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La teoría general de Dios -Allah, Buda, Brahma o el
mismo Dios cristiano de Boehme o Eckhardt- que elabora
Kitaro Nishida sirve de “texto base” para el
entendimiento mutuo de las más diversas religiones de
Occidente y Oriente. Presentamos a continuación el texto
profundamente japonés que logra el “Nihil Obstat” (“Nada
en contra”) de la Iglesia Católica, y es muy del gusto
de los musulmanes. Naturalmente, no es un texto al gusto
de todos; sin embargo, es un principio de acuerdo
teológico universal. Paradójicamente, el Islam, religión
que no se cita en ningún momento en el texto, es la que
de una forma más claramente ve defendida en él sus
puntos de vista.

Capítulo primero: las exigencias religiosas
Las exigencias religiosas son exigencias con respecto al
yo; exigencias acerca de la vida misma del yo. Es la
urgencia con que nuestro yo, al mismo tiempo que percibe
su relatividad y finitud, se une a la infinita fuerza
absoluta y por medio de ella anhela conseguir la
verdadera vida eterna. Es el sentimiento que dominaba a
Pablo cuando dijo: "ya no soy quien vive; es Cristo
quien vive en mí". Es el deseo de clavar en la cruz la
vida carnal y vivir sólo en Dios. La verdadera religión
busca la trasformación del yo y la renovación de la
vida. Cristo ha dicho: "El que no toma la cruz y me
sigue no tendrá parte conmigo". Mientras haya un adarme
de fe en sí mismo, no se puede hablar todavía de
verdadero espíritu religioso.
Es claro que la oración encaminada a obtener de Dios
beneficios materiales es ajena al espíritu religioso.
Pero aún la súplica dirigida a Buda para lograr la re-incarnación
no es conforme al espíritu religioso. En el Tannishô se
dice: "Aún los esfuerzos de mi alma por obrar de tal
modo que merezca la re-incarnación y las suplicas al
Buda son hechas con miras al yo". En el Cristianismo, el
temor al castigo de Dios y el limitarse a pedir ayuda de
lo alto en los momentos de apuro, se considera como
deformación del espíritu cristiano. Todas estas raíces
tienen una raíz común en el egoísmo. Es más; muchos de
los que buscan en la religión la paz del corazón tienen
ideas erróneas acerca del auténtico espíritu religioso.
Tal búsqueda de la paz por encima de cualquier cosa
lleva a la creencia de que extinguir la actividad por
completo, reducir los deseos y las preocupaciones, es la
señal de haber anclado en la verdadera religiosidad. Sin
embargo, no deberíamos buscar la religión para obtener
la paz; la paz del corazón es fruto de la verdadera
religiosidad. La urgencia religiosa es el deseo de una
vida imperecedera que no es posible detener aun cuando
uno quisiera. Es la exigencia de una voluntad noble y
elevada. La religión es el fin mismo del hombre y no
puede ser medio para conseguir cualquier otra cosa.
Como dicen los psicólogos voluntaristas, la voluntad es
la función fundamental del espíritu; y si todos los
fenómenos espirituales toman la forma de la voluntad,
nuestro espíritu es un sistema de deseos. El deseo mas
poderoso, el centro del sistema, es el yo. Que todo vaya
unificado desde este centro -es decir, mantener y
desarrollar el yo- es nuestra vida espiritual. Mientras
esta unidad progresa, nosotros vivimos; pero cuando se
rompe, aunque según la carne estemos vivos, en el
espíritu hemos muerto. Ahora bien: ¿Seremos capaces de
unificar todas las cosas con esos deseos individuales en
el centro? En otras palabras: es la vida individual algo
que puede mantenerse y desarrollarse indefinidamente: el
mundo no ha sido creado para el individuo, ni los deseos
individuales son las exigencias más altas de la vida
humana. La vida individual está necesariamente abocada a
chocar con el mundo en la esfera externa, a caer en
contradicción consigo misma en el interior. Ésta es la
razón por la que estamos obligados a buscar una vida más
alta. Esto equivale a buscar una unidad de orden más
alto por medio de un desplazamiento del centro de la
conciencia. Tales exigencias aparecen ya en el origen de
nuestro espíritu social, pero sólo alcanzan su cénit con
las exigencias religiosas. Mientras mantengamos un yo
subjetivo frente a un mundo objetivo al que intentamos
unificar por medio del yo subjetivo, la unidad así
lograda no dejará de ser relativa por más grande que sea
el yo subjetivo. La unidad absoluta sólo se consigue al
precio de desprenderse de la unidad subjetiva y unirse a
la objetiva.
