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El cuarto de las garras
I
Llovía. Cuarenta días y cuarenta noches, como en la leyenda
bíblica, venía desprendiéndose de aquel cielo de plomo, ceñudo,
bajo, aplastante, una catarata de agua, como cernida en colosal
harnero, desmenuzada en billones de agujas heladas y pérfidas.
—¡Güen ,dar!... Otra vez no empantanamo con la carreta...
¡Apéese, mejor, iñora!...
Saltó el muchacho por los varales delanteros de su primitivo
carro entoldado, y chapoteando en el lodo resbaladizo del
camino, quedóse largo rato contemplando, la carreta hundida en
la trampa: el hoyo parecía chupar a su víctima como una ventosa.
Apoyó el gañanzuelo sus dos manos en la garrocha como en una
lanza de guerra, y su rostro prematuramente cerrado y adusto,
expresó perplejidad e impotencia. No sentía la lluvia que
chorreaba por la campana del sombrero de paño, lamiendo sus
delgadas ropas que se pegaban al cuerpo como sábanas húmedas.
¿Qué hacer?
Los bueyes, unos pobres novillos indianos, flacos, no podían
más. Sus ijares sangrientos y temblorosos denotaban el cansancio
en su límite: estiraban el cuello hacia el barro del camino, con
la húmeda y angustiosa mirada de los que van a morir.
Asomó por la parte trasera del toldo la cabeza de una mujer,
cubierta de manto negro. Su rostro amarillento, ajado,
adivinábase bajo el fúnebre embozo, y fulguraban en la sombra
sus negros ojos de fiebre:
—¿Qui hay, Celeonio? ¿Nó podimo salir?
El muchacho se encogió ligeramente de hombros, se quitó el
sombrero, y con gesto maquinal, se alisó el cabello negro y
cerdoso. No se dignó responder. Un desprecio enorme por la
individualidad femenina, común a la mayoría de los montañeses,
se vertió sobre su compañera de viaje en un gesto silencioso.
Volvió la vista a su alrededor como en busca de auxilio. El
camino extendíase solitario y hosco: más que carretera parecía
el cauce de un riachuelo fangoso, al cual iban a verterse las
aguas lluvias de los bosques vecinos. Sólo alguna raíz erizada
como cornamenta de animal prehistórico, o algunos cadáveres de
árboles gigantescos, derrumbados al borde del camino, impasibles
o hieráticos bajo la lluvia, poblaban la soledad de aquella
carretera que parecía existir al margen de la vida humana.
El muchacho vertió su pensamiento en una frase:
—Aura si que l'hicimos... ¡D'este hoyo no los saca ni la virge!...
Había que tomar una resolución; se aproximaba la noche; los
bueyes requerían descanso y talaje. El retoño de campesino
arrojó al suelo su garrocha de coligüe, con aire de rabiosa
contrariedad extrajo de la carreta una cadena, amarrola en el
yugo, desunció los novillos y echó a caminar con ellos,
arreándolos. Al poco rato se perdió en un recodo, bajo la lluvia
y entre la bruma que empezaba a envolver la tierra. Sólo se oyó
por un instante, en la vasta soledad de la tarde, el grito
salvaje del muchacho que azuzaba los bueyes:
—¡Clavel! ... ¡Mariposa ! ...
El eco devolvía el grito con cadencias largas, melancólicas,
angustiadas.
La vieja, con gesto resignado, se recogió de nuevo bajo el toldo
de la carreta y quedóse esperando en silencio, con la vista fija
en el hueco claro que dejaba la carpa. La quietud de la montaña,
solemne, trágica, aplastaba el espíritu como una inmensa piedra.
Al borde del camino, detrás del cerco de troncos retorcidos,
grandes retazos de bosques talados a fuego en el último verano,
mostraban los negros esqueletos de árboles gigantes, impasibles
y siniestros; sus brazos carbonizados, elevados hacia el cielo
plomizo, destilaban goteras lentas.
