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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVÁN ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo

 

  DIAS GRISES
 

                                                        I


Fue un casamiento triste, a la caída de Ja tarde de un día bochornoso de calor, en una capillita del barrio de los Recoletos.
Asistían como testigos la madre de la novia, dos hermanas de la misma, vestidas de negro y cuidadosamente enmantadas; mientras ellos, los hombres, vestían el traje ordinario de empleados de oficina.
Salió a recibirlos el cura, un sujeto de raída sotana, moreno pálido, de profundas ojeras, ojos saltones y cabello enmarañado. Hablaba con voz breve, soñolienta, interrumpiéndose a menudo con bostezos.
Como les dijera que esperasen un momento, ellos lo aprovecharon para pasear en los corredores sombríos, con vidrieras de colores que cerraban la vista a un patiecillo interior. Observaron los cuadros al óleo. Representaban la vida de Santa Filomena, consignada allí por mano piadosa e ingenua, primitivas fantasías de algún fraile amante del arte. En uno de ellos, se podía ver a la mártir en presencia del rey bárbaro que solicitaba su mano, y el pintor, para expresar la maldad del ogro, habíale colocado una cabeza como de jabalí, con ojos inyectados, espantosos de lujuria. En otro de los cuadros aparecía la santa maniatada contra un árbol y sus martirizadores le arrojaban flechas que al llegar donde la virgen retrocedían inflamadas, y, formando un extenso semicírculo, volvían a herir a los que las habían arrojado.
Poseía el corredor un no sé qué de recogimiento, algo de añejo y patinado que oprimía el espíritu y obligaba a bostezar. Los circunstantes, aislados unos de otros, paseaban con una mueca de contenida tristeza, se miraban como si quisieran decir algo y volvían a vagar con aire aburrido, observando los muros y los cuadros.
Por fin el cura los llamó desde la capilla. Era pequeña, sombría y misteriosa. Vidrios de colores como los de la galería, en una pequeña claraboya del techo, dejaban penetrar la indecisa luz del crepúsculo. Muebles viejos, de barniz obscuro, bañábanse en penumbra expectante y en tenue perfume que no se sabría decir si provenía de los muebles, de restos de incienso o de esa leve estela aromada que dejan las mujeres a su paso.
Al fondo, en un ángulo, brillaba algo en la sombra, quizá un reclinatorio o un monje en meditación. De todos lados parecían surgir en el silencio miradas ardientes, suspiros, bisbiseos de oraciones. ¡ Cuántas esperan. zas, cuántas súplicas, cuántas meditaciones tenebrosas habrán vibrado entre aquellas cuatro paredes sombrías!
En la testera se alzaba el altar, sobrecargado de bronces y flores artificiales. En el centro, una imagen de la Virgen, vestida de blanco y oro, extendía sus brazos como bendiciendo. Hacia ella se habían dirigido los ojos de la fe, y muchos ojos bellos que llegaron llorosos hasta allí, acaso regresaron consolados por la imagen piadosa.
Pero los que ahora iban a unir sus vidas bajo su amparo no tenían fe en el poder divino y aceptaban la bendición parroquial sólo por fórmula. De ahí que lo observaran todo sin emoción y no vieran en la imagen sencilla nada más que una muñeca ataviada grotescamente.
Cuando el capellán subió al altar y encendió algunos velones, él y ella avanzaron por el parquet barnizado, cogidos de la mano, entre el padrino y la madrina. Esta última rezaba con fervor.
No hubo solemnidad, ni ceremonias pausadas; el cura precipitaba los formulismos, leía con rapidez, saltaba pasajes, como avergonzado él mismo de su cometido, indicando a los contrayentes las palabras que debían contestar o los signos que debían hacer.
—¿Acepta por esposo a Pedro Cortez? —Y soplaba, en tono más bajo, con precipitación—: Diga: “Sí, lo acepto”.
—Sí, lo acepto —repetía ella.
—¿Acepta por esposa a Marta Davison?... “Sí, la acepto.”
—Sí, la acepto —repetía él.
En seguida el cura se volvió hacia el altar y cogió unas moneditas de plata que entregó a Pedro.
—Póngalas en el hueco de las dos manos, y usted recíbalas también en las dos manos; diga usted: “Estás son las arras que te ofrezco, mi esposa
—Estas son las arras que te ofrezco, mi esposa.
—Está bien, está bien —afirmó el cura.
El novio hablaba gravemente, observando al sacerdote con sus grandes ojos mientras éste se apresuraba cada vez más. El padrino hacía esfuerzos por contener la risa, no se sabía por qué; la madrina rezaba. La madre y la hermana de la novia, inclinadas al borde del altar, rezaban también con fervor.
El sacerdote leyó en seguida con rapidez creciente los deberes de los esposos, y tan rápido leyó, que con dificultad se alcanzaban a percibir algunas de las frases bellísimas que recogía la novia en su imaginación.
“Sed como un jardín sellado.” “Sed como vaso místico de perfumes ...
—Ya está —concluyó el cura con satisfacción.
Se detuvo aún para asperjar a los circunstantes con el hisopo de agua bendita y en seguida se marchó aceleradamente por una de las puertas laterales.

