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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVAN PUGA ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo
 

El mirar de las estrellas

****************************

A Inesita L. de Concha
Para ti, amiga mía, que tienes el alma pura, delicada y musical, como uno de esos paisajes que se divisan hacia la cordillera, a través de los troncos sombríos y el enmarañado varillaje de los árboles del Santa Lucía, y que suelen cubrirse de espesas nubes amenazadoras, para ti solamente evoco los días de suave encanto vividos al calor de un alma bella, días tristes o alegres, en que no sé si mi corazón se sintió oprimido por una angustia deliciosa, o por una alegría llena de vagas, de inexplicables torturas...
Fue en la época en que aun miraba confuso y encantado en torno mío el tumultuoso correr de la existencia. Toda mi vida se había deslizado monótona y sin matices entre las cuatro paredes del colegio, lejos del hogar, sin más afecto que ese insustancial cariño compuesto de pueriles confidencias y locos ensueños que anuda la amistad de los camaradas, y sin otras emociones que el castigo de un superior o la carta severa de mi padre que me reñía por perezas o rebeldías...
Mis estudios fueron interrumpidos bruscamente, y se hizo necesario que mi padre dirigiera mis primeros pasos en la lucha de la vida, a fin de que pudiese contribuir al sostén del hogar, sacudido en esa época por crisis de pobreza y desolación. Mi madre había muerto, y mi padre, acosado por acreedores, se debatía penosamente, presa de una melancolía negra y tenaz. Los hermanos pequeños hubieron de emigrar, como pajarillos sin nido, a casa de parientes caritativos que se encargaron de su educación, y sólo quedaron en casa los mayores, Marta, de dieciocho años, y José, de doce.
A pesar de todo, la vida no se me presentaba triste. Sentía el placer de ser útil, el orgullo de ser hombre, todo un hombre, y tendía la vista hacia el horizonte con la intrepidez del que no conoce aún los peligros.
¡Había leído tantas historias en la paz del Internado! ¡Había soñado en tan bellas aventuras de amor, cuyas protagonistas, rubias, morenas, ardientes o soñadoras, se me aparecían rodeadas de una aureola de suaves colores, en penumbra de atrayente misterio! Y allí, a un paso, estaba sin duda oculto el amor, en la libertad que me brindaba mi propia desgracia.
Mi padre había conseguido de uno de sus amigos, don Guillermo von Kreutz, que se hiciera cargo de mi aprendizaje. Aún conservo en mi memoria los últimos consejos que recibí de mi padre antes de partir, y las primeras advertencias de mi jefe y protector al llegar a su establecimiento.
Era el primero un español chapado a la antigua, para quien ciertos preceptos de religión y de moral, tomaban formas agudas y cortantes.
—Siento en el alma me dijo, con voz solemne,—no poder darte una educación completa; pero mis recursos no me lo permiten y es preciso que trabajes para hacerte hombre . . .
Después de una pausa, que le sirvió, sin duda, para disimular la emoción que hacía temblar su voz, dijo:
—Yo nada espero para mí. Muerta tu santa madre, toda la esperanza y la felicidad de mi vida las he colocado en ustedes, mis hijos, en verlos crecer honrados y contentos. Por eso es preciso que trabajes con tesón, que sufras con noble humildad las asperezas de superiores y subalternos. Piensa siempre que la única humillación para un hombre consiste en su mal proceder. Si conservas la conciencia tranquila, nada más necesita tu altivez para quedar satisfecha. Sé leal con tus jefes y compañeros, atento sin llegar al servilismo, y sobre todo, hijo, sobre todo, que nunca llegue nadie a dudar de tu honradez. Si ese día llegara, yo mismo, tu padre, colocaría un revólver en tus manos, o te mataría como a un perro... porque el hombre que no es honrado, no tiene derecho a la existencia... Antes de robar una migaja de pan, corta la mano cobarde; antes de atentar, siquiera de pensamiento, a la honra de tu prójimo, abrásate el cerebro...
Yo escuchaba la voz austera de este hombre que fue tan desgraciado en el transcurso de su existencia, y sentía irresistibles impulsos de llorar desconsoladamente sobre sus manos tan nobles y severas, pidiendo bondad para mi espíritu débil y ansioso de vida.
Cuando mi padre extendió los brazos para despedirme, me arrojé a ellos sollozando y acerqué mi cuerpo de adolescente al suyo robusto y endurecido por los combates de la vida, pidiendo un poco de la ternura que anhelaba mi corazón.
Pero las impresiones de la juventud son pasajeras como pompas de jabón. Cuando partí a través de los ásperos senderos de la montaña, en dirección a mi nueva morada, llevaba en el alma apenas un residuo de amargura que más se parecía a una dulce somnolencia. Las palabras de mi padre resonaban lejanas y confusas, para ceder lugar al canto de las aves entre los árboles, a la visión deslumbradora del cielo azul que se cernía sobre mi cabeza, al perfume de la primavera que se extendía por el bosque; y, casi alegre, oreadas las lágrimas por la fresca brisa de la tarde, solté las riendas sobre el cuello de mi cabalgadura y comencé a forjar un dulce sueño de amor, puro y delicado como las nubes diáfanas que hacían palidecer ligeramente el cielo.
***
El discurso de mi nuevo jefe fue más breve que el de mi padre; pero no menos emocionante. Era don Guillermo von Kreutz un hombre alto y robusto, de barbas rubias y claros ojos tranquilos. Sus movimientos y actitudes revelaban reposo y seguridad en sí mismo, tranquilidad de protestante que ajusta sus actos a los preceptos de la Biblia y de caballero que cumple al pie de la letra el Manual de Urbanidad.
—"Amigo mío—me dijo—, usted me ha sido confiado por su padre para que lo guíe en la vida de negocios. Se le considerará en mi casa como un miembro de la familia. En el trabajo, en cambio, será el igual de mis empleados y subirá por estricto orden de mérito, desde el puesto más bajo hasta los más altos. No espere para usted preferencias de ninguna especie; pero tampoco injusticias... "
"Pido solamente puntualidad, energía y constancia para el trabajo. Si cumple con estos requisitos, tiene su porvenir asegurado; en caso contrario, no será usted nada para mí."
Era la hora de almuerzo y fui conducido al comedor, una vasta sala de colores sombríos, de paredes de madera barnizada y sillas de alto respaldo. En aquel sitio todos los movimientos tomaban un carácter pausado y solemne.
Los sirvientes, con sus delantales blanquísimos, se movían en silencio, como si oficiaran en un templo, y el mismo dueño de casa, con su amplia barba rubia y sus ojos serenos, evocaba la impresión de un sacerdote de austeras religiones o de un temible señor medioeval.
A la cabecera de la mesa esperaba una elegante dama que me tendió la mano con sencillez, mientras en sus labios aparecía una afable sonrisa y sus ojos, serios y pensativos, daban la bienvenida de hospitalidad.
¿Por qué me sentí tranquilo y seguro de mí mismo desde el momento en que la vi? Mi espíritu hasta ese instante, sentíase dominado por vaga intranquilidad, como si el terreno vacilase bajo mis plantas; escuchaba hablar sin comprender por completo el significado de las palabras, veía en torno mío los objetos bamboleantes y como si huyesen de mí; todo se me aparecía como en día de bruma, sobre la cubierta de movedizo barco... Y de pronto, apenas penetraba en el circulo de atmósfera que la rodeaba, vi despejarse las nieblas y me sentí renovado, fuerte, con el espíritu ágil y alegre.
No recuerdo bien lo que dijo, pero sí puedo asegurar que su voz tenía un timbre suave y musical y que los sonidos parecían huir de su boca como glóbulos de luz que se persiguieran acariciándose en atmósfera serena.
Cuando penetré al comedor, con el espíritu lleno de inquietud y temor, no pude distinguir bien sus facciones en la penumbra, por el contraste de luz exterior que llevaba en las pupilas; sólo vi su sonrisa afable y sus limpios y serenos ojos que me tranquilizaban con el misterio de su mirar; pero a medida que me acostumbraba a la nueva luz, comencé a percibir los detalles de un rostro fino, muy pálido, que nacía de un noble traje de amplios pliegues prendido al busto por un cuello delicado, blanquísimo, que hacía pensar en frescura y suavidades de pétalos de flor.
¿Qué hablamos? No lo podría precisar; pero recuerdo sí, distintamente, la voz lenta y grave de mi nuevo jefe la cual, no sabría decir por qué causa, producía en mí la sensación de las vastas salas de cirugía, mezclada con la áspera sensación que se experimenta en las alturas en donde la atmósfera nos obliga a respirar de prisa y con penosa dificultad.
La voz de su esposa resonaba en el comedor, en cambio, serena, límpida, envuelta en suavidades que atenuaban los sonidos agudos. Me interrogaba sobre mi familia, de pequeñas nimiedades que sólo las mujeres tienen la delicadeza de preguntar y que establecen, sin saber cómo, un estrecho e imperceptible lazo de unión entre las personas que por primera vez se conocen.
