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AVES VIAJERAS
A Mariano Latorre.
El joven fija la vista en el rostro de su padre y éste, a su
turno, observa al hijo. Ambos se estremecen y vuelven a bajar la
vista.
Hace dos días que el joven ha vuelto del colegio, derrotado en
sus exámenes, y uno y otro han ido postergando el careo.
Cualquiera diría que el padre, culpable también, temiese la
entrevista tanto como el hijo. Pero una explicación era
necesaria, y he aquí que se encuentran solos el uno frente al
otro, separados apenas por una pequeña mesa, en una habitación
aislada.
El rostro del joven recibe de frente toda la luz que penetra por
un resquicio de los postigos a medio entornar, mientras el
padre, vuelto de espaldas a la luz, mantiene las facciones en la
sombra. En el resto de la habitación, asimismo en penumbras, se
distinguen confusamente los objetos.
Esta pieza era para el joven como la sala del tribunal para los
delincuentes, y al mismo tiempo, prisión y sala de torturas.
Había llegado a conocer el sitio que le correspondía a cada uno
de los objetos de la pieza, y, aun cerrando los ojos, y después
de transcurrido tanto tiempo desde que estuviera la última vez,
podría recordar con exactitud. Allí el sofá de viejo marroquí
oscuro, más acá los sillones de cuero, y en aquel ángulo las dos
o tres sillas de mimbre que se alineaban en torno, en actitud de
aburrimiento... Y en las paredes, formando mancha clara, hay
cuadros de oleografía: el que representa un viejo cazador
haciendo fuego sobre los patos y aquel en que se ve un gallardo
jinete seguido por su traílla. También existe un almanaque de
“El Ferrocarril” fijo por chinches a la pared, y más allá, en la
percha, cuelgan una manta blanca y un latiguillo de fibras
trenzadas.
¡ Cuántas veces, siendo más pequeño, ha comparecido a esta
pieza, azorado de temor, al llamamiento del padre, para
regresar, después, con la cara roja y los ojos llorosos!
Han cambiado los tiempos, es verdad.
El es hoy un alto mozo de obscuro bigotillo caído sobre los
labios, de contextura delgada y nerviosa, que se yergue ante el
padre con expresión interrogadora... Apoya un codo sobre la mesa
y dirige la vista hacia la única ventana con luz.
Se presiente en el exterior un calor de hoguera, ese sol que
abrasa los potreros como marejada ardiente y que hace dormitar
las aves acurrucadas a la sombra de las plantas. Rozando los
vidrios, la rama de un árbol del jardín, inmóvil, parece
observar con indiferencia lo que ocurre en el interior de la
sala.
El hijo espera la acusación para exponer su defensa, y el padre
siente una extraña inquietud que le embarga la voz. ¿Qué decirle
a este hijo que aparece de pronto entre ellos como un espectro
intranquilizador? ¡Decirle que se marche, que no perturbe la paz
de un hogar en que no se le espera, en que no hay para, él lazos
de cariño!... Hacía ya un año que poco se sabía de él, que se le
creía alejado para siempre, y ahora, cuando menos se piensa,
penetra en medio de los suyos con paso firme y aspecto
despreocupado de joven vividor. ¿Decirle que se marche?... ¡Pero
cómo, si también es uno de sus hijos!
Y pensaba con angustia:
“¿Qué le diré? ¿Hasta qué punto puedo ser severo con él? ¿No
tengo yo, también, parte de culpa?...”
Le remordía un poco la conciencia por haberse desentendido del
hijo. Lo había entregado en manos casi extrañas: una vieja
parienta de su primera mujer; persona muy buena, pero incapaz de
dominar una naturaleza joven, tanto más si en ella había ya
malos gérmenes... Y ahí estaba, si no, sobre la mesa, la carta
en que se le contaban los despilfarros del hijo.
Es inaguantable —decía la vieja señora—; si se le reprende,
escucha sonriendo y dice a todo: “Sí, está bien, no lo haré
más”, y a renglón seguido vuelve a reincidir. Todo lo habría
soportado en recuerdo del cariño que tuve a mi pobre sobrina (q.
e. p. d.) y a la compasión que me inspiran sus hijos; pero los
últimos escándalos han sobrepasado toda medida. . . Mi recato de
mujer me impide repetir semejantes historias: por este mismo
correo le escribe mi hermano Fabián, quien le impondrá de lo
ocurrido.