—¡Ay, Dios mío!... —gimió la mujer. Había en su voz frío y
angustia: aterrada visión del más allá. Arrebujose en su pañuelo
de lana obscura, y quedóse allí, bajo la carpa húmeda, sobre el
carro lleno de barro, como un solitario pájaro nocturno
ensimismado en su infinita miseria. ¿Qué hacer? Contra los
elementos hostiles, guiados por los brujos, por el demonio
ciego, por las ánimas, no se podía luchar. Miraba caer la
lluvia, el gotear de la carpa, las tinieblas amenazantes, con la
estática pasividad con que algún día recibiría la muerte. Habría
que acampar allí hasta el nuevo día. La noche y el bosque,
erizados de peligros, podrían estrujarla como una mísera cáscara
en la mano de un gigante. ¿Y qué más? Tinieblas, frío. ¿Y qué
más?
II
Habían salido del pueblo, distante de allí dos leguas, al rayar
el alba. Las cerradas ventanas de las casas, los vieron partir
con asombro. ¿Cómo? ¿Dos míseros seres, un muchacho y una vieja,
se iban por aquellos fangos en donde morían animales y personas?
Escasos viajeros se aventuraban por los caminos de la sierra.
Quienes sobrevivían a los peligros naturales de la estación,
rara vez escapaban de los feroces vecinos del Suto. Mitad
bandoleros, mitad hombres de trabajo, armados en guerra contra
la autoridad, resistían porfiadamente, atrincherados en sus
rústicas viviendas, emboscados en la selva, el ataque de
policías y tropas de línea. ¿Pretendían arrancarles la tierra
conquistada palmo a palmo al bosque indomable y al clima
endemoniado, en largos y penosos años de labor sin tregua? ¡Caro
les costaría! ¡Y aquellos montañeses bravíos, los célebres
Neira, arrastrando con ellos a todos los pobladores a quienes
pretendían despojar los concesionarios del Gobierno,
arrebatándoles la tierra labrada por ellos, hacían vibrar
amenazadoramente los bosques y las quebradas con sus balas
silbantes y sus gritos salvajes!
El muchacho y la vieja conocían el peligro de su aventura. ¡Vaya
si lo conocían! Como que ocho días antes Nicolás, el hijo mayor,
único bizarro vástago de su marido muerto, había salido en
dirección de Huiscapi en busca de unos animales que robaron de
la hijuela. ¡Más le hubiera valido haberlos dejado perderse! A
tiros lo recibieron los Neira; tomáronlo por espía de las
autoridades o por gente de las que reclutara la Compañía, y allí
quedó el muchacho, implorando justicia al cielo con sus ojos
vidriados...
Un viajero de Villarrica, partidario de los Neira, trájole a la
mujer la mala nueva, en forma vaga: "Su hijo debía de haber
caído porque no lo viera por ninguna parte en el camino... Y la
consigna era implacable... ¡Que hacerle, señora! Siempre pagan
justos por pecadores!"
La vieja no vaciló. Echose sobre la cabeza su negro manto de
lana, hizo enyugar la carreta por un muchacho allegado a la
casa, y salió en busca del hijo extraviado. Tendría que volver
con él, vivo o muerto. Obscuros pensamientos de superstición la
impulsaban. No podía abandonar el cadáver del asesinado en campo
profano. Sólo en tierra sagrada descansan los muertos; y el alma
en pena del finado no dejaría en paz a su madre si ésta no
hiciera por darle sepultura en el Panteón bendecido por la
Iglesia. Salió, pues, al rayar el alba, mascullando oraciones y
bebiendo sus lágrimas, sin temor a la lluvia ni a los presuntos
asesinos de su hijo. Al caer la noche, dando tumbos en los
terrenos fangosos, resbalando por las pendientes, saltando
troncos que el pasado temporal atravesara en el camino, apenas
habían logrado recorrer dos leguas del trayecto. Tres veces
cayeron en los ojos profundos, y no habrían, logrado salir de
ellos, si almas caritativas de transeúntes y colonos de la
región, no hubieran acudido a cuartearlos con bueyes y gruesas
cadenas.