—¿Tiene usted hermanitos grandes? —me interrogaba ella, y yo respondía a esta sencilla pregunta con la agradable y turbadora sensación de haber recibido una caricia maternal:
—Sí; una hermana de dieciocho, que me sigue. Los demás niños son muy pequeños.
Y hablaba de música y de libros. ¡Oh, de libros que habían sido mis únicos compañeros hasta esa época, los queridos amigos que me habían proporcionado tantos y tan variados goces!
Cuando me levanté de la mesa, recuerdo que llevaba la sensación de oír a la distancia, como si la brisa me trajera los sonidos a través del bosque y de la atmósfera liviana, campanas de hierro, sonoro y grave, campanitas de plata, campanitas de oro, que formaban una orquesta confusa y armoniosa, pero que me decía al alma que Ana de von Kreutz iba a jugar un papel importante en mi vida.
Pero no necesito seguir en mi relato, amiga del alma clara. Mi diario juvenil de aquella época hablará por mí, y seguramente expresará con mayor verdad los sentimientos que oprimieron dulcemente mi corazón durante un breve plazo de mi vida.
La costumbre de escribir diarios tiene muchos inconvenientes, pero también algunas ventajas, y una de ellas es la de conservar los hechos con una precisión que sería imposible darles a través de recuerdos lejanos.
***
Desde las ventanas de mi oficina, se divisa el río, el alegre Quelén-Quelén, de aguas limpias y tumultuosas, que cruza los bosques con la gracia de un niño, jugando a veces, soñando otras, mirando el cielo o deteniéndose un instante para curiosear en las profundas quebradas de la montaña, llenas de misteriosa quietud. Lo veo bajar murmurando, para aquietarse antes de llegar a la presa del molino en profundo remanso de aguas verdes; despedazarse en imponente catarata sobre las rocas y reanudar su marcha por los bosques, entonando una canción monótona y suspirante.
Como la oficina está en el piso alto, domina una gran extensión de la montaña mutilada ¡ay! por los "roces" emprendidos por el propietario. Como acusadores mudos de la bárbara devastación, única manera de vencer a la vegetación indómita de la selva, se alzan en los prados verdes, negros troncos calcinados por el fuego, señalando hacia lo alto como dedos gigantes de una divinidad infernal. Para encontrar el ramaje compacto del bosque virgen, es preciso trepar con la vista por las suaves o empinadas lomas del Nahuelbuta, en donde el verde de las copas arbóreas se azulea en tonos de gradación infinita.
Al frente, junto al río, se alza la construcción de tres pisos del molino, como un enorme cajón cuadrangular pintado de gris, con sus interminables hileras de ventanitas blancas cubiertas de polvo, su techo de tejas rojizas y su rueda hidráulica incrustada a uno de los flancos como enorme parásito obscuro.
Bajo mi ventana cruzan las carretas cargadas de trigo que vienen de la población de C... o de los fundos próximos, y van a estacionarse en el extenso patio que nos separa del molino y de las bodegas. Los pesados carretones modernos, de grandes ruedas de rayas, cruzan, con el ademán severo de graves banqueros, haciendo apenas un ligero ruido al golpear en los hoyos del camino, mientras las carretas "chanchas" de los montañeses, con sus pequeñas ruedas de una sola pieza, talladas en el tronco de gruesos árboles, chillan desde lejos, a través del bosque, en una interminable y monótona queja. Es como una canción plañidera de siesta que me hace entornar insensiblemente los párpados, invitándome al sueño; es como la canción de las viejas nodrizas que arrullan el sueño de la niñez.
Cae la tarde. Se escuchan en el patio las voces lentas y pesadas de los fleteros que discuten con un empleado. Es un altercado interminable. Las voces broncas de los campesinos se unen, se atropellan, balbucientes, mientras la voz clara del empleado razona con facilidad, avasallando la de los otros.
Se oyen por fin juramentos sordos de los montañeses y luego gritos que llaman a los bueyes:
—¡Eh, Clavel! ¡Eh! . . . ¡Mañoso!
Una carreta se pone en movimiento y luego la siguen otras. Ha concluido el trabajo y mis pensamientos cruzan por el cerebro incoherentes y torpes. Me invade dulce placidez. Recuerdo otros atardeceres como éste en que, terminadas las diarias faenas, llegaba la señora en busca de su esposo.
Debe cruzar precisamente por mi oficina para llegar a la de don Guillermo, y se detiene un instante para dirigirme dos o tres frases que dejan en mi alma impresión de frescura, un perfume de flor, el recuerdo de su figura esbelta, de su rostro fino, de sus ojos que se posan en los míos con expresión tierna e ingenua.
Entonces pienso unas cosas... ¡Bah, que tontería! He venido aquí a trabajar, a "hacerme hombre", como dice mi padre, y no a elucubrar novelitas tontas. Mejor será que aproveche esta calma de fin de jornada para completar las planillas de pago, que apuran...
***
Desde el día de mi llegada no he vuelto a comer en casa de don Guillermo. Mejor. Así tendré mayor libertad; y aunque sentiría un placer vivísimo viendo a la señora Ana, también es verdad, pasaría inquietudes cada vez que tuviese que presentarme allá.
Los empleados tenemos un bonito comedor en un pabelloncito, al otro extremo del jardín de la casa de don Guillermo, cerca del molino. En los altos están los dormitorios de los empleados, y en los bajos, el comedor, la cocina, despensa y otras habitaciones que ocupan el molinero y su hija Paulina.
¡Que curiosos somos los hombres! ¿Se creerá que ya he tomado cariño a esta casita que nos sirve de albergue y que me hago la ilusión de que mis compañeros constituyen mi familia? Cuando a las horas de comida nos reunimos en el alegre comedorcito, con sus ventanas bajas y anchas, de pequeños cristales cuadrados limpísimos que dejan ver una enredadera que les forma un marco, siento la sensación plena y alegre del hogar. Es que estos alemanes, con sus costumbres sólidas y positivas, tienen el privilegio de constituir donde se instalan un ambiente de calor doméstico, apacible y grato. No se puede decir que hay demasiado lujo; pero la limpieza y el orden son tales, que el más exigente refinado no estaría mal en esta salita de techumbre baja, con su mesa cuadrada de barniz obscuro, sus armazones y aparadores sencillos de madera gruesa, los asientos que forman como largos sofáes cubiertos de edredones de colores a lo largo de las paredes, y los letreros en alemán, que dicen versos y refranes alusivos a la alegría de la mesa y que, con su escritura gótica en rojo y negro, semejan hojas arrancadas a un misal antiguo. No faltan siquiera, en un ángulo, el viejo piano y el estante con libros que constituyen nuestra delicia en las apacibles veladas campesinas.
A las doce en punto aparece Paulina con la fuente humeante, y a esa hora, ni un minuto más ni un minuto menos, nos reunimos en el comedor, después de haber dedicado algunos momentos a cuidadosa toilette. La regularidad matemática, la exactitud y limpieza, son agradables tiranas en nuestra vida de empleados. Hasta Martínez, el mecánico, aparece a esa hora con sus negras crenchas de cabello cuidadosamente abrillantadas por la goma que emplea para domeñarlas. Fuera de este taciturno compañero, ex alumno de la Escuela de Artes y Oficios, que parece haber sufrido pocas mezclas en su sangre de aborigen, hacen su entrada al comedor don Kurto (Kurt en alemán), primer molinero, que preside la mesa como dueño de casa; el señor Saldívar, administrador de la hacienda; el meloso y acicalado Monardes, ex normalista y contador de los negocios de don Guillermo; y González, el bodeguero, insignificante persona que no tiene otra característica que la de reírse por todo, con motivo o sin él.
Esta es mi familia. Los huérfanos y desheredados del cariño, nos apegamos con facilidad a cualquier ambiente y buscamos en todos los seres que nos rodean un poco del afecto íntimo que nos faltó en el hogar... Por eso es que Paulina, la rubia hija de don Kurto, es para nosotros una especie de hermana a quien cuidamos y protegemos. Ella pasa entre mis compañeros con la familiaridad afable y pura de la mayoría de las niñas germanas. Alta, esbelta, con unos ojos azules clarísimos y dulces, que semejan florcitas de miosotis, circula alrededor de la mesa quitando los platos, repartiendo la cerveza o el vino, con una agilidad silenciosa que demuestra su costumbre de servir. Paulina trabaja desde la mañana a la noche. Ella prepara el desayuno y las comidas, asea los cuartos de los empleados, cuida las gallinas y el huertecito que tenemos a espaldas de la casa. ¡Pobre Paulina! Y aún le queda tiempo para tejer las gruesas medias de su padre, y para limpiar y zurcir nuestra ropa. Pero no, no sé por qué la compadezco. Paulina parece no sentir su carga. Trabaja alegremente; sus mejillas de leche y rosa demuestran su buena salud, y mientras cumple sus quehaceres, canta con voz clara y purísima.
—Paulina, hoy ha amanecido más bonita que nunca le dice el señor Saldívar...
