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DIAS GRISES
I
Fue un casamiento triste, a la caída de Ja tarde de un día
bochornoso de calor, en una capillita del barrio de los
Recoletos.
Asistían como testigos la madre de la novia, dos hermanas de la
misma, vestidas de negro y cuidadosamente enmantadas; mientras
ellos, los hombres, vestían el traje ordinario de empleados de
oficina.
Salió a recibirlos el cura, un sujeto de raída sotana, moreno
pálido, de profundas ojeras, ojos saltones y cabello enmarañado.
Hablaba con voz breve, soñolienta, interrumpiéndose a menudo con
bostezos.
Como les dijera que esperasen un momento, ellos lo aprovecharon
para pasear en los corredores sombríos, con vidrieras de colores
que cerraban la vista a un patiecillo interior. Observaron los
cuadros al óleo. Representaban la vida de Santa Filomena,
consignada allí por mano piadosa e ingenua, primitivas fantasías
de algún fraile amante del arte. En uno de ellos, se podía ver a
la mártir en presencia del rey bárbaro que solicitaba su mano, y
el pintor, para expresar la maldad del ogro, habíale colocado
una cabeza como de jabalí, con ojos inyectados, espantosos de
lujuria. En otro de los cuadros aparecía la santa maniatada
contra un árbol y sus martirizadores le arrojaban flechas que al
llegar donde la virgen retrocedían inflamadas, y, formando un
extenso semicírculo, volvían a herir a los que las habían
arrojado.
Poseía el corredor un no sé qué de recogimiento, algo de añejo y
patinado que oprimía el espíritu y obligaba a bostezar. Los
circunstantes, aislados unos de otros, paseaban con una mueca de
contenida tristeza, se miraban como si quisieran decir algo y
volvían a vagar con aire aburrido, observando los muros y los
cuadros.
Por fin el cura los llamó desde la capilla. Era pequeña, sombría
y misteriosa. Vidrios de colores como los de la galería, en una
pequeña claraboya del techo, dejaban penetrar la indecisa luz
del crepúsculo. Muebles viejos, de barniz obscuro, bañábanse en
penumbra expectante y en tenue perfume que no se sabría decir si
provenía de los muebles, de restos de incienso o de esa leve
estela aromada que dejan las mujeres a su paso.
Al fondo, en un ángulo, brillaba algo en la sombra, quizá un
reclinatorio o un monje en meditación. De todos lados parecían
surgir en el silencio miradas ardientes, suspiros, bisbiseos de
oraciones. ¡ Cuántas esperan. zas, cuántas súplicas, cuántas
meditaciones tenebrosas habrán vibrado entre aquellas cuatro
paredes sombrías!
En la testera se alzaba el altar, sobrecargado de bronces y
flores artificiales. En el centro, una imagen de la Virgen,
vestida de blanco y oro, extendía sus brazos como bendiciendo.
Hacia ella se habían dirigido los ojos de la fe, y muchos ojos
bellos que llegaron llorosos hasta allí, acaso regresaron
consolados por la imagen piadosa.
Pero los que ahora iban a unir sus vidas bajo su amparo no
tenían fe en el poder divino y aceptaban la bendición parroquial
sólo por fórmula. De ahí que lo observaran todo sin emoción y no
vieran en la imagen sencilla nada más que una muñeca ataviada
grotescamente.
Cuando el capellán subió al altar y encendió algunos velones, él
y ella avanzaron por el parquet barnizado, cogidos de la mano,
entre el padrino y la madrina. Esta última rezaba con fervor.
No hubo solemnidad, ni ceremonias pausadas; el cura precipitaba
los formulismos, leía con rapidez, saltaba pasajes, como
avergonzado él mismo de su cometido, indicando a los
contrayentes las palabras que debían contestar o los signos que
debían hacer.
—¿Acepta por esposo a Pedro Cortez? —Y soplaba, en tono más
bajo, con precipitación—: Diga: “Sí, lo acepto”.
—Sí, lo acepto —repetía ella.
—¿Acepta por esposa a Marta Davison?... “Sí, la acepto.”
—Sí, la acepto —repetía él.
En seguida el cura se volvió hacia el altar y cogió unas
moneditas de plata que entregó a Pedro.
—Póngalas en el hueco de las dos manos, y usted recíbalas
también en las dos manos; diga usted: “Estás son las arras que
te ofrezco, mi esposa
—Estas son las arras que te ofrezco, mi esposa.
—Está bien, está bien —afirmó el cura.
El novio hablaba gravemente, observando al sacerdote con sus
grandes ojos mientras éste se apresuraba cada vez más. El
padrino hacía esfuerzos por contener la risa, no se sabía por
qué; la madrina rezaba. La madre y la hermana de la novia,
inclinadas al borde del altar, rezaban también con fervor.
El sacerdote leyó en seguida con rapidez creciente los deberes
de los esposos, y tan rápido leyó, que con dificultad se
alcanzaban a percibir algunas de las frases bellísimas que
recogía la novia en su imaginación.
“Sed como un jardín sellado.” “Sed como vaso místico de perfumes
...
—Ya está —concluyó el cura con satisfacción.
Se detuvo aún para asperjar a los circunstantes con el hisopo de
agua bendita y en seguida se marchó aceleradamente por una de
las puertas laterales.
II
Pedro Cortez era hombre serio. Como a los veinte años comenzara
a desesperar de su falta de dirección en la vida, y como no
tuviera otra cosa que emprender, se marchó a las minas del Norte
en busca de fortuna. Recio de musculatura, no muy alto, de
facciones toscas, de ojos grandes y claros, boca ancha y
enérgica, imponía respeto al que se le acercaba, y aún mucho más
cuando empezaba a hablar con voz convencida y lógica de hierro.
Pero a pesar de tan buenas cualidades para abrirse camino en la
vida, Pedro Cortez estuvo cinco años en las minas sin conseguir
la fortuna anhelada.
Había dejado en la capital una rubia chiquilla que, más de una
vez, se le aparecía entre los reflejos del sol abrasador de la
pampa, alentándolo a proseguir la jornada. Llegábanle de allá
cartas, impregnadas de esa ingenuidad femenina casi pueril, pero
siempre encantadora: “Es preciso que trabajes —le decía— para
que logremos libertarnos de una vez por todas, tú de esa pampa,
y yo de este ambiente hogareño que me oprime cada vez mas”.