II

Pedro Cortez era hombre serio. Como a los veinte años comenzara a desesperar de su falta de dirección en la vida, y como no tuviera otra cosa que emprender, se marchó a las minas del Norte en busca de fortuna. Recio de musculatura, no muy alto, de facciones toscas, de ojos grandes y claros, boca ancha y enérgica, imponía respeto al que se le acercaba, y aún mucho más cuando empezaba a hablar con voz convencida y lógica de hierro. Pero a pesar de tan buenas cualidades para abrirse camino en la vida, Pedro Cortez estuvo cinco años en las minas sin conseguir la fortuna anhelada.
Había dejado en la capital una rubia chiquilla que, más de una vez, se le aparecía entre los reflejos del sol abrasador de la pampa, alentándolo a proseguir la jornada. Llegábanle de allá cartas, impregnadas de esa ingenuidad femenina casi pueril, pero siempre encantadora: “Es preciso que trabajes —le decía— para que logremos libertarnos de una vez por todas, tú de esa pampa, y yo de este ambiente hogareño que me oprime cada vez mas”.
Y luego, algunos renglones que lo hacían hundir la vista en un punto lejano y, por las noches, revolverse en el lecho con febrilidad: “Viajaremos, iremos lejos a olvidar nuestras penas, y después, no ha de faltar un rinconcito para fabricar nuestro nido”.
También, de vez en cuando, llegábanle ráfagas de amargura que lo hacían revolverse en cólera e impotencia, aguijoneado aún más por su constante mala suerte: “Me hacen padecer —decía la letra femenina—, en casa me torturan, mamá dice que nunca permitirá que me reúna a un hombre como tú. Anoche he pasado en vela, llorando por lo que me dicen y me aconsejan. Lo que hay de cierto es que, como tardas mucho en volver, se intranquilizan y pretenden desviarme de tu cariño. Pero la vida se me hace tonta lejos de ti, y aunque ellos no quieran, yo querré. ¿No es verdad que sería muy bello huir lejos, muy lejos, a ocultar nuestro pobre cariño?”
Estas palabras, que tal vez no tenían más que ligero baño de romanticismo, encontraban en él eco profundo. Amargado en el trato con los hombres, sentíase cada vez más distante de ellos y no deseaba otra cosa que reunir lo suficiente para no morirse de hambre a fin de ir a ocultarse en cualquier lugar solitario en que hubiese árboles, creciesen flores y cantasen las aves. Allí, en medio de aquella naturaleza, bañándose en el ambiente de los pinos y de los robles, se purificaría su espíritu y sus facultades alcanzarían sana plenitud. Encontraría la compensación de su vida, hasta entonces solitaria en medio de los hombres; en la soledad iría a conquistar el alma que lo poseyera por entero y que a su vez fuera poseída por él.
Pero la fortuna tardaba en llegar, y cada vez sentíase más atormentado. Comenzaba a notar que las cartas de la niña se hacían literarias. Disertaba, la cabecita rubia, no ya sobre su amor, sino sobre la vida, sobre Dios y sus arcanos, sobre las miserias del mundo.
Poco a poco fue apoderándose de Pedro una extraña inquietud que atribuía a los sufrimientos de la amada. En medio de la soledad de su destierro y de la brutalidad de sus faenas diarias, comenzó a soñar en fantásticos proyectos muy parecidos a los de la rubia cabecita romántica.
Ya era una aventura a través de los mares en dirección al Viejo Mundo, ya la conquista de la fortuna, ganada, el uno junto al otro, en medio de privaciones y de miseria. ¿Por qué esta separación absurda por años y años en espera de algo dudoso y quimérico? ¿Por qué esa interesada oposición de los padres que mucho semejábase a una compraventa?
Y Pedro le escribió a su amada: “Iré en busca tuya. Estoy cansado de esperar. Nos reuniremos y construiremos el nido de nuestras ilusiones” ...


III

Pedro Cortez, a causa de su vida de trabajo duro y de los golpes recibidos en sus relaciones con los hombres, habíase acostumbrado a meditar sobre el mundo y sus cosas. Y a pesar de que los hombres quedaban malparados en su balance interior, no abominaba de ellos; siempre había una voz dentro de sí mismo que los defendía. Deseaba, sí, alejarse de ellos, porque comprendía que, en su contacto, perdía la serenidad, se agriaba su ánimo y sentía aversión por sus semejantes.
A causa de este retraimiento, había nacido en él una natural inclinación por la naturaleza. Admiraba el cielo y se entendía con él, amaba las plantas, amaba el mar y sacaba de su contacto profundas enseñanzas. Conmovíalo más un sonido vago venido de la tierra, que las mayores armonías; un perfume enternecíalo hondamente y una brizna de yerba despertaba en su mente intensas reflexiones.
En los días de fiesta, en el pequeño pueblecito formado alrededor de las minas en que servía de ayudante de ingeniero, mientras todos sus camaradas se reunían a beber en la única taberna y a contar obscenidades, Pedro se encaminaba hacia la playa y pasaba el día tendido en las rocas, ya leyendo alguna obra de arte, ya fumando y embebiéndose en la soberbia grandeza del mar.
Desde que había tomado la resolución de regresar a la capital, invadíalo una alegría casi pueril: permitióse beber algunas copas con los camaradas y soportar sus insulsas chanzonetas. Todo pareciíóle agradable en el puertecito, y las minas cobraron a sus ojos un encanto especial. Cuando ya se acercaba el momento de la partida, sintió deseos de quedarse, de no abandonar aquellos miserables trastos que habían constituido su mundo durante cinco largos anos.
Y luego, ¿qué es lo que iba a encontrar allá? Sus padres habían muerto, apenas si conservaba un pariente, viejo y maniático, con el que nunca pudo entenderse y por quien no sentía ningún cariño. Iba en busca de ella, pero... ¿cuánto no habría cambiado durante este tiempo? La había dejado niña de dieciocho años y ahora la encontraría convertida en una mujer saturada de todas las emanaciones de un ambiente superficial. Quizás si no pudieran entenderse siquiera; no sería raro que la ilusión conservada por ambas partes a través de los años, al tocar la nueva realidad, sufriera una profunda transformación.
La capital misma, con su traqueteo mareador, sin duda iba a influir desastrosamente en su ánimo. El contacto obligado con las gentes, los convencionalismos, el natural embarazo del que ha pasado largo tiempo calzando zapatos ferrados y sombrero de corcho, para alternar con personas atildadas, seguramente contribuirían a desorbitarlo.
Pero sus reflexiones pudieron menos que el ardiente deseo de cambiar de horizonte, ¡ siempre el mismo!, de ver árboles y de caminar sobre praderas verdes, y sobre todo, en fin, de avanzar un paso en lo que no se conoce. en lo inesperado, en el mañana incierto. Siempre será un placer picante introducir la mano en un hueco en que puede existir una zarpa que nos arrastre a un abismo.

