|
|
 |
 |
| Pintores desconocidos |
|
|
|
|
 |
|
|
 |
 |
 |
 |
| Poemas destacados de |
 |
 |
 |
 |
 |
| Algo más de... |
|
|
|
|
| Fragmentos
Literarios |
|
|
|
INTERESANTES PASAJES |
 |
 |
|
|
 |
|
|
 |
|
|
 |
|
| |
 |
 |
 |
|
|
|
 |
 |
|
ARTE
MUSICA LITERATURA
Obras desconocidas
de escritores y pintores conocidos y desconocidos
fundamentalmente desconocidos.
|
 | | |
|
 |
 |
 |
 |
|
|
FERNANDO SANTIVAN PUGA (
1886 - 1973 )
Nada más que la sencillez del estilo
| |
EL VENGADOR
Cinco años justo después del suicidio de don Eduardo en uno de
los pueblos de la Frontera, nos reuníamos los habituales
parroquianos del bacará en la misma sala en que el malogrado
caballero perdió el último resto de su fortuna. Fue allí también
donde creció el fantasma de su muerte.
Aún no empezaba el juego. Fumábamos sentados en derredor de las
mesas, charlando bajo las verdosas pantallas de las lámparas,
sin prestarles gran atención a las palabras.
No cabía duda de que alguna idea común preocupaba los espíritus;
mejor, un sentimiento indefinible, traducido apenas en vago
malestar. Sin embargo, no cruzó por mi mente el menor recuerdo
del amigo suicida.
Hubo momentos, sí, en que todos nos quedamos en silencio, con Ja
vista en el suelo, como si persiguiéramos una fugitiva visión.
Sólo se escuchaba entonces el murmullo que producían, con sus
voces apagadas y sus largas exclamaciones, tres o cuatro
forasteros que se habían retirado en un ángulo de la pieza a
distraer el tiempo jugando al dominó. Alguien restregaba las
fichas en la mesa.
—Con ésta empato —decía una voz, distintamente.
—¡ Ah!
—¡Oh! —parecían responder otras voces.
Un portazo resonó en el exterior. Alguien discutía en los
pasillos del hotel. Un lento golpeteo se escuchó en la
techumbre; comenzaba la lluvia.
—Buen aguacero —dijo alguien en nuestro grupo.
—Tendremos para algunos días —respondió otro lanzando un grueso
suspiro.
Un joven pequeño y regordete se puso en pie con movimiento
rápido y se dio una palmada en la frente.
—¿Qué hay? —preguntaron varios al mismo tiempo.
—Nada —dijo el joven—. Que he olvidado en casa mi capote de
goma.
—Pues... ¡mandarlo buscar con un mozo!... —aconsejó alguien.
—No —dijo el joven, dando algunos pasos con nerviosidad—; iré yo
mismo.
Tomó un sombrero de la percha y se dirigió con ligeros pasos
hacia la puerta.
—No tardes —le advirtió un amigo—; ya sabes que hoy tendremos al
argentino, y hay que darle fuerte.
—¡No faltaba más! —dijo el joven con vehemencia.
Se alejó el ruido de sus pasos en la galería. La lluvia caía con
sordo ruido sobre el techo.
—¡El as! —exclamaba uno de los jugadores.
—¡Ahó!, ¡ahó!, ¡ahóo! —continuaba el murmullo de voces.
—¡Van cinco! —añadía el primero con voz estridente.
Aún no se habían encendido todas las lámparas. Sobre la mesa
central, alrededor de la que estábamos agrupados la mayor parte,
dos grandes pantallas verdes dejaban caer haces de luz. El resto
de la habitación. sobre todo el cielo raso, quedaba en
penumbras. Nuestros cuerpos dividíanse en dos zonas, una
luminosa y otra que se diluía en la sombra, haciéndose más
espiritual, de más intensa expresión. Los ojos brillaban como
fugaces llamaradas, encendiéndose, apagándose simultáneamente.
Nos observábamos unos a otros. Pero nadie parecía dispuesto a
expresar el pensamiento común que nos oprimía.
—¿Hoy llegó el argentino? —preguntó alguien con voz grave y
pausada.
—Ayer —respondió un hombre corpulento, de negra barba partida en
dos lóbulos, en la parte inferior del rostro. Su pronunciación
tenía marcado acento español. Agregó jovialmente—: Vendrá a
desvalijamos, como de costumbre.
