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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


FERNANDO SANTIVÁN ( 1886 - 1973 )

Nada más que la sencillez del estilo
 
EN LA MONTAÑA


                                                            A Eduardo Barrios.

—¿ Galopemos?
Mi compañero se limitó a sacudir la cabeza como para disipar los vagos pensamientos que poblaban su espíritu y, clavando espuelas a su cabalgadura, emprendió un galope resuelto y bizarro.
Atravesábamos una inmensa sábana de bosques, bordeando el río. A través de las varillas de los árboles solíamos divisar las aguas turbulentas de cristal purísimo y a todas horas escuchábamos su rumor sordo, como una amenaza o como un murmullo de amor, según lo tuviéramos cercano o distante. Gritos prolongados y melancólicos cruzaban la verde espesura salvaje haciendo coro a las hachas implacables, cuyo chasquido repetía la montaña con sus mil lenguas sonoras.
El misterio, el alma gigante que palpita y envuelve los troncos de robles y laureles, infunde al espíritu una curiosa mezcla de inquietud y de sana fortaleza, e inconscientemente se sueña en heroicas aventuras de sangre y de pasión, cuya historia parece escrita con esos copihues blancos y rojos que trepan por el ramaje en amorosas espirales.
—¡Alto! ...
Mi compañero contuvo su cabalgadura y nos detuvimos bruscamente. A nuestros pies se hundía el camino en barranco profundo, cruzado de mutilados troncos que se esparcían como cadáveres de hombres que hubiera ido desgranando a su paso un ejército, en lamentable fuga. Los caballos se recogen con los cuellos extendidos y crujen las sólidas monturas a cada paso que avanzamos por la peligrosa pendiente.
Después de media hora de marcha, conseguimos llegar a un claro de bosque en donde el camino se desliza ancho y liso a través de un prado cubierto de altas yerbas.
Mi compañero es mozo de facciones tostadas por el sol, de rasgos enérgicos y duros, ligeramente dulcificados por la mirada suave y cálida de sus ojos negros. Juan Saldívar era uno de esos hombres ante quienes las mujeres se inclinan dócilmente con la seguridad de haber encontrado un brazo fuerte en que apoyar su fragilidad.
Habíamos salido de Temuco cuando aún las estrellas alumbraban pálidamente una alborada sin nubes y ahora el sol de una tarde estival nos besaba con áspera y sensual caricia.
Las riendas flojas sobre el cuello de su caballo, mi amigo volvía a perder la mirada en el horizonte que se extendía ante nosotros como un manto ideal sobre el dorso azul de las montañas distantes.
—¡ Hace calor! —exclamé, para romper nuestro silencio.
Mí compañero se limitó a responder con un monosílabo:
—Sí.
Y volvió a ensimismarse.
Pero poco después, al notar que yo lo observaba curiosamente, irguió la cabeza, y encendiendo un cigarrillo, balbuceó con voz sorda, como si se disculpara de sus abstracciones:
—Es que esta maldita montaña me recuerda muchas cosas...
Y al cabo de un rato, añadió:
—Vamos a llegar, precisamente, al fundo “Las Islas”... Se llama así porque es un terreno que se encuentra aislado por dos brazos de río que se juntan algunas leguas más allá... Estas montañas pertenecieron a mi tío Sebastián, hermano de mi abuelo paterno; pero ahora vive allí un colono alemán que explota los aserraderos... Yo venía a pasar temporadas largas con mi tío, quien parecía distinguirme porque me encontraba, según su expresión, “hombre de armas tomar” y le recordaba lo que él había sido en su juventud...
“¿Ves?... Desde aquí se divisan los tejados de las casas, sobre aquellos cerros del frente. Arriba están las habitaciones. Eso que brilla al sol, por encima de los árboles, son los vidrios de los corredores ... Más abajo están las bodegas, los corrales y las caballerizas, y al borde del río, como sí desmoronaran ladera abajo, con sus techos de zinc y sus negras chimeneas, los galpones de las máquinas de aserrar.
