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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVAN PUGA ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo
 

EL VENGADOR


Cinco años justo después del suicidio de don Eduardo en uno de los pueblos de la Frontera, nos reuníamos los habituales parroquianos del bacará en la misma sala en que el malogrado caballero perdió el último resto de su fortuna. Fue allí también donde creció el fantasma de su muerte.
Aún no empezaba el juego. Fumábamos sentados en derredor de las mesas, charlando bajo las verdosas pantallas de las lámparas, sin prestarles gran atención a las palabras.
No cabía duda de que alguna idea común preocupaba los espíritus; mejor, un sentimiento indefinible, traducido apenas en vago malestar. Sin embargo, no cruzó por mi mente el menor recuerdo del amigo suicida.
Hubo momentos, sí, en que todos nos quedamos en silencio, con Ja vista en el suelo, como si persiguiéramos una fugitiva visión. Sólo se escuchaba entonces el murmullo que producían, con sus voces apagadas y sus largas exclamaciones, tres o cuatro forasteros que se habían retirado en un ángulo de la pieza a distraer el tiempo jugando al dominó. Alguien restregaba las fichas en la mesa.
—Con ésta empato —decía una voz, distintamente.
—¡ Ah!
—¡Oh! —parecían responder otras voces.
Un portazo resonó en el exterior. Alguien discutía en los pasillos del hotel. Un lento golpeteo se escuchó en la techumbre; comenzaba la lluvia.
—Buen aguacero —dijo alguien en nuestro grupo.
—Tendremos para algunos días —respondió otro lanzando un grueso suspiro.
Un joven pequeño y regordete se puso en pie con movimiento rápido y se dio una palmada en la frente.
—¿Qué hay? —preguntaron varios al mismo tiempo.
—Nada —dijo el joven—. Que he olvidado en casa mi capote de goma.
—Pues... ¡mandarlo buscar con un mozo!... —aconsejó alguien.
—No —dijo el joven, dando algunos pasos con nerviosidad—; iré yo mismo.
Tomó un sombrero de la percha y se dirigió con ligeros pasos hacia la puerta.
—No tardes —le advirtió un amigo—; ya sabes que hoy tendremos al argentino, y hay que darle fuerte.
—¡No faltaba más! —dijo el joven con vehemencia.
Se alejó el ruido de sus pasos en la galería. La lluvia caía con sordo ruido sobre el techo.
—¡El as! —exclamaba uno de los jugadores.
—¡Ahó!, ¡ahó!, ¡ahóo! —continuaba el murmullo de voces.
—¡Van cinco! —añadía el primero con voz estridente.
Aún no se habían encendido todas las lámparas. Sobre la mesa central, alrededor de la que estábamos agrupados la mayor parte, dos grandes pantallas verdes dejaban caer haces de luz. El resto de la habitación. sobre todo el cielo raso, quedaba en penumbras. Nuestros cuerpos dividíanse en dos zonas, una luminosa y otra que se diluía en la sombra, haciéndose más espiritual, de más intensa expresión. Los ojos brillaban como fugaces llamaradas, encendiéndose, apagándose simultáneamente. Nos observábamos unos a otros. Pero nadie parecía dispuesto a expresar el pensamiento común que nos oprimía.
—¿Hoy llegó el argentino? —preguntó alguien con voz grave y pausada.
—Ayer —respondió un hombre corpulento, de negra barba partida en dos lóbulos, en la parte inferior del rostro. Su pronunciación tenía marcado acento español. Agregó jovialmente—: Vendrá a desvalijamos, como de costumbre.
Un hombrecito flaco, de rostro enjuto, perfectamente rapado, a excepción del escaso bigote que caía con cuidada mesura, se puso en pie como impulsado por resorte y avanzó uno o dos pasos cortos. Al verlo fruncir los ojos y extender la mano hacia sus amigos, no hubiera sido posible dudar de que diría algo extremadamente fino, interesante y culto.
