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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


  FERNANDO SANTIVAN PUGA ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo

 

EL BESO


                                                       I

El enfermo cerró con lentitud los párpados y se entregó a una incoherente meditación. Las imágenes ora cruzaban sin relieve por su cerebro. desganadas, ora se perseguían unas a otras a grandes aletazos, como sombras de una llama agonizante proyectadas sobre la pared.
Después de un momento en que la conversación de los visitantes continuó siempre en voz baja, sintió junto a sí rumor de faldas y un tenue perfume femenino que le acariciaba el rostro; luego oyó la voz velada, apenas perceptible, de su mujer que decía:
— ¡ Chiit!... ¡ Se ha dormido!... ¡ Pero qué pálido está!... Valdría mas que pasáramos a la otra pieza.
Cesó en torno todo ruido. Sólo por la tos achacosa y discreta de su hermano que se alejaba y por el ligero chirrido de la puerta cerrada con discreción comprendió que estaba solo. ¡ Mejor!
Tanto mejor no sentir la charla insustancial que tan poco se compadece de la enfermedad, esa charla que hace sentir con rudeza el egoísmo del espíritu humano.
Pero cuando la soledad runruneante de su cuarto, envuelto en silencio de tumba, se apoderó de su cerebro, una idea le hizo correr un calofrío por el cuerpo:
“¡ Si me muriese!... ¡Si la muerte llegara ahora mismo!...”
No era primera vez que lo asaltaba esta idea. Desde que cayera enfermo, había procurado descubrir en el rostro de los que lo rodeaban la certidumbre de un peligro próximo, y sus observaciones y descubrimientos le llenaban ahora la boca de sabor amargo.
Sí; muy claro le habían dicho las miradas angustiosas de su mujer, el leve encogimiento de hombros del médico cuando lo examinaba, la sonrisa irónica de un sirviente a quien reprendió cierta vez a causa de una torpeza, y más que nada, el tono desprovisto de toda envidia de sus compañeros al dirigirle la palabra... Todo, todo le decía que...
“¡ No, no puede ser! ¡Todavía no!”, se dijo angustiosamente.
¡Y por qué no podía ser! ¿Acaso sabe algún hombre la hora en que debe abandonar la vida para pasar a la otra existencia ignorada y temida? ¡ Allí, acurrucada en un ángulo, detrás del viejo sillón de brazos, quizá estaba oculta la sombra familiar de la muerte con su larga guadaña y su eterna risa enigmática!
“ ¡Todavía no ! “, suplicó el hombre con angustia creciente.
Sudor frío le cubrió la frente. Procuró erguirse, llamar, pedir socorro; pero sus miembros no obedecieron el mandato de su cerebro ni su voz pudo traspasar la garganta. Sólo entonces notó que tampoco podía abrir los ojos, que los párpados se le resistían con imperio.
“Debo de estar muy débil —pensó—. ¿O es que comienza a dominarme el sueño?”
Sin embargo, percibía con claridad a su alrededor la vida: el murmullo apagado de la conversación en la pieza vecina, resonar de cascos de caballos de coche en el pavimento de la calle próxima, una voz en el interior de la casa que preguntaba algo y otra que respondía; y aquí, en la pieza misma, el silencio de la soledad. No era posible que estuviese dormido; en el sueño no se perciben los detalles, apenas se recibe el ambiente, la impresión total, un sentimiento vago de la vida.
De nuevo hizo un esfuerzo para gritar y levantarse: ni un solo músculo lo acompañó.
Entonces creyó volverse loco. Su espíritu se rebeló dentro del cuerpo, revolcándose con furor, dando tumbos desesperados. Todo en vano: pesaba sobre cada uno de sus músculos una montaña inamovible, cruel, implacable.