Un hombrecito flaco, de rostro enjuto, perfectamente rapado, a
excepción del escaso bigote que caía con cuidada mesura, se puso
en pie como impulsado por resorte y avanzó uno o dos pasos
cortos. Al verlo fruncir los ojos y extender la mano hacia sus
amigos, no hubiera sido posible dudar de que diría algo
extremadamente fino, interesante y culto.
—No lo crean ustedes —dijo—. La fortuna es veleidosa,
caballeros, y alguna vez tendrá que estar con nosotros. Por lo
demás, tengo el presentimiento de que hoy venceremos al
argentino, en caso de que éste...—hubo una pulcra reticencia—,
en caso de que no juegue con malas artes. Hizo una pequeña
inclinación con el busto y se afirmó de espaldas en la mesa, al
parecer muy satisfecho de sus anteriores palabras. Los ojos del
español de la barba morena brillaron con intensidad.
—¡No ha sido muy veleidosa, la fortuna, no! ... Cuatro viajes ha
hecho el maldito tío y en ninguno ha dejado de limpiarnos el
bolsillo. Desde que vino la primera vez, hace..., ¿recuerda
usted? ...
Se volvió interrogando a un paisano suyo que estaba sentado a
horcajadas en una silla.
—Hace seis años —respondió éste con pausa, después de chupar
largamente su habano.
— ¡Cinco! —corregí con presteza—. Coincide su primer viaje con
la muerte de nuestro amigo don Eduardo. Hace cinco años justos.
No pensé que mis palabras pudieran producir semejante efecto.
Todos callaron y abatieron el rostro. No pude menos que
estremecerme: hubiera jurado haber visto pasar, fugitivamente,
por delante de nosotros, la sombra del suicida.
La lluvia arreció en ese momento. La pequeña ventana que daba al
patio se abrió y volvió a cerrar con fuerza.
—¡Ahó, ahóo! —repetía el murmullo de los jugadores de dominó.
Poco después sentimos ruidos de pasos y voces broncas que se
acercaban. Se abrió la puerta. Hubo una exclamación general. Era
el argentino que llegaba con dos más de nuestros amigos. Saludó
cordialmente, y mientras se quitaba una larga manta de castilla
que casi lo cubría hasta los pies, nos habló con voz gruesa,
dominante, un poco cantada:
—Están ustedes muy fúnebres, che... ¿Qué les pasa? ... ¡Cuenten,
pues!
Nos habíamos puesto en pie, y poco después nos sentamos
alrededor de la mesa, en silencio. Se diría que nos aprestábamos
a un duelo a muerte. El argentino tomó su asiento en la cabecera
y abrió uno de los naipes nuevos que se guardaban en gran
cantidad en los cajones de la mesa.
Ya íbamos a empezar, cuando se abrió de nuevo la puerta...
Algunos tornaron nerviosamente la cabeza.
Era el jovencito del capote de goma quien regresaba.
—¿Saben? —dijo, avanzando hacia nosotros con expresión
misteriosa—. ¿Saben?
Nos volvimos hacia él.
—¡Empecemos! —dijo el argentino con impaciencia.
Pero nadie hizo caso de su tono imperioso. Presentíamos una
noticia emocionante.
—¡He tenido un encuentro! —principió el joven después de mirar
hacia todos lados con recelo—. ¿A que no adivinan con quién?
Interrogamos con la mirada.
-... ¡ Con don Eduardo! ... —concluyó por fin.
Había dejado caer estas palabras con lentitud, metiendo las
manos en el bolsillo delantero del pantalón y abriendo
extremadamente los ojos. Varias exclamaciones de duda se
levantaron en torno de la mesa.
— ¡ Eh!
—¡ Bah!
—¡Baah!
Se deseó creer en una broma.
—Con don Eduardo o con su sombra —corrigió el joven, un poco
amostazado—. Pero, de todos modos, pronto saldremos de dudas: me
ha dicho que le reserváramos un puesto. Preguntó primero si
jugaba hoy el argentino...
Titubeó de nuevo y se corrigió:
—El señor Morales.
—No puede ser, joven —saltó el caballero pequeño, de elegantes
maneras.
—Repito que eso no puede ser... La cordura y la experiencia nos
autorizan para dudar de sus palabras, joven. Don Eduardo murió
hace cinco años.