—Más le valiera golverse, iñora... —aconsejábanle compadecidos
los montañeses—. Los Neira no perdonan a naide. Contimás que
usté lleva bueicitos... y la carreta... Por quitale esas basuras
y que no lleve el cuento... ¡Yo se lo alvierto, que d'esta no
güelve!
—¡Así será, pu!... —replicaba la obstinada mujer—, pero m'hiio
no puee quear sin sepultura...
III
A la mañana siguiente, al clarear el día, los viajeros
continuaron la marcha. Con los bueyes descansados y la ayuda de
una palanca, lograron sacar la carreta de su prisión de fango.
Les quedaba poco para llegar a la casa de los Neira. Pero llovía
con fuerza, menudeaban los obstáculos del camino, los novillos
eran flojos, y sólo al mediodía les fue posible avistar el fin
de su viaje.
Cinco perros de talla mediana, pero acometedores y ágiles como
animales de la selva primitiva, rodearon la carreta y acosaron
los bueyes a mordiscos. El muchacho carretero se defendió como
pudo, de pie sobre el pértigo, blandiendo su garrocha en forma
amenazadora.
—¿Hay gente? —gritó el muchacho con áspero grito que se prolongó
como un lamento. A la vera del camino alzábase una pobre
vivienda de madera, toscamente construida con tablas sin
cepillar. Los dos ventanuchos sin vidrios y la puerta central,
permanecían cerrados. Sólo el triste golpeteo de la lluvia sobre
el tejado y las goteras en la tierra, respondieron a la alarma
de los perros y al grito del muchacho.
Calmáronse los quiltros. El gran silencio de la montaña, lúgubre
bajo el cielo negro, pareció atisbar e interrogar. Al cabo de un
rato largo, apareció, entre los árboles carbonizados que
rodeaban la casucha, la cabeza desgreñada de un hombrecillo de
mala catadura, cubierto de los hombros, a los pies por un negro
poncho de castilla.
—¿Qué busca? —interrogó a la distancia.
El muchacho gritó:
—¡Querimos hablar con don Neira!
—¡No vive aquí, mire!— gritó el hombre y, acercándose
cautelosamente a la carreta, atisbó bajo el toldo para
cerciorarse de que no había ningún peligro oculto. Cuando estuvo
a pocos pasos, interrogó:
—¿Y pa qué lo querían a don Neira, mire?
La vieja sacó la cabeza fuera del toldo y respondió secamente:
—Venimo a hablar con él, pu... Y usté, ¿qué tiene que ver con
eso?
El hombrecillo hizo un vago gesto, entre desdeñoso e irónico, y
después de cerciorarse de que dentro de la carreta no había
nadie más, fuera de sus dos interlocutores, dio media vuelta y
desapareció por la puerta abierta en la cerca de tranquillas,
junto a la casa.
Se nuevo quedó todo en paz y el silencio extendió su imperio
solemne y aplastador. Los perros habían desaparecido después de
cumplir su misión de alarma. A media cuadra de distancia, detrás
de la casucha, alzábase el monte impenetrable, con sus árboles
gigantescos, envueltos en la densa gasa gris de la lluvia. Sobre
las copas, un humito azul parecía indicar que la vida palpitaba
ocultamente allí.
El hombrecillo apareció de nuevo junto a la carreta. Surgió de
improviso, como un gnomo negro, burlón y silencioso.
—Dice don Neira que pase...
Bajose la mujer de la carreta. Sus piernas entumecidas por el
frío y la inmovilidad, se negaron a acompañarla. Dio algunos
pasos vacilantes, se apoyó en el hombro del muchacho, y ambos
siguieron en pos del hombrecillo de manta. Al llegar al patio,
detrás de la casucha, los perros salieron de nuevo a su
encuentro, gruñendo. El grupo de los recién llegados pasó junto
a la cocina, al parecer deshabitada, como la casa, y siguieron
por una senda caprichosa que se desenvolvía entre los troncos
calcinados. Penetraron al bosque, y después de luchar un
instante contra las varillas de quilanto que les azotaba la
cara, dejando caer sobre ellos una lluvia de goterones, llegaron
a un claro de bosque. En el centro, erguíase un galpón de
grandes dimensiones.
