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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVAN PUGA ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo
 

Justicia

                                                              I


Hace cuarenta años, los pueblos de la frontera que hoy merecen el nombre de tales, eran un conglomerado difuso que participaba tanto de las características de campamento de exploradores, como de suburbio urbano.
En las calles delineadas por ingenieros del gobierno, solían encontrarse raíces de árboles colosales que interrumpían el tránsito, o quebradas pantanosas que daban variedad pintoresca a la vía, pero que constituían un peligro grave para los transeúntes.
Los campos fértiles y las quintas que hoy rodean las poblaciones, formaban enmarañados bosques distribuidos en valles y lomajes inaccesibles.
El ferrocarril fue arrojando en aquellas ciudades incipientes una población caótica, venida de todas partes de Chile y salida de todas las esferas; pero, por lo general, reclutada entre la clase de aventureros audaces, sedientos de riqueza y con pocos escrúpulos.
Peter Dreyse era descendiente de un colono alemán establecido en Valdivia. En general, los teutones forman un conjunto de tenaces trabajadores que han hecho florecer las industrias y los bosques en provecho propio y del país, pero es fama que cuando un alemán resulta malo, es malo de veras: la misma tozudez que emplean para el trabajo, suelen dedicarla al crimen.
Cuando llegó la línea central de ferrocarril a L..., Peter Dreyse abandonó su oficio de tonelero, y logró apoderarse, mediante manejos obscuros, de una pequeña extensión de tierras en los alrededores de la naciente aldea. Este fue sólo su primer punto de apoyo.
En aquella región en que la propiedad era un caos, en el cual se debatían afanosamente los abogados del Fisco, los propietarios por derecho de trabajo y ocupación, y los antiguos dueños de la tierra, con títulos tan vagos como las primeras nebulosas que formaron el mundo, Peter Dreyse se manejó a maravillas hasta conseguir la posesión de un considerable lote de terrenos
¿Cómo logró su objeto? La historia es turbia y complicada. Suplantación de documentos y personas, desaparecimiento misterioso de vecinos colindantes, atropello a mano armada de indios pacíficos, y otras innumerables argucias de que se valen los ambiciosos para apoderarse de la tierra, en connivencia con tétricos tinterillos; ningún expediente desdeñó Peter Dreyse para salir con la suya.
Como cúspide de su pirámide de iniquidades, Peter a Dreyse abandonó a su mujer en un pueblo lejano, e incurrió en el delito de bigamia uniéndose a la hija de un viejo indígena que se decía cacique de L...
Inició entonces Peter Dreyse un pleito curioso. Según él, todos los terrenos de L..., con varias leguas a la redonda, pertenecieron desde tiempo inmemorial a su suegro, y por herencia le correspondían a su mujer. El pueblo entero había sido construido en tierra ajena y las concesiones del fisco eran ilegales.
Los habitantes de L... rieron en un principio de las pretensiones del gringo. Le designaron con el apodo de "Rey de L..." y se hicieron circular historias jocosas. Pero los asuntos de Peter Dreyse no eran para risa. Aceptó seriamente el título. Con la fortuna ganada, creó intereses en torno suyo, adujo pruebas, reunió testigos, y los vecinos tuvieron que cambiar la risa por un clamoreo de terror.
Comenzó una guerra extraña. Peter Dreyse, por un lado, con sus amigos y compinches, y por el otro, la población entera de L...
Peter se hizo respetar. Mientras se daba el fallo en el juzgado del pueblo cabecera de departamento, se apoderó a viva fuerza de algunos terrenos. A un viejo colono despojado que le dirigiera palabras duras, le dio de tiros en plena calle. Compró con dinero y amenazas el silencio de los parientes del muerto y salió libre una semana después.
Peter Dreyse pasaba por las calles seguido de las miradas de odio de pobres y ricos, indiferente, con su cabeza de dogo de presa, sólidamente sentado en su montura chilena de pintorescos choapinos, sin dignarse siquiera devolver el saludo de algunos pocos adulones o cobardes.
Era todo un rey.

