresa pasó cinco años con sus trece religiosas en el convento
de san José, precediendo a sus hijas no sólo en la oración, sino
también en los trabajos humildes, como la limpieza de la casa y el
hilado. Acerca de esa época escribió: "Creo que fueron los años más
tranquilos y apacibles de mi vida, pues disfruté entonces de la paz
que tanto había deseado mi alma . . . Su Divina Majestad nos enviaba
lo necesario para vivir sin que tuviésemos necesidad de pedirlo, y
en las raras ocasiones en que nos veíamos en necesidad, el gozo de
nuestras almas era todavía mayor".
La santa no se contenta con generalidades, sino que desciende a
ejemplos menudos, como el de la religiosa que plantó horizontalmente
un pepino por obediencia y la cañería que llevó al convento el agua
de un pozo que, según los plomeros, era demasiado bajo.
En agosto de 1567, Santa Teresa se trasladó a Medina del Campo,
donde fundó el segundo convento, a pesar de las múltiples
dificultades que surgieron. A petición de la condesa de la Cerda se
fundo un convento en Malagón. Después siguieron los de Valladolid y
Toledo. Esta última fue una empresa especialmente difícil porque la
santa sólo tenía cinco ducados al comenzar; pero, según escribía,
"Teresa y cinco ducados no son nada; pero Dios, Teresa y cinco
ducados bastan y sobran".
Una joven de Toledo, que gozaba de gran fama de virtud, pidió ser
admitida en el convento y dijo a la fundadora que traería consigo su
Biblia. Teresa exclamó: "¿Vuestra Biblia? ¡Dios nos guarde! No
entréis en nuestro convento, porque nosotras somos unas pobres
mujeres que sólo sabemos hilar y hacer lo que se nos dice". No es
que la santa rechazare la Biblia, sino que supo descubrir que esta
se habría convertido en un pretexto para faltar en humildad.
La reforma de los religiosos
carmelitas

La santa había encontrado en Medina del Campo a dos frailes
carmelitas que estaban dispuestos a abrazar la reforma: uno era
Antonio de Jesús de Heredia, superior del convento de dicha ciudad y
el otro, Juan de Yepes, más conocido con el nombre de San Juan de la
Cruz.
Aprovechando la primera oportunidad que se le ofreció, Santa Teresa
fundó un convento de frailes en el pueblecito de Duruelo en 1568; a
este siguió, en 1569, el convento de Pastrana. En ambos reinaba la
mayor pobreza y austeridad. Santa Teresa dejó el resto de las
fundaciones de conventos de frailes a cargo de San Juan de la Cruz.
Nuevas fundaciones,
dificultades y gracias extraordinarias
La santa fundó también en Pastrana un convento de carmelitas
descalzas. Cuando murió Don Ruy Gómez de Silva, quien había ayudado
a Teresa en la fundación de los conventos de Pastrana, su mujer
quiso hacerse carmelita, pero exigiendo numerosas dispensas de la
regla y conservando el tren de vida de una princesa. Teresa, viendo
que era imposible reducirla a la humanidad propia de su profesión,
ordenó a sus religiosas que se trasladasen a Segovia y dejasen a la
princesa su casa de Pastrana.
En 1570, la santa, con otra religiosa, tomó posesión en Salamanca de
una casa que hasta entonces había estado ocupada por ciertos
estudiantes "que se preocupaban muy poco de la limpieza". Era un
edificio grande, complicado y ruinoso, de suerte que al caer la
noche la compañera de la santa empezó a ponerse muy nerviosa. Cuando
se hallaban ya acostadas en sendos montones de paja ("lo primero que
llevaba yo a un nuevo monasterio era un poco de paja para que nos
sirviese de lecho"), Teresa preguntó a su compañera en qué pensaba.
La religiosa respondió: "Estaba yo pensando en qué haría su
reverencia si muriese yo en este momento y su reverencia quedase
sola con un cadáver". La santa confiesa que la idea la sobresaltó,
porque, aunque no tenía miedo de los cadáveres, la vista de ellos le
producía siempre "un dolor en el corazón". Sin embargo, respondió
simplemente: "Cuando eso suceda, ya tendré tiempo de pensar lo que
haré, por el momento lo mejor es dormir".
En julio de ese año, mientras se hallaba haciendo oración, tuvo una
visión del martirio de los beatos jesuitas Ignacio de Azevedo y sus
compañeros, entre los que se contaba su pariente Francisco Pérez
Godoy. La visión fue tan clara, que Teresa tenía la impresión de
haber presenciado directamente la escena, e inmediatamente la
describió detalladamente al P. Alvarez, quien un mes más tarde,
cuando las nuevas del martirio llegaron a España, pudo comprobar la
exactitud de la visión de la santa.
Nombrada superiora de La
Encarnación
Por entonces, San Pío V nombró a varios visitadores apostólicos para
que hiciesen una investigación sobre la relajación de las diversas
órdenes religiosas, con miras a la reforma. El visitador de los
carmelitas de Castilla fue un dominico muy conocido, el P. Pedro
Fernández. El efecto que le produjo el convento de La Encarnación de
Avila fue muy malo, e inmediatamente mandó llamar a Santa Teresa
para nombrarla superiora del mismo. La tarea era particularmente
desagradable para la santa, tanto porque tenía que separarse de sus
hijas, como por la dificultad de dirigir una comunidad que, desde el
principio, había visto con recelo sus actividades de reformadora.

