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FERNANDO SANTIVAN PUGA (
1886 - 1973 )
Nada más que la sencillez del estilo
EL BESO
I
El enfermo cerró con lentitud los párpados y se entregó a una
incoherente meditación. Las imágenes ora cruzaban sin relieve
por su cerebro. desganadas, ora se perseguían unas a otras a
grandes aletazos, como sombras de una llama agonizante
proyectadas sobre la pared.
Después de un momento en que la conversación de los visitantes
continuó siempre en voz baja, sintió junto a sí rumor de faldas
y un tenue perfume femenino que le acariciaba el rostro; luego
oyó la voz velada, apenas perceptible, de su mujer que decía:
— ¡ Chiit!... ¡ Se ha dormido!... ¡ Pero qué pálido está!...
Valdría mas que pasáramos a la otra pieza.
Cesó en torno todo ruido. Sólo por la tos achacosa y discreta de
su hermano que se alejaba y por el ligero chirrido de la puerta
cerrada con discreción comprendió que estaba solo. ¡ Mejor!
Tanto mejor no sentir la charla insustancial que tan poco se
compadece de la enfermedad, esa charla que hace sentir con
rudeza el egoísmo del espíritu humano.
Pero cuando la soledad runruneante de su cuarto, envuelto en
silencio de tumba, se apoderó de su cerebro, una idea le hizo
correr un calofrío por el cuerpo:
“¡ Si me muriese!... ¡Si la muerte llegara ahora mismo!...”
No era primera vez que lo asaltaba esta idea. Desde que cayera
enfermo, había procurado descubrir en el rostro de los que lo
rodeaban la certidumbre de un peligro próximo, y sus
observaciones y descubrimientos le llenaban ahora la boca de
sabor amargo.
Sí; muy claro le habían dicho las miradas angustiosas de su
mujer, el leve encogimiento de hombros del médico cuando lo
examinaba, la sonrisa irónica de un sirviente a quien reprendió
cierta vez a causa de una torpeza, y más que nada, el tono
desprovisto de toda envidia de sus compañeros al dirigirle la
palabra... Todo, todo le decía que...
“¡ No, no puede ser! ¡Todavía no!”, se dijo angustiosamente.
¡Y por qué no podía ser! ¿Acaso sabe algún hombre la hora en que
debe abandonar la vida para pasar a la otra existencia ignorada
y temida? ¡ Allí, acurrucada en un ángulo, detrás del viejo
sillón de brazos, quizá estaba oculta la sombra familiar de la
muerte con su larga guadaña y su eterna risa enigmática!
“ ¡Todavía no ! “, suplicó el hombre con angustia creciente.
Sudor frío le cubrió la frente. Procuró erguirse, llamar, pedir
socorro; pero sus miembros no obedecieron el mandato de su
cerebro ni su voz pudo traspasar la garganta. Sólo entonces notó
que tampoco podía abrir los ojos, que los párpados se le
resistían con imperio.
“Debo de estar muy débil —pensó—. ¿O es que comienza a dominarme
el sueño?”
Sin embargo, percibía con claridad a su alrededor la vida: el
murmullo apagado de la conversación en la pieza vecina, resonar
de cascos de caballos de coche en el pavimento de la calle
próxima, una voz en el interior de la casa que preguntaba algo y
otra que respondía; y aquí, en la pieza misma, el silencio de la
soledad. No era posible que estuviese dormido; en el sueño no se
perciben los detalles, apenas se recibe el ambiente, la
impresión total, un sentimiento vago de la vida.
De nuevo hizo un esfuerzo para gritar y levantarse: ni un solo
músculo lo acompañó.
Entonces creyó volverse loco. Su espíritu se rebeló dentro del
cuerpo, revolcándose con furor, dando tumbos desesperados. Todo
en vano: pesaba sobre cada uno de sus músculos una montaña
inamovible, cruel, implacable.
¿ Cuánto tiempo duró este combate titánico? El no hubiera podido
precisarlo. Cuando volvió a tener conciencia de sí mismo, su
espíritu se encontraba acezando, aniquilado, sin ánimos ya para
proseguir una lucha imposible contra aquella fuerza de inercia
tan poderosa como el universo, tan formidable como la mano de
Dios.
¿Podía ser pesadilla? Estaba seguro de no estar dormido.
