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ARTE
MUSICA LITERATURA
Obras desconocidas
de escritores y pintores conocidos y desconocidos
fundamentalmente desconocidos.
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FERNANDO SANTIVAN PUGA (
1886 - 1973 )
Nada más que la sencillez del estilo
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¡ERA TAN LINDO!...
—Y su niño ¿va mejor?
Una de las mujeres se detuvo en la acera, junto a la puerta. No
conocía a la que así con tanto interés la interrogaba, pero no
pudo menos que decir algo, responder con alguna simple palabra
de agradecimiento a esta que con suave sonrisa le tocaba la más
sensible cuerda de su corazón. Era una desconocida. Tal vez la
habría visto al pasar tantas veces en sus trajines por la calle
o le habría sido agradable su fisonomía y deseaba trabar una
nueva amistad. Parpadeó un momento antes de replicar, y luego,
con voz insegura y baja como un soplo, respondió simplemente:
—¡Murió hace dos días!
Ambas mujeres quedaron silenciosas, con el alma suspensa en la
pequeña distancia que las separaba desde la acera al umbral de
la puerta. Una suave intimidad pareció enseñorearse entre las
desconocidas. La transeúnte sofocó un sollozo.
—Hace apenas dos días —volvió a repetir después de un momento—.
¡ Qué golpe, señora, qué golpe!... ¡ Si parece un sueño! Aún me
parece que siento el llanto del pobrecito cuando se quejaba en
sus últimos momentos...
Secó una lágrima y en seguida empezó a hablar precipitadamente,
dejando escapar sus palabras como calor de horno encerrado al
que se le abriera una salida, en un ansia de desahogar el pecho,
de compartir su desgracia con alguien, todo ese pequeño mundo de
miserias que se va acumulando en el alma y que la estrecha hasta
el punto que parece hacerla estallar.
Para saberlo todo había que retroceder, sin duda, tres años
atrás, desde sus deseos de tener un hijo, quizás mucho antes, al
empezar sus primeros días de matrimonio.
—Para una mujer ansiosa de amor, un hijo es la vida, señora...
Para el hombre, quizá no. El puede salir, distraerse. ¡ Tantas
cosas! Para la mujer, es el “llénalo todo” en la soledad. ¡Lo
deseé tanto, tanto!...
La del umbral escuchaba moviendo la cabeza, con las manos
cruzadas sobre el delantal. Cerraba la noche. En el fondo de la
callejuela comenzaban a encender los faroles que aparecían en la
obscuridad como ojos soñolientos y curiosos.
—¡ Cuánta alegría al sentir los primeros síntomas! —proseguía la
doliente.
¡Sí, cuántos sueños difusos entrevistos sobre un porvenir no
lejano en que una gentil cabecita la arrullaría con sus gorjeos,
con sus gritos, con sus primeras locuras de niño, y más tarde,
corriendo los años, la varonil cabeza con sus arrogancias de
joven, con sus impetuosidades de hombre y sus ternuras de hijo
amante!
—No, no se imagine, señora, que yo sufría con lo que llaman el
dolor de las madres antes de que él naciera. Los primeros
golpecitos que anunciaban una nueva existencia me hicieron
desvanecer de alegría, y cuando comenzaron a crecer, a hacerse
más bruscos, yo le decía en voz muy baja, para que él solo la
oyera: “Muévete, golpea, golpea sin piedad, hijo mío. Así sabrá
tu madre que estás vivo”... ¡ Y bien vivo estaba!... Cierta vez,
hasta sentí las punzadas de sus uñas que me herían como
alfileres en las entrañas. Yo sonreía, suspensa, helada de
emoción.
“Miraba a los otros niños, dichosa, escudriñando sus cintajos,
su pequeño calzado, sus peinados, haciendo provisión de ideas
para vestir más tarde al mío; y pensaba, al ver que eran
hermosos: “¡Mejor será él!”...
“Nació. ¿Los dolores de la madre? Permítame que me ría de ellos.
Vistos desde aquí me parecen una ilusión, como todo lo que pasa.
Es un largo, angustioso martirio de felicidad tras del cual
aparece un lindo cuerpecito, blando y tibio que se agita
palpitando, viviendo, lanzando al aire pequeños gritos de
imperio sobre la vida, como dando a entender que existe uno más
para bracear y luchar en el mundo.
“El mío... ¡ Si lo hubiera visto! ¡ Qué lindo era! Sí, era
lindo... Tenía los ojos grandes y azules, la frente ancha y
combada; ¡ una cabeza tan enorme, tan inteligente! ¡ No me cabía
duda de que sería un talento! Cuando lo llevé donde el médico,
en su última enfermedad, y le examinó el cráneo, no pudo menos
que exclamar: “¡ Qué cabeza tan rara!” “Sí —le repliqué—, cabeza
de genio.” El sonrió -.., quizá dudaba..., pero yo no, yo no
dudé nunca... ¡ Y viera usted qué vigor!... ¡ Ah, era un niño
muy lindo!