No sabe con cuánto dolor me veo obligada a dar este paso. Le
había tomado verdadero afecto a este niño que, por lo demás, no
tiene mal corazón. Son las “juntas” las que lo echan a perder.
Al principio todo marchó bien; estudiaba con empeño, asistía a
sus clases y de todas partes no me llegaban de él sino elogios.
La carta de Fabián lo impondrá hasta qué punto alcanzó en su
degradación, instigado por malas compañías.
Yo le advertí con tiempo, Enrique, para que interpusiera su
autoridad de padre, ya que la mía no bastaba; por desgracia, o
no ha recibido usted mis cartas o no ha podido contestarlas. Es
llegada la hora en que usted debe obrar con energía.
La carta de Fabián le narraba los escándalos en que se había
visto envuelto el joven a causa de su vida licenciosa.
Una mujer de mala vida —decía— ha sido su peor consejera. Pero
todo eso no sería nada si no hubiese llegado hasta a perder la
vergüenza, pues en este último tiempo ha hecho públicas sus
malas relaciones, avergonzando con su conducta a su buena tía y
a sus parientes. Y todos lo acusan a usted, don Enrique, por
haber dejado la rienda demasiado suelta a su hijo.
Al recuerdo de estas cartas, don Enrique extrae su petaca de la
cartera, enciende un cigarrillo y observa con atención las
volutas de humo.
—¿Así es, Enrique (el hijo lleva su mismo nombre) —empieza
afirmando la voz y sin dar la cara—, así es que todos los
sacrificios que hago por ti resultan inútiles? ..
El rostro del hijo se anima por una expresión interrogativa.
“¿Qué sacrificios? “, parece decir.
El caballero inclina la cabeza. En seguida continúa:
—Tía Dolores te despide de su casa... ¿Qué piensas hacer
ahora?... El joven se limita a asentir con la cabeza; parece
responder con su expresión mitad indiferente, mitad burlona...
“Y bien, ¿ qué?... ¡ Lo que a usted le parezca! .
Siéntese incómodo el padre. De nuevo una inquietud extraña lo
hace enmudecer. Da otro chupetazo al cigarrillo y vuelve a
abstraerse en sus cavilaciones.
Entretanto, al joven quedan sonando en sus oídos las primeras
palabras. “¿Qué sacrificios? —vuelve a preguntarse
interiormente—. ¿En qué piensa mi padre al hablarme de los
sacrificios que hace por mí? No serán, sin duda, los de este
último tiempo... Olvida la única carta en contestación a las
muchas que le he escrito durante el año... Bien claro me decía
que no se intranquilizaba por nada de lo que me ocurriese, que
era yo libre de cometer todas las tropelías que me vinieran a la
cabeza, con la condición de que no llegasen a sus oídos. “Desde
ahora, me decía, tienes el porvenir en sus propias manos. Tu tía
ha solicitado ocuparse de ti. Solamente depende de tu voluntad
que quieras aprovechar su generosa oferta. Procura, pues, serle
agradable en lo posible. Desde hoy, encontrándome libre de ti,
podré ocuparme con mayor solicitud de la educación de tus
hermanos”...”
Se detiene para observar a su padre.
“¡Encontrándose libre de mí!... —piensa el joven—. Sin embargo,
parece que no las tiene todas consigo... A no ser de este modo,
ya habría caído sobre mi cabeza uno de esos torrentes de frases
duras o uno de esos castigos que acostumbra... ¿Pero cómo puede
quejarse de que lo hago sufrir? Vocifera que “voy a concluir por
matarlo a fuerza de molestias, y que lo arruino”... Agrega “que
le doy más que hacer que toda la familia junta”’... Por un
tiempo pude creer en mi “gran culpabilidad”, y, sin duda alguna,
parte de culpa debo de tener, pero ¿hasta dónde llega la
justicia de sus juicios?”
La atmósfera de la pieza va haciéndose más densa a causa del
humo del cigarrillo y del calor que penetra de afuera. Dijérase
también que comienza a vibrar en el silencio algo así como el
alma de los dos hombres. Parece oírse un coloquio imperceptible,
como el ruido de espíritus que se debatiesen en los rincones
obscuros.
“—¡Eres tú el culpable!”