—Mucho más mejor entonces... —replica Paulina alegremente, mostrando al reír sus blancos dientes que semejan granitos de choclo tierno.
Don Kurto, a quien no le parecería mal que el administrador se prendara seriamente de la niña, agrega con su cómico acento germano:
—¡Mi hija es muy remonona, caramba!... já, já, já.
Quien sabe de dónde habrá sacado este piropo chulesco el bueno de don Kurto, pero la verdad es que obtiene un franco éxito. El señor Saldívar ríe con su risa sin ruido, irónica, fría; el almibarado Monardes echa el busto hacia atrás y frunce los labios, el insignificante González abre la boca hasta las orejas, y hasta el taciturno mecánico Martínez muestra sus dientes blanquísimos, mientras sus ojos negros se mueven de un lado a otro lanzando vivos destellos y mostrando el blanco sobre su rostro moreno subido.
Paulina ríe también; pero el rosa de sus mejillas se convierte en grana, y sale apresuradamente del comedor, repitiendo con el gracioso acento cantante de las gentes del sur.,
—¡Estos hombres!... La acholan a una, pues...
***

Ya somos grandes amigos con Paulina. Esta mañana, día domingo, como tenía muy poco que hacer, me entretuve después del desayuno charlando con la rubia hija de don Kurto. Estábamos solos en el comedorcito. Por el ambiente diluíase un apetitoso olorcillo a café; los cristales del aparador brillaban al sol que penetraba por la ventana entreabierta; veía desde mi asiento el parque - jardín que nos separa de la casa de don Guillermo. No sé por qué me sentía tan alegre y comunicativo, y esta sensación debí transmitírsela a Paulina, porque ella comenzó a trajinar alrededor de la mesa con el pretexto de hacer la limpieza. Por fin ase detuvo y dijo:
—Esta tarde tendrán que conformarse con fiambres. Voy a salir de paseo...
—¿De paseo, Paulina...? Lo siento por nuestro estómago; pero me alegro por usted. ¿Y adonde va?
Paulina se acercó, y permaneció de pie junto a la mesa, jugando con la punta de su albísimo delantal.
—Me han convidado de Villa Clara, ¿sabe?
Parecía un rayo de sol, como el que se colaba por la ventana formando un cuadrado rubio en el piso del comedor. Noto con disgusto que las manos de Paulina son grandes y demasiado rojas y que los pies carecen de cierta gracia diminuta que me agrada en las mujeres. Pero, en fin, es tan dulce, tan saludable la fisonomía de Paulina, son tan cándidos y acogedores sus ojos azules, que me siento inclinado a perdonar esos pequeños detalles.
—En Villa Clara se pasa muy bien —agregó Paulina—. ¿Por qué no viene con nosotros? ¡Los dueños de Villa Clara son buenos amigos y el fundo es tan lindo! Irán también jóvenes y niñas de C...
—Convenido, Paulina, voy con ustedes...
***
No me pesa haber aceptado la invitación de Paulina, porque pasamos una tarde agradable y he sabido algunas cosas interesantes de mi amiga y de... Ana, la señora de don Guillermo.
Los dueños de Villa Clara fueron para nosotros, en realidad, muy amables. Son antiguos colonos alemanes, llegados al país con pocos recursos; pero, a fuerza de constancia y trabajo, han logrado convertir su fundo en una finca, modelo, con lechería, crianza de vacas y cerdos, chácaras y siembras de trigo, que les proporcionan una renta de primer orden. Después de caminar a caballo parte de la mañana, atravesando quebradas y ríos profundos, llegamos don Kurto, Paulina y yo a las casas de Villa Clara, en donde encontramos reunidos una veintena de jóvenes y niñas. Casi todos eran de origen alemán y no fueron pocas mis dificultades para entenderme con ellos; pero después de almuerzo toda la juventud emprendió una excursión al lago L... y, ante la naturaleza magnífica, entre los árboles frondosos y las aguas azulosas, se hizo innecesario el mezquino vocabulario de los hombres.
Hablaban por nosotros el aire que pasaba canturreando entre las copas de arrayanes y canelos, de boldos y robles macizos, hablaban las olitas del lago que venían a morir mansamente en la ribera arenosa de la ensenada, hablaban las aves que lanzaban sus gritos como preguntas y respuestas armoniosas que se multiplicaban en el silencio augusto del bosque, hablaban los ojos y los corazones juveniles que se detenían extasiados ante el sublime paisaje de nuestra montaña.
Por otra parte, Paulina me tomó bajo su protección durante la tarde y conversamos como si nos hubiéramos conocido desde muchos años atrás. Habíamos dejado a "los viejos" en el gran patio de las casas de Villa Clara, los hombres bebiendo sus schops alrededor de las mesas, las mamás charlando bajo los árboles del jardín, un poco asombradas de sentirse con las manos en descanso, así es que toda la cabalgata la formaba el elemento joven. Paulina me informa que es costumbre entre los de su raza, dejar a la juventud en completa libertad y que son frecuentes los paseos en que salen solos, desde la mañana hasta la noche, mozos y niñas, sin que jamás se note entre ellos el más ligero atentado contra el pudor y las buenas costumbres.
En un pequeño claro del bosque, junto al lago, pusimos en libertad los caballos e hicimos los preparativos para el lunch; mientras tanto, al compás de un violín, se improvisó el baile sobre el pasto fino, oloroso a flores y frutillas silvestres. Más tarde se organizaron juegos, en que los rubicundos donceles persiguieron a las rubias muchachas. Había veces que en el calor de la carrera rodaban hombres y niñas enlazados; pero puedo jurar que ni una sola vez vi un gesto o actitud que no fuera de la más perfecta camaradería. ¡Qué sanotes parecen estos alemanes! En la noche, cuando regresábamos, se entonaron coros de viejas canciones aprendidas en los labios de sus padres y abuelos. Era algo imponente. Al paso de las cabalgaduras, se elevaban las voces viriles y graves, como imperiosos mandatos de la raza, como mágicos conjuros de la vida, y respondían las frágiles voces femeninas, puras, inocentes, sometiéndose a la dominadora potestad del dueño y señor.
El bosque abría las negras cavernas de su espesura y devolvía las canciones engrandecidas por el eco y los rumores de misterio que palpitaba en torno nuestro... Cuando callaban los coros, se escuchaba el golpe de los cascos de caballo sobre el suelo duro y el claro tintineo de las espuelas y frenos metálicos. Paulina suspiraba y no se apartaba de mí. En la obscuridad me parecía ver el suave mirar de sus ojos azules, más puros y limpios que las aguas del lago...
***
Paulina me contó esta tarde cosas interesantes:
Su padre, don Kurto, es nieto, lo mismo que don Guillermo, de uno de esos esforzados alemanes que vinieron en tiempo de los Andwanter a colonizar Valdivia y Osorno. El padre de don Kurto, como sus abuelos, como todos sus ascendientes, fueron molineros y se transmitieron su experiencia y su amor por la profesión, de padres a hijos.
El abuelo de don Guillermo era un noble de vieja raza, Graf von Kreutz; cuando vino a Chile trajo un pequeño capital, resto de una cuantiosa fortuna perdida en malos negocios, que tuvo la suerte de aumentar considerablemente hasta convertir a su dueño en uno de los más acaudalados señores de la "frontera". El padre de don Guillermo y el de don Kurto fueron amigos, y cuando se trató de establecer un molino en las proximidades de C.... provincia de Arauco, don Guillermo se acordó de don Kurto, y le dio cierta participación en los negocios. Pero don Kurto tuvo mala suerte; perdió a su mujer, hizo desgraciadas especulaciones por su cuenta y prosperó poco en comparación de don Guillermo. Este último quintuplicó su fortuna y contrajo matrimonio con la hija de un doctor alemán de Santiago, casado con una aristocrática dama chilena. La señora Ana es muy buena, según dice Paulina, de carácter dulcísimo; pero tiene salud endeble. Paulina imagina que no es feliz. Vaga tristemente por la gran casa risueña y confortable, y en las tardes se la ve a menudo acodarse a la ventana, mirando en dirección a Santiago, en donde vive su familia.
La señora Ana tuvo tres niños, pero uno murió hace dos años y desde entonces su melancolía parecía ir en aumento. Pocos meses antes de que llegara yo, perdió un niño al nacer y se dice que como consecuencia de la operación, la señora ha quedado mal. Sin embargo, Paulina piensa que la causa de la melancolía de la señora Ana, se debe a la diferencia de edades entre los esposos y a que ella no se acostumbra a la vida del campo. ¡Pobre señora Ana! Tan pronto como la vea, le ofreceré mi pequeña biblioteca.
