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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.

FERNANDO SANTIVAN PUGA ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo

 

 
PALPITACIONES DE VIDA


A Elena, la compañera de mis horas de
tempestad, estas páginas atormentadas.


—¿Por qué tardará?
Pensaba maquinalmente. En el fondo, no estaba inquieto. Sabía que ella no faltaría a la cita. A lo más, un retraso de pocos minutos y luego aparecería, fresca, sonriente, adorable bajo su pequeño sombrero de paja clara.
“Sin duda la ha detenido la hermana”, pensó el joven aún. Y se sumió en ajenas y vagas cavilaciones.
Se hallaba recostado a la sombra de un arbusto y, para esperar con mayor holgura, ya que la tarde era calurosa, había arrojado sobre el césped el cuello, la corbata y hasta el vestón. Un airecito fresco, venido en ligeras bocanadas, inflaba con suavidad las blancas mangas de la camisa y le rozaba los brazos dulcemente. Se hallaba a media falda del San Cristóbal, y el sol quemante de primavera, junto con la agitación de la caminata, le hacían palpitar con violencia la sangre, tanto que se la podía percibir bajo la piel, deslizándose en rondas lentas y cálidas.
Lo circundaba olor a campo, sensación de agreste soledad. Crecía a sus pies, y en todo el faldeo del cerro, yerba fina y olorosa, verdeando hasta muy lejos, apenas interrumpida por los tajos abiertos por los picapedreros. Matorrales de quilo, hinojo y otras plantas de las alturas, formaban agrestes retazos que le recordaban la infancia y lo invadían de vaga ternura, traducida en violentos deseos de abrazar la tierra, las champas de pasto o enviarles besos al cielo y a las nubes que cruzaban allá arriba, blancas y diáfanas, impregnadas de sol.
Un pájaro picotea entre las ramas del arbusto que le da sombra. Un pequeño lagarto asoma entre la yerba y se desliza rápido hasta llegar a tierra asoleada; allí se queda inmóvil, palpitante, ofreciendo sumiso el dorso de oro y verde a los punzantes rayos del astro. La canción estremecida de las chicharras parece ritmar con la ondulante carrera del aire caldeado... De lejos llega la voz de los trabajadores en las canteras, gritos a los bueyes, juramentos y risotadas.
En la lejanía, la cordillera de la costa, de líneas paralelas al horizonte, coronada por ligerísimo encaje de nieve, aparece azul y borrosa a esta hora, semioculta por la nieve que brota como resplandor del valle y de la ciudad, extensa, plana, y se esfuma en la distancia con su hacinamiento de techos, cúpulas y altas torres variadas. Sólo el cerro Santa Lucía, gracioso de líneas, poblado de eucaliptos de ensueño y pinos meditabundos, con sus fuentes y cascadas, interrumpe la monotonía luminosa del panoramza.
Llega de abajo ruido confuso, sobre el que se pueden distinguir notas aisladas: el trepidar de un carruaje sobre el empedrado, el tintinear de una campanilla de tranvía, el trompetear agudo y soñoliento de un vendedor ambulante de helados; aullidos de perros, clarinadas de gallos. Abajo, a los pies del cerro, se extiende la propiedad de los dominicanos. con su convento rodeado de callados corredores y de antigua vegetación compuesta de viñas y plantaciones de limoneros, todo limpio y simétrico, lleno de unción, de holgura y de paz.
Hay casas que bordean la base del cerro; de una de ellas surge de pronto estrepitoso cacareo: una gallina que anuncia su buena nueva... Allá en la ciudad, otras gallinas la imitan.
Laxitud creciente se va apoderando del cuerpo del joven, mientras 1a imaginación cobra vuelo. Piensa en ella, en la esperada. ¿Por qué tardaría en llegar?
Cierra los ojos. La imagina acercándose a él, hablando con su voz de dulzura y reposo. Es suya entera: le son familiares sus movimientos, hasta los inesperados; es como si estuvieran dentro de su ser desde ignotos tiempos pretéritos. La imagina luego en el momento de salir de su casa, tranquila, sonriente, segura de su inculpabilidad en estos prohibidos amores. ¡Qué gran mujer! Dispone de su cuerpo y de su alma con la naturalidad de quien tiene conciencia de lo que significa la propiedad de su persona. No posee prejuicios. Es humilde y soberana. Transita por las calles llenas de ruidos, devolviendo su mirar limpio a los impiadosos transeuntes que, acaso, la juzgan impura.