—No somos chiquillos —afirmó jovialmente el español de negra
barba—. Nuestro paisano estará ya comido y requetecomido por los
gusanos, ¡ya lo creo!
Nadie pareció con deseos de reír. Sólo el argentino había dejado
las cartas al oír pronunciar su nombre; conservaba su expresión
irónica.
—Empecemos no más, che —dijo.
—Créanme, señores... Yo no pretendo engañar a nadie —insistió el
joven—. Interponiéndose entre la puerta del hotel y yo, me dijo:
“Dígales a Morales y sus compañeros que tenemos cuenta pendiente
y que la saldaremos”. Era su misma voz, señores, su mismo modo
de hablar un poco nervioso, fatigado en el fondo, su mismo modo
de inclinarse hacia las personas.
—¿Pero no le vio la cara?
—No pude verlo, porque se envolvía en larga capa española, e iba
embozado hasta los ojos, con el ancho sombrero de fieltro echado
hacia adelante...
—Permítanme, señores... —dijo el caballero de los elegantes
modales, avanzando y haciendo un gesto de complicidad a los
jugadores—. Dígame, joven: ¿Lo encontró a la vuelta o a la ida
de su casa?
—A la vuelta.
—¿Podría decirme en qué parte, más o menos?
- Volvía de mi casa, a trancos largos para no retrasarme, cuando
vi que me salía al paso, en la obscuridad, un bulto negro.
“¡Algún transeúnte!”, pensé, y le cedí el camino. Pero la sombra
se detuvo y me tocó el brazo.
“—¿Va usted para el hotel? —me dijo.
“—Sí, para el hotel.
“—¿A la sala verde? —volvió a preguntar.
“No respondí; comencé a sentirme extrañado por el
interrogatorio.
“— No me mire usted con esa desconfianza —me dijo el
desconocido—; soy Eduardo San Juan...
“—¡Imposible! —repliqué, apartándome de un salto.
“—Es la verdad, ése es mi nombre... ¿Hoy llegó el argentino?
—volvió a preguntar.
“Le repliqué que sí con un movimiento.
“—No lo interrumpo por más tiempo, entonces —me dijo, y agregó
lo que ya les he repetido—: Dígales a Morales y a sus compañeros
que dentro de una hora estaré con ellos...
“Y eso es todo.
Guardamos silencio. El mismo argentino pareció un poco inquieto.
Su rostro bronceado se contrajo con mueca de disgusto.
—¿Dentro de una hora? —preguntó con calma aparente.
—Sí —respondió el joven.
—¿Ha dicho “mi puesto”? —volvió a preguntar.
—Sí. Dijo: que se me reserve mi puesto.
—Bueno... Entonces no cabe duda... Es él en persona —concluyó el
argentino con acento burlón—. Hagamos lo que Juan Tenorio,
che... Reservémosle su lugar.
—Permítanme, caballeros —dijo aún el vejete de las maneras
finas—:
¡ Es imposible!... La ciencia y la experiencia...
—Ya está, pues, che, ¡ comencemos! —volvió a repetir el
argentino con fastidiado acento.
Poco después empezamos a jugar. Pero, a pesar de los esfuerzos
de los jugadores, no pudo establecerse esa aparente cordialidad
que reina en las mesas de juego. Todos estábamos inquietos,
atentos más al ruido venido del exterior que a las mismas
cartas.
Al cabo de un momento el caballero de los buenos modales volvió
a insistir:
—¿Dígame, joven..., era su misma voz? ... ¿No había ninguna
diferencia entre el desgraciado amigo muerto y su fantasma?
—Era su misma voz, sí, de eso estoy seguro; aunque no podría
asegurar que...
—Hable usted.
—Me pareció notar un poco de diferencia en la estatura. Este don
Eduardo parecía más alto y más delgado que el otro.
El caballero sonrió con satisfacción.
—¿Ven ustedes?. Ya se comienza a ver claro.
Y volviéndose a los jugadores preguntó:
—¿Ninguno sabe si don Eduardo tenía algún hijo? Una luz alumbró
mi espíritu. Me pareció oportuno interceder.
—Fuera de los que todos conocemos, no. . . —dije.
—Esos son demasiado niños. Pero sé de uno que tenía, el mayor,
ausente del hogar desde pequeño, y que debía estar en las minas
del Norte o en Bolivia.
