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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVÁN ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo
 

El cuarto de las garras

                                                         I


Llovía. Cuarenta días y cuarenta noches, como en la leyenda bíblica, venía desprendiéndose de aquel cielo de plomo, ceñudo, bajo, aplastante, una catarata de agua, como cernida en colosal harnero, desmenuzada en billones de agujas heladas y pérfidas.
—¡Güen ,dar!... Otra vez no empantanamo con la carreta... ¡Apéese, mejor, iñora!...
Saltó el muchacho por los varales delanteros de su primitivo carro entoldado, y chapoteando en el lodo resbaladizo del camino, quedóse largo rato contemplando, la carreta hundida en la trampa: el hoyo parecía chupar a su víctima como una ventosa. Apoyó el gañanzuelo sus dos manos en la garrocha como en una lanza de guerra, y su rostro prematuramente cerrado y adusto, expresó perplejidad e impotencia. No sentía la lluvia que chorreaba por la campana del sombrero de paño, lamiendo sus delgadas ropas que se pegaban al cuerpo como sábanas húmedas. ¿Qué hacer?
Los bueyes, unos pobres novillos indianos, flacos, no podían más. Sus ijares sangrientos y temblorosos denotaban el cansancio en su límite: estiraban el cuello hacia el barro del camino, con la húmeda y angustiosa mirada de los que van a morir.
Asomó por la parte trasera del toldo la cabeza de una mujer, cubierta de manto negro. Su rostro amarillento, ajado, adivinábase bajo el fúnebre embozo, y fulguraban en la sombra sus negros ojos de fiebre:
—¿Qui hay, Celeonio? ¿Nó podimo salir?
El muchacho se encogió ligeramente de hombros, se quitó el sombrero, y con gesto maquinal, se alisó el cabello negro y cerdoso. No se dignó responder. Un desprecio enorme por la individualidad femenina, común a la mayoría de los montañeses, se vertió sobre su compañera de viaje en un gesto silencioso. Volvió la vista a su alrededor como en busca de auxilio. El camino extendíase solitario y hosco: más que carretera parecía el cauce de un riachuelo fangoso, al cual iban a verterse las aguas lluvias de los bosques vecinos. Sólo alguna raíz erizada como cornamenta de animal prehistórico, o algunos cadáveres de árboles gigantescos, derrumbados al borde del camino, impasibles o hieráticos bajo la lluvia, poblaban la soledad de aquella carretera que parecía existir al margen de la vida humana.
El muchacho vertió su pensamiento en una frase:
—Aura si que l'hicimos... ¡D'este hoyo no los saca ni la virge!...
Había que tomar una resolución; se aproximaba la noche; los bueyes requerían descanso y talaje. El retoño de campesino arrojó al suelo su garrocha de coligüe, con aire de rabiosa contrariedad extrajo de la carreta una cadena, amarrola en el yugo, desunció los novillos y echó a caminar con ellos, arreándolos. Al poco rato se perdió en un recodo, bajo la lluvia y entre la bruma que empezaba a envolver la tierra. Sólo se oyó por un instante, en la vasta soledad de la tarde, el grito salvaje del muchacho que azuzaba los bueyes:
—¡Clavel! ... ¡Mariposa ! ...
El eco devolvía el grito con cadencias largas, melancólicas, angustiadas.
La vieja, con gesto resignado, se recogió de nuevo bajo el toldo de la carreta y quedóse esperando en silencio, con la vista fija en el hueco claro que dejaba la carpa. La quietud de la montaña, solemne, trágica, aplastaba el espíritu como una inmensa piedra.
Al borde del camino, detrás del cerco de troncos retorcidos, grandes retazos de bosques talados a fuego en el último verano, mostraban los negros esqueletos de árboles gigantes, impasibles y siniestros; sus brazos carbonizados, elevados hacia el cielo plomizo, destilaban goteras lentas.
—¡Ay, Dios mío!... —gimió la mujer. Había en su voz frío y angustia: aterrada visión del más allá. Arrebujose en su pañuelo de lana obscura, y quedóse allí, bajo la carpa húmeda, sobre el carro lleno de barro, como un solitario pájaro nocturno ensimismado en su infinita miseria. ¿Qué hacer? Contra los elementos hostiles, guiados por los brujos, por el demonio ciego, por las ánimas, no se podía luchar. Miraba caer la lluvia, el gotear de la carpa, las tinieblas amenazantes, con la estática pasividad con que algún día recibiría la muerte. Habría que acampar allí hasta el nuevo día. La noche y el bosque, erizados de peligros, podrían estrujarla como una mísera cáscara en la mano de un gigante. ¿Y qué más? Tinieblas, frío. ¿Y qué más?