***
Mi paseo a Villa Clara ha tenido consecuencias imprevistas. Sin quererlo, Paulina ha puesto en conmoción los misteriosos fermentos del corazón humano. Al día siguiente de nuestra agradable excursión, observé que al reunirnos en el comedor, el señor Saldívar me saludaba con frialdad y que el mecánico Martínez bajaba la vista sobre su plato con una obstinación mayor que la acostumbrada. Sin darle importancia a síntomas que hubieran sido reveladores para otro más perspicaz que yo, durante todo el almuerzo no hicimos otra cosa que comentar las peripecias de la jornada del domingo. Don Kurto repasaba la cuenta de los vasos de cerveza que se había echado al cuerpo y yo volvía a contar las incidencias de nuestro paseo al lago y el regreso en la noche estrellada, cantando. La verdad es que don Kurto no tenía a la vuelta las mismas gallardías que en la mañana y que, más de una vez, al descender los barrancones en la obscuridad, tuvo que abrazarse al cuello de su cabalgadura. Don Kurto protestaba indignado de tales suspicacias: asegura que puede beberse dos barriles de cerveza sin que le pase nada, y que si algunos percances le ocurrieron, se debió a que la cincha del caballo estaba floja. Paulina, que nos escucha sin dejar de servir, sale en defensa de su padre y asegura que don Kurto jamás pierde los estribos.
—¡Carramba! ¿Yo "curao"?... —exclamó don Kurto dando cómicos golpes sobre la mesa.
El almibarado Monardes ríe sin ruido y el insignificante González se mueve en su asiento como si le hicieran cosquillas. El señor Saldívar parece no escucharnos; come en silencio y de vez en cuando nos mira fría y desdeñosamente. El mecánico Martínez muestra su furor lanzando oblicuas miradas con sus ojos de carbón, ya sobre mi persona, ya sobre Paulina o don Kurto. No cabe duda, mis compañeros de mesa mantienen ocultas pretensiones sobre Paulina y están celosos. ¡Qué tontos! Si ellos supieran. . .
Los hombres somos muy raros. Desdeñamos lo que tenemos a nuestro alcance, y, en cambio, nos gusta soñar imposibles. Si ellos supieran... Si supieran cómo en las noches, cuando todo está en silencio, abro la ventana de mi cuarto y pongo mi vista en las estrellas, en la más alta, en la más pura, en la que posee titilaciones de más cándida dulzura! Tal vez soy un iluso; pero imagino que ella me envía desde allá una sonrisa de comprensión... de inefable y profunda ternura...
***
No puedo quejarme de mi suerte. Si es verdad que don Guillermo no ha vuelto a invitarme a su mesa, actitud que comprendo de sobra, en cambio, me demuestra un afecto verdaderamente paternal. Soy su secretario y en este puesto poseo toda su confianza. No tiene reservas para mí y no me excluye siquiera de los asuntos íntimos de su familia. Ayer me expresó que si yo sabía conducirme, y una vez que me posesionara de todos sus negocios, pensaba irme dando participación en algunos de ellos. Después, quién sabe... Proyectaba hacer un viaje a Europa para que viesen a su mujer los mejores médicos; entonces necesitaría una persona de toda confianza a quien dejar aquí. Me encargó que vigilara; la conducta del señor Saldívar, el administrador, le parecía sospechosa. Había visto algo que... En fin, no era posible confiarse en nadie. Don Kurto era un hombre honrado; pero esa maldita afición a la cerveza lo hacía inhábil para ciertos cargos. Lo que más lo inquietaba era la suerte de su mujer, Ana decaía de día en día. Si esto continuaba así, tendría que tomar alguna determinación...
Profundas arrugas se marcaron en su frente preocupada. Parece que en estos días ha envejecido varios años. Noto que su hermosa barba rubia comienza a desteñirse visiblemente y que su alto y sólido cuerpo, tan erguido de ordinario, se curva dolorosamente cuando se entrega a las cavilaciones. Pero, a pesar de todo, ¡que correcta y qué distinguida es la figura de don Guillermo! No participo de las ideas de Paulina. Aunque don Guillermo pueda ser el padre de Ana, comprendo que pueda enamorarse cualquiera muchacha de él, y sin duda, su mujer debe adorarlo. En verdad que ambos tienen educaciones y caracteres diferentes, pero eso no puede influir demasiado. Ella es frágil, delicadísima, naturaleza romántica y afectuosa, educada en un ambiente refinado y sentimental. Él es fuerte, metódico, sereno. Su padre, que deseó hacer de él un hombre de lucha, lo envió muy joven a completar sus estudios a Alemania, y de allá trajo una cicatriz en la frente y el espíritu emprendedor, combativo y enérgico que caracteriza a los de su raza. Habría concluido de metodizar su vida si hubiese elegido una compañera más sana y menos complicada que ella. Sin embargo, en su impasibilidad un poco fría y que establece una distancia entre él y la persona que recién lo conoce, existen una bondad y una ternura ingenua y sólida. Mucho me temo, sí, que a ella no satisfagan estas cualidades. Como buena descendiente de latinos, pide algo más. Quiere que los sentimientos tengan una manifestación expresiva y pintoresca, armoniosa y artística. Cuestión de razas o de caracteres, nada más; pero cuando hay un verdadero cariño, ¿qué importa todo eso?
***
Hoy me he divertido observando las maniobras de los pretendientes de Paulina. Después de almuerzo, vi que salía detrás de don Kurto el mecánico Martínez. El taciturno aborigen marchaba agitado y debía de hacer revelaciones muy importantes, porque don Kurto se detuvo en medio del patio y se lo quedó mirando de alto abajo, con las cejas enarcadas y los ojos cómicamente abiertos: el viento trajo hasta el comedor una de sus habituales interjecciones en alemán.
—¿Qué hay? —pregunté a Paulina que, visiblemente nerviosa, quitaba la mesa, lanzando miradas furtivas hacia el jardín. Ella se encogió de hombros y salió del comedor con su cargamento de platos.
Los árboles del parque se curvaban por el viento; las florecillas se agitaban como si las sacudiera una risa nerviosa. Por la avenida de altas acacias que conducía al molino, se paseaban lentamente don Kurto y Martínez. Yo sólo percibía palabras cortadas y confusas cada vez que se acercaban a la casa; veía las puntas del largo y amplio saco de don Kurto levantarse al viento como una bandera rebelde. Martínez, a pesar de que hablaba mucho, no perdía su aspecto huraño y taciturno.
La vuelta de Paulina al comedor me distrajo de mis observaciones. Venía agitadísima.
—¿Qué le pasa?—le pregunte con alarma.
Como única respuesta, extendióme los brazos desnudos, carne de leche y lirios, Círculos rojos marcábanle las muñecas.
—El señor Saldívar... —dijo.
Comprendí. El ataque a la plaza cobraba un vigor extraordinario; sólo que los métodos de los sitiadores eran diferentes.
—¿Pero que no se había ido ya el señor Saldívar? —pregunté a Paulina.
—Me esperaba en la cocina... Me dio tanto susto al verlo que casi boté los platos... ¡Está furioso y quiere una respuesta!...
—¿Le hizo daño?
—Pretendió besarme... Yo me defendí.
En ese momento sentimos pasos; se alejaban y luego subían la escalera; comprendimos que el señor Saldívar nos había estado escuchando detrás de la puerta.
—¡Cálmese, Paulina! No pasará nada...
Ella señaló al patio y me preguntó:
—¿Y usted cree que mi padre. . .?
No sé...
En ese momento Martínez y don Kurto entraban al molino y el señor Saldívar se alejaba tranqueando por la avenida de acacios. Era hora de oficina y decidí regresar.
—Paulina, ¿quiere hacerme un favor?
Ella avanzó el busto con ansiedad y preguntó:
—¿Cuál?
Sentí un azoramiento, como el que se experimenta al cometer una injusticia. Le dije, bajando la vista:
—¿Usted ve todos los días a la señora Ana?
El cuerpo de Paulina perdió su tensión para volver a una desilusionada flojedad. Se apagó el brillo de sus ojos y respondió con voz débil y temblorosa, como la llama de una luz agitada por el aire:
—Todas las tardes voy a pasar algunas horas con ella... Como está un poco delicada...
—Mire, Paulina... Yo sé que la señora necesita distraerse... y desearía enviarle algunos libros. ¿Quiere llevárselos?
—¡Ya lo creo! —replicó ella, con el espíritu ausente como si en ese momento la absorbieran lejanos pensamientos.
Subí a mi cuarto, escogí las mejores obras de mi pequeña biblioteca, y volví a entregárselas a Paulina con la sensación de que depositaba en sus manos una parte de mi alma... de mi alma ansiosa y torturada por inexplicables anhelos...
***
En la misma noche, antes de comer, Paulina me llamó misteriosamente a un ángulo del comedor y me dijo:
—Le entregué los libros...
—¿Si?
—Me encargó que le diera las gracias.
—¿Y nada más?
—¡Nada más! ¡Ah!, cuando hojeaba los libros, exclamó varias veces: "¡Que bueno es Alberto!"
—¿De veras, Paulina?
—Claro que sí— replicó ella picarescamente, y añadió con su agradable acento musical y cantante:
—¿Por qué le iba a mentir yo, pues...?
—Bien, bien... Gracias, Paulina...
