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ARTE
MUSICA LITERATURA
Obras desconocidas
de escritores y pintores conocidos y desconocidos
fundamentalmente desconocidos.
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FERNANDO SANTIVAN PUGA (
1886 - 1973 )
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RÁFAGAS DE CAMPO
I
La mañana estaba fresca.
En la puerta del rancho la anciana hacía bailar la rueca y la
hija remojaba la ropa junto a la acequia que pasaba por el
centro del patio.
—Sí, madre, ya debían estar escarmentadas —decía la joven con su
voz firme y armoniosa.
Hablaban del amo. Una campesina había ido a pedirle una gracia:
entrególe un pequeño regalo y presentó tímidamente su demanda.
Era joven, bien parecida y lo consiguió todo. Pero Juana añadía
con misterio:
—Yo misma que la vi a su vuelta: venía con la vista baja y las
lágrimas le corrían, le corrían.
La viejecita inclinó la cabeza como avergonzada de lo que iba a
decir, y murmuró débilmente:
—¿Y qué?... ¿No da lo mismo? ...
Guardaron silencio por un momento.
—Es una desgracia ser pobres —dijo Juana—. Sí yo fuera rica, a
nadie tendría que temerle. Mañana viene el patrón y dice: “Te
necesito para que me entretengas”... ¡ Y allá va la pobre con
sus miserias!
Al frente, bajo el cielo azul y movible, la colina esparcía
destellos dorados. Semejaba un río de oro que iba a perderse en
la quebrada, oculta por un tenue velo violeta. Sobre la
pendiente se divisaba un hacinamiento de maderos, revueltos como
cabellera hirsuta; eran los restos de una choza que el dueño de
la hacienda había destruido años atrás. Ordenó salir a los
moradores por una desobediencia, y como demoraran mucho, hizo
pegar fuego a la cabaña. El esqueleto estaba allí con sus postes
y vigas entrecruzadas, apuntando al cielo, como brazos que
clamasen justicia.
Juana había quedado ensimismada; estrujó con rabia la ropa.
Por el patio bullía la vida bajo el sol; las gallinas escarbaban
en la tierra, los perros nuevos jugueteaban; los más viejos,
recostados, erguían la cabeza, serenos. Un poco más lejos, en la
ramada que servía de cocina, la leña verde ardía crepitando,
mientras la olla de tres patas murmuraba como haciendo gárgaras,
monótonamente.
La anciana inclinaba meditabunda la cabeza sobre su trabajo, y
callaba. Sólo de vez en cuando lanzaba una mirada furtiva sobre
la hija o sobre los escombros de los rebeldes.
—Si el “rico” quisiera hacerme algo, yo no lo permitiría. Una no
le pertenece a él, sino a Dios, que la echa a la vida —murmuró
la joven con voz soñadora y suspirante.
Aporreó con fuerza la ropa, y continuaron en silencio, sumidas
en su trabajo, carraspeando como para arrojar un nudo que
viniera del fondo del alma.
—Este mundo es de sufrimiento... —rezonga la anciana—. Dios lo
quiere así... La vida pasa..., después se descansa... y también
hay gloria para los pobres.
Juana no piensa lo mismo, pero calla. ¿Por qué esa ley tan
injusta?... Ella tiene juventud y también aspira a la alegría.
.. Vivir, reír. . ., ¡vivir!
II
Volvían los peones.
Eran dos muchachos endebles, con la frente estrecha y los ojos
hundidos, unos ojos que brillaban bajo las cejas como destellos
de una llama sofocada por el humo.
Se dirigen a la madre:
—¡Qué hay, vieja!... ¿Está la comida?
La viejecilla pestañea y sonríe.
El mayor de ellos deja caer las herramientas en un rincón, se
seca el rostro sudoroso, y luego, mostrando a Juana la mano
fajada en un pañuelo:
—A ver, muchacha, a buscar un trapo para vendarme —dijo con voz
bronca.
Juana se alarmó ante la sangre.
—¿Qué te pasa?... ¿Te has caído?
El, encolerizado, le remeda:
—Ta, ta... ¿Te has caído?
Y después, enrojeciendo por grados:
—¿Soy una guagua?... ¡Tú, que estás aquí como una gallina!...
Pero nosotros somos..., ¿ entiendes?..., nosotros...
Hubiera querido desahogar el veneno de su alma mísera, pero no
encontró palabras y calló, con los labios temblorosos...
El otro se había sentado junto a la vieja y liaba un cigarrillo,
indiferente. La madre miró de reojo al herido y continuó su
tarea, moviendo febril sus dedos secos, con la vista baja.