Y luego, algunos renglones que lo hacían hundir la vista en un
punto lejano y, por las noches, revolverse en el lecho con
febrilidad: “Viajaremos, iremos lejos a olvidar nuestras penas,
y después, no ha de faltar un rinconcito para fabricar nuestro
nido”.
También, de vez en cuando, llegábanle ráfagas de amargura que lo
hacían revolverse en cólera e impotencia, aguijoneado aún más
por su constante mala suerte: “Me hacen padecer —decía la letra
femenina—, en casa me torturan, mamá dice que nunca permitirá
que me reúna a un hombre como tú. Anoche he pasado en vela,
llorando por lo que me dicen y me aconsejan. Lo que hay de
cierto es que, como tardas mucho en volver, se intranquilizan y
pretenden desviarme de tu cariño. Pero la vida se me hace tonta
lejos de ti, y aunque ellos no quieran, yo querré. ¿No es verdad
que sería muy bello huir lejos, muy lejos, a ocultar nuestro
pobre cariño?”
Estas palabras, que tal vez no tenían más que ligero baño de
romanticismo, encontraban en él eco profundo. Amargado en el
trato con los hombres, sentíase cada vez más distante de ellos y
no deseaba otra cosa que reunir lo suficiente para no morirse de
hambre a fin de ir a ocultarse en cualquier lugar solitario en
que hubiese árboles, creciesen flores y cantasen las aves. Allí,
en medio de aquella naturaleza, bañándose en el ambiente de los
pinos y de los robles, se purificaría su espíritu y sus
facultades alcanzarían sana plenitud. Encontraría la
compensación de su vida, hasta entonces solitaria en medio de
los hombres; en la soledad iría a conquistar el alma que lo
poseyera por entero y que a su vez fuera poseída por él.
Pero la fortuna tardaba en llegar, y cada vez sentíase más
atormentado. Comenzaba a notar que las cartas de la niña se
hacían literarias. Disertaba, la cabecita rubia, no ya sobre su
amor, sino sobre la vida, sobre Dios y sus arcanos, sobre las
miserias del mundo.
Poco a poco fue apoderándose de Pedro una extraña inquietud que
atribuía a los sufrimientos de la amada. En medio de la soledad
de su destierro y de la brutalidad de sus faenas diarias,
comenzó a soñar en fantásticos proyectos muy parecidos a los de
la rubia cabecita romántica.
Ya era una aventura a través de los mares en dirección al Viejo
Mundo, ya la conquista de la fortuna, ganada, el uno junto al
otro, en medio de privaciones y de miseria. ¿Por qué esta
separación absurda por años y años en espera de algo dudoso y
quimérico? ¿Por qué esa interesada oposición de los padres que
mucho semejábase a una compraventa?
Y Pedro le escribió a su amada: “Iré en busca tuya. Estoy
cansado de esperar. Nos reuniremos y construiremos el nido de
nuestras ilusiones” ...
III
Pedro Cortez, a causa de su vida de trabajo duro y de los golpes
recibidos en sus relaciones con los hombres, habíase
acostumbrado a meditar sobre el mundo y sus cosas. Y a pesar de
que los hombres quedaban malparados en su balance interior, no
abominaba de ellos; siempre había una voz dentro de sí mismo que
los defendía. Deseaba, sí, alejarse de ellos, porque comprendía
que, en su contacto, perdía la serenidad, se agriaba su ánimo y
sentía aversión por sus semejantes.
A causa de este retraimiento, había nacido en él una natural
inclinación por la naturaleza. Admiraba el cielo y se entendía
con él, amaba las plantas, amaba el mar y sacaba de su contacto
profundas enseñanzas. Conmovíalo más un sonido vago venido de la
tierra, que las mayores armonías; un perfume enternecíalo
hondamente y una brizna de yerba despertaba en su mente intensas
reflexiones.
En los días de fiesta, en el pequeño pueblecito formado
alrededor de las minas en que servía de ayudante de ingeniero,
mientras todos sus camaradas se reunían a beber en la única
taberna y a contar obscenidades, Pedro se encaminaba hacia la
playa y pasaba el día tendido en las rocas, ya leyendo alguna
obra de arte, ya fumando y embebiéndose en la soberbia grandeza
del mar.
Desde que había tomado la resolución de regresar a la capital,
invadíalo una alegría casi pueril: permitióse beber algunas
copas con los camaradas y soportar sus insulsas chanzonetas.
Todo pareciíóle agradable en el puertecito, y las minas cobraron
a sus ojos un encanto especial. Cuando ya se acercaba el momento
de la partida, sintió deseos de quedarse, de no abandonar
aquellos miserables trastos que habían constituido su mundo
durante cinco largos anos.
Y luego, ¿qué es lo que iba a encontrar allá? Sus padres habían
muerto, apenas si conservaba un pariente, viejo y maniático, con
el que nunca pudo entenderse y por quien no sentía ningún
cariño. Iba en busca de ella, pero... ¿cuánto no habría cambiado
durante este tiempo? La había dejado niña de dieciocho años y
ahora la encontraría convertida en una mujer saturada de todas
las emanaciones de un ambiente superficial. Quizás si no
pudieran entenderse siquiera; no sería raro que la ilusión
conservada por ambas partes a través de los años, al tocar la
nueva realidad, sufriera una profunda transformación.
La capital misma, con su traqueteo mareador, sin duda iba a
influir desastrosamente en su ánimo. El contacto obligado con
las gentes, los convencionalismos, el natural embarazo del que
ha pasado largo tiempo calzando zapatos ferrados y sombrero de
corcho, para alternar con personas atildadas, seguramente
contribuirían a desorbitarlo.
Pero sus reflexiones pudieron menos que el ardiente deseo de
cambiar de horizonte, ¡ siempre el mismo!, de ver árboles y de
caminar sobre praderas verdes, y sobre todo, en fin, de avanzar
un paso en lo que no se conoce. en lo inesperado, en el mañana
incierto. Siempre será un placer picante introducir la mano en
un hueco en que puede existir una zarpa que nos arrastre a un
abismo.
