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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.

FERNANDO SANTIVAN PUGA ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo

 

   MALA SOMBRA

                I
—¡Ahí viene! —exclamó el chico.
—Es verdad, parece ella —dijo La mujer.
—Aunque Aurelia es más alta.
—Pero es su modo de andar —repuso la anciana con voz en que temblaba la esperanza, mientras hundía con ansiedad la vista en la semiobscuridad de la calle.
El pequeño grupo de la mujer y el muchacho se hallaba en una de esas callejas de vetustos caserones, no muy apartadas del centro de la ciudad, pero que, por su abandono y soledad, parecían estar en los suburbios.
Muy lejos se divisaban siluetas de gentes que avanzaban o se alejaban por la acera, difusamente diseñadas en la claridad indecisa del alumbrado de gas. En realidad una mujer se acercaba por la acera con paso ligero, como de persona retrasada que anhela llegar pronto a su destino. La anciana y el niño estuvieron pendientes por un instante en la que así calladamente caminaba. El pequeño exclamó con desaliento:
—No es, mamá, no es tampoco... La vi al cruzar bajo la luz. Es la vecina que vive cerca de casa.
—¡Pero ya es tiempo de que estuviera aquí!...
—Quizá ha salido del trabajo más tarde —arguyó el niño en defensa de la hermana—; los sábados cierran la tienda más tarde...
—Sí, pero ayer no fue sábado, ni anteayer, ni los demás días. Debería concluir su trabajo a las siete y ya son las nueve...
Detuvo la anciana sus reflexiones en voz alta, como si temiese a su propia voz, y guardó silencio, plegada la pensativa frente, procurando inquirir en las misteriosas regiones de su presentimiento el porqué de la tardanza de Aurelia, la niña que el destino le arrancaba de su lado para ir a ganarse la vida como una de tantas humildes empleadas de los grandes almacenes centrales.
Confusamente le decía su corazón que algún peligro amenazaba a la joven. Porque su Aurelia antes no era así; sus trajines a través de la ciudad, su estadía en aquellos almacenes vastos en que relucían los cristales de las vitrinas exhibiendo elegancias venidas de otros mundos, su trato con damas compradoras, aristocráticas que hundían sus manos pálidas en nubes de seda y encajes con familiaridad desdeñosa, la habían ido transformando insensiblemente hasta convertirla en una mujercita gentil; pero que no era la misma, había que confesarlo, ¡ no era la misma!... Su corazón de madre prefería a la Aurelia de otros tiempos, menuda y silenciosa, casi insignificante, aquella que recorría el pequeño departamento ordenándolo con seriedad de mujer mayor, y sin más pretensiones que agradarles a ella y a su hermano menor. Ojalá aquellos tiempos se hubieran prolongado indefinidamente. Los hijos llenaban su vida entera después de la muerte del esposo, militar de recios bigotes cuyo retrato ocupaba la testera del pequeño cuarto, héroe de la guerra del 79 que murió sin dejar a sus herederos nada más que el recuerdo de su valentía y el insignificante montepío que el Gobierno concedió a la viuda. Ella, Aurelia, con su dulce sonrisa, sus delicadas ternuras, había sido el alma de aquel desamparado nido formado para guarecerse contra la vorágine de esa ciudad que no conocían y que les producía impreciso temor. Y un día se hizo necesario que Aurelia penetrase en aquella parte de la ciudad temida, cuyo resplandor cegaba sus ojos acostumbrados a la pobre lámpara que derramaba su luz sobre la humilde labor.