Hacía tiempo que la soñara, mucho antes de conocerla, a esta mujer vulgar y originalísima entre todas las mujeres. Un vago deseo latía eh su alma torturada por la incomprensión de los que le conocían. Imaginaba una mujercita inocente, ingenua, que lo amase sin falsos pudores y que le ofreciese unos labios frescos, un alma ardiente y suave. Y a cada paso creía encontrarla, oculta bajo el mantito ligero de cualquiera transeúnte de la calle, seguro de que no tardaría en llegar.
—Esta, no. ¿Aquélla, quizá?
En su mente la esperada fue adquiriendo contornos precisos. Sería más bien baja que alta, de carnes llenas, menuda de rostro, ovalado por el manto negro, ceñida y gentil como una flor.
Se poseerían sin zozobras. Se acercaría a ella con medias palabras, como si todo estuviera dicho ya en otras épocas: sin engaños ni arterías de tenorio.
¡ Por fin! Una noche en que esperaba el tranvía después de cumplir sus tareas de oficina, puso su atención en una mujer, casi una niña, que a su vez lo miraba curiosamente, mientras castigaba el suelo con ligeros golpecitos de impaciencia. Los transeúntes se entrecruzaban, apresurados, indistintos bajo la luz artificial de los focos; los muchachos gritaban periódicos de la tarde, y parejas de enamorados caminaban con premura febril. Suspiros de amor en las penumbras de los edificios; vida, ansia...
—¡Y este carro que no llega! —pareció murmurar la desconocida, como si hablara consigo misma.
—¿Para dónde va usted? —preguntó él.
—A Recoleta.
—También voy para allá... Iremos juntos.
No respondió ella, pero tampoco demostró esquivez ni deseo de mayor confianza. La intimidad, la simpatía, parecía establecerse, sin embargo, como cosa natural e indiscutible. Llegó el tranvía. Subieron. Esquivando la luz de las ampolletas, buscaron el lugar más penumbroso. Estaban solos; allí empezaron una charla de monosílabos, de silencios, de reticencias; charla de antiguos amigos que se conocen el alma, como si se tratase tan sólo de poner en contacto vidas ya unidas en otro sitio. Charla suave de espíritus bajo el manto engañoso de frases triviales. Ella era del Pedagógico, alumna de matemáticas, tercer año. Se recibía al finalizar este curso. ¡ Muy dura la vida!... Una hermana le daba la subsistencia. ¡ Cuánto había trabaj ado la pobre para darle educación!... Desde el primer año hasta el último de humanidades, seis..., y tres de matemáticas..., nueve. Todo apenas con un pequeño negocio de cigarrería, una miseria..
El asentía dulcemente, compadeciéndola:
—¡Y tiene que hacer todos los días este viaje!
Ella rió.
Cuatro veces. Dos en la mañana: ida y vuelta. Dos en la tarde. Casi una hora de camino, de extremo a extremo de la ciudad. Pero no se le hacia cuesta arriba, no. En las mañanas de sol lo hacía de a pie; era tan entretenido venir mirando los escaparates de las tiendas, los trajes bonitos de las mujeres, respirando esa atmósfera de abandono o de oculta angustia de tantos pechos oprimidos por inconfesadas pasiones. Y después, el tránsito por la Alameda, ¡ una delicia! La superficie plana< extensa, perdiéndose de vista en la lejanía; ‘las estatuas de los héroes, el perfume de los árboles, en la época en que estaban tan lindos con el fin del invierno, vísperas de primavera, echando nuevos brotes. Se iba lentamente, preparando la lección, mirando el libio, mirando el cielo, mirando los edificios, tan bellos, que ocultan sus misterios de elegancias, apenas vistas alguna vez por algún balcón entreabierto... En la noche, el camino era diferente. ¡ Ella sola por las calles mal protegidas de su barrio, casi en los arrabales! ¡ Sentía miedo!
No era la joven comunicativa en extremo, pero las confidencias se desbordaban, dulcemente. Pregunta a su vez:
—¿Y usted no estudia?