IV

No sufrió desencanto, sin embargo. Después de la travesía por mar, que para él era un martirio, puesto que apenas subía a un bote lo cogía el mareo, sintió la impresión de que sólo en ese momento nacía verdaderamente a la vida. Se operó en su ser como una resurrección de facultades dormidas; apreció los colores en toda su intensidad, el aire, y hasta el movimiento mismo del puerto causóle una sensación especial de plenitud. Sus pensamientos adquirieron claridad inconcebible; los mayores problemas presentáronsele con una solución evidente. Y hubiera deseado tener por delante los más grandes obstáculos para vencerlos con su vigorosa voluntad.
Valparaíso cobraba para él un carácter de vida exuberante y plena. Salió a pasear por el malecón, subió a los cerros, vagó por las callejuelas estrechas que años atrás se le imaginaron cauces de podredumbre, y después, camino de Santiago, sacaba la cabeza por la ventanilla del vagón para aspirar con avidez el aire benéfico que parecía salirle al encuentro como saludándolo.
La llegada a la ciudad fue para él una entrada de triunfo. Tanta gente, tantos corazones palpitando al par que su corazón, y todos parecían sonreírle con sonrisa afable, como si invitaran a cambiar confidencias. ¡Y qué diferencia entre éstos y sus compañeros de destierro! Los mozos del servicio de andén, con sus gorros lacres y sus chapas de metal, parecían colocados en nivel superior a aquellos rudos mineros.
Cada una de las comodidades que ofrece la civilización a quienes tienen dinero con que pagarlas le iba causando nuevo deleite. Al salir del tren esperábalo muelle carruaje o confortable tranvía, que lo llevaban hasta la puerta misma de una hospedería. Lo instalaban en una habitación en que nada faltaba: agua limpia, toallas, lecho mullido, y, si algo le llegase a faltar, ahí tenía el botón eléctrico que haría aparecer como por arte mágico un sirviente que le diría con suave acento: “¿Le falta algo al señor?”
Pedro, apenas instalado, corrió en busca de la novia y tampoco sufrió decepción. Un poco de frialdad en la familia, una pequeña turbación en la joven; pero, por lo demás, ahí, a dos pasos de su cabeza, tenía la misma cabecita rubia que lo hiciera soñar en su larga ausencia. Sus ojos conservaban el aire ingenuo de años atrás, y le sonreían y lo enlazaban, quizá con más intenso cariño.
¿Las dificultades? ¿La oposición de los padres? ¿A dónde se habían ido? ¿Valía la pena haber robado a la dicha un tiempo tan precioso?
Se unirían a cualquier costa, a pesar de los tropiezos, y concluiría para siempre esa tristeza honda, esa negra meditación que ya iba pareciendo formar parte de su naturaleza. ¡ Allí el hogar humilde, pero dichoso; allí la brega alegre por la existencia, y el triunfo próximo, fortalecido por los ojos sonrientes de su amiga!...

V

Así es que cuando los padres respondieron a su petición de matrimonio, con una sonrisita irónica:
—Está bien, señor, ¿y tiene usted lista su casa para instalar a su mujer? —Pedro no se desconcertó. Con voz grave y convencida, dijo:
—Nada tengo que responder a una observación que estimo fuera de lugar. Si deseo unirme a la hija de ustedes es porque me creo con las fuerzas suficientes para darle el pan de cada día, que es lo único que un hombre honrado necesita. Si no contara con los medios necesarios para sostenerla, arrancaría las piedras con las uñas y debajo encontraría el sustento para ella y para mí.
—Es bonita la poesía, joven, pero la realidad es otra. Se lo aseguro:
es usted muy joven aun.
—Veinticinco años...
—Y nosotros, sesenta...
Entonces, Pedro, irguiéndose, exclamó:
—Está bien, arreglaré las cosas de otra manera. ¿Es la última palabra de ustedes?
Los ancianos volvieron a sonreír.
—La última, caballero, la última. No queremos que usted sea desgraciado; crea en nuestra sinceridad. Usted se deslizaría por una pendiente... ¡No conoce la vida, joven!
Fue así como exasperaron estos padres crueles la paciencia de nuestro amigo Pedro, y cómo, a pesar de mofarse de los procedimientos románticos, concibió un maravilloso plan de rapto, que ejecutó punto por punto.
No faltó ni la escala de cuerda, ni el carruaje que esperase perdido en la bruma de una noche obscura, ni la fuga precipitada; ni faltó el escondrijo en los arrabales, cedido por una bruja mediante algunas monedas.
Y allí pasaron horas bellísimas en las cuales el sombrío Pedro Cortez desempeñó a maravillas su papel de Romeo y la alegre cabecita rubia pudo saborear las delicias de lo prohibido.
Desgraciadamente, se hizo necesario entrar en convenios con los padres, por medio de intermediarios, y pocos días después se efectuaba el matrimonio en una oficina de Registro Civil y, luego, el matrimonio religioso en la pequeña capilla de Santa Filomena, en una tarde bochornosa de calor, ceremonia humilde y triste, interrumpida apenas por el rezo fervoroso de la madre de la novia y los escépticos y exagerados bostezos del padrino.