II
-¡Deja esa leña, perro!...
El viejo titubeó, hizo ademán de depositar en tierra el atado que llevaba sobre los hombros, pero, movido por la indignación, volvió a erguirse en un tímido movimiento de rebeldía.
-¡Pero, patrón!... ¡Qué tiene porque llevo esta leñita! Y, aunque no fuera mía, esto no vale un cobre...
Era cierto. En la tierra de los bosques, la leña no tenía valor. Pero no se trataba de eso. Eran viejas cuestiones existentes entre Peter Dreyse y el antiguo colono desposeído.
Peter Dreyse, grueso, rubio y sanguíneo, mordía con rabia su lacio bigote descolorido y sus espuelas de gran rodaja tintineaban junto al vientre de su caballo de anca partida. Más fríos que aquella mañana de mayo que congelaba en escarcha el barro del camino, eran los ojos azules del teutón al mirar agresivamente a su contrario. Apoyose en la última frase del viejo para atacar con mayor furia:
-¡Y aunque fuera tuya!... ¿Qué tenis tú, viejo cochino?... Eres un puro ladrón, no más... Mucho mejor sería que no pasaras más por aquí y que te mandaras cambiar lejos...
El viejo fue cobrando bríos. Era flaco, con el pecho hundido; vestía harapos y ojotas de cuero. En su barba rala y en su bigote canoso, habíase adherido el rocío de la mañana neblinosa y cuajábasele además su aliento en gotas cristalinas. A su lado, con un hatillo de leña igual al suyo sobre la cabeza, un muchacho extenuado por el frío y las privaciones, escuchaba con los ojos agrandados de miedo e indecisión.
-Y diay, on Dreis, hay que icir la verdá... Estas tierras son mías, porque yo las ocupé y yo las hey hecho producir con mi trabajo...
El germano pareció sufrir una congestión. Su rostro rojizo se nubló con tintes violáceos.
-Perro... Ladrón... ¡Tuyas, tuyas!...
Con mano trémula buscó algo bajo el negro poncho, de castilla, en la parte posterior de la cintura. Alzó el brazo, brilló el arma y disparó tres veces. Cayó el viejo de bruces sobre su hatillo de leña echando sangre por la boca, sin un solo grito. El muchacho cayó también, de costado, e llevándose las flacas manos a la cintura en una contracción de suprema angustia; dio un gemido, aventó el aire con la boca abierta como para aspirar por última vez todo el oxigeno de aquella mañana, y luego quedóse inmóvil, sobre el barro endurecido.
Los árboles del bosque que custodiaban el camino, habían contemplado esta escena como desperezándose soñolientos bajo las movibles gasas que formaban las neblinas matinales, no hicieron el menor movimiento de indignación.
Sólo una bandada de choroyes cruzó el espacio sobre la afiebrada y recia cabeza del asesino, con una algarabía de gritos estridentes, destemplados, que pudieran ser de protesta o de simple chacota insustancial.