¿ Cuánto tiempo duró este combate titánico? El no hubiera podido precisarlo. Cuando volvió a tener conciencia de sí mismo, su espíritu se encontraba acezando, aniquilado, sin ánimos ya para proseguir una lucha imposible contra aquella fuerza de inercia tan poderosa como el universo, tan formidable como la mano de Dios.
¿Podía ser pesadilla? Estaba seguro de no estar dormido.
Entonces, un desfallecimiento enorme, un desmayo del espíritu lo hizo quedar suspenso como de un hilo delicadísimo... ¡ La muerte! ¡ Lo irreparable! ¡He aquí lo desconocido!
Junto con la certidumbre de la muerte, una angustia infinita lo fue invadiendo, y su cerebro, desde ese instante claro y amplio como la cúpula celeste, se proyectó sobre la vida entera con majestad soberbia.
¡ La muerte! ¡ He aquí lo que los hombres miran con tanto horror! ¿Era nada más que eso? Un sueño nada más, la quietud del cuerpo miserable junto con una clarividencia superior del espíritu, que, ahora sí, podía elevarse sin trabas sobre la miseria humana.
La vida, el mundo, aparecieron por un momento, a sus ojos serenados por la muerte, como un correr de aguas cristalinas, inofensivas, que pasaban a su lado murmurando, irguiéndose en ligeras burbujas bullidoras. ¡ Nada más! Las aguas chocaban unas a otras, haciendo pinitos, estrechándose, correteándose, riendo, rugiendo, buscando todas a un tiempo el beso de la luz y el sol, la visión de la naturaleza, aquietadora incomparable de las aguas turbulentas. Por un momento él fue gota de agua, también estuvo sumido en aquella corriente perturbadora y luchó por derribar moléculas hermanas.
¡ Y había bastado simplemente que se detuviese un momento prendida al acaso en una champa de verdura para comprender cuán vana fue su carrera!
A grandes ojeadas abarcó la vida entera desde su nacimiento hasta el presente.
Rafael Gomero Velasco. Su nombre le trajo a la mente, quizás por qué, el cercano momento en que sus amigos recordasen con largos discursos su vida pasada. ¡ Cómo podría sonreír él desde el fondo de su ataúd de todos los elogios pomposos que se le prodigaban; él, que ya no creía en la magnitud de sus actos, desde que los podía observar con la mirada de ultratumba.
Rafael Gomero Velasco. Nacido en Quillota en el año 1859. Hizo estudios brillantes en la Escuela Naval. Muy joven aún tomó parte en la guerra del 79. Alcanzó al grado de teniente coronel. Tuvo actuación importante en la enseñanza militar. Comisionado para la compra de armamentos en el extranjero. Caudillo de la revolución del 91. Ministro de la Guerra en 1899. Retirado del servicio con grado de general...
Y su vida privada:
Casó en 1884 con Margarita Mariño y Segura. Esposo modelo. Padre de dos hermosos jóvenes: Lucía y Andrés Gomero Marino.
He ahí, compendiada, toda su vida, toda una vida de esfuerzos y empuje, pobre molécula cristalina en lucha por surgir a la superficie dorada.
¡ Cuán poca cosa se le aparecía todo en comparación con otra clase de vida que pasó inadvertida a su lado, silenciosa, y que él no supo apreciar para situarla en el lugar que le correspondía, ofuscado por el sonido y el relampagueo vibrante de la vida exterior!
Entonces, con vigor, como una ligera nube blanca que surgiera de la tierra y que fuera creciendo, creciendo hasta llenarlo todo, con la amenaza de hacer estallar el firmamento, se levantaron ante él hechos lejanos del pasado, pequeños hechos que tenía olvidados en la caja del recuerdo como cosas añejas o importunas que hubieran podido estrechar el horizonte de su tranquilidad: ¡Sensiblerías, romanticismo!