II
Habían salido del pueblo, distante de allí dos leguas, al rayar el alba. Las cerradas ventanas de las casas, los vieron partir con asombro. ¿Cómo? ¿Dos míseros seres, un muchacho y una vieja, se iban por aquellos fangos en donde morían animales y personas? Escasos viajeros se aventuraban por los caminos de la sierra. Quienes sobrevivían a los peligros naturales de la estación, rara vez escapaban de los feroces vecinos del Suto. Mitad bandoleros, mitad hombres de trabajo, armados en guerra contra la autoridad, resistían porfiadamente, atrincherados en sus rústicas viviendas, emboscados en la selva, el ataque de policías y tropas de línea. ¿Pretendían arrancarles la tierra conquistada palmo a palmo al bosque indomable y al clima endemoniado, en largos y penosos años de labor sin tregua? ¡Caro les costaría! ¡Y aquellos montañeses bravíos, los célebres Neira, arrastrando con ellos a todos los pobladores a quienes pretendían despojar los concesionarios del Gobierno, arrebatándoles la tierra labrada por ellos, hacían vibrar amenazadoramente los bosques y las quebradas con sus balas silbantes y sus gritos salvajes!
El muchacho y la vieja conocían el peligro de su aventura. ¡Vaya si lo conocían! Como que ocho días antes Nicolás, el hijo mayor, único bizarro vástago de su marido muerto, había salido en dirección de Huiscapi en busca de unos animales que robaron de la hijuela. ¡Más le hubiera valido haberlos dejado perderse! A tiros lo recibieron los Neira; tomáronlo por espía de las autoridades o por gente de las que reclutara la Compañía, y allí quedó el muchacho, implorando justicia al cielo con sus ojos vidriados...
Un viajero de Villarrica, partidario de los Neira, trájole a la mujer la mala nueva, en forma vaga: "Su hijo debía de haber caído porque no lo viera por ninguna parte en el camino... Y la consigna era implacable... ¡Que hacerle, señora! Siempre pagan justos por pecadores!"
La vieja no vaciló. Echose sobre la cabeza su negro manto de lana, hizo enyugar la carreta por un muchacho allegado a la casa, y salió en busca del hijo extraviado. Tendría que volver con él, vivo o muerto. Obscuros pensamientos de superstición la impulsaban. No podía abandonar el cadáver del asesinado en campo profano. Sólo en tierra sagrada descansan los muertos; y el alma en pena del finado no dejaría en paz a su madre si ésta no hiciera por darle sepultura en el Panteón bendecido por la Iglesia. Salió, pues, al rayar el alba, mascullando oraciones y bebiendo sus lágrimas, sin temor a la lluvia ni a los presuntos asesinos de su hijo. Al caer la noche, dando tumbos en los terrenos fangosos, resbalando por las pendientes, saltando troncos que el pasado temporal atravesara en el camino, apenas habían logrado recorrer dos leguas del trayecto. Tres veces cayeron en los ojos profundos, y no habrían, logrado salir de ellos, si almas caritativas de transeúntes y colonos de la región, no hubieran acudido a cuartearlos con bueyes y gruesas cadenas.
—Más le valiera golverse, iñora... —aconsejábanle compadecidos los montañeses—. Los Neira no perdonan a naide. Contimás que usté lleva bueicitos... y la carreta... Por quitale esas basuras y que no lleve el cuento... ¡Yo se lo alvierto, que d'esta no güelve!
—¡Así será, pu!... —replicaba la obstinada mujer—, pero m'hiio no puee quear sin sepultura...