IV
No sufrió desencanto, sin embargo. Después de la travesía por
mar, que para él era un martirio, puesto que apenas subía a un
bote lo cogía el mareo, sintió la impresión de que sólo en ese
momento nacía verdaderamente a la vida. Se operó en su ser como
una resurrección de facultades dormidas; apreció los colores en
toda su intensidad, el aire, y hasta el movimiento mismo del
puerto causóle una sensación especial de plenitud. Sus
pensamientos adquirieron claridad inconcebible; los mayores
problemas presentáronsele con una solución evidente. Y hubiera
deseado tener por delante los más grandes obstáculos para
vencerlos con su vigorosa voluntad.
Valparaíso cobraba para él un carácter de vida exuberante y
plena. Salió a pasear por el malecón, subió a los cerros, vagó
por las callejuelas estrechas que años atrás se le imaginaron
cauces de podredumbre, y después, camino de Santiago, sacaba la
cabeza por la ventanilla del vagón para aspirar con avidez el
aire benéfico que parecía salirle al encuentro como saludándolo.
La llegada a la ciudad fue para él una entrada de triunfo. Tanta
gente, tantos corazones palpitando al par que su corazón, y
todos parecían sonreírle con sonrisa afable, como si invitaran a
cambiar confidencias. ¡Y qué diferencia entre éstos y sus
compañeros de destierro! Los mozos del servicio de andén, con
sus gorros lacres y sus chapas de metal, parecían colocados en
nivel superior a aquellos rudos mineros.
Cada una de las comodidades que ofrece la civilización a quienes
tienen dinero con que pagarlas le iba causando nuevo deleite. Al
salir del tren esperábalo muelle carruaje o confortable tranvía,
que lo llevaban hasta la puerta misma de una hospedería. Lo
instalaban en una habitación en que nada faltaba: agua limpia,
toallas, lecho mullido, y, si algo le llegase a faltar, ahí
tenía el botón eléctrico que haría aparecer como por arte mágico
un sirviente que le diría con suave acento: “¿Le falta algo al
señor?”
Pedro, apenas instalado, corrió en busca de la novia y tampoco
sufrió decepción. Un poco de frialdad en la familia, una pequeña
turbación en la joven; pero, por lo demás, ahí, a dos pasos de
su cabeza, tenía la misma cabecita rubia que lo hiciera soñar en
su larga ausencia. Sus ojos conservaban el aire ingenuo de años
atrás, y le sonreían y lo enlazaban, quizá con más intenso
cariño.
¿Las dificultades? ¿La oposición de los padres? ¿A dónde se
habían ido? ¿Valía la pena haber robado a la dicha un tiempo tan
precioso?
Se unirían a cualquier costa, a pesar de los tropiezos, y
concluiría para siempre esa tristeza honda, esa negra meditación
que ya iba pareciendo formar parte de su naturaleza. ¡ Allí el
hogar humilde, pero dichoso; allí la brega alegre por la
existencia, y el triunfo próximo, fortalecido por los ojos
sonrientes de su amiga!...
V
Así es que cuando los padres respondieron a su petición de
matrimonio, con una sonrisita irónica:
—Está bien, señor, ¿y tiene usted lista su casa para instalar a
su mujer? —Pedro no se desconcertó. Con voz grave y convencida,
dijo:
—Nada tengo que responder a una observación que estimo fuera de
lugar. Si deseo unirme a la hija de ustedes es porque me creo
con las fuerzas suficientes para darle el pan de cada día, que
es lo único que un hombre honrado necesita. Si no contara con
los medios necesarios para sostenerla, arrancaría las piedras
con las uñas y debajo encontraría el sustento para ella y para
mí.
—Es bonita la poesía, joven, pero la realidad es otra. Se lo
aseguro:
es usted muy joven aun.
—Veinticinco años...
—Y nosotros, sesenta...
Entonces, Pedro, irguiéndose, exclamó:
—Está bien, arreglaré las cosas de otra manera. ¿Es la última
palabra de ustedes?
Los ancianos volvieron a sonreír.
—La última, caballero, la última. No queremos que usted sea
desgraciado; crea en nuestra sinceridad. Usted se deslizaría por
una pendiente... ¡No conoce la vida, joven!
Fue así como exasperaron estos padres crueles la paciencia de
nuestro amigo Pedro, y cómo, a pesar de mofarse de los
procedimientos románticos, concibió un maravilloso plan de
rapto, que ejecutó punto por punto.
No faltó ni la escala de cuerda, ni el carruaje que esperase
perdido en la bruma de una noche obscura, ni la fuga
precipitada; ni faltó el escondrijo en los arrabales, cedido por
una bruja mediante algunas monedas.
Y allí pasaron horas bellísimas en las cuales el sombrío Pedro
Cortez desempeñó a maravillas su papel de Romeo y la alegre
cabecita rubia pudo saborear las delicias de lo prohibido.
Desgraciadamente, se hizo necesario entrar en convenios con los
padres, por medio de intermediarios, y pocos días después se
efectuaba el matrimonio en una oficina de Registro Civil y,
luego, el matrimonio religioso en la pequeña capilla de Santa
Filomena, en una tarde bochornosa de calor, ceremonia humilde y
triste, interrumpida apenas por el rezo fervoroso de la madre de
la novia y los escépticos y exagerados bostezos del padrino.
VI
Cuando volvían de la iglesia cogidos del brazo, los invadió un
malestar indefinible. Pedro llevaba la impresión de que algo
dejaba tras de sí, o que algo había perdido. Se palpó los
bolsillos por un movimiento irreflexivo, y también volvió los
ojos hacia la iglesia en que se habían desposado.
En la puerta quedaba solamente la familia, y ahora, él y ella,
eran libres de amarse hasta la eternidad. Podrían construir el
nido tibio, refugiarse el uno en brazos del otro, y debatirse de
ese modo de los golpes que pudiera proporcionarles la vida.
Al pensar en esto, Pedro sintió un impulso de estrecharse aún
más a su compañera, decirle al oído que estaban muy solos, que
si no se acompañaban mutuamente serían náufragos perdidos en el
egoísmo del mundo. Ella dejaba para siempre un hogar, para
arrojarse en otro que todavía era eventual, un hogar que bien
podría derrumbarse antes de ser construido, y si esto sucediere,
las puertas que uno mismo cierra, rara vez se abren de nuevo.
“Amada mía, amada mía”, repetíase Pedro para sí con infinita
ternura, en el fondo de su alma.
Prometíase hacerla feliz y llenar los vacíos que pudieran
abrirse en su alma ingenua, a fuerza de cariño inmenso e
inagotable.
