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ARTE
MUSICA LITERATURA
Obras desconocidas
de escritores y pintores conocidos y desconocidos
fundamentalmente desconocidos.
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FERNANDO SANTIVAN (
1886 - 1973 )
Nada más que la sencillez del estilo
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UNA REBELION
I
Penetraron por la calle principal de la hacienda. Digo que
penetraron, porque en realidad el peón Mateo Zambrano y su
caballo “Patizambo”
eran como dos camaradas. Mateo no podía pasar sin “Patizambo”;
su calidad de mandadero de las casas lo obligaba a hacer largas
excursiones, ya sea al pueblo, ya a los fundos vecinos a llevar
los encargos de su patrón. Lo cierto es que Mateo caminaba desde
el alba hasta el anochecer y que sin “Patizambo”, sabe Dios si
sus robustas piernas le hubieran bastado. Y “Patizambo”
necesitaba de Mateo porque, en su calidad de esclavo, le era
imposible comer y beber sin que alguien se preocupase de su
suerte: por desgracia para él, las provisiones de pasto seco
estaban muy bien guardadas en los graneros del amo, y no había
un solo potrero que no estuviese defendido por doble hilera de
alambres y alta muralla de álamos. Sin Mateo le habría sido
necesario vagar por los caminos, y en éstos ¡ maldito el pasto
que crece!
Por estas razones y otras muchas, Mateo y “Patizambo” se
guardaban, aunque muy poco lo manifestasen, profunda estimación.
Sólo cuando Mateo volvía de alguno de sus viajes al pueblo, y
después de haber probado el cálido vinito de su amigo el
despachero, solía hacerse más comunicativo con su camarada.
Entonces le daba los más tiernos nombres: “¡ Zambito! ¡ Chuso de
mi reina! ¡Patilindo!”...
En estas ocasiones (muy raras, porque Mateo era mozo serio),
sentía irresistibles deseos de lucirse ante las gentes del
pueblo. Soltaba las riendas, tendía el cuerpo y los brazos sobre
el cuello de su caballo, clavándole espuelas en los ijares, y se
lanzaba en carreras locas, que terminaban en vueltas y
revueltas, en medio de una nube de polvo.
Si después de esto lograba escapar de las garras de la policía,
regresaba a la hacienda caracoleando por los caminos, apostando
carreras con el viento y riñendo con invisibles personajes. Sin
duda alguna, en esos casos, Mateo se sentía emperador y rey. En
cuanto a “Patizambo”, que conocía muy bien las costumbres y
gustos de su dueño, procuraba gallardear en lo posible; erguía
la cabeza, abría los ojos inquietamente y lucía sus más lindas
cabriolas.
Algunas veces, después de estos desmanes, Mateo sentíase
invadido por infinita ternura. Bajábase del caballo, abrazaba el
cuello de “Patizambo” y lo besaba en las mandíbulas y en los
belfos.
—Si no fuera por ti, Zambito —le decía~—, ¿qué sería de mí? ...
Vos eres el único amigo que tengo, ¿entendís? ... El único
amigo, “Patizambo”..., créemelo... Si fuerai mujer, me casaría
con vos... Dirís que no es cierto, pero es la verdad..., ¡lo
juro por Diosito! ...
“Patizambo” lo miraba con melancólico aburrimiento. Sabía que
era necesario proveerse de mucha paciencia para soportar a su
amo, cuando le daba por los discursos.
—Los hombres son pior que las mismísimas bestias..., ¡ la pura
verdad!... ¿Pa qué sirven los amigos?... Cuando andái con plata,
toítos te buscan, “Patizambó”... Pero si andái pelao..., ¡ al
diablo que se acercan!... ¡ Too es por l’interés!... ¡ La pura
verdad!...
“Patizambo” guiñaba la cabeza y parecía decir: “¡ La pura
verdad, Mateo!”
En la mayoría de los casos, Mateo rodaba bajo las patas de su
caballo, y, una vez en tierra, sentía invencibles deseos de
dormir. “Patizambo” entonces se quedaba quieto y esperaba
filosóficamente que su amo despertara.
