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GOLONDRINAS
I
Después de pasar algunos días en el pueblo, la familia se
trasladó a un fundo cercano que arrendaba el padre de Cristián.
Iban, además, cuatro hermanas de su madrastra, dos de ellas
jóvenes de veintidós a veinticinco años, y las otras, niñas
todavía; todas muy simpáticas y alegres.
Cristián sentíase cohibido entre ellas; se preocupaban poco de
su persona y esto le molestaba tanto que llegó a tomarles
antipatía.
Sin embargo, con el tiempo llegó a avenirse con Graciela, una de
las menores. Era esta niña de la misma edad de Cristián, alta,
de cuerpo esbelto, finas facciones pálidas, de ojos animados y
reidores.
Cristián creía haberla sorprendido en sus momentos de soledad
con la vista perdida en el vacío como si forjara ilusiones,
deshojando rosas en su falda y entonando a la sordina canciones
delicadas.
Creyó advertir que entre Graciela y él existían afinidades de
carácter, y éste fue el primer paso en el camino de las mutuas
simpatías.
Tendido boca arriba en un diván del escritorio que había
improvisado en la gran casa de campo, formaba fantasmagorías
extrañas, mezcladas de poéticas reflexiones.
Ya se imaginaba que era el amado de Graciela, ya se veía
rechazado por ella con mudo desprecio.
Cuando pensaba en Graciela, sus ideas se dulcificaban. Cierto
día enrojeció de cólera al imaginar que la niña lo miraba
compasivamente. El era fuerte, un hombre, y los hombres deben
proteger, pero no ser protegidos.
En esos momentos hubiera deseado insultarla. Mas imaginando la
escena en que la apostrofaría con palabras duras, se
representaba a la niña con su pálido rostro lleno de tristeza,
mirándolo dulcemente: “¿Por qué me insultas? ¡Eres injusto
conmigo!”
Y los ojos claros lo acariciaban vertiendo lágrimas de súplica.
Si en esos momentos la niña hubiera entrado al escritorio,
habría podido escucharlo como murmuraba, sofocado, con la cabeza
hundida en los cojines del sofá:
—Graciela... Amadita linda... ¡ Perdóneme! ...
Después de estas escenas en que él solo era actor, si se
encontraba con ella, huía y se ocultaba como si fuera un
culpable.
II
En su escritorio, pieza octogonal en forma de torreón situada en
uno de los extremos del edificio, se aislaba Cristián la mayor
parte del día. Había allí una mesa, sillas y un viejo diván
forrado de cretona; soledad y atmósfera propicia para soñar. En
la mesa había libros y papeles. Para que semejara bufete de
hombre dedicado a los negocios, dispuso en las paredes cartas
geográficas, modelos de máquinas y grabados de animales.
Uno de sus mayores placeres consistía en hacer por sí mismo el
aseo de la habitación y abrir en seguida las ventanas que daban
al parque con el fin de aspirar el aire perfumado de las mañanas
campesinas.
Luego entregábase a su trabajo. Llamaba “su trabajo” a ciertos
pueriles artículos destinados a un periódico manuscrito que
confeccionaba en compañía de su amigo Mariano, quien venía
continuamente a visitarlo desde la ciudad próxima.
Pero, más que nada, le placía entregarse a sus divagaciones y
pantomimas.
Soñaba con ser atleta y llegar a convertirse en paladín de las
damas. Imaginando que alguien pudiera ofender a Graciela,
desafiaría al impertinente y lo llevaría al campo del honor.
Terminaba haciendo molinetes con el plumero y atravesando a su
rival con feroz estocada.
Pensaba continuamente en el porvenir. Se decía que a los catorce
anos cursaba el cuarto año de humanidades y que a los veintidós
podría alcanzar el título de ingeniero civil.
Restregábase las manos con satisfacción, repitiendo:
—A los veintidós... ¡ingeniero!