Suspiró.
Después de vendarle la mano, Juana colocó sobre una mesilla la
fuente de comida. Los muchachos se sirvieron. La faena estaba
lejos y sólo tenían el tiempo necesario para ir y volver. La
joven se sentaba cerca de ellos y desentumecía la conversación
con su charla llena de frescura. Les decía:
—A ustedes hay que apalearlos, si no... ahí se quedan, como
culebras heladas. Parece que pasaran la vida durmiendo.
Y era verdad. No parecía sino que un soplo de sombra hubiera
pasado por su ser dejándoles petrificado hasta el pensamiento.
Por fin habló el mayor, sin mirar a la cara. De su cólera le
quedaba sólo una amargura roedora dentro del pecho.
—Se trabaja como animales —dijo por fin— y apenas nos alcanza
para comer... Y toda la vida igual... El “rico”...
Aquí baja la voz y vacila.
—El “rico” trabaja, sí, también pasa molestias —explica como
disculpándose—; pero, en fin, tiene buen pago. Uno ¿a dónde
va?..., llega a viejo y ¡se acabó!
La joven, sentada en un piso bajo, los mira un poco inquieta,
sonriendo forzadamente, abrazando las rodillas con las manos y
balanceándose de adelante hacia atrás, dulcemente.
El joven prosiguió, soplando en la cuchara, aunque la comida no
estaba caliente:
—El mejor día lo pilla una fiebre y no le hacen más caso...
Cuando se enferma un buey le echan una botica... Muere el animal
y el patrón lo siente... Muere el ....... ¿No hay otro por el
mismo precio?
La anciana, desde su puesto, escuchaba con la vista baja, como
rezando. El otro parecía no oír.
—También hay alegrías... —interrumpió la hermana por decir algo.
El joven hizo un gesto de enfado.
—Tú, tú..., ¡ claro!..., como no te derrites al sol y no echas
el pulmón trabajando..., ¡ claro!
Juana lo miró con pausa. En efecto, en sus mejillas chupadas por
la fatiga, surcadas ya por huellas profundas; en sus ojos sin
vida, en sus hombros inclinados hacia tierra, se veía el peso
formidable del trabajo. Sin saber por qué se turbó y trató de
desviar la conversación.
—¡Mira!..., ¡qué tonta soy!..., se me olvidaba. Vino la Berenice
y te dejó..., ¡adivina!
Lo miró maliciosamente. Se susurraba un noviazgo y sabía que eso
lo pondría de buen humor. Pero él la interrumpió con una mueca
amarga:
—¡Bah, bah! ... ¡Bueno está uno para mujeres!... ¡Casarse! ¡
tener chiquillos! ... ¡ Bastante somos para tragar.., y sufrir!
Poco después los peones se marcharon. Juana los vio alejarse y
las palabras del joven hicieron en su corazón un vacío.
¡ La vida! Y aunque tuvieran ellos dinero, ¿ qué?
Pero paseó la vista alrededor, contemplándolo todo con cariño.
“Al fin y al cabo estas cosas son agradables, hay sol... Pensar
que todo lo ha ido formando uno..., desde el rancho hasta la
última flor.”
Cuando llegaron allí, aquello era un peladero, y poco a poco fue
creciendo, creciendo.
“Lo que apena es que no sea de uno. El mejor día, ¡afuera!, y
comenzar de nuevo.
El sol había cruzado el cenit y la tierra quemaba como brasa. Al
frente, la colina semejaba un ondulante río vaporoso.
Acurrucadas a la sombra, las aves parecían meditar.
Se levantó para llamar al padre, que debía de estar en la
huerta. Era paralítico. Su cuerpo se estremecía como gelatina.
Todo el día trajinaba por allí sin hacer nada bien y había que
cuidarlo como a un niño.
—Ya está el almuerzo —le gritó desde el cercado. Pero como el
viejecillo se hiciera el sordo, volvió a gritarle desde más
cerca—: ¡Ya está! ... Deje eso para más tarde... ¡Tanta farsa...
y para nada!
El viejo se volvió a medias, mirándola con sus ojuelos
lacrimosos:
—¿Para nada? ... A ver..., ¿qué se hace sin mí? ¡A ver, dilo!...
——insistió, sofocado por el asma.
—Sí, taita; son bromas, no mas... —le dijo ella, fingiéndose
seria.
Y como él prosiguiera arrancando yerbas con sus dedos flacos,
rezongando aún, la joven tuvo un arranque de enternecimiento y
lo abrazó.
