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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVÁN  ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo

 

  EL JUGUETE ROTO


—¡No quiere, mira!
La voz del hombre se quebraba con inflexión dolorosa, suplicante. Arrodillado en la alfombra de la habitación, junto a su hijo, un pequeño de dos años, parecía él el niño, tan desorientada y débil era la expresión de su rostro. En la pieza contigua, la madre iba y volvía cantando en voz baja, como mujer absorbida por sus tareas, sacudiendo. el polvo de los muebles, colocando este libro en la mesa, aquél en el estante...
—¿No quiere? Pues déjalo...
Fue su respuesta en tono despreocupado, casi indiferente. El hombre se puso en pie, agitadísimo. Tenía en sus manos un pequeño juguete de latón. Una locomotora con la chimenea negra, pintado de rojo el caldero y el fogón de verde sombrío. Sus palabras destilaron amargas, con voz desfallecida:
—No es broma, Flora... Te ríes, pero... ¡ Como a ti nada te va! Mira:
con este ya van tres..., tres juguetes que rechaza, que se obstina en dejar abandonados... ¿Es natural, Flora?
La mujer nada respondió. Sus pasos rozaban ligeros, ágiles, por la pieza vecina. El niño, oculto el rostro detrás de largos tirabuzones de ébano, con la cabeza inclinada hacia el suelo, tendido de codos, se obstinaba en levantar una torrecilla con palitos de fósforos.
El padre avanzó hacia el umbral de la puerta de la pieza de su mujer y prosiguió con tono agrio:
—¿También tú?... ¿Nada respondes, eh?... Es insoportable, Flora. Aquí todos están complotados en mi contra. ¿Por qué estos silencios, esta resistencia muda, esta hostilidad de...? ¡Y claro! El niño ha de seguir la corriente...
La mujer se detuvo ante él.
—¡Pero, Enrique!...
Alta, hermosa, digna de porte ella; bajo, raquítico y pálido, él, parecía insignificante al lado de su mujer. Sobre el rostro flacucho llevaba la barba crecida de días y bajo el escaso bigote, lacio, caído, cada vez que hablaba con violencia, dejaba ver la boca con un diente menos...
—Todos sois unos... —vociferó con voz más estridente aún, manoteando de modo lastimoso. Pero calló haciendo un ademán que quería decir que mejor callaba, por no decir algo terrible; que se lo guardaba.
La mujer replicó con sosiego:
—Te exasperas sin razón, Enrique.
Y tampoco dijo más. Su tono quieto, suave, de sonidos llenos, parecía hacer vibrar un convencimiento de superioridad sobre el marido, y, quizá, un poco de ocultísimo desprecio. Inclinóse lentamente para coger una hebra de hilo blanco que manchaba la nitidez del piso encerado y agregó, mirándolo a los ojos:
—¿Qué tiene de extraño que el niño rechace un juguete? ¿Y por eso hemos de tener culpa “todos”? ¡Eres injusto, Enrique!
Hizo una pelotita con la hilacha recogida y se dirigió con pasos dignos hacia una ventana. Así, vuelta de espaldas, agregó, bajando débilmente la voz:
—¡Quizá tengas más culpa tú que nadie, Enrique!
El se turbó de modo visible y dejó caer los brazos con desaliento. Hizo ademán de penetrar en la estancia, pero retrocedió instintivamente. Se sentía extraño, solo, en aquel cuarto velado a la luz externa por cortinas, penumbroso y limpio, cuyos muebles despedían olor especial, sutilísimo; olor a cosa antigua, a distinción, a salud, a reposo de pinos. En la suave penumbra del cuarto, parecieron detenerlo los grandes espejos biselados, profundos, quietos, como lagos de fondo de bosque. Se contentó con hablar desde el umbral:
—Tal vez tengas razón, Flora... ¡ Pero, mira! Yo siento angustia a causa de algo que parece flotar en la casa entera..., algo que me oprime, que me estrecha, que me abofetea al cruzar las habitaciones... Explícame tú, ¿qué puede ser?
Un leve encogimiento de hombros y un “¿estás loco?”, dicho con distracción, lo hicieron detenerse. Sintió de nuevo la impresión de un violento cerrar de puertas, y como que una voz, formada de silencio y desprecio, lo hiciera callar... Suspiró, miró con larga mirada hambrienta la pieza de su mujer y volvió la espalda. El niño jugaba quietamente con los palillos de fósforos. Había terminado dos torrecillas y empezaba una tercera, pareciendo no preocuparle nada, fuera de su juego.
—¿No la quieres, Tito? —insistió el padre, alargando la maquinilla.
El niño no levantó la vista. “Nuevo cerrar de puertas”, pensó el hombre.