- ¡Ah!
Se oyó un suspiro de satisfacción. Los jugadores volvieron a
tomar sus cartas.
—¡Claro! —dijo el español de barba nazarena—. El fantasma
aparecido al amigo Segovia no es otro que el hijo del difunto y
que, por ser el mayor, seguramente lleva el mismo nombre del
padre. ¡ Valiente fantasma!
Pero, a pesar de todo, los rostros permanecieron serios,
preocupados.
Los jugadores de dominó se levantaron discutiendo y poco después
se oía el ruido de sus voces que se alejaban por el corredor.
Se jugaba póquer, en silencio, usando apenas las palabras
necesarias.
—¿Real?
- ¡Sencilla!
—¡Paso!
Sobre las latas del techo y sobre los vidrios de la ventana
repiqueteaba la lluvia con mayor fuerza.
Alrededor de la mesa central había escasamente quince jugadores.
El argentino, en la cabecera, tallaba diestramente. Frente a él,
un asiento vacío. Las mesitas, alrededor de la sala, permanecían
asimismo vacías y en penumbras. Alguien consultó el reloj. De
vez en cuando alguno volvía con recelo la cabeza. Las manos
sobre el tapete verde temblaban ligeramente al coger las cartas.
¡ Cosa extraña! Yo también sentía un vago malestar. ¿Miedo?
¡Pero a qué!... Era evidente que todos esperábamos un
acontecimiento extraordinario. Nada nos hubiera extrañado ver
abrirse las paredes de la sala para dar paso a la figura
ensangrentada del suicida. Instintivamente, mientras jugaba,
principié a recordar.
Primero lo imaginé tal como lo viera en los últimos días:
errabundo, con la mirada distraída, azorado. Pedía préstamos a
sus camaradas para irlos a tirar sobre el tapete con desesperada
obsesión. ¡ Lo que debió de sufrir aquel hombre! ¡Quizá esperaba
resarcirse milagrosamente de sus continuas pérdidas! ¿ Cómo pudo
ese caballero pundonoroso y lleno de nativa altivez llegar hasta
ese extremo? Yo lo vi extender la mano a uno de sus
compatriotas... Tuve vergüenza al escuchar la descarnada
negativa.
Recordé el último día. Don Eduardo había hecho salir
precipitadamente del pueblo a la familia, con cualquier
pretexto, para vender los muebles de su casa. Aquella noche, al
colocar sus últimos dineros sobre el tapete, no denotaba su
emoción sino por la intensa palidez de su rostro. Poco después
jugaba como si estuviera distraído: con la mirada vaga, puesta
en quizá qué lívidas regiones de éste u otro mundo. Sólo cuando
los últimos centavos pasaron a poder de su rival, pareció
experimentar cierta zozobra. Miró por un instante con ávidos
ojos las fichas que tenía su camarada del frente, precisamente
el argentino, y que representaban todas sus ilusiones, su
crédito como hombre de negocios, su bienestar como padre de
familia, y por un instante temí que se arrojara sobre el
infortunado e implacable despojador de sus esperanzas últimas...
No se movió, sin embargo, y apenas pudimos escuchar un balbuceo
en sus labios, un grito comprimido, débil, como la súplica de un
niño. ¿ Qué decía? ¡ Pedía un crédito sobre su palabra! ¡ Una
hora más de agonía merced a la generosidad de su contendor¡
Entonces oímos la réplica dura, cortante como una cuchillada:
—No presto mi dinero a personas sin responsabilidad.
Salió un gemido de su pecho y lo vimos deslizarse hacia el
exterior como una sombra insignificante, anulado bajo el peso de
la vergüenza.
Una hora después se le encontraba tendido en su lecho del hotel,
en medio de un charco de sangre, tan grande, que ni una sábana
bastó para enjugarla.
Después: la consternación de los compañeros de juego que veían
en este episodio un anuncio del probable fin que pudieran tener
sus vidas; la capilla ardiente, el derroche de coronas, pequeña
fortuna en flores de trapo, porcelana o latón pintado, para
cubrir los restos de aquel que ya nada pedía, ni aun las
miserables monedas que poco antes le fueron negadas. Un cuarto
tapizado hasta el techo de coronas entre las que se leían
—aisladas flores cándidas— dedicatorias familiares: “Tilita, a
su querido papá”... ¡ Ah!, ¡ la inocente! No sabía nada de la
miseria humana que le arrebataba a su “querido papá” cuando aún
ella permanecía libre del envenenado contacto. No sabía que
muchos de los que allí la rodeaban con la compasión en el rostro
serían más tarde capaces de perderla, dejarla morir de hambre y
volverle la espalda.
