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Barroco italiano
En Italia, el periodo barroco fue una época de innovación
artística. Numerosos palacios romanos están decorados con los espléndidos
frescos de Annibale Carracci, Guido Reni, Guercino y Pietro da Cortona,
hasta cierto punto inspirados en los murales realizados por
Miguel
Ángel en la Capilla Sixtina. Entre los innovadores barrocos italianos
fue probablemente Caravaggio que, con su estilo denominado tenebrista, de
fuertes efectos de claroscuro tanto en las pinturas religiosas como en las
de género, más influencia ejerció sobre otros pintores italianos, como
Orazio Gentileschi y su hija Artemisia, y sobre el arte europeo en
general.
Barroco francés
Dos pintores franceses en particular asimilaron el
estilo caravaggesco. Georges de la Tour, en principio pintor de temas
religiosos, fue un maestro de la luz y la sombra: su virtuosismo queda
patente en su manera de iluminar los rostros y las manos, con la luz de
una sola vela, consiguiendo unas carnaciones casi translúcidas. Louis Le
Nain empleó también dramáticamente la luz en sus obras de gran formato
sobre la vida campesina. Sin embargo, en general, los artistas franceses
barrocos hacían gala de una moderación clásica que aportaba claridad,
equilibrio y armonía a sus obras. Este extremo se puede apreciar tanto en
los temas clásicos de Nicolas Poussin, como en los paisajes oníricos de
Claudio de Lorena, y resulta significativo que ambos artistas
desarrollaran gran parte de su carrera en Italia.

Barroco flamenco
Rubens, había recibido también fuertes influencias del
tenebrismo caravaggesco, así como de los grandes coloristas venecianos
Tiziano y Veronés. Rubens alcanzó tal nivel de popularidad que fundó un
gran taller en Amberes, con asistentes que le ayudaban a sacar adelante el
gran número de encargos que recibía de las autoridades, la iglesia, la
realeza y de sus clientes particulares. Su prolífica obra abarca
retratos, una gran producción de pintura religiosa, leyendas clásicas y
temas mitológicos y de historia; toda ella expresa la exuberancia del
estilo barroco y deja patente la propia vitalidad de espíritu del pintor.
Estos cuadros, de gran formato, de composición dramática y de línea
fluida, están cargados de colorido y de luz vibrantes. Se puede apreciar
la manera que tenía Rubens de contrastar la luz y la sombra, y su amplia
gama de temas, sólo con mirar dos de sus obras: El descendimiento de
la Cruz (1611-1614, Catedral de Amberes), de gran movimiento
compositivo, y El sombrero de paja (c. 1620, National Gallery,
Londres), tierno retrato de una hermosa joven.
Anthony van Dyck, uno de los ayudantes de Rubens, alcanzó
la fama con sus retratos de los miembros de la corte de Carlos I de
Inglaterra. Estas obras están imbuidas de la elegancia y cuidado del
detalle que caracterizan a Rubens y ejercieron una enorme influencia sobre
el estilo de los retratistas ingleses del siglo XVIII.
Barroco holandés
Fueron muchísimos los pintores que surgieron en los Países
Bajos durante el siglo XVII, pero Rembrandt los superó a todos. Sus
primeras obras, como El cambista (1627), denotan la influencia de
Caravaggio; sus obras posteriores, como por ejemplo el Autorretrato
de 1659 (Legado Iveagh, Kenwood House, Londres), muestran su incomparable
técnica del claroscuro y su profundidad psicológica. Otros importantes
artistas holandeses del periodo fueron Frans Hals que, como Rembrandt pintó
retratos de grupo, y Jan van Goyen y Jacob Van Ruysdael, que pintaron magníficos
paisajes. Hubo numerosos "pequeños maestros holandeses" que
destacaron con sus escenas de género, representaciones de la vida
cotidiana que deleitaban a la nueva clase media, cuyos miembros se estaban
convirtiendo en consumidores de arte. A la cabeza de estos pintores se
encontraba Jan Vermeer, cuyas obras, como la Vista de Delft (c.
1660, Mauritshuis, La Haya), aunque de pequeño formato, producen una
sensación de espacio ordenado y, sobre todo, denotan un infrecuente
dominio de los efectos lumínicos.
Barroco español
Tanto José de Ribera como Francisco de Zurbarán
asimilaron el tenebrismo de Caravaggio, si bien cada uno aportó intereses
y tendencias diferentes a su obra.