VI

Cuando volvían de la iglesia cogidos del brazo, los invadió un malestar indefinible. Pedro llevaba la impresión de que algo dejaba tras de sí, o que algo había perdido. Se palpó los bolsillos por un movimiento irreflexivo, y también volvió los ojos hacia la iglesia en que se habían desposado.
En la puerta quedaba solamente la familia, y ahora, él y ella, eran libres de amarse hasta la eternidad. Podrían construir el nido tibio, refugiarse el uno en brazos del otro, y debatirse de ese modo de los golpes que pudiera proporcionarles la vida.
Al pensar en esto, Pedro sintió un impulso de estrecharse aún más a su compañera, decirle al oído que estaban muy solos, que si no se acompañaban mutuamente serían náufragos perdidos en el egoísmo del mundo. Ella dejaba para siempre un hogar, para arrojarse en otro que todavía era eventual, un hogar que bien podría derrumbarse antes de ser construido, y si esto sucediere, las puertas que uno mismo cierra, rara vez se abren de nuevo. “Amada mía, amada mía”, repetíase Pedro para sí con infinita ternura, en el fondo de su alma.
Prometíase hacerla feliz y llenar los vacíos que pudieran abrirse en su alma ingenua, a fuerza de cariño inmenso e inagotable.
Pero, a pesar de todo, sentía, muy escondido en alguna parte de su ser, un malestar que si hubiera podido condensarse de alguna manera, tal vez habría sido en forma interrogativa: ¿Para qué tanta agitación? ¿Qué diferencia hay entre el pasado y el presente?
En realidad, comparando el día de hoy con el de ayer, en su espíritu resultaban todos maravillosamente ordenados para que resultasen iguales. Aquellos en que hubiera creído ser feliz, como aquellos en que se creyera desgraciado, tenían igual suma de dolor y alegría. Porque, ¡ cosa extraña!, en el placer real, en el que se vive con la materia y el espíritu, resulta, venido quizás de dónde, un sentimiento oculto de desventura, y viceversa.
En aquel punto de sus pensamientos, Pedro sólo sentía un enorme vacío, un cansancio de vida, una indiferencia absoluta por lo que ha de venir. ¿La miseria? ¿Bien, fortuna, el amor, el aislamiento?
Y mientras estrechaba el delicado brazo de su mujer y besaba con los ojos sus labios frescos, se hacía una reflexión: “¿Habré hecho bien en unir esta vida a la mía? Desde hoy en adelante, cada uno de sus pasos, el menor de mis gestos, tendrán una repercusión en ella”. ¿Valía la pena haber hecho todo eso? ¿No continuaba la vida igualmente impasible, con sereno paso, hacia un límite cierto?
Caminaban uno junto al otro, rozándose todo el cuerpo, pero cada cual pensando por su cuenta.
Ella pensaría quizá en el grupo de parientes dejados en la puerta de la iglesia y que aún estarían allí, entre llorosos y compasivos, viendo como se alejaban los prófugos, hasta perderlos de vista. O pensaría en el hogar futuro, que hasta ahora sólo se levantaba en sueños. Pensaría en ángeles rubios, en labios con sabor de frutas, en piernecitas bullidoras zapateando impacientemente en torno de unas faldas graves y cariñosas.
Entonces Pedro sintió deseos de preguntarle por primera vez:
—¿En qué piensas?
Ella preguntó a su turno:
—Y tú, ¿en qué piensas?
Ambos quedaron sin respuesta; azorados, confusos, con la impresión de haber olvidado algo, un no sé qué, en la capillita distante, aquella en que un hombre los había unido por toda la vida en nombre de Dios.

VII

Y mientras efectuaban los arreglos de su casa en los alrededores de la ciudad, Pedro apenas podía disimular un mortal cansancio que no le dejaba un momento de reposo.
Por fortuna, ella tenía alegría por los dos y trajinaba, fresca, riendo con cristalinas carcajadas, ordenando los muebles, limpiando los pisos, dispuesta a todo; respirando salud.
Y gracias a ella hubo sana armonía durante los primeros meses. Se arrullaban mutuamente, y solían hacer largas excursiones por los alrededores solitarios.
Sólo a la caída de la tarde, después de haberse creído alegres durante toda la jornada, surgían maquinalmente estas preguntas sencillas y aterradoras: ¿En qué pensaba ella? ¿En qué pensaba él? Tornábanse graves, y muda tristeza recorría sus miembros con un estremecimiento helado.

VIII

Por las mañanas, muy temprano, Pedro levantábase sin hacer ruido para no despertar a su esposa y abandonaba la habitación en que la atmósfera era cálida y enervante. Dilataba el pecho con suprema satisfacción ante el aire matutino. Su espíritu parecía extenderse por los campos en donde las nieblas aún se tendían soñolientas, perdía la vista en los borrosos contornos del horizonte con indefinible sensación de gozo.
Tomaba entonces un grueso bastón y, sin hacer ruido, como niño que aprovecha del sueño de sus padres para penetrar en huerto vedado, se echaba a caminar por el pasto cubierto de rocío, saltaba cercos y curvaba con voluptuosidad su dorso para recibir la caricia de los primeros rayos del sol.
Su excursión terminaba generalmente en una alta pirca tras la cual se extendía un camino que iba a perderse en el horizonte entre lejanos matorrales. Trepaba sobre la tapia y contemplaba largo tiempo el paisaje.
¿Pensaba? ¿Soñaba? ¿En qué?
Desde este punto se descubría casi toda la campiña libre, se divisaban las montañas, y allá en el lado opuesto debería estar el mar batiendo sus ansias contra la playa.
Pedro hubiera deseado lanzarse a través del espacio, remontar las diáfanas nubes, correr por el amplio camino, trepar las cordilleras y sentir en los labios el frío de las nieves.
Sentía de un modo vago y confuso todos estos deseos, pero ¿y por qué y para qué? ¿No se habían realizado todos sus sueños?
Ella era alegre, dulce y sencilla como la había soñado. Ella lo amaba con pasión, como él lo había soñado. Ella y él se poseían con el cuerpo y el alma. Bastaba que el uno estuviese al lado del otro para que fluyese una atmósfera ardiente y para que sus bocas se juntasen en largo beso.
Un gesto de la amada lo hacía desfallecer, una mirada lo hacía sentir inefable deleite. ¿Qué les faltaba?
¡ Oh, sí, qué le faltaba!
En algunas ocasiones, contemplando ciertas cosas, sentía una paralogización. Le parecía que nada había cambiado de lo antiguo, que siempre era el mismo de cuando marchaba solo por el mundo. Entonces sentía una extraña molestia y sacudía la cabeza para despertar a la realidad.


IX

Por las tardes, ella iba a esperarlo al otro extremo del parque que los separaba de la ciudad en donde Pedro tenía su trabajo.
Tenían la costumbre de darse como saludo un largo beso. En seguida él le entregaba un pequeño envoltorio que solía traer consigo y sacudía ligeramente los hombros como para descargarse del bullicio y del inútil bagaje que las grandes poblaciones echan sobre sus habitantes.
Regresaban con lentitud, cogidos del brazo, conversando bajo los árboles, contándose sus impresiones del día. A medida que avanzaban por el parque, todo iba quedando más y más lejos del ruido de la ciudad, y cuando llegaban al borde de la laguna, la paz se hacía solemne. Con majestad y armonía agrupaban su ramaje los árboles; las aguas, quietas y límpidas, los reflejaban en su fondo, formando un segundo bosque, aún más misterioso y quieto que el primero.
Detrás del último baluarte de árboles, asomando su techumbre entre las más altas ramas, aparecía la querida mansión. Era la vasta casa de una granja abandonada. Los dos pisos, de paredes viejas, parecían sostenerse milagrosamente entre los torreones de los extremos.
Cuando los sorprendía la noche en el camino, podían divisar desde muy lejos, entre los árboles, una lucecita inmóvil que parecía abandonarse a dulce somnolencia. Era la llama del hogar encendida por la criada, en espera de sus amos.