En medio de las flores y de los velones encendidos estaba el
túmulo, con el magnífico ataúd que le costeaba la vanidad
humana; a través del cristal de la testera podía verse el rostro
del fenecido. Lívido y noble. Severa su hermosura. Una leve
manchita roja, circular, en las sienes, recordaba el trágico fin
de una vida señalada por mano negra. Vida inquieta, fatal,
laboriosa y vacua. En sus labios ligeramente plegados, dijérase
que vagaba desvanecida sonrisa de amargura e interrogación. ¿Por
qué, para qué su vida? ¿Aquella vida que nació y vivió aislada
de la grosería de sus semejantes, empecinada en el trabajo,
errabunda y susceptible? ¡ Pobre don Eduardo!
Después, el acompañamiento mortuorio, hasta el cementerio. El
cielo obscuro, amenazante; las calles cubiertas de lodo, y
luego, la coincidencia extraña de la tempestad que se descargó
furiosamente en el instante mismo en que la comitiva emprendía
la marcha. Saltando charcas, defendiéndose con el paraguas de la
lluvia y el viento, sólo algunos pocos llegaron al cementerio.
En silencio, condujeron el ataúd hasta la boca de la sepultura:
de piedra, húmeda, cubierta de musgo verde, llorosa de goteras.
Allí quedó, sin discursos ni responsos.
En los primeros días que siguieron a su muerte, los jugadores se
retrajeron de sus nocturnas reuniones, en honor del amigo común;
pero, a medida que el tiempo disipaba el fantasma, poco a poco
volvieron a los antiguos hábitos. Y ahí estaban, después de
cinco años, los mismos, sustituido el muerto por alguno nuevo,
hijo de un antiguo jugador.
Los mismos. El enjuto caballerete de finos modales, ex
gobernador del pueblo; aquel personaje de elevada estatura, de
grandes bigotes y voz recia de sargento, gobernador actual; el
juez, el secretario del juzgado, perseguidores de ajenos
delitos, pero ciegos ante sus propios vicios. Allí está el
garito destrozador de hogares, portador de fiebres e
inquietudes. Y allí estaba también el extranjero invencible, el
orgulloso tallador argentino, con su voz bronca y canturreada,
con inflexiones traidoras que hacían recordar el onduloso
rastrear de las serpientes; con su rostro moreno, curtido por el
aire de las pampas y cruzado por honda cicatriz. El mismo
argentino que dijera en la noche memorable, con voz dura: “No
presto mi dinero a personas sin responsabilidad”.
Los mismos. Congregados por el tedio de las poblaciones
pequeñas, después de un lustro, bajo la claridad verdosa de las
pantallas, subordinados al imperio de misteriosa mano. La noche
de tormenta; Ja lluvia cayendo sobre el zinc del techo y en los
cristales de las ventanas; el monótono ruido de las fichas al
deslizarse en el tapete y las fúnebres voces:
—¡Juego!
—¡Paso!
—¡Chipe por diez!
Todo igual. Sólo faltaba el muerto. Y ahí estaba el asiento
vacío, esperando al misterioso hijo venido de tierras lejanas.
Se oyeron pasos en el corredor. La lluvia redobló el ruido en
los cristales. Las miradas se fijaron ansiosamente en la
entrada. Algunas manos temblaron con mayor intensidad... La
puerta se abrió por fin y las luces vacilaron en contacto con el
viento exterior. Un juramento cortó la expectación general: era
el argentino, que se había puesto bruscamente en pie. Ruido de
sillas; agitación.
Algunas voces aterradas:
-¡Él!...
De pie en el umbral de la puerta, sumido casi en las sombras que
llenaban el corredor, había un hombre.
—Veo que no se me esperaba, señores... —--dijo al cabo de un
momento, con voz lenta, el forastero——. Soy Eduardo San Juan,
hijo de uno del mismo nombre que murió aquí hace cinco años.
Pienso arriesgar lealmente mi fortuna en una revancha póstuma...