Un delicado perfil de mujer que se inclinaba pensativo sobre su cuerpo de niño, envolviendo su sueño con ensueños y amor, incubando en su almita a fuerza de besos, un porvenir de nobleza y grandes pasiones..., ¡madre amorosa y adorada!
Luego, avanzando los años, otro rostro de mujer, dulce, con frescura de primavera y suave perfume de flor que despierta de su letargo de capullo. Primer amor, pura visión de unos ojos de niño. ¿Dónde has ido a ocultar tu pena por el desvío del que no te supo retener en su corazón?
Con fuerza saltaron a la mente los recuerdos de la juventud; hasta hubiera creído sentir el ambiente de aquella época cuando corría de la mano de su prima Leonor por las praderas de la heredad paterna, el alma inocente, el cerebro henchido de ideales cándidos. Creyó percibir por un momento el olor de la hierbabuena al borde de los canales, el balar de los carneros, el mugido nostálgico de los bueyes al ser conducidos al pastoreo, toda aquella vida sencilla y sana, sin más ambiciones que vivir, gozar de la atmósfera cargada de aromas y murmullos misteriosos de la campiña, acompañado del alma bella de su prima Leonor.
Ambos bebieron de los mismos manantiales escondidos en la penumbra fresca del bosque de la vida, tuvieron las mismas ilusiones, las mismas esperanzas, y todo, montes, praderas, hombres, parecía conjurado para que se unieran en una sola alma.
Por desgracia no ocurrió así. Después de los primeros balbuceos del amor, después de los primeros estremecimientos del placer florecidos en los labios en forma de besos profundos, el adolescente fue enviado a la ciudad para comenzar sus estudios, y al volver de nuevo, el espíritu de su prima siente que ya su tierno amado no es el mismo. Quizás los libros, el contacto con sus compañeros le han puesto en la frente inmaculada ligeras arrugas de preocupación, y en sus ojos, un fulgor extraño como si recibiera en las pupilas reflejos de oro y pedrerías.
Y cuando habla, tiene expresiones muy graves para nombrar el porvenir, la carrera y los deberes patrióticos. Siente el alma de la joven que su compañero se desvía haciendo surgir ante ellos una angustia como un fantasma que le apretara la garganta para ahogar los sollozos.
Muerto aquel idilio, su vida cobra el curso de la ambición, de la lucha tumultuosa de molécula que anhela surgir a la superficie dorada. Se convierte en hombre público, en busca de honores y riquezas; se une en matrimonio a una mujer que le ofrece dote y posición social, y la suave silueta de la amada primera se borra lentamente bajo una pira de oro, condecoraciones y cintas, palabras y discursos vacíos...
Después de la muerte de sus padres, Leonor, la huérfana desdeñada, por extraña aberración de la suerte, no tuvo otro amparo material a quien recurrir que el de su antiguo compañero de juegos, y pasa entonces a ocupar un humilde puesto de parienta pobre en aquella casa en que debió brillar como soberana absoluta. La amada del corazón no es más para él desde entonces que la “tía Leonor”, el ser sumiso, silencioso, que nada pide, que nada espera, y que quizás recuerda con nostalgia aquellos tiempos en que, niños él y ella, pensaron en el porvenir cogidos de la mano, pisando las florecillas de los campos.
Desde el día en que se aparta de su verdadero camino, sus sensaciones
se apagan, su vida concluye, sí, concluye; ahora en el lecho mortuorio