Cuando llegaba a la hacienda, tarde de la noche, si el patrón lo
reprendía, Mateo se consolaba con su caballo.
—No te icía, “Patizambo”... Ya vis... Esto nos pasa por habernos
curao, no mas...
Siempre quedaba convencido de que habían sido dos los de la
partida y que ambos debían soportar por iguales partes las
consecuencias.
Un día que le propusieron comprarle su caballo, no podía salir
de su sorpresa.
—¿Vender mi “Patizambo”? ¡Ni por todo el oro del mundo,
compadre! ¿Que no ve qu’este pingo está como pegao a mi pellejo?
El otro se encogía de hombros. Al fin y al cabo no era más que
un mal chuso: viejo, huesudo y áspero. Y, además, tenía un modo
de andar tan raro. Parecía caminar siempre sobre un camino de
piedras sueltas, con las patas tiesas y como tropezando. De
color negro, retinto, panzudo, cabezón y de cogote largo y
flaco. Un huaso que se aprecia en lo que vale no podía montar en
día de fiesta un chuso semejante: a lo más serviría para el
servicio..
—Bueno, déjemelo no más, compadre... —replicaba Mateo—. ¡Pero le
aseguro que no encuentran otro más sufrido pa’l trabajo en diez
leguas a la redonda!
“Patizambo” escuchaba a su amo y parecía agradecer la defensa
con sus grandes y humildes ojos húmedos.
II
Esa tarde en que los encontramos penetrando en el callejón
central de la hacienda, venían más fatigados que de costumbre.
Habían dejado a la espalda las casas y se dirigían a los
potreros interiores. Por entre el ramaje espeso de los álamos y
por sobre la alta muralla de zarzamora atravesaban los últimos
rayos del sol, en línea casi paralela a la tierra.
Había sido un día de verano, refulgente y bochornoso. Mateo y
“Patizambo” salieron con el alba para cumplir algunos encargos
del patrón, y bien podía verse que la labor había sido larga y
fatigosa en las anchas líneas grises que dejara en los flancos
del pingo el sudor, reseco con el aire de la tarde. Cerca de los
ijares, en el bajo vientre, un manchón sanguinolento: era la
huella de las espuelas de Mateo.
Al penetrar en la alameda, “Patizambo” había apresurado el paso.
Mateo soltó las riendas sobre el cuello del caballo y adoptó una
actitud de descanso. El guarapón, con las alas caídas en forma
de paraguas, cubríale parte del rostro y le dejaba casi en
sombras los ojos, la nariz y la boca.
Era un mocetón moreno, de rostro siempre grasoso, pómulos
salientes y fuertes mandíbulas. Las narices, anchas como las del
buey, se afirmaban brutalmente sobre la cara achatada. Ligero
bigote caíale sobre los labios y un comienzo de patilla
formábale aureola negra a su carota de expresión brutal.
—De balde vai tan contento —advirtió a “Patizambo”, que sacudía
alegremente el plumero de la cola—. Todavía tenimos que llevarle
el pasto a las potrancas del patrón...
Pero “Patizambo” pareció no comprender. El airecito fresco que
corría por el callejón y el olor que llegaba de los potreros en
suaves bocanadas, parecían repiquetearle en el corazón,
anunciándole el fin de la jornada.
Llegaron a la puerta de uno de los potreros. Por el boquete que
dejaba la zarzamora, al otro lado de las trancas, se divisaba
una extensa campiña verde, dulcemente acariciada por los rojizos
rayos del sol poniente. Una cantidad de animales, más felices
que “Patizambo”, pacían por aquí y por allá. “Patizambo” se
contentó con enviar una larga mirada de envidia hacia el
interior, y, sin darse cuenta, apresuró aún más el paso.
Llegaron a otra puerta y luego a una tercera. Aquí “Patizambo”
hizo alto: era el potrero en que lo encerraban durante las
noches. Un brusco espuelazo lo hizo dar un brinco.
—¿No t’ei dicho que tenimos que llevarle l’alfalfa a las
potrancas? ...