Partió Aurelia en busca de algún pequeño empleo que las librara del hambre. ¡ Cualquiera cosa! Era tan poco lo que consumían sus cuerpos empequeñecidos por las privaciones, que lo que para otros pudiera ser insignificante, para ellos constituía la fortuna. A pesar de todo, se hizo necesario corretear de almacén en almacén, acudiendo a los pedidos de empleados que se hacían por los periódicos, y en todas partes se les respondía “que no “que ya se habían llenado las vacantes”, “que esperara algunos meses y, entonces, quizás”... Promesas vagas, repulsas, humillaciones, tal si se tratara de mendigos, cuyo asalto fuera necesario detener. Por fin, mediante empeño de antiguos amigos del padre, una casa comercial del centro admitió a la pequeña Aurelia entre sus empleados y comenzó su peregrinaje a través de ese mundo desconocido que las dos mujeres miraban como algo inaccesible, lleno de atracciones y peligros. Por las tardes esperaban a Aurelia en el umbral de la vetusta habitación y la joven llegaba con la imaginación sobreexcitada por las luces de los escaparates, por los atavíos de las damas, el fulgor misterioso de las sedas y las pedrerías que vio desfilar en el día desde su humilde puesto de dependiente novicia.
Alrededor de la pequeña lámpara se agrupaba entonces la familia para escuchar el relato maravillado de Aurelia. Contaba sus primeros pasos, sus primeras ventas, las murmuraciones de las empleadas, el atavío de las compradoras y su magnificencia para pagar lo que se les exigía, moviendo apenas la punta de los labios con gesto desdeñoso: “Está bien, envíelo a casa”... El niño escuchaba a la hermana con los ojos agrandados, presa de contagiosa fiebre de lo lejano, soñando con llegar algún día a ser uno de los que se ganan la vida, luchan y se yerguen en la superficie dorada por el sol. La madre no perdía su calma, aprobando con sonrisa velada y complaciente de mujer que conoce los peligros que se ocultan tras de los brillos, acariciando con sus ojos de bondad el rostro de la pequeña trabajadora. ¡ Con qué orgullo llegó Aurelia el día en que recibió el primer dinero ganado en un mes de trabajo! Sus pasos fueron más apresurados que de costumbre y, antes de llegar a casa, no pudo reprimir el impulso de extender los brazos hacia la madre y el hermano, para mostrar desde lejos el primer puñadito de monedas recibido. Traía, además, pequeños regalos para la madre y el hermano: confites, un trompo, algunas madejas de lana para tejer. Y también se había permitido comprar, para sí, algo que desenvolvió con tino, como cosa maravillosa que debería asombrar a los suyos. Era un pequeño espejo con bordes dorados y un ramo de flores pintado en el ángulo de la superficie brillante.
—Perdona, mamá... ¡ Lo había visto tantas veces en una vitrina y había deseado comprarlo!
La anciana se limitó a besar con ternura la cabeza de la niña; pero, quizás por qué, su corazón palpitó con mayor violencia e hizo que una oleada de tristeza pasara por su rostro bondadoso y marchito.
—Sí, hija..., está bien... ¡Bueno es que te des algún pequeño gusto!
Pero desde aquel día comenzó a notar en su Aurelia cierta inquietud que la hizo reflexionar. La niña, antes tan despreocupada de su persona, ahora comenzaba a mantener largas conferencias con el espejo y a evolucionar lentamente en materia de peinados, adornos y cintajos, que iban transformando su apariencia insignificante en la de una mujercita más en armonía con el espíritu de la gran ciudad.
Al finalizar uno de los meses, sorprendió a la madre pidiéndole que le comprara un sombrero, “porque le daba vergüenza andar de manto en la calle, cuando ninguna de sus compañeras, ni la más pobre, lo usaba”.
—En todo se fijan, mamá, y se aprovechan para burlarse.
La madre accedió después de ligera resistencia. ¿No pensaba su Aurelia que parte del sueldo se iría en la compra del sombrero?
—Sí, es muy caro eso, mamá, pero es necesario. Lo pagaremos en cuotas mensuales.
Al mes siguiente exigió un nuevo corsé, que reemplazara el suyo de forma anticuada, “más bien para niñas de poca edad que no para una muchacha de diecisiete años”... Y luego exigió calzado, y un trajecito mas decente, y otras prendas que costaban grandes sacrificios a los de su casa, pero que eran indispensables para vivir en el ambiente de los grandes almacenes.
