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Justicia
I
Hace cuarenta años, los pueblos de la frontera que hoy merecen
el nombre de tales, eran un conglomerado difuso que participaba
tanto de las características de campamento de exploradores, como
de suburbio urbano.
En las calles delineadas por ingenieros del gobierno, solían
encontrarse raíces de árboles colosales que interrumpían el
tránsito, o quebradas pantanosas que daban variedad pintoresca a
la vía, pero que constituían un peligro grave para los
transeúntes.
Los campos fértiles y las quintas que hoy rodean las
poblaciones, formaban enmarañados bosques distribuidos en valles
y lomajes inaccesibles.
El ferrocarril fue arrojando en aquellas ciudades incipientes
una población caótica, venida de todas partes de Chile y salida
de todas las esferas; pero, por lo general, reclutada entre la
clase de aventureros audaces, sedientos de riqueza y con pocos
escrúpulos.
Peter Dreyse era descendiente de un colono alemán establecido en
Valdivia. En general, los teutones forman un conjunto de tenaces
trabajadores que han hecho florecer las industrias y los bosques
en provecho propio y del país, pero es fama que cuando un alemán
resulta malo, es malo de veras: la misma tozudez que emplean
para el trabajo, suelen dedicarla al crimen.
Cuando llegó la línea central de ferrocarril a L..., Peter
Dreyse abandonó su oficio de tonelero, y logró apoderarse,
mediante manejos obscuros, de una pequeña extensión de tierras
en los alrededores de la naciente aldea. Este fue sólo su primer
punto de apoyo.
En aquella región en que la propiedad era un caos, en el cual se
debatían afanosamente los abogados del Fisco, los propietarios
por derecho de trabajo y ocupación, y los antiguos dueños de la
tierra, con títulos tan vagos como las primeras nebulosas que
formaron el mundo, Peter Dreyse se manejó a maravillas hasta
conseguir la posesión de un considerable lote de terrenos
¿Cómo logró su objeto? La historia es turbia y complicada.
Suplantación de documentos y personas, desaparecimiento
misterioso de vecinos colindantes, atropello a mano armada de
indios pacíficos, y otras innumerables argucias de que se valen
los ambiciosos para apoderarse de la tierra, en connivencia con
tétricos tinterillos; ningún expediente desdeñó Peter Dreyse
para salir con la suya.
Como cúspide de su pirámide de iniquidades, Peter a Dreyse
abandonó a su mujer en un pueblo lejano, e incurrió en el delito
de bigamia uniéndose a la hija de un viejo indígena que se decía
cacique de L...
Inició entonces Peter Dreyse un pleito curioso. Según él, todos
los terrenos de L..., con varias leguas a la redonda,
pertenecieron desde tiempo inmemorial a su suegro, y por
herencia le correspondían a su mujer. El pueblo entero había
sido construido en tierra ajena y las concesiones del fisco eran
ilegales.
Los habitantes de L... rieron en un principio de las
pretensiones del gringo. Le designaron con el apodo de "Rey de
L..." y se hicieron circular historias jocosas. Pero los asuntos
de Peter Dreyse no eran para risa. Aceptó seriamente el título.
Con la fortuna ganada, creó intereses en torno suyo, adujo
pruebas, reunió testigos, y los vecinos tuvieron que cambiar la
risa por un clamoreo de terror.
Comenzó una guerra extraña. Peter Dreyse, por un lado, con sus
amigos y compinches, y por el otro, la población entera de L...
Peter se hizo respetar. Mientras se daba el fallo en el juzgado
del pueblo cabecera de departamento, se apoderó a viva fuerza de
algunos terrenos. A un viejo colono despojado que le dirigiera
palabras duras, le dio de tiros en plena calle. Compró con
dinero y amenazas el silencio de los parientes del muerto y
salió libre una semana después.
Peter Dreyse pasaba por las calles seguido de las miradas de
odio de pobres y ricos, indiferente, con su cabeza de dogo de
presa, sólidamente sentado en su montura chilena de pintorescos
choapinos, sin dignarse siquiera devolver el saludo de algunos
pocos adulones o cobardes.
