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EL JUGUETE ROTO
—¡No quiere, mira!
La voz del hombre se quebraba con inflexión dolorosa,
suplicante. Arrodillado en la alfombra de la habitación, junto a
su hijo, un pequeño de dos años, parecía él el niño, tan
desorientada y débil era la expresión de su rostro. En la pieza
contigua, la madre iba y volvía cantando en voz baja, como mujer
absorbida por sus tareas, sacudiendo. el polvo de los muebles,
colocando este libro en la mesa, aquél en el estante...
—¿No quiere? Pues déjalo...
Fue su respuesta en tono despreocupado, casi indiferente. El
hombre se puso en pie, agitadísimo. Tenía en sus manos un
pequeño juguete de latón. Una locomotora con la chimenea negra,
pintado de rojo el caldero y el fogón de verde sombrío. Sus
palabras destilaron amargas, con voz desfallecida:
—No es broma, Flora... Te ríes, pero... ¡ Como a ti nada te va!
Mira:
con este ya van tres..., tres juguetes que rechaza, que se
obstina en dejar abandonados... ¿Es natural, Flora?
La mujer nada respondió. Sus pasos rozaban ligeros, ágiles, por
la pieza vecina. El niño, oculto el rostro detrás de largos
tirabuzones de ébano, con la cabeza inclinada hacia el suelo,
tendido de codos, se obstinaba en levantar una torrecilla con
palitos de fósforos.
El padre avanzó hacia el umbral de la puerta de la pieza de su
mujer y prosiguió con tono agrio:
—¿También tú?... ¿Nada respondes, eh?... Es insoportable, Flora.
Aquí todos están complotados en mi contra. ¿Por qué estos
silencios, esta resistencia muda, esta hostilidad de...? ¡Y
claro! El niño ha de seguir la corriente...
La mujer se detuvo ante él.
—¡Pero, Enrique!...
Alta, hermosa, digna de porte ella; bajo, raquítico y pálido,
él, parecía insignificante al lado de su mujer. Sobre el rostro
flacucho llevaba la barba crecida de días y bajo el escaso
bigote, lacio, caído, cada vez que hablaba con violencia, dejaba
ver la boca con un diente menos...
—Todos sois unos... —vociferó con voz más estridente aún,
manoteando de modo lastimoso. Pero calló haciendo un ademán que
quería decir que mejor callaba, por no decir algo terrible; que
se lo guardaba.
La mujer replicó con sosiego:
—Te exasperas sin razón, Enrique.
Y tampoco dijo más. Su tono quieto, suave, de sonidos llenos,
parecía hacer vibrar un convencimiento de superioridad sobre el
marido, y, quizá, un poco de ocultísimo desprecio. Inclinóse
lentamente para coger una hebra de hilo blanco que manchaba la
nitidez del piso encerado y agregó, mirándolo a los ojos:
—¿Qué tiene de extraño que el niño rechace un juguete? ¿Y por
eso hemos de tener culpa “todos”? ¡Eres injusto, Enrique!
Hizo una pelotita con la hilacha recogida y se dirigió con pasos
dignos hacia una ventana. Así, vuelta de espaldas, agregó,
bajando débilmente la voz:
—¡Quizá tengas más culpa tú que nadie, Enrique!
El se turbó de modo visible y dejó caer los brazos con
desaliento. Hizo ademán de penetrar en la estancia, pero
retrocedió instintivamente. Se sentía extraño, solo, en aquel
cuarto velado a la luz externa por cortinas, penumbroso y
limpio, cuyos muebles despedían olor especial, sutilísimo; olor
a cosa antigua, a distinción, a salud, a reposo de pinos. En la
suave penumbra del cuarto, parecieron detenerlo los grandes
espejos biselados, profundos, quietos, como lagos de fondo de
bosque. Se contentó con hablar desde el umbral:
—Tal vez tengas razón, Flora... ¡ Pero, mira! Yo siento angustia
a causa de algo que parece flotar en la casa entera..., algo que
me oprime, que me estrecha, que me abofetea al cruzar las
habitaciones... Explícame tú, ¿qué puede ser?
Un leve encogimiento de hombros y un “¿estás loco?”, dicho con
distracción, lo hicieron detenerse. Sintió de nuevo la impresión
de un violento cerrar de puertas, y como que una voz, formada de
silencio y desprecio, lo hiciera callar... Suspiró, miró con
larga mirada hambrienta la pieza de su mujer y volvió la
espalda. El niño jugaba quietamente con los palillos de
fósforos. Había terminado dos torrecillas y empezaba una
tercera, pareciendo no preocuparle nada, fuera de su juego.
—¿No la quieres, Tito? —insistió el padre, alargando la
maquinilla.
El niño no levantó la vista. “Nuevo cerrar de puertas”, pensó el
hombre.
