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PALPITACIONES DE VIDA
A Elena, la compañera de mis horas de
tempestad, estas páginas atormentadas.
—¿Por qué tardará?
Pensaba maquinalmente. En el fondo, no estaba inquieto. Sabía
que ella no faltaría a la cita. A lo más, un retraso de pocos
minutos y luego aparecería, fresca, sonriente, adorable bajo su
pequeño sombrero de paja clara.
“Sin duda la ha detenido la hermana”, pensó el joven aún. Y se
sumió en ajenas y vagas cavilaciones.
Se hallaba recostado a la sombra de un arbusto y, para esperar
con mayor holgura, ya que la tarde era calurosa, había arrojado
sobre el césped el cuello, la corbata y hasta el vestón. Un
airecito fresco, venido en ligeras bocanadas, inflaba con
suavidad las blancas mangas de la camisa y le rozaba los brazos
dulcemente. Se hallaba a media falda del San Cristóbal, y el sol
quemante de primavera, junto con la agitación de la caminata, le
hacían palpitar con violencia la sangre, tanto que se la podía
percibir bajo la piel, deslizándose en rondas lentas y cálidas.
Lo circundaba olor a campo, sensación de agreste soledad. Crecía
a sus pies, y en todo el faldeo del cerro, yerba fina y olorosa,
verdeando hasta muy lejos, apenas interrumpida por los tajos
abiertos por los picapedreros. Matorrales de quilo, hinojo y
otras plantas de las alturas, formaban agrestes retazos que le
recordaban la infancia y lo invadían de vaga ternura, traducida
en violentos deseos de abrazar la tierra, las champas de pasto o
enviarles besos al cielo y a las nubes que cruzaban allá arriba,
blancas y diáfanas, impregnadas de sol.
Un pájaro picotea entre las ramas del arbusto que le da sombra.
Un pequeño lagarto asoma entre la yerba y se desliza rápido
hasta llegar a tierra asoleada; allí se queda inmóvil,
palpitante, ofreciendo sumiso el dorso de oro y verde a los
punzantes rayos del astro. La canción estremecida de las
chicharras parece ritmar con la ondulante carrera del aire
caldeado... De lejos llega la voz de los trabajadores en las
canteras, gritos a los bueyes, juramentos y risotadas.
En la lejanía, la cordillera de la costa, de líneas paralelas al
horizonte, coronada por ligerísimo encaje de nieve, aparece azul
y borrosa a esta hora, semioculta por la nieve que brota como
resplandor del valle y de la ciudad, extensa, plana, y se esfuma
en la distancia con su hacinamiento de techos, cúpulas y altas
torres variadas. Sólo el cerro Santa Lucía, gracioso de líneas,
poblado de eucaliptos de ensueño y pinos meditabundos, con sus
fuentes y cascadas, interrumpe la monotonía luminosa del
panoramza.
Llega de abajo ruido confuso, sobre el que se pueden distinguir
notas aisladas: el trepidar de un carruaje sobre el empedrado,
el tintinear de una campanilla de tranvía, el trompetear agudo y
soñoliento de un vendedor ambulante de helados; aullidos de
perros, clarinadas de gallos. Abajo, a los pies del cerro, se
extiende la propiedad de los dominicanos. con su convento
rodeado de callados corredores y de antigua vegetación compuesta
de viñas y plantaciones de limoneros, todo limpio y simétrico,
lleno de unción, de holgura y de paz.
Hay casas que bordean la base del cerro; de una de ellas surge
de pronto estrepitoso cacareo: una gallina que anuncia su buena
nueva... Allá en la ciudad, otras gallinas la imitan.
Laxitud creciente se va apoderando del cuerpo del joven,
mientras 1a imaginación cobra vuelo. Piensa en ella, en la
esperada. ¿Por qué tardaría en llegar?
Cierra los ojos. La imagina acercándose a él, hablando con su
voz de dulzura y reposo. Es suya entera: le son familiares sus
movimientos, hasta los inesperados; es como si estuvieran dentro
de su ser desde ignotos tiempos pretéritos. La imagina luego en
el momento de salir de su casa, tranquila, sonriente, segura de
su inculpabilidad en estos prohibidos amores. ¡Qué gran mujer!
Dispone de su cuerpo y de su alma con la naturalidad de quien
tiene conciencia de lo que significa la propiedad de su persona.