Al principio, las religiosas se negaron a obedecer a la nueva
superiora, cuya sola presencia producía ataques de histeria en
algunas. La santa comenzó por explicarles que su misión no consistía
en instruirlas y guiarlas con el látigo en la mano, sino en
servirlas y aprender de ellas: "Madres y hermanas mías, el Señor me
ha enviado aquí por la voz de la obediencia a desempeñar un oficio
en el que yo jamás había pensado y para el que me siento muy mal
preparada . . . Mi única intención es serviros . . . No temáis mi
gobierno. Aunque he vivido largo tiempo entre las carmelitas
descalzas y he sido su superiora, sé también, por la misericordia
del Señor, cómo gobernar las carmelitas calzadas". De esta manera se
ganó la simpatía y el afecto de la comunidad y le fue menos difícil
restablecer la disciplina entre las carmelitas calzadas, de acuerdo
con sus constituciones. Poco a poco prohibió completamente las
visitas demasiado frecuentes (lo cual molestó mucho a ciertos
caballeros de Avila), puso en orden las finanzas del convento e
introdujo el verdadero espíritu del claustro. En resumen, fue
aquella una realización característicamente teresiana.
Sevilla
En Veas, a donde había ido a fundar un convento, la santa conoció al
P. Jerónimo Gracián, quien la convenció fácilmente para que
extendiese su campo de acción hasta Sevilla. El P. Gracián era un
fraile de la reforma carmelita que acababa precisamente de predicar
la cuaresma en Sevilla.
Fuera de la fundación del convento de San José de Avila, ninguna
otra fue más difícil que la de Sevilla; entre otras dificultades,
una novicia que había sido despedida, denunció a las carmelitas
descalzas ante la Inquisición como "iluminadas" y otras cosas
peores.
La persecución lleva a la separación entre calzados y descalzos
Los carmelitas de Italia veían con malos ojos el progreso de la
reforma en España, lo mismo que los carmelitas no reformados de
España, pues comprendían que un día u otro se verían obligados a
reformarse. El P. Rubio, superior general de la orden, quien hasta
entonces había favorecido a santa Teresa, se pasó al lado de sus
enemigos y reunió en Plasencia un capítulo general que aprobó una
serie de decretos contra la reforma. El nuevo nuncio apostólico,
Felipe de Sega, destituyó al P. Gracián de su cargo de visitador de
los carmelitas descalzos y encarceló a San Juan de la Cruz en un
monasterio; por otra parte, ordenó a Santa Teresa que se retirase al
convento que ella eligiera y que se abstuviese de fundar otros
nuevos.
La santa, al mismo tiempo que encomendaba el asunto a Dios, decidió
valerse de los amigos que tenía en el mundo y consiguió que el
propio Felipe II interviniese en su favor. En efecto, el monarca
convocó al nuncio y le reprendió severamente por haberse opuesto a
la reforma del Carmelo.
En 1580 obtuvo de Roma una orden que eximía a los carmelitas
descalzos de la jurisdicción del provincial de los calzados. "Esa
separación fue uno de los mayores gozos y consolaciones de mi vida,
pues en aquellos veinticinco años nuestra orden había sufrido más
persecuciones y pruebas de las que yo podría escribir en un libro.
Ahora estábamos por fin en paz, calzados y descalzos, y nada iba a
distraernos del servicio de Dios".
Aguila y paloma
Indudablemente Santa Teresa era una mujer excepcionalmente dotada.
Su bondad natural, su ternura de corazón y su imaginación chispeante
de gracia, equilibradas por una extraordinaria madurez de juicio y
una profunda intuición, le ganaban generalmente el cariño y el
respeto de todos. Razón tenía el poeta Crashaw al referirse a Santa
Teresa bajo los símbolos aparentemente opuestos de "el águila" y "la
paloma". Cuando le parecía necesario, la santa sabía hacer frente a
las más altas autoridades civiles o eclesiásticas, y los ataques del
mundo no le hacían doblar la cabeza. Las palabras que dirigió al P.
Salazar: "Guardaos de oponeros al Espíritu Santo", no fueron el reto
de una histérica sino la verdad. Y no fue un abuso de autoridad lo
que la movió a tratar con dureza implacable a una superiora que se
había incapacitado a fuerza de hacer penitencia. Pero el águila no
mata a la paloma, como puede verse por la carta que escribió a un
sobrino suyo que llevaba una vida alegre y disipada: "Bendito sea
Dios porque os ha guiado en la elección de una mujer tan buena y ha
hecho que os caséis pronto, pues habíais empezado a disiparos desde
tan joven, que temíamos mucho por vos. Esto os mostrará el amor que
os profeso". La santa tomó a su cargo a la hija ilegítima y a la
hermana del joven, la cual tenía entonces siete años: "Las
religiosas deberíamos tener siempre con nosotras a una niña de esa
edad".