—¿Qué hay? —preguntó un hombre corpulento que obstruía la
entrada al galpón con su pesada figura. Llevaba negras
botas-calzón hasta la cintura, y sobre el vientre abultado, bajo
el chaleco, asomaba una cartuchera de cuero llena de balas.
La mujer se detuvo, atemorizada por aquel rostro dominante, de
ceño duro y boca de gruesos labios. Sobre su ancha cara morena,
caían las alas de su sombrero de paño.
—¿Usted es don Neira? —preguntó la mujer.
—Sí, ¿qué se te ofrece?
—Venia, iñor...
Se detuvo. En ese momento comprendió que era difícil encontrar
palabras que no irritaran al hombre, impaciente ya. El agudo
perfil de la vieja se humilló para balbucir una súplica:
—Soy una pobre maire qu'ianda buscando a su hijo. Icen que aquí
lo mataron... por casualiá... Andaba rastriando unos animalitos
que se le perdieron, hace días...
—Aquí se mata sólo a los bribones interrumpió el hombre con
rudeza—. Tamién matamos a los traidores. Estamos aquí
defendiendo el trabajo de nosotros, la tierra q'hemos ganao con
el suor de la frente y que los jutres del Gobierno quieren
quitános. Se llevarán la tierra, si, ¿oyiste?, pero cuando no
qué vivo nenguno de nosotros... ¡Ey tá! Y cuando li hayamo dao
el bajo a unos cuantos lairones. Y vos, ¿no vendrís a espiarnos?
Era terrible la expresión del justiciero rústico, al clavar
sobre la mujer sus ojuelos iracundos.
—¡Virge Santísima! —exclamó la mujer elevando los flacos brazos
al cielo—. No faltaba más que yo viniera a espialos a ustedes.
Razón tienen pa defender lo que se han ganado trabajando años y
años, mi señor on Neira. Si ustedes han matao a m'hijo, habrá
sio sin querelo... El pobrecito no le hacía mal a naiden y ganas
no le faltaban de peliar al lao de ustedes.
El hombre observaba a la mujer con mirada fija, de piedra. Tal
vez el acento de la vieja le inspiró confianza, porque dijo:
—Güeno... Bien puée ser qui haya quéido tu hijo pu'aqui...
Cuando está escuro hay que pegar primero...
—Cierito, iñor... Yo no culpo a naiden—balbuceó la vieja con luz
de esperanza en los ojos.
—Güeno cortó seco el hombrachón, fijando sus ojos enrojecidos en
el flaco rostro de la mujer—. Si está aquí, te daré el dijunto;
pero cuidadito con chistar si te pregunta el fuéz. ¡Por mi maire
que no cantarís la toná dos veces!
Protestó la mujer. Callaría; sin bulla enterraría al muerto.
Nada más.
—¡A ver, Pancho! —gritó Neira con voz ronca, volviendo la cabeza
hacia el interior del galpón.
Apareció un mocetón desgreñado, moreno, de aspecto soñoliento.
Por sus labios gruesos destilaba el jugo grasiento de la carne
que masticaba golosamente.
—¿Qué hay? —preguntó
—Vas a llevar a esta vieja al cuarto de las garras. Anda
buscando un chicuelo que se le ha perdio.
El llamado Pancho se limitó a esbozar un gesto de fastidio y
echó a andar seguido por la vieja, el muchacho, y el hombrecillo
de la manta de castilla.