III
A la mañana siguiente, al clarear el día, los viajeros continuaron la marcha. Con los bueyes descansados y la ayuda de una palanca, lograron sacar la carreta de su prisión de fango. Les quedaba poco para llegar a la casa de los Neira. Pero llovía con fuerza, menudeaban los obstáculos del camino, los novillos eran flojos, y sólo al mediodía les fue posible avistar el fin de su viaje.
Cinco perros de talla mediana, pero acometedores y ágiles como animales de la selva primitiva, rodearon la carreta y acosaron los bueyes a mordiscos. El muchacho carretero se defendió como pudo, de pie sobre el pértigo, blandiendo su garrocha en forma amenazadora.
—¿Hay gente? —gritó el muchacho con áspero grito que se prolongó como un lamento. A la vera del camino alzábase una pobre vivienda de madera, toscamente construida con tablas sin cepillar. Los dos ventanuchos sin vidrios y la puerta central, permanecían cerrados. Sólo el triste golpeteo de la lluvia sobre el tejado y las goteras en la tierra, respondieron a la alarma de los perros y al grito del muchacho.
Calmáronse los quiltros. El gran silencio de la montaña, lúgubre bajo el cielo negro, pareció atisbar e interrogar. Al cabo de un rato largo, apareció, entre los árboles carbonizados que rodeaban la casucha, la cabeza desgreñada de un hombrecillo de mala catadura, cubierto de los hombros, a los pies por un negro poncho de castilla.
—¿Qué busca? —interrogó a la distancia.
El muchacho gritó:
—¡Querimos hablar con don Neira!
—¡No vive aquí, mire!— gritó el hombre y, acercándose cautelosamente a la carreta, atisbó bajo el toldo para cerciorarse de que no había ningún peligro oculto. Cuando estuvo a pocos pasos, interrogó:
—¿Y pa qué lo querían a don Neira, mire?
La vieja sacó la cabeza fuera del toldo y respondió secamente:
—Venimo a hablar con él, pu... Y usté, ¿qué tiene que ver con eso?
El hombrecillo hizo un vago gesto, entre desdeñoso e irónico, y después de cerciorarse de que dentro de la carreta no había nadie más, fuera de sus dos interlocutores, dio media vuelta y desapareció por la puerta abierta en la cerca de tranquillas, junto a la casa.
Se nuevo quedó todo en paz y el silencio extendió su imperio solemne y aplastador. Los perros habían desaparecido después de cumplir su misión de alarma. A media cuadra de distancia, detrás de la casucha, alzábase el monte impenetrable, con sus árboles gigantescos, envueltos en la densa gasa gris de la lluvia. Sobre las copas, un humito azul parecía indicar que la vida palpitaba ocultamente allí.
El hombrecillo apareció de nuevo junto a la carreta. Surgió de improviso, como un gnomo negro, burlón y silencioso.
—Dice don Neira que pase...
Bajose la mujer de la carreta. Sus piernas entumecidas por el frío y la inmovilidad, se negaron a acompañarla. Dio algunos pasos vacilantes, se apoyó en el hombro del muchacho, y ambos siguieron en pos del hombrecillo de manta. Al llegar al patio, detrás de la casucha, los perros salieron de nuevo a su encuentro, gruñendo. El grupo de los recién llegados pasó junto a la cocina, al parecer deshabitada, como la casa, y siguieron por una senda caprichosa que se desenvolvía entre los troncos calcinados. Penetraron al bosque, y después de luchar un instante contra las varillas de quilanto que les azotaba la cara, dejando caer sobre ellos una lluvia de goterones, llegaron a un claro de bosque. En el centro, erguíase un galpón de grandes dimensiones.