Entonces, un desfallecimiento enorme, un desmayo del espíritu lo
hizo quedar suspenso como de un hilo delicadísimo... ¡ La
muerte! ¡ Lo irreparable! ¡He aquí lo desconocido!
Junto con la certidumbre de la muerte, una angustia infinita lo
fue invadiendo, y su cerebro, desde ese instante claro y amplio
como la cúpula celeste, se proyectó sobre la vida entera con
majestad soberbia.
¡ La muerte! ¡ He aquí lo que los hombres miran con tanto
horror! ¿Era nada más que eso? Un sueño nada más, la quietud del
cuerpo miserable junto con una clarividencia superior del
espíritu, que, ahora sí, podía elevarse sin trabas sobre la
miseria humana.
La vida, el mundo, aparecieron por un momento, a sus ojos
serenados por la muerte, como un correr de aguas cristalinas,
inofensivas, que pasaban a su lado murmurando, irguiéndose en
ligeras burbujas bullidoras. ¡ Nada más! Las aguas chocaban unas
a otras, haciendo pinitos, estrechándose, correteándose, riendo,
rugiendo, buscando todas a un tiempo el beso de la luz y el sol,
la visión de la naturaleza, aquietadora incomparable de las
aguas turbulentas. Por un momento él fue gota de agua, también
estuvo sumido en aquella corriente perturbadora y luchó por
derribar moléculas hermanas.
¡ Y había bastado simplemente que se detuviese un momento
prendida al acaso en una champa de verdura para comprender cuán
vana fue su carrera!
A grandes ojeadas abarcó la vida entera desde su nacimiento
hasta el presente.
Rafael Gomero Velasco. Su nombre le trajo a la mente, quizás por
qué, el cercano momento en que sus amigos recordasen con largos
discursos su vida pasada. ¡ Cómo podría sonreír él desde el
fondo de su ataúd de todos los elogios pomposos que se le
prodigaban; él, que ya no creía en la magnitud de sus actos,
desde que los podía observar con la mirada de ultratumba.
Rafael Gomero Velasco. Nacido en Quillota en el año 1859. Hizo
estudios brillantes en la Escuela Naval. Muy joven aún tomó
parte en la guerra del 79. Alcanzó al grado de teniente coronel.
Tuvo actuación importante en la enseñanza militar. Comisionado
para la compra de armamentos en el extranjero. Caudillo de la
revolución del 91. Ministro de la Guerra en 1899. Retirado del
servicio con grado de general...
Y su vida privada:
Casó en 1884 con Margarita Mariño y Segura. Esposo modelo. Padre
de dos hermosos jóvenes: Lucía y Andrés Gomero Marino.
He ahí, compendiada, toda su vida, toda una vida de esfuerzos y
empuje, pobre molécula cristalina en lucha por surgir a la
superficie dorada.
¡ Cuán poca cosa se le aparecía todo en comparación con otra
clase de vida que pasó inadvertida a su lado, silenciosa, y que
él no supo apreciar para situarla en el lugar que le
correspondía, ofuscado por el sonido y el relampagueo vibrante
de la vida exterior!
Entonces, con vigor, como una ligera nube blanca que surgiera de
la tierra y que fuera creciendo, creciendo hasta llenarlo todo,
con la amenaza de hacer estallar el firmamento, se levantaron
ante él hechos lejanos del pasado, pequeños hechos que tenía
olvidados en la caja del recuerdo como cosas añejas o importunas
que hubieran podido estrechar el horizonte de su tranquilidad:
¡Sensiblerías, romanticismo!
Un delicado perfil de mujer que se inclinaba pensativo sobre su
cuerpo de niño, envolviendo su sueño con ensueños y amor,
incubando en su almita a fuerza de besos, un porvenir de nobleza
y grandes pasiones..., ¡madre amorosa y adorada!
Luego, avanzando los años, otro rostro de mujer, dulce, con
frescura de primavera y suave perfume de flor que despierta de
su letargo de capullo. Primer amor, pura visión de unos ojos de
niño. ¿Dónde has ido a ocultar tu pena por el desvío del que no
te supo retener en su corazón?
