Una paja del Pesebre

                                                              Premio Cuentos con Encanto Arvo 2000

 

 

Notaba como el viento me mecía entre mis compañeras, ese viento de libertad. El sol doraba mis semillas, llegaba la hora de la muerte; tenía razón, a los pocos días llegó el segador y me puso en la carretilla; yo mientras pensaba: ese bonito tallo de trigo que adornaba el campo se convierte en alimento de animales de granja. Mi desesperación llegaba a su límite al acercarnos a la trituradora. Allí me despedí de mis amigas y les deseé suerte. Yo ya no era aquel tallo, me había convertido en una paja, pequeña de estatura aunque de gran corazón. Al salir de la fábrica, ya era invierno; como estaba cansada y me esperaba un duro viaje me puse a dormir.

Cuando me desperté, ya era de día y yo estaba en el suelo de un pesebre, pero, de pronto, vi que sólo había dos animales: un buey y una mula muy apacibles. A estos no les gustaba la paja porque llegó el dueño con un plato de sobras de comida y enseguida se levantaron. El hombre tenía aspecto de bonachón. Su tripa se tambaleaba cuando cantaba y reía mientras les daba la comida, su barba redondeaba su rechoncha cara, y en su andar se notaba que estaba feliz, aunque no sabría decir por qué.

Pronto empecé a intimar con la mula y el buey. Eran muy cariñosos. Estuvimos pensando sobre cómo pasar el invierno y durante todo el día no dejamos de pensar en ello, confiábamos en que ese invierno sería el mejor que hubiésemos pasado. Se acercaba la gente y se oían las voces de los que iban a dormir a la posada del ”bonachón”.

Frente al pesebre había un camino por el que se veía a una mujer embarazada sobre una mula y un hombre que la dirigía. Aquella familia robaba. mi atención de una extraña manera. Me asomé por las rendijas del pesebre para seguir sus pasos y veía cómo llamaban de puerta en puerta pidiendo refugio. Sólo les quedaba la posada del ”bonachón”; no sé por qué pero con todas mis fuerzas deseaba que esa pobre familia tuviese un sitio para descansar. Se abrió la puerta y apareció el posadero, tuvieron una pequeña conversación y vi que éste señalaba el pesebre y se dirigía con la famiiia hacia aquí. Así me pude enterar de que el hombre se llamaba José, la mujer María, y de que el niño que esperaban estaba a punto de nacer.

José cogió unas maderas, una sierra y los utensilios necesarios e hizo una preciosa cuna. La colocó en medio del pesebre, entre el buey y la mula para que le dieran calor. María y José descansaron tumbados en la paja del pesebre mientras esperaban impacientes el nacimiento de su hijo, al que se referían con el nombre de Jesús y decian que seria el salvador de los hombres.

Oyéndoles, yo estaba embargada de júbilo. Aquel invierno que habíamos planeado en nuestra imaginación como el más hermoso, se había quedado pequeño al lado del que se avecinaba; pronto se lo comuniqué a mis compañeras, pero ya se habían enterado.

Mientras hablaba con la mula y el buey de nuestros nuevos planes, oímos el llanto de un recién nacido y vimos cómo el pesebre se llenaba de una luz nunca vista. José corrió a avisar al posadero quien cogió unas mantas y ropa para el Niño y María, puso a la pequeña criatura en los fornidos brazos de ”bonachón” mientras preparaba todo, después lo envolvieron en pañales y dejaron al niño en brazos de su madre que lo besaba muy tiernamente mientras José llenaba la cuna de paja. Noté que me elevaba, descendía, me deje llevar... entonces María acostó a su hijo. Yo estaba a su lado, se me saltaban las lágrimas, pero no podía llorar, no lo fuese a enfriar. María y José contemplaban a su criatura. Miré hacia arriba y vi que sobre el pesebre había una gran estrella alumbrando, con un ángel a su lado que pronto se fue.

Al rato empezaron a acercarse pastores que ofrecían sus ovejas a Jesús, el Mesías Salvador. Poco a poco iba llegando más y más gente con muchos presentes para el Niño. A lo lejos se divisaban tres figuras sobre otras tres. Me intrigaba saber qué eran, enfoqué mis ojos y vi que eran tres reyes sobre tres camellos, cada cual más original. Sus coronas relucían en la oscuridad del camino, sus capas eran largas y abrigosas a la vista, parecía ser que llevaban algo entre sus manos, así era, cada uno llevaba un cofre. Al acercarse al pesebre, todo el mundo despejó el camino. Descendieron de sus camellos y se aproximaron al Niño. El primero, se llamaba Melchor, tenía barba y era ya un poco mayor, éste le ofreció una estrella que cayó rota del cielo hecha pedazos de oro y que alumbró todo el portal. El segundo, Gaspar, de doradas barbas, menos viejito, le ofreció incienso, que llenó el portal de aromas lejanos, de majestad, y el tercero, de negra piel, le ofreció la mirra más preciosa. María y José agradecieron a los tres reyes sus regalos.
Al notar que la familia necesitaba descansar, la gente se despedía rezando en nombre del Mesías mientras cantaba alegres canciones. La Virgen arrullaba al Niño con una dulce nana, de pronto noté un fuerte apretón; era la manita de Jesús que me agarraba mientras se disponía a dormir. De un largo y bonito bostezo, se oyó el crepitar de las pompitas de saliva que se formaban en su boca. En ese momento noté la libertad que creía que había perdido, de nuevo llegó con más fuerza a mí: estaba en la libertad de la gracia de Dios.

La noche había sido fría pero despejada, entonces los campos aparecen por la mañana cubiertos de diminutas gotas del rocío y de los finos cristales de la escarcha. Cuando el sol del amanecer las ilumina, brillan como si fueran de plata Así sucedió: todo el pesebre se llenó de mil reflejos, como si alguien hubiese dejado minúsculos cristales a su alrededor. Este espectáculo dura muy poco. Los rayos del sol deshacen enseguida las gotas del rocío y de la escarcha y todo queda húmedo como si hubiera llovido. Pero aquel día ese fenómeno tuvo una duración inusitada y en mi alma y en la de todos los que tuvimos la inmensa dicha de contemplarlo, quedó grabado eternamente porque había sido obra de Dios.

 

 

Leticia Tourón Porto