Era todo un rey.
II
-¡Deja esa leña, perro!...
El viejo titubeó, hizo ademán de depositar en tierra el atado
que llevaba sobre los hombros, pero, movido por la indignación,
volvió a erguirse en un tímido movimiento de rebeldía.
-¡Pero, patrón!... ¡Qué tiene porque llevo esta leñita! Y,
aunque no fuera mía, esto no vale un cobre...
Era cierto. En la tierra de los bosques, la leña no tenía valor.
Pero no se trataba de eso. Eran viejas cuestiones existentes
entre Peter Dreyse y el antiguo colono desposeído.
Peter Dreyse, grueso, rubio y sanguíneo, mordía con rabia su
lacio bigote descolorido y sus espuelas de gran rodaja
tintineaban junto al vientre de su caballo de anca partida. Más
fríos que aquella mañana de mayo que congelaba en escarcha el
barro del camino, eran los ojos azules del teutón al mirar
agresivamente a su contrario. Apoyose en la última frase del
viejo para atacar con mayor furia:
-¡Y aunque fuera tuya!... ¿Qué tenis tú, viejo cochino?... Eres
un puro ladrón, no más... Mucho mejor sería que no pasaras más
por aquí y que te mandaras cambiar lejos...
El viejo fue cobrando bríos. Era flaco, con el pecho hundido;
vestía harapos y ojotas de cuero. En su barba rala y en su
bigote canoso, habíase adherido el rocío de la mañana neblinosa
y cuajábasele además su aliento en gotas cristalinas. A su lado,
con un hatillo de leña igual al suyo sobre la cabeza, un
muchacho extenuado por el frío y las privaciones, escuchaba con
los ojos agrandados de miedo e indecisión.
-Y diay, on Dreis, hay que icir la verdá... Estas tierras son
mías, porque yo las ocupé y yo las hey hecho producir con mi
trabajo...
El germano pareció sufrir una congestión. Su rostro rojizo se
nubló con tintes violáceos.
-Perro... Ladrón... ¡Tuyas, tuyas!...
Con mano trémula buscó algo bajo el negro poncho, de castilla,
en la parte posterior de la cintura. Alzó el brazo, brilló el
arma y disparó tres veces. Cayó el viejo de bruces sobre su
hatillo de leña echando sangre por la boca, sin un solo grito.
El muchacho cayó también, de costado, e llevándose las flacas
manos a la cintura en una contracción de suprema angustia; dio
un gemido, aventó el aire con la boca abierta como para aspirar
por última vez todo el oxigeno de aquella mañana, y luego
quedóse inmóvil, sobre el barro endurecido.
Los árboles del bosque que custodiaban el camino, habían
contemplado esta escena como desperezándose soñolientos bajo las
movibles gasas que formaban las neblinas matinales, no hicieron
el menor movimiento de indignación.
Sólo una bandada de choroyes cruzó el espacio sobre la afiebrada
y recia cabeza del asesino, con una algarabía de gritos
estridentes, destemplados, que pudieran ser de protesta o de
simple chacota insustancial.
III
-¡Al asesino!... ¡Que muera!
-¡Que mueraaa! . . .
Fue una revolución en el pueblo. Las primeras noticias las
llevaron unos campesinos que pasaban por el lugar de la
tragedia; después, a medida que se enardecían los ánimos, fueron
llegando noticias de testigos timoratos que sólo se atrevían a
hablar al sentirse espaldeados por la opinión. Se había visto
huir a Dreyse después de los disparos. El muchacho herido volvió
de su primer síncope; poco antes de morir contó lo sucedido.
Entonces comenzáronse a formar grupos delante de las casas del
pueblo para comentar el suceso y los enemigos de Dreyse
aprovecharon la ocasión para murmurar todo lo que callaban por
temor. A mediodía el pueblo palpitaba de sorda protesta y poco a
poco fueron formándose grupos frente a la casa de Dreyse,
tímidos en un principio, amenazantes a medida que crecía el
número.