lo siente con fuerza avasalladora. Su vida concluyó desde que principió a mentir, a matar sus verdaderos impulsos por otros que el mundo le inoculó en la sangre como enfermedad venenosa.
El hombre ambicioso siente en su lecho un hielo sutil que lo estruja como para exprimirle toda la sangre, y luego siente un vacío enorme, un deseo ardiente de amor, de mucho amor, para llenar hasta los bordes todo lo que restó en su vida sin vivir.
Procuró gritar, volver a la vida, llamar a su mujer, a sus hijos, para recibir de ellos abrazos y caricias que lo consolaran en la soledad suprema.
Era tarde; su hora había pasado; se encontraba en los lindes de la vida. Sus miembros no obedecían a su voluntad y nadie acudía en su auxilio. Estaba muerto.
¿Muerto? ... ¡No, qué locura! No, no podía ser. Sentía que su vida aún no estaba terminada, que era necesario comenzar ahora a vivir, a preocuparse del único objeto de la vida, del alma, de eso impalpable que no moría con la muerte, de lo que hay en la vida de verdaderamente grande, misterioso y sobrenatural.
¿Había pensado, siquiera una sola vez, en el objeto del hombre en su paso por la existencia?
La idea de que pronto las personas más cercanas a su corazón lo borrarían poco a poco de la memoria, de que la vida triunfante a su alrededor ahogaría su existencia mísera así como las malezas de un jardín descuidado cubren y sofocan las flores, lo llevó al colmo de su desesperación.
Sintió que, una vez solo en su tumba, nadie lo recordaría con amor ni admiración; fue uno de tantos, que pasó y murió bien muerto con la muerte.
No, no era posible que ya hubiera dejado de existir.
Deseó con ansias que su familia lo rodease, que lo retuviese, y hasta deseó verlos sufrir por su muerte.
Aguzó el oído. La vida continuaba en torno. Aún conversaban en la pieza vecina. La voz de su hermano Miguel, ampulosa y autoritaria, llegaba distintamente hasta su oído; pero no alcanzaba a percibir el significado de las palabras. Quizás discutía sobre política o sobre la cuestión económica, su tema favorito, con su amigo el doctor Fabián Aldana.
Comenzó a sentirse un rumor sordo, confuso, dominador; era sin duda que regresaban del Parque los carruajes, en marejada impetuosa, por la calle Ejército. La hora del crepúsculo, entonces, la hora en que comenzaban a encenderse los faroles con su luz triste, la hora en que el sol ponía su último beso en la cumbre de las cordilleras nevadas.
De improviso le bañó el alma una impresión de intenso goce.
Se dijo:
“Percibo con fuerza las insignificancias del exterior, luego no debo de estar muerto. Un ataque de catalepsia, quizá.”
Y poco a poco una suave modorra comenzó a invadirlo; el ruido de los coches le servía como de música aletargadora.
Pasó un tiempo corto en esta forma, sin pensar en nada, hasta que sintió pasos en la estancia, apagados por la alfombra, y la voz de su mujer que decía:
—¡Huy!, qué obscuro está... Rafael, ¿estás despierto?
El quiso contestar: “Sí, hija, estoy despierto y te esperaba”..., pero la voz no salió de su garganta ni sus labios siquiera se movieron, rígidos, rebeldes.
Oyó entonces el roce del botón eléctrico de la lamparilla de cabecera y luego un grito estridente, angustioso, que repercutió en su pecho como una puñalada.
Los labios de su mujer le besaron en seguida en la frente, en sus ojos cerrados, mientras sus manos levantaban su cabeza remeciéndola con fuerza.
—¡Rafael, Rafael! ... ¡Contesta! ... ¡No, no quiero, no quiero! ... ¡Rafael, Rafael! ... ¡Ha muerto, Dios mío!
¡ Muerto! ¡ Don Rafael Gomero Velasco, según juicio de los hombres, había dejado de existir!