Se empinó sobre los estribos para dominar mejor el panorama.
—Esa casita blanca rodeada de corredores es la escuela...
—¿La escuela? ... —interrogué con asombro.
—Sí. Mi tío Sebastián era hombre progresista —dijo mi compañero. sin que lograse descubrir si lo decía con ironía o con sinceridad—. En la escuela había siempre preceptoras jóvenes y bonitas... Pero ya te contare...
Llegábamos a una nueva quebrada. Abajo, muy abajo, se divisaba el río, que aparecía de vez en cuando por algún claro de la arboleda, angosto y correntoso, alargándose como una masa elástica y transparente, para recogerse un poco más allá en quietud de remanso con su obscura superficie de cara al cielo, como una órbita purísima que reflejase el firmamento, los árboles, la sombra y el misterio de la naturaleza salvaje y potente.
Nos detuvimos en el fondo de la quebrada para hacer descansar los caballos, pues la jornada había sido ruda y debíamos repechar en seguida una cuesta empinada y abrupta.
Rugía sordamente en la espesura el río, y llegaba hasta nosotros en ráfagas suaves el olor húmedo de las raíces que lavaban sus riberas.
La soledad en aquella parte de la selva impresionaba hondamente. Llegaban gritos lejanos y sordos rumores que no hubiéramos sabido precisar si provenían de animales salvajes o de seres humanos.
—Aquí se podría cometer cualquier crimen —dijo mi compañero, señalando en derredor—, sin que la justicia pudiera castigarlo jamás...
Nos sentamos sobre un robusto tronco de árbol que se atravesaba en el camino, mientras los caballos, sueltos, procuraban ramonear la tupida yerba a través de los metálicos bocados del freno.
—¿Y tu tío? —pregunté a mi amigo.
—¡Ah! Te iba a contar una historia... Bueno. Hará unos ocho años, tuve un serio disgusto con mi familia y decidí abandonar el techo paterno. Era entonces casi un muchacho y no sabía cómo ganarme la vida. ¿Qué hacer?... Pues, irme a casa de tío Sebastián.
“En una tarde como ésta llegué a las casas que de aquí se divisan. Estaba seguro de que el viejo me recibiría bien y hasta que aprobaría mi conducta. ¡ Diabluras de muchacho que le recordaban las de su infancia!...
“Mi tío vivía en sus grandes dominios completamente solo, haciendo la vida ruda y egoísta de un señor feudal, y así como los castellanos de la Edad Media recibían con agrado a trovadores y juglares, atendía con suntuosidad a los raros visitantes que solían cobijarse bajo su techo hospitalario.
“Por eso es que me extrañó que el día de mi llegada, el mayordomo Jonatás, que me conocía desde pequeño, saliese a recibirme en actitud cohibida, y al preguntarle por mi tío, me respondiese con azoramiento y misterio.
—Sí, patroncito... Sí está, pero...
“—¿Pero qué?
—Es que el patrón salió a pasear por las lomas con la señorita...
“Como yo manifestara mi asombro, el buen hombre continuó:
—Usted perdone, don Juancito..., pero estoy por creer que no ha estado bien que haya llegado sin avisar... Al patrón no le gusta que lo molesten en ciertas ocasiones..., y como la señorita...
“—¿ Pero qué señorita?
“—Vaya, la nueva preceptora de la escuela, pues...
“- ¡Ah!”
“Comprendí todo, y estuve a punto de volver las riendas para regresar al pueblo, pero en ese momento alguien de los que me rodeaban exclamó:
“—Ahí viene el patrón. Ahora sí que se va a armar la grande...
“En efecto, apareció en el patio la bizarra silueta de mi tío, montado en su potro de raza, de cola larga. Hacía una figura hermosa: con su fina manta blanca y el látigo en la diestra, un látigo que no lo abandonaba nunca y que agitaba continuamente en sus manos nerviosas, como dispuesto a castigar al que contraviniese la más ligera de sus órdenes.
