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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVAN PUGA ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo
 
GOLONDRINAS
 

                                                         I


Después de pasar algunos días en el pueblo, la familia se trasladó a un fundo cercano que arrendaba el padre de Cristián. Iban, además, cuatro hermanas de su madrastra, dos de ellas jóvenes de veintidós a veinticinco años, y las otras, niñas todavía; todas muy simpáticas y alegres.
Cristián sentíase cohibido entre ellas; se preocupaban poco de su persona y esto le molestaba tanto que llegó a tomarles antipatía.
Sin embargo, con el tiempo llegó a avenirse con Graciela, una de las menores. Era esta niña de la misma edad de Cristián, alta, de cuerpo esbelto, finas facciones pálidas, de ojos animados y reidores.
Cristián creía haberla sorprendido en sus momentos de soledad con la vista perdida en el vacío como si forjara ilusiones, deshojando rosas en su falda y entonando a la sordina canciones delicadas.
Creyó advertir que entre Graciela y él existían afinidades de carácter, y éste fue el primer paso en el camino de las mutuas simpatías.
Tendido boca arriba en un diván del escritorio que había improvisado en la gran casa de campo, formaba fantasmagorías extrañas, mezcladas de poéticas reflexiones.
Ya se imaginaba que era el amado de Graciela, ya se veía rechazado por ella con mudo desprecio.
Cuando pensaba en Graciela, sus ideas se dulcificaban. Cierto día enrojeció de cólera al imaginar que la niña lo miraba compasivamente. El era fuerte, un hombre, y los hombres deben proteger, pero no ser protegidos.
En esos momentos hubiera deseado insultarla. Mas imaginando la escena en que la apostrofaría con palabras duras, se representaba a la niña con su pálido rostro lleno de tristeza, mirándolo dulcemente: “¿Por qué me insultas? ¡Eres injusto conmigo!”
Y los ojos claros lo acariciaban vertiendo lágrimas de súplica.
Si en esos momentos la niña hubiera entrado al escritorio, habría podido escucharlo como murmuraba, sofocado, con la cabeza hundida en los cojines del sofá:
—Graciela... Amadita linda... ¡ Perdóneme! ...
Después de estas escenas en que él solo era actor, si se encontraba con ella, huía y se ocultaba como si fuera un culpable.

II

En su escritorio, pieza octogonal en forma de torreón situada en uno de los extremos del edificio, se aislaba Cristián la mayor parte del día. Había allí una mesa, sillas y un viejo diván forrado de cretona; soledad y atmósfera propicia para soñar. En la mesa había libros y papeles. Para que semejara bufete de hombre dedicado a los negocios, dispuso en las paredes cartas geográficas, modelos de máquinas y grabados de animales.
Uno de sus mayores placeres consistía en hacer por sí mismo el aseo de la habitación y abrir en seguida las ventanas que daban al parque con el fin de aspirar el aire perfumado de las mañanas campesinas.
Luego entregábase a su trabajo. Llamaba “su trabajo” a ciertos pueriles artículos destinados a un periódico manuscrito que confeccionaba en compañía de su amigo Mariano, quien venía continuamente a visitarlo desde la ciudad próxima.
Pero, más que nada, le placía entregarse a sus divagaciones y pantomimas.
Soñaba con ser atleta y llegar a convertirse en paladín de las damas. Imaginando que alguien pudiera ofender a Graciela, desafiaría al impertinente y lo llevaría al campo del honor. Terminaba haciendo molinetes con el plumero y atravesando a su rival con feroz estocada.
Pensaba continuamente en el porvenir. Se decía que a los catorce anos cursaba el cuarto año de humanidades y que a los veintidós podría alcanzar el título de ingeniero civil.
Restregábase las manos con satisfacción, repitiendo:
—A los veintidós... ¡ingeniero!
Entonces podría frecuentar los salones y más de una joven seguramente soñaría con ser su compañera; pero él tendría su corazón reservado únicamente para su Graciela.
Lo asaltaba un temor: ¿Y si ella se hubiera casado en esa época?
Sería preciso, pues, arrancarle un juramento. Fruncía el ceño; pensaba con angustia en el grave problema de la primera declaración. Nada en el mundo le parecía más difícil que realizar este acto trascendental e ineludible. ¿Cómo empezar?...
Uno de sus proyectos más cuerdos era el siguiente: Ella debería hallarse sola. Se acercaría con cautela y le preguntaría con suave acento:
—¿Por qué está triste?
Ella, ruborosa, debería responder:
—¿Yo, triste?... ¡No!... Pensaba...
—¿En qué?
—¡Psch!... ¡En tantas cosas!
que yo desearía que pensara en mí, sólo en mí!
—¡Bah! ¡Qué tontería!... ¡No faltaba más!...
Tal respuesta heriría su amor propio e insistiría con imperio de sugestionador teatral:
—Deseo que piense en mí. Y así deberá suceder.
—¿Está loco? —respondería ella con ademán airado.
Entonces él, dulcificando nuevamente la voz, le diría:
—Sí, estoy loco, Graciela... Usted tiene la culpa. ¡ La quiero tanto!
¡ Qué maravilloso final! La declaración estaría hecha y lo demás ya no ofrecería dificultades. Rubor de ella. Balbuceos. Un beso y, luego, el paraíso.
Después de soñar despierto durante largo tiempo, sentíase invadido por dulce calma y de tal modo se habituaba a sus divagaciones que concluía por darles patente de realidad. Después de eso, al encontrarse con Graciela, la miraba como si en efecto hubiera “algo” entre ellos.
La imaginación terminaba por crearle un verdadero y absorbente estado pasional.
Pensaba:
“Parece que la vida entera cambia para mí; en ella todo lo siento más agradable. Las noches de soledad me dicen cosas nuevas y exquisitas. Los árboles y los rayos de luna me hablan y me acarician entregándome su alma.”
Su espíritu comenzó a experimentar una especie de sublimación que lo acercaba más a los seres y a las cosas. Su carácter aprendió a perdonar y a perder la dureza que antes solía dominarlo.
Al pensar en la que inconscientemente le proporcionaba estos dones, sentía infinito agradecimiento. Se hubiera arrodillado ante ella para expresarle su cariño en místico transporte de gratitud.