Pero, a pesar de todo, sentía, muy escondido en alguna parte de
su ser, un malestar que si hubiera podido condensarse de alguna
manera, tal vez habría sido en forma interrogativa: ¿Para qué
tanta agitación? ¿Qué diferencia hay entre el pasado y el
presente?
En realidad, comparando el día de hoy con el de ayer, en su
espíritu resultaban todos maravillosamente ordenados para que
resultasen iguales. Aquellos en que hubiera creído ser feliz,
como aquellos en que se creyera desgraciado, tenían igual suma
de dolor y alegría. Porque, ¡ cosa extraña!, en el placer real,
en el que se vive con la materia y el espíritu, resulta, venido
quizás de dónde, un sentimiento oculto de desventura, y
viceversa.
En aquel punto de sus pensamientos, Pedro sólo sentía un enorme
vacío, un cansancio de vida, una indiferencia absoluta por lo
que ha de venir. ¿La miseria? ¿Bien, fortuna, el amor, el
aislamiento?
Y mientras estrechaba el delicado brazo de su mujer y besaba con
los ojos sus labios frescos, se hacía una reflexión: “¿Habré
hecho bien en unir esta vida a la mía? Desde hoy en adelante,
cada uno de sus pasos, el menor de mis gestos, tendrán una
repercusión en ella”. ¿Valía la pena haber hecho todo eso? ¿No
continuaba la vida igualmente impasible, con sereno paso, hacia
un límite cierto?
Caminaban uno junto al otro, rozándose todo el cuerpo, pero cada
cual pensando por su cuenta.
Ella pensaría quizá en el grupo de parientes dejados en la
puerta de la iglesia y que aún estarían allí, entre llorosos y
compasivos, viendo como se alejaban los prófugos, hasta
perderlos de vista. O pensaría en el hogar futuro, que hasta
ahora sólo se levantaba en sueños. Pensaría en ángeles rubios,
en labios con sabor de frutas, en piernecitas bullidoras
zapateando impacientemente en torno de unas faldas graves y
cariñosas.
Entonces Pedro sintió deseos de preguntarle por primera vez:
—¿En qué piensas?
Ella preguntó a su turno:
—Y tú, ¿en qué piensas?
Ambos quedaron sin respuesta; azorados, confusos, con la
impresión de haber olvidado algo, un no sé qué, en la capillita
distante, aquella en que un hombre los había unido por toda la
vida en nombre de Dios.
VII
Y mientras efectuaban los arreglos de su casa en los alrededores
de la ciudad, Pedro apenas podía disimular un mortal cansancio
que no le dejaba un momento de reposo.
Por fortuna, ella tenía alegría por los dos y trajinaba, fresca,
riendo con cristalinas carcajadas, ordenando los muebles,
limpiando los pisos, dispuesta a todo; respirando salud.
Y gracias a ella hubo sana armonía durante los primeros meses.
Se arrullaban mutuamente, y solían hacer largas excursiones por
los alrededores solitarios.
Sólo a la caída de la tarde, después de haberse creído alegres
durante toda la jornada, surgían maquinalmente estas preguntas
sencillas y aterradoras: ¿En qué pensaba ella? ¿En qué pensaba
él? Tornábanse graves, y muda tristeza recorría sus miembros con
un estremecimiento helado.
VIII
Por las mañanas, muy temprano, Pedro levantábase sin hacer ruido
para no despertar a su esposa y abandonaba la habitación en que
la atmósfera era cálida y enervante. Dilataba el pecho con
suprema satisfacción ante el aire matutino. Su espíritu parecía
extenderse por los campos en donde las nieblas aún se tendían
soñolientas, perdía la vista en los borrosos contornos del
horizonte con indefinible sensación de gozo.
Tomaba entonces un grueso bastón y, sin hacer ruido, como niño
que aprovecha del sueño de sus padres para penetrar en huerto
vedado, se echaba a caminar por el pasto cubierto de rocío,
saltaba cercos y curvaba con voluptuosidad su dorso para recibir
la caricia de los primeros rayos del sol.
Su excursión terminaba generalmente en una alta pirca tras la
cual se extendía un camino que iba a perderse en el horizonte
entre lejanos matorrales. Trepaba sobre la tapia y contemplaba
largo tiempo el paisaje.
¿Pensaba? ¿Soñaba? ¿En qué?
Desde este punto se descubría casi toda la campiña libre, se
divisaban las montañas, y allá en el lado opuesto debería estar
el mar batiendo sus ansias contra la playa.
Pedro hubiera deseado lanzarse a través del espacio, remontar
las diáfanas nubes, correr por el amplio camino, trepar las
cordilleras y sentir en los labios el frío de las nieves.
Sentía de un modo vago y confuso todos estos deseos, pero ¿y por
qué y para qué? ¿No se habían realizado todos sus sueños?
Ella era alegre, dulce y sencilla como la había soñado. Ella lo
amaba con pasión, como él lo había soñado. Ella y él se poseían
con el cuerpo y el alma. Bastaba que el uno estuviese al lado
del otro para que fluyese una atmósfera ardiente y para que sus
bocas se juntasen en largo beso.
Un gesto de la amada lo hacía desfallecer, una mirada lo hacía
sentir inefable deleite. ¿Qué les faltaba?
¡ Oh, sí, qué le faltaba!
En algunas ocasiones, contemplando ciertas cosas, sentía una
paralogización. Le parecía que nada había cambiado de lo
antiguo, que siempre era el mismo de cuando marchaba solo por el
mundo. Entonces sentía una extraña molestia y sacudía la cabeza
para despertar a la realidad.
IX
Por las tardes, ella iba a esperarlo al otro extremo del parque
que los separaba de la ciudad en donde Pedro tenía su trabajo.
Tenían la costumbre de darse como saludo un largo beso. En
seguida él le entregaba un pequeño envoltorio que solía traer
consigo y sacudía ligeramente los hombros como para descargarse
del bullicio y del inútil bagaje que las grandes poblaciones
echan sobre sus habitantes.
Regresaban con lentitud, cogidos del brazo, conversando bajo los
árboles, contándose sus impresiones del día. A medida que
avanzaban por el parque, todo iba quedando más y más lejos del
ruido de la ciudad, y cuando llegaban al borde de la laguna, la
paz se hacía solemne. Con majestad y armonía agrupaban su ramaje
los árboles; las aguas, quietas y límpidas, los reflejaban en su
fondo, formando un segundo bosque, aún más misterioso y quieto
que el primero.