—No, no estudio... Desde hace tres años, desde que me casé... —replica él con reposo.
Hubiera deseado concluir: sí, su carrera cortada por el matrimonio, ya que la vida se hace dura para los que no tienen profesión; pero...
Un pequeño silencio; una ligerísima mueca en los labios de ella, tan pronto insinuada como borrada por una sonrisa.
—¿Es joven su señora?
—Sí. La edad suya, más o menos: veinte años. Me casé cuando ella cumplía los diecisiete. Yo tengo veinticuatro.
Ella no manifestó mayor decepción. Por el contrario: tuvo interés en conocer su vida íntima. ¿Era feliz? ¿Se querían? ¿Habían tenido familia?
Sí, era feliz, se querían, pero no habían tenido familia...
Y todas estas confidencias insignificantes, este abandono en medias palabras dichas en un rincón del tranvía, bajo la luz que suavizaba sus facciones dándoles vida de penumbra y ensueño, las cabezas juntas, parecían unirlos más en cada momento que transcurría. Cualquiera los habría tomado por hermanos, o, quizás, por marido y mujer.
Cruzaron de este modo el corazón de la ciudad, la calle del Estado, la Plaza de Armas. Volvían los paseantes de la retreta. Mujeres elegantes, vaporosas; grupos de jovencitas parleras, acompañadas por jóvenes estudiantes, ruidos de sedas, nieblas de encaje, risas, pasión... ¡Ansia! ... Los vieron pasar, procesión interminable a lo largo de las aceras, los miraron desde la ventanilla del tranvía, sin envidia, felices de esta quietud que los iba envolviendo con inmensa malla traidora, más unidos al sentirse extranjeros a aquellas gentes que los ignoraban en su loca turbulencia de placeres y vanidades. Bruscamente penetraron a calles más obscuras, solitarias. Prosiguieron la charla. Al llegar al río admiraron juntos los juegos de ‘luces en el vacío nocturno. Luces lejanísimas, luces próximas, luces movibles, luces quietas incrustadas en la tiniebla.
—¿Qué lindo, no?
—¡ Lindo, lindo!
Se hubieran estrechado la mano en suave presión fraterna. Una alegría indefinible les hacía atropellar las palabras, mirarse a los ojos, consultándose sobre conocimientos comunes, personas que se quieren, aficiones acordes.
—¿Conoció al doctor Williams, en el Pedagógico?
—Lo conocí. ¡ Qué bueno!
—¿Y al señor Momsen?
—También.
Felicidad. Abandono. El tranvía corre. Ella se levanta.
—¡ Qué corto el trayecto! ¡ Por poco me paso!
Bajaron. La acompañó algunas cuadras, solitarias y obscuras. Callaban las bocas. Las almas ..., ¡ almas locas! ... Al despedirse, de buena gana se hubieran besado. No lo hicieron; sólo un largo, demasiado largo enlace de manos, un adiós y una intensa mirada de amigos (así lo dijeron los labios). ¿De amigos? ... No, ¡ de hermanos del espíritu, de predestinados!... (así lo dijeron las almas) ...
Después de esta primera entrevista, el conocimiento marchó rápido. Una semana de luchas internas, de pudores y vacilaciones, y luego, un estallar de besos, mientras las flores irrumpían en los campos; suspiros, languideces, miradas vagas y atolondradas, palpitaciones del corazón. Dos flores de una misma rama, mustiándose bajo el sol ebullente, buscándose a tientas para unir los pétalos en largo beso de pasión. ¡ Y es claro! Las flores, los besos y suspiros eligieron el campo para teatro de amor.
Y una clara mañana de primavera, mientras el profesor de antiparras apuntaba una nota de ausencia para la alumna y el jefe de escritorio se impacientaba por el retraso del subordinado, el ancho sol, fulgurante de salud, daba la bienvenida de padre bueno a dos jóvenes que repechaban la cuesta del agreste San Cristóbal, cogidos de la mano, deteniéndose a cada veinte pasos para sonreírse y mirarse en los ojos, y para emprender de nuevo la marcha, palpitantes, en busca de la soledad y la paz de las alturas.