III
-¡Al asesino!... ¡Que muera!
-¡Que mueraaa! . . .
Fue una revolución en el pueblo. Las primeras noticias las llevaron unos campesinos que pasaban por el lugar de la tragedia; después, a medida que se enardecían los ánimos, fueron llegando noticias de testigos timoratos que sólo se atrevían a hablar al sentirse espaldeados por la opinión. Se había visto huir a Dreyse después de los disparos. El muchacho herido volvió de su primer síncope; poco antes de morir contó lo sucedido. Entonces comenzáronse a formar grupos delante de las casas del pueblo para comentar el suceso y los enemigos de Dreyse aprovecharon la ocasión para murmurar todo lo que callaban por temor. A mediodía el pueblo palpitaba de sorda protesta y poco a poco fueron formándose grupos frente a la casa de Dreyse, tímidos en un principio, amenazantes a medida que crecía el número.
La corona del rey tambaleaba sobre su cabeza. Tuvo miedo. Su familia lo apremiaba para que huyese; pero se resistía, con la débil esperanza de que los grupos se aburrieran y lo dejaran en paz. Por fin se decidió a salir por el fondo de la quinta. Cruzó las calles del pueblo, disfrazado, procurando evitar el encuentro de gente conocida; fue a pedir refugio a casa del ingeniero del ferrocarril en construcción, amigo suyo. No faltó, sin embargo, alguien que lo reconociera y diese la voz de alarma; minutos después los grupos se trasladaron frente a su nueva guarida y esta vez tomaron la precaución de sitiar la manzana entera.
Alguien lanzó el primer grito, como un pedrusco silbante:
-¡Al asesino!... ¡Que muera!...
El poblacho, formado en su totalidad por trabajadores del ferrocarril, audaces y fornidos; por mujeres del pobrerío y por huasos de los campos vecinos, comenzaron a recoger piedras y astillones de madera.
En vano salió el ingeniero al balcón para calmar a su gente. Estos comenzaron a pedir a gritos al asesino para descuartizarlo. No tenían confianza en la justicia. De sus manos se escapaban siempre los bandidos ricos. Querían castigo inmediato.
En ese momento apareció en el extremo de la calle una extraña procesión. Se acallaron los gritos del gentío y se la dejó pasar. La componían una veintena de hombres y mujeres del pueblo, desarrapados, de rostros marchitos, que iban en seguimiento de dos parihuelas levantadas en hombros. Allí iban los cadáveres de las víctimas, el viejo y el muchacho, con sus caras terrosas aún manchadas por la sangre negruzca y por el barro, con los ojos vidriosos tenazmente fijos en el cielo.
El populacho les abrió calle en silencio. Los Hombres se quitaron el sombrero; las mujeres musitaron medrosas oraciones.
¿Fue cosa convenida por los enemigos de Dreyse? Imposible saberlo; pero, durante una hora, la lúgubre procesión se paseó por el pueblo, chapoteando en las calles fangosas reclutando indignaciones que iban a desembocar frente a la casa del ingeniero, los cadáveres al frente, levantados en alto como mudo y trágico pendón.
Los gritos comenzaron a enronquecer, cada vez más amenazadores. Ya se hablaba de asaltar la casa y quemarla. Algunas piedras rompieron los cristales de las ventanas cerradas con postigos herméticos.
-¡Que muera !
-¡Que muera el bandido!
Sólo los contenía la boca de un rifle que amenazaba por la juntura de una ventanita del techo.
A las cuatro de la tarde, la situación se hizo insostenible para Peter Dreyse. Las piedras crecían de tamaño y de fuerza; con un grueso leño manejado por cuatro hombres se logró destrozar la puerta de calle.
Pero a esa hora llegó a la cercana estación una locomotora pedida a Valdivia y apareció en la calle un pelotón de carabineros.
Cesaron los gritos. El frío que produce la fuerza armada paralizó por un instante el coraje que hervía en la sangre vindicativa, y se aprovechó ese minuto para sacar al asesino, custodiado por los rifles.
Peter Dreyse, muy pálido, la cabellera revuelta, con las manos atadas a la espalda, erguida e iracunda su cabeza de perro dogo, cruzó entre la muchedumbre y pasó junto a los muertos. Esta vez era un rey en desgracia.
Lo siguió la procesión en silencio. En silencio observaron los amotinados cómo lo subían a la carbonera de la máquina. Solamente cuando la locomotora comenzó a mover sus ruedas con resoplidos roncos, se levantó entre la muchedumbre un rumor como de oleaje y lo despidió un:
-¡Muera el bandido!
Sólo los muertos guardaron silencio, como pétreas esculturas de la miseria y desolación de las trágicas montañas sureñas.

Santiago, 1925.
 

   

 

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