Detrás del último baluarte de árboles, asomando su techumbre
entre las más altas ramas, aparecía la querida mansión. Era la
vasta casa de una granja abandonada. Los dos pisos, de paredes
viejas, parecían sostenerse milagrosamente entre los torreones
de los extremos.
Cuando los sorprendía la noche en el camino, podían divisar
desde muy lejos, entre los árboles, una lucecita inmóvil que
parecía abandonarse a dulce somnolencia. Era la llama del hogar
encendida por la criada, en espera de sus amos.
X
Después de comer, Pedro acostumbraba cerrar las ventanas que
miraban hacia el bosque. Sentía miedo de aquellas sombras de
árboles agigantados, de aquellos rumores misteriosos que
parecían esperar las tinieblas y el silencio para vivir.
—Eres tímido, Pedro..., ¡ pareces un niño! —decíale su mujer.
—No lo sé, pero ... estos árboles, como congregados para cobijar
las palpitaciones de la tierra, tienen algo de siniestro ...
Deberá ser muy valiente quien se atreviera a colocar su espíritu
frente al gran espíritu desconocido.
—¡ Pobre Pedro!
—Chist..., ¿ sientes?
Ella abrió los ojos.
—¡Qué! ¡Son los perros que ladran!
—¡Ah!... ¡Tú no puedes oír!
—¡Niño!
—Tienes el alma sana, Marta. ¡ Protégeme tú!
Prefería Pedro retirarse a tomar aire después de comer, a una
pequeña terraza que miraba hacia el jardín de la granja, en el
lado opuesto al bosque.
Desde allí se veían, entre grupos de árboles dispersos, las
luces de un presidio. Centenares de almas vegetaban entre los
muros espesos custodiados por torreones y centinelas. Pedro
sentía menos terror por aquel bosque de almas, de angustias y
martirios, que por el que daba sombra a las ventanas de su
mansión. Llegaban de allí los gritos lejanos de los centinelas,
como lamentos de penetrante y lánguida melancolía.
¿Dormían ya los pobres encarcelados del cuerpo? ¿En dónde se
refugiaban sus pensamientos libres y malditos?
Sobre las duras baldosas, en las cuadras inmundas y pestilentes,
o en las celdas negras como tumbas, se revolcaban, quizá, en
agitado sueño. Sus espíritus fuertes parecían levantarse en las
tinieblas entre columnas de pestilencias y llamaradas de pasión.
¿Eran los vencidos? ¿O los vencedores?
Pedro no sentía compasión por ellos.
Estremecíase, sí, pensando, con goce áspero e indefinible, que
quizá hallaría su felicidad ocupando un puesto entre sus muros y
sus frías cadenas.
XI
Algunas noches se sentaban juntos en la terraza y pasaban largas
horas en silencio. Ella solía apoyar una mano en la de Pedro, o
acomodaba la cabeza en su hombro. De este modo quedábanse
alentando dulcemente, sintiéndose vivir en el silencio de la
noche.
—¡ Sientes, Marta!
—Sí.
—¡Ha graznado un búho!
—No son búhos; son lechuzas, Pedro. Como la casa es vieja y
destartalada, han hecho sus nidos en el alero. No encuentro nada
de particular. Hoy, en el día, he descubierto dos nidos encima
de las piezas del jardín...
- ¡Oh, no hables!... ¡Entremos!
Y Pedro, palpando con manos temblorosas el respaldo de su silla,
empujaba ligeramente a su esposa para cerrar la puerta cuanto
antes.
—Marta..., he despertado oprimido por un angustioso sobresalto.
Parece que se ha desencadenado una tempestad. Pero, antes, mucho
antes, cuando aún la noche estaba serena, he despertado varias
veces al sonido de una extraña voz. He encendido luz y te he
estado vigilando mientras dormías. ¿ Soñabas algo? ... ¡ No
recuerdas! ... Sin embargo, te debatías en el sueño y proferías
ligeras exclamaciones. Tu rostro tomaba una expresión de
violento terror y te ocultabas con las manos como de un peligro
terrible. Por un momento has abierto los ojos y me has mirado de
un modo..., de un modo...
“No se cómo he tenido valor para observarte durante tan largo
rato... Cuando abriste los ojos vi que tus pupilas no eran las
mismas de siempre... Me pareció que la niña del ojo se dilataba
hasta cubrir la cuenca por entero. Mi curiosidad ha sido más
violenta que mi terror, y te he observado hasta el final. Es
indudable que en ese instante veías algo extraordinario. Me
miraste, y parecías suplicarme... Luego, como si hubieras
comprendido, de repente, has dejado caer los brazos, y has
suspirado moviendo la cabeza con un dolor que no te conocía. Tu
cabecita blonda adquirió en esos instantes una gravedad
inquietadora; he leído en todo tu ser una firmeza de espíritu
que no habría sospechado jamás... Has suspirado con el mismo
dolor intenso que suspiraría el que conociese la amargura de
toda una vida... ¡Dime! ¿Soñabas? ¿No recuerdas nada?...
“Después ha silbado afuera el viento con mayor fuerza, las ramas
de los árboles han rasguñado las ventanas como si pidiesen que
abriera de prisa... Un sordo estruendo en el bosque me ha
indicado que algún gran árbol caía por tierra. ¡ Y cosa extraña!
Esta vez no sentía miedo de la furia de los elementos. Escucha
el trueno... Un relámpago atraviesa el cuarto como una
cuchillada. Mi corazón vibra con el entusiasmo que deben de
tener los guerreros que oyen el clarín de guerra...
“Marta, ¡ durmamos, arrullados por la tempestad!
XIII
La melancolía fue apoderándose del espíritu de Marta, la rubia,
la ale...... El alma de Pedro era poderosa y la bella flor
marchitábase con su aliento de fuego.
Pedro fue haciéndose cada vez más huraño. A veces quedábase
mirando con reconcentrado furor el rostro de la joven, y,
después de un largo silencio, preguntaba con acento malévolo:
—¿En qué piensas?
Marta guardaba silencio. Cada vez sus inquietudes iban
haciéndose más y más profundas. La palidez borró las rosadas
tintas en las mejillas y el rostro fue ahuecándose para dar paso
a hoyuelos en que la sombra encontraba sitio.