¡ Le cambiaban a su niña, a su querida Aurelia! ¡ Se la iba absorbiendo lentamente ese mundo complicado en que la civilización mostraba sus luces multicolores!
Comenzaba Aurelia a retardar sus llegadas de la noche y poco a poco iba perdiendo la antigua modestia y hasta ese afán ingenuo de contar las esplendideces que habían desfilado ante sus ojos durante el día. Llegaba en silencio y se tiraba sobre el primer asiento con el ademán cansado de los aburridos de vivir.
—¿Qué tienes, Lita? —decíale la madre—. ¿Mucho trabajo? ¿Te sientes mal?
Aurelia sacudía la cabeza negativamente y procuraba sonreír, pero su sonrisa resultaba dura, con algo de amargo en los pliegues de la boca:
bajo sus labios quedaba vagando como una ansia sofocada que quemara el gesto y que hacía pensar en ocultas esperanzas insatisfechas.
—No, mamá, es que... ¡ Si vieras! Hoy no hemos parado durante el día a causa de las nuevas remesas de Europa. ¡ Si vieras, mamá!...
Y pasaba entonces del mutismo a una charla febril, que no permitía interrogaciones indiscretas, dando detalles minuciosos sobre todas las cosas y rozando los temas para dejarlos luego envueltos en reticencias y vaguedades.
Que la Leonor, su compañera de sección, le dijo que se ponía colorete y que aquel color de sus mejillas no era natural.
—¡Yo pintarme, mamá! ¿Y para qué? Es que como ellas son...
—Sería broma de tu amiga... —disculpaba la señora Rosario, que nunca tomaba las cosas por el lado peor.
—No puede ser..., lo dijo en serio —insistía Aurelia con vehemencia belicosa—. Y yo no puedo soportar que una cualquiera...
Estas palabras caían cortantes y heladas en la atmósfera del hogar. Generalmente las seguían silencios y suspiros sofocados de la madre, quien comenzaba a comprender que algo extraño se iba incubando en aquella cabecita, expuesta tan prematuramente a los aires desconocidos y dañosos de la metrópoli.
Desde el umbral del vetusto portalón de cochera en donde ocultaban su situación vergonzante de venidos a menos, veían pasar los escasos transeúntes y coches misteriosos, blandos y callados, soportando sobre sus cojines los aburridos cuerpos de gentes opulentas.
Y de tanto esperar y de tanto engañar la impaciencia habían llegado la anciana y el pequeño a interesarse por la vida que se deslizaba en torno de ellos, oculta por los graves paredones de los edificios. Les preocupaban singularmente los rostros vivos de algunas señoritas que asomaban en la casa del frente, detrás de los cristales del balcón, para echar una mirada distraída hacia la calle, preocupadas sólo de sus impresiones y charlas de hogar. Saben que la mayor de las tres está de novia con el hijo de un senador, un joven hinchado y reluciente que llega siempre en americano y que al bajarse da un fuerte golpe con la portezuela, para entrar luego a la casa con la cabeza erguida y el rostro impenetrable. La segunda no tenía novio; era muy seriecita y la más grata a la señora por el modo afable con que la saludaba de vez en cuando al pasar, con una sonrisa que parecía decirle: “No te conozco, pero te saludo, porque participas de la vida y quizás con iguales tristezas y sobresaltos que los míos...” En cambio, la última de las hermanas era viva, inquieta y de maneras orgullosas. Esa, la pícara, no tenía novio oficial, pero no le faltaban galanes, jovencitos estudiantes, hijos de familias amigas que pasaban muchas veces por debajo de sus ventanas en espera de una graciosa sonrisa de la rubia gentil, sonrisa mentirosa e igual para todos. “¡Ah, esa ama —pensaba la señora Rosario— dará mucho que hacer!”