Entonces podría frecuentar los salones y más de una joven
seguramente soñaría con ser su compañera; pero él tendría su
corazón reservado únicamente para su Graciela.
Lo asaltaba un temor: ¿Y si ella se hubiera casado en esa época?
Sería preciso, pues, arrancarle un juramento. Fruncía el ceño;
pensaba con angustia en el grave problema de la primera
declaración. Nada en el mundo le parecía más difícil que
realizar este acto trascendental e ineludible. ¿Cómo empezar?...
Uno de sus proyectos más cuerdos era el siguiente: Ella debería
hallarse sola. Se acercaría con cautela y le preguntaría con
suave acento:
—¿Por qué está triste?
Ella, ruborosa, debería responder:
—¿Yo, triste?... ¡No!... Pensaba...
—¿En qué?
—¡Psch!... ¡En tantas cosas!
que yo desearía que pensara en mí, sólo en mí!
—¡Bah! ¡Qué tontería!... ¡No faltaba más!...
Tal respuesta heriría su amor propio e insistiría con imperio de
sugestionador teatral:
—Deseo que piense en mí. Y así deberá suceder.
—¿Está loco? —respondería ella con ademán airado.
Entonces él, dulcificando nuevamente la voz, le diría:
—Sí, estoy loco, Graciela... Usted tiene la culpa. ¡ La quiero
tanto!
¡ Qué maravilloso final! La declaración estaría hecha y lo demás
ya no ofrecería dificultades. Rubor de ella. Balbuceos. Un beso
y, luego, el paraíso.
Después de soñar despierto durante largo tiempo, sentíase
invadido por dulce calma y de tal modo se habituaba a sus
divagaciones que concluía por darles patente de realidad.
Después de eso, al encontrarse con Graciela, la miraba como si
en efecto hubiera “algo” entre ellos.
La imaginación terminaba por crearle un verdadero y absorbente
estado pasional.
Pensaba:
“Parece que la vida entera cambia para mí; en ella todo lo
siento más agradable. Las noches de soledad me dicen cosas
nuevas y exquisitas. Los árboles y los rayos de luna me hablan y
me acarician entregándome su alma.”
Su espíritu comenzó a experimentar una especie de sublimación
que lo acercaba más a los seres y a las cosas. Su carácter
aprendió a perdonar y a perder la dureza que antes solía
dominarlo.
Al pensar en la que inconscientemente le proporcionaba estos
dones, sentía infinito agradecimiento. Se hubiera arrodillado
ante ella para expresarle su cariño en místico transporte de
gratitud.
III
Es verdad que tales estados de ánimo no duraban largo tiempo,
pero volvía con insistencia en busca de ellos como fuente de
delicias extraordinarias.
Escribía largas cartas, llenas de ternura, vaciando lo que nunca
pudo expresar bajo la contención de una existencia desprovista
de amigos y de vida hogareña. Sus palabras brotaban como frescos
retoños de árbol después del sueño de crudo invierno.
Pasaba días enteros formando planes para construir el hogar que
soñaba, y, al final, siempre terminaba junto a Graciela,
rodeados de niños y de flores.
Nunca entregó sus cartas, ni dijo a Graciela una palabra que le
hiciera comprender su cariño; sin embargo, cada día se creaba
entre ambos un nuevo lazo, como si los ojos y el mismo silencio
hablaran por ellos.
A menudo se bebían mutuamente en una intensa mirada. Cristián
pensaba en esos momentos:
“Desearía morir. .. mirandote, aspirando :u alma.”
Todos los días, al finalizar la comida, los ojos del joven le
suplicaban, invariablemente:
“Es hora. ¿Vamos ya?”
Era para Cristián el momento culminante de la jornada. Uno de
ellos se levantaba de la mesa y el otro no tardaba en seguirlo.
Eran los primeros ensayos en busca del encanto que procuran el
misterio y la complicidad.