Con fuerza saltaron a la mente los recuerdos de la juventud;
hasta hubiera creído sentir el ambiente de aquella época cuando
corría de la mano de su prima Leonor por las praderas de la
heredad paterna, el alma inocente, el cerebro henchido de
ideales cándidos. Creyó percibir por un momento el olor de la
hierbabuena al borde de los canales, el balar de los carneros,
el mugido nostálgico de los bueyes al ser conducidos al
pastoreo, toda aquella vida sencilla y sana, sin más ambiciones
que vivir, gozar de la atmósfera cargada de aromas y murmullos
misteriosos de la campiña, acompañado del alma bella de su prima
Leonor.
Ambos bebieron de los mismos manantiales escondidos en la
penumbra fresca del bosque de la vida, tuvieron las mismas
ilusiones, las mismas esperanzas, y todo, montes, praderas,
hombres, parecía conjurado para que se unieran en una sola alma.
Por desgracia no ocurrió así. Después de los primeros balbuceos
del amor, después de los primeros estremecimientos del placer
florecidos en los labios en forma de besos profundos, el
adolescente fue enviado a la ciudad para comenzar sus estudios,
y al volver de nuevo, el espíritu de su prima siente que ya su
tierno amado no es el mismo. Quizás los libros, el contacto con
sus compañeros le han puesto en la frente inmaculada ligeras
arrugas de preocupación, y en sus ojos, un fulgor extraño como
si recibiera en las pupilas reflejos de oro y pedrerías.
Y cuando habla, tiene expresiones muy graves para nombrar el
porvenir, la carrera y los deberes patrióticos. Siente el alma
de la joven que su compañero se desvía haciendo surgir ante
ellos una angustia como un fantasma que le apretara la garganta
para ahogar los sollozos.
Muerto aquel idilio, su vida cobra el curso de la ambición, de
la lucha tumultuosa de molécula que anhela surgir a la
superficie dorada. Se convierte en hombre público, en busca de
honores y riquezas; se une en matrimonio a una mujer que le
ofrece dote y posición social, y la suave silueta de la amada
primera se borra lentamente bajo una pira de oro,
condecoraciones y cintas, palabras y discursos vacíos...
Después de la muerte de sus padres, Leonor, la huérfana
desdeñada, por extraña aberración de la suerte, no tuvo otro
amparo material a quien recurrir que el de su antiguo compañero
de juegos, y pasa entonces a ocupar un humilde puesto de
parienta pobre en aquella casa en que debió brillar como
soberana absoluta. La amada del corazón no es más para él desde
entonces que la “tía Leonor”, el ser sumiso, silencioso, que
nada pide, que nada espera, y que quizás recuerda con nostalgia
aquellos tiempos en que, niños él y ella, pensaron en el
porvenir cogidos de la mano, pisando las florecillas de los
campos.
Desde el día en que se aparta de su verdadero camino, sus
sensaciones
se apagan, su vida concluye, sí, concluye; ahora en el lecho
mortuorio
lo siente con fuerza avasalladora. Su vida concluyó desde que
principió a mentir, a matar sus verdaderos impulsos por otros
que el mundo le inoculó en la sangre como enfermedad venenosa.
El hombre ambicioso siente en su lecho un hielo sutil que lo
estruja como para exprimirle toda la sangre, y luego siente un
vacío enorme, un deseo ardiente de amor, de mucho amor, para
llenar hasta los bordes todo lo que restó en su vida sin vivir.
Procuró gritar, volver a la vida, llamar a su mujer, a sus
hijos, para recibir de ellos abrazos y caricias que lo
consolaran en la soledad suprema.
Era tarde; su hora había pasado; se encontraba en los lindes de
la vida. Sus miembros no obedecían a su voluntad y nadie acudía
en su auxilio. Estaba muerto.
¿Muerto? ... ¡No, qué locura! No, no podía ser. Sentía que su
vida aún no estaba terminada, que era necesario comenzar ahora a
vivir, a preocuparse del único objeto de la vida, del alma, de
eso impalpable que no moría con la muerte, de lo que hay en la
vida de verdaderamente grande, misterioso y sobrenatural.
¿Había pensado, siquiera una sola vez, en el objeto del hombre
en su paso por la existencia?
La idea de que pronto las personas más cercanas a su corazón lo
borrarían poco a poco de la memoria, de que la vida triunfante a
su alrededor ahogaría su existencia mísera así como las malezas
de un jardín descuidado cubren y sofocan las flores, lo llevó al
colmo de su desesperación.
Sintió que, una vez solo en su tumba, nadie lo recordaría con
amor ni admiración; fue uno de tantos, que pasó y murió bien
muerto con la muerte.