“Patizambo” tampoco pareció comprender esta vez, y, volviendo el
cuello, enderezó algunos pasos hacia el potrero. Entonces Mateo
se encolerizó: le clavó espuelas y le dio un fuerte rebencazo en
las ancas.
“Patizambo” sabía bien que Mateo era muy bruto y que de nada
servían sus rebeliones, así es que se decidió a proseguir,
aunque de malas ganas.
Sin embargo, al llegar a otra puerta, hubo nueva parada y nuevos
zurriagazos.
—¡Arre!... ¡Mañoso!... Hoy has andao de malas... Pero yo t’ei de
enseñar...
En el potrero siguiente se detuvieron. Mateo se bajó del caballo
y abrió las trancas; pero en vez de quitarle la montura a
“Patizambo”, como éste se lo esperaba, ató las riendas en las
ramas inferiores de un árbol. El sol se había ocultado. El
potrero, muy semejante a los otros, encajonado en espesa muralla
de álamos, estaba cubierto de pasto verde obscuro, tupido y
alto. Junto a la puerta, en el interior, otros peones habían
amontonado con anterioridad gran cantidad de forraje, atado en
gavillas, de modo que Mateo no tuvo más que cogerlas en grandes
brazadas e irlas colocando sobre el cuello y las ancas de
“Patizambo”.
Este, cada vez más descontento, estiraba el cuello hacia el
pasto que tenía sobre sí y parecía reconvenir a su amigo. Estaba
inquieto. Se preguntaba por qué, después de tan ruda jornada, no
se le permitía probar el pasto fresco que iba cubriéndole poco a
poco las ancas y el cuello. ¡ Y todavía era para aquellas
señoritas que no tenían otro oficio que llevarse encerradas en
la pesebrera!
Dos veces pretendió alcanzar una de las pequeñas ramas que, casi
tocándole la boca, lo incitaban imperiosamente; mas, habiendo
sido sorprendido por Mateo, recibió fuertes golpes en la cabeza.
—~So! ¡Soooo! .. ¡“Patizambo”! ...
“Patizambo” tuvo miedo y por el momento pareció serenarse. Pero
una vez que Mateo le hubo colocado todo el pasto sobre el lomo y
cuando él mismo subió sobre la silla, entre las dos montañas de
verdura, “Patizambo” no pudo contenerse por más tiempo: una
chispa de indignación brilló en sus pupilas. Mateo creyó
conveniente calmar su ardor con un nuevo golpe en el testuz, y
lo hizo con tal fuerza, que el caballo permaneció atontado por
un instante. Pero una vez que se repuso, dio rienda suelta a su
furor. Estiró el cuello, respiró intensamente, abriendo los
belfos, resoplando con todas sus fuerzas, y por fin, afirmándose
en las patas delanteras, lanzó varias coces al aire. En seguida,
antes de que el peón pudiera coger los estribos, comenzó a
brincar con tal furia, que Mateo, y con él todo el pasto,
cayeron pesadamente a sus pies. Por un momento el animal y el
hombre quedaron mirándose de frente. Mateo estaba menos aturdido
por la caída que por esta inesperada rebelión. ¡ Cómo! ¿Era ése
“Patizambo”?... ¡El humilde, el buen “Patizambo”!
—Vas a ver —profirió el peón, con voz ronca, amenazadora,
procurando levantarse
Pero antes de que concluyera de mover un dedo, “Patizambo”
volvió las ancas y descargó las dos patas en las mandíbulas
primero, enseguida, con mayor furia, en el pecho y en el bajo
vientre. Mateo cayó de bruces, cubierto de sangre. El caballo lo
miró, resopló con ruido; luego, al ver que su amo no se movía,
se puso a comer tranquilamente el pasto de las potrancas, que
yacía diseminado a lo largó del camino...
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El Barco de Guerra Temerario
en su Último viaje antes de
ser Desmantelado"
Esta pintura fue realizada entre
1838-39 y mide 91x122 cm
Der
Steinkreis von Boitin Gareth
(www.taller54.com/members10/ovaten)
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Turner es el artista de mayor relieve
en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX. Su obra
es mu.
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