No posee prejuicios. Es humilde y soberana. Transita por las
calles llenas de ruidos, devolviendo su mirar limpio a los
impiadosos transeuntes que, acaso, la juzgan impura.
Hacía tiempo que la soñara, mucho antes de conocerla, a esta
mujer vulgar y originalísima entre todas las mujeres. Un vago
deseo latía eh su alma torturada por la incomprensión de los que
le conocían. Imaginaba una mujercita inocente, ingenua, que lo
amase sin falsos pudores y que le ofreciese unos labios frescos,
un alma ardiente y suave. Y a cada paso creía encontrarla,
oculta bajo el mantito ligero de cualquiera transeúnte de la
calle, seguro de que no tardaría en llegar.
—Esta, no. ¿Aquélla, quizá?
En su mente la esperada fue adquiriendo contornos precisos.
Sería más bien baja que alta, de carnes llenas, menuda de
rostro, ovalado por el manto negro, ceñida y gentil como una
flor.
Se poseerían sin zozobras. Se acercaría a ella con medias
palabras, como si todo estuviera dicho ya en otras épocas: sin
engaños ni arterías de tenorio.
¡ Por fin! Una noche en que esperaba el tranvía después de
cumplir sus tareas de oficina, puso su atención en una mujer,
casi una niña, que a su vez lo miraba curiosamente, mientras
castigaba el suelo con ligeros golpecitos de impaciencia. Los
transeúntes se entrecruzaban, apresurados, indistintos bajo la
luz artificial de los focos; los muchachos gritaban periódicos
de la tarde, y parejas de enamorados caminaban con premura
febril. Suspiros de amor en las penumbras de los edificios;
vida, ansia...
—¡Y este carro que no llega! —pareció murmurar la desconocida,
como si hablara consigo misma.
—¿Para dónde va usted? —preguntó él.
—A Recoleta.
—También voy para allá... Iremos juntos.
No respondió ella, pero tampoco demostró esquivez ni deseo de
mayor confianza. La intimidad, la simpatía, parecía
establecerse, sin embargo, como cosa natural e indiscutible.
Llegó el tranvía. Subieron. Esquivando la luz de las ampolletas,
buscaron el lugar más penumbroso. Estaban solos; allí empezaron
una charla de monosílabos, de silencios, de reticencias; charla
de antiguos amigos que se conocen el alma, como si se tratase
tan sólo de poner en contacto vidas ya unidas en otro sitio.
Charla suave de espíritus bajo el manto engañoso de frases
triviales. Ella era del Pedagógico, alumna de matemáticas,
tercer año. Se recibía al finalizar este curso. ¡ Muy dura la
vida!... Una hermana le daba la subsistencia. ¡ Cuánto había
trabaj ado la pobre para darle educación!... Desde el primer año
hasta el último de humanidades, seis..., y tres de
matemáticas..., nueve. Todo apenas con un pequeño negocio de
cigarrería, una miseria..
El asentía dulcemente, compadeciéndola:
—¡Y tiene que hacer todos los días este viaje!
Ella rió.
Cuatro veces. Dos en la mañana: ida y vuelta. Dos en la tarde.
Casi una hora de camino, de extremo a extremo de la ciudad. Pero
no se le hacia cuesta arriba, no. En las mañanas de sol lo hacía
de a pie; era tan entretenido venir mirando los escaparates de
las tiendas, los trajes bonitos de las mujeres, respirando esa
atmósfera de abandono o de oculta angustia de tantos pechos
oprimidos por inconfesadas pasiones. Y después, el tránsito por
la Alameda, ¡ una delicia! La superficie plana< extensa,
perdiéndose de vista en la lejanía; ‘las estatuas de los héroes,
el perfume de los árboles, en la época en que estaban tan lindos
con el fin del invierno, vísperas de primavera, echando nuevos
brotes. Se iba lentamente, preparando la lección, mirando el
libio, mirando el cielo, mirando los edificios, tan bellos, que
ocultan sus misterios de elegancias, apenas vistas alguna vez
por algún balcón entreabierto... En la noche, el camino era
diferente. ¡ Ella sola por las calles mal protegidas de su
barrio, casi en los arrabales! ¡ Sentía miedo!
No era la joven comunicativa en extremo, pero las confidencias
se desbordaban, dulcemente. Pregunta a su vez:
—¿Y usted no estudia?