Al llegar al primer recodo de camino que subía serpenteando y que los defendía de las miradas importunas, se dieron un beso de ansia, a labios apretados. Volvieron a caminar, sonriéndose, prometiéndose el uno al otro en entrega absoluta. Nada hablaron, como si quisieran llenar con silencio tantas cosas inexplicables de la vida. Al llegar a la cumbre se unieron en un abrazo intenso, ardoroso; se bebieron, se confundieron ...
Y a partir de ese día el amor se hizo sereno, amplio, generoso. ¡ Oh felices días! ¡ Cómo pasaron!...

* * *

Amenguaba el calor. Descendía el sol sobre las montañas de la costa. Ráfagas suaves le acariciaban el rostro al joven como si pretendiese cambiar en su cerebro unas ideas por otras, trayéndole palabras sueltas venidas quizá de dónde, palabras ya escuchadas, de ella o de él, que aún parecían vibrar en la atmósfera, limpiamente:
—¿Me quieres?
—¡Bah!
—¡Pareces triste!
—¡Tonto! ¿Y por qué?
El amor que palpita y crece entre vacías charlas, adorable en su sinrazón, diciendo más cosas que las que se quisieran decir, y que los labios se niegan a condensar, inexpertos o malignos... Gustaban de esta charla sencilla, formada del relato de insignificancias, pero sobre la que parecía flotar un fuerte hálito de pasión, uniéndolos cada vez mas.
Sin embargo, más de una vez la voz se hacía grave y serena en la boca de él, mientras jugaba con los dedos de ella, delicados y ágiles.
—Pasaba muchos días triste, María, antes de que te conociera... Me sentía incómodo en el mundo: me parecía estrecho. Exaltábame por cualquiera bagatela. Mi vida parecía desorientada; pensamientos vagos, tristezas sin motivo, y un galopar constante de locuras por la imaginación ... Era como si ahí cerca, a la vuelta del camino, te hubiera divisado y que una mano misteriosa te ocultara de mi vista.
No tardaron en sucederse silencios y distracciones difíciles de explicar.
—María... ¿En qué piensas? ¿Hay algo que yo no conozca? ¿Tienes algo que reprocharme?
—¿Reprocharte? ¿A ti?
—Sí ... ¡ Te creía grande de alma, pero has sobrepasado mis sueños! ... ¿No sufres? ¿Nada te falta?
—¡Nada! Dices que me quieres, y estoy contenta. No mientes, ¿verdad?... Sólo que de vez en cuando siento tristeza indefinible... Tristeza, quizá por las rarezas de la vida.
—¡ Alégrate!
Nunca hablaron de sacrificios, ni de maldad, ni de culpa. Un silencio vasto velaba sobre ese mundo de vallas que los hubiera podido separar de modo violento. Se querían. ¡ Y qué más! ... Pero la tristeza aumentaba, a pesar de ellos, y los vagos fantasmas comenzaban a cobrar formas precisas. Cierto día la joven preguntó, tímida y dulcemente:
—¿Cómo está ella, Daniel?
Aludía a la esposa. Daniel titubeó; jamás había renegado de su amor a la dueña de su hogar, la veladora de sus sueños, la probable madre de sus hijos, y esta vez replicó también con acento seguro, escrutando ávidamente el rostro de la joven:
—No está bien, María... Me observa y ahoga su pena en suspiros. Cada día aumenta su ternura para mí, y comprendo que sería un crimen dejar de quererla.
—¡Daniel!
—¿Te molesta que hable así?
—Ni lo pienses. La respeto y también la quiero, porque es buena contigo. Y, más que nada, me agrada que seas sincero. Del mismo modo que la defiendes, me defenderías a mí, ¿verdad?
—Sí, María, sí.
Enternecida, exclamaba con acento en que le ofrecía el alma:
—¡ Eres tan bueno! Yo también te soñaba así ...
Un día, él le dijo, después de ligera vacilación:
—¿Comprendes que pueda querer a dos mujeres al mismo tiempo?
El joven suspiró profundamente. Y después de meditar un momento, sin esperar respuesta, murmuró:
—En eso la superas.
—¿En qué?
—Si le hablara de mi amor por ti, ella no lo soportaría. Podría callar y perdonarme, pero -- -
—¡ Daniel!
Silencio. Tristeza de oración. Un sollozo.
— ¡ Perdóname, Daniel, perdóname!