Ella volvió la espalda y comenzó a servir con una vivacidad y una alegría que hizo exclamar al señor Saldívar:
—¡La veo muy contenta, Paulina!
Ella se echó a reír. Su risa era demasiado bulliciosa. No sé por qué me dio una sensación desagradable, como cuando escuchamos una nota falsa en el piano.
***

Un sirviente que pasó de viaje para C... trajo noticias y cartas de mi casa. Una ráfaga de tormenta viene de allá; todo se derrumba, todo se conjura para apresurar nuestra ruina. La carta de mi hermano José es la única que respira despreocupación por los infortunios. El pobre muchacho detalla los últimos sucesos que han hecho vibrar su imaginación de doce años. Relata las hazañas de "Pilque", el terrible bandido que asolaba la comarca; su último salteo a la hacienda de los Fuentealba a quienes incendió las bodegas y las habitaciones. "Desde nuestra casa—dice Pepe se vieron las llamas y se escucharon los disparos. Cuando acudió mi padre a prestarles auxilio, acompañado de sirvientes, era demasiado tarde para impedir tales tropelías; pero se pudo salvar a Fuentealba padre, a quien los bandidos habían colgado de los pies en una horca, con fuego bajo la cabeza, para obligarlo a confesar dónde escondía el dinero; se pudo, además, apresar a "Pilque" y matar a tres de sus acompañantes".
La carta de mi hermana Marta habla de la tristeza que la invade por la venta de la hacienda. La vieja casa, construida por mi padre y que cobijara toda nuestra niñez, ha sido rudamente violada por los extraños que vinieron a tomar posesión de ella. Lleváronse el piano que recibiera las melancolías y secretas confidencias de nuestra madre, y mis caballos, entre los cuales estaban los favoritos, ya jubilados, que me condujeron periódicamente al colegio de C... durante mis primeros años escolares; y nuestros muebles familiares; el coche de paseo; el sillón en que reposara mamá en su última enfermedad... todo ha sido malbaratado para satisfacer a los acreedores . . .
La carta de mi padre confirma estos detalles y sangra por cada una de sus letras. Concluye recomendándome que sea bueno, que no olvide mis deberes, porque dentro de poco... Sí, dentro de poco yo seré el único que pueda preocuparme de la familia, porque ,"parece que Dios, hijo mío—dice—, ha dispuesto que vaya a reunirme con tu santa madre".
Esta queja de mi padre tan sano, tan fuerte y tan activo, me ha llenado de congoja. He llorado silenciosamente sobre mi pupitre, en el rincón de mi oficina, y luego me he quedado mirando las lejanías de la sierra del Nahuelbuta, la montaña querida, esa misma que tantas veces contemplamos juntos mi madre y yo, al caer la tarde. Entonces ella me acariciaba la cabeza que yo ponía en sus faldas y mostrándome los árboles lejanos de la cumbre, recortados en siluetas sombrías sobre el celeste horizonte: "¿Ves, Alberto? —me decía—. ¡Parecen gigantes, parecen dragones... parecen mujeres!..." ¡Oh, misterio dulce e íntimo de la hora que tanto une a los seres de la misma sensibilidad! ¡Cómo estrechaba el crepúsculo montañés a la madre y al hijo en un mismo latir de corazones, en un mismo suspiro de alas, en idéntica melancolía palpitante!
Ahora... Ahora se me llenan los ojos de lágrimas y de allá lejos, de la inmensidad azul, en donde comienzan a asomar las blancas estrellas, parece venir una mirada compasiva . . .
***
No la he sentido entrar. Es tan suave, tan leve su paso, que semeja el de una aparición deslizándose sobre la tierra. Sólo me he dado cuenta de que estaba cerca al escuchar su voz musical y grave que me decía:
—Buenas tardes... Alberto.
Y como yo, sorprendido y confuso, no acertase a mover los labios, la señora Ana se ha acercado a mí y me ha preguntado:
—¿Qué le pasa?... ¿Sufre?
Creo que he respondido sólo con un sollozo. Y luego, dulcemente, apoyado de espaldas en el alféizar de la ventana, contra la claridad muriente de la tarde, he vaciado toda mi congoja en una plena confidencia. He hablado, parece, algún rato, con la vista en el suelo, haciendo esfuerzos para retener las lágrimas. ¿Qué dije? No sé. Palabras contenidas, desoladas, suspiros del alma prisionera, acallados gritos de impotencia... Por un instante creo que olvidé a la señora Ana. Sólo desfilaban ante mi recuerdo el destruido hogar, el dolor del padre enfermo, la sensación de vacío y desastre. Cuando levanté la vista, vi el fino rostro de la señora Ana que parecía diluirse en la creciente obscuridad; y... ¡oh, delicia aguda y penetrante, por las mejillas etéreas de la divina aparición, silenciosas, como zumo perfumado de un sentimiento exquisito, rodaban dos lágrimas cristalinas!...
Extendí las manos hacia ella, suplicantes. Pero ella me contuvo irguiendo el busto en suave y armónico movimiento. Y dijo con dulce voz:
—Consuélese... ¡La vida es dolor!...
Me estrechó la mano. Sentí la tibieza de su carne que penetraba hasta mi corazón como un bálsamo de purificación y de alivio. Luego, volviendo la espalda, dirigióse ella al cuarto de don Guillermo con los mismos pasos de visión que se desliza sobre la tierra...
Cuando salí de mi oficina, las sombras de la noche habían invadido por completo la estancia, y por las ventanas penetraban los confusos rumores venidos del molino, del bosque velado por la obscuridad y del río, el alegre Quelén-Quelén, que esta vez se me imaginó me miraba con su enorme pupila quieta, mientras se perdía en el bosque murmurando una canción triste y dulcísima...
***
Anoche no pude conciliar el sueño. Junto a la ventana, abierta de par en par con el fin de que el aire fresco de la montaña penetrara de lleno a mi pieza, respiraba como si todo el ambiente me pareciese poco para satisfacer el ansia de algo indefinible que embargaba mi ser. El perfume sutil que venía a través de la noche, se me imaginaba el aliento de ella, que estuviese ahí, a la vuelta del primer árbol, y que de pronto la iba a ver deslizarse con sus brazos blancos extendidos para formar una suave cadena en torno de mi cuello.
La tierra entera, el bosque profundo, la pupila obscura del río, parecían elevar al cielo un canto de divina adoración, hermano del que ofrecía mi alma al espíritu de mujer que llenaba mi existencia de exquisitas sensaciones.
Le enviaba todos mis pensamientos junto con esa brisa que pasaba rozando los maderos de mi ventana y que hacía inclinarse dulcemente los árboles del jardín. Ella, de seguro, me oía...
Allá al frente, en el otro extremo del parque, en el sitio que correspondía a su ventana, brillaba una luz. En la quietud de la noche semejaba una estrella más en el lejano horizonte; se ocultaba por momentos (tal vez una racha de aire que movía los árboles) y aparecía de nuevo con su brillo sereno y límpido...
Del molino llegaba un sordo tictac, como el latido de un corazón, apagado a ratos por el ruido de la catarata que, en el silencio de la noche, imitaba suspiros y murmullos. ¿En el bosque negro se amaban seres extraños, almas errantes?... ¿Besos?... ¿Acaso los espíritus nocturnos? . . .
Se besaban los árboles. Extendían sus largos brazos y se unían en caricia corta y apasionada; se inclinaban como si ejecutasen el paso de un baile galante, y arrebujábanse luego en la sombra como si de ellos se apoderase plácida e ingenua delicia.
En la montaña negra, en la distancia, apareció una luz. Encendían fogatas para alejar los pumas que acechan el ganado. Hacia el oriente, una gran claridad iluminaba el cielo. Rozaban bosques.
No sé por qué tenía la impresión de que no vivía en la realidad, como si todo lo que me había ocurrido durante las últimas horas hubiera sido un delirio mental. Impulsado por el deseo de sentirme vivir, comencé a pasearme por el cuarto, a tocar las paredes; luego permanecí largo rato observándome en el espejo. Después bajé al jardín y dirigí mis pasos a la casa de don Guillermo haciendo un rodeo y buscando la sombra de los árboles que me ocultaran de posibles miradas indiscretas. Frente a las ventanas de la casa de don Guillermo existe un asiento rústico semioculto entre las plantas; allí me senté. La casa, con sus torreones, ventanas y techos de formas caprichosas, permanecía muda en el silencio y la obscuridad. La luz que brillaba en una de las ventanas se había extinguido; la casa dormía.
El sollozo del río, el croar de las ranas, formaban una canción apacible y serena. De pronto, en el silencio, se oyó el canto de un gallo. Esta fue la señal para que un murmullo de vida nocturna se extendiese por la tierra. Otros gallos respondieron, en la distancia, pero la voz ronca de los perros se impuso por un momento. Luego, poco a poco, volvió a restablecerse la calma y se escuchó de nuevo la voz suspirante y profunda de la catarata.