—No lo crean ustedes —dijo—. La fortuna es veleidosa, caballeros, y alguna vez tendrá que estar con nosotros. Por lo demás, tengo el presentimiento de que hoy venceremos al argentino, en caso de que éste...—hubo una pulcra reticencia—, en caso de que no juegue con malas artes. Hizo una pequeña inclinación con el busto y se afirmó de espaldas en la mesa, al parecer muy satisfecho de sus anteriores palabras. Los ojos del español de la barba morena brillaron con intensidad.
—¡No ha sido muy veleidosa, la fortuna, no! ... Cuatro viajes ha hecho el maldito tío y en ninguno ha dejado de limpiarnos el bolsillo. Desde que vino la primera vez, hace..., ¿recuerda usted? ...
Se volvió interrogando a un paisano suyo que estaba sentado a horcajadas en una silla.
—Hace seis años —respondió éste con pausa, después de chupar largamente su habano.
— ¡Cinco! —corregí con presteza—. Coincide su primer viaje con la muerte de nuestro amigo don Eduardo. Hace cinco años justos.
No pensé que mis palabras pudieran producir semejante efecto. Todos callaron y abatieron el rostro. No pude menos que estremecerme: hubiera jurado haber visto pasar, fugitivamente, por delante de nosotros, la sombra del suicida.
La lluvia arreció en ese momento. La pequeña ventana que daba al patio se abrió y volvió a cerrar con fuerza.
—¡Ahó, ahóo! —repetía el murmullo de los jugadores de dominó.
Poco después sentimos ruidos de pasos y voces broncas que se acercaban. Se abrió la puerta. Hubo una exclamación general. Era el argentino que llegaba con dos más de nuestros amigos. Saludó cordialmente, y mientras se quitaba una larga manta de castilla que casi lo cubría hasta los pies, nos habló con voz gruesa, dominante, un poco cantada:
—Están ustedes muy fúnebres, che... ¿Qué les pasa? ... ¡Cuenten, pues!
Nos habíamos puesto en pie, y poco después nos sentamos alrededor de la mesa, en silencio. Se diría que nos aprestábamos a un duelo a muerte. El argentino tomó su asiento en la cabecera y abrió uno de los naipes nuevos que se guardaban en gran cantidad en los cajones de la mesa.
Ya íbamos a empezar, cuando se abrió de nuevo la puerta... Algunos tornaron nerviosamente la cabeza.
Era el jovencito del capote de goma quien regresaba.
—¿Saben? —dijo, avanzando hacia nosotros con expresión misteriosa—. ¿Saben?
Nos volvimos hacia él.
—¡Empecemos! —dijo el argentino con impaciencia.
Pero nadie hizo caso de su tono imperioso. Presentíamos una noticia emocionante.
—¡He tenido un encuentro! —principió el joven después de mirar hacia todos lados con recelo—. ¿A que no adivinan con quién?
Interrogamos con la mirada.
-... ¡ Con don Eduardo! ... —concluyó por fin.
Había dejado caer estas palabras con lentitud, metiendo las manos en el bolsillo delantero del pantalón y abriendo extremadamente los ojos. Varias exclamaciones de duda se levantaron en torno de la mesa.
— ¡ Eh!
—¡ Bah!
—¡Baah!
Se deseó creer en una broma.
—Con don Eduardo o con su sombra —corrigió el joven, un poco amostazado—. Pero, de todos modos, pronto saldremos de dudas: me ha dicho que le reserváramos un puesto. Preguntó primero si jugaba hoy el argentino...
Titubeó de nuevo y se corrigió:
—El señor Morales.
—No puede ser, joven —saltó el caballero pequeño, de elegantes maneras.
—Repito que eso no puede ser... La cordura y la experiencia nos autorizan para dudar de sus palabras, joven. Don Eduardo murió hace cinco años.
—No somos chiquillos —afirmó jovialmente el español de negra barba—. Nuestro paisano estará ya comido y requetecomido por los gusanos, ¡ya lo creo!
Nadie pareció con deseos de reír. Sólo el argentino había dejado las cartas al oír pronunciar su nombre; conservaba su expresión irónica.
—Empecemos no más, che —dijo.