Miró al hijo con ternura, casi a punto de llorar, oprimido por extraña angustia, y fue a sentarse en el fondo de la pieza, con expresión de abatimiento. Era ahora más intensa la demacración de su rostro, más apagado el brillo de sus ojos, más hondos los surcos de las ojeras que se prolongaban a lo largo de las mejillas como hondas cicatrices.
“¿Por qué me rechaza? ¿Por qué?”, insistía maquinalmente.
Pero era tonta su pregunta: él sabía por qué. ¡ Sí, lo sabía!... Este conocimiento de su culpa lo llevaba clavado en el fondo del alma y no lo hubiera confesado a nadie, ¡ ni siquiera a sí mismo!
Antes, su niño no era así. El pequeño era la alegría de su vida, con sus risas, sus mimos, sus balbuceos de ave que ensaya los primeros cantos. “Papá, papá.” Lo volvía a ver de nuevo, alegre, llamándolo, jugando en torno suyo, riendo... Era él quien endulzaba la aspereza de sus tareas de comerciante acaudalado y nadie como él para disipar las arrugas originadas por el largo trajinar con fríos cálculos aritméticos, con clientes pesados y tramposos, con dependientes gruñones y hostiles. Allí, en aquella salita de juegos, encontraba la alegría de su vida mísera de semiesclavo de sus propios empleados.
Porque su vida fue mísera y triste, antes de que llegara el esperado retoño de su sangre. Toda una vida dedicada al acumulamiento del centavo sobre el centavo, desde que saliera de un rincón de la vieja España en busca de los tesoros de América.
Largos años detrás del mostrador, ejercitando el “espíritu comercial de raza”, el espíritu ladino, empalagoso y servil de hortera peninsular, recibiendo golpes del jefe, insultos de los camaradas y el desprecio de los clientes. Ascensión lenta, fatigosa y testaruda; larga catalepsia moral entre olores a trapo y humedad de ratonera, para conseguir, por fin, la ansiada libertad. ¡ Libertad, fortuna, a costa de la salud, de la alegría y la confianza moral; convertido en un ser decrépito!
En el cuarto vecino cantaba dulcemente su mujer, deslizando los pasos sobre el limpio encerado. Era la hora de siesta; hacía calor. Un rayo de sol quebrábase en el pavimento y venía a tocar los pies del hombre. Le molestaba esta luz candente, hervidora, y entornó una persiana. Así, amortiguada la luz, se podía pensar mejor. Sin embargo, el lazo de la corbata parecía apretar demasiado el cuello y se sentía vagamente incómodo; luego una mosca, zumbando, vino a posársele en la frente, hincando su trompilla en la piel. Su mujer detuvo el canto.
¡Su mujer! En un tiempo la creyó salvación de su vida. Aquella soberbia mujer que él admirara tanto cuando soltero, aquella misma que cruzara por sus almacenes como una reina y que apenas se dignaba señalar con un gesto “al humilde servidor” las mercaderías de su agrado, aquella mujer ¡ fue suya al fin! ¡ El sueño maravilloso!
Por desgracia, el encantamiento no duró mucho... Pronto hubo de convencerse de que si era verdad que había comprado con el matrimonio aquel hermoso cuerpo de mujer, su rostro bello, su presencia en casa del afortunado comerciante, ¡ en cambio su alma! ¡ Ah, debió comprender que su alma no le pertenecía, que no le pertenecería jamás, que le era hostil por íntima naturaleza!...
Entonces creyó encontrar compensación en el hijo: el heredero sería eslabón entre la casa noble y la casa plebeya, entre los caballeros de dorada espuela y el pechero que elabora el castillo dorado con piltrafas de avaricia. ¡Con qué orgullo solía presentar el hijo a sus amigos!
—¿Ven ustedes?... ¡Hermoso, verdad!
Y cuando el niño le decía “papá” con su vocecilla clara, con su regalona y dulce entonación, el padre se sentía dichoso, noble y fuerte. ¡ Ahora sí que había triunfado!
—¡Mamá, mamá!... ¡Mira, mamá!
Era el niño que concluía su obra. La madre no tardó en asomar para sonreírle, dulce, complacida. El niño corrió hacia la madre; ella se inclinó y le echó los brazos al cuello; ambos juntaron las mejillas amorosamente. La mosca atacaba con furia el rostro del hombre.
“¡ Cómo se parecen! —pensaba con angustia—. ¡ Cómo se entienden ¡ ...“
Se sintió extraño, muy lejos de ellos. El, raquítico, irascible, enfermo, violento y débil; ellos, serenos, sanos, seguros de sí»mismos... En nada se parecía el niño a él... Repasó en la menté el rostro de todos sus amigos.., y tuvo un mal pensamiento. Pero no, era una violencia propia de su carácter, una de tantas que ocultaba de la vista del mundo, como lepra, en el fondo de su espíritu. ¡ Malditos residuos canallescos, recogidos con la mala sangre del arroyo y latentes como ojos extraños, dispuestos a fulgurar al menor roce con el exterior! ¡ De nada podía culpar a ella! Era buena, era dulce, y de todo este conjunto brotaba un no sé qué indefinible que le abofeteaba en silencio. ¡ Quizás le hubiera placido una mujer menos perfecta, con visillos de colérica, de gruñona, de casquivana, pero no tan señora!