“¡En qué piensa! ¡Ah, la maldita!”, mascullaba Pedro para sí. Un
día en que las nubes encapotaban el cielo y la lluvia
repiqueteaba en los cristales, Pedro pasó la tarde tendido en su
lecho. Marta alentaba con suavidad, muy cerca de él, tendida a
sus pies.
Pedro la observó por largo espacio de tiempo, y una alegría
angustiosa se apoderó de su ser. Una chispa diabólica brillaba
en sus ojos.
—Dime, Marta, ¿me amas?
—¡Te amo, Pedro, te amo!
—Yo también.
Por instinto la joven se replegó en sí misma como para recibir
un golpe.
Pedro paseó la vista por su cuerpo...
—¡ Aunque estás delgada.., tus formas son espléndidas! ... Dime,
Marta..., ¿serías capaz?...
—¡Habla, Pedro!
—¡Serías capaz de engañarme, de... entregarte a otro hombre?
—¡Pedro!
—¡Sí, que otro te poseyera.., bestialmente..., que besara tus
ojos..., que restregara sus barbas en tu rostro delicado!...
Un sollozo, a sus pies, lo interrumpió. Hubo un silencio
angustioso en la estancia. Una racha de viento golpeó con mayor
fuerza en los cristales.
XIV
En adelante no pudieron mirarse sin que un deseo maligno se
levantara en sus espíritus. Sentían un goce cruel en
martirizarse. No se podían mirar en los ojos sin que tuvieran
que bajarlos en seguida, estremecidos por la turbación.
Poco a poco fueron acostumbrándose al silencio y cada uno se
replegó en sus propias meditaciones. Un vacío se formó entre
ellos y en este vacío se fue condensando una niebla
intranquilizadora que los separaba cada día mas.
Sin embargo, había ligeras treguas, límpidos días de sol en que
se arrojaban el uno en brazos del otro, sollozando, perdonándose
en un beso todos los tristes días de amargura dejados a la
espalda.
Entonces ella le decía:
—Estás enfermo, Pedro; es preciso que salgas al espacio libre
... ¡ No te encierres en nuestros viejos muros..., camina...,
sal a viajar..., ve en busca del mar..., arroja de tu espíritu
esa pústula..., esa gangrena que te roe!
—Sí, Marta... ¡ Estoy enfermo!... Anoche he soñado que salía a
un largo viaje... Mi alma despertaba a medida que se me abría el
horizonte... Caminaba hasta llegar a un valle cerrado por
montañas. En él había un edificio de grandes dimensiones, muy
semejante al presidio que desde aquí se divisa. En un principio
nada me llamaba la atención. Sonreía el cielo, cantaban los
pájaros entre los árboles y la grandiosa mansión con su
arquitectura medieval no me causaba sino agradable complacencia.
Pero he aquí que siento deseos de entrar, y busco ansiosamente
una puerta. Paseo en torno de las murallas, lo escudriño todo y
no me es posible encontrarla. Al fin, después de larga
peregrinación, doy con una pequeña puerta. Procuro abrirla y las
hojas de hierro se resisten; golpeo y sólo responde el eco a mis
golpes. Entonces percibo un signo de interrogación que cruza la
puerta como una extraña insignia heráldica. Me invade indecible
angustia. ¡ Deseo entrar, deseo conocer lo que existe dentro de
esos muros! Golpeo, procuro buscar una rendija, pongo el oído
contra la muralla. En el interior se oye un ruido sordo, que
anuncia una vida agitada: tal vez un estertor, tal vez ruido de
fragua... Angustia creciente se va apoderando de mí. Entonces
golpeo con furia, remezco los barrotes, araño, doy cabezadas,
procuro morder el hierro con mis dientes... El signo de
interrogación parece burlarse de mi impotencia...
Marta lo escuchaba con los ojos abiertos. Pedro se detuvo.
—Y después... ¿has despertado?
—Sí..., me oprimía angustiosamente contra tu pecho y mis manos
parecían dispuestas para desgarrarte... ¡ Quería saber lo que
existía más allá de la vida!... ¡ Más allá de la vida!
- ¡ Pedro!...
—¡Qué, Marta?
—¿ Serías capaz de matarme? Pedro suspiró y no respondió.
XV
No se decidía a viajar. Sus excursiones llegaban hasta la pirca
de los potreros, o a los muros del presidio o a los lindes del
bosque.
Pasaba bajo los árboles hundiendo los pies en las hojas húmedas
y recibiendo sobre su cabeza las gotas de agua que destilaban
los negros brazos de los árboles.
Horas enteras deteníase al borde del lago en que se reflejaba su
imagen, como si escrutara en su propia fisonomía un misterioso
problema.
Y cada día se tornaba más sombrío, más terco y brutal.
Una vez en que se hallaban solos en la estancia, mudos como de
costumbre, Pedro levantó la cabeza para preguntar:
—Marta... ¿ Nunca te he golpeado?
—¿Por qué esa pregunta?
—¡Dime! ¿Nunca?
—Jamás, Pedro...
—¿ Y si te golpeara?
Marta lo observó tímidamente, recelosa. Ambos vibraban de
emoción.
—Serías un... ¡ Oh, pero no! ...
—Di, Marta...
—Serías un cobarde, un loco..., pero tú no harás eso.
Pedro se acercó a ella.
—Sí, tienes razón..., sería un cobarde..., un loco... ¡ Te voy a
pegar!
Levantó el brazo, y, sin apresuramiento, descargó un golpe en su
mejilla. Ella cayó de bruces. En seguida, con voluptuosidad,
dejó caer su brazo sobre el delicado cuerpo de su mujer, una,
varias veces, hasta dejarla sin aliento.
Esa noche la pasó Pedro sollozando en un ángulo de la pieza.
Ella tuvo que consolarlo como a un niño.
XVI
Y, sin embargo, a él le parecía que la amaba cada vez más.
Desde que la golpeara por primera vez, comenzó a volver del
pueblo a altas horas de la noche. Llegaba enlodado, chorreando
agua, cuando era noche de lluvia, con los ojos inyectados por el
licor, y con el cerebro preñado de negros pensamientos.
Así pasaron días largos, días lentos y angustiosos para Marta.
Lo esperaba todas las noches, inquieta, como estremecida por el
riguroso frío del invierno, con la vista fija en el fuego.