“Si tú lo hubieras conocido, lo habrías admirado como yo. Era un viejo alto, huesudo, encorvado de espaldas, pero sin perder por eso su arrogante majestad de caballero morisco. Los ojos pequeños y ardientes relampagueaban bajo las cejas enmarañadas como llamitas siniestras de un laboratorio nocturno... Fumaba a todas horas y a cada momento se le oía toser trabajosamente, el rostro congestionado, con ruido silbante y extraño.
¡ Querrás creerlo! Era yo un mocetón vigoroso y él un anciano que bordeaba los sesenta, y, sin embargo, tuve miedo cuando lo vi aparecer montado en su hermoso potro tordillo. A su lado venía una mujer. Cabalgaba una yeguita mansa, de vientre abultado y de ojos pasivos. En el primer momento, no pude distinguir sus facciones porque las cubría una chupalla campesina atada a modo de pastora.
“Al reconocerme mi tío, parpadearon ligeramente sus ojíllos vivaces
y creí distinguir un gesto de amenaza; pero cuando se bajó del caballo
y se acercó a mí con los brazos extendidos, su rostro no demostraba más que la sorpresa de verme de improviso.
“—¡Hola, Juanito! ¿Tú por aquí?
“—Aquí estoy, tío... Tuve un disgusto en mi casa...
“—Peleaste con tu padre...
“—Sí, tío...
“Sonrió mostrando unos dientes largos y ennegrecidos por la nicotina. Era una sonrisa obscura, un poco diabólica, pero simpática, a pesar de todo. Y dándome golpecitos cariñosos en el hombro, dijo:
“—Bueno, muchacho... Siempre haciendo de las tuyas, ¿eh?... Voy a presentarte a la señorita Hortensia. Ella es la que civiliza a los pequeños brutos de la hacienda...
“La señorita Hortensia avanzó hacia mí con los ojos bajos y me extendió una mano suave y cariñosa. Era una muchacha blanca, de pelo castaño, casi rubio, cara redondeada, llena de hoyuelos y de pecas doradas. Tenía todo el aspecto de esas niñas que se educan a la sombra patriarcal de una casa provinciana, bien cebada, adormecida por la vida lenta de los pueblos chicos, que se desliza entre chismes murmurados al son de las tranquilas campanas de la iglesia parroquial.
“El tío me brindó, por lo demás, una caballeresca hospitalidad, tan franca y agradable, que no pensé en moverme de su casa, por lo menos hasta que no pasaran las borrascas de la mía.
“Para demostrarle que no pretendía serle un estorbo, salía muy de mañana a recorrer los bosques, ya en excursión de caza o de pesca, ya simplemente como explorador de bellezas ignoradas.
“No faltaban, por los alrededores, simpáticas muchachas, sanas, corpulentas, que me proporcionaran fáciles aventuras, que, con perdonable fanfarronería, hacía llegar a oídos de mí tío.
“El, por su parte, observaba correcta circunspección; hasta parecía despreocuparse de la señorita Hortensia y de mí, embebido en sus quehaceres administrativos.
“¿Se habría equivocado el mayordomo al advertirme un peligro?
“Porque noté con asombro que la señorita Hortensia trataba con visible despego a mi tío y nunca pude sorprender entre ellos movimientos que delataran intimidad sospechosa.
“Es más, en presencia de mi tío, tuvo la audacia de apoyarse en mi hombro con familiar descuido, y otra vez, emocionada, me dedicó un piropo sentimental en una de sus tonadas favoritas, cantadas al son de la guitarra.
“¡Maldita la gracia que me hacían estos inocentes abandonos, porque bien sabía que si llegaba a irritar a mi tío, éste, con su temperamento de sátrapa, hubiera sido capaz de darme un balazo con la mayor tranquilidad del mundo!
“—Cuidado, señorita Hortensia —le dije un día que la encontré sola—. Mire que a él le puede parecer mal... y...
“¿Por qué me dice eso?
