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ARTE
MUSICA LITERATURA
Obras desconocidas
de escritores y pintores conocidos y desconocidos
fundamentalmente desconocidos.
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UNOS
DE LOS MEJORES ESCRITORES DE CHILE , PREMIO NACIONAL DE
LITERATURA EN 1952
FERNANDO SANTIVÁN (
1886 - 1973 )
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La señorita Lina
I
Era todavía joven. ¿Veintiocho años?. . . Podrían ser treinta.
Cuando más, treinta y cinco.
Érame simpática, a pesar de que mi padre me previno en su contra
antes de enviarme a casa de tía Dolores.
-Cuidado -me dijo-. Es una mujer peligrosa. Se ha ganado la
voluntad de tu tía y hace de ella lo que quiere.
Las señoritas del Solar, unas primas de mi edad, me detuvieron
en la plaza para advertirme:
-Nosotras no visitamos a tía Dolores... Tú sabes cuanto la
queremos; pero... ¡esa mujer!...
Esto lo dijo Carlota, la de ojos negros y dormidos. La menuda
Felicitas, que hablaba siempre con los labios entreabiertos a
causa de sus largos incisivos, añadió desganadamente:
-Dicen que la conocieron de conductoras de carros en Talca.
Opté por despreocuparme del charloteo de las primitas. ¿Qué me
importaba lo que hubiera sido la señorita Lina? Yo tenía quince
años, el alma fresca y abierta a la belleza de la vida. La
casona de mi tía Dolores era para mí como un puerto acogedor,
cercado de riberas cubiertas de vegetación apaciguante, de
flores y de pájaros cantores.
"El niño", "Tato" -llamábanme cariñosamente tía Dolores y la
señorita Lina.
-¿Cambiaron de ropa la cama del niño? ¡Hay que
deshumedecerla!... -solía advertir la buena señora a la
sirvienta, la misma que llevó en sus brazos a mi madre.
-Tato, hoy ordené que te preparen flan de café.. -decíame la
señorita Lina.
Y si la señorita Lina estaba lejos de ser una hermosura, al
menos era inteligente y sabía condescender a los caprichos de un
muchacho ansioso de ternura hogareña. Disimulaba mis defectos y
preparaba el ánimo de mi tía para que accediese a lo que deseaba
pedirle.
-Van a comenzar las lluvias y el Tato no tiene paraguas, ni
zapatones de goma... ¡A lo mejor este chiquillo va a pescar una
pulmonía!...
¿Cómo adivinaba la señorita Lina mis escaseces de dinero y el
secreto deseo de proveerme de artículos de invierno?
Tenía la señorita Lina el rostro picado de viruelas, pero
agraciado y fino. Los ojos eran vivos, candentes, obscuros,
rodeados de un círculo violáceo. ¡Qué lástima de voz! Quizá
fuera agradable en otro tiempo; pero, ahora, enronquecida por un
"constipado maligno", según decía ella, era apagado su timbre y
las palabras pasaban trabajosamente por la garganta. También, a
menudo, tosía.
-Es el cigarrillo-explicaba, ahogándose.
Tía Dolores, desde su poltrona, observábala con inquietud.
-¡Usted no se cuida, Lina!... ¡El doctor le ha prohibido fumar!
-¡Ya pasó!... ¿Ve, señora?
Lina era señorita de compañía. Mejor dicho, lo era todo en casa.
Mi buena tía se mezclaba poco con la servidumbre, y si lo
hubiera hecho, seguramente habrían abusado de su bondad y de su
largueza. En un tiempo poseyó considerable fortuna; la
administración de algunos sobrinos y la suya propia habían ido
mermándola hasta reducirla a tres fundos de pequeña extensión y
a dos casas en el pueblo. Con todo, sus rentas habríanle bastado
para vivir con relativa esplendidez, si una turba de sirvientes
y parásitos no contribuyeran a esquilmarla con insaciable
voracidad. A pesar de las murmuraciones de la parentela, la
señorita Lina supo poner orden en los negocios de mi tía. No era
instruida, ni tenía conocimientos de agricultura, pero era
enérgica y todo lo suplía a fuerza de astucia e intuición.