—Créanme, señores... Yo no pretendo engañar a nadie —insistió el joven—. Interponiéndose entre la puerta del hotel y yo, me dijo: “Dígales a Morales y sus compañeros que tenemos cuenta pendiente y que la saldaremos”. Era su misma voz, señores, su mismo modo de hablar un poco nervioso, fatigado en el fondo, su mismo modo de inclinarse hacia las personas.
—¿Pero no le vio la cara?
—No pude verlo, porque se envolvía en larga capa española, e iba embozado hasta los ojos, con el ancho sombrero de fieltro echado hacia adelante...
—Permítanme, señores... —dijo el caballero de los elegantes modales, avanzando y haciendo un gesto de complicidad a los jugadores—. Dígame, joven: ¿Lo encontró a la vuelta o a la ida de su casa?
—A la vuelta.
—¿Podría decirme en qué parte, más o menos?
- Volvía de mi casa, a trancos largos para no retrasarme, cuando vi que me salía al paso, en la obscuridad, un bulto negro. “¡Algún transeúnte!”, pensé, y le cedí el camino. Pero la sombra se detuvo y me tocó el brazo.
“—¿Va usted para el hotel? —me dijo.
“—Sí, para el hotel.
“—¿A la sala verde? —volvió a preguntar.
“No respondí; comencé a sentirme extrañado por el interrogatorio.
“— No me mire usted con esa desconfianza —me dijo el desconocido—; soy Eduardo San Juan...
“—¡Imposible! —repliqué, apartándome de un salto.
“—Es la verdad, ése es mi nombre... ¿Hoy llegó el argentino? —volvió a preguntar.
“Le repliqué que sí con un movimiento.
“—No lo interrumpo por más tiempo, entonces —me dijo, y agregó lo que ya les he repetido—: Dígales a Morales y a sus compañeros que dentro de una hora estaré con ellos...
“Y eso es todo.
Guardamos silencio. El mismo argentino pareció un poco inquieto. Su rostro bronceado se contrajo con mueca de disgusto.
—¿Dentro de una hora? —preguntó con calma aparente.
—Sí —respondió el joven.
—¿Ha dicho “mi puesto”? —volvió a preguntar.
—Sí. Dijo: que se me reserve mi puesto.
—Bueno... Entonces no cabe duda... Es él en persona —concluyó el argentino con acento burlón—. Hagamos lo que Juan Tenorio, che... Reservémosle su lugar.
—Permítanme, caballeros —dijo aún el vejete de las maneras finas—:
¡ Es imposible!... La ciencia y la experiencia...
—Ya está, pues, che, ¡ comencemos! —volvió a repetir el argentino con fastidiado acento.
Poco después empezamos a jugar. Pero, a pesar de los esfuerzos de los jugadores, no pudo establecerse esa aparente cordialidad que reina en las mesas de juego. Todos estábamos inquietos, atentos más al ruido venido del exterior que a las mismas cartas.
Al cabo de un momento el caballero de los buenos modales volvió a insistir:
—¿Dígame, joven..., era su misma voz? ... ¿No había ninguna diferencia entre el desgraciado amigo muerto y su fantasma?
—Era su misma voz, sí, de eso estoy seguro; aunque no podría asegurar que...
—Hable usted.
—Me pareció notar un poco de diferencia en la estatura. Este don Eduardo parecía más alto y más delgado que el otro.
El caballero sonrió con satisfacción.
—¿Ven ustedes?. Ya se comienza a ver claro.
Y volviéndose a los jugadores preguntó:
—¿Ninguno sabe si don Eduardo tenía algún hijo? Una luz alumbró mi espíritu. Me pareció oportuno interceder.
—Fuera de los que todos conocemos, no. . . —dije.
—Esos son demasiado niños. Pero sé de uno que tenía, el mayor, ausente del hogar desde pequeño, y que debía estar en las minas del Norte o en Bolivia.
- ¡Ah!
Se oyó un suspiro de satisfacción. Los jugadores volvieron a tomar sus cartas.
—¡Claro! —dijo el español de barba nazarena—. El fantasma aparecido al amigo Segovia no es otro que el hijo del difunto y que, por ser el mayor, seguramente lleva el mismo nombre del padre. ¡ Valiente fantasma!