“—¡ Eres tú, padre!”
Continúa pensando el hijo:
“Ni en el sentido de los sacrificios pecuniarios puede acusarme
de haberle impuesto ninguno. Los sacrificios de dinero de mi
primera educación se hicieron cuando sonreía la fortuna, y él no
tuvo necesidad de abandonar por mí causa ni las comidas
abundantes, ni las generosidades de cantina con sus amigos, ni
las visitas a las mesas del bacará. Y después, cuando la mala
sombra hizo presa en nosotros, no sé que tampoco se suprimiesen
por mi causa las fiestecitas que consumían mucho más del dinero
que demanda el vestuario de un estudiante. Sin embargo, fue
entonces cuando comenzó a llegar hasta el colegio en que yo
cursaba estudios con beca de interno, como único aliento para
mis trabajos, el estribillo de sus cartas: “¡ Mal hijo, ves que
nos quitamos por ti el pan de la boca, y te conduces mal!...”
Después, pasé a poder de mi tía.”
En los cristales de la ventana se oye un ruido vago... El joven
levanta la cabeza. Son algunas moscas que procuran salir al
exterior, engañadas por la transparencia de los vidrios, dándose
cabezadas y moviendo vertiginosamente las alas. La rama de árbol
que asoma por la ventana parece aún más abatida por el calor. El
padre medita; las concavidades de su rostro se han hecho más
intranquilas y obscuras.
“En cuanto a sacrificios morales —prosigue el joven—, no sé qué
pueda colocar a su favor. Mientras permanezco en poder de mí tía
“él no desea saber de mí y se lava las manos”... Me entrega en
poder de otras personas, no porque crea que soy incorregible,
sino para evitarse toda responsabilidad... ¡El porvenir de un
hijo!”
“—Eres culpable, padre” —habla el espíritu en el silencio. (Sólo
responde un suspiro. Las moscas aletean en la ventana con mayor
fuerza...)
“Y anteriormente, ¿ dónde hallar un voluntario sacrificio? Si
recorro mi vida hasta el día de mi nacimiento, y aun antes de
que yo naciera, ¿pensó en mí, soñó en mí, en el que debía venir?
¿No soy únicamente el resultado de un instante de voluptuosidad?
¡ Estaban ante él los grandes ojos negros de una mujer, ojos que
tenían una misteriosa seducción..., y luego, sus brazos
amorosos...! Sólo cuando el mal estaba hecho se pensó en el que
debía venir; ella, la futura madre, con esperanza y amor; pero
él, sólo con egoísmo. Se dijo que tendría el heredero de su
fortuna, el que impediría que su trabajo cayera en manos
desconocidas, o, lo que es lo mismo, “que ya que no podría
llevarse el dinero al otro mundo, quedase, al menos, en poder de
uno de su sangre...”
“Mi padre no fue el que pensó en el que debía venir, ni el que
temió por el futuro hijo, ni el que sufrió los dolores del
parto. Fue ella, mi madre... Ella también la que soportó las
consecuencias del mísero recién nacido, de esa pequeña masa
inconsciente y deforme... No se acercaría él a mi cuna para
observar el animalillo de ojos vacuos e incoloros. Besaría, sí,
los ojos de ella. Para ella el amor. Y cuando dejé de ser una
masa informe, y me convertí en un muñeco de cabello rubio, sólo
entonces me atrajo hasta su cuello, me zarandeó, me levantó
sobre sus hombros, me arañó con sus bigotes y dijo a sus amigos:
“¿Qué tal mi hijo, eh?”
“Y hasta los cinco años fui el hijo. Sin embargo, no recuerdo
que haya escuchado una sola respuesta a esas primeras preguntas
que se deben responder, ni que me tomase jamás sobre sus
rodillas para enseñarme a deletrear. ¡ Para eso es la madre, la
criada o el preceptor!...
“Pero yo iba perdiendo mis encantos pasajeros. Primero esa
confianza, esa fuerza y libertad que se traen de lo
desconocido... Mi padre me las hizo perder...
“Recuerdo una noche en que aún era muy pequeño. Yo dormía en el
cuarto de ellos. Un agudo dolor me despertó. Sentí, además,
miedo de la obscuridad, y prorrumpí en llanto nervioso.
“—¿Qué tienes? —preguntó la voz dura de mi padre.