Recaudaba los arriendos, intervenía en las particiones de los
medieros, y sometía a prueba las cuentas de los rústicos
mayordomos.
En la época veraniega, nos trasladábamos al fundo más próximo.
Era una expedición complicada y azarosa. Con semanas de
anticipación, poseídos de actividad febril, sirvientes y
allegados emprendían los preparativos de marcha. Por algún
tiempo los apacibles corredores de vetustos ladrillos,
sombreados por aromáticas enredaderas de jazmines, resonaban con
voces de mando, golpes de martillo y risas alegres. La señorita
Lina, con la cola del vestido recogida picarescamente bajo un
brazo y el cigarrillo en la boca, iba de un grupo a otro con
cierta majestad gitana, disponiendo el acomodo de utensilios y
ropas en cajones y baúles. Los sirvientes la respetaban y la
querían. Sin descender a familiaridades, se chanceaba a menudo
con los subalternos; sabía tener condescendencias a tiempo y
cierta fortaleza cuando era necesario.
Mi tía también rondaba alrededor de los aprestos de viaje; su
intervención en detalles fútiles o innecesarios, nos hacía
sonreír cariñosamente; los años y la falta de ejercicio habían
ablandado sus músculos, haciéndole perder formas y agilidad.
Desentrañaba viejos clavos guardados en misteriosos escondrijos
y, armada de martillo, pretendía afirmar los cajones.
-¡Quite, señora! . . . ¡Quite allá! -decíale la señorita Lina
con cariñosa brusquedad-. A lo mejor, se da un golpe en los
dedos y la tenemos en cama durante un mes...
Ante el desacato de su autoridad feudal, desconocida en sus
costumbres, reía la buena señora con aspavientos y chillidos.
Después de otra semana de preparativos y de visiteos de tía
Dolores a su parentela más próxima, salía el largo cortejo.
Adelante, en el viejo coche familiar, iba la señora con la
señorita Lina y antiguas sirvientas. A su vera, junto al
estribo, caracoleaba mi caballo llevando sobre su lomo al más
feliz de los mortales, trajeado con vistoso chamanto, amplio
guarapón y plateadas espuelas de sonora rodaja. Más atrás,
algunos mozos del fundo con sus arreos pintorescos y sus caras
curtidas por el sol y el aire libre de la campiña.
II
La señorita Lina subía a menudo a caballo para vigilar los
trabajos. Montaba con desenvoltura, llevando con gracia su largo
ropón y la ajustada chaquetilla de amazona. Algunas veces yo la
acompañaba. A varios pasos de distancia, seguíanos Evaristo, el
mozo de confianza del fundo.
A pesar de su juventud, Evaristo gozaba de gran prestigio entre
los sirvientes. Una palabra suya valía casi tanto como una orden
de Sandoval, el viejo mayordomo, llamado en voz baja "el pelao",
a causa de su calvicie, celosamente oculta por el sombrero y por
un pañuelo que le envolvía la frente.
Evaristo era de mediana estatura, de anchas espaldas y cabeza
grande, coronada de espeso y renegrido pelo. Su rostro lampiño;
moreno y ancho, no era hermoso; pero los ojos tenían una mansa
iluminación de bondad y rectitud que le prestaban extraña
simpatía. Hablaba poco, pero sus palabras nunca eran inútiles ni
mentirosas; quizá por eso sus compañeros lo elegían a menudo
como árbitro en sus diferencias. Daba impresión de fuerza, más
que por su apostura física, por su equilibrio espiritual.
-Ojalá que llegáramos a la bocatoma -dijo Evaristo a la señorita
Lina, picando espuelas y colocándose a su lado-. Ahí se
convencerá de lo que le digo... Sale harta agua de allá; y el
canal se hizo limpiar este invierno...
Caminábamos por una larga avenida rumorosa y sombreada. Enormes
rosales trepadores subían por los troncos de los álamos hasta
gran altura, formando una muralla densa, sombría, que ocultaba
la vista de los potreros. Sólo de trecho en trecho, al llegar a
un portón, podían verse los cuadriláteros amplios encajonados
por líneas de árboles, cubiertos de tupida yerba en la que
pacían vacunos de variados colores. El perfume de las yerbas
campesinas y de las rosas, desfallecidas en naturales
guirnaldas, hacía denso y azucarado el aire.