“—Porque..., porque si mi tío llega a sorprender ciertas miraditas...
“Se puso encarnada y se limitó a decirme con voz ahogada:
“—Nada tiene él que hacer conmigo..., don Juanito.
“Me volvió la espalda, se alejó en actitud ofendida, y desde ese momento, cada vez que me encontraba, hacía mohínes para demostrarme que la había herido en su dignidad femenina. Esperaba, quizá, que le pidiera excusas.
“Para evitar nuevas imprudencias resolví irme a pasar algunos días en la hacienda vecina, a donde me habían invitado a cazar. Pasé algún tiempo sin preocuparme de Hortensia ni de mi tío.
“A mi regreso, Hortensia se acercó a mí y me dijo con humilde acento:
“—Usted es un veleidoso...
“—¿Veleidoso, yo?
“—Y un engreído...
—¿Pero por qué, Hortensia?...
“—Sí, miren no más, a usted le gusta que lo busquen...
“Estaba roja, jugaba con la punta del delantal y bajaba los ojos con auténtica timidez... Tenía en el rostro huella de insomnio, de callados sufrimientos. No sé por qué sentí una extraña emoción y hasta me pareció interesante, hermosa, por un momento.
“Levanté los ojos y la miré al fondo de las pupilas. Fue un minuto íntimo que me dio a comprender muchas cosas y que me hizo pensar que era tontería no aprovechar la ocasión que se me presentaba.
“Estábamos solos. Un airecillo sano y vivificante venía de la montaña; el sol reía en la copa de los árboles y recalentaba las baldosas del corredor, y la embriaguez de unos ojos ingenuos, implorantes de ternura, me hizo olvidar por un momento el peligro. Iba ya a enlazar a la joven por la cintura, cuando una tos bien conocida resonó cerca de nosotros y me hizo retroceder con sobresalto. La alta silueta de mi tío se acercaba por el corredor.
“Incliné la cabeza, dispuesto a soportar estoicamente las consecuencias; pero, con gran sorpresa mía, don Sebastián nada dijo y habló de cosas indiferentes, con perfecta naturalidad.
“Después de almuerzo, uno de esos copiosos banquetes con que nos regalábamos en la lujuriosa soledad de la montaña, con el cerebro adormecido plácidamente por los excelentes vinos de la bodega, aprovechó mi tío la ocasión de que estábamos solos, para decirme, mientras jugaba con la ceniza de su cigarrillo:
“—¿Conque te gusta la chiquilla, eh?...
“Debo de haberme puesto verde.
“—Pero, tío...
“—Y tú también le gustas a ella. Es natural. ¡La juventud!
“Y después de vacilar un momento me interrogó con decisión:
“—¿Serías capaz de hacerme un servicio?
“—¡Ya lo creo, tío..., el que guste!
“—Bueno. Te voy a confiar algo cuyo secreto vas a guardar como caballero y como hombre.
“Tosió, congestionándose por un momento, y luego, al recobrar la calma, me dijo:
“—Como tú has de suponer, yo he traído aquí a esta muchacha con algún fin. Pero... ha resultado demasiado.., tonta... ¿ Comprendes?
“—Sí, tío.
“Volvió a vacilar, como si buscara las palabras que expresaran una idea fugitiva, y añadió:
“—Estoy demasiado viejo..., no me encuentro en las mismas condiciones que un joven. .. ¿Entiendes?...
“‘—Sí, comprendo...
“—Y necesito que me allanen el camino... ¿Entiendes?
“—Sí, tío.
“Ahora comprendía, sí, ahora comprendía todo el alcance de su proposición, y su descuido intencionado, y la tranquilidad con que parecía observar mi inconsciente traición.
“Y yo, muy canalla, sentí una profunda tranquilidad al sentirme libre de su enojo, frente a aquella niña inexperta en el aislamiento de los bosques, seguro de que ninguna ley me impediría la más osada de las villanías.