—No, no estudio... Desde hace tres años, desde que me casé...
—replica él con reposo.
Hubiera deseado concluir: sí, su carrera cortada por el
matrimonio, ya que la vida se hace dura para los que no tienen
profesión; pero...
Un pequeño silencio; una ligerísima mueca en los labios de ella,
tan pronto insinuada como borrada por una sonrisa.
—¿Es joven su señora?
—Sí. La edad suya, más o menos: veinte años. Me casé cuando ella
cumplía los diecisiete. Yo tengo veinticuatro.
Ella no manifestó mayor decepción. Por el contrario: tuvo
interés en conocer su vida íntima. ¿Era feliz? ¿Se querían?
¿Habían tenido familia?
Sí, era feliz, se querían, pero no habían tenido familia...
Y todas estas confidencias insignificantes, este abandono en
medias palabras dichas en un rincón del tranvía, bajo la luz que
suavizaba sus facciones dándoles vida de penumbra y ensueño, las
cabezas juntas, parecían unirlos más en cada momento que
transcurría. Cualquiera los habría tomado por hermanos, o,
quizás, por marido y mujer.
Cruzaron de este modo el corazón de la ciudad, la calle del
Estado, la Plaza de Armas. Volvían los paseantes de la retreta.
Mujeres elegantes, vaporosas; grupos de jovencitas parleras,
acompañadas por jóvenes estudiantes, ruidos de sedas, nieblas de
encaje, risas, pasión... ¡Ansia! ... Los vieron pasar, procesión
interminable a lo largo de las aceras, los miraron desde la
ventanilla del tranvía, sin envidia, felices de esta quietud que
los iba envolviendo con inmensa malla traidora, más unidos al
sentirse extranjeros a aquellas gentes que los ignoraban en su
loca turbulencia de placeres y vanidades. Bruscamente penetraron
a calles más obscuras, solitarias. Prosiguieron la charla. Al
llegar al río admiraron juntos los juegos de ‘luces en el vacío
nocturno. Luces lejanísimas, luces próximas, luces movibles,
luces quietas incrustadas en la tiniebla.
—¿Qué lindo, no?
—¡ Lindo, lindo!
Se hubieran estrechado la mano en suave presión fraterna. Una
alegría indefinible les hacía atropellar las palabras, mirarse a
los ojos, consultándose sobre conocimientos comunes, personas
que se quieren, aficiones acordes.
—¿Conoció al doctor Williams, en el Pedagógico?
—Lo conocí. ¡ Qué bueno!
—¿Y al señor Momsen?
—También.
Felicidad. Abandono. El tranvía corre. Ella se levanta.
—¡ Qué corto el trayecto! ¡ Por poco me paso!
Bajaron. La acompañó algunas cuadras, solitarias y obscuras.
Callaban las bocas. Las almas ..., ¡ almas locas! ... Al
despedirse, de buena gana se hubieran besado. No lo hicieron;
sólo un largo, demasiado largo enlace de manos, un adiós y una
intensa mirada de amigos (así lo dijeron los labios). ¿De
amigos? ... No, ¡ de hermanos del espíritu, de predestinados!...
(así lo dijeron las almas) ...
Después de esta primera entrevista, el conocimiento marchó
rápido. Una semana de luchas internas, de pudores y
vacilaciones, y luego, un estallar de besos, mientras las flores
irrumpían en los campos; suspiros, languideces, miradas vagas y
atolondradas, palpitaciones del corazón. Dos flores de una misma
rama, mustiándose bajo el sol ebullente, buscándose a tientas
para unir los pétalos en largo beso de pasión. ¡ Y es claro! Las
flores, los besos y suspiros eligieron el campo para teatro de
amor.
Y una clara mañana de primavera, mientras el profesor de
antiparras apuntaba una nota de ausencia para la alumna y el
jefe de escritorio se impacientaba por el retraso del
subordinado, el ancho sol, fulgurante de salud, daba la
bienvenida de padre bueno a dos jóvenes que repechaban la cuesta
del agreste San Cristóbal, cogidos de la mano, deteniéndose a
cada veinte pasos para sonreírse y mirarse en los ojos, y para
emprender de nuevo la marcha, palpitantes, en busca de la
soledad y la paz de las alturas.