-Pero ahí viene don Sandoval...-murmuró Evaristo, mirando hacia
el fondo de la alameda, en donde se veía un bulto movible que
avanzaba-.Usted lo habrá de ver...
La señorita Lina nada respondió, pero sus ojos chispearon con
intensidad. Pocos minutos después, Sandoval estaba junto a
nosotros.
-Ahora mismo vamos a la bocatoma-díjole la señorita Lina,
envolviéndolo en una mirada severa-. Me dicen que están robando
agua del canal. ¿Es cierto?
El viejo huyó la vista, como era su costumbre, pero no se movió
un solo músculo de su rostro aceitunado, de facciones romas que
relucían bajo una capa grasosa. Bajo el ala del sombrero se
veían los trapos con que envolvía su calva, y en cada una de las
sienes, extraño adorno, llevaba una haba verde pegada con sebo.
Lentamente respondió:
-Habladurías, no má, señorita... No faltan por ahí bocones y
envidiosos que se despican con uno, porque no se les da en el
gusto. El agua del canal viene toíta... Habrá por ahí redámes,
pero eso no quiere icir...
La mirada de la señorita Lina se hizo más obscura que de
costumbre y su voz ahogada y ronca, silbaba al responder:
-Nos desengañaremos ahora mismo... ¡Andando!
Y sin esperar respuesta, torció riendas a su caballo y dióle un
enérgico fustazo en el anca. Echamos a galopar por la alameda,
Lina y yo adelante; Evaristo y Sandoval en nuestro seguimiento.
El aire estaba tibio bajo la sombra de álamos y rosales. Por
momentos debíamos pasar bajo túneles de verdura, pues los
extremos de las ramas floridas se juntaban de un lado al otro
del estrecho callejón.
Al final de la alameda se extendían lomajes de rulo, cubiertos
de espinos. Un grupo de trabajadores se ocupaba en trozar los
troncos para llevarlos a los hornos de carbón. A pesar de que
declinaba la tarde, el sol picaba con fuerza todavía; el camino
se hacía pesado a causa del polvo. Como luz que cruzara el
campo, se veían, a lo lejos, sementeras de trigo y pesados
carretones de emparva.
-Aquí viene el canal dijo Evaristo, mostrando una profunda zanja
llena hasta los bordes de agua correntosa.
Con las cabalgaduras al paso, seguimos en silencio algunos
minutos. Evaristo refunfuñó junto a nosotros algunas palabras
que no entendimos y luego adelantó a todo galope por el camino
polvoriento, envolviéndonos en una nube dorada.
-¡Imprudente! -murmuró con fastidio la señorita Lina, presa de
un ataque angustioso de tos. Su rostro tomó un color rojizo. Yo
me detuve junto a ella y esperé que pasara el acceso.
-¡Ya! -exclamó ella, procurando recobrar la calma y respirando
penosamente. En el momento en que echábamos a caminar de nuevo,
se inclinó con disimulo sobre el cuello de su caballo y vi que
en el polvo del camino se formaba algo como una flor de color
rojo desteñido.
Evaristo nos esperaba al pie de su cabalgadura, a un centenar de
pasos de donde nos encontrábamos, y miraba atentamente los
bordes del canal. En seguida, con ayuda de un largo palo,
comenzó a hurgar entre las ramas de zarzamora que caían como un
manto verde en la orilla opuesta.
-¡Aquí! -nos dijo, cuando estuvimos al alcance de la voz.
En un principio todo nos pareció normal; sólo me llamó la
atención un suave gorgoriteo, y, a mayor distancia, el ruido
sordo de una caída de agua.
-Han abierto un forado que pasa debajo de la zarzamora -explicó
Evaristo.-¿Ve, señorita?... ¿Ve cómo se aparta el agua hacia
allá?... Bueno. Este forado va a parar a una propiedad vecina.
El agua es como la mitad de la que pertenece al fundo, y la
recogen en un canal...