Originariamente, la unidad de conciencia es una
condición necesaria de la determinación de la conciencia
y su exigencia fundamental. Conciencia sin unidad es lo
mismo que nada. La conciencia puede determinarse por la
oposición de contenidos; y conforme esos contenidos se
hacen más variados, con más fuerza se exige la unidad.
El punto extremo de esta unidad es la realidad objetiva,
Cuando esta unidad alcanza la fusión objeto-sujeto ha
llegado a la cumbre. La realidad objetiva no existe
aparte de la conciencia subjetiva; y el resultado de la
unidad de conciencia es algo de lo cual no puede dudar
uno aunque quisiera; y algo que nos llena de tal modo
que no es posible buscar nada más, aunque uno quisiera
buscar más. El culmen de tal unidad de conciencia (es
decir: el estado de fusión sujeto-objeto) no es
solamente la exigencia fundamental de la conciencia
sino, en realidad, su estado original. Como dijo
Condillac, cuando vemos por primera vez la luz, más que
verla puede decirse que nosotros mismos somos la luz.
Todas las primeras sensaciones en el niño deben de ser
directamente el universo mismo. En ese estadio todavía
no hay división de sujeto y objeto; la cosa y el yo
forman una unidad y sólo se da un hecho. Como la cosa y
el yo están fusionados, no hay por qué continuar a la
busca de la verdad, ni queda ningún deseo insatisfecho;
porque el hombre está en compañía de Dios en un estado
que podríamos llamar con toda propiedad paradisíaco.
Pero conforme la conciencia se va desarrollando y
diferenciando, el sujeto y objeto se oponen mutuamente;
la cosa y el yo se declaran antagónicos. De aquí nacen
las exigencias y los sufrimientos en la vida del hombre.
El hombre se separa de Dios y las puertas del Paraíso se
cierran para siempre. Pero por más que la conciencia se
haya diferenciado y desarrollado no podemos resignarnos
a la separación sujeto-objeto; y tanto en el
conocimiento como en la voluntad buscamos siempre esta
unidad. La diferenciación y desarrollo de la conciencia
son la otra cara de la unidad; y constituyen la
condición necesaria para la determinación de la
conciencia. El verdadero sentido del desarrollo y
diferenciación de la conciencia es la búsqueda de una
unidad aún mayor. Tenemos que decir que la unidad es, en
realidad, el alfa y omega de la conciencia. La exigencia
religiosa es la exigencia de la unidad de conciencia en
el sentido que acabo de decir y, al mismo tiempo, la
exigencia de fusión con el universo.
De este modo la exigencia religiosa es la mas profunda
del corazón humano. Todas nuestras exigencias corporales
y espirituales no son más que una parte de las
exigencias del yo; sólo la religión es la solución total
del yo. En el conocimiento y la voluntad buscamos la
unidad de conciencia y la fusión sujeto-objeto. Pero
esto no pasa de ser un aspecto de la unidad. La religión
busca la más profunda unidad en el fondo de estas
unidades parciales. Es decir, busca la unidad que
existió antes de que se separaran el entendimiento y la
voluntad. Puede decirse que todas nuestras exigencias
nacieron por desmembramiento de la exigencia religiosa,
y que el resultado en su desarrollo es volverse a
incorporar a ella. Cuando la inteligencia se encontraba
en el estado previo al desarrollo, el hombre era
religioso; y cuando llega a su cénit de ciencia y
moralidad, nos encontramos de nuevo dentro de la
religión. Hay quienes preguntan repetidamente por qué es
necesaria la religión. Eso equivale a preguntar por qué
es necesario vivir. La religión no existe
independientemente de la vida del yo. Sus exigencias son
las exigencias de la misma vida. Tal pregunta indica una
falta de tensión en la vida del yo. Los que quieren
pensar y vivir en autenticidad, no pueden menos que
sentir la urgencia de ardientes ansias religiosas.