No se me reciba, pues, como a un salteador de caminos.
Se quitó rápidamente la capa, la colgó en un clavo de la percha
y avanzó gentilmente hacia el grupo de jugadores.
¿Qué pasó en aquella noche después de su llegada? ... Todo se me
aparece como sueño de pesadilla. Era la voz del difunto, su
semblante, sólo un poco más delgado y joven, y menos noble. El
mismo modo de distribuir las cartas.
Un grupo de hombres temblorosos, agrupados alrededor de la mesa,
como apresados por fuerza hipnótica, con las facciones
desencajadas, oyendo la voz de aquel fantasma que hablaba
sonriendo irónicamente:
—¿Recuerdan a mi padre, señores? ... ¡Quizá mejor que yo mismo!
¡ Tuvo mala suerte! ¡ Pero era un hombre bueno!
Un grupo de ojos en derredor de aquellos ojos tranquilos, que
parecían lanzar fugitivos dardos, entre sonrisas de
benevolencia, ordenando a la suerte como esclava.
—¡Sí, señores! Yo era niño, entonces. Salí a conocer el mundo.
La boca y los ojos del recién llegado sonreían; las manos
recogían el dinero disperso llevándolo al montón suyo, que iba
creciendo. Las manos, ligeramente temblorosas, revolvían el
naipe con agilidad. Manos grandes, fatigadas, de largos dedos,
semejantes a las del muerto, quizá un poco más jóvenes, quizás
un poco más cansadas. En la penumbra verdosa, cuando los ojos se
fijaban en ellas, daban la impresión de que eran las mismas del
muerto, que se agitaban febriles para palpar el tapete, el
naipe; y que se alargaban hasta tocar el rostro y las manos de
los circunstantes, hasta oprimirles el pecho y removerles el
corazón. Huían, luego, ágiles, burlonas, arrastrando el dinero
de los pequeños montones hacia el gran montón suyo.
—¡Cuántas cosas he visto! ¡He visto madres explotando a sus
hijos; hijos explotando a sus madres!... ¡Hermanos a los
hermanos! ¡El mundo se halla dividido en dos bandos: uno que
engulle y otro que sirve de festín..., y ¡ ay! de los que forman
el segundo! ... ¡ La vida es un juego de azar!
Y el grupo de jugadores se estrechaba, febril, sonambulesco. Los
más débiles, estrujados como limones y arrojados como cáscaras,
rodeaban ahora a los más afortunados. El hijo —sombra del
suicida— se agrandaba, se hacía omnipotente, reía de la suerte,
blasfemaba. El póquer se cambió en bacará.
—¡Carril!
— ¡ Va!
—¡Juego!
— ¡ Va!
El viento hacía rechinar los maderos de las ventanas y vacilar
las lámparas que parecían extenuarse en la atmósfera cálida y
pesada. Los rostros de los jugadores parecían más lívidos aún en
medio de las luces verdosas que devolvían las pantallas.
—A mi padre le cayó en suerte un mal punto. ¡En vez de engullir,
fue engullido! ¡ Desde que comprendí esto, le cobré un gran
cariño!
La voz se hacía siniestra, los ojos despedían rayos malignos y
las manos arrastraban febrilmente el dinero. Ahora profería
palabras mordaces. La lluvia atronaba sobre el techo.
—¡Dos mil!
— ¡ Va!
—¡Vaa!
Un hombre se levanta en medio de los vencidos. Sin duda es el
mismo suicida. Sus manos guardan el dinero.
Una lámpara parpadea angustiosamente, y, por fin, se extingue.
La lluvia ha cesado. Amanece.
—Desde entonces he soñado con la revancha. ¡ Hela aquí! ¡ No
siempre se repite una misma historia!
¿ Cómo salió? No podría decirlo.
Cuando nos repusimos del asombro, ya el vengador no estaba entre
nosotros. Las primeras luces del alba se arremolinaban en las
ventanas. Una lámpara esparcía aún su luz agonizante sobre un
grupo de rostros cadavéricos. Sobre la mesa, en el tapete verde,
algunos platillos vacíos; en el centro, estrujado, como
avergonzado de una derrota, el naipe de bacará...
Yo tenía la garganta seca, deseos de beber. Afuera cantaban los
gallos.
|
|
|
Volver
| |
 | |