III

Es verdad que tales estados de ánimo no duraban largo tiempo, pero volvía con insistencia en busca de ellos como fuente de delicias extraordinarias.
Escribía largas cartas, llenas de ternura, vaciando lo que nunca pudo expresar bajo la contención de una existencia desprovista de amigos y de vida hogareña. Sus palabras brotaban como frescos retoños de árbol después del sueño de crudo invierno.
Pasaba días enteros formando planes para construir el hogar que soñaba, y, al final, siempre terminaba junto a Graciela, rodeados de niños y de flores.
Nunca entregó sus cartas, ni dijo a Graciela una palabra que le hiciera comprender su cariño; sin embargo, cada día se creaba entre ambos un nuevo lazo, como si los ojos y el mismo silencio hablaran por ellos.
A menudo se bebían mutuamente en una intensa mirada. Cristián pensaba en esos momentos:
“Desearía morir. .. mirandote, aspirando :u alma.”
Todos los días, al finalizar la comida, los ojos del joven le suplicaban, invariablemente:
“Es hora. ¿Vamos ya?”
Era para Cristián el momento culminante de la jornada. Uno de ellos se levantaba de la mesa y el otro no tardaba en seguirlo. Eran los primeros ensayos en busca del encanto que procuran el misterio y la complicidad.
Graciela se encaminaba al parque con su guitarra y Cristián sentábase junto a ella en uno de los bancos a la sombra de los arbustos. Quedábanse muy quietos, temerosos de romper con la voz el inefable deleite que cantaba en el fondo de sus corazones llenándolos de embriagadora dulzura.
En esas noches de verano, el aire parecía saturado de caricias tibias que hacían languidecer el cuerpo en plácido abandono.

En una noche clara
de majestuosa luna...

La voz suave de Graciela corta el silencio de la noche como un cisne en lago sereno. Las yerbas y las flores se agitan inclinándose en reverencias maliciosas de minué, cuchicheando inocentes bromas. Los árboles se mezclan a la fiesta nocturna sonriendo con misterio. Las ranas, a lo lejos, forman atolondrado coro, como niños que se retirasen a protestar contra sus compañeros de juego.

Se ve en el cementerio
el ciprés descollar...

Cristián evoca el camposanto, que debe estar situado al poniente, con sus cruces blancas, sus sauces y cipreses plateados por la luna.

La losa funeraria
que el musgo ha cubierto.

La voz de Graciela solloza, y su pecho se estremece al evocar las tumbas en donde arraigan los recuerdos sentimentales.
Aquellas notas agradablemente melancólicas se alcanzan unas a otras y aparecen un momento para morir en seguida, mientras la guitarra runrunea, severa, siguiendo a la canción como el mudo pensamiento a las pasiones que se desbordan. La voz, estremecida, arrastrándose, ora desesperada y arrogante, ora dulcemente resignada, cuenta cómo un joven se mata en la tumba de su amada.
El canto cesa; las últimas vibraciones se pierden a lo lejos, y se van a confundir con el aullido lastimero de los perros y el canto lejano de los gallos; estas voces triunfan por fin y siguen reinando en la noche como un lamento de la tierra.