Capítulo segundo: la esencia de la religión
La relación entre el hombre y Dios es lo que constituye
la religión. Sin duda, habrá diversas maneras de
acercarse intelectualmente a Dios. Personalmente, opino
que el modo más propio es el de considerarle como
fundamento del universo. Por "hombre" entiendo aquí
nuestra conciencia individual. El modo particular de
enfocar las relaciones entre el hombre y Dios es lo que
da origen a las diversas religiones. ¿Cuál será, pues,
la verdadera relación entre el hombre y Dios? Si, por
una parte, Dios es esencialmente distinto del yo, y, por
otra, consideramos a Dios como un poder superior al
hombre, será imposible que encontremos el menor punto de
contacto con él. A la búsqueda de sus favores temeremos
su ira, obedeceremos sus leyes o le adularemos. Estos
sentimientos son claramente egoístas. Pero es que las
relaciones de dos seres esencialmente distintos por
fuerza han de ser egoístas. William Robertson Smith
afirma que la religión no surge del temor a un poder
inescrutable, sino del sentimiento de reverencia hacia
un Dios que tiene lazos de parentescos con el yo. Según
él, la religión no es una relación voluntaria entre el
individuo y un poder sobrenatural. Sino la relación
comunitaria de cada individuo de una sociedad, con el
poder que sostiene la paz y el orden de esta sociedad.
Toda religión está basada en la relación entre un hombre
y un Dios de la misma naturaleza que el hombre. Es
decir: la relación de padre e hijo es insustituible. La
comunidad de intereses entre Dios y el hombre y la ayuda
que el hombre puede esperar de Dios, no constituyen
todavía la verdadera religión. Dios ha de ser el
fundamento del universo y, al mismo tiempo, nuestro
fundamento. El retorno a Dios es volver a este
fundamento. Más aún: si Dios es el fin de todas las
cosas ha de ser también el fin del hombre; por eso los
hombres encontramos en Dios la aspiración suprema del
yo. Como las manos y piernas son cosas del hombre, el
hombre es una cosa de Dios. Retornar a Dios puede
parecer en cierto modo, que es la pérdida del yo. Mirado
desde otro ángulo ese retorno es el modo de conseguir la
plenitud del yo. Las palabras de Cristo "el que gana su
vida la perderá, y el que perdiere la vida por mí la
ganará" es la forma más pura de la religión. La relación
que media entre Dios y el hombre en la religión
auténtica ha de ser del modo dicho. El sentido de
nuestra oración y acción de gracias, no tiene por objeto
la existencia del yo. Pedimos el retorno a Dios, que es
el cálido hogar donde la naturaleza del yo se siente a
gusto y le damos las gracias por haber retornado a Él.
El amor de Dios al hombre no consiste en que le otorgue
la felicidad en este mundo, sino en que lo hace retornar
a Sí. Dios es la fuente de la vida y nosotros vivimos
solamente en Dios. Porque esto es así, la religión
desborda la vida y origina de este modo en nosotros un
talante verdaderamente religioso. La resignación y la
confianza en otro son residuos egoístas que no merecen
el nombre de "religión". Las expresiones "encontrarse a
sí mismo en Dios" y otras similares quizá pudieran hacer
creer a alguno que el énfasis está puesto en el yo. Es
al contrario: significa despojarse del yo y adorar a
Dios.