X

Después de comer, Pedro acostumbraba cerrar las ventanas que miraban hacia el bosque. Sentía miedo de aquellas sombras de árboles agigantados, de aquellos rumores misteriosos que parecían esperar las tinieblas y el silencio para vivir.
—Eres tímido, Pedro..., ¡ pareces un niño! —decíale su mujer.
—No lo sé, pero ... estos árboles, como congregados para cobijar las palpitaciones de la tierra, tienen algo de siniestro ... Deberá ser muy valiente quien se atreviera a colocar su espíritu frente al gran espíritu desconocido.
—¡ Pobre Pedro!
—Chist..., ¿ sientes?
Ella abrió los ojos.
—¡Qué! ¡Son los perros que ladran!
—¡Ah!... ¡Tú no puedes oír!
—¡Niño!
—Tienes el alma sana, Marta. ¡ Protégeme tú!
Prefería Pedro retirarse a tomar aire después de comer, a una pequeña terraza que miraba hacia el jardín de la granja, en el lado opuesto al bosque.
Desde allí se veían, entre grupos de árboles dispersos, las luces de un presidio. Centenares de almas vegetaban entre los muros espesos custodiados por torreones y centinelas. Pedro sentía menos terror por aquel bosque de almas, de angustias y martirios, que por el que daba sombra a las ventanas de su mansión. Llegaban de allí los gritos lejanos de los centinelas, como lamentos de penetrante y lánguida melancolía.
¿Dormían ya los pobres encarcelados del cuerpo? ¿En dónde se refugiaban sus pensamientos libres y malditos?
Sobre las duras baldosas, en las cuadras inmundas y pestilentes, o en las celdas negras como tumbas, se revolcaban, quizá, en agitado sueño. Sus espíritus fuertes parecían levantarse en las tinieblas entre columnas de pestilencias y llamaradas de pasión. ¿Eran los vencidos? ¿O los vencedores?
Pedro no sentía compasión por ellos.
Estremecíase, sí, pensando, con goce áspero e indefinible, que quizá hallaría su felicidad ocupando un puesto entre sus muros y sus frías cadenas.

XI

Algunas noches se sentaban juntos en la terraza y pasaban largas horas en silencio. Ella solía apoyar una mano en la de Pedro, o acomodaba la cabeza en su hombro. De este modo quedábanse alentando dulcemente, sintiéndose vivir en el silencio de la noche.
—¡ Sientes, Marta!
—Sí.
—¡Ha graznado un búho!
—No son búhos; son lechuzas, Pedro. Como la casa es vieja y destartalada, han hecho sus nidos en el alero. No encuentro nada de particular. Hoy, en el día, he descubierto dos nidos encima de las piezas del jardín...
- ¡Oh, no hables!... ¡Entremos!
Y Pedro, palpando con manos temblorosas el respaldo de su silla, empujaba ligeramente a su esposa para cerrar la puerta cuanto antes.
—Marta..., he despertado oprimido por un angustioso sobresalto. Parece que se ha desencadenado una tempestad. Pero, antes, mucho antes, cuando aún la noche estaba serena, he despertado varias veces al sonido de una extraña voz. He encendido luz y te he estado vigilando mientras dormías. ¿ Soñabas algo? ... ¡ No recuerdas! ... Sin embargo, te debatías en el sueño y proferías ligeras exclamaciones. Tu rostro tomaba una expresión de violento terror y te ocultabas con las manos como de un peligro terrible. Por un momento has abierto los ojos y me has mirado de un modo..., de un modo...
“No se cómo he tenido valor para observarte durante tan largo rato... Cuando abriste los ojos vi que tus pupilas no eran las mismas de siempre... Me pareció que la niña del ojo se dilataba hasta cubrir la cuenca por entero. Mi curiosidad ha sido más violenta que mi terror, y te he observado hasta el final. Es indudable que en ese instante veías algo extraordinario. Me miraste, y parecías suplicarme... Luego, como si hubieras comprendido, de repente, has dejado caer los brazos, y has suspirado moviendo la cabeza con un dolor que no te conocía. Tu cabecita blonda adquirió en esos instantes una gravedad inquietadora; he leído en todo tu ser una firmeza de espíritu que no habría sospechado jamás... Has suspirado con el mismo dolor intenso que suspiraría el que conociese la amargura de toda una vida... ¡Dime! ¿Soñabas? ¿No recuerdas nada?...
“Después ha silbado afuera el viento con mayor fuerza, las ramas de los árboles han rasguñado las ventanas como si pidiesen que abriera de prisa... Un sordo estruendo en el bosque me ha indicado que algún gran árbol caía por tierra. ¡ Y cosa extraña! Esta vez no sentía miedo de la furia de los elementos. Escucha el trueno... Un relámpago atraviesa el cuarto como una cuchillada. Mi corazón vibra con el entusiasmo que deben de tener los guerreros que oyen el clarín de guerra...
“Marta, ¡ durmamos, arrullados por la tempestad!