—¿Qué hay? —preguntó un hombre corpulento que obstruía la entrada al galpón con su pesada figura. Llevaba negras botas-calzón hasta la cintura, y sobre el vientre abultado, bajo el chaleco, asomaba una cartuchera de cuero llena de balas.
La mujer se detuvo, atemorizada por aquel rostro dominante, de ceño duro y boca de gruesos labios. Sobre su ancha cara morena, caían las alas de su sombrero de paño.
—¿Usted es don Neira? —preguntó la mujer.
—Sí, ¿qué se te ofrece?
—Venia, iñor...
Se detuvo. En ese momento comprendió que era difícil encontrar palabras que no irritaran al hombre, impaciente ya. El agudo perfil de la vieja se humilló para balbucir una súplica:
—Soy una pobre maire qu'ianda buscando a su hijo. Icen que aquí lo mataron... por casualiá... Andaba rastriando unos animalitos que se le perdieron, hace días...
—Aquí se mata sólo a los bribones interrumpió el hombre con rudeza—. Tamién matamos a los traidores. Estamos aquí defendiendo el trabajo de nosotros, la tierra q'hemos ganao con el suor de la frente y que los jutres del Gobierno quieren quitános. Se llevarán la tierra, si, ¿oyiste?, pero cuando no qué vivo nenguno de nosotros... ¡Ey tá! Y cuando li hayamo dao el bajo a unos cuantos lairones. Y vos, ¿no vendrís a espiarnos?
Era terrible la expresión del justiciero rústico, al clavar sobre la mujer sus ojuelos iracundos.
—¡Virge Santísima! —exclamó la mujer elevando los flacos brazos al cielo—. No faltaba más que yo viniera a espialos a ustedes. Razón tienen pa defender lo que se han ganado trabajando años y años, mi señor on Neira. Si ustedes han matao a m'hijo, habrá sio sin querelo... El pobrecito no le hacía mal a naiden y ganas no le faltaban de peliar al lao de ustedes.
El hombre observaba a la mujer con mirada fija, de piedra. Tal vez el acento de la vieja le inspiró confianza, porque dijo:
—Güeno... Bien puée ser qui haya quéido tu hijo pu'aqui... Cuando está escuro hay que pegar primero...
—Cierito, iñor... Yo no culpo a naiden—balbuceó la vieja con luz de esperanza en los ojos.
—Güeno cortó seco el hombrachón, fijando sus ojos enrojecidos en el flaco rostro de la mujer—. Si está aquí, te daré el dijunto; pero cuidadito con chistar si te pregunta el fuéz. ¡Por mi maire que no cantarís la toná dos veces!
Protestó la mujer. Callaría; sin bulla enterraría al muerto. Nada más.
—¡A ver, Pancho! —gritó Neira con voz ronca, volviendo la cabeza hacia el interior del galpón.
Apareció un mocetón desgreñado, moreno, de aspecto soñoliento. Por sus labios gruesos destilaba el jugo grasiento de la carne que masticaba golosamente.
—¿Qué hay? —preguntó
—Vas a llevar a esta vieja al cuarto de las garras. Anda buscando un chicuelo que se le ha perdio.
El llamado Pancho se limitó a esbozar un gesto de fastidio y echó a andar seguido por la vieja, el muchacho, y el hombrecillo de la manta de castilla.
Sin cruzar palabra, los cuatro atravesaron por el galpón. Espesa humareda llenaba el vasto recinto, cuyas paredes estaban ennegrecidas. En el centro ardía una gran fogata; una mujer sucia, sin peinar, vestida con harapos, movíase alrededor de las olletas que hervían entre las ramas probando la comida con una cuchara. Una muchachita asaba un gran trozo de carne atravesado con un palo de coligüe. Dos hombres carneaban un cordero que pendía de un clavo en una de las gruesas pilastras; otros, una veintena de huasos desgreñados, recostados en los pellejos de sus monturas cerca de la fogata, o sentados en poyos de madera, extendían las manos oscuras de mugre hacia las llamas chisporroteantes. En un rincón, un grupo de caballejos ensillados, masticaban tristemente alrededor de una pila de pasto seco.