Al llegar al primer recodo de camino que subía serpenteando y
que los defendía de las miradas importunas, se dieron un beso de
ansia, a labios apretados. Volvieron a caminar, sonriéndose,
prometiéndose el uno al otro en entrega absoluta. Nada hablaron,
como si quisieran llenar con silencio tantas cosas inexplicables
de la vida. Al llegar a la cumbre se unieron en un abrazo
intenso, ardoroso; se bebieron, se confundieron ...
Y a partir de ese día el amor se hizo sereno, amplio, generoso.
¡ Oh felices días! ¡ Cómo pasaron!...
* * *
Amenguaba el calor. Descendía el sol sobre las montañas de la
costa. Ráfagas suaves le acariciaban el rostro al joven como si
pretendiese cambiar en su cerebro unas ideas por otras,
trayéndole palabras sueltas venidas quizá de dónde, palabras ya
escuchadas, de ella o de él, que aún parecían vibrar en la
atmósfera, limpiamente:
—¿Me quieres?
—¡Bah!
—¡Pareces triste!
—¡Tonto! ¿Y por qué?
El amor que palpita y crece entre vacías charlas, adorable en su
sinrazón, diciendo más cosas que las que se quisieran decir, y
que los labios se niegan a condensar, inexpertos o malignos...
Gustaban de esta charla sencilla, formada del relato de
insignificancias, pero sobre la que parecía flotar un fuerte
hálito de pasión, uniéndolos cada vez mas.
Sin embargo, más de una vez la voz se hacía grave y serena en la
boca de él, mientras jugaba con los dedos de ella, delicados y
ágiles.
—Pasaba muchos días triste, María, antes de que te conociera...
Me sentía incómodo en el mundo: me parecía estrecho. Exaltábame
por cualquiera bagatela. Mi vida parecía desorientada;
pensamientos vagos, tristezas sin motivo, y un galopar constante
de locuras por la imaginación ... Era como si ahí cerca, a la
vuelta del camino, te hubiera divisado y que una mano misteriosa
te ocultara de mi vista.
No tardaron en sucederse silencios y distracciones difíciles de
explicar.
—María... ¿En qué piensas? ¿Hay algo que yo no conozca? ¿Tienes
algo que reprocharme?
—¿Reprocharte? ¿A ti?
—Sí ... ¡ Te creía grande de alma, pero has sobrepasado mis
sueños! ... ¿No sufres? ¿Nada te falta?
—¡Nada! Dices que me quieres, y estoy contenta. No mientes,
¿verdad?... Sólo que de vez en cuando siento tristeza
indefinible... Tristeza, quizá por las rarezas de la vida.
—¡ Alégrate!
Nunca hablaron de sacrificios, ni de maldad, ni de culpa. Un
silencio vasto velaba sobre ese mundo de vallas que los hubiera
podido separar de modo violento. Se querían. ¡ Y qué más! ...
Pero la tristeza aumentaba, a pesar de ellos, y los vagos
fantasmas comenzaban a cobrar formas precisas. Cierto día la
joven preguntó, tímida y dulcemente:
—¿Cómo está ella, Daniel?
Aludía a la esposa. Daniel titubeó; jamás había renegado de su
amor a la dueña de su hogar, la veladora de sus sueños, la
probable madre de sus hijos, y esta vez replicó también con
acento seguro, escrutando ávidamente el rostro de la joven:
—No está bien, María... Me observa y ahoga su pena en suspiros.
Cada día aumenta su ternura para mí, y comprendo que sería un
crimen dejar de quererla.
—¡Daniel!
—¿Te molesta que hable así?
—Ni lo pienses. La respeto y también la quiero, porque es buena
contigo. Y, más que nada, me agrada que seas sincero. Del mismo
modo que la defiendes, me defenderías a mí, ¿verdad?
—Sí, María, sí.
Enternecida, exclamaba con acento en que le ofrecía el alma:
—¡ Eres tan bueno! Yo también te soñaba así ...
Un día, él le dijo, después de ligera vacilación:
—¿Comprendes que pueda querer a dos mujeres al mismo tiempo?
El joven suspiró profundamente. Y después de meditar un momento,
sin esperar respuesta, murmuró:
—En eso la superas.
—¿En qué?
—Si le hablara de mi amor por ti, ella no lo soportaría. Podría
callar y perdonarme, pero -- -
—¡ Daniel!
Silencio. Tristeza de oración. Un sollozo.
— ¡ Perdóname, Daniel, perdóname!