“Cesé de llorar un instante. Luego grité con más fuerza.
“—¿Te has de callar? —dijo la voz. Y como aún prosiguiera en mi
lloro, sentí que alguien me suspendía en el aire, y luego me
daban fuertes palmadas en la cabeza y en el cuerpo. Seguí
llorando en silencio, bajo las sábanas, y durante toda la noche
no pude plegar los párpados. Desde entonces me formé mala idea
de lo que es un padre...
“Me convertí en un muchachuelo tímido, vacilante, y fui
perdiendo el color... Entonces mi padre abandonó al favorito
para escoger otro entre los más pequeños.
“Después de la muerte de mi madre, y cuando aún era bastante
niño, me abandonó en poder de un apoderado, persona desconocida,
pagando porque me mantuviera en su casa y vigilase mi educación.
Ni siquiera se preocupó de indagar si las manos en que se me
confiaba eran limpias. El apoderado era un pobre hombre,
postrado en su sillón de paralítico; y su mujer, una vieja
arpía; y los hijos, unos miserables que me enseñaron todos los
vicios que me podían perjudicar en salud, inteligencia y moral.
El único bien que debí a tal compañía fue la sensación de
aislamiento, el despego por el mundo, una concepción cruda y
amarga de la vida. ¡ Oh, cuánto me hubiera servido la mano
cariñosa de una madre en aquella época! ¡ Con cuánto placer no
la hubiera estrechado y me hubiera dejado conducir por ella!
“Pero las cartas de mi padre se limitaban a indicarme el número
del giro de la cantidad mensual que me asignaba, añadiendo, de
modo invariable, que los negocios iban mal y que los sacrificios
que por mí hacía eran enormes.
“¡Y mis cartas! Todas eran un clamor continuo por “ese algo” que
me faltaba, por esa intimidad de alma que hubiera sido mi
salvación.
“Vino después la época de su casamiento con la que hoy es mi
madrastra. Aseguró que deseaba crearnos un hogar... ¡Bien debió
adivinar que entre ella y nosotros no podía haber ninguna
relación Por fortuna se me consiguió una beca en el internado, y
sólo en vacaciones me fue dado probar las humillaciones de esa
señora. Basta recordar la escena en que fui obligado por mi
padre a pedir perdón, de rodillas, trajeado del vestido más
viejo, a una hermana de mi madrastra que había sido contenida
por mí en sus burlas a mi madre difunta. O, si no, la escena en
que mi padre me amenazó con un cuchillo por haberle dicho a mi
madrastra que no era digna de besarle la planta de los pies a la
que había sido mi madre.
¿Son ésos los sacrificios que debo agradecer a mi padre? ¿No fui
creado, pues, por amor al futuro ser, sino por una instintiva
casualidad? ¿Debo mi existencia a mi padre, o a esa ley fatal
que rige todas las leyes? ...
“Después fui traspasado a mi tía... ¡Padre, padre! ¿Qué has
hecho de mí?”
En el silencio de la pieza parece elevarse la acusación tácita
con su imponente crueldad. El padre levanta la cabeza y suspira;
su mirada parece suplicar. Hay tanta fatiga en su voz, que sólo
se traduce un susurro:
—¿Así es, Enrique, que no hay remedio?...
—¡No hay remedio, padre!
—¡Un último esfuerzo, hombre!
—Estoy fatigado, padre. Siendo un niño, he perdido la
juventud... No puedo, me falta voluntad, ¡ lo he perdido
todo!...
El hombre deja escapar un suspiro de dolor.
—¿Eres tú el culpable, Enrique?... ¿Soy yo? ...
El hijo guarda silencio, rojo el rostro y deformado por el
esfuerzo de un trabajo interior.
Durante un momento parece oírse en la estancia tan sólo un lento
sufrimiento, desgarrador, solemne. Después, un silencio de
sepulcro. Por la ventana se asoman las ramas del árbol del
jardín, aburridas, indiferentes. En el interior se oyen risas de
niños...
Cuando su padre hubo salido, se arrojó de bruces en el sofá, y,
ahogándose en un grito ronco que parecía venirle de las
entrañas, exclamó:
—¡Maldita vida! ¡Eh, eh!
Después, tendiéndose boca arriba, se oprimió la cabeza con ambas
manos y quedóse largo rato con los ojos abiertos, fijos en el
techo.