Que Dios y el hombre tienen la misma naturaleza y que el
hombre retorna a su origen en Dios, es el pensamiento
fundamental de toda religión. Únicamente basándose en
esta idea se pueda hablar de verdadera Religión. Aun
admitiendo esta idea básica es posible que se den
diversos modos de exponer las relaciones entre Dios y el
hombre. Puede pensarse que Dios es un ser trascendente
al mundo, que gobierna el universo -incluso al hombre-
desde fuera. Y también puede pensarse que Dios es
inmanente, que el hombre es una parte de Dios y que Dios
opera desde el interior del hombre. El primer modo
expuesto es el sistema llamado Teísmo y el segundo
Panteísmo. Tal vez el Panteísmo sea más racional que el
Teísmo, pero encuentra gran oposición entre los
espíritus religiosos. La razón es que al considerar
idénticos a Dios la naturaleza, hemos vaciado el
concepto de un Dios personal; y al considerar a todos
los seres como modificaciones de Dios hemos eliminado su
trascendencia y rebajado su dignidad. Además en
semejante hipótesis no queda otra solución que
atribuirle a Dios el origen del mal. Sin embargo, una
reflexión profunda tal vez nos convenciera de que ni en
el Panteísmo verdadero se dan tales aberraciones, ni el
Teísmo está totalmente exento de ellas. Considerar la
sustancia de Dios y de la realidad como idénticas, si se
admite que el fundamento de la realidad es espiritual,
no es un atentado contra la personalidad de Dios. Por
otra parte, ningún sistema panteísta sostiene que las
cosas particulares sean Dios en sí mismas; aun en la
Filosofía de Spinoza, todos los seres son aspectos
diversos -modos- de Dios. Por su parte, el Teísmo
encuentra dificultad en armonizar la sabiduría y la
omnipotencia de Dios con la existencia del mal en este
mundo. El problema del mal fue el caballo de batalla de
la filosofía medieval. La idea de que Dios es
trascendente y gobierna el universo desde fuera no sólo
está en conflicto con nuestra razón sino que, en mi
opinión, no puede decirse, que sea la forma más profunda
de religión. La voluntad de Dios se nos manifiesta por
la ley de la naturaleza; y fuera de esto no hay nada que
debamos reconocer como revelación de Dios.
Evidentemente, como Dios está por encima de nuestras
categorías, lo que nosotros conocemos no es más que una
parte de Él. Pero aunque existiera una revelación fuera
de la ley de la naturaleza sería inasequible para
nosotros. Por otra parte, si esa revelación se opusiera
de algún modo a la ley de la naturaleza implicaría
contradicción en Dios. La razón de creer en la divinidad
de Jesús está en que su vida incluye la más profunda
verdad de la vida humana. Dios ha configurado el cielo y
la tierra conforme a esta verdad, y ha de ser la fuerza
interna unificadora del universo la que mantenga todas
las cosas conforme a ella. Fuera de esta verdad no hay
nada que merezca el nombre de "Dios". Decir que Dios es
personal no puede tener otro sentido que el reconocer
directamente un sentido personal en el fundamento de la
realidad. Si no es así, lo sobrenatural no pasa de ser
una leyenda con fundamento mas o menos histórico, o pura
fantasía. Ver a Dios en la base de la naturaleza y en la
raíz del yo nos abre la puerta para sentir el infinito
ardor divino y llegar a la esencia de la Religión que
consiste en vivir en Él. La verdadera actitud reverente
ante Dios tiene que nacer de aquí. Amor es fusión de dos
personas en una; reverencia es el sentimiento que se
levanta en la persona incompleta hacia la persona total.
En la base del amor reverencial tiene que darse
necesariamente la unidad de personas. Por esta razón, el
amor y la reverencia no se dan sólo entre dos personas
sino que también aparece en la conciencia del yo. Porque
nuestras conciencias de ayer y hoy, a pesar de
diferenciarse, tienen un mismo centro, están sumergidas
en amor y reverencias propias. Por lo tanto, la
posibilidad de amor y reverencia a Dios tiene que
provenir de una base común con Dios; tiene que ser
porque nuestro espíritu es conciencia parcial de Dios.
Decir que Dios y el hombre poseen la base común de un
mismo espíritu puede interpretarse en un sentido de
independencia mutua, como es independiente el espíritu
de dos personas que tienen el mismo pensamiento. Pero
esto es pensar de un modo groseramente material e
introducir en el espíritu divisiones espacio-temporales.