—¡Si ella supiera! —me decía, mirando "sus" ventanas envueltas en sombra.
De pronto, bajo la claridad de un camino enarenado, se destacó un bulto y se escucharon pasos. Me levanté, sobresaltado, dispuesto a huir o esconderme. Los pasos se acercaron rápidamente y el bulto comenzó a dibujar sus formas. Cuando creí reconocerlo, un escalofrío bajó por mi espina dorsal y mecánicamente pregunté:
—¿Quién va?
La voz de don Guillermo:
—Soy yo!...
Era tranquilizador el acento con que fue pronunciada esta frase; cuando el caballero estuvo a mi lado:
—Soy yo... —me dijo—. ¿Le ha pasado, sin duda, lo mismo que a mí?... No podía dormir... ¿Quiere que demos una vueltecita por el parque?
Echamos a caminar por la avenida de los acacios hasta llegar al molino. Todas las ventanas de la vasta construcción estaban iluminadas; a medida que nos acercábamos, crecía el ruido sordo y zumbador de las máquinas. Atravesamos el amplio patio de las bodegas y fuimos a salir al puente del camino real que cruza el Quelén-Quelén. Allí, sobre el agua del remanso, inmóvil como inmenso espejo de negra tinta, rielaban las rojas luces del molino y las puras y cándidas estrellas. El ruido de la catarata, a un centenar de metros, era en ese punto avasallador e imponente.
—¡Qué hermoso!, ¿no es cierto? —dijo don Guillermo hablando casi a gritos para dominar el ruido de la torrentera.
Proseguimos la marcha junto a los grandes árboles del pedazo de bosque virgen que el buen gusto de don Guillermo ha conservado intacto. Al torcer por un recodo del camino, dejamos de escuchar el mugido de las aguas. El caballero se apoyó en mi brazo y dijo, con reposado acento:
—Estoy muy intranquilo por la suerte de Ana. Veo que se agrava... y que esto puede tener un rápido desenlace.
—¡Oh!
No pude reprimir una exclamación dolorosa. Me aparté bruscamente de don Guillermo, observándolo a la cara. En su actitud, más que en sus facciones envueltas por las sombras, pude notar que estaba sereno y que nada en él indicaba hostilidad. De nuevo su voz procuró tranquilizarme.
—Sí... Ya sé que usted siente por ella un afecto especial . . .
Tuve la intención de replegarme en la obscuridad en movimiento de disculpa, pero me contuvieron sus ademanes de perfecta calma.
—Es natural —prosiguió—. ¡Es tan joven y tan buena!... Es natural... Usted también es joven... ¡Ah, la juventud! ¡Yo también he sido muchacho y he sentido tantas cosas!...
—¡Don Guillermo!, yo...
—¿Qué, amigo mío?... Yo puedo ser dos veces el padre de ella. Por eso es que nunca he pretendido ... ¡Pobre hija mía!... Pero ahora no se trata de eso... Es preciso salvarla.
—¿Usted cree que...?
—Sí, está grave... la anemia hace progresos... a veces sube la fiebre y entonces habla...
—¡Oh, señor!... No sabe usted cómo siento...
Mi voz era temblorosa, quebradiza y débil: ¡valía por una confesión!...
—Ella también lo estima a usted mucho —murmuro don Guillermo como si respondiera a palabras no pronunciadas por mis labios.
—¡A mí!
No sé si fue de temor o de felicidad; pero lo que puedo decir es que un frío extraño me invadió de nuevo. Don Guillermo dijo en voz baja:
—Es natural... es natural...
En seguida guardó silencio, y yo no encontré una palabra que añadir a esta singular entrevista. Regresamos sin cruzar una frase más, profundamente abismado él en sus pensamientos, y yo, con el cerebro lleno por un torbellino de ideas y sentimientos contradictorios. Al cruzar el puente, don Guillermo se detuvo, descubriéndose la cabeza aspiró el aire con fuerza y elevó los ojos hacia las estrellas que sonreían en lo alto, curiosas e impenetrables. Así, bajo la difusa claridad que bañaba su semblante, don Guillermo aparecía hermoso e imaginé que se agigantaba, espiritualizándose. El ruido de la catarata era como un inmenso y sufriente sollozo de un alma que se angustia dentro de su cárcel de ruda materia.
***
Esa noche, después de abandonar a don Guillermo frente a su casa, volví a mi cuarto rendido por la caminata, la excitación y el sueño. Cuando abría la puerta. sentí en el piso bajo el ruido de una ventana al cerrarse. ¿Quién podría ser? Era de seguro Paulina, porque esa noche don Kurto estaba de turno en el molino.
Subí con toda cautela para no despertar a mis compañeros; pero cuál no sería mi sorpresa al sentir pasos en la pieza del mecánico y en la del administrador. Por lo visto todo el mundo velaba aquella noche...
Al día siguiente me levanté más tarde que de costumbre. Cuando bajaba al comedor, salió a mi encuentro Paulina, quien me llamo con misterio.
—¡Venga!
Me condujo a un corredorcito al lado de la cocina.
—Le traigo buenas noticias. Fui esta mañana a casa de la señora Ana y me dijo que le agradecía los libros... y que se fuera el domingo a almorzar con ellos.
Paulina aparecía sonriente; pero tenían sus ojos un fulgor extraño.
—¿Estaba usted despierta anoche? le pregunté. La niña enrojeció hasta la punta de los cabellos.
—No... yo no...
—¡Es raro! —le dije, mirándola con fijeza inquisitiva—. Cuando volvía de mi paseo creí escuchar el ruido de una ventana al cerrarse.
—Bah, sería el viento
—No había viento.
—Entonces . . .
Paulina bajó la vista y no quise insistir. Comprendí que se echaría a llorar si la escena se prolongaba. Hice ademán de retirarme, pero ella me detuvo vivamente.
—No vaya al comedor. Todavía están esos...
—¿Quiénes?
—Martínez y el señor Saldívar. Me persiguen, ¿sabe?
Y como ninguno quiere dejarme sola con el otro, se espían mutuamente. Por eso andan siempre juntos.
A pesar del tono contrariado de Paulina, no pude dejar de reír.
—¡Qué divertido!
—No tiene nada de divertido; pero eso mismo me sirve, porque...
—¿Teme algo?
—El señor Saldívar... ¡Usted no sabe cómo es!... ¡Y
quiere que le conteste! Martínez habló con mi padre y le dijo que deseaba casarse...
—Pues yo le aconsejaría que, de los dos, eligiera a Martínez. Es un buen muchacho.
—Mi padre prefiere al señor Saldívar. Se puso furioso porque le dije que no quería a ninguno y me amenazó con mandarme a C...
—No seas tonta, niña—le dije de pronto, (la tuteaba no se por qué)—. Elige a uno de los dos.
Paulina levantó la vista y pude ver que sus ojos del color de los miosotis, parecían licuarse en gotas cristalinas suspendidas al borde de las pestañas. Con voz ahogada, dijo:
—¿Y usted me aconseja eso?
Volvió la espalda, llevóse un pañuelito a los ojos, y se alejó rápidamente... Su espalda se estremecía en bruscos sacudimientos y su lindo cuello blanco y mórbido se tiñó ligeramente de rosa.
***

Un poco triste y receloso fui esa mañana a la oficina. Temía encontrarme frente a don Guillermo. Pero al llegar supe por el mozo que el caballero había salido temprano y que no volvería hasta la hora de almuerzo. En la tarde, al pasar por mi escritorio, don Guillermo me saludó afablemente, como si nada hubiera ocurrido; su actitud me devolvió la serenidad. En vano procuré escrutar en su fisonomía algún ligero desfallecimiento que revelara su estado de ánimo de la víspera: estaba sereno, casi sonriente. Se ocupó parte de la tarde en clasificar los pedidos de repuestos para el molino, y me hizo sacar en limpio las listas. A media tarde me dijo:
—¿Sabe que olvide en casa un catálogo de Siemens? Si usted me hiciera el favor... —lo miré con sobresalto, a duras penas contenido. Agregó:
—Ana debe saber en dónde se encuentra. Pregúntele . . .
Debo de haberme puesto lacre, porque un calorcillo incontenible abrasó mi rostro, y salí sin escuchar mayores explicaciones.
Cuando iba en dirección a la casa llevaba la sensación de que el cuerpo no me pertenecía. Zumbábanme los oídos como cuando se recibe un golpe, e imaginaba que mis piernas no tocaban el suelo. Por un momento creí ver que los árboles del jardín caminaban...
—¿Está la señora? —dije a la sirviente que salió a abrirme.
—Pase... —dijo ésta, simplemente.
Di algunos pasos por el pasillo barnizado, en penumbras, silencioso, y vi que por una de las puertas asomaba la señora Ana, preguntando:
—¿Quién me busca?
—Señora... Me envía don Guillermo... —expliqué apresuradamente .
—¡Ah, ya. . . !