Nos miramos las caras en silencio. Sandoval estaba lívido. Sin
embargo, habló con lenta y parsimoniosa calma:
-¡Miren qué diabluras!: ... ¿Asina es que nos estaban haciendo
lesos?... El terreno de al lao es de las viejitas Mejías... Son
unos pelaeros...
-Y usted, ¿no sabía nada de esto, Sandoval? -inquirió la
señorita Lina, mirándolo fijamente:.
El viejo inclinó la cabeza; en seguida escupió con violencia por
el colmillo, y respondió con irritación:
-¿Y diay?... ¿Cómo iba a saber yo?... Contimás que las viejitas
Mejías son güenas vecinas.
Evaristo lo interrumpió con sorna:
-Pero quien sabe si algún zorro les ha comprao su terrenito a
las pobres mujeres... Como era suelo de rulo, no producía ná...
Las viejitas estaban llenas de trampas; bien pueden haber
vendido por cuatro cobres...
Sandoval lo miró con ojos sanguinolentos. Sus colmillos asomaban
por los gruesos labios como la punta de dos puñales.
-¿Y quién ha dicho que las Mejías vendieron su suelo?... ¡Yo no
hey sabío ná!...
-¡Lo vendieron, don Sandoval, lo vendieron! -exclamó Evaristo
sin levantar la voz-. Y dicen que el comprador es de su mesmo
apellío... Las escrituras se puéen ver en el pueblo...
Sandoval requirió con energía las riendas y se acercó
violentamente a Evaristo, en alto la mano, armada de pesado
chicote. Su rostro estaba transformado por la cólera.
-¿Qué ecís, perro sarnoso? -exclamó con voz ronca-. ¿Querís
decir que yo lo compré?
Seguramente la mano vengativa se habría descargado sobre la
cabeza de Evaristo. En lo alto brillaba la gruesa argolla de
acero... El muchacho, de a pie e indefenso, se encogió para
recibir el golpe. Pero antes de que yo alcanzara a abrir da la
boca para gritar, antes de que el brazo de Sandoval empezara el
descenso, la señorita Lina estaba entre los dos hombres. Su
actitud fiera tuvo la virtud de apaciguar al viejo.
-¡ Insolente ! . . . -apostrofó la amazona-. ¿Se atreve?...
¿Delante de mí?
-Perdone, señorita -dijo Sandoval en voz baja-. La calunia me
hizo disfarliar...
Y luego añadió, con acento tremante de rencor:
-Es que el mocito me la tenía sentenciá... No me la puee
perdonar desque me le puse de por medio en el asuntito de m'hija
Carolina... Poca cosa será la chiquilla... ¡Pero renunca la
dejaré casase con este piltrafiento!...
¿Qué le pasa a la señorita Lina?... ¡Sin duda el esfuerzo que
hizo para detener a Sandoval le ha causado daño!... Está
densamente pálida y vacila sobre su montura como si estuviera a
punto de caer. Lleva una mano al pecho... Se ahoga... Abre la
boca y estira el cuello en un esfuerzo supremo para aspirar todo
el aire posible.
-¡Lina!... -grité alarmado, acudiendo a su socorro.
Hizo imprecisas señales con la mano. Seguramente me invitaba a
que guardara calma.
-¡Nada!... ¡No es nada!-dijo, por fin, con voz apagada-. ¡La
tos!
Efectivamente, la tomó un acceso que pareció destrozarla, en tal
forma se contorsionó su rostro y se desorbitaron sus ojos. Pero
apenas hubo pasado, la señorita cogió las riendas y, sonriendo
dolorosamente, azotó su caballo.
-¡Andando! -dijo, y echó a correr a la delantera.
Fue una carrera loca. No se detuvo siquiera en los arroyos, que
atravesó a galope largo, esparciendo salpicaduras cristalinas en
todas direcciones. Nosotros la seguíamos sin cambiar palabra.
Sentíame perplejo ante esta fuga inesperada e insensata. Al
llegar a unas trancas, por suerte, de poca altura, la señorita
Lina hizo saltar su caballo con limpieza de experta amazona.
Sólo cuando llegábamos a las casas, detuvo su carrera. Desde
allí continuamos al paso; los caballos, excitados, sudorosos,
tascaban el freno.