Graciela se encaminaba al parque con su guitarra y Cristián
sentábase junto a ella en uno de los bancos a la sombra de los
arbustos. Quedábanse muy quietos, temerosos de romper con la voz
el inefable deleite que cantaba en el fondo de sus corazones
llenándolos de embriagadora dulzura.
En esas noches de verano, el aire parecía saturado de caricias
tibias que hacían languidecer el cuerpo en plácido abandono.
En una noche clara
de majestuosa luna...
La voz suave de Graciela corta el silencio de la noche como un
cisne en lago sereno. Las yerbas y las flores se agitan
inclinándose en reverencias maliciosas de minué, cuchicheando
inocentes bromas. Los árboles se mezclan a la fiesta nocturna
sonriendo con misterio. Las ranas, a lo lejos, forman
atolondrado coro, como niños que se retirasen a protestar contra
sus compañeros de juego.
Se ve en el cementerio
el ciprés descollar...
Cristián evoca el camposanto, que debe estar situado al
poniente, con sus cruces blancas, sus sauces y cipreses
plateados por la luna.
La losa funeraria
que el musgo ha cubierto.
La voz de Graciela solloza, y su pecho se estremece al evocar
las tumbas en donde arraigan los recuerdos sentimentales.
Aquellas notas agradablemente melancólicas se alcanzan unas a
otras y aparecen un momento para morir en seguida, mientras la
guitarra runrunea, severa, siguiendo a la canción como el mudo
pensamiento a las pasiones que se desbordan. La voz,
estremecida, arrastrándose, ora desesperada y arrogante, ora
dulcemente resignada, cuenta cómo un joven se mata en la tumba
de su amada.
El canto cesa; las últimas vibraciones se pierden a lo lejos, y
se van a confundir con el aullido lastimero de los perros y el
canto lejano de los gallos; estas voces triunfan por fin y
siguen reinando en la noche como un lamento de la tierra.
Se quedaban con la vista fija en el espacio, el cuerpo sumido en
placentera sobreexcitación, comprendiendo que en esos momentos
sus espíritus se poseían el uno al otro enteramente.
Poco después volvían a casa. Se despedían poseídos de suave
angustia.
—¡Buenas noches!
—¡Hasta mañana!
Ella entraba a su pieza, y Cristián a la suya. Como ocupaban
dormitorios contiguos, él se tendía sobre su lecho, sin encender
luz, sintiéndose íntimamente acompañado en su soledad. Por la
ventana que daba al corredor veía los postes y sus largas
sombras. De las habitaciones vecinas llegaba el ruido confuso de
la familia que se entretenía de sobremesa.
Concentraba su atención en los trajines de Graciela en la pieza
vecina.
“Debe de estar cosiendo... Ahora ordena su costurero... ¿Por qué
suspira tan profundamente?”
Poco después, los leves ruidos le indicaban que la niña se
quitaba los vestidos y se introducía bajo las ropas del lecho.
La imaginaba entonces con las manos juntas y los ojos puestos en
alto, entregada a sus oraciones.
“Graciela —suplicaba mentalmente—, ruega por mí y que nunca nos
separemos, y seamos tan felices como ahora!”
También él dirigía sus plegarías a Dios y a su madre difunta,
pidiéndole protección en su orfandad.
Después llegaba por su ventana un rayo de luna y se dormía
pensando en Graciela y... en el traje nuevo que estrenaría el
próximo domingo...
IV
Epoca de trillas. Frente al estudio de Cristián pasan altos
carretones, altos como torres, repletos de espigas maduras.
De pie junto a la ventana, ve desfilar los boyeros con sus
carretas, cantando o silbando.
Mira distraído al exterior. El sol acaricia con ternura la
tierra; un pájaro pasa, rozándola. Las moscas se entrecruzan,
livianas y silenciosas, junto a las champas de pastos cubiertas
de rocío.