XIII

La melancolía fue apoderándose del espíritu de Marta, la rubia, la ale...... El alma de Pedro era poderosa y la bella flor marchitábase con su aliento de fuego.
Pedro fue haciéndose cada vez más huraño. A veces quedábase mirando con reconcentrado furor el rostro de la joven, y, después de un largo silencio, preguntaba con acento malévolo:
—¿En qué piensas?
Marta guardaba silencio. Cada vez sus inquietudes iban haciéndose más y más profundas. La palidez borró las rosadas tintas en las mejillas y el rostro fue ahuecándose para dar paso a hoyuelos en que la sombra encontraba sitio.
“¡En qué piensa! ¡Ah, la maldita!”, mascullaba Pedro para sí. Un día en que las nubes encapotaban el cielo y la lluvia repiqueteaba en los cristales, Pedro pasó la tarde tendido en su lecho. Marta alentaba con suavidad, muy cerca de él, tendida a sus pies.
Pedro la observó por largo espacio de tiempo, y una alegría angustiosa se apoderó de su ser. Una chispa diabólica brillaba en sus ojos.
—Dime, Marta, ¿me amas?
—¡Te amo, Pedro, te amo!
—Yo también.
Por instinto la joven se replegó en sí misma como para recibir un golpe.
Pedro paseó la vista por su cuerpo...
—¡ Aunque estás delgada.., tus formas son espléndidas! ... Dime, Marta..., ¿serías capaz?...
—¡Habla, Pedro!
—¡Serías capaz de engañarme, de... entregarte a otro hombre?
—¡Pedro!
—¡Sí, que otro te poseyera.., bestialmente..., que besara tus ojos..., que restregara sus barbas en tu rostro delicado!...
Un sollozo, a sus pies, lo interrumpió. Hubo un silencio angustioso en la estancia. Una racha de viento golpeó con mayor fuerza en los cristales.

XIV

En adelante no pudieron mirarse sin que un deseo maligno se levantara en sus espíritus. Sentían un goce cruel en martirizarse. No se podían mirar en los ojos sin que tuvieran que bajarlos en seguida, estremecidos por la turbación.
Poco a poco fueron acostumbrándose al silencio y cada uno se replegó en sus propias meditaciones. Un vacío se formó entre ellos y en este vacío se fue condensando una niebla intranquilizadora que los separaba cada día mas.
Sin embargo, había ligeras treguas, límpidos días de sol en que se arrojaban el uno en brazos del otro, sollozando, perdonándose en un beso todos los tristes días de amargura dejados a la espalda.
Entonces ella le decía:
—Estás enfermo, Pedro; es preciso que salgas al espacio libre ... ¡ No te encierres en nuestros viejos muros..., camina..., sal a viajar..., ve en busca del mar..., arroja de tu espíritu esa pústula..., esa gangrena que te roe!
—Sí, Marta... ¡ Estoy enfermo!... Anoche he soñado que salía a un largo viaje... Mi alma despertaba a medida que se me abría el horizonte... Caminaba hasta llegar a un valle cerrado por montañas. En él había un edificio de grandes dimensiones, muy semejante al presidio que desde aquí se divisa. En un principio nada me llamaba la atención. Sonreía el cielo, cantaban los pájaros entre los árboles y la grandiosa mansión con su arquitectura medieval no me causaba sino agradable complacencia. Pero he aquí que siento deseos de entrar, y busco ansiosamente una puerta. Paseo en torno de las murallas, lo escudriño todo y no me es posible encontrarla. Al fin, después de larga peregrinación, doy con una pequeña puerta. Procuro abrirla y las hojas de hierro se resisten; golpeo y sólo responde el eco a mis golpes. Entonces percibo un signo de interrogación que cruza la puerta como una extraña insignia heráldica. Me invade indecible angustia. ¡ Deseo entrar, deseo conocer lo que existe dentro de esos muros! Golpeo, procuro buscar una rendija, pongo el oído contra la muralla. En el interior se oye un ruido sordo, que anuncia una vida agitada: tal vez un estertor, tal vez ruido de fragua... Angustia creciente se va apoderando de mí. Entonces golpeo con furia, remezco los barrotes, araño, doy cabezadas, procuro morder el hierro con mis dientes... El signo de interrogación parece burlarse de mi impotencia...
Marta lo escuchaba con los ojos abiertos. Pedro se detuvo.
—Y después... ¿has despertado?
—Sí..., me oprimía angustiosamente contra tu pecho y mis manos parecían dispuestas para desgarrarte... ¡ Quería saber lo que existía más allá de la vida!... ¡ Más allá de la vida!
- ¡ Pedro!...
—¡Qué, Marta?
—¿ Serías capaz de matarme? Pedro suspiró y no respondió.

XV

No se decidía a viajar. Sus excursiones llegaban hasta la pirca de los potreros, o a los muros del presidio o a los lindes del bosque.
Pasaba bajo los árboles hundiendo los pies en las hojas húmedas y recibiendo sobre su cabeza las gotas de agua que destilaban los negros brazos de los árboles.
Horas enteras deteníase al borde del lago en que se reflejaba su imagen, como si escrutara en su propia fisonomía un misterioso problema.
Y cada día se tornaba más sombrío, más terco y brutal.
Una vez en que se hallaban solos en la estancia, mudos como de costumbre, Pedro levantó la cabeza para preguntar:
—Marta... ¿ Nunca te he golpeado?
—¿Por qué esa pregunta?
—¡Dime! ¿Nunca?
—Jamás, Pedro...
—¿ Y si te golpeara?
Marta lo observó tímidamente, recelosa. Ambos vibraban de emoción.
—Serías un... ¡ Oh, pero no! ...
—Di, Marta...
—Serías un cobarde, un loco..., pero tú no harás eso.
Pedro se acercó a ella.
—Sí, tienes razón..., sería un cobarde..., un loco... ¡ Te voy a pegar!
Levantó el brazo, y, sin apresuramiento, descargó un golpe en su mejilla. Ella cayó de bruces. En seguida, con voluptuosidad, dejó caer su brazo sobre el delicado cuerpo de su mujer, una, varias veces, hasta dejarla sin aliento.
Esa noche la pasó Pedro sollozando en un ángulo de la pieza. Ella tuvo que consolarlo como a un niño.

XVI

Y, sin embargo, a él le parecía que la amaba cada vez más.
Desde que la golpeara por primera vez, comenzó a volver del pueblo a altas horas de la noche. Llegaba enlodado, chorreando agua, cuando era noche de lluvia, con los ojos inyectados por el licor, y con el cerebro preñado de negros pensamientos.
Así pasaron días largos, días lentos y angustiosos para Marta.
Lo esperaba todas las noches, inquieta, como estremecida por el riguroso frío del invierno, con la vista fija en el fuego. ¿Pensaba? ¿Recordaba los venturosos días de sol?
De vez en cuando, dilataba los ojos y se estremecía en silencio.
Una noche, Pedro no volvió. Ella lo esperó hasta el amanecer y entonces salió en su busca. Lo encontró bajo los árboles, junto a la laguna, con el rostro hundido en el lodo.
En casa, cuando Pedro no la golpeaba, pasaban largas horas el uno junto al otro, mudos y con la cabeza inclinada sobre el pecho.