Cruzaban por su imaginación ideas vagas, escurridizas:
“Vida”, “hay que vencer”..., “¡hay que luchar!”
¿Luchar? ¿Vencer? ... ¿A quién? ¡Había tentado ya varias veces
doblegar al destino, y apenas en comienzo, se había visto
obligado a confesar su derrota!
Había partido con el corazón lleno de esperanzas a ese pueblo
desconocido en que una buena anciana lo invitaba a su hogar. ¡
Cuántas ilusiones! Era la primera vez que alguien se preocupaba
cariñosamente de su porvenir y también la primera vez que
tendría esa pobre libertad que tanto se ansía cuando se han
pasado años de encierro.
“Tuve la impresión de que surgía a la luz y comenzaba una
verdadera vida. ¡ Con qué entusiasmo iba a devorar los libros a
trueque de recorrer en seguida los paseos, vagar por la ciudad,
salir al campo! ¡Y, sobre todo, aislarme, pensar, sin la
vigilancia de inspectores y la molesta compañía de los
camaradas!
“Pero, después de algún tiempo, ya no soñaba con aquel remedo de
hogar, demasiado añejo para ser llamado así... Y luego, la
vergonzosa corrida de baqueta que hube de sufrir de mis propios
parientes. ¡ Se temió que el sobrino se convirtiese en heredero!
¡ Era necesario hacer salir al intruso! ... Principiaron las
asechanzas, los chismes... Mis más inocentes intenciones fueron
recibidas con desconfianza, con una sonrisita irónica,.. “No, no
serás mi heredero”, parecía decir la tía.”
Un colegio había sustituido a otro, un inspector a otro
inspector, y todos lo recibían con igual hostilidad.
Entonces su aversión por el colegio y por aquella sociedad de
lobos que husmeaba el cuerpo de la vieja parienta, lo hicieron
buscar alivio y compañía en otra parte. Y, claro está, ¿ dónde
encontrar el placer sino en las “casas del placer”? Y es allí
donde una noche se encontró con aquella “perdida” que tanto
influjo había de ejercer en su existencia.
¿Cómo llegaron a entenderse? ... Sólo podría decir que una
mañana se despertó en el regazo de una muchacha de bellos ojos,
en un cuarto semi-obscuro, y recuerda, asimismo, la dulce
impresión que lo sobrecogió al recibir una mano cariñosa que le
alisaba el cabello y una voz suave que murmuraba:
—¡Qué hubo, niño! ¿Te has dormido?
Parécele escuchar la voz de un hada. ¿O es que ha muerto y se
encuentra en brazos de su madre?... ¡Ah, no, qué sacrilegio!...
No era ni un hada ni su madre, la pobre. Era.., la Valentina,
sencillamente.
Pero siente una indefinible ternura por esa mujer que lo
acaricia. Le tiende los brazos, se estrecha a su cuerpo y le
suplica que no lo abandone, que no se burle de él, que no es una
pasión de los sentidos lo que le pide, es algo más, algo
inaprehensible que no sabe explicar.
¿Qué hay de enternecedor en su actitud que esa mujer llora
amargamente y lo besa, ahogando los sollozos? ¿Qué fibra
desconocida es la que el azar ha tocado simultáneamente sus
corazones?
En el día de ayer no se conocían; desde hoy ya no pueden
separarse. Se dan citas. Se fugan de sus encierros: él, del
colegio, y ella, de la casa maldita que la retiene como un
pulpo. Y cuando se reúnen, sienten placer loco; saltan, ríen,
palpitan.
Y transcurrieron noches en vela vagando por el pueblo desierto,
procurando mostrarse el alma; exquisitos momentos en que,
invadidos de dulzura, callan, para dejar discurrir las voces
interiores y oírlas como músicas misteriosas en el silencio.
Luego, las locuras de los labios que brotan dando libre curso al
pensamiento encadenado, sin que por eso una sola palabra resulte
extraña; se aprueban todo, atolondrados de alegría al sentirse
íntimamente unidos.
Podría venir en seguida la disipación, el licor. ¿Qué importaba?
¿Qué significaba el estudio, el porvenir, cuando había algo más
intenso que los transportaba más allá de la vida?