La anciana se estremecía en la sombra que proyectaban los paredones de las cocheras y observaba con mirada inquieta las tinieblas de la calle, disipadas a lampos por los focos de luz. Solían pasar algunas sirvientas viejas de las casas vecinas que entablaban conversación con doña Rosario; tanto la veían en la puerta de su casa en espera de su hija que concluían por familiarizarse con su perfil agudo, con sus facciones de carnes blanduchas, abatidas por el sufrimiento, y le dirigían la palabra amistosamente:
—¿Espera a su niña, eh?
—Sí, hoy debe de haber tenido mucho trabajo en la tienda.
—¡Hem, sí..., mucho trabajo! En todas partes se trabaja demasiado. Los tiempos van de mal en peor. Antes se vivía con mayor tranquilidad. Pobres, pero tranquilos.
Siempre recordaban los tiempos pasados con nostalgia y los comparaban con los presentes, tan malos, tan llenos de malicia. ¡ Si supiera la señora Rosario qué cosas pasaban!
Y contaban entonces, con gran misterios horrorosas historias tejidas en la sombra de las grandes casas, historias que la señora Rosario escuchaba con los ojos asombrados, suspirando de temor ante la vida moderna que lo venía avasallando todo, envuelta en blondas y encajes, en pomadas y postizos, en perfidias y horrores de la vida familiar... ¡ Y Aurelia estaba allí, bajo la mala sombra de la ciudad moderna!
Una noche Aurelia tardó mucho más que lo acostumbrado; dieron las ocho, las nueve, las diez... ¿Habría contado mal las horas? ¿La fatiga de la espera la habría hecho perder la cuenta? Pero no, eran las diez y el tiempo pasaba; las diez y media, las once.. . ¡Dios justo! ¡Dios bondadoso! ¿ Podría permitir que a Aurelia le hubiera ocurrido alguna desgracia?
La anciana y el niño se alarmaron; llorosa y acongojada, la madre se cubrió con el manto y partió desolada en busca de la joven. El comercio había cerrado ya sus puertas y la mujer estuvo largo rato paseando delante del almacén en que trabajaba Aurelia, interrogando a las mudas paredes cuyos letreros anunciadores parecían mofarse de ella: “¡ Novedades parisienses ! ,,... “Nuevos corsés para embellecer el talle”...
La anciana apoyó la cabeza en las frías murallas y ahogó un sollozo desgarrador, en que lloraba toda su desdicha..., la pérdida de su Aurelia, de su niña que seguía la corriente tumultuosa que manaba de la gran ciudad, y que lo arrastraba todo: honra, vida, felicidad.


II

Pasó un mes y no tuvo noticias de Aurelia. Mes de tremendas angustias, de sobresaltos y desesperanzas. La anciana y el hijo recorrieron las comisarias, hablaron con los dueños de la tienda, con algunos poderosos que en otro tiempo protegieron a su marido. Todo fue inútil. En un principio la escucharon con interés y prometieron ayudarla. Luego le hacían preguntas en que iba envuelta cierta ironía insultante:
—¿Era bonita?
—Sí..., quizás... Yo la veía así, al menos...
—¡ Ah!
Un señor gordo se atrevió a consolarla en términos cínicos.
—Déjela... —le dijo—; si ha caído en buenas manos y tiene bonitos ojos, hará carrera. ¿Y qué más quiere una muchacha pobre? Y si no..., ya volverá, no se apure, ya volverá...
Desde aquel momento la anciana renunció a continuar sus pesquisas, dispuesta a no seguir soportando la indiferencia de las gentes, y se encerró en el pobre aposento a llorar su desgracia.
¡ Amargos momentos! ¡ Tristes reflexiones hechas en el silencio del cuarto del cual habían huido la alegría y la felicidad que les prestaba el cariño de la hija! ¿A dónde habría volado la pobre?
Recordaba ahora el amor creciente de la niña por el pequeño espejo de marco dorado; recordaba las tardanzas, sus tristezas y silencios indefinidos, sus bruscos cambios y su charlar de fiebre, su turbación al llegar en las noches; y también recordó el desorden del cabello cierta vez que la tardanza fue más grande que de costumbre...