Cae una gotera del techo. Cristián observa el hoyuelo que forma
al tocar el suelo, y sonríe dulcemente. En ese momento piensa:
“¡ Qué agradable es la vida cuando se ama!”
Se observa el rostro reflejado en los vidrios, y vuelve a
sonreír. “¿Cómo le pareceré yo? ¿Me querrá del mismo modo que yo
la quiero?”
Estaba convencido de que era amado, pero sentía imperiosa
necesidad de obtener una certidumbre expresada por los propios
labios de ella. Este cariño tan dulce, presentido pero no
materializado, lo llenaba de angustia y de inseguridad. Además,
todas las novelas que conocía le decían que no se concibe amor
sin declaración expresa, como no es posible que exista fuego sin
llama. Una confesión, un acto, un beso, un juramento. Lo demás
significa un vuelo sin término, sin tocar jamás tierra firme.
Sin embargo, extraña timidez sobrecogía su ánimo y aplazaba el
momento decisivo de día en día y de semana en semana.
“El próximo domingo, durante el paseo que proyecta la familia,
se lo diré todo y la obligaré a darme una respuesta.”
Era jueves. Los tres días que faltaban fueron para Cristián de
constante zozobra, poseído de angustia parecida a la que siente
el niño friolento antes de lanzarse al agua para realizar una
zambullida.
Amaneció un domingo radioso. Cristián sintióse confortado como
por un buen augurio y se levantó muy alegre; lo despertaron los
golpes sordos de los caballos que pateaban el suelo con sus
cascos ferrados. El mayor. domo se ocupaba en tusarlos, mientras
los mozos pulían y abrillantaban su pelaje con rasquetas y
escobillas.
Se sentía liviano de cuerpo y espíritu y comunicaba su alegría a
los que encontraba.
Quiso tusar por propia mano su caballo, pero como le resultara
mal, entregó las tijeras a uno de los mozos, mofándose de sí
mismo por su incapacidad. Después fue a golpear en la pieza de
las niñas.
Su hermana María y Graciela estaban ya en pie, y mientras él
gritaba:
—¡ Flojas, levántense, flojas! —ellas salieron de la pieza
riendo alegremente. Lo convidaron a coger flores, y los tres se
encaminaron por el callejón bordeado por grandes rosales
trepadores y álamos esbeltos.
Cuando regresaron, el patio estaba lleno de movimiento. Toda la
gente se hallaba en pie y presta para partir.
Cristián reprendió vivamente al mozo que había puesto un freno
viejo al caballo de Graciela, y él mismo quiso cambiarlo por el
suyo. Mas, prontamente arrepentido de su gesto de violencia
incontrolada, y mientras el muchacho, confundido, le calzaba las
espuelas, le propinó una palmada cariñosa en la cabeza y le
obsequió una moneda. Cristián alzó gentilmente a Graciela para
subirla sobre la silla de su caballo, le arregló el ropón y puso
en sus manos una varita de membrillo que le sirviera de fusta.
Luego montó a su vez para servirle de caballero.
Poco después partía la cabalgata.
El joven y las niñas menores encabezaron el grupo. Mucho antes
de llegar al término del viaje, se divisó el humo de las fogatas
entre los árboles. Dejaron los caballos a la entrada del bosque,
a la sombra de grandes pataguas, y fue preciso internarse a pie
entre renovales y malezas. Cuando llegaron al paraje destinado a
servir de punto de reunión, los sirvientes hacían girar los
asadores en el fuego, entre la espesura verde. Las mesas se
habían colocado bajo los árboles, en un estrecho claro de
bosque, bajo los árboles que entretejían sus ramas formando
movible techumbre. A pocos pasos, corría un arroyo de
cristalinas aguas que murmuraba al saltar sobre limpios
guijarros.