¿Pensaba? ¿Recordaba los venturosos días de sol?
De vez en cuando, dilataba los ojos y se estremecía en silencio.
Una noche, Pedro no volvió. Ella lo esperó hasta el amanecer y
entonces salió en su busca. Lo encontró bajo los árboles, junto
a la laguna, con el rostro hundido en el lodo.
En casa, cuando Pedro no la golpeaba, pasaban largas horas el
uno junto al otro, mudos y con la cabeza inclinada sobre el
pecho.
XVII
—Es preciso concluir con esta existencia absurda, Pedro... Si no
me amas, márchate o permite que me marche...
—¡Es que te amo, Marta!
— ¡ También yo!... Si me alejara de tu lado, moriría lentamente.
La vida se me parecería incolora y vacía. ¡ Salgamos, Pedro! ¡
Huyamos de esta mansión tétrica en que graznan los búhos, en que
se escuchan los cantos de los centinelas del presidio y el
viento silba rumores extraños en los árboles del bosque!
¡Huyamos, Pedro!
—Es que en otra parte moriría, Marta. Amo este bosque sombrío y
húmedo, este lago en cuyo fondo parecen cantar sirenas, este
terror misterioso que se desprende de cada una de las cosas. Sí,
Marta, deseo vencer este espíritu extraño que me domina...
—¡Pedro! ¡Por nuestro amor!
—No puedo... O morimos, o vencemos.
XVIII
¿Vencer? ¿A quién? No lo sabía. ¿Sería a esa mano negra que
desde lo alto parecía tenderse sobre su hogar, convirtiendo los
días, con su sombra, en monótonos e igualmente grises? ¿Era a
esa angustia vaga por culpa de algo que no conocía? ¿Era a ese
fantasma que se le representaba como enorme signo de
interrogación colocado sobre una puerta tapiada?
Apretaba los puños y amenazaba a un ser desconocido,
prometiéndose vencerlo.
XIX
“¿Y si yo me matase? —preguntábase a menudo Pedro—. ¿Si colocase
el cañón de un revólver en mis sienes? ... Si estuviese ahí la
solución. ¡ Mi cuerpo cesaría de vivir! ... En otros términos:
la fuerza que obra sobre él lo abandonaría... ¿ Para refugiarse
en dónde?
“Porque, si esta fuerza existe, secundando a la materia, y forma
con ésta el ser humano, el alma, una vez que pierde su objeto,
queda cesante... En el momento en que esta fuerza se aparta de
la materia, dejará, pues, de interesarle su antigua combinación.
Si en el agua se aparta el oxígeno del hidrógeno por medio de la
electricidad, ni el oxígeno ni el hidrógeno se interesan por el
agua que en conjunto formaban... La materia, pues, continuará su
evolución conocida, mientras el espíritu proseguirá la suya.
¿Qué me importa a mí, conjunto de materia y espíritu, que éste
resuelva su problema, si no resuelvo el mío, mi problema de ser
humano? Mi espíritu será tan ajeno a mí como cualquier cuerpo es
ajeno a sus componentes. Ni aun en el caso de que mi vida humana
sea consecuencia o accidente de otra vida superior y consciente,
aunque mi espíritu fuera parte o esclavo de esa vida superior, y
después de mi muerte yo entrase en el secreto de mi vida, no
sería esto una garantía pura mi ser humano.
“Es necesario que yo resuelva mí problema en mi vida misma. El
suicidio es una torpeza.”
Sin embargo, Pedro Cortez compró un revólver y lo llevaba
siempre consigo.
XX
Pensaba:
“Mi vida se desliza monótonamente. A millares de vidas ocurre
igual cosa: siempre es la vulgaridad la que rige nuestros actos.
Se pasea, se juega, se charla, se escribe, se piensa, se enferma
y se muere... Podría yo mezclarme al mundo y danzar y reír como
todos; no por eso mi fin sería menos cierto y mi ignorancia
menos absoluta.
“En cambio, en la soledad y el silencio escucho las voces
misteriosas y solemnes que en medio de la batahola es imposible
oír... Y una extraña inquietud se apodera de mi espíritu. Algo
inesperado y siniestro se alza sobre mi cabeza como una sombra
sin límites. Siento el peso sobre mi espalda y no me atrevo a
dar un paso por temor de ser aplastado al menor movimiento.”
XXI
“Amo y soy amado. ¿Soy amado? Sí, nada me puede hacer pensar lo
contrario. Estaba solo, completamente solo en el mundo. ¿Qué
significa estar solo? Estar solo significa no tener pensamientos
comunes con persona viviente. No saber que, en cada minuto de la
vida, hay alguien que suena en idénticos sueños que los míos,
que no levante yo del suelo una brizna de yerba sin que la que
me acompaña no se interese tanto como yo mismo en mi movimiento.
Alguien, en fin, que acompañe mi alma dentro de mí.
“Ella se interesa por todos los actos de mí vida, desearía
hacerme feliz, desearía poseer hasta el último de mis
pensamientos. Yo deseo otro tanto con respecto a ella. Nos
amamos, deseamos ser el uno del otro. ¡ No basta el amor para
sentirse acompañados!
“Yo le hablo de mí y ella aprueba con la cabeza. ¿Ha
comprendido? ¿Han sido mis palabras tan precisas que reflejaran
en su alma el estado de mi alma? Dice que sí... ¿Lo sabe acaso?
“Y si la torturo siento acre placer. Mientras mayor es la
tortura, mayor es el placer.
“Idéntico extraño goce lo he sentido solamente en sueños una vez
que un brujo me ofrecía, para que lo bebiera, un repugnante
elixir fabricado con sangre de vírgenes. He llevado la copa a
los labios y el infierno se debería abrir ante mis ojos... ¡Sin
embargo, he despertado sin conocer el infierno! . .
XXII
Pedro Cortez fue convirtiéndose en un ser extravagante.
Un día atravesaba el bosque sumido en las sombras y oyó que lo
llamaba una voz desconocida:
—¡Pedro Cortez!
Se volvió y no descubrió a nadie.
—¡ Pedro! —repitió la voz. -
Preguntó:
—¿Qué?
Sólo el silencio le respondió. Cuando ya reanudaba la marcha,
sintió de nuevo la voz:
—¡Anda, Pedro!
Los cabellos se le erizaron. Sin embargo, interrogó:
—¿ Adónde?