La vida de la anciana y del muchacho transcurrió sin sol, entre suspiros y lágrimas furtivas.
Ya muy pocas veces salían al portalón con la ligera esperanza de ver venir, entre las tinieblas de la solitaria calle, la silueta tan esperada de la hija y de la hermana.
La vida de la calle continuaba igual. Los mismos escasos transeúntes y carruajes, el mismo misterio de las viejas mansiones, sólo que en la casa del frente también habían ocurrido novedades: el joven novio de la mayor de las hermanas, aquel hijo de senador que al llegar golpeaba con fuerza la portezuela del coche, había dejado de venir. Se retractaba de su palabra y la joven desdeñada ocultaba sus congojas y su vergüenza tras un manto de risas tristes que sonaban como alaridos de fiera vengativa.
Y la menor, la coquetuela, había empalidecido rápidamente, había enfermado, y los médicos le aconsejaron viajara a tierras lejanas, a una playa ignorada, al campo reparador de anemias y neurastenias.
¡ Todos sufren, todos! ¡ Ricos y pobres! Sólo que los primeros, por orgullo, ocultan sus padecimientos como lepra contagiosa, mientras los últimos, más primitivos y sencillos, muestran sus heridas y desahogan sus penas en lágrimas y gritos.
Una tarde en que la anciana y el niño estaban en el portalón en espera de una quimérica llegada, el niño exclamó de pronto:
—Mamá: ¡ allá viene!
La anciana miró con angustia a lo largo de la calle.
—¡Estás loco! ¡No puede ser!... ¡Te equivocas, niño!
—Sí, mamá, es ella; es ella, pero ¡ qué distinta!, ¡ qué pálida!
Era Aurelia, en realidad; pero, bien lo había dicho el niño, ¡ qué cambiada!... Flaca y vacilante gavilla que las bestias hubieran pisoteado. Pálida, ojerosa, el traje desgarrado y sucio.
Penetraron a la casa en silencio, los tres, sin otro saludo que un abrazo
frío de muertos desenterrados. Sólo cuando estuvieron reunidos alrededor de la humilde lámpara del hogar, un sollozo desgarró la garganta de la desgraciada, que no pudo decir otra cosa que estas palabras que compendiaban su vida de los últimos tiempos:
—Me pegó, mamá... Me arrastró por el pelo.., y me echó a la calle...
Ocultó el rostro en las manos como para no ver la imagen horrorosa de la despedida y lloró por un momento, ahogando sus gritos desesperados. La anciana y el niño escuchaban con los ojos bajos.
Poco a poco se extinguieron los sollozos y volvieron a quedar en silencio. No pudieron echarse los unos en brazos de los otros porque tuvieron la sensación de que un fantasma frío se interponía entre ellos.
Sólo al cabo de un tiempo la anciana pudo decir, con abatimiento y dulzura:
—¡ Hay que resignarse, hijita!... ¡ Que Dios nos proteja!... Olvida, como yo olvido...
Pero ante este perdón generoso, la joven no respondió. Abatió el rostro, seco de lágrimas, y permaneció con la vista clavada con obstinación en el suelo.
Al ver aquella actitud llena del sufrir de la vida, comprendió la anciana la magnitud de la amargura y el veneno que guardaba el corazón de la hija; y al ver los ojos, con la mirada fija obstinadamente, y con dureza, en un punto indeterminado, comprendió que la vida de Aurelia había quedado prendida en las zarzas, y que en aquella alma ya no había inocencia, ni habría más esperanzas ni ensueños...
Entonces, por primera vez, la cabeza de la anciana se tornó dura, e irguió el busto para lanzar palabras confusas y atropelladas, con la vista puesta en la sombra que penetraba por la pequeña ventana:
—¡Maldita! ¡Maldita sea!
¿A quién se dirigía? ¿A la moderna ciudad?
Después se echó a llorar... ¡ Y lloró silenciosamente hasta el día de su muerte!
 
   

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