II

Es una habitación pequeña. Cuelgan del techo pesados tapices negros con florones de plata. En el centro, sobre un túmulo cubierto por un paño obscuro, también guarnecido de flecos, cruces, canillas y calaveras pateadas, está el ataúd abierto que contiene el cuerpo rígido del que acaba de morir.
Cuatro grandes candelabros labrados, en cada ángulo del túmulo, sostienen gruesas velas de cera que parpadean en el silencio de la pieza mortuoria.
Una vieja, trajeada de negro, de rodillas en un rincón, musita oraciones con voz monótona, mientras repasa entre sus dedos flacos las cuentas de un rosario. De tarde en tarde se levanta, coge unas tijeras, despabila cuidadosamente los velones, echa una rápida ojeada sobre el muerto y vuelve de nuevo a su puesto de oración.
Han vestido el cuerpo con un traje de levita. Sobre la pechera blanca de la camisa extiende sus brazos un pequeño crucifijo de bronce antiguo; más arriba resalta la faz del muerto, con ese color amarillento de los cadáveres, los ojos hundidos, los labios plegados con energía y las barbas de un amarillo sucio erizándose bruscamente sobre la piel cerosa.
A pesar de su aspecto, no ha perdido el conocimiento. Su espíritu vela aún con mayor intensidad.
Desde que su mujer diera el grito de alarma ha debido escuchar el llanto desesperado de sus hijos, después las exclamaciones de consuelo de los amigos que procuraban llevar hacia otra parte a la familia. En seguida, carreras, confusión, órdenes, idas, venidas; manos toscas que lo levantan y lo desnudan, lo visten de nuevo y lo colocan por fin en la estrecha cárcel de un ataúd.
Sólo tiene un deseo desde que ha comenzado este martirio; terminar, terminar cuanto antes.
Cuando el médico le hizo el último examen para certificar la defunción hubiera deseado gritarle que tuviera cuidado, que bien no podía ser Ja muerte, que la vida de un hombre es cosa que debe tomarse en serio, que podría tratarse de una catalepsia; pero ¡ cómo decirlo!, cómo manifestar siquiera el más ligero síntoma de vida! Apenas una mirada del médico y luego el dictamen breve y seco: pulmonía complicada al corazón.
Sólo después de un largo martirio concluyeron por dejarlo solo en la capilla improvisada en el costurero de las señoras, al cuidado de una vieja sirvienta...
Un descanso muy grande sintió cuando el reposo fue apoderándose de la casa en torno suyo. Sí, que lo dejaran tranquilo, que respetaran su muerte, aparente o verdadera, y que se fueran todos donde no pudiera escuchar sus voces de falsa angustia que tan mal sabían ocultar el egoísmo feroz de la vida que vibra en torno de la muerte.
Muchas cosas amargas habían escuchado sus oídos indefensos y habían impreso en su espíritu, con caracteres de fuego, escenas que en vano procuraba olvidar.
Una de ellas fue la siguiente:
Después de la confusión de los primeros momentos, cuando todos, hasta los mismos sirvientes, daban órdenes en la casa, su hermano Miguel había procurado registrar una pequeña gaveta en que acostumbraba guardar sus papeles íntimos.
Su hijo Andrés, que en ese momento lloraba a grandes sollozos, lo detuvo con tono seco:
—¿Qué hace usted, tío?
La voz fingidamente despreocupada de Miguel respondió:
—Nada, hombre, nada. Veía solamente si Rafael había dejado testamento.
Andrés respondió:
—En eso nada tiene usted que ver...
En la habitación se hizo un silencio embarazoso. En ese momento irrumpió el timbre metálico y desprovisto de lágrimas de su mujer:
—¿Cree usted salir mejorado?... Se equivoca de medio a medio; no existe testamento.
Hubo un silencio en que se hubiera creído percibir el crujido de dientes de hienas que se aprestasen para disputar el cadáver de la víctima.
Por fortuna penetró en la estancia una nueva persona y se volvieron a escuchar en torno los sollozos desesperados de su mujer y el llanto contenido de su hijo que murmuraba de cuando en cuando:
—¡Papá, mi querido papá!
Más tarde los empleados de la casa funeraria se encargaron de trasladarlo a la capilla ardiente. En cierto momento en que estuvieron solos, uno de ellos preguntó a su compañero, prosiguiendo sin duda una conversación empezada en la calle:
—¡Y te fue bien con ella, eh! ...
—Ya lo creo. ¡Cómo le iba a ir a este peine!
Lo pusieron bruscamente en el ataúd tomándolo de los pies y de los hombros. Uno de ellos exclamó:
—¡Pesa el viejo!
El otro le puso una mano en el vientre, y dijo:
—Ya lo creo, ¡ como que estaba bien cebado! ... Este sí que ha sabido gozar.
—¡Bah!... De harto le sirve ahora. Y cargaron con el ataúd.
Cuando estuvo en la capilla ardiente, dos de sus amigos se acercaron.
—¡Pobre Rafael! —dijo uno de ellos examinándolo.
—¡Buen compañero! —respondió el otro.
—Sí; pero un poco testarudo. Cuando fue ministro dejó de hacer muchas cosas...
—¡Bah!... ¡Como todos!