—No tenemos de qué culparnos. Nosotros no hemos arreglado la vida. La vida marcha ... Ni tampoco hemos tenido valor, ni deseos, ni tiempo de oponernos a sus mandatos. Me habría parecido crimen frustrar nuestro cariño por futilezas de razonamiento. ¡ Matar el perfume de las flores, cerrar los oídos a la música del viento, matar los ojos para la contemplación de los colores en la naturaleza: todo eso sería crimen!
—¡ Cierto! —apoyó la enamorada.
—Mi deseo hubiera sido diferente... Lástima que sólo proponerlo habría sido absurdo. Escucha: tú y ella sois mis amores, mí existencia entera... Tampoco es toda la verdad. Tú, ella, otras mujeres, mi madre, mis hermanos y amigos... ¡ Todos!
—¡Daniel! ¡Mi Daniel!
—Tuyo, María, y no miento. De ella, y no mentiré. Es el amor humano, vasto, inmenso, compuesto de partes indeterminadas. Un amor no excluye a otro. Todos caben dentro de lo infinito y de lo perfecto. Uno despierta ternuras; otro, grandezas; el de más allá, sensualidad. ¡ Si pudiéramos conocer a todos los despertadores de nuestra alma, nuestros predestinados, seríamos como dioses!
Y continuaba la charla, dolorida, intensa. Luego un silencio. La ciudad a los pies. Y ante la vista, horizontes, cielo azul, montañas.
Ella interroga:
—¿En qué piensas?
El responde:
—Sueños, locuras... Desearía llevarte allá abajo, ¿ves? ¿Ves aquella casita con un árbol grande en el patio? ¿Ves aquel punto blanco que se agita junto a la pared? ¡Quizá sea ella! ¡Está triste! Sin embargo, nada sabe... Pues bien, te llevaría donde ella y le diría: “He ahí a tu hermana. ¡ Amala!”
—¡Oh Daniel!... ¡Pudieran ser realidad esas locuras!
—Imposible. Ya lo sé.
El viento de la inmensidad sopla sobre sus frentes.
¡ Qué hermosa está María! Daniel abate los brazos y suspira:
—Ella no podría aceptarlo. Allá abajo las calles son estrechas... y desaparece el horizonte. Hay lodo; el aire se enrarece.
—¡Verdad!
Ante esos recuerdos, el joven se levantó violentamente. Sacudió la cabeza como para arrojar lejos de sí los pensamientos acariciantes. “El presente, el problema de hoy, el goce de hoy, la tortura de hoy: he ahí la vida”... Allí estaba para resolver el problema. ¿ Pero por qué tardaría ella? El lagarto había vuelto a su cueva, las chicharras apagaron su canción, la sombra del árbol comenzó a helarse. ¡ Dos horas, tres! Una más, y la noche llegaría. Junto con la fuga del sol se disipaba su confianza. Comenzó a invadirlo la angustia: tardaba demasiado.
Por fin, en el camino distante, al pie del cerro, apareció una silueta pequeñita de mujer. ¿Ella? Sí, se lo decía el corazón. Una laxitud angustiosa comenzó a invadirle el cuerpo. Extendió los brazos en movimiento de protección como si temiera que el ensueño se esfumara. Los pasos se acercaban detrás del recodo y, esta vez, no quiso volver el rostro para percibir de lleno la imagen de ella entera. Fingió hallarse distraído, pero no tardó en ceder al imperio de su angustia. Se acercaba sonriéndole, como de costumbre; mas se le antojó que una sombra obscurecía los ángulos de su boca con pliegue de amargura.
—¿,Has esperado mucho?
—¡Toda la tarde!
Le hizo sitio junto a él, en el césped. Ella se sentó.
—¡Espera un poco, vengo rendida! Creí que no te vería más...
— ¡ Acércate!
—Déjame respirar. Quiero hablarte con calma.
Se desceñía el mantito transparente y extendía los pies, luciendo las botinas a través de los encajes de la enagua, en abandono dulce y confiado, mientras aspiraba el aire con ansia.
—Malas noticias.
—¡Qué pasa?
—Mi hermana ha sorprendido nuestros amores. Lo sabe todo.
Daniel arrugó el ceño.
—¿Y qué?
—No te enojes. Por eso no te he de querer menos.