Avanzó extendiendo su mano pálida y fina, que estreché poseído de ligero enternecimiento. Era grave y lánguida su actitud. En su rostro se notaban bien marcadas las huellas de la enfermedad, y como que sus facciones habían adquirido transparencia de hostia. Sólo sus ojos parecían tener vida. Los párpados se alzaban con lentitud, como pesadas cortinas entreabiertas sobre un misterio.
Rápidamente, desequilibrado por la turbación, expliqué la causa de mi visita.
—¡Ah!, ¿los catálogos?... Debe de haberlos dejado Guillermo en la pieza de fumar. Ahí estuvo después de almuerzo, leyendo... ¿Quiere que vayamos a buscarlos?
Me condujo a través de varias salas, todas en penumbras, con los maderos cerrados para evitar la cruda luz y el calor estival. Iba delante de mí, con su andar rítmico y gracioso, dejando una estela de suave perfume —su perfume— que yo aspiraba con intensa delicia. En el cuarto de fumar—una pieza pequeña, con sillones blandos y cómodos, de color obscuro, sobre una mesita de centro, había revistas y folletos en desorden. Comenzamos a buscar apresuradamente, leyendo títulos—. "Siemens"... "Siemens" . . . Nada . . . En mi creciente turbación arrojé por tierra un búcaro de flores. Hice un movimiento para recogerlo, y volqué un montoncillo de libros que había sobre la mesita. Cayeron ruidosamente al suelo. Como balbucease cualquier disculpa, la señora me miró dulcemente, y luego sonrió, sin decir nada. Yo observaba sus manos, que continuaron hojeando los folletos en inútil pesquisa. ¡Ah, qué manos! Eran dos blancas mariposas moribundas, que aleteaban. Parecía deslizarse sobre los objetos y acariciarlos con la tenuidad de un blanco rayo de luz que se deslizara sobre la sombra. Ella debió sentir mi emoción y la caricia de mi alma anhelante que se postraba ante ella, porque se acercó y dijo, con esa suavidad que parecía una exhalación de su propio espíritu:
—Este folleto no aparece... No importa. Aprovecharemos esta ocasión para conversar un momento. Tengo que hablarle.
Extendió una mano para indicarme un asiento y yo, por un movimiento casi inconsciente, la tomé entre las mías y la llevé a los labios. Ella no hizo esfuerzo para retirarla, pero había tanta simplicidad y pureza en su actitud que en su contacto mi turbación se aquietó por completo.
—Escúcheme . . .
Se sentó en un ángulo del sofá y yo ocupé un sitio junto a ella. Pareció concentrarse un momento para poner orden en sus ideas, y luego me dijo con dulzura, mirándome de frente con sus limpios ojos obscuros:
—Usted es un niño; poco cuesta comprenderlo. Tiene el alma clarita y todavía no la ha manchado la impureza del mundo... He sentido el interés y el afecto que yo le inspiraba... Yo se lo agradezco... tanto más que..
Hizo una pausa; su voz se ahogó ligeramente en la garganta. Yo escuchaba, suspenso de sus labios, en esa actitud que parecen tener las columnas de humo que ascienden en adoración hacia el azul. Prosiguió:
—...tanto más que necesitaba de un afecto así...
Como yo moviese los labios para murmurar algo, ella me detuvo:
—No diga nada... Adivino lo que desea decir. ¡Oh! Se lo agradezco... Cuando yo vaya a morir y haga el repaso de mi vida, entre las cosas dulces deberé acordarme de usted. ¡Dios lo sabe!
—No diga eso... —le dije—no hable de morir.
Ella hizo un gesto blando y resignado.
—¡Ah, ah! Cuando una sabe... Pero tiene razón; no hablemos de la muerte...
Hizo una pausa y luego dijo, como si se resolviera a hablar a costa de un esfuerzo:
—Tengo que pedirle un favor...
—¿Favor?, ¡a mí!
—A usted. Y me va a prometer desde luego cumplir lo que le pida...
—¡Oh, ya lo creo!...
Ella se acercó a mí —¡infinita dulzura!— me cogió una mano y jugueteó con ella entre las suyas.
—Mire, Alberto... Es preciso que haga un sacrificio por su familia. Lo que me contó hace días me ha partido el alma... Su padre lo necesita a su lado... Es preciso que se vaya...
Retiré mi mano y pregunté con sobresalto:
— ¿Por qué me pide eso? Cree que...
—No, no... —dijo precipitadamente—. Ya le hablé a Guillermo de estas cosas. Él tiene un fundo en la montaña; necesita una persona de confianza que lo atienda... hay mucho que trabajar... pero puede ser la base de una fortuna. Aunque usted es joven, tendría a su padre para ayudarlo con su experiencia... Allí estarían muy bien...
Yo había ocultado el rostro en las manos y hacía inauditos esfuerzos para contener los sollozos que subían a mi garganta como grandes burbujas de aire que se ahogasen en el fondo de un estanque. Entonces sentí que las manos de Ana se apoyaban en mi hombro, me enlazaban, me acariciaban la cabeza.
—¡Niño!... no sea niño... Oiga... escúcheme... no llore... míreme...
Se calmaron mis sollozos al suavísimo contacto y sentí la sensación de hundirme en baño de agua tibia, perfumada, y de que en ella mi sangre se diluía dulcemente. . . Levanté la cabeza, abrí los ojos, y. . . durante un minuto, nos miramos... nos miramos... ¡Ay! qué de cosas nos dijimos en esa mirada en la cual había tristeza, amor, desesperación... Luego, insensiblemente, nuestras cabezas se aproximaron, como si un imán las absorbiera la una hacia la otra... los labios a punto de tocarse... pero...
De pronto vi que ella se levantaba bruscamente, y que se erguía junto a mí, de pie, trágica, los ojos extraviados. Deslizó una mano por la frente. Ordenó algunos rizos de cabellos que se escapaban de su peinado.
—¡Qué locura! .. Alberto, Alberto... —exclamó con voz extraña—. ¿No ve? ¿No ve?... Es preciso que se vaya... Se lo ruego. Hágalo por su familia... por su padre enfermo . . . ¡Hágalo por mi! ...
Yo tomé sus manos, y las besé. Ella con voz de súplica y angustia:
—¿Se irá, Alberto?... Después.. ¡Quién sabe! ¡quién sabe! ¿Me promete que se irá?
Y yo, inconsciente:
—¡Sí, sí!
—¿De veras?
—Sí.
Tomó de nuevo mis manos entre las suyas y me despidió. Yo salí de la pieza no sé cómo y regresé a la oficina dando tumbos por el parque, como un sonámbulo...
***

Es cosa hecha; me voy. Esta tarde don Guillermo me propuso que me hiciera cargo de su fundo en la montaña. Tendremos crianza y engorda de animales, aserradero de maderas, siembras... ¡qué sé yo! Después de nuestra conversación, me relevó de mis tareas en la oficina para que pudiese arreglar el equipaje. Debo hacer primero un viaje a casa para hablar con mi padre y preparar la traslación de mi familia.
Cuando hube terminado los preparativos, fui en busca de Paulina para comunicarle mi resolución; pero no la encontré. Entonces sentí una intensa melancolía, una intranquilidad tan grande que no supe qué hacer de mi cuerpo. Vagué por el parque, llegué hasta el linde del bosque como si buscase algo perdido, y regresé con el mismo descontento de mi mismo. Fui en busca de Monardes o de Martínez; pero estaban tan atareados que tuve que renunciar a hablarles. Por fortuna, en la puerta del molino don Kurto, con las manos en los bolsillos, fumaba su pipa con tal aire de superioridad sobre las cosas y los seres de este mundo, que, intimidado, estuve a punto de pasar de largo. Pero él me llamó:
—¿Qué hay, don Albegto... cómo le fá?
—Bien, don Kurto, ¿y su molino?...
—¡Ahí está ese diabla! Já, já, já—replicó él con su alegría habitual. Su gran vientre se movía rítmicamente al compás de su risa.
—Hombge, a propósito —añadió—. ¿No quería conocer el molino?
Acepté la invitación y don Kurto comenzó a mostrarme sus dominios, desde las turbinas, en los subterráneos, y la rueda hidráulica que movía las instalaciones del antiguo molino de piedra, hasta el último piso en donde se encontraban los remojadores, en forma de tornillo sin fin, para el trigo que subía automáticamente desde los graneros.
Don Kurto tiene fama de ser uno de los técnicos más competentes de la comarca. Cuando se encuentra entre sus máquinas, pierde su alegría para convertirse en el grave piloto consciente de su responsabilidad. Cuando don Kurto está en su puesto, se puede estar seguro de que los ventiladores han de funcionar bien, de que los arneros no han de romperse, y de que los cilindros moledores no recibirán el menor desperfecto. A medida que va mostrándome la complicada maquinaria, se detiene delante de una ventanita para observar el paso del trigo molido, observa la densidad del afrecho y hace una observación a los ayudantes. No se le escapa un detalle. Sus ojillos vivaces se percatan de todo, lo escudriñan todo. Cuando mueve una palanca o regula el voltear de una rueda, sus manos dominan el hierro con una precisión y una seguridad tales, que se comprende que este hombre ha llegado a identificarse con sus máquinas. Todo en el molino se encuentra en el orden más perfecto y ni una partícula de polvo puede verse en los pisos pulidos y resbaladizos, ni en los techos de recias vigas de pino aceitado.