Sin cruzar palabra, los cuatro atravesaron por el galpón. Espesa
humareda llenaba el vasto recinto, cuyas paredes estaban
ennegrecidas. En el centro ardía una gran fogata; una mujer
sucia, sin peinar, vestida con harapos, movíase alrededor de las
olletas que hervían entre las ramas probando la comida con una
cuchara. Una muchachita asaba un gran trozo de carne atravesado
con un palo de coligüe. Dos hombres carneaban un cordero que
pendía de un clavo en una de las gruesas pilastras; otros, una
veintena de huasos desgreñados, recostados en los pellejos de
sus monturas cerca de la fogata, o sentados en poyos de madera,
extendían las manos oscuras de mugre hacia las llamas
chisporroteantes. En un rincón, un grupo de caballejos
ensillados, masticaban tristemente alrededor de una pila de
pasto seco.
—¡Güenos días, la compaña! —gimoteó la vieja, fúnebre como
figura arrancada de una procesión de difuntos, al pasar cerca de
ellos.
—Güenos días —respondieron algunos, sin moverse, mirándola entre
curiosos y socarrones.
El llamado Pancho, sin dejar de masticar su trozo de carne, al
llegar al fondo, se detuvo ante la puertecita cerrada de un
cuarto construido entre los pilares del galpón. Empujó la puerta
con el pie. La vieja escrutó ávidamente al interior, pero nada
vio. Un tufo de podredumbre la hizo retroceder.
—Está escuro... —exclamó
Pancho extrajo una cajita del bolsillo, encendió un fósforo con
desgano, y alumbró la pieza.
—¡Entra!
La vieja retrocedió un paso, con los ojos desorbitados de
terror. En el suelo del cuarto, apareció a su vista un
hacinamiento monstruoso de cadáveres, despojados de ropas. Su
cuerpecillo flaco se puso a temblar y cayó de rodillas en el
umbral, llorando con gritos destemplados, largos, lastimeros,
como aullidos de perro a la luna.
—¡Puchas la hediondez! —exclamó el muchacho mirando hacia el
interior con más curiosidad que emoción. Su tosco rostro de
campesino se contraía por un gesto risueño.
Pancho explicó:
—Aquí los guardamo pa quemálos por junto .. una vez por semana.
Entraron los tres hombres, mientras la mujer gimoteaba en el
umbral. Y con ayuda de los pies y de la garrocha del chiquillo,
se ocuparon en dar vuelta los cadáveres para mirarles el rostro.
Algunos estaban asquerosos, hinchados, los ojos entrecerrados y
vidriosos. Otros mostraban muecas amargas, enseñando los dientes
en la última contracción del dolor.
—¡Este es! —exclamó el muchacho delante del cuerpo de un mocetón
que tenía una herida de bala en la cabeza; grandes manchas de
sangre negruzca le desfiguraban el rostro.
—¡Bah!— exclamó Pancho examinándolo a la luz de un fósforo—.
Este cayó junto con dos carabineros que le hacían compaña...
—¡M'hijo!... ¡M'hijo! —gimoteó la vieja redoblando sus
chillidos.
Entre los tres hombres sacaron el cuerpo al exterior, lo
envolvieron en sacos, lo pusieron sobre dos palos paralelos y
cargaron con él para llevarlo a la carreta, seguidos de la mujer
que repetía de vez en cuando:
—¡M'hijo!... ¡Nicolás!... ¡Ay, ay, ay!
Al pasar junto a la fogata, los hombres que se calentaban no se
movieron, continuando su charla en voz baja. Sólo la mujer y la
chiquilla cocineras, de pie y con las manos cruzadas sobre el
vientre, tuvieron un gesto de piedad:
—¡Pobrecito! ¡Dios lo tenga en su santo reino!
***
Pocos momentos después la carreta emprendía el camino de
regreso. Debajo del toldo, la vieja ronroneaba oraciones, y
profería de vez en cuando un débil gemido. Había cesado de
llover, pero no por eso era menos fúnebre el paisaje bajo el
cielo obscuro de nubes amenazantes.
Cantaban las aguas que se escurrían desde los campos próximos
hasta el cauce del camino. Algunos tiuques lanzaban sus
chillidos, melancólicos, y el cerco de troncos apilados en
desorden, y los altos esqueletos de árboles quemados, veían
pasar, estáticos, aquella carreta que resbalaba y se hundía
penosamente en el barro del camino.
Santiago, 1921.
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