La tarde transcurrió alegremente. Sin embargo, Cristián perdió
el dominio de sí mismo que lo favoreciera al comenzar la
jornada, al ver cómo se deslizaba el día sin que se presentara
ocasión para realizar su propósito. Veía cómo los caballeros
charlaban con sus parejas, alejándose por momentos del grupo
general en misteriosos coloquios. Hubiera deseado hacer otro
tanto con Graciela; encontrarse a solas con ella, junto al
riachuelo, en el silencio del bosque. Allí habría podido ella
sonrojarse sin temor a miradas ajenas, al escuchar sus palabras
de amor y recibir el primer beso tembloroso de pasión.
Mientras bostezaba escuchando a su amigo Mariano, seguía con
avidez las idas y venidas de Graciela, sin ánimos para acercarse
a ella, postergando a cada instante su resolución.
Al caer el día, abandonaron el bosque para dar un paseo por las
viñas. Como éstas se hallaban cerca, se hizo el camino a pie.
Era a fines de marzo; comenzaban a madurar los primeros racimos.
El aire, fresco y aromático. La naturaleza parecía descansar del
calor y del día, como viajero que se da un baño después de larga
caminata bajo el sol. La alegría atolondrada de los paseantes se
transformó en plácida tranquilidad ante el espectáculo sereno
del cielo coloreado por los últimos rayos.
En la viña los paseantes tuvieron una decepción. Sólo uno que
otro grano había madurado. A pesar de todo, cada cual se lanzó
en busca de los pocos racimos en sazón. Cristián recogió un gran
puñado para Graciela. Al depositarlo en sus manos se miraron
sonriendo:
—Lo comeremos juntos —murmuró ella.
En vez de responder, Cristián se paró a tomar una uva, y tal era
su emoción, que se alejó atolondradamente entre las cepas sin
volver siquiera la vista, murmurando para sí: “¡ Tonto, tonto! ¡
Nunca serás más que un tonto!”
Llegó la noche. Los convidados comenzaron a despedirse, y como
hubiera necesidad de ocupar un coche para las señoras, cedieron
los caballos de los menores a personas de la ciudad. La gente
menuda debió acomodarse en las carretas. Graciela se hallaba
entre ésta y debió acompañarla. Cristián hizo entrega de su
caballo a los mozos para instalarse entre los niños.
Muy luego la cabalgata y los coches se perdieron en la
obscuridad. Los chicos quedaron rezagados a gran distancia.
A poco andar salió la luna. Los chicos la saludaron con gritos
de júbilo; alguien entonó una canción; otros reían, bromeando.
Graciela se extendió silenciosamente a los pies de los que iban
sentados y quedó con la cabeza próxima a Cristián, que se
hallaba en el extremo del carretón; hasta él llegaba el suave
perfume de su cuerpo juvenil. Las sombras del toldo les servían
de cómplices.
La miró larga y dulcemente. Sentía impulsos de tomar su cabecita
entre las manos y besarla con pasión. No tuvo valor; se contentó
con deslizar sus rodillas hasta colocarlas bajo la cabeza de
Graciela. Entonces ella, adivinando sus intenciones, acomodóse
delicadamente en su regazo como un niño que busca protección.
El, conmovido, le dio las gracias alisándole el cabello con
suavidad, mientras se preguntaba con azoramiento:
“¿Y la declaración?”
En ese instante sintió una mano suave que buscaba la suya en la
sombra. Ya no dudó más. Sólo entonces se decidió a comprender
que las palabras no son indispensables para expresar un afecto y
sellar un pacto de amor. Se inclinó sobre Graciela y hundió sus
labios ardorosos en sus cabellos ensortijados. Luego buscó su
boca y la encontró, dulce, apasionada.
Pocos días después partía Cristián para el colegio.
Al volver por última vez la cabeza, los ojos arrasados en
lágrimas, vio asomar entre los laureles del jardín una cabecita
entristecida que le interrogaba mudamente con los ojos:
“¿Volverás?”
El niño partió en carrera desesperada a lo largo del camino
polvoriento.
... Y no volvió nunca.
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