Pero, a pesar de todo, los rostros permanecieron serios, preocupados.
Los jugadores de dominó se levantaron discutiendo y poco después se oía el ruido de sus voces que se alejaban por el corredor.
Se jugaba póquer, en silencio, usando apenas las palabras necesarias.
—¿Real?
- ¡Sencilla!
—¡Paso!
Sobre las latas del techo y sobre los vidrios de la ventana repiqueteaba la lluvia con mayor fuerza.
Alrededor de la mesa central había escasamente quince jugadores. El argentino, en la cabecera, tallaba diestramente. Frente a él, un asiento vacío. Las mesitas, alrededor de la sala, permanecían asimismo vacías y en penumbras. Alguien consultó el reloj. De vez en cuando alguno volvía con recelo la cabeza. Las manos sobre el tapete verde temblaban ligeramente al coger las cartas. ¡ Cosa extraña! Yo también sentía un vago malestar. ¿Miedo? ¡Pero a qué!... Era evidente que todos esperábamos un acontecimiento extraordinario. Nada nos hubiera extrañado ver abrirse las paredes de la sala para dar paso a la figura ensangrentada del suicida. Instintivamente, mientras jugaba, principié a recordar.
Primero lo imaginé tal como lo viera en los últimos días: errabundo, con la mirada distraída, azorado. Pedía préstamos a sus camaradas para irlos a tirar sobre el tapete con desesperada obsesión. ¡ Lo que debió de sufrir aquel hombre! ¡Quizá esperaba resarcirse milagrosamente de sus continuas pérdidas! ¿ Cómo pudo ese caballero pundonoroso y lleno de nativa altivez llegar hasta ese extremo? Yo lo vi extender la mano a uno de sus compatriotas... Tuve vergüenza al escuchar la descarnada negativa.
Recordé el último día. Don Eduardo había hecho salir precipitadamente del pueblo a la familia, con cualquier pretexto, para vender los muebles de su casa. Aquella noche, al colocar sus últimos dineros sobre el tapete, no denotaba su emoción sino por la intensa palidez de su rostro. Poco después jugaba como si estuviera distraído: con la mirada vaga, puesta en quizá qué lívidas regiones de éste u otro mundo. Sólo cuando los últimos centavos pasaron a poder de su rival, pareció experimentar cierta zozobra. Miró por un instante con ávidos ojos las fichas que tenía su camarada del frente, precisamente el argentino, y que representaban todas sus ilusiones, su crédito como hombre de negocios, su bienestar como padre de familia, y por un instante temí que se arrojara sobre el infortunado e implacable despojador de sus esperanzas últimas... No se movió, sin embargo, y apenas pudimos escuchar un balbuceo en sus labios, un grito comprimido, débil, como la súplica de un niño. ¿ Qué decía? ¡ Pedía un crédito sobre su palabra! ¡ Una hora más de agonía merced a la generosidad de su contendor¡ Entonces oímos la réplica dura, cortante como una cuchillada:
—No presto mi dinero a personas sin responsabilidad.
Salió un gemido de su pecho y lo vimos deslizarse hacia el exterior como una sombra insignificante, anulado bajo el peso de la vergüenza.
Una hora después se le encontraba tendido en su lecho del hotel, en medio de un charco de sangre, tan grande, que ni una sábana bastó para enjugarla.
Después: la consternación de los compañeros de juego que veían en este episodio un anuncio del probable fin que pudieran tener sus vidas; la capilla ardiente, el derroche de coronas, pequeña fortuna en flores de trapo, porcelana o latón pintado, para cubrir los restos de aquel que ya nada pedía, ni aun las miserables monedas que poco antes le fueron negadas. Un cuarto tapizado hasta el techo de coronas entre las que se leían —aisladas flores cándidas— dedicatorias familiares: “Tilita, a su querido papá”... ¡ Ah!, ¡ la inocente! No sabía nada de la miseria humana que le arrebataba a su “querido papá” cuando aún ella permanecía libre del envenenado contacto. No sabía que muchos de los que allí la rodeaban con la compasión en el rostro serían más tarde capaces de perderla, dejarla morir de hambre y volverle la espalda.