No, no era posible que ya hubiera dejado de existir.
Deseó con ansias que su familia lo rodease, que lo retuviese, y
hasta deseó verlos sufrir por su muerte.
Aguzó el oído. La vida continuaba en torno. Aún conversaban en
la pieza vecina. La voz de su hermano Miguel, ampulosa y
autoritaria, llegaba distintamente hasta su oído; pero no
alcanzaba a percibir el significado de las palabras. Quizás
discutía sobre política o sobre la cuestión económica, su tema
favorito, con su amigo el doctor Fabián Aldana.
Comenzó a sentirse un rumor sordo, confuso, dominador; era sin
duda que regresaban del Parque los carruajes, en marejada
impetuosa, por la calle Ejército. La hora del crepúsculo,
entonces, la hora en que comenzaban a encenderse los faroles con
su luz triste, la hora en que el sol ponía su último beso en la
cumbre de las cordilleras nevadas.
De improviso le bañó el alma una impresión de intenso goce.
Se dijo:
“Percibo con fuerza las insignificancias del exterior, luego no
debo de estar muerto. Un ataque de catalepsia, quizá.”
Y poco a poco una suave modorra comenzó a invadirlo; el ruido de
los coches le servía como de música aletargadora.
Pasó un tiempo corto en esta forma, sin pensar en nada, hasta
que sintió pasos en la estancia, apagados por la alfombra, y la
voz de su mujer que decía:
—¡Huy!, qué obscuro está... Rafael, ¿estás despierto?
El quiso contestar: “Sí, hija, estoy despierto y te
esperaba”..., pero la voz no salió de su garganta ni sus labios
siquiera se movieron, rígidos, rebeldes.
Oyó entonces el roce del botón eléctrico de la lamparilla de
cabecera y luego un grito estridente, angustioso, que repercutió
en su pecho como una puñalada.
Los labios de su mujer le besaron en seguida en la frente, en
sus ojos cerrados, mientras sus manos levantaban su cabeza
remeciéndola con fuerza.
—¡Rafael, Rafael! ... ¡Contesta! ... ¡No, no quiero, no quiero!
... ¡Rafael, Rafael! ... ¡Ha muerto, Dios mío!
¡ Muerto! ¡ Don Rafael Gomero Velasco, según juicio de los
hombres, había dejado de existir!
II
Es una habitación pequeña. Cuelgan del techo pesados tapices
negros con florones de plata. En el centro, sobre un túmulo
cubierto por un paño obscuro, también guarnecido de flecos,
cruces, canillas y calaveras pateadas, está el ataúd abierto que
contiene el cuerpo rígido del que acaba de morir.
Cuatro grandes candelabros labrados, en cada ángulo del túmulo,
sostienen gruesas velas de cera que parpadean en el silencio de
la pieza mortuoria.
Una vieja, trajeada de negro, de rodillas en un rincón, musita
oraciones con voz monótona, mientras repasa entre sus dedos
flacos las cuentas de un rosario. De tarde en tarde se levanta,
coge unas tijeras, despabila cuidadosamente los velones, echa
una rápida ojeada sobre el muerto y vuelve de nuevo a su puesto
de oración.
Han vestido el cuerpo con un traje de levita. Sobre la pechera
blanca de la camisa extiende sus brazos un pequeño crucifijo de
bronce antiguo; más arriba resalta la faz del muerto, con ese
color amarillento de los cadáveres, los ojos hundidos, los
labios plegados con energía y las barbas de un amarillo sucio
erizándose bruscamente sobre la piel cerosa.
A pesar de su aspecto, no ha perdido el conocimiento. Su
espíritu vela aún con mayor intensidad.
Desde que su mujer diera el grito de alarma ha debido escuchar
el llanto desesperado de sus hijos, después las exclamaciones de
consuelo de los amigos que procuraban llevar hacia otra parte a
la familia. En seguida, carreras, confusión, órdenes, idas,
venidas; manos toscas que lo levantan y lo desnudan, lo visten
de nuevo y lo colocan por fin en la estrecha cárcel de un ataúd.
Sólo tiene un deseo desde que ha comenzado este martirio;
terminar, terminar cuanto antes.