La corona del rey tambaleaba sobre su cabeza. Tuvo miedo. Su
familia lo apremiaba para que huyese; pero se resistía, con la
débil esperanza de que los grupos se aburrieran y lo dejaran en
paz. Por fin se decidió a salir por el fondo de la quinta. Cruzó
las calles del pueblo, disfrazado, procurando evitar el
encuentro de gente conocida; fue a pedir refugio a casa del
ingeniero del ferrocarril en construcción, amigo suyo. No faltó,
sin embargo, alguien que lo reconociera y diese la voz de
alarma; minutos después los grupos se trasladaron frente a su
nueva guarida y esta vez tomaron la precaución de sitiar la
manzana entera.
Alguien lanzó el primer grito, como un pedrusco silbante:
-¡Al asesino!... ¡Que muera!...
El poblacho, formado en su totalidad por trabajadores del
ferrocarril, audaces y fornidos; por mujeres del pobrerío y por
huasos de los campos vecinos, comenzaron a recoger piedras y
astillones de madera.
En vano salió el ingeniero al balcón para calmar a su gente.
Estos comenzaron a pedir a gritos al asesino para
descuartizarlo. No tenían confianza en la justicia. De sus manos
se escapaban siempre los bandidos ricos. Querían castigo
inmediato.
En ese momento apareció en el extremo de la calle una extraña
procesión. Se acallaron los gritos del gentío y se la dejó
pasar. La componían una veintena de hombres y mujeres del
pueblo, desarrapados, de rostros marchitos, que iban en
seguimiento de dos parihuelas levantadas en hombros. Allí iban
los cadáveres de las víctimas, el viejo y el muchacho, con sus
caras terrosas aún manchadas por la sangre negruzca y por el
barro, con los ojos vidriosos tenazmente fijos en el cielo.
El populacho les abrió calle en silencio. Los Hombres se
quitaron el sombrero; las mujeres musitaron medrosas oraciones.
¿Fue cosa convenida por los enemigos de Dreyse? Imposible
saberlo; pero, durante una hora, la lúgubre procesión se paseó
por el pueblo, chapoteando en las calles fangosas reclutando
indignaciones que iban a desembocar frente a la casa del
ingeniero, los cadáveres al frente, levantados en alto como mudo
y trágico pendón.
Los gritos comenzaron a enronquecer, cada vez más amenazadores.
Ya se hablaba de asaltar la casa y quemarla. Algunas piedras
rompieron los cristales de las ventanas cerradas con postigos
herméticos.
-¡Que muera !
-¡Que muera el bandido!
Sólo los contenía la boca de un rifle que amenazaba por la
juntura de una ventanita del techo.
A las cuatro de la tarde, la situación se hizo insostenible para
Peter Dreyse. Las piedras crecían de tamaño y de fuerza; con un
grueso leño manejado por cuatro hombres se logró destrozar la
puerta de calle.
Pero a esa hora llegó a la cercana estación una locomotora
pedida a Valdivia y apareció en la calle un pelotón de
carabineros.
Cesaron los gritos. El frío que produce la fuerza armada
paralizó por un instante el coraje que hervía en la sangre
vindicativa, y se aprovechó ese minuto para sacar al asesino,
custodiado por los rifles.
Peter Dreyse, muy pálido, la cabellera revuelta, con las manos
atadas a la espalda, erguida e iracunda su cabeza de perro dogo,
cruzó entre la muchedumbre y pasó junto a los muertos. Esta vez
era un rey en desgracia.
Lo siguió la procesión en silencio. En silencio observaron los
amotinados cómo lo subían a la carbonera de la máquina.
Solamente cuando la locomotora comenzó a mover sus ruedas con
resoplidos roncos, se levantó entre la muchedumbre un rumor como
de oleaje y lo despidió un:
-¡Muera el bandido!
Sólo los muertos guardaron silencio, como pétreas esculturas de
la miseria y desolación de las trágicas montañas sureñas.
Santiago, 1925.
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