“Desde aquel momento ya no huí las invitaciones de Hortensia. Accedí a todas sus románticas ocurrencias, acepté sus piropos sentimentales y avancé aún por mi parte todo lo que pude, todo lo que me fue permitido avanzar.
“Paseamos solos a la orilla del río, mirándonos juntos, enlazados por la cintura, en la límpida superficie de los remansos; contamos todos los pétalos de las margaritas del jardín, preguntando: “¿me quieres, mucho, poquito y nada?”, y hasta creo que comenzó ella a bordar un cojín de seda rojo para obsequiármelo en mi próximo cumpleaños, mientras yo le componía unos versos que copié cínicamente de un libro conocido...
“¡ Oh desbordes de un corazón ingenuo, creado en la plácida sombra de los pueblos chicos, arrullado por las tranquilas campanas de la iglesia parroquial!
“Una noche, por fin, cuando todo el vasto caserón se encontraba sumido en profunda quietud, me levanté, presa de la más horrible sed. No había una gota de agua en mi cuarto, y, claro está, ¿a quién solicitarla a tales horas sino a la señorita Hortensia?
“Afuera había una espléndida noche, una noche plateada, de ensueño, de fantasía, de lirismo. El bosque abría sus grandes brazos negros en un gesto de amor a la luna, la que inclinaba su redonda faz como para imprimir un beso largo sobre la boca del amado impaciente.
“El ruido profundo de la cascada lejana, el brillo del río en el fondo del barranco, los árboles irguiéndose en actitudes misteriosas, ponían una inefable turbación en mi espíritu. Nunca, nunca he sentido lo que aquella noche. Inquietud, deseo, remordimiento.
“Llegué en puntillas hasta el cuarto de la señorita Hortensia y llamé a su puerta con discretos golpecitos.
“—Hortensia...
“Nadie respondió. El silencio me rodeaba. En la obscuridad del jardín crujió una rama.
“—Hortensia.
“Nada. Llamé más fuerte. Sólo al cabo de largo rato pude percibir un roce tenue al otro lado de la puerta, como si alguien caminase por la pieza con los pies descalzos.
“—Soy yo, Hortensia —murmuré.
“—¿Qué hay?
“— Abrame.
“La voz me interrogó, suplicante:
“—¿ Qué desea de mí?
“No atiné a responder la más pobre disculpa y sólo pude balbucear con insistencia de niño tonto:
“—Abrame, Hortensia, por favor.
“—No, no... —respondió la voz al otro lado de la puerta—. Váyase, Juan, por la Virgen Santísima, por... Nuestro Señor.
“Di un rudo empellón a la puerta y crujieron los maderos.
“—Dios mío, va a oír don Sebastián —gimió la voz.
“—¡Abrame! —volví a repetir con voz imperiosa.
“Toda la sangre despótica que había heredado, posiblemente, de mi tío, se agolpaba con fuerza a mi cerebro.
“—¡Es inútil! —le grité, remeciendo la puerta—. Nadie la defenderá esta noche.
“—¡Llamo a don Sebastián! ¡Voy a gritar!
“Se me escapó entonces una cínica exclamación:
“—¡Bah! ¡Como si no estuviéramos de acuerdo!
“Un gemido sordo se oyó en el interior de la pieza.
“La pobre mujer lloraba. Comprendí que se había arrojado al suelo y que se atravesaba con su cuerpo en el umbral.
“Pero después de algunos minutos comprendió, sin duda, que era inútil luchar contra un hombre encendido de deseos, porque me dijo con dolorosa resignación:
“—Espérese, don Juancito... ¡ Voy a abrir!
“Pero no abrió, Y como si intentara un esfuerzo supremo, volvió a suplicar con voz desgarrada, con una voz extraña, hueca, imposible de describir, y que me conmovió hasta la médula:
“—Hágalo por su madre.., por su madrecita que está muerta.., y que lo mira desde arriba...