Cuando el médico le hizo el último examen para certificar la
defunción hubiera deseado gritarle que tuviera cuidado, que bien
no podía ser Ja muerte, que la vida de un hombre es cosa que
debe tomarse en serio, que podría tratarse de una catalepsia;
pero ¡ cómo decirlo!, cómo manifestar siquiera el más ligero
síntoma de vida! Apenas una mirada del médico y luego el
dictamen breve y seco: pulmonía complicada al corazón.
Sólo después de un largo martirio concluyeron por dejarlo solo
en la capilla improvisada en el costurero de las señoras, al
cuidado de una vieja sirvienta...
Un descanso muy grande sintió cuando el reposo fue apoderándose
de la casa en torno suyo. Sí, que lo dejaran tranquilo, que
respetaran su muerte, aparente o verdadera, y que se fueran
todos donde no pudiera escuchar sus voces de falsa angustia que
tan mal sabían ocultar el egoísmo feroz de la vida que vibra en
torno de la muerte.
Muchas cosas amargas habían escuchado sus oídos indefensos y
habían impreso en su espíritu, con caracteres de fuego, escenas
que en vano procuraba olvidar.
Una de ellas fue la siguiente:
Después de la confusión de los primeros momentos, cuando todos,
hasta los mismos sirvientes, daban órdenes en la casa, su
hermano Miguel había procurado registrar una pequeña gaveta en
que acostumbraba guardar sus papeles íntimos.
Su hijo Andrés, que en ese momento lloraba a grandes sollozos,
lo detuvo con tono seco:
—¿Qué hace usted, tío?
La voz fingidamente despreocupada de Miguel respondió:
—Nada, hombre, nada. Veía solamente si Rafael había dejado
testamento.
Andrés respondió:
—En eso nada tiene usted que ver...
En la habitación se hizo un silencio embarazoso. En ese momento
irrumpió el timbre metálico y desprovisto de lágrimas de su
mujer:
—¿Cree usted salir mejorado?... Se equivoca de medio a medio; no
existe testamento.
Hubo un silencio en que se hubiera creído percibir el crujido de
dientes de hienas que se aprestasen para disputar el cadáver de
la víctima.
Por fortuna penetró en la estancia una nueva persona y se
volvieron a escuchar en torno los sollozos desesperados de su
mujer y el llanto contenido de su hijo que murmuraba de cuando
en cuando:
—¡Papá, mi querido papá!
Más tarde los empleados de la casa funeraria se encargaron de
trasladarlo a la capilla ardiente. En cierto momento en que
estuvieron solos, uno de ellos preguntó a su compañero,
prosiguiendo sin duda una conversación empezada en la calle:
—¡Y te fue bien con ella, eh! ...
—Ya lo creo. ¡Cómo le iba a ir a este peine!
Lo pusieron bruscamente en el ataúd tomándolo de los pies y de
los hombros. Uno de ellos exclamó:
—¡Pesa el viejo!
El otro le puso una mano en el vientre, y dijo:
—Ya lo creo, ¡ como que estaba bien cebado! ... Este sí que ha
sabido gozar.
—¡Bah!... De harto le sirve ahora. Y cargaron con el ataúd.
Cuando estuvo en la capilla ardiente, dos de sus amigos se
acercaron.
—¡Pobre Rafael! —dijo uno de ellos examinándolo.
—¡Buen compañero! —respondió el otro.
—Sí; pero un poco testarudo. Cuando fue ministro dejó de hacer
muchas cosas...
—¡Bah!... ¡Como todos!
—A propósito de ministros, ¿es verdad que tenemos crisis? ... Te
confieso que no me gustaría demasiado.. . Juan Valverde me ha
prometido enviar a mi sobrino a un consulado de Ecuador...
Y se alejaron de allí, engolfados en una conversación sobre
política, entregados de nuevo a la vida que campeaba en el
mundo.
Penetraron después a la estancia algunas amigas de su hija que
se persignaron rápidamente, y que, cuando salían, no pudieron
contener una exclamación de sincera piedad para la joven
doliente.
—¡Pobre Lucía!... ¿Sabes? Se ha quedado con su traje de baile
preparado para la fiesta de las Chevesicks...
¡ Y cuántos detalles más que se fueron amontonando sobre su
corazón como paletadas de cieno pestilente!
¡ Y por triunfar en esta vida, entre esas gentes que lo
recibieron con la sonrisa de la simpatía y que hoy se encogían
de hombros ante su cadáver, había luchado tanto tiempo y había
sacrificado tantas cosas más humildes pero más duraderas!