Una noche de tempestad, en que llovía a torrentes, salieron sin
paraguas ni abrigo, apretados el uno al otro, y pasaron por las
calles solitarias cantando y golpeando en las casas dormidas.
Otra vez, en medio de una orgía, quedaron mirándose a los ojos y
se echaron a llorar en medio de la risa de los que los rodeaban.
¿ No era señal de que algo de común había entre ellos,
proyectándose desde otro mundo?
Al poco tiempo cayó enfermo y la pobre mujer se desesperó,
revolviéndose contra sí misma. ¡ Cómo! ¿ Ella, que lo ama tanto;
ella, que también ha encontrado la única alma compasiva en toda
una vida; el a, la infame, está matando a su niño, al amadito
que soñó y que tan sólo ahora ha logrado encontrar? Pero el mal
es grave; lo mina el desaliento, ve negra la vida, siente
angustia y terror por algo que no sabe lo que es. Los amigos lo
apodan “el loco”, los profesores mueven la cabeza con desprecio,
la parentela sonríe malignamente...
Mientras tanto, entre ellos empiezan las escenas desgarradoras.
Valentina, en el momento en que pensaba abandonar su vida
anormal y renacer para él, recibe la certidumbre de la
enfermedad tan temerosamente esperada. ¡Y no hay remedio! ¡Debe
pagar el pecado de su vida (que no sabe cuál es) y apartarse del
que ama, para ir a podrirse en una sala de hospital!
En un día de sol radiante, llegaron hasta la ribera del río.
Ella procuraba distraerlo, dar un tono festivo a su voz. Le
señalaba cualquiera insignificancia y palmoteaba riendo a
carcajadas. Sólo cuando llegaron fuera de la ciudad, y nadie los
podía ver, él la detuvo, sombrío:
—¿Por qué ríes? ... ¡Tu risa me hace daño!
—¡Qué quieres, niño!...
Apoyó la cabeza en su hombro y prorrumpió en llanto.
¡Debían separarse! ¿Por qué se conocieron, entonces? Y él,
cobarde, sin fuerzas para la lucha, abandonó a la mujer que se
hubiera dejado matar por su causa. Una sola vez fue a visitarla
al hospital, ocultando la vergüenza, y no pudo dominar su
repugnancia cuando la mujer le estrechó las manos para llevarlas
a sus labios.
—Enrique, ¡ por favor! —suplicó.
¡Ah, el cobarde!... Después vino su fuga a la casa paterna. Fuga
sin objeto, ya que está ahí más vacilante, más anonadado que
nunca, esperando el veredicto paterno, que sería el desprecio y
el abandono.
Está en presencia de la vida, ese ente vago, inmaterial, contra
el que en vano levanta los puños amenazantes. Siente, sí, ímpetu
de vencer esa vida, por el placer de vencerla, para pisotearla
después.
Pero, tras de él, se agitaba el irónico fantasma:
“—¿Qué has de hacer, pobre y pequeño hombre, contra la fuerza
fatal? Mira tus músculos desmedrados, observa esos ojos cansados
y de fulgor febril... ¡Eh, bah!... ¡No seas majadero! Ya que has
de morir..., que la corriente se encargará de dirigir tu
bajel... y mansamente te dejarás conducir al abismo... Nada se
podrá contra el enemigo invisible:
¡ Navegarás al azar!... Que llegues al fin de la jornada con los
cascos rotos o con la bandera al tope..., ¡ qué más da! ¡
Procuremos llegar lo más pronto!...”
El joven extendió los brazos al vacío y, con las manos
crispadas, volvió a exclamar:
—¡ Maldita vida, eh, eh, eh! ...
Pocos días después, en una mañana de sol, el dueño del fundo
despertó con el ruido de un galopar de caballo, firme y
altanero. Era el hijo que partía a tierras distantes.
Asomado a la ventana, el padre pudo ver con emoción su manta de
colores flotando al viento como banderola de guerra. Saludó con
la mano. Pero era ya tarde. ¡El viajero no vio el saludo!
Tenía la vista puesta más allá de los potreros bañados por el
sol, más allá de las alamedas que fingían escuadrones
interminables, más allá de las montañas azules, nevadas.
Buscaban sus ojos horizontes nuevos con que llenar el ansia que
creciera al abrigo de la soledad, y que, tal vez, la vida entera
no bastaría para saciar.
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