“Un balde de agua helada no me hubiera hecho impresión semejante. Volví la cabeza como si alguien me mirase en realidad y hasta me pareció que la blanca luna movía en el cielo su cabeza, significándome un mudo reproche.
“Sin decir palabra, regresé a mi cuarto y oculté bajo las sábanas mi zozobra y mi vergüenza.
“A la mañana siguiente, Hortensia fue a llamar a mi cuarto.
“Me vestí precipitadamente.
—¿Qué desea?...
“—Es que vengo a despedirme, don Juancito.
“—¡Cómo! ¿Se va?
“—Si, me voy... Nadie sabe una palabra.
“—Y mi tío, ¿qué va a decir?
“—No importa. Pensé irme anoche mismo, de a pie, pero tuve miedo a la obscuridad, y tal vez me habría perdido en la montaña... Además...
“Vaciló, inclinando con rubor la cabeza.
“—Además, quería verlo a usted antes de irme. No le guardo rencor..., no... Usted es como todos los hombres, pero bueno en el fondo. Yo no soy lo que usted se piensa. Usted me encontró en esta casa y ha creído que yo era como las otras que han pasado por aquí. No, yo he venido por miseria, por mis hermanos pequeños, por mi padre viejo que necesitaba del dinero que aquí se me ofrecía... Pero nunca pensé que iba a ganarlo de otro modo que dando lecciones a los indiecitos de la hacienda... He sido una torita, y nada más. Usted no lo creerá, pero es así. Anoche vine a comprender...
“—Y yo he sido un miserable —le dije.
“- No... Usted no tiene la culpa. Todos los hombres son lo mismo...
“Inclinó la cabeza y secó las lágrimas que llenaban sus ojos mansos, bondadosos.
“—Yo llegué a ilusionarme con que usted me querría como yo lo quiero a usted..., pero... como puede ser eso! Usted es un caballero, yo..., yo no soy nadie, y sólo sirvo..., sirvo.., como todas las mujeres...
“No pudo continuar porque la ahogaban los sollozos. Cuando al cabo de un momento recobró la voz, me dijo:
“—Sólo le pido un favor, que me ayude a salir de aquí lo más pronto, ahora mismo, y que acepte un recuerdo mío.
“Buscó torpemente en su seno alguna cosa y luego me alargó una medallita ordinaria, que llevaba alada al cuello con una pequeña cadena de metal.
“—Guárdela..., es un recuerdo de mi madre..., ella me ha protegido siempre; y que sea usted feliz, muy feliz.
“Me echó los brazos al cuello y lloró largo rato con la cabeza sobre mi pecho. Cuando la vi que se calmaba, la acaricié como a un niño, y tomándole la cabeza deposité en su frente un beso.
“Fui a las caballerizas y ensillé yo mismo la yegüita mansa, de vientre abultado, de ojos pasivos, que montaba a menudo la señorita Hortensia. En la pesebrera vecina pateaba el potro soberbio de mi tío, ensillado desde muy temprano.
“La hice subir, le alargué el pequeño envoltorio que había hecho con su exiguo equipaje.
“—Adiós, Hortensia —le dije—. Galope firme hasta llegar a la hacienda vecina. No está muy lejos. Allí no habrá peligro.., y no se olvide del puente; los tablones están sueltos y hay que pasar con tiento.
“Ella sonrió con tristeza.
“—Adiós —dijo. Y partió la yegüita mansa con el cuello estirado, galopando firme, como si supiera que a sus débiles piernas estaba confiada la suerte de la pobre Hortensia.
“Desde los corredores de la casa vi cómo descendía la pendiente del barranco. Se perdía luego detrás de un macizo de robles corpulentos. Aparecía después en el camino que serpentea en la quebrada hasta llegar al río y luego comenzaba a cruzar el puente. ¡ Cuidado, señorita Hortensia; cuidado con las tablas sueltas! ¡Porque abajo rugen las aguas y el que caiga no volverá a salir!
“Pero la yegüita mansa es muy lista. Con sus débiles piernas tantea con delicadeza, olfatea, estira el cuello y continúa el camino sin novedad.