La voz guardó silencio. Mas apenas había dado dos pasos, oyó de
nuevo:
—¡Anda, Pedro!
Temblando de pavor, apresuró la marcha.
—¡Anda, Pedro! —gritaba la voz a su espalda.
XXIII
Y el invierno iba convirtiéndose en algo cada vez más siniestro.
Soplaba el viento haciendo crujir los árboles; graznaban los
búhos, los pinos inclinaban sus ramas sobre la casa de Pedro,
como si les llamase la atención algo conmovedor.
Del presidio, a través del viento, se oían, de vez en vez,
largos y lastimeros gritos de centinelas. Las luces temblaban en
el pavor de las sombras.
Mientras tanto, Marta petrificábase en su asiento, junto al
brasero, sin derramar una lágrima.
XXIV
Y una noche, cuando menos se pensaba, todo terminó.
Pedro volvió tarde a casa. Sin embargo, no había bebido y su
cerebro estaba lúcido.
Al aproximarse, entre la lluvia y el fango, se le ocurrió
repentinamente una idea.
Atenuó sus pasos y se aproximó con sigilo. En el piso inferior
había luz; Marta lo esperaba.
Como la puerta estaba cerrada, para no llamar la atención, saltó
las tapias del huerto. Los perros ladraron con furia, pero se
calmaron al escuchar su voz.
Al subir la escalera, temblábanle las piernas y palpitábale con
fuerza el corazón.
El corredor estaba iluminado por la luz que partía de una de las
ventanas, era posible observar el interior. Avanzó, con mayor
sigilo aún, hasta llegar delante de la ventana. Miró con avidez.
Marta estaba sola. Como de costumbre, sentada junto al brasero,
con la vista inmóvil, las manos sobre el regazo. Su semblante
aparecía visiblemente contraído. Sin duda, pensaba. Pedro avanzó
el rostro hasta tocar los cristales. ¿En qué pensaba ella?
¿Pensaba en él? ¿Pensaba en él con amor o con odio?
En ese momento, Marta se estremeció. Luego su fisonomía adquirió
una expresión de terror y alargó los brazos como para suplicar o
detener a alguien.
“Tiene miedo —pensó Pedro—. Quizás tiene miedo de mí.”
Se la representó repentinamente tal como la conociera; niña de
dieciocho años, fresca, alegre, sencilla.. ., y la comparó con
la que tenía delante. Una oleada de lágrimas se agolpó a sus
ojos.
“Yo soy el único culpable”, se dijo.
Tuvo deseos de entrar y cubrirle de besos los ojos, arrodillarse
y besar el borde de su vestido. Pero se detuvo y miró con mayor
intensidad. Nunca la había visto así. Sus facciones poseían en
ese momento una sensibilidad extrema. Todos los movimientos de
su rostro y de su cuerpo le pertenecían sólo a ella. Eran “sus”
movimientos. Los movimientos de ella, los verdaderos, los
únicos: no era posible dudarlo. ¡ Y él los veía por primera vez!
Sintió vergüenza, se preguntó:
“¡Soy yo el culpable?”
Hacía seis años que se casaron. Seis años que creían poseerse el
uno
al otro. Pensaron que reuniéndose concluirían con el vacío de la
soledad y estaban ansiosos de ternura, de amor. Se reunieron y
obtuvieron ternura y amor. Pero ¿había concluido el vacío de la
soledad? ¡ No! Ni siquiera se conocían; ninguno de sus
pensamientos podía traspasar los límites del cuerpo para
trasmitirse al otro. Luego, la soledad era del alma.
Marta abatió la cabeza sobre las faldas. Pedro echó mano al
bolsillo.
“¡Y si la matara!”
Un gemido cruzó el espacio a través de la noche. Era el alerta
de los centinelas. Pedro comenzó a sentir el mismo supremo goce
que sintiera al insultarla y al golpearla tiempo atrás. Un
espasmo hizo temblar su cuerpo. La fiebre se apoderó de sus
manos.
“La voy a matar —pensó—. Estoy a dos pasos de ella con el arma
en la mano y ella está preocupada sólo de sus pensamientos. En
este momento sonríe. Quizás algún agradable sueño acaricia su
mente desolada.”
Una racha de viento, un poco más fuerte, asperjó algunas gotas
de la lluvia sobre su rostro. Pero él nada sentía.
“La voy a matar”, pensó.
Levantó el gatillo y oprimió el revólver. Hizo los puntos sobre
la cabeza de su mujer. En ese momento ella volvió el rostro
hacia el lado del bosque. Sólo se distinguía el manchón negro de
la ventana, abierta sobre la obscuridad como la entrada a una
caverna.
El gatillo cayó. Marta volvió el rostro aterrorizada. Exhaló un
grito estridente. Pedro miró con avidez: no estaba herida. La
bala había cruzado los vidrios y había ido a perderse en la otra
ventana, al bosque vecino.
Un terror loco, invencible, se apoderó de su ser y apretó tres
veces el gatillo.
Un segundo después de la última detonación, todo quedó en
silencio. En la habitación, Marta yacía en tierra, inmóvil. Sólo
entonces el corazón de Pedro comenzó a latir con regularidad.
Volvió la vista al patio e hinchó el pecho con satisfacción
indecible. Parecíale que se había despojado del peso de la
bóveda celeste que gravitara sobre sus hombros. La lluvia caía
con igual insistencia y los perros ladraban con fuerza. Del
presidio llegaba un largo grito, cálida invitación venida desde
las tinieblas.
XXV
Pocos meses después se paseaba entre los muros de la prisión un
hombre de ojos claros e ingenuos. Tenía el aspecto de una
persona alegre, cuyo corazón fuera ligero como el de las aves
del cielo. Nadie hubiera reconocido al sombrío Pedro Cortez.
Sus compañeros lo consideraban hombre equilibrado, y a menudo
acudían a su clara inteligencia para que resolviera sus
problemas.
Nunca se le veía triste. Un día que fuera interrogado sobre el
motivo de su encarcelamiento, respondió, sencillamente:
—Por haber muerto a un fantasma... Tras el muro no había nada. ¡
Nada!
¿A qué fantasma se refería? ¿A qué muro? ¿Al fantasma creado por
su imaginación y del cual fue esclavo?
No dio más explicaciones.
¿Era un loco?
Sin embargo, no lo parecía.
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