Ingenio y franqueza
El ingenio y la franqueza de Teresa jamás sobrepasaban la medida, ni
siquiera cuando los empleaba como un arma. En cierta ocasión en que
un caballero indiscreto alabó la belleza de sus pies descalzos,
Teresa se echó a reír y le dijo que los mirase bien porque jamás
volvería a verlos. Los famosos dichos "Bien sabéis lo que es una
comunidad de mujeres" e "Hijas mías, estas son tonterías de
mujeres", demuestran el realismo con que la santa consideraba a sus
súbditas.
Criticando un escrito de su buen amigo Francisco de Salcedo, Teresa
le escribía: "El señor Salcedo repite constantemente: 'Como dice el
Espíritu Santo', y termina declarando que su obra es una serie de
necedades. Me parece que voy a denunciarle a la Inquisición".
Selección de novicias
La intuición de Santa Teresa se manifestaba sobre todo en la
elección de las novicias. Lo primero que exigía, aun antes que la
piedad, era que fuesen inteligentes, es decir, equilibradas y
maduras, porque sabía que es más fácil adquirir la piedad que la
madurez de juicio. "Una persona inteligente es sencilla y sumisa,
porque ve sus faltas y comprende que tiene necesidad de un guía. Una
persona tonta y estrecha es incapaz de ver sus faltas, aunque se las
pongan delante de los ojos; y como está satisfecha de sí misma,
jamás se mejora". "Aunque el Señor diese a esta joven los dones de
la devoción y la contemplación, jamás llegará a ser inteligente, de
suerte que será siempre una carga para la comunidad". ¡Que Dios nos
guarde de las monjas tontas!"
Últimos años
En 1580, cuando se llevó a cabo la separación de las dos ramas del
Carmelo, Santa Teresa tenía ya 65 años y su salud estaba muy
debilitada. En los dos últimos años de su vida fundó otros dos
conventos, lo cual hacía un total de diecisiete. Las fundaciones de
la santa no eran simplemente un refugio de las almas contemplativas,
sino también una especie de reparación de los destrozos llevados a
cabo en los monasterios por el protestantismo, principalmente en
Inglaterra y Alemania.
Dios tenía reservada para los últimos años de vida de su sierva, la
prueba cruel de que interviniera en el proceso legal del testamento
de su hermano Lorenzo, cuya hija era superiora en el convento de
Valladolid. Como uno de los abogados tratase con rudeza a la santa,
ésta replicó: "Quiera Dios trataros con la cortesía con que vos me
tratáis a mí". Sin embargo, Teresa se quedó sin palabra cuando su
sobrina, que hasta entonces había sido una excelente religiosa, la
puso a la puerta del convento de Valladolid, que ella misma había
fundado. Poco después, la santa escribía a la madre de María de San
José: "Os suplico, a vos y a vuestras religiosas, que no pidáis a
Dios que me alargue la vida. Al contrario, pedidle que me lleve
pronto al eterno descanso, pues ya no puedo seros de ninguna
utilidad".
En la fundación del convento de Burgos, que fue la última, las
dificultades no escasearon. En julio de 1582, cuando el convento
estaba ya en marcha, Santa Teresa tenía la intención de retornar a
Avila, pero se vio obligada a modificar sus planes para ir a Alba de
Tormes a visitar a la duquesa María Henríquez. La Beata Ana de San
Bartolomé refiere que el viaje no estuvo bien proyectado y que Santa
Teresa se hallaba ya tan débil, que se desmayó en el camino. Una
noche sólo pudieron comer unos cuantos higos. Al llegar a Alba de
Tormes, la santa tuvo que acostarse inmediatamente. Tres días más
tarde, dijo a la Beata Ana: "Por fin, hija mía, ha llegado la hora
de mi muerte". El P. Antonio de Heredia le dio los últimos
sacramentos y le preguntó donde quería que la sepultasen. Teresa
replicó sencillamente: "¿Tengo que decidirlo yo? ¿Me van a negar
aquí un agujero para mi cuerpo?" Cuando el P. de Heredia le llevó el
viático, la santa consiguió erguirse en el lecho, y exclamó: "¡Oh,
Señor, por fin ha llegado la hora de vernos cara a cara!" Santa
Teresa de Jesús, visiblemente transportada por lo que el Señor le
mostraba, murió en brazos de la Beata Ana a las 9 de la noche del 4
de octubre de 1582.
Precisamente al día siguiente, entró en vigor la reforma gregoriana
del calendario, que suprimió diez días, de suerte que la fiesta de
la santa fue fijada, más tarde, el 15 de octubre.
Santa Teresa fue sepultada en Alba de Tormes, donde reposan todavía
sus reliquias.
Su canonización tuvo lugar en 1622.
El 27 de septiembre de 1970 Pablo VI le reconoció el título de
Doctora de la Iglesia.
En la actualidad, las carmelitas descalzas son aprox. 14.000 en 835
conventos en el mundo. Los carmelitas descalzos son 3.800 en 490
conventos.


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