“Poco después se pierde de nuevo en el bosque y ya no la veremos aparecer sino al llegar a la pendiente opuesta, donde la señorita Hortensia y su cabalgadura aparecen como un punto lejano, ligera mancha movediza que corre por las heridas rojizas de los caminos que serpentean en la montaña a través del manto obscuro de los árboles imponentes. ¡ Está salvada la señorita Hortensia!
“Una sensación de placer me invade el alma y quedo largo rato con la vista fija en el horizonte risueño, bañado de sol y de brumas claras. No pienso en nada ni temo nada. Me siento vivir con intensidad y orgullosamente me comparo a uno de esos árboles jóvenes que se yerguen en el bosque, extendiendo con embriaguez sus ramas hacia el aire, hacia la vida...
“Pero de improviso escucho cerca de mí una voz conocida que me sobresalta:
“—¿Dónde está la Hortensia?
“Es mi tío que interroga al mayordomo. El pobre hombre lo escucha en actitud cohibida, dando vuelta entre sus manos la amplia chupalla de pita.
“—No sé, patrón... Salió de a caballo... Don Juancito...
“—Y no me avisaste.. ., ¡pedazo de...!
“—Es que yo creía...
“—¡ Toma!
“Un latigazo cruza el rostro del pobre diablo y veo la alta figura de mi tío que sale en dirección a las pesebreras. Al pasar junto a mí, montado en su hermoso potro, agita el látigo en alto y me grita con voz ronca:
“- ¡Ya me las pagarás, maldito!... —Y parte como un rayo en persecución de la fugitiva.
¡ Corre, yegüita mansa!... ¡ Corre firme, que piernas ágiles te siguen!
“Se oye el galope de un caballo en el duro camino de la montaña, que golpea el suelo con rudeza, con seguridad dominadora.
“Restalla un látigo y responde un murmullo indefinible de voces asustadas que se agitan bajo los árboles.
“La voz robusta de un mocetón grita como un adulo o como una mofa para el perseguidor:
“—¡Allá va, allá vaaaa! ... ¡Allá va ese peuco!...
“Pocos momentos después aparece don Sebastián en el fondo del barranco y penetra resuelto en el puente. Pero el caballo se niega a dar un paso sobre los sueltos tablones. El caballero levanta el látigo y castiga al animal con un fuerte golpe en la cabeza. El potro se encabrita, soberbio, hermoso en su cólera.
“—¡ Está perdido!... —dice alguien a mi lado—. ¡Lo va a botar al agua!...
“Un grito de horror que se levanta de abajo y gentes que corren en dirección al puente confirman este fatal pronóstico.
“Y luego aparece, a lo lejos, en medio de la corriente, un bulto que sale a la superficie y se vuelve a sumergir, chapoteando en el agua con brazadas de desesperación.
“Una mano crispada se yergue sobre la superficie y brilla un látigo al sol.
“Es el patrón que amenaza.
“Pero se hunde el brazo en el agua y ya no vuelve a aparecer. Sólo queda en la superficie algo así como una conmoción en el agua y se me figura una enorme mueca de rabia, de maldición, que amenaza desde el fondo del río.
“Luego nada... Un silencio trágico...
“A lo lejos, en las colinas próximas, se divisa una pequeña mancha ira que se mueve lentamente, con balanceo rítmico, como un pañuelo e se bate al viento. Es la señorita Hortensia. Acá, en la profundidad de selva, se deja oír una trepidación horrísona, como una carcajada gigante que repite con sus mil ecos la montaña. Tal vez un roble que se derrumba...

 
   

 

 

 

El Barco de Guerra Temerario
en su Último viaje  antes de
ser Desmantelado"
Esta pintura fue realizada entre                  1838-39  y mide 91x122 cm


Der Steinkreis von Boitin
Gareth (www.taller54.com/members10/ovaten)

Turner es el artista de mayor relieve en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XIX. Su obra es mu.