En su familia, en sus amigos, en todos, uno a uno había podido
descubrir fácilmente que aquel dolor que los dominaba era sólo
momentáneo, y que pasados unos pocos días la vida se encargaría
de sofocar hasta el recuerdo bajo sus múltiples vanidades.
Por fin lo dejaban solo. Nadie más que la vieja sirvienta había
quedado para acompañarlo. Por la puerta y la ventana abiertas
hacia el patio, penetraba el silencio solemne de la noche. Los
gemidos de su esposa habían cesado hacía rato y quizás se
encontraría ahora reparando las fuerzas en el sueño. Nadie,
nadie en el mundo pensaba en el abandonado entre las cuatro
paredes de su ataúd.
Un leve ronquido se dejó oír en la estancia. Era la vieja que
dormía.
Entonces se apoderó de su espíritu angustia inmensa, que de no
estar contenida por la inmovilidad del cuerpo, habría estallado
en gemidos desolados. Sin saber cómo, se le vino a la mente un
verso que había escuchado muchas veces con desprecio, como todo
lo que él solía llamar “musiquillas de los poetas”, pero que
ahora sentía con enorme intensidad, llenándole el alma de
amargura:
¡Qué tristes, qué solos se quedan los muertos!
Hubiera deseado repetir la estrofa completa, pero no la
recordaba, porque nunca había puesto mucha atención en ella, y
se conformó con pronunciar una y varias veces el único verso que
pudo retener:
“Dios mío, ¡ qué tristes, qué solos se quedan los muertos!...
Dios mío, qué tristes, qué solos!...”
Las velas chisporroteaban, la vieja roncaba ligeramente. Un leve
aullido le hizo reconocer fácilmente a su perro “Black”, que
debía estar echado a los pies del túmulo, acompañando a su amo,
quizás con mayor angustia que todas las personas que le eran más
íntimas.
De fuera, al parecer, a través de una noche estrellada, llegaban
lejanos sonidos de campana que daba una hora. Debía ser muy
tarde.
Pasó un largo espacio de tiempo.
Un suave gemir de puerta vino de fuera y luego unos pasos que se
acercaban con tiento a través del mosaico del patio. Pasos de
mujer, de mujer tímida y dolorida. Vacilaban, se detenían y
volvían a proseguir. La mujer debía de detenerse para ahogar los
sollozos, porque llegaban hasta la estancia sonidos vagos como
suspiros.
Era su mujer, quizás, o su hija, su querida Lucía, que deseaba
ver una vez más a su padre antes que se lo llevaran para
siempre.
Los pasos penetraron por fin a la estancia y un nuevo sollozo,
hondo, penetrante, vibró muy cerca de sí, al mismo tiempo que un
suave perfume femenino le acariciaba el rostro.
¿En dónde había conocido perfume semejante? No lo recordaba,
pero, sin embargo, una dulce felicidad le invadió, evocándole,
por extraña asociación de ideas, paisajes luminosos, cielos
claros y pensamientos de pureza inmaculada.
Sintió que dos manos cariñosas se posaban en su pecho y en su
cabeza, que luego unos labios suaves lo rozaban en la frente con
beso virginal, casto y profundo.
Entonces su alma se postró para exclamar con ternura infinita,
sobre. cogido de goce sobrehumano:
—¡Leonor!... ¡Mi Leonor!
Pero ya los pasos se alejaban, y se alejaban también los
sollozos ahogados y el perfume sutil que evocaba idilios
campestres de hacía treinta años pasados.
Era tía Leonor, la insignificante y olvidada “tía Leonor” que
había venido a decir adiós hasta la otra vida a su primo y único
amor, a su único ensueño en esta tierra.
Al día siguiente en la mañana se efectuaron los funerales del
general don Rafael Gomero Velasco con la pompa que le concede la
ordenanza militar.
Algunos meses después, al trasladar de nicho el cadáver, se pudo
ver que el cristal que mostraba la cabeza del muerto estaba roto
y que asomaba por la ventanilla la cabeza monstruosa, como si
hubiera deseado escaparse de su estrecha cárcel.
Abierto el ataúd, se encontraron los dedos mutilados por los
supremos esfuerzos que hizo por romper la pared, una vez
terminado el extraño sopor que lo hizo pasar por muerto.
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