Ribera podía ser brutalmente realista como en El niño
cojo (1652, Louvre, París), mientras que los cuadros religiosos de
Zurbarán estaban imbuidos de misticismo español y, también como
Caravaggio, destacaba en la pintura de bodegones.
El artista español más importante de la época fue
Diego
Velázquez, pintor de Felipe IV, consumado maestro del tono y del
color. Abordaba sus temas con objetividad, desapasionadamente, pero de
forma realista al retratar a los miembros de la familia real, cuyo entorno
queda reflejado en su obra maestra, Las Meninas (1656, Museo del
Prado, Madrid), donde, como símbolo de veracidad, incluso se autorretrató
ante el caballete.
El siglo XVII es por excelencia el Siglo de Oro de la
pintura española, y en él florecieron la mayor parte de las escuelas artísticas
nacionales, siendo la valenciana una de las más fecundas. Su clientela
eclesiástica y conventual promoverá aparatosos lienzos de altar, en los
que triunfa de manera portentosa la gloria de los santos, representados
con óptica naturalista y conmovedores efectos de luz.
El predominio del tenebrismo naturalista de influencia
italiana había empezado tímidamente en El Escorial, y llega a Valencia
de la mano de Francisco Ribalta, quien iniciará una escuela particularmente
definida tras su establecimiento en esta capital en 1599. Su producción
pictórica es toda una lección del ambiente escurialense con evocaciones
de Cambiaso, Zuccaro, Tibaldi, pero en Valencia evoluciona hacia un arte
de profundo sentimiento religioso motivado por la contemplación de los
cuadros de Sebastiano del Piombo que tenía la familia Vich, como se observa
en el Encuentro del Nazareno con su madre. Uno de sus mejores logros
naturalistas es San Francisco abrazado al crucificado, en el que
una luz dirigida contribuye al arrobo místico y fervorosa entrega del
franciscano; y el prodigioso Retablo de la Cartuja de Portacoeli,
realizado entre 1625-28, del que llama la atención la monumental apostura
de los modelos naturalistas, destacando el San Bruno por su intensidad
expresiva.

No menos importante es la pintura de su hijo, Juan Ribalta,
con obras de gran impacto como la Santa Cena deudora de la ejecutada
por su padre para el Colegio de Corpus Christi; o el majestuoso lienzo
de los Preparativos para la crucifixión, firmado con dieciocho
años de edad y pintado para el Monasterio de San Miguel de los Reyes,
en el que manifiesta sus dotes naturalistas junto a unos violentos escorzos
y claroscuros, que unidos a los cambios de escala acentúan la profundidad
del espacio.
De los restantes pintores ribaltescos, hay que mencionar
a: Vicente Castelló, yerno de Francisco Ribalta, al que se le atribuye
una bellísima Coronación de la Virgen por la Trinidad; Abdón Castañeda,
menos refinado en sus pinceles, como se advierte en la Virgen con ángeles
músicos. Muy curiosa es la personalidad de Gregorio Bausá, con un
grandioso Apostolado con ciertos influjos de Orrente.
Tras los Ribalta, es Jerónimo
Jacinto de Espinosa el pintor seiscentista mas importante en Valencia.
Contemporáneo de los grandes pintores del barroco español (Zurbarán y
Velázquez), su pintura es ejemplo vivo de un naturalismo áspero y crudo
dotado de un profundo sentimiento religioso, como puede apreciarse en
el Jesús niño de la Misa de San Pedro Pascual, y de una gran captación
psicológica de las expresiones, como acontece en San Pedro Nolasco
intercediendo por sus frailes enfermos, o al retratar al fraile dominico
Fray Jerónimo Mos. También su fidelidad a la corriente contrarreformista
se deja ver en lienzos como Ángeles dorando la Eucaristía, composición
de gran predicamento iconográfico, o La Magdalena, donde una violenta
luz tenebrista de gran impacto subraya la fuerza expresiva de su bella
figura

Otro valenciano universal de la pintura barroca es el
setabense José Ribera, quien desarrolló casi toda su producción artística
en Nápoles. El Museo cuenta con un espléndido cuadro del Martirio de
San Sebastián atendido por Santa Irene y una esclava, en el que desploma
diagonalmente el apolíneo cuerpo del santo con un gran dominio del dibujo
bajo un efecto de luz contrastada. Los filósofos Pitágoras y Heráclito
son a su vez dos brillantes ejemplos de su personalísima interpretación
del naturalismo a partir de una técnica empastada y vibrante ya en su
fase de madurez.