En medio de las flores y de los velones encendidos estaba el túmulo, con el magnífico ataúd que le costeaba la vanidad humana; a través del cristal de la testera podía verse el rostro del fenecido. Lívido y noble. Severa su hermosura. Una leve manchita roja, circular, en las sienes, recordaba el trágico fin de una vida señalada por mano negra. Vida inquieta, fatal, laboriosa y vacua. En sus labios ligeramente plegados, dijérase que vagaba desvanecida sonrisa de amargura e interrogación. ¿Por qué, para qué su vida? ¿Aquella vida que nació y vivió aislada de la grosería de sus semejantes, empecinada en el trabajo, errabunda y susceptible? ¡ Pobre don Eduardo!
Después, el acompañamiento mortuorio, hasta el cementerio. El cielo obscuro, amenazante; las calles cubiertas de lodo, y luego, la coincidencia extraña de la tempestad que se descargó furiosamente en el instante mismo en que la comitiva emprendía la marcha. Saltando charcas, defendiéndose con el paraguas de la lluvia y el viento, sólo algunos pocos llegaron al cementerio. En silencio, condujeron el ataúd hasta la boca de la sepultura: de piedra, húmeda, cubierta de musgo verde, llorosa de goteras. Allí quedó, sin discursos ni responsos.
En los primeros días que siguieron a su muerte, los jugadores se retrajeron de sus nocturnas reuniones, en honor del amigo común; pero, a medida que el tiempo disipaba el fantasma, poco a poco volvieron a los antiguos hábitos. Y ahí estaban, después de cinco años, los mismos, sustituido el muerto por alguno nuevo, hijo de un antiguo jugador.
Los mismos. El enjuto caballerete de finos modales, ex gobernador del pueblo; aquel personaje de elevada estatura, de grandes bigotes y voz recia de sargento, gobernador actual; el juez, el secretario del juzgado, perseguidores de ajenos delitos, pero ciegos ante sus propios vicios. Allí está el garito destrozador de hogares, portador de fiebres e inquietudes. Y allí estaba también el extranjero invencible, el orgulloso tallador argentino, con su voz bronca y canturreada, con inflexiones traidoras que hacían recordar el onduloso rastrear de las serpientes; con su rostro moreno, curtido por el aire de las pampas y cruzado por honda cicatriz. El mismo argentino que dijera en la noche memorable, con voz dura: “No presto mi dinero a personas sin responsabilidad”.
Los mismos. Congregados por el tedio de las poblaciones pequeñas, después de un lustro, bajo la claridad verdosa de las pantallas, subordinados al imperio de misteriosa mano. La noche de tormenta; Ja lluvia cayendo sobre el zinc del techo y en los cristales de las ventanas; el monótono ruido de las fichas al deslizarse en el tapete y las fúnebres voces:
—¡Juego!
—¡Paso!
—¡Chipe por diez!
Todo igual. Sólo faltaba el muerto. Y ahí estaba el asiento vacío, esperando al misterioso hijo venido de tierras lejanas.
Se oyeron pasos en el corredor. La lluvia redobló el ruido en los cristales. Las miradas se fijaron ansiosamente en la entrada. Algunas manos temblaron con mayor intensidad... La puerta se abrió por fin y las luces vacilaron en contacto con el viento exterior. Un juramento cortó la expectación general: era el argentino, que se había puesto bruscamente en pie. Ruido de sillas; agitación.
Algunas voces aterradas:
-¡Él!...
De pie en el umbral de la puerta, sumido casi en las sombras que llenaban el corredor, había un hombre.
—Veo que no se me esperaba, señores... —--dijo al cabo de un momento, con voz lenta, el forastero——. Soy Eduardo San Juan, hijo de uno del mismo nombre que murió aquí hace cinco años. Pienso arriesgar lealmente mi fortuna en una revancha póstuma... No se me reciba, pues, como a un salteador de caminos.