Miró al hijo con ternura, casi a punto de llorar, oprimido por
extraña angustia, y fue a sentarse en el fondo de la pieza, con
expresión de abatimiento. Era ahora más intensa la demacración
de su rostro, más apagado el brillo de sus ojos, más hondos los
surcos de las ojeras que se prolongaban a lo largo de las
mejillas como hondas cicatrices.
“¿Por qué me rechaza? ¿Por qué?”, insistía maquinalmente.
Pero era tonta su pregunta: él sabía por qué. ¡ Sí, lo sabía!...
Este conocimiento de su culpa lo llevaba clavado en el fondo del
alma y no lo hubiera confesado a nadie, ¡ ni siquiera a sí
mismo!
Antes, su niño no era así. El pequeño era la alegría de su vida,
con sus risas, sus mimos, sus balbuceos de ave que ensaya los
primeros cantos. “Papá, papá.” Lo volvía a ver de nuevo, alegre,
llamándolo, jugando en torno suyo, riendo... Era él quien
endulzaba la aspereza de sus tareas de comerciante acaudalado y
nadie como él para disipar las arrugas originadas por el largo
trajinar con fríos cálculos aritméticos, con clientes pesados y
tramposos, con dependientes gruñones y hostiles. Allí, en
aquella salita de juegos, encontraba la alegría de su vida
mísera de semiesclavo de sus propios empleados.
Porque su vida fue mísera y triste, antes de que llegara el
esperado retoño de su sangre. Toda una vida dedicada al
acumulamiento del centavo sobre el centavo, desde que saliera de
un rincón de la vieja España en busca de los tesoros de América.
Largos años detrás del mostrador, ejercitando el “espíritu
comercial de raza”, el espíritu ladino, empalagoso y servil de
hortera peninsular, recibiendo golpes del jefe, insultos de los
camaradas y el desprecio de los clientes. Ascensión lenta,
fatigosa y testaruda; larga catalepsia moral entre olores a
trapo y humedad de ratonera, para conseguir, por fin, la ansiada
libertad. ¡ Libertad, fortuna, a costa de la salud, de la
alegría y la confianza moral; convertido en un ser decrépito!
En el cuarto vecino cantaba dulcemente su mujer, deslizando los
pasos sobre el limpio encerado. Era la hora de siesta; hacía
calor. Un rayo de sol quebrábase en el pavimento y venía a tocar
los pies del hombre. Le molestaba esta luz candente, hervidora,
y entornó una persiana. Así, amortiguada la luz, se podía pensar
mejor. Sin embargo, el lazo de la corbata parecía apretar
demasiado el cuello y se sentía vagamente incómodo; luego una
mosca, zumbando, vino a posársele en la frente, hincando su
trompilla en la piel. Su mujer detuvo el canto.
¡Su mujer! En un tiempo la creyó salvación de su vida. Aquella
soberbia mujer que él admirara tanto cuando soltero, aquella
misma que cruzara por sus almacenes como una reina y que apenas
se dignaba señalar con un gesto “al humilde servidor” las
mercaderías de su agrado, aquella mujer ¡ fue suya al fin! ¡ El
sueño maravilloso!
Por desgracia, el encantamiento no duró mucho... Pronto hubo de
convencerse de que si era verdad que había comprado con el
matrimonio aquel hermoso cuerpo de mujer, su rostro bello, su
presencia en casa del afortunado comerciante, ¡ en cambio su
alma! ¡ Ah, debió comprender que su alma no le pertenecía, que
no le pertenecería jamás, que le era hostil por íntima
naturaleza!...
Entonces creyó encontrar compensación en el hijo: el heredero
sería eslabón entre la casa noble y la casa plebeya, entre los
caballeros de dorada espuela y el pechero que elabora el
castillo dorado con piltrafas de avaricia. ¡Con qué orgullo
solía presentar el hijo a sus amigos!
—¿Ven ustedes?... ¡Hermoso, verdad!
Y cuando el niño le decía “papá” con su vocecilla clara, con su
regalona y dulce entonación, el padre se sentía dichoso, noble y
fuerte. ¡ Ahora sí que había triunfado!
—¡Mamá, mamá!... ¡Mira, mamá!
Era el niño que concluía su obra. La madre no tardó en asomar
para sonreírle, dulce, complacida. El niño corrió hacia la
madre; ella se inclinó y le echó los brazos al cuello; ambos
juntaron las mejillas amorosamente. La mosca atacaba con furia
el rostro del hombre.
“¡ Cómo se parecen! —pensaba con angustia—. ¡ Cómo se entienden
¡ ...“
Se sintió extraño, muy lejos de ellos. El, raquítico, irascible,
enfermo, violento y débil; ellos, serenos, sanos, seguros de
sí»mismos... En nada se parecía el niño a él... Repasó en la
menté el rostro de todos sus amigos.., y tuvo un mal
pensamiento. Pero no, era una violencia propia de su carácter,
una de tantas que ocultaba de la vista del mundo, como lepra, en
el fondo de su espíritu. ¡ Malditos residuos canallescos,
recogidos con la mala sangre del arroyo y latentes como ojos
extraños, dispuestos a fulgurar al menor roce con el exterior! ¡
De nada podía culpar a ella! Era buena, era dulce, y de todo
este conjunto brotaba un no sé qué indefinible que le abofeteaba
en silencio. ¡ Quizás le hubiera placido una mujer menos
perfecta, con visillos de colérica, de gruñona, de casquivana,
pero no tan señora!