Madre e hijo salieron, tomados de la mano. En el suelo quedaron las tres torrecillas, y a un lado, erguida sobre sus cuatro ruedas, la pequeña locomotora de latón, de colores chillones, como dispuesta a emprender una jornada. A su vista, el hombre sintió que se le amargaba de nuevo la boca.
¿Por qué estaba así el niño?
Se lo preguntaba maquinalmente, como si no supiera que en el fondo de su ser estaba la temida respuesta, pronta a hacerle subir los colores al rostro, ¡El lo sabía, sí, lo sabía demasiado! ... Porque no se trataba de esta maquinilla solamente, de un juguete más o menos que le fuera desagradable, sino de una calculada indiferencia por todo lo que del padre provenía; un desprecio sordo, tenaz...
Ocurrió una tarde en que él y su hijo quedaron solos. La madre había salido. La casa estaba en silencio.
El revisaba las cuentas del día. El niño jugaba a sus pies. De pronto, ¡ cosas de niño!, sin que hubiera el menor motivo, se puso a soplar furiosamente una bocinilla de metal que le comprara el padre, días atrás. Soplaba, soplaba, y volvía a soplar.
—¿Querrás callar?
El niño sopló con más fuerza.
—¿ Calla, Tito!
Nuevo trompetazo, más sonoro.
Entonces, en un momento de violencia, en una de esas cóleras amarillas que lo volvían casi cadavérico, una de esas violentas cóleras horteriles, él, que nunca castigaba a su hijo, lo cogió rudamente por un brazo y lo golpeó en el rostro, ¡ en el bello y querido rostro de ángel!... El niño lloró con desesperación, con rabia, y el padre, ebrio, ciego, volvió a golpear la tierna carne, y la volvió a golpear... Fue una angustia larga, un desgarramiento loco del propio corazón paterno...
Y cuando, por fin, vuelto en sí, pretendió consolarlo, lo cogió en brazos, lo besó y le mostró los grabados de una revista, y le ofreció dulces y juguetes..., el niño volvió el rostro, hostil, esquivo.
“¡Psch!, ya pasará”, se dijo Enrique, encogiéndose de hombros.
Pero desde ese día empezó para él un extraño martirio. Primero, tuvo que sufrir el loco terror del niño cada vez que se le acercaba; huía a esconderse detrás de las faldas de la madre.
“Ya pasará”, se decía el hombre tristemente.
Pero no pasó. Por el contrario, la aversión del hijo por el padre pareció aumentar de día en día.
Una noche, mientras todos dormían, atisbando en el silencio, le pareció al hombre oír débiles quejidos que partían de la cuna del niño. Se levantó en puntillas. El niño dormía, pero su rostro estaba contraído y levantaba los pequeños brazos como para defenderse de golpes invisibles. El padre volvió a su cama, sollozando, oprimido por una angustia igual que si le hubieran arrebatado a su hijo para siempre. ¿Qué había pasado por aquella pequeña alma orgullosa? ¿Habían renacido, acaso, con el brutal castigo, las amortiguadas repugnancias de raza?... ¡Oh!, ¡su niño querido! ¡Qué solo, qué triste había dejado el nido que le fabricara en su corazón! ¡ Qué solo, qué solo!...
Abatió los brazos sobre el sillón. La atmósfera de la pieza se le hacía cada vez más pesada. La mosca impertinente lo asaeteaba con furia, como silo supiera indefenso, clavando su trompilla, ya en los pómulos, ya en la frente, ya en los párpados. Del interior llegaban ruidos de. voces, amortiguadas por las paredes.
Se estremeció. Se acercaban pasos; la puerta se abrió. Eran la madre y el hijo. Volvían de nuevo, cogidos amorosamente por la mano. Atravesaron la pieza sin mirarle, sin advertir su presencia. Al pasar, quizá por un casual descuido, quizá de intento, el niño dio un golpe con el pie a la pequeña locomotora. La maquinilla pareció quejarse, hizo zumbar sus resortes, y, de pronto, sin que hubiera tiempo para detenerla, se precipitó a todo correr de sus calderos de hojalata contra el mueble más próximo. Un ligero chirriar de ruedas y luego quedó inmóvil, con el vientre hacia arriba, como herida, como implorando piedad. Madre e hijo se volvieron apenas. El, el padre, se arrojó de bruces sobre el brazo del sillón y rompió a llorar a sollozos... La mosca pareció redoblar su furia, implacable, burlona, feroz.
 

   

 

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