Se quitó rápidamente la capa, la colgó en un clavo de la percha y avanzó gentilmente hacia el grupo de jugadores.


¿Qué pasó en aquella noche después de su llegada? ... Todo se me aparece como sueño de pesadilla. Era la voz del difunto, su semblante, sólo un poco más delgado y joven, y menos noble. El mismo modo de distribuir las cartas.
Un grupo de hombres temblorosos, agrupados alrededor de la mesa, como apresados por fuerza hipnótica, con las facciones desencajadas, oyendo la voz de aquel fantasma que hablaba sonriendo irónicamente:
—¿Recuerdan a mi padre, señores? ... ¡Quizá mejor que yo mismo! ¡ Tuvo mala suerte! ¡ Pero era un hombre bueno!
Un grupo de ojos en derredor de aquellos ojos tranquilos, que parecían lanzar fugitivos dardos, entre sonrisas de benevolencia, ordenando a la suerte como esclava.
—¡Sí, señores! Yo era niño, entonces. Salí a conocer el mundo.
La boca y los ojos del recién llegado sonreían; las manos recogían el dinero disperso llevándolo al montón suyo, que iba creciendo. Las manos, ligeramente temblorosas, revolvían el naipe con agilidad. Manos grandes, fatigadas, de largos dedos, semejantes a las del muerto, quizá un poco más jóvenes, quizás un poco más cansadas. En la penumbra verdosa, cuando los ojos se fijaban en ellas, daban la impresión de que eran las mismas del muerto, que se agitaban febriles para palpar el tapete, el naipe; y que se alargaban hasta tocar el rostro y las manos de los circunstantes, hasta oprimirles el pecho y removerles el corazón. Huían, luego, ágiles, burlonas, arrastrando el dinero de los pequeños montones hacia el gran montón suyo.
—¡Cuántas cosas he visto! ¡He visto madres explotando a sus hijos; hijos explotando a sus madres!... ¡Hermanos a los hermanos! ¡El mundo se halla dividido en dos bandos: uno que engulle y otro que sirve de festín..., y ¡ ay! de los que forman el segundo! ... ¡ La vida es un juego de azar!
Y el grupo de jugadores se estrechaba, febril, sonambulesco. Los más débiles, estrujados como limones y arrojados como cáscaras, rodeaban ahora a los más afortunados. El hijo —sombra del suicida— se agrandaba, se hacía omnipotente, reía de la suerte, blasfemaba. El póquer se cambió en bacará.
—¡Carril!
— ¡ Va!
—¡Juego!
— ¡ Va!
El viento hacía rechinar los maderos de las ventanas y vacilar las lámparas que parecían extenuarse en la atmósfera cálida y pesada. Los rostros de los jugadores parecían más lívidos aún en medio de las luces verdosas que devolvían las pantallas.
—A mi padre le cayó en suerte un mal punto. ¡En vez de engullir, fue engullido! ¡ Desde que comprendí esto, le cobré un gran cariño!
La voz se hacía siniestra, los ojos despedían rayos malignos y las manos arrastraban febrilmente el dinero. Ahora profería palabras mordaces. La lluvia atronaba sobre el techo.
—¡Dos mil!
— ¡ Va!
—¡Vaa!


Un hombre se levanta en medio de los vencidos. Sin duda es el mismo suicida. Sus manos guardan el dinero.
Una lámpara parpadea angustiosamente, y, por fin, se extingue. La lluvia ha cesado. Amanece.
—Desde entonces he soñado con la revancha. ¡ Hela aquí! ¡ No siempre se repite una misma historia!
¿ Cómo salió? No podría decirlo.
Cuando nos repusimos del asombro, ya el vengador no estaba entre nosotros. Las primeras luces del alba se arremolinaban en las ventanas. Una lámpara esparcía aún su luz agonizante sobre un grupo de rostros cadavéricos. Sobre la mesa, en el tapete verde, algunos platillos vacíos; en el centro, estrujado, como avergonzado de una derrota, el naipe de bacará...
Yo tenía la garganta seca, deseos de beber. Afuera cantaban los gallos.
 
   

 

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