Madre e hijo salieron, tomados de la mano. En el suelo quedaron
las tres torrecillas, y a un lado, erguida sobre sus cuatro
ruedas, la pequeña locomotora de latón, de colores chillones,
como dispuesta a emprender una jornada. A su vista, el hombre
sintió que se le amargaba de nuevo la boca.
¿Por qué estaba así el niño?
Se lo preguntaba maquinalmente, como si no supiera que en el
fondo de su ser estaba la temida respuesta, pronta a hacerle
subir los colores al rostro, ¡El lo sabía, sí, lo sabía
demasiado! ... Porque no se trataba de esta maquinilla
solamente, de un juguete más o menos que le fuera desagradable,
sino de una calculada indiferencia por todo lo que del padre
provenía; un desprecio sordo, tenaz...
Ocurrió una tarde en que él y su hijo quedaron solos. La madre
había salido. La casa estaba en silencio.
El revisaba las cuentas del día. El niño jugaba a sus pies. De
pronto, ¡ cosas de niño!, sin que hubiera el menor motivo, se
puso a soplar furiosamente una bocinilla de metal que le
comprara el padre, días atrás. Soplaba, soplaba, y volvía a
soplar.
—¿Querrás callar?
El niño sopló con más fuerza.
—¿ Calla, Tito!
Nuevo trompetazo, más sonoro.
Entonces, en un momento de violencia, en una de esas cóleras
amarillas que lo volvían casi cadavérico, una de esas violentas
cóleras horteriles, él, que nunca castigaba a su hijo, lo cogió
rudamente por un brazo y lo golpeó en el rostro, ¡ en el bello y
querido rostro de ángel!... El niño lloró con desesperación, con
rabia, y el padre, ebrio, ciego, volvió a golpear la tierna
carne, y la volvió a golpear... Fue una angustia larga, un
desgarramiento loco del propio corazón paterno...
Y cuando, por fin, vuelto en sí, pretendió consolarlo, lo cogió
en brazos, lo besó y le mostró los grabados de una revista, y le
ofreció dulces y juguetes..., el niño volvió el rostro, hostil,
esquivo.
“¡Psch!, ya pasará”, se dijo Enrique, encogiéndose de hombros.
Pero desde ese día empezó para él un extraño martirio. Primero,
tuvo que sufrir el loco terror del niño cada vez que se le
acercaba; huía a esconderse detrás de las faldas de la madre.
“Ya pasará”, se decía el hombre tristemente.
Pero no pasó. Por el contrario, la aversión del hijo por el
padre pareció aumentar de día en día.
Una noche, mientras todos dormían, atisbando en el silencio, le
pareció al hombre oír débiles quejidos que partían de la cuna
del niño. Se levantó en puntillas. El niño dormía, pero su
rostro estaba contraído y levantaba los pequeños brazos como
para defenderse de golpes invisibles. El padre volvió a su cama,
sollozando, oprimido por una angustia igual que si le hubieran
arrebatado a su hijo para siempre. ¿Qué había pasado por aquella
pequeña alma orgullosa? ¿Habían renacido, acaso, con el brutal
castigo, las amortiguadas repugnancias de raza?... ¡Oh!, ¡su
niño querido! ¡Qué solo, qué triste había dejado el nido que le
fabricara en su corazón! ¡ Qué solo, qué solo!...
Abatió los brazos sobre el sillón. La atmósfera de la pieza se
le hacía cada vez más pesada. La mosca impertinente lo asaeteaba
con furia, como silo supiera indefenso, clavando su trompilla,
ya en los pómulos, ya en la frente, ya en los párpados. Del
interior llegaban ruidos de. voces, amortiguadas por las
paredes.
Se estremeció. Se acercaban pasos; la puerta se abrió. Eran la
madre y el hijo. Volvían de nuevo, cogidos amorosamente por la
mano. Atravesaron la pieza sin mirarle, sin advertir su
presencia. Al pasar, quizá por un casual descuido, quizá de
intento, el niño dio un golpe con el pie a la pequeña
locomotora. La maquinilla pareció quejarse, hizo zumbar sus
resortes, y, de pronto, sin que hubiera tiempo para detenerla,
se precipitó a todo correr de sus calderos de hojalata contra el
mueble más próximo. Un ligero chirriar de ruedas y luego quedó
inmóvil, con el vientre hacia arriba, como herida, como
implorando piedad. Madre e hijo se volvieron apenas. El, el
padre, se arrojó de bruces sobre el brazo del sillón y rompió a
llorar a sollozos... La mosca pareció redoblar su furia,
implacable, burlona, feroz.
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