Se quedaban con la vista fija en el espacio, el cuerpo sumido en placentera sobreexcitación, comprendiendo que en esos momentos sus espíritus se poseían el uno al otro enteramente.
Poco después volvían a casa. Se despedían poseídos de suave angustia.
—¡Buenas noches!
—¡Hasta mañana!
Ella entraba a su pieza, y Cristián a la suya. Como ocupaban dormitorios contiguos, él se tendía sobre su lecho, sin encender luz, sintiéndose íntimamente acompañado en su soledad. Por la ventana que daba al corredor veía los postes y sus largas sombras. De las habitaciones vecinas llegaba el ruido confuso de la familia que se entretenía de sobremesa.
Concentraba su atención en los trajines de Graciela en la pieza vecina.
“Debe de estar cosiendo... Ahora ordena su costurero... ¿Por qué suspira tan profundamente?”
Poco después, los leves ruidos le indicaban que la niña se quitaba los vestidos y se introducía bajo las ropas del lecho. La imaginaba entonces con las manos juntas y los ojos puestos en alto, entregada a sus oraciones.
“Graciela —suplicaba mentalmente—, ruega por mí y que nunca nos separemos, y seamos tan felices como ahora!”
También él dirigía sus plegarías a Dios y a su madre difunta, pidiéndole protección en su orfandad.
Después llegaba por su ventana un rayo de luna y se dormía pensando en Graciela y... en el traje nuevo que estrenaría el próximo domingo...