XVII

—Es preciso concluir con esta existencia absurda, Pedro... Si no me amas, márchate o permite que me marche...
—¡Es que te amo, Marta!
— ¡ También yo!... Si me alejara de tu lado, moriría lentamente. La vida se me parecería incolora y vacía. ¡ Salgamos, Pedro! ¡ Huyamos de esta mansión tétrica en que graznan los búhos, en que se escuchan los cantos de los centinelas del presidio y el viento silba rumores extraños en los árboles del bosque! ¡Huyamos, Pedro!
—Es que en otra parte moriría, Marta. Amo este bosque sombrío y húmedo, este lago en cuyo fondo parecen cantar sirenas, este terror misterioso que se desprende de cada una de las cosas. Sí, Marta, deseo vencer este espíritu extraño que me domina...
—¡Pedro! ¡Por nuestro amor!
—No puedo... O morimos, o vencemos.

XVIII

¿Vencer? ¿A quién? No lo sabía. ¿Sería a esa mano negra que desde lo alto parecía tenderse sobre su hogar, convirtiendo los días, con su sombra, en monótonos e igualmente grises? ¿Era a esa angustia vaga por culpa de algo que no conocía? ¿Era a ese fantasma que se le representaba como enorme signo de interrogación colocado sobre una puerta tapiada?
Apretaba los puños y amenazaba a un ser desconocido, prometiéndose vencerlo.

XIX

“¿Y si yo me matase? —preguntábase a menudo Pedro—. ¿Si colocase el cañón de un revólver en mis sienes? ... Si estuviese ahí la solución. ¡ Mi cuerpo cesaría de vivir! ... En otros términos: la fuerza que obra sobre él lo abandonaría... ¿ Para refugiarse en dónde?
“Porque, si esta fuerza existe, secundando a la materia, y forma con ésta el ser humano, el alma, una vez que pierde su objeto, queda cesante... En el momento en que esta fuerza se aparta de la materia, dejará, pues, de interesarle su antigua combinación. Si en el agua se aparta el oxígeno del hidrógeno por medio de la electricidad, ni el oxígeno ni el hidrógeno se interesan por el agua que en conjunto formaban... La materia, pues, continuará su evolución conocida, mientras el espíritu proseguirá la suya. ¿Qué me importa a mí, conjunto de materia y espíritu, que éste resuelva su problema, si no resuelvo el mío, mi problema de ser humano? Mi espíritu será tan ajeno a mí como cualquier cuerpo es ajeno a sus componentes. Ni aun en el caso de que mi vida humana sea consecuencia o accidente de otra vida superior y consciente, aunque mi espíritu fuera parte o esclavo de esa vida superior, y después de mi muerte yo entrase en el secreto de mi vida, no sería esto una garantía pura mi ser humano.
“Es necesario que yo resuelva mí problema en mi vida misma. El suicidio es una torpeza.”
Sin embargo, Pedro Cortez compró un revólver y lo llevaba siempre consigo.

XX

Pensaba:
“Mi vida se desliza monótonamente. A millares de vidas ocurre igual cosa: siempre es la vulgaridad la que rige nuestros actos. Se pasea, se juega, se charla, se escribe, se piensa, se enferma y se muere... Podría yo mezclarme al mundo y danzar y reír como todos; no por eso mi fin sería menos cierto y mi ignorancia menos absoluta.
“En cambio, en la soledad y el silencio escucho las voces misteriosas y solemnes que en medio de la batahola es imposible oír... Y una extraña inquietud se apodera de mi espíritu. Algo inesperado y siniestro se alza sobre mi cabeza como una sombra sin límites. Siento el peso sobre mi espalda y no me atrevo a dar un paso por temor de ser aplastado al menor movimiento.”

XXI

“Amo y soy amado. ¿Soy amado? Sí, nada me puede hacer pensar lo contrario. Estaba solo, completamente solo en el mundo. ¿Qué significa estar solo? Estar solo significa no tener pensamientos comunes con persona viviente. No saber que, en cada minuto de la vida, hay alguien que suena en idénticos sueños que los míos, que no levante yo del suelo una brizna de yerba sin que la que me acompaña no se interese tanto como yo mismo en mi movimiento. Alguien, en fin, que acompañe mi alma dentro de mí.
“Ella se interesa por todos los actos de mí vida, desearía hacerme feliz, desearía poseer hasta el último de mis pensamientos. Yo deseo otro tanto con respecto a ella. Nos amamos, deseamos ser el uno del otro. ¡ No basta el amor para sentirse acompañados!
“Yo le hablo de mí y ella aprueba con la cabeza. ¿Ha comprendido? ¿Han sido mis palabras tan precisas que reflejaran en su alma el estado de mi alma? Dice que sí... ¿Lo sabe acaso?
“Y si la torturo siento acre placer. Mientras mayor es la tortura, mayor es el placer.
“Idéntico extraño goce lo he sentido solamente en sueños una vez que un brujo me ofrecía, para que lo bebiera, un repugnante elixir fabricado con sangre de vírgenes. He llevado la copa a los labios y el infierno se debería abrir ante mis ojos... ¡Sin embargo, he despertado sin conocer el infierno! . .

XXII

Pedro Cortez fue convirtiéndose en un ser extravagante.
Un día atravesaba el bosque sumido en las sombras y oyó que lo llamaba una voz desconocida:
—¡Pedro Cortez!
Se volvió y no descubrió a nadie.
—¡ Pedro! —repitió la voz. -
Preguntó:
—¿Qué?
Sólo el silencio le respondió. Cuando ya reanudaba la marcha, sintió de nuevo la voz:
—¡Anda, Pedro!
Los cabellos se le erizaron. Sin embargo, interrogó:
—¿ Adónde?
La voz guardó silencio. Mas apenas había dado dos pasos, oyó de nuevo:
—¡Anda, Pedro!
Temblando de pavor, apresuró la marcha.
—¡Anda, Pedro! —gritaba la voz a su espalda.