—No tenemos de qué culparnos. Nosotros no hemos arreglado la
vida. La vida marcha ... Ni tampoco hemos tenido valor, ni
deseos, ni tiempo de oponernos a sus mandatos. Me habría
parecido crimen frustrar nuestro cariño por futilezas de
razonamiento. ¡ Matar el perfume de las flores, cerrar los oídos
a la música del viento, matar los ojos para la contemplación de
los colores en la naturaleza: todo eso sería crimen!
—¡ Cierto! —apoyó la enamorada.
—Mi deseo hubiera sido diferente... Lástima que sólo proponerlo
habría sido absurdo. Escucha: tú y ella sois mis amores, mí
existencia entera... Tampoco es toda la verdad. Tú, ella, otras
mujeres, mi madre, mis hermanos y amigos... ¡ Todos!
—¡Daniel! ¡Mi Daniel!
—Tuyo, María, y no miento. De ella, y no mentiré. Es el amor
humano, vasto, inmenso, compuesto de partes indeterminadas. Un
amor no excluye a otro. Todos caben dentro de lo infinito y de
lo perfecto. Uno despierta ternuras; otro, grandezas; el de más
allá, sensualidad. ¡ Si pudiéramos conocer a todos los
despertadores de nuestra alma, nuestros predestinados, seríamos
como dioses!
Y continuaba la charla, dolorida, intensa. Luego un silencio. La
ciudad a los pies. Y ante la vista, horizontes, cielo azul,
montañas.
Ella interroga:
—¿En qué piensas?
El responde:
—Sueños, locuras... Desearía llevarte allá abajo, ¿ves? ¿Ves
aquella casita con un árbol grande en el patio? ¿Ves aquel punto
blanco que se agita junto a la pared? ¡Quizá sea ella! ¡Está
triste! Sin embargo, nada sabe... Pues bien, te llevaría donde
ella y le diría: “He ahí a tu hermana. ¡ Amala!”
—¡Oh Daniel!... ¡Pudieran ser realidad esas locuras!
—Imposible. Ya lo sé.
El viento de la inmensidad sopla sobre sus frentes.
¡ Qué hermosa está María! Daniel abate los brazos y suspira:
—Ella no podría aceptarlo. Allá abajo las calles son
estrechas... y desaparece el horizonte. Hay lodo; el aire se
enrarece.
—¡Verdad!
Ante esos recuerdos, el joven se levantó violentamente. Sacudió
la cabeza como para arrojar lejos de sí los pensamientos
acariciantes. “El presente, el problema de hoy, el goce de hoy,
la tortura de hoy: he ahí la vida”... Allí estaba para resolver
el problema. ¿ Pero por qué tardaría ella? El lagarto había
vuelto a su cueva, las chicharras apagaron su canción, la sombra
del árbol comenzó a helarse. ¡ Dos horas, tres! Una más, y la
noche llegaría. Junto con la fuga del sol se disipaba su
confianza. Comenzó a invadirlo la angustia: tardaba demasiado.
Por fin, en el camino distante, al pie del cerro, apareció una
silueta pequeñita de mujer. ¿Ella? Sí, se lo decía el corazón.
Una laxitud angustiosa comenzó a invadirle el cuerpo. Extendió
los brazos en movimiento de protección como si temiera que el
ensueño se esfumara. Los pasos se acercaban detrás del recodo y,
esta vez, no quiso volver el rostro para percibir de lleno la
imagen de ella entera. Fingió hallarse distraído, pero no tardó
en ceder al imperio de su angustia. Se acercaba sonriéndole,
como de costumbre; mas se le antojó que una sombra obscurecía
los ángulos de su boca con pliegue de amargura.
—¿,Has esperado mucho?
—¡Toda la tarde!
Le hizo sitio junto a él, en el césped. Ella se sentó.
—¡Espera un poco, vengo rendida! Creí que no te vería más...
— ¡ Acércate!
—Déjame respirar. Quiero hablarte con calma.
Se desceñía el mantito transparente y extendía los pies,
luciendo las botinas a través de los encajes de la enagua, en
abandono dulce y confiado, mientras aspiraba el aire con ansia.
—Malas noticias.
—¡Qué pasa?
—Mi hermana ha sorprendido nuestros amores. Lo sabe todo.
Daniel arrugó el ceño.
—¿Y qué?
—No te enojes. Por eso no te he de querer menos.