Junto a una de las ventanas del tercer piso, don Kurto se detiene para mostrarme el paisaje que desde allí se domina.
—¿Muy bonito, eh? —me dice con entusiasmo— Mige, desde aquí se fen las montañas de la Cagamávida, donde está su señor fater... ¿Ve aquella línea azul? Allí tengo yo una mina de ogo. ¡Carramba! ¡Cuando yo pueda trabajarla! Por eso quiero que mi hija se case... para haber un hombre de confianza en mi ayuda...
Yo miro el paisaje; es soberbio. Se ve el Quelén-Quelén que se aleja entre los bosques; se pierde a trechos y aparece en seguida. El sol de la tarde hace espejear sus aguas con reflejos de fuego. Más allá, se divisan montañas de todos los matices, desde el azul profundo y el morado intenso, hasta el celeste pálido, tan débil, tan delicado, que casi se confunde con el cielo del horizonte. El espíritu de Ana debe tener ese color...
Don Kurto mueve las sólidas mandíbulas como si rumiase algo, se rasca la barba de rubio ceniza, y fija da mirada de sus ojos color de acero, en las montañas que guardan sus tesoros.
—Si yo encontraga un hombge —exclama por fin—. ¡Carramba!... Mige, don Albegto... Yo tengo un fundo cerca del lago C. . . y unas casas en C. . . Si las vendiega y con lo que tengo ahorrado, podría trabacar las minas... Miliones ganaría, don Albegto...
—De veras, don Kurto. . . —respondo distraídamente.
En ese momento yo pensaba en las tierras distantes de la montaña, en mi destierro... ¿En dónde estará? ¿Detrás de aquella sierra de altos picos poblados de árboles? ¡Qué lejos, qué lejos de aquí!
—Miliones ganaríamos, don Albegto. El que se case con Paulina...
—¿Paulina? ¡Ah, sí!
Miré distraídamente a don Kurto y su vista me causó asombro. Un rayo de sol muriente dábale de soslayo y lo enrojecía como si lo inflamaran llamas interiores. Con su cara roja, sus ojillos vivaces y su gran abdomen, todo envuelto en luz sangrienta, parecía un demonio tentador de sonrisa enigmática y prometedora.
—Miliones ganaríamos... —repetía don Kurto.
No pude menos que sonreír. Le dije:
—Saldívar o Martínez pueden ayudarlo...
El rostro de don Kurto se ensombreció.
—Saldívar es inteligente dijo—, pero... Magtínez, Magtínez... ¡Quién sabe, carramba!
—Y Paulina, ¿a cuál prefiere? —le pregunté.
Don Kurto lanzo una interjección en alemán y se echó a reír estruendosamente.
—Paulina... yo creo que mi hija... Entre Saldífar y Magtínes... prefiere a usted... Ja, ja, já.
—Parece cuento alemán —le dije, echándome a reír también.
—Un cuento alemán, já, já, já—decía don Kurto Su vientre se estremecía, presa del regocijo de su dueño. Sus pobladas cejas se contraían y los ojos se llenaban de lágrimas.
Cuando hubo cesado de reír, le dije:
—Lo malo es que yo me marcho, don Kurto.
El buen alemán se puso serio.
—¿Se fá?... ¿Se fa?... ¿a dónde?
Le expliqué entonces mi entrevista con don Guillermo y nuestros comunes proyectos de negocio. Don Kurto me escuchó con atención, limpiándose el ángulo de los ojos con un enorme pañuelo de rayas de color.
—Lo siento pog mí, don Albegto —murmuró, cuando hube terminado—. Pego eso no quege decig nata. ¡Vamos a tomag una butella de cegveza pogque tenga buena suerte ! . . .
Esa noche don Kurto organizó una pequeña fiesta en mi honor. La fiesta consistió en una sobremesa más larga que de costumbre, una bulliciosa charla amenizada por cuentos alemanes y carcajadas, mayor cantidad de licor y un largo discurso, en el cual expresó don Kurto, con resoplidos y violentos apóstrofes, sus deseos —bien sinceros de que me acompañase la prosperidad.
Paulina servía a la mesa, como de costumbre. Quise observar qué efecto le producía la noticia de mi viaje, pero en su rostro nada pude leer. Sólo estaba un poco pálida y sus manos, al pasarme los platos, temblaban ligeramente.
Quien se manifestó más afectuoso y alborozado por mi "buena suerte", como él decía, fue el señor Saldívar, que también pronunció, a continuación de don Kurto; un conceptuoso "speech"... El mecánico paseaba oblicuas miradas desde Paulina hasta mí, observándonos con desconfianza; el almibarado Monardes permanecía en silencio con forzada sonrisa en los labios, mientras el insignificante González reía con todas sus fuerzas, abriendo su ancha boca hasta las orejas...
Yo oculté mi tristeza como pude; pero, cuando subí a mi cuarto, ya cerca de media noche, abrí la ventana y en la quietud que permitía oír el rumor del molino y del río, ante la luz de "sus ventanas" que brillaban en el fondo del parque, envuelto por los aromas del jardín; dejé que mi pecho deshiciese el nudo que lo oprimía y abrí las válvulas a las lágrimas, y éstas corrieron dulce, apaciblemente.
Las estrellitas parecieron titilar con mayor rapidez en la obscura bóveda y mirarme con la misma pureza fraternal y tierna que una tarde sorprendí en los ojos de Ana.
***
Al día siguiente, después del desayuno, fui a despedirme de don Guillermo y de la señora Ana. Me recibieron en una pequeña galería de vidrios, junto al comedor.
Ella ocupaba un ancho y cómodo sillón y tenía las rodillas cubiertas por una manta escocesa. Me extendió la mano exangüe sonriendo penosamente. Detrás de ella estaba don Guillermo; su fisonomía se había dulcificado y demostraba preocupación y leve angustia.
Yo procuré mostrarme sereno, con entereza varonil. Dí las gracias por las atenciones recibidas y pedí disculpas por las molestias que pude ocasionar.
—Estamos muy contentos de usted, Alberto—me dijo don Guillermo—, usted es un buen muchacho y prosperará en la vida...
Ella añadió, sonriendo pálidamente.
—Quien sabe si lo volveré a ver... Esto marcha mal... Pero si quiere que Dios lo proteja, piense siempre en su madre... en su buena madre muerta... Le doy ese talismán.
¡Ay! yo hubiera deseado doblar las rodillas para decirle que junto al recuerdo de mi madre colocaría el de otra imagen... ¡otra imagen tan querida!; pero solo pude balbucear cualquier palabra banal y me despedí de ellos para salir, pronto, con pasos apresurados.
Fui a darles mi adiós en seguida a don Kurto y a mi compañeros. Sólo a Paulina me fue imposible hallar por ninguna parte. La llamé:
—¡Paulina!
Fui a la cocina, golpeé en su cuarto, recorrí el huertecillo, gritando:
—¡Paulinaa!
Nadie respondió. Sólo cuando estaba sobre el caballo, me pareció escuchar un ligero ruido en la ventana de mi pieza. Alcé la vista y vi que las cortinillas blancas se movían y que entre ellas asomaban los ojos color de "no me olvides" velados por gotas cristalinas.
—Adiós—le dije, con emoción.
Paulina movió ligeramente la cabeza y las cortinas volvieron a cerrarse. Después, nada más... ¡Pobre Paulina! ¡Pobre hermanita Paulina!
***
Y esta es, amiga mía del alma clara, delicada y musical, la primera aventura de mi vida.
Tú me preguntarás: ¿qué ha sido de ella? ¿qué ha sido de los habitantes del molino?
La respuesta es sencilla. La señora Ana murió pocos meses después, tronchada por la secreta enfermedad que la consumía. Un año más tarde don Guillermo hizo traspaso de su hacienda al bueno de don Kurto, y se marchó a Europa con su familia. Paulina pasó a ser la señora de Saldívar, admirable madre de hijos rubios y rollizos...
¿Y yo?
Yo conservo este recuerdo como uno de los más preciosos y más puros de mi vida. El mundo habrá podido arrastrarme por cumbres y abismos; pero desde el sitio a que me haya llevado la suerte, siempre se puede contemplar las noches estrelladas. Entonces se me imagina escuchar el tic-tac del molino, el rumor del río y allá, en el fondo del parque, una luz que brilla, dulce y serena...
Santiago, 1917.
 
   

 

 

 

El Barco de Guerra Temerario
en su Último viaje  antes de
ser Desmantelado"
Esta pintura fue realizada entre                  1838-39  y mide 91x122 cm


Der Steinkreis von Boitin
Gareth (www.taller54.com/members10/ovaten)

Turner es el artista de mayor relieve en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX. Su obra es mu.