XXIII

Y el invierno iba convirtiéndose en algo cada vez más siniestro. Soplaba el viento haciendo crujir los árboles; graznaban los búhos, los pinos inclinaban sus ramas sobre la casa de Pedro, como si les llamase la atención algo conmovedor.
Del presidio, a través del viento, se oían, de vez en vez, largos y lastimeros gritos de centinelas. Las luces temblaban en el pavor de las sombras.
Mientras tanto, Marta petrificábase en su asiento, junto al brasero, sin derramar una lágrima.

XXIV

Y una noche, cuando menos se pensaba, todo terminó.
Pedro volvió tarde a casa. Sin embargo, no había bebido y su cerebro estaba lúcido.
Al aproximarse, entre la lluvia y el fango, se le ocurrió repentinamente una idea.
Atenuó sus pasos y se aproximó con sigilo. En el piso inferior había luz; Marta lo esperaba.
Como la puerta estaba cerrada, para no llamar la atención, saltó las tapias del huerto. Los perros ladraron con furia, pero se calmaron al escuchar su voz.
Al subir la escalera, temblábanle las piernas y palpitábale con fuerza el corazón.
El corredor estaba iluminado por la luz que partía de una de las ventanas, era posible observar el interior. Avanzó, con mayor sigilo aún, hasta llegar delante de la ventana. Miró con avidez.
Marta estaba sola. Como de costumbre, sentada junto al brasero, con la vista inmóvil, las manos sobre el regazo. Su semblante aparecía visiblemente contraído. Sin duda, pensaba. Pedro avanzó el rostro hasta tocar los cristales. ¿En qué pensaba ella? ¿Pensaba en él? ¿Pensaba en él con amor o con odio?
En ese momento, Marta se estremeció. Luego su fisonomía adquirió una expresión de terror y alargó los brazos como para suplicar o detener a alguien.
“Tiene miedo —pensó Pedro—. Quizás tiene miedo de mí.”
Se la representó repentinamente tal como la conociera; niña de dieciocho años, fresca, alegre, sencilla.. ., y la comparó con la que tenía delante. Una oleada de lágrimas se agolpó a sus ojos.
“Yo soy el único culpable”, se dijo.
Tuvo deseos de entrar y cubrirle de besos los ojos, arrodillarse y besar el borde de su vestido. Pero se detuvo y miró con mayor intensidad. Nunca la había visto así. Sus facciones poseían en ese momento una sensibilidad extrema. Todos los movimientos de su rostro y de su cuerpo le pertenecían sólo a ella. Eran “sus” movimientos. Los movimientos de ella, los verdaderos, los únicos: no era posible dudarlo. ¡ Y él los veía por primera vez!
Sintió vergüenza, se preguntó:
“¡Soy yo el culpable?”
Hacía seis años que se casaron. Seis años que creían poseerse el uno
al otro. Pensaron que reuniéndose concluirían con el vacío de la soledad y estaban ansiosos de ternura, de amor. Se reunieron y obtuvieron ternura y amor. Pero ¿había concluido el vacío de la soledad? ¡ No! Ni siquiera se conocían; ninguno de sus pensamientos podía traspasar los límites del cuerpo para trasmitirse al otro. Luego, la soledad era del alma.
Marta abatió la cabeza sobre las faldas. Pedro echó mano al bolsillo.
“¡Y si la matara!”
Un gemido cruzó el espacio a través de la noche. Era el alerta de los centinelas. Pedro comenzó a sentir el mismo supremo goce que sintiera al insultarla y al golpearla tiempo atrás. Un espasmo hizo temblar su cuerpo. La fiebre se apoderó de sus manos.
“La voy a matar —pensó—. Estoy a dos pasos de ella con el arma en la mano y ella está preocupada sólo de sus pensamientos. En este momento sonríe. Quizás algún agradable sueño acaricia su mente desolada.”
Una racha de viento, un poco más fuerte, asperjó algunas gotas de la lluvia sobre su rostro. Pero él nada sentía.
“La voy a matar”, pensó.
Levantó el gatillo y oprimió el revólver. Hizo los puntos sobre la cabeza de su mujer. En ese momento ella volvió el rostro hacia el lado del bosque. Sólo se distinguía el manchón negro de la ventana, abierta sobre la obscuridad como la entrada a una caverna.
El gatillo cayó. Marta volvió el rostro aterrorizada. Exhaló un grito estridente. Pedro miró con avidez: no estaba herida. La bala había cruzado los vidrios y había ido a perderse en la otra ventana, al bosque vecino.
Un terror loco, invencible, se apoderó de su ser y apretó tres veces el gatillo.
Un segundo después de la última detonación, todo quedó en silencio. En la habitación, Marta yacía en tierra, inmóvil. Sólo entonces el corazón de Pedro comenzó a latir con regularidad. Volvió la vista al patio e hinchó el pecho con satisfacción indecible. Parecíale que se había despojado del peso de la bóveda celeste que gravitara sobre sus hombros. La lluvia caía con igual insistencia y los perros ladraban con fuerza. Del presidio llegaba un largo grito, cálida invitación venida desde las tinieblas.

XXV

Pocos meses después se paseaba entre los muros de la prisión un hombre de ojos claros e ingenuos. Tenía el aspecto de una persona alegre, cuyo corazón fuera ligero como el de las aves del cielo. Nadie hubiera reconocido al sombrío Pedro Cortez.
Sus compañeros lo consideraban hombre equilibrado, y a menudo acudían a su clara inteligencia para que resolviera sus problemas.
Nunca se le veía triste. Un día que fuera interrogado sobre el motivo de su encarcelamiento, respondió, sencillamente:
—Por haber muerto a un fantasma... Tras el muro no había nada. ¡ Nada!
¿A qué fantasma se refería? ¿A qué muro? ¿Al fantasma creado por su imaginación y del cual fue esclavo?
No dio más explicaciones.
¿Era un loco?
Sin embargo, no lo parecía.
 

   

 

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