Guardó un silencio que parecía sollozo. La mujer del umbral la
miraba compasiva; suspiró. Estaba colocada en el quicio, como
guardando la puerta. En el interior de su cuarto de mujer pobre
se veían los muebles dispuestos en orden, limpios, iluminados
por suave luz de lámpara. Se respiraban quietud y misterio. Por
la calle, algunos transeúntes cruzaban - como sombras que se
iluminaban al pasar bajo un farol y que iban a perderse en la
obscuridad un poco más lejos. Los muchachos de las casas vecinas
jugaban y reían, mientras algunas comadres charlaban delante de
las puertas.
De pronto, desde una casa próxima, partió un lloro de niño,
desesperado, impaciente. La dolorida madre puso atención.
—¡Así lloraba él! —exclamó-. ¡Pobre mío! Las horas del día y de
la noche se me hacían pocas para cuidarlo, para arrullarlo. Yo
lo hacía todo. Yo lo mudaba, yo lavaba sus pañales, yo le daba
que comer. ¡ Qué feliz y qué liviana me sentía trajinando en
medio de una fiebre de quehaceres! ...
La mujer del umbral suspiró compasiva y miró las sombras que se
condensaban en torno de las casas, aprisionándolas... La luz de
los faroles parecía avanzar, escuchar, compadecer.
La narradora sonrió dolorosamente y se retrajo en sí misma.
—¿Por qué le cuento todo esto? ¿Qué le puede interesar a usted?
Pero usted me perdonará... ¡ He sufrido tanto! Y tengo deseos de
hablar de él a todo el mundo... Me parece que así lo hago vivir
aún un poco mas... ¡ Si usted lo hubiera visto, señora, lo
habría querido también! ¡ Era tan lindo!... ¡ Hubiera sido tan
inteligente!... En los últimos días se me deshacía el alma al
escucharlo quejarse como un grande, con tristeza tan honda, tal
si comprendiera que iba a morir y que nos abandonaba antes de
conocernos...
Un sollozo. Pausa. En un momento en que la calle entera
enmudece, la oyente interroga con acento en que se trasluce el
cansancio:
—¿Y de qué murió? ...
La madre se estrujaba los ojos con el pañuelo. Bruscamente
irguió la cabeza.
—¿De qué?... ¡De miseria!
Brilláronle los ojos con súbito resplandor, mientras una lágrima
titilaba aún entre las pestañas. La mujer del umbral retrocedió
instintivamente y echó una mirada rápida por su cuarto, en donde
la lámpara iluminaba quietamente los muebles.
—¡De miseria! —prosiguió con voz ronca—. Falta de alimento,
trabajo excesivo..., angustia por el pan de cada momento...
Perdí la leche... ¿Cómo tomar un ama?... El biberón...,
enfermedad del estómago...
Hablaba sofocándose, sin ritmo, con voz áspera y sibilante. La
mujer del umbral procuraba cómo deshacerse de esta mujer que no
era la misma de hacía poco; volver, cerrar la puerta, mientras
la madre proseguía su incoherente historia mezcla de alaridos,
sollozos, angustia y cólera... Apenas se le entendían algunas
palabras: “médicos”..., “ladrones”... “¿meningitis?” “¡Lo
pagarán todo en la otra vida!..
Sin embargo, poco a poco los borbotones fueron haciéndose más
lentos, las palabras menos duras, hasta que volvieron de nuevo a
su curso natural, hasta hacerse serenas, luego dulces,
embelesadas. Entonces se pudo distinguir que hablaba del hijo:
—Se quedó como un pajarito..., de repente. Lo tenía en mis
brazos..., me incliné para besarlo y, sólo entonces, vi que no
respiraba... Puse mis labios en sus labiecitos y sentí un
hielo..., un hielo más helado que la nieve..., un hielo que
enfría hasta los huesos y que persiste en Ja sangre por largo
tiempo... Me parecía que besándolo, estrujándolo entre mis
brazos, lo iba a hacer vivir; y mientras más lo miraba, menos me
parecía que estaba muerto, pareciéndome por momentos que
sonreía, que iba a gritar, ser el de antes...
Calló. La mujer del umbral quiso consolarla.
—¿Por qué se aflige usted? —le dijo—. Es joven..., puede venir
otro...
La madre se irguió con sonrisa torturada.
—¿Otro?... ¿Para qué? ... ¡Para que se muera!... ¡Nunca! ¿Y cree
usted que sería como el primero? ... No, señora... No podría
quererlo, sentiría rabia de que viviera, de que ocupara el lugar
que ocupó el otro, el mío, el único... ¡ No, nunca!
Recogió su manto nerviosamente y, hablando aún, se despidió. La
mujer del umbral se encogió de hombros y la vio alejarse por la
acera, vestida de negro, apegada a la muralla, entre vacilante y
enérgica... Aún la vio pasar debajo de un farol, bajo el que
mariposeaban los pilluelos en sus juegos infantiles. Luego la
obscuridad la envolvió por entero. La mujer del umbral cerró la
puerta y entró, arrebujándose en su chal, como si le hubieran
producido frío el aire de la calle y el relato de la
desconocida...
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