IV

Epoca de trillas. Frente al estudio de Cristián pasan altos carretones, altos como torres, repletos de espigas maduras.
De pie junto a la ventana, ve desfilar los boyeros con sus carretas, cantando o silbando.
Mira distraído al exterior. El sol acaricia con ternura la tierra; un pájaro pasa, rozándola. Las moscas se entrecruzan, livianas y silenciosas, junto a las champas de pastos cubiertas de rocío.
Cae una gotera del techo. Cristián observa el hoyuelo que forma al tocar el suelo, y sonríe dulcemente. En ese momento piensa: “¡ Qué agradable es la vida cuando se ama!”
Se observa el rostro reflejado en los vidrios, y vuelve a sonreír. “¿Cómo le pareceré yo? ¿Me querrá del mismo modo que yo la quiero?”
Estaba convencido de que era amado, pero sentía imperiosa necesidad de obtener una certidumbre expresada por los propios labios de ella. Este cariño tan dulce, presentido pero no materializado, lo llenaba de angustia y de inseguridad. Además, todas las novelas que conocía le decían que no se concibe amor sin declaración expresa, como no es posible que exista fuego sin llama. Una confesión, un acto, un beso, un juramento. Lo demás significa un vuelo sin término, sin tocar jamás tierra firme.
Sin embargo, extraña timidez sobrecogía su ánimo y aplazaba el momento decisivo de día en día y de semana en semana.
“El próximo domingo, durante el paseo que proyecta la familia, se lo diré todo y la obligaré a darme una respuesta.”
Era jueves. Los tres días que faltaban fueron para Cristián de constante zozobra, poseído de angustia parecida a la que siente el niño friolento antes de lanzarse al agua para realizar una zambullida.
Amaneció un domingo radioso. Cristián sintióse confortado como por un buen augurio y se levantó muy alegre; lo despertaron los golpes sordos de los caballos que pateaban el suelo con sus cascos ferrados. El mayor. domo se ocupaba en tusarlos, mientras los mozos pulían y abrillantaban su pelaje con rasquetas y escobillas.
Se sentía liviano de cuerpo y espíritu y comunicaba su alegría a los que encontraba.
Quiso tusar por propia mano su caballo, pero como le resultara mal, entregó las tijeras a uno de los mozos, mofándose de sí mismo por su incapacidad. Después fue a golpear en la pieza de las niñas.
Su hermana María y Graciela estaban ya en pie, y mientras él gritaba:
—¡ Flojas, levántense, flojas! —ellas salieron de la pieza riendo alegremente. Lo convidaron a coger flores, y los tres se encaminaron por el callejón bordeado por grandes rosales trepadores y álamos esbeltos.
Cuando regresaron, el patio estaba lleno de movimiento. Toda la gente se hallaba en pie y presta para partir.
Cristián reprendió vivamente al mozo que había puesto un freno viejo al caballo de Graciela, y él mismo quiso cambiarlo por el suyo. Mas, prontamente arrepentido de su gesto de violencia incontrolada, y mientras el muchacho, confundido, le calzaba las espuelas, le propinó una palmada cariñosa en la cabeza y le obsequió una moneda. Cristián alzó gentilmente a Graciela para subirla sobre la silla de su caballo, le arregló el ropón y puso en sus manos una varita de membrillo que le sirviera de fusta. Luego montó a su vez para servirle de caballero.
Poco después partía la cabalgata.
El joven y las niñas menores encabezaron el grupo. Mucho antes de llegar al término del viaje, se divisó el humo de las fogatas entre los árboles. Dejaron los caballos a la entrada del bosque, a la sombra de grandes pataguas, y fue preciso internarse a pie entre renovales y malezas. Cuando llegaron al paraje destinado a servir de punto de reunión, los sirvientes hacían girar los asadores en el fuego, entre la espesura verde. Las mesas se habían colocado bajo los árboles, en un estrecho claro de bosque, bajo los árboles que entretejían sus ramas formando movible techumbre. A pocos pasos, corría un arroyo de cristalinas aguas que murmuraba al saltar sobre limpios guijarros.
La tarde transcurrió alegremente. Sin embargo, Cristián perdió el dominio de sí mismo que lo favoreciera al comenzar la jornada, al ver cómo se deslizaba el día sin que se presentara ocasión para realizar su propósito. Veía cómo los caballeros charlaban con sus parejas, alejándose por momentos del grupo general en misteriosos coloquios. Hubiera deseado hacer otro tanto con Graciela; encontrarse a solas con ella, junto al riachuelo, en el silencio del bosque. Allí habría podido ella sonrojarse sin temor a miradas ajenas, al escuchar sus palabras de amor y recibir el primer beso tembloroso de pasión.
Mientras bostezaba escuchando a su amigo Mariano, seguía con avidez las idas y venidas de Graciela, sin ánimos para acercarse a ella, postergando a cada instante su resolución.
Al caer el día, abandonaron el bosque para dar un paseo por las viñas. Como éstas se hallaban cerca, se hizo el camino a pie.
Era a fines de marzo; comenzaban a madurar los primeros racimos. El aire, fresco y aromático. La naturaleza parecía descansar del calor y del día, como viajero que se da un baño después de larga caminata bajo el sol. La alegría atolondrada de los paseantes se transformó en plácida tranquilidad ante el espectáculo sereno del cielo coloreado por los últimos rayos.
En la viña los paseantes tuvieron una decepción. Sólo uno que otro grano había madurado. A pesar de todo, cada cual se lanzó en busca de los pocos racimos en sazón. Cristián recogió un gran puñado para Graciela. Al depositarlo en sus manos se miraron sonriendo:
—Lo comeremos juntos —murmuró ella.
En vez de responder, Cristián se paró a tomar una uva, y tal era su emoción, que se alejó atolondradamente entre las cepas sin volver siquiera la vista, murmurando para sí: “¡ Tonto, tonto! ¡ Nunca serás más que un tonto!”
Llegó la noche. Los convidados comenzaron a despedirse, y como hubiera necesidad de ocupar un coche para las señoras, cedieron los caballos de los menores a personas de la ciudad. La gente menuda debió acomodarse en las carretas. Graciela se hallaba entre ésta y debió acompañarla. Cristián hizo entrega de su caballo a los mozos para instalarse entre los niños.
Muy luego la cabalgata y los coches se perdieron en la obscuridad. Los chicos quedaron rezagados a gran distancia.
A poco andar salió la luna. Los chicos la saludaron con gritos de júbilo; alguien entonó una canción; otros reían, bromeando.
Graciela se extendió silenciosamente a los pies de los que iban sentados y quedó con la cabeza próxima a Cristián, que se hallaba en el extremo del carretón; hasta él llegaba el suave perfume de su cuerpo juvenil. Las sombras del toldo les servían de cómplices.
La miró larga y dulcemente. Sentía impulsos de tomar su cabecita entre las manos y besarla con pasión. No tuvo valor; se contentó con deslizar sus rodillas hasta colocarlas bajo la cabeza de Graciela. Entonces ella, adivinando sus intenciones, acomodóse delicadamente en su regazo como un niño que busca protección. El, conmovido, le dio las gracias alisándole el cabello con suavidad, mientras se preguntaba con azoramiento:
“¿Y la declaración?”
En ese instante sintió una mano suave que buscaba la suya en la sombra. Ya no dudó más. Sólo entonces se decidió a comprender que las palabras no son indispensables para expresar un afecto y sellar un pacto de amor. Se inclinó sobre Graciela y hundió sus labios ardorosos en sus cabellos ensortijados. Luego buscó su boca y la encontró, dulce, apasionada.

Pocos días después partía Cristián para el colegio.
Al volver por última vez la cabeza, los ojos arrasados en lágrimas, vio asomar entre los laureles del jardín una cabecita entristecida que le interrogaba mudamente con los ojos: “¿Volverás?”
El niño partió en carrera desesperada a lo largo del camino polvoriento.
... Y no volvió nunca.

   

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