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He aquí un libro
sobre el que no caben especulaciones teóricas. Es un
placer que se haya escrito; es todo un gusto verlo
por fin publicado. Mario Cánepa Guzmán, el autor,
hombre con verdadera devoción por el teatro y la
poesía, posee una virtud rarísima entre los de su
oficio. Se enamora de lo que otros hacen hasta el
punto de exaltar los en público. Su "yo", puesto en
segundo plano, suele emitir quejas sólo en
circunstancias muy especiales. Por ejemplo, cuando
alguien silencia adrede el nombre de Alejandro
Flores o el aporte de Acevedo Hernández a la
literatura chilena es desconocido por los consejeros
áulicos de ciertas casas editoriales.
Hacia años que
Mario Cánepa Guzmán nos prometía este "Daniel de la
Vega". Había. eso si, un escollo: la falta de un
filántropo que financiara la empresa. Cánepa Guzmán,
después de incontables vueltas, dio con el
filántropo: él mismo. De Cánepa Guzmán habíamos
leído y entreleido una multitud de cosas: una
historia del Teatro Municipal, una historia del
teatro chileno, una galería de semblanzas de gente
de teatro, una vida de Alejandro Flores, un panorama
de la ópera en Chile y hasta unos folletos sobre el
desarrollo del teatro obrero, amén de libros de
versos y tomos de cuentos propios. Pues bien el día
del "Daniel de la Vega llegó. Con el sello de
Educiones Mauro (1991), impreso en la Editorial
Rumbos, con nota de contraportada a cargo del
entusiasta diccionarista de la literatura chilena
Efraín Szmulewicz, el volumen comprende 156 páginas
bajo el titulo de "Daniel de la Vega, el poeta y el
ángel (1892- 1971)".
Desde luego no se
trata de una biografía común y corriente. Riquísima
en su repertorio de datos sobre la existencia del
autor de "Cielo de provincia", esta obra sobre el
perfil literario de uno de los cronistas más
brillantes que ha producido el alto periodismo
chileno resulta un hallazgo o un reencuentro feliz
dentro del género. Como proponía Baroja y refrendaba
Azorin, en esta "vida de Daniel de la Vega", que
resume tan amenamente Cánepa Guzmán, los hechos se
suceden vertiginosos e incontrarrestables. Cánepa
Guzmán, acertando en forma muy intuitiva en el
blanco, hace caso omiso del aparato de palabrería o
de interpretaciones literarias con que los biógrafos
narcotizados por la cacografía de moda no vacilan en
alejar a sus presuntos lectores.
En su recorrido a
través de los primeros años de la existencia del
escritor, que alcanzó en fechas diferentes los
honores del Premio Nacional de Literatura y el
Premio Nacional de Periodismo, el biógrafo se
detiene incluso a examinar las condiciones
futbolísticas reveladas por Daniel de la Vega:
"...'fui un centroforward muy corredor', confesó más
tarde." (p. 13). En cuanto a su vida sentimental,
que le otorgó enorme fama romántica, no se ocultan
aquí las razones que lo obligaron, ya en 1924, a
separarse de su primera esposa y madre de tres de
sus hijos, la joven peruana Rebeca Retes, integrante
de la famosa familia Retes, deslumbrada para siempre
por las luminarias del teatro en Chile.
Si se ha de glosar
la evolución de la literatura chilena entre los años
1915 y 1950, el nombre de Daniel de la Vega ocupará,
quiérase o no, un sitio de atención preferente.
Heredero de fervorosas tradiciones románticas, su
poesía, condenada más tarde por los vanguardistas ,
con motivo de la aparición de "Las montañas
ardientes", que publica la Editorial Arcadia, de
Raúl Simón (el notable César Cascabel, de "La
Nación"), recibe un día de Pablo Neruda este
extraordinario homenaje:
"Recuerdo, como si
aún lo tuviera en mis manos, el libro de Daniel de
la Vega, de cubierta blanca y títulos en ocres, que
alguien trajo a la quinta de mi tía Telésfora en un
verano de hace muchos años, en los campos de Quepe.
Llevé aquel libro bajo la olorosa enramada. Allí
devoré Las montañas ardientes, que así se llamaba el
libro. Un estero ancho golpeaba las grandes piedras
redondas en las que me senté para leer. Subían
enmarañados los laureles poderosos y los coigües
ensortijados. Todo era aroma verde... Estoy seguro
de que alguna gota de aquellos versos sigue
corriendo en mi propio cauce, al que después
llegaran otras gotas de infinitos torrentes,
electrizadas por mayores descubrimientos, por
insólitas revelaciones, pero no tengo derecho a
desprender de mi memoria aquella fiesta de soledad,
agua y poesía..." (p. 49).
Fue, sin duda,
considerable el influjo de la obra de Daniel de la
Vega en la constelación de los años 20. En una
revista casi innominada —"Lo sé todo"—, de
circulación, naturalmente, confidencial, publicada
en 1918, la lupa de Mario Cánepa Guzmán captó unos
versos de Daniel de la Vega que empiezan así: "Desde
antes de la muerte de mi padre nosotros somos
pobres,/ y conocemos la ternura/ del pan y las
flores./ Vivimos en casitas arrendadas/ en barrios
populares,/ donde hay gente vulgar y alegre, y
donde/ no nos conoce nadie..." (p. 41). Se evoca en
forma espontánea el tañido de la pobreza de Carlos
Pezoa Véliz en los primeros tiempos del siglo XX.
Pintar de visu al
periodista, poeta y autor teatral Daniel de la Vega
es incurrir en una redundancia de faz romántica.
Como cronista de la prensa chilena ejerció una
suerte de principado a partir de sus colaboraciones
en el diario "La Malaria". Tenía ángel. Otros, más
severos, afirmaban que tenía mucho de Ramírez Angel,
el cronista y novelista madrileño muy en boga en los
años iniciales del nuevo siglo. Emiliano, puso a uno
de sus hijos Daniel de la Vega. La admiración por
Emiliano Renta Ángel carecía de fronteras. Pero, en
la actualidad, releyendo las crónicas de Daniel de
la Vega y las de Emiliano Ramírez Angel, las de este
último representan, en comparación, piezas
anacrónicas.
Bajo su apariencia
de tranquilo o apacible comentarista del
acontecimiento cotidiano, Daniel de la Vega escondía
un sagaz crítico de costumbres que había hecho sus
armas en la risueña escuela de ironistas clásicos.
Sus pequeños cuadros maestros sobre el discurrir de
las cosas sencillas asombran por la perfección de
los contrastes. Poeta doblado a menudo de humorista,
sus notas desafían a un tiempo el asunto sin médula,
el embate de lo cursi y la lim itación de lo
prosaico. Cuando en la prensa constituía un mérito
escribir con graciua culta, el espíritu de Daniel de
la Vega rayó a gran altura. En el valioso volumen de
Mario Cánepa Guzmán esta virtud del maestro muestra
sus prendas esenciales.
Filebo
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