El sol se ocultaba detrás del lomaje con extenuada
magnificencia. Las habitaciones del fundo, sobre una eminencia
del terreno, aparecían recortadas en negro, con fondo rojizo. A
sus pies erguía su masa obscura el bosque de pataguas, al cual
llegaban en grandes bandadas, pájaros silenciosos. Cantaba un
pidén con aguda estridencia de la tarde quieta, vencida por el
último espasmo del día agonizante...
III
Después de comer, salí a pasearme a los corredores. La señorita
Lina se había acostado tan pronto como llegamos. La comida fue
triste, silenciosa. Tía Dolores estaba preocupada y yo pensaba
en las incidencias del día.
A pesar de la noche llena de estrellas, sentíame oprimido por
una sensación de soledad y angustia. Cierto es que la casa no
era para infundir ideas alegres, con sus techos bajos y su vasto
patio rodeado de construcciones sombrías. Todo parecía
construido por personas que esperasen el ataque de merodeadores
y temiesen el exceso de sol y los cataclismos cósmicos. Las
paredes, bajas y sólidas, sobre profundos cimientos de piedras,
las ventanas estrechas con fuertes rejas de fierro, todo
dispuesto en vasto cerco para formar la "clausura", dentro de la
cual quedaban los galpones de animales y las bodegas del trigo y
del vino...
De pronto sentí un leve silbido que me hizo estremecer. Miré a
todos lados y no vi nadie. Iba ya a continuar ni paseo cuando
sentí una voz que murmuraba muy bajito:
-¡Patrón!
-¡Qué!.. ¿Quién es? -pregunté con sobresalto.
-Soy yo, patroncito . . ¡Yo, Sandoval, pues!
-¡Ah... tú!... ¿Qué quieres?
La sombra de un hombre se hizo visible junto a un poste, y "el
pelao" continuó:
-Vengo a conviarlo a dar una vuelta por el bajo. La noche está
clarita...
-Sí, pero...
-Venga, no más, patroncito... Va a ver una cosa bonita. No le
pesará.
Aquel hombre me producía instintiva repugnancia, pero mi
imaginación de muchacho me hizo entrever en las últimas palabras
una visión de maravillas nocturnas en las que se mezclaban
cacerías de coipos y huillines, de chingues y otros animalitos
que merodean en las sombras. Acepté, pues, la invitación.
Salimos de la "clausura" y nos dirigimos por un caminito que
bordeaba las huertas hasta llegar cerca del bosque. La noche
estaba tan clara que se veía hasta el detalle de las hojas en la
arboleda. Un halo sutil, plateado y tembloroso, parecía
desprenderse de los objetos circundantes. No me hubiera
extrañado ver salir de la tierra alguna visión sobrenatural,
ninfa o fantasma.
Sandoval caminaba con sigilo; apenas se escuchaban sus pasos.
Instintivamente yo imitaba sus precauciones.
-¡Shist!... -hizo de pronto, y se deslizó a la sombra de un
matorral. Yo lo seguí-. ¡Ahí vienen!
En un principio nada vi. Al pie de la loma, comenzaba el bosque
de pataguas, sombrío a estas horas, como un abismo. Estábamos a
pocos pasos de la vertiente que manaba junto a una enorme raíz
de árbol. Allí acudían las sirvientas de la casa a buscar agua
durante el día.
-¿Los ve? -me preguntó Sandoval, con voz que parecía un susurro.
En ese momento las ranas suspendieron su ronco croar, como si
una misteriosa voz les impusiera silencio.
Dos sombras se acercaban al sitio en que nos hallábamos. Una
mujer y un hombre. ¿Quiénes eran? Estuve a punto de
preguntárselo a Sandoval; pero la claridad de la noche dio de
lleno en sus cuerpos. Los reconocí.
-¡La señorita Lina! me dije-. ¡Y acompañada de Evaristo! ¿Qué
podían hacer aquí a estas horas?
Contuve la respiración, más que para escuchar, por el temor de
ser descubierto por ellos, que estaban ya a pocos pasos. Por
fortuna, la sombra del matorral nos ocultaba por completo. La
voz ahogada de Lina pronunció distintamente las siguientes
palabras:
-Eres un infame... Para mí vales menos que un perro... Yo te...