Rodeó el cuello del amante con sus brazos y le cubrió la boca
con un beso. Junto a él, inclinado el rostro sobre su pecho,
casi rozándole las mejillas, prosiguió:
—Hemos tenido una escena. Me ha dicho que, o te abandonaba... o
tendría que salir de casa...
Daniel alejó el rostro con gesto de dureza.
—Y tú, ¿ qué respondiste?
—¿Yo?... ¡Nada!
—¿Cómo, nada?
—He llorado..., he llorado y vine en busca tuya. Quiero que tú
decidas. Haré lo que me ordenes.
El rostro de él se ablandó. Guardó silencio, reflexivo.
El cielo se iba tiñendo de rojo sangriento. La ciudad parecía
evaporarse, bañada en niebla y en vaguedades. A lo lejos, más
allá de los extramuros, las praderas atenuaban su color;
mientras los montes, cada vez más obscuros, recortábanse
fuertemente contra el cielo encendido.
—También tengo malas noticias, María. He hablado a Dora.
—¿ Le has contado?
—¡Todo!... ¡Todo!
Ella inclinó la cabeza; no se atrevió a preguntar más. En el
cielo, de pronto, las nubes se apagaron. El sol se ocultaba.
Regresaban del trabajo las cuadrillas de canteros. Hablaban
fuerte. Reían. Sus voces eran roncas y cínicas.
Ambos tenían la mirada fija allá abajo en la ciudad inmensa.
Permanecieron largo rato sin hablar. El valle se teñía ahora de
sombras. Las montañas, negras, se recortaban con trazos duros en
el cielo lívido. De pronto una luz apareció allá abajo,
pequeñísima, indecisa. Un vaho oscuro parecía levantarse de la
ciudad. Nuevas luces, más distintas, lucientes, grandes; nuevas
sombras. Ruidos aislados venidos del cerro mismo; una carcajada,
una voz de mando, y el eco que se pierde restallando en la
distancia.
Las bocas, mudas; las almas hablando, gimiendo.
—¿Ella sufre, Daniel?
—Si esto continúa así, no sé qué pasará ...
Nueva pausa, larga, angustiosa, y con no sé qué de dulce a la
vez. Las tinieblas subían; las luces aumentaban, se
multiplicaban, frías, vívidas. Ruido confuso de ciudad,
hervidero sordo y distante. La tiniebla parecía ir cobrando
vida, agitando en su seno monstruos, misterios y dolores; era un
solo gran monstruo negro de centenares de ojos lucientes e
inmóviles.
Daniel se puso de pie. Su ademán adquirió solemnidad.
—Vamos, María.
La voz dulce de ella, sumisa:
—Vamos.
Dieron algunos pasos por el camino y se detuvieron a mirar hacia
abajo. Se abrazaron en silencio. Unieron sus labios en largo
beso doloroso... Se habían comprendido sin hablar y el
sacrificio se consumó en la sombra. Emprendieron en segutida el
descenso.
¡ Largo descenso! Sumidos en la tiniebla, comprimiendo los
sollozos, separados, recogidos en sí mismos. Otras veces bajaron
corriendo, lanzando locuras y gritos al viento!
Antes de llegar a la planicie, él se detuvo, le cogió una mano y
la beso con respeto, como si se tratara de una cosa que ya no le
pertenecía.
Quebrando la voz para no romper en sollozos, no pudo menos que
decir algo que la consolara y que lo consolara a él mismo.
- ¡No llores, amor!—murmuro—. ¡No llores! ¡Quizás sea para
mejor!... ¡Será para mejor!... ¡Un dulce sueño vivido por
nosotros dos, más intenso que la vida misma, más grande y más
hermoso! ¡ Será para mejor!... ¡ Cortémosle ahora que todavía es
niño y es tan puro, tan sin mancha de alma! Mañana, quizá, sería
menos grande, y al separarnos lo recordaríamos menguado... ¡ No
llores, amor!
Pero él también lloraba.
Ella no le oía. Entonces él le quitó las manos del rostro y la
besó repetidas veces, en la boca, en los ojos...
Continuaron el descenso; pero antes de llegar al plan Daniel no
pudo menos que detenerse para amenazar con el puño a esa mancha
negra que se extendía a sus pies, a la ciudad inmensa cuajada de
luces inmóviles, y que se los tragaba para siempre, ¡como ancha
boca de tumba!
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