—¡Güenos días, la compaña! —gimoteó la vieja, fúnebre como figura arrancada de una procesión de difuntos, al pasar cerca de ellos.
—Güenos días —respondieron algunos, sin moverse, mirándola entre curiosos y socarrones.
El llamado Pancho, sin dejar de masticar su trozo de carne, al llegar al fondo, se detuvo ante la puertecita cerrada de un cuarto construido entre los pilares del galpón. Empujó la puerta con el pie. La vieja escrutó ávidamente al interior, pero nada vio. Un tufo de podredumbre la hizo retroceder.
—Está escuro... —exclamó
Pancho extrajo una cajita del bolsillo, encendió un fósforo con desgano, y alumbró la pieza.
—¡Entra!
La vieja retrocedió un paso, con los ojos desorbitados de terror. En el suelo del cuarto, apareció a su vista un hacinamiento monstruoso de cadáveres, despojados de ropas. Su cuerpecillo flaco se puso a temblar y cayó de rodillas en el umbral, llorando con gritos destemplados, largos, lastimeros, como aullidos de perro a la luna.
—¡Puchas la hediondez! —exclamó el muchacho mirando hacia el interior con más curiosidad que emoción. Su tosco rostro de campesino se contraía por un gesto risueño.
Pancho explicó:
—Aquí los guardamo pa quemálos por junto .. una vez por semana.
Entraron los tres hombres, mientras la mujer gimoteaba en el umbral. Y con ayuda de los pies y de la garrocha del chiquillo, se ocuparon en dar vuelta los cadáveres para mirarles el rostro. Algunos estaban asquerosos, hinchados, los ojos entrecerrados y vidriosos. Otros mostraban muecas amargas, enseñando los dientes en la última contracción del dolor.
—¡Este es! —exclamó el muchacho delante del cuerpo de un mocetón que tenía una herida de bala en la cabeza; grandes manchas de sangre negruzca le desfiguraban el rostro.
—¡Bah!— exclamó Pancho examinándolo a la luz de un fósforo—. Este cayó junto con dos carabineros que le hacían compaña...
—¡M'hijo!... ¡M'hijo! —gimoteó la vieja redoblando sus chillidos.
Entre los tres hombres sacaron el cuerpo al exterior, lo envolvieron en sacos, lo pusieron sobre dos palos paralelos y cargaron con él para llevarlo a la carreta, seguidos de la mujer que repetía de vez en cuando:
—¡M'hijo!... ¡Nicolás!... ¡Ay, ay, ay!
Al pasar junto a la fogata, los hombres que se calentaban no se movieron, continuando su charla en voz baja. Sólo la mujer y la chiquilla cocineras, de pie y con las manos cruzadas sobre el vientre, tuvieron un gesto de piedad:
—¡Pobrecito! ¡Dios lo tenga en su santo reino!

***
Pocos momentos después la carreta emprendía el camino de regreso. Debajo del toldo, la vieja ronroneaba oraciones, y profería de vez en cuando un débil gemido. Había cesado de llover, pero no por eso era menos fúnebre el paisaje bajo el cielo obscuro de nubes amenazantes.
Cantaban las aguas que se escurrían desde los campos próximos hasta el cauce del camino. Algunos tiuques lanzaban sus chillidos, melancólicos, y el cerco de troncos apilados en desorden, y los altos esqueletos de árboles quemados, veían pasar, estáticos, aquella carreta que resbalaba y se hundía penosamente en el barro del camino.

Santiago, 1921.
 

   

 

René Téllez, Pintor Chileno