El resto de la frase se perdió en el suave susurro de la
vertiente. Algo respondía la voz del hombre. Sólo pude percibir
una exclamación:
-¡Por Diosito! ¡Por Diosito!
Pero si las palabras no llegaban claras, al menos pude
distinguir los ademanes apasionados de los actores. Lina, firme
y erguida, parecía escuchar con desdén. En su mano derecha
llevaba un grueso bastón que acostumbraba usar en sus
excursiones a pie. Evaristo suplicaba, elevando una mano sobre
su cabeza.
Volvió a hablar Lina. Sus palabras se atropellaban, coléricas,
vehementes. ¿Qué decía?
-... traición... esa mujer... ¡cochino! ...
Parecía exaltarse más de momento en momento. Su voz tenía algo
de gemido o de imprecación. De pronto, exasperada, alzó el
bastón. Lo tuvo suspendido sobre la cabeza de Evaristo durante
un segundo, como si vacilase. El muchacho levantó un brazo para
cubrirse. Cayó por fin el golpe, duro, recio, desesperado.
Volvió el bastón a levantarse y a caer una vez más... y varias
veces. Un débil gemido se desprendió de la garganta de Evaristo;
en seguida cayó de bruces. Lina se detuvo.
Hubo un corto silencio. No sabría decir si era la voz de
Evaristo o la de la vertiente la que se lamentaba, quejumbrosa;
entonces escuché con claridad a la señorita Lina que preguntaba
al caído, con atribulado acento:
-¡Evaristo! ... ¡dime! ... ¡Habla! ... ¿Te lastimé?
Se inclinó sobre el cuerpo caído en la sombra y se me imaginó
verla que se enlazaba a él y pronunciaba palabras incoherentes:
-M'hijito... m'hijito...
Luego un susurro lento, caricioso, envolvente. ¿Qué decía? ¿Eran
sollozos?... ¿Besos?... ¿suspiros?
¡Maldito murmullo de aguas que me impedía escuchar! ...
IV
Al día siguiente continuó la vida su curso como si nada hubiese
ocurrido. Sólo yo, en lo íntimo de mi ser, sentía algo así como
un rubor ascendente que caldeaba mi sangre y me producía un
malestar dulce, cada vez que veía a los protagonistas de la
escena nocturna.
Sin embargo, nada anormal noté en ellos. La señorita Lina se
conducía con Evaristo como una dama debe hacerlo con un
subalterno. El mozo, humilde, inclinaba la cabeza.
Sandoval fue despedido, a pesar de sus protestas y de las
turbias insinuaciones que hiciera a mi tía Dolores acerca de la
conducta de la señorita Lina. Doña Dolores del Solar no ponía
oídos a los chismes de los criados.
¡Ah! ¡La tos!... Ese año hubo que apresurar el regreso al pueblo
para que Lina consultase al médico. El doctor Rodríguez tuvo una
larga entrevista con tía Dolores. La señorita Lina, que dormía
en el mismo cuarto de la señora, para cuidarla mejor, debería
apartar habitación; el mal era grave y contagioso. Tía Dolores
se negó a separarse de la mujer que, hasta ese día, la atendiera
con asiduidad y abnegación. Ahora le tocaba cuidarla a ella.
La tos de Lina aumentaba. Un día el doctor trajo unos
instrumentos de hierro y un braserillo de alcohol. Los patios
olorosos a jazmín se llenaron de olor a carne quemada.
Comenzó la decadencia, visible, horrorosa. La señorita Lina no
volvería a levantarse.
Sólo una vez... Fue cuando llegó del campo un emisario para
anunciar que Evaristo había muerto. ¿Cómo?... ¿Tan rápidamente?
Sí, de calentura, según el decir del campesino portador de la
mala nueva.
Un grito llenó los apacibles corredores soleados, un grito de
tragedia, como el que se escucha en casa de las parturientas, un
grito que semejaba el mugido de las reses al recibir el golpe
mortal...
Por una ventana vi a la señorita Lina que pedía sus ropas y
comenzaba a vestirse febrilmente, sollozando, ahogándose,
tosiendo... Fue inútil y fatal su tentativa.
Una semana después; también murió...
Playa Linda, 1930.
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