Contemporáneos de Ribera
en Valencia son los March. Tanto Esteban, el padre, cuya personalidad
agitada traslada a sus dinámicos cuadros de batallas bíblicas, sobresaliendo
Josué parando el sol, como su hijo Miguel, quien en San Roque
socorriendo a los apestados concibe una composición dinámica y abierta
a partir del entrecruzamiento de líneas diagonales.
Dentro de ese gusto por recrear con todo verismo los objetos,
triunfan los cuadros de naturalezas muertas, bodegones, que en algunos
casos, adoptan una significación simbólica, como acontece en las Alegorías
de los sentidos, de Miguel March, cuatro lienzos pertenecientes, seguramente,
a una serie más amplia. El más significativo de los bodegonistas valencianos
será Thomas Yepes, con obras como Cazador dormido y Cazador
bebiendo, y un excelente Bodegón con cerámica, típico de su
modo de hacer basado en una cerámica decorada repleta de frutos en disposición
simétrica bajo un efecto de trompe l´oeil
Por otra parte el Museo también cuenta con una selecta
colección de pintura barroca española con nombres tan relevantes como:
el murciano Pedro Orrente, que también trabajó en Valencia, con un estremecedor
Martirio de Santiago el Menor, en el que el juego de luz y contraluz
adquiere un protagonismo especial; el popular Bartolomé Esteban Murillo,
está representado con un dulcificado San Agustín lavando los pies a
Cristo, realizado para el convento de San Leandro en Sevilla, en el
que encarna un tipo de devoción que se complace en lo agradable; el también
andaluz Juan Valdés Leal, con un San Antonio de Padua y el Niño Jesús,
en el que desdeña la belleza del conjunto y se interesa más por la expresión
del santo; Alonso Cano, con el gran lienzo de San Vicente Ferrer predicando,
donde triunfa el colorido claro y la pincelada suelta. De Juan de Pareja
es un Retrato del arquitecto José Ratés Dalmau; del teórico pintor
y fresquista Antonio Palomino, asentado en Valencia desde 1699, es La
Iglesia militante y la Iglesia triunfante, una compleja composición
alegórica que luego traducirá al fresco en la Iglesia de San Esteban de
Salamanca. También la escuela madrileña está representada por el pintor
de la corte de Felipe IV Francisco Fernández en un excelente cuadro de
Saul atentando contra David, donde muestra una agitada composición
deudora de Carducho y Jusepe Leonardo; y Antonio de Pereda, con una monumental
Crucifixión. El soberbio Autorretrato de Diego Velázquez,
obra señera del Museo, constituye en este grupo la pieza más sobresaliente.
De las escuelas internacionales del Barroco hay que mencionar
la italiana, con figuras tan principales como: Luca Giordano, con el Martirio
de San Bartolomé, en el que asimila la influencia de la pintura de
José de Ribera; las pinturas mitológico decorativas de Valerio Castello,
como el Rapto de las Sabinas en la que tanto el color como la técnica
están al servicio del dinamismo conferido a la escena representada; el
un tanto ecléctico Domenico Fiasella, con un decorativista Festín de
Baltasar exponente del barroco genovés; Antonio Lazzarini, con un
bello David vencedor; y Rutilio Manetti con el cuadro Loth y
sus hijas, tratado como una escena de taberna a la manera caravagesca
con efectos de luz.
Finalmente los cuadros flamencos de Daniel Seghers con
dos características composiciones de Guirnalda de flores con la Asunción
de la Virgen y Guirnalda de flores con el Noli me Tangere,
que ejemplifican la estética y gusto ornamental del barroco; el holandés
Matthias Stomer, cuyo San Sebastián atendido por Santa Irene y una
esclava es un buen ejemplo del modo de hacer de los artistas denominados
caravagistas nórdicos.
Otras piezas singulares
son los curiosos Bodegón de crustáceos y Bodegón de ostras,
de Onofrio Loth, cargados de virtuosismo técnico y exuberancia colorista;
o los cuadritos flamencos de pequeño formato como Paisaje, de Jan
Frans Bloemen, con impresionantes efectos lumínicos; Jan Pieters, y sus
barcos en Naufragio; el círculo de Jan Josephs van Goyen, con una
brumosa Marina con torre y barcas, en la que se conjugan las arquitecturas
con grupos de personajes; y el Retrato ecuestre de D. Francisco de
Moncada, Marqués de Aytona, atribuido a Anthon Van Dyck, claro ejemplo
de cuadro de aparato, refinado y selecto, en el que consigue efectos de
una extraordinaria distinción, colorido y brillantez, que lo sitúan muy
próximo al que conserva el Museo del Louvre.
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