—Tan porfiado —le dijo, juntando el fresco rostro con el de su
padre. Y riendo con carcajadas argentinas, respirando toda ella
un aliento de juventud y vigor, lo cogió por la cintura y caminó
hacia la casa, casi arrastrándolo. Lo sentó frente a la mesita y
le puso un paño en el pecho en forma de babero.
La vieja se acercó también, temblorosa como hoja seca, y se
sentó al frente del marido en actitud humilde.
—A ver, “mis niños”... —dijo Juana mientras les servía.
La tarea era un martirio para la joven. Había que darle la
comida al viejo en la boca, pues la mano no le ayudaba, y
esperaba con su cuerpo convulsionado, con la vista fija en un
punto lejano, batiendo las manos como si llamase a alguien,
quizás a la muerte. Todo su cuerpo no tenía reposo, semejaba una
vieja maquinaria funcionando; las piernas, los brazos, la
cabeza, hasta la mandíbula inferior, todo movíase
incesantemente.
Estiraba el cuello para recibir la cuchara con movimientos
desesperados, haciendo inútiles esfuerzos para contener sus
nervios.
Cuando Juana lo veía así, sentía honda angustia. Recordaba las
murmuraciones supersticiosas de los campesinos, y se preguntaba
qué crimen podría haber cometido aquel ser para que la cólera
divina lo castigara de ese modo.
Trataba de interrogar sus facciones, sus ojos, pero éstos
permanecían mudos. Las arrugas profundas del rostro eran otros
tantos abismos insondables, y los ojos estaban apagados, duros y
fríos, formando contraste con la eterna inquietud de sus
miembros.
Se preguntaba la muchacha: “¿Qué objeto tendrán en el mundo
seres como éste?”
Todos lo despreciaban y lo miraban con repulsión. Entonces ella
sentía que lo quería más y lo mimaba como a un hijo.
—¡Otro pedacito! ...
Y llevaba hasta sus labios con su mano morena, de hoyuelos
risueños, un pequeño trozo de carne, como para inyectarle un
poco de vida.
Mientras tanto, la anciana comía silenciosamente. Rara vez
hablaba, temerosa de molestar.
III
En la tarde Juana tenía la costumbre de sentarse a la sombra de
una higuera que apoyaba su follaje espeso en la cabaña.
Desde allí dominaba el patio; más allá, el horizonte se extendía
hasta muy lejos, indeciso.
Cantaba la joven dulcemente, inclinada sobre su labor de
costura, y daba curso a su fantasía.
El sueño de todas:
Un día de primavera llegaría un hombre y le diría: “Vengo a
llevarte, construiremos un rancho a la orilla del río, y la vida
transcurrirá alegre” ...
Ella entregaría su mano y le ofrecería su boca. Y allí, junto al
manso río, nacerían los retoños, fornidos como los robles de la
orilla.
Era la primera en reírse de sus divagaciones, pero de este modo
transcurría el tiempo y se hacía menos penosa la existencia.
Una vez sintió un galopar lejano sobre el duro camino próximo.
Sin saber por qué le palpitó con fuerza el corazón. Tenían las
pisadas algo de insolente, de helado, que la llenó de inquietud.
¿Quién podría ser?
Escuchó. Era ya la oración. En el ramaje, sobre su cabeza, se
sentía un golpeteo de hojas: los pajaritos comenzaban a
recogerse, escuchábanse voces y cantos lejanos; el sol rozaba
débilmente la tierra, comunicando a los objetos extraño
misterio.
Los pasos se acercaban; los perros salieron al camino ladrando
con furia. Luego percibióse una voz colérica que gritaba:
no hay nadie en esta casa?...
Era el patrón que penetraba en el patio, escoltado por dos
mozos.
Los perros le cerraban el paso, enseñándole los colmillos,
blancos y afilados como puñales.
Juana dejó la costura y gritó:
—¡Ah, perros!
—j Cómo le va, señora? ¿Y los muchachos no están?
Se dirigía a la madre, que marchaba a su encuentro, el cuerpo
encorvado y tembloroso.
Juana, confusa, trató de escabullirse; pero él salió al paso y
le habló, mirándola con sus ojos penetrantes.
—¡ Qué hay, niña! ... ¡ Estás muy crecida y muy buena moza!
Era casi un viejo. Los cabellos a medio encanecer, la barba
descuidada, la nariz aguileña. Bajo su sombrero ancho tenía
aspecto de un lobo disfrazado.
Luego, enseñando sus dientes ennegrecidos, le dijo, zalamero:
¿Y no te querrías ir conmigo? ... Porque yo vengo a buscarte. Lo
pasarás bien, niña... Necesito una llavera y nadie mejor que tú
...