—A propósito de ministros, ¿es verdad que tenemos crisis? ... Te confieso que no me gustaría demasiado.. . Juan Valverde me ha prometido enviar a mi sobrino a un consulado de Ecuador...
Y se alejaron de allí, engolfados en una conversación sobre política, entregados de nuevo a la vida que campeaba en el mundo.
Penetraron después a la estancia algunas amigas de su hija que se persignaron rápidamente, y que, cuando salían, no pudieron contener una exclamación de sincera piedad para la joven doliente.
—¡Pobre Lucía!... ¿Sabes? Se ha quedado con su traje de baile preparado para la fiesta de las Chevesicks...
¡ Y cuántos detalles más que se fueron amontonando sobre su corazón como paletadas de cieno pestilente!
¡ Y por triunfar en esta vida, entre esas gentes que lo recibieron con la sonrisa de la simpatía y que hoy se encogían de hombros ante su cadáver, había luchado tanto tiempo y había sacrificado tantas cosas más humildes pero más duraderas!
En su familia, en sus amigos, en todos, uno a uno había podido descubrir fácilmente que aquel dolor que los dominaba era sólo momentáneo, y que pasados unos pocos días la vida se encargaría de sofocar hasta el recuerdo bajo sus múltiples vanidades.
Por fin lo dejaban solo. Nadie más que la vieja sirvienta había quedado para acompañarlo. Por la puerta y la ventana abiertas hacia el patio, penetraba el silencio solemne de la noche. Los gemidos de su esposa habían cesado hacía rato y quizás se encontraría ahora reparando las fuerzas en el sueño. Nadie, nadie en el mundo pensaba en el abandonado entre las cuatro paredes de su ataúd.
Un leve ronquido se dejó oír en la estancia. Era la vieja que dormía.
Entonces se apoderó de su espíritu angustia inmensa, que de no estar contenida por la inmovilidad del cuerpo, habría estallado en gemidos desolados. Sin saber cómo, se le vino a la mente un verso que había escuchado muchas veces con desprecio, como todo lo que él solía llamar “musiquillas de los poetas”, pero que ahora sentía con enorme intensidad, llenándole el alma de amargura:
¡Qué tristes, qué solos se quedan los muertos!
Hubiera deseado repetir la estrofa completa, pero no la recordaba, porque nunca había puesto mucha atención en ella, y se conformó con pronunciar una y varias veces el único verso que pudo retener:
“Dios mío, ¡ qué tristes, qué solos se quedan los muertos!... Dios mío, qué tristes, qué solos!...”
Las velas chisporroteaban, la vieja roncaba ligeramente. Un leve aullido le hizo reconocer fácilmente a su perro “Black”, que debía estar echado a los pies del túmulo, acompañando a su amo, quizás con mayor angustia que todas las personas que le eran más íntimas.
De fuera, al parecer, a través de una noche estrellada, llegaban lejanos sonidos de campana que daba una hora. Debía ser muy tarde.
Pasó un largo espacio de tiempo.
Un suave gemir de puerta vino de fuera y luego unos pasos que se acercaban con tiento a través del mosaico del patio. Pasos de mujer, de mujer tímida y dolorida. Vacilaban, se detenían y volvían a proseguir. La mujer debía de detenerse para ahogar los sollozos, porque llegaban hasta la estancia sonidos vagos como suspiros.
Era su mujer, quizás, o su hija, su querida Lucía, que deseaba ver una vez más a su padre antes que se lo llevaran para siempre.
Los pasos penetraron por fin a la estancia y un nuevo sollozo, hondo, penetrante, vibró muy cerca de sí, al mismo tiempo que un suave perfume femenino le acariciaba el rostro.
¿En dónde había conocido perfume semejante? No lo recordaba, pero, sin embargo, una dulce felicidad le invadió, evocándole, por extraña asociación de ideas, paisajes luminosos, cielos claros y pensamientos de pureza inmaculada.
Sintió que dos manos cariñosas se posaban en su pecho y en su cabeza, que luego unos labios suaves lo rozaban en la frente con beso virginal, casto y profundo.
Entonces su alma se postró para exclamar con ternura infinita, sobre. cogido de goce sobrehumano:
—¡Leonor!... ¡Mi Leonor!
Pero ya los pasos se alejaban, y se alejaban también los sollozos ahogados y el perfume sutil que evocaba idilios campestres de hacía treinta años pasados.
Era tía Leonor, la insignificante y olvidada “tía Leonor” que había venido a decir adiós hasta la otra vida a su primo y único amor, a su único ensueño en esta tierra.

Al día siguiente en la mañana se efectuaron los funerales del general don Rafael Gomero Velasco con la pompa que le concede la ordenanza militar.
Algunos meses después, al trasladar de nicho el cadáver, se pudo ver que el cristal que mostraba la cabeza del muerto estaba roto y que asomaba por la ventanilla la cabeza monstruosa, como si hubiera deseado escaparse de su estrecha cárcel.
Abierto el ataúd, se encontraron los dedos mutilados por los supremos esfuerzos que hizo por romper la pared, una vez terminado el extraño sopor que lo hizo pasar por muerto.
 

   

 

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