Rodeó el cuello del amante con sus brazos y le cubrió la boca con un beso. Junto a él, inclinado el rostro sobre su pecho, casi rozándole las mejillas, prosiguió:
—Hemos tenido una escena. Me ha dicho que, o te abandonaba... o tendría que salir de casa...
Daniel alejó el rostro con gesto de dureza.
—Y tú, ¿ qué respondiste?
—¿Yo?... ¡Nada!
—¿Cómo, nada?
—He llorado..., he llorado y vine en busca tuya. Quiero que tú decidas. Haré lo que me ordenes.
El rostro de él se ablandó. Guardó silencio, reflexivo.
El cielo se iba tiñendo de rojo sangriento. La ciudad parecía evaporarse, bañada en niebla y en vaguedades. A lo lejos, más allá de los extramuros, las praderas atenuaban su color; mientras los montes, cada vez más obscuros, recortábanse fuertemente contra el cielo encendido.
—También tengo malas noticias, María. He hablado a Dora.
—¿ Le has contado?
—¡Todo!... ¡Todo!
Ella inclinó la cabeza; no se atrevió a preguntar más. En el cielo, de pronto, las nubes se apagaron. El sol se ocultaba. Regresaban del trabajo las cuadrillas de canteros. Hablaban fuerte. Reían. Sus voces eran roncas y cínicas.
Ambos tenían la mirada fija allá abajo en la ciudad inmensa. Permanecieron largo rato sin hablar. El valle se teñía ahora de sombras. Las montañas, negras, se recortaban con trazos duros en el cielo lívido. De pronto una luz apareció allá abajo, pequeñísima, indecisa. Un vaho oscuro parecía levantarse de la ciudad. Nuevas luces, más distintas, lucientes, grandes; nuevas sombras. Ruidos aislados venidos del cerro mismo; una carcajada, una voz de mando, y el eco que se pierde restallando en la distancia.
Las bocas, mudas; las almas hablando, gimiendo.
—¿Ella sufre, Daniel?
—Si esto continúa así, no sé qué pasará ...
Nueva pausa, larga, angustiosa, y con no sé qué de dulce a la vez. Las tinieblas subían; las luces aumentaban, se multiplicaban, frías, vívidas. Ruido confuso de ciudad, hervidero sordo y distante. La tiniebla parecía ir cobrando vida, agitando en su seno monstruos, misterios y dolores; era un solo gran monstruo negro de centenares de ojos lucientes e inmóviles.
Daniel se puso de pie. Su ademán adquirió solemnidad.
—Vamos, María.
La voz dulce de ella, sumisa:
—Vamos.
Dieron algunos pasos por el camino y se detuvieron a mirar hacia abajo. Se abrazaron en silencio. Unieron sus labios en largo beso doloroso... Se habían comprendido sin hablar y el sacrificio se consumó en la sombra. Emprendieron en segutida el descenso.
¡ Largo descenso! Sumidos en la tiniebla, comprimiendo los sollozos, separados, recogidos en sí mismos. Otras veces bajaron corriendo, lanzando locuras y gritos al viento!
Antes de llegar a la planicie, él se detuvo, le cogió una mano y la beso con respeto, como si se tratara de una cosa que ya no le pertenecía.
Quebrando la voz para no romper en sollozos, no pudo menos que decir algo que la consolara y que lo consolara a él mismo.
- ¡No llores, amor!—murmuro—. ¡No llores! ¡Quizás sea para mejor!... ¡Será para mejor!... ¡Un dulce sueño vivido por nosotros dos, más intenso que la vida misma, más grande y más hermoso! ¡ Será para mejor!... ¡ Cortémosle ahora que todavía es niño y es tan puro, tan sin mancha de alma! Mañana, quizá, sería menos grande, y al separarnos lo recordaríamos menguado... ¡ No llores, amor!
Pero él también lloraba.
Ella no le oía. Entonces él le quitó las manos del rostro y la besó repetidas veces, en la boca, en los ojos...
Continuaron el descenso; pero antes de llegar al plan Daniel no pudo menos que detenerse para amenazar con el puño a esa mancha negra que se extendía a sus pies, a la ciudad inmensa cuajada de luces inmóviles, y que se los tragaba para siempre, ¡como ancha boca de tumba!
 

   

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