Juana sintió que corría hielo por su cuerpo.
—Gracias, señor...
Trató él de acercarse y estiró el brazo para acariciarla; pero
la muchacha, inconscientemente, lo contuvo con una mueca de
asco. Lo notó él y, disgustado, concluyó secamente:
—Bueno, mañana te espero en las casas. Ya arreglaremos...
—Señor... —balbuceó Juana.
Quiso decirle que no era posible. ¿ Quién haría la comida para
su gente?... ¿La madre?... ¡Ella, la pobre, que apenas podía
andar! Y había que cuidar al padre como a un niño...
Pero el patrón volvía ya la espalda.
La madre escuchaba como atontada, moviendo los párpados con
rapidez. Los dos sirvientes descansaban un poco apartados del
grupo, fumando, con la pierna echada sobre el cuello de la
cabalgadura. Se prepararon para seguir al amo, la miraron
sonrientes, y le hicieron un guiño como diciéndole: “No hay más
que resignarse..., él manda”.
Y desaparecieron, dejando tras de sí una nube de polvo...
IV
En la tarde Juana salió al encuentro de los hermanos. Después
del primer momento de lágrimas, se serenó un poco y comenzó a
concebir esperanzas.
“Los muchachos son buenos en el fondo —pensaba para alentarse— y
no permitirán que deje desamparados a los pobres viejos. Además,
no hay que hacerse ilusiones: obedecer sería desgraciarse para
toda la vida.”
Se le ocurrían varios proyectos. Por ejemplo: podrían
trasladarse al pueblo. Allí conseguirían crédito para instalar
un pequeño negocio; ella haría empanadas, vendería licor; podría
lavar ropa de los ricos.
Pensando en estas cosas, se consoló. Veía la perspectiva de una
vida risueña; tanto fue que, cuando llegaron los hermanos, los
acogió alegremente.
Ellos escucharon en silencio su relato y no dieron muestras de
indignación. ¡ Cómo! ¿ No protestaban? La joven apenas tuvo
valor para balbucear, con voz estrangulada, algo de sus
ilusiones...
Nicolás, el mayor, la interrumpió bruscamente:
—¿Estás loca?... ¿Salir de aquí?... ¿Y las siembras?... ¡Y
tantas cosas!
Después de comer los hermanos salieron hacia el bajo del arroyo,
próximo al rancho.
La noche era clara. Brillaban las estrellas.
Los hombres, sentados en un tronco caído, junto al torrente,
fumaban, silenciosos.
A través del follaje de los árboles llegaba el murmullo de las
aguas.
Nicolás sentía deseos de decir algo, pero no encontraba palabras
para expresarse. Comprendía que estaba en poder de ellos la
suerte de su hermana, pero deseaba saber lo que pensaba el
hermano menor.
Haciendo un esfuerzo, comenzó, después de lanzar una bocanada de
humo:
—¿Qué te parece lo de Juana?
El menor se encogió de hombros.
Nicolás guardó silencio. Experimentaba cierta cólera contra sí
mismo por sentirse cohibido. Estiró las piernas, cogió una
astilla del suelo y escupió. Luego, levantando la cabeza con
resolución, dijo:
—Más vale que ella vaya...
Pero le faltó de nuevo calma, y prosiguió, atolondradamente:
—Está bien, no más... El patrón nos dará buen terreno para las
chacras. Juana... se conformará. ¿No es mejor que si se casara
mal?.. -¿No vale esto más que un mal marido?
—¡Cierto! —murmuró el otro con un suspiro de alivio.
Quedaron silenciosos. A pesar de su rudo egoísmo, sentían piedad
por la hermana. Pero pensaban también en el patrón y en las
siembras, probablemente perdidas en caso de oposición de parte
de ellos.
Y, sin expresarlo en voz alta, ambos resolvieron que Juana
obedeciera.
Al saber la determinación de sus hermanos, Juana no tuvo una
palabra de protesta. Calló y dijo que iría, ya que así lo
deseaban ellos...
—Es preciso que vayas, ¿por qué no habrías de ir? ¿Acaso no
debemos obedecer al patrón? ¿Qué cosa más justa? Te necesita y
te manda llamar...
Juana estaba muy pálida.
A la mañana siguiente, temprano, salió para las casas de la
hacienda.
Abrazó a su madre y tuvo un instante de enternecimiento al ver
que la vieja lloraba. Besó al padre, que parecía temblar ante
una visión lejana; lo miró un momento, como esperando que la
retuviera, pero sus ojos inexpresivos nada dijeron. Se despidió
de los hermanos en silencio, y salió, sin derramar una lágrima.
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