Los que tienen la misma base de espíritu son el mismo
espíritu. Aunque nuestra conciencia cambie todos los
días la consideramos como un sólo espíritu porque posee
unidad. Del mismo modo nuestro espíritu es uno con Dios.
Así resulta que "vivir en Dios" no es mera metáfora,
sino que puede ser realidad. (El obispo Westcott dice,
comentando el cap. 17, versículo 21, de San Juan, que la
unidad de los cristianos no es meramente una "unidad
moral" de fines y sentimientos, sino unidad vital").
Esta profunda religión puede subsistir sólo apoyada en
la unidad de sustancia entre Dios y el hombre; y el
verdadero significado de la religión está en conseguir
esta unión con Dios y el hombre. Es decir: está en
experimentar en la raíz de la conciencia -eliminando la
conciencia del yo- el inabarcable espíritu universal en
acción. La fe no se funda en testimonios externos
-leyenda o lógica-, sino que brota de dentro. Como Jacob
Boehme ha dicho, nosotros llegamos a Dios a través de la
vida interna más profunda. (Die innerste Geburt). Al
mismo tiempo que en este segundo nacimiento interno
vemos a Dios directamente y creemos en Él, encontramos
aquí la verdadera vida del yo y sentimos un poder
infinito. La fe no es mero conocimiento; porque, al
mismo tiempo que es intuición, es una fuerza vital. En
la raíz de toda nuestra actividad espiritual está
operando una fuerza unificadora: es nuestro yo y nuestra
personalidad. No sólo los deseos -lo cual es natural-,
sino aun las cosas más objetivas, como es nuestro
conocimiento, están tocadas por las características de
estas fuerza unificadora; es decir: por la personalidad
de cada uno. Tanto el conocimiento como los deseos, todo
tiene su origen en esta fuerza. Fe es la fuerza
unificadora que trasciende este conocimiento. No es que
la fe esté sostenida por el conocimiento y la voluntad
sino que más bien el conocimiento y la voluntad se
apoyan en la Fe. La Fe, en este sentido, es mística. No
quiero decir con esto que se oponga al conocimiento. Si
Fe y conocimiento fueran antagónicos, no podríamos hacer
de la Fe el fundamento de la vida. Cuando hemos agotado
el conocimiento y la voluntad, nos brota de dentro una
Fe a la que tenemos que dar asentimiento, aunque
quisiéramos no dárselo.

Capítulo tercero: dios
Dios es el fundamento del universo. Como he dicho antes.
Y no creo que Dios sea un creador trascendente al mundo,
sino que lo considero como la raíz de la realidad. La
relación entre Dios y el universo no es la relación que
media entre el artista y su obra, sino la que se da
entre el noumenon (sustancia) y el fenómeno. El universo
no es creatura sino manifestación de Dios. Los
desplazamientos del sol, la luna y las estrellas en el
macrocosmos, como las imperceptibles vibraciones del
espíritu humano, son manifestaciones de Dios. En la raíz
espiritual de estas cosas podemos adorar la luz
espiritual de la divinidad. Como Newton y Kepler
quedaban transidos de un sentimiento religioso al
contemplar el movimiento de los cuerpos celestes, la
contemplación de los fenómenos de la naturaleza debe
abrirnos los ojos a la existencia de esa fuerza
unificadora que los gobierna en su base. El avance de la
ciencia no es más que la unidad de tal conocimiento. Del
mismo modo que en la raíz de la naturaleza externa
reconocemos el control de una fuerza unificadora, en la
raíz del espíritu humano debemos esforzarnos por
encontrar tal fuerza. Aunque el espíritu humano se nos
ofrezca en formas y estados desconcertantemente diversos
y sin obedecer, aparentemente, leyes fijas, una mirada
aguda unificadora nos descubre la existencia de una gran
fuerza unificadora que gobierna el pasado y el presente,
Oriente y Occidente. Naturaleza y espíritu no son cosas
incomunicadas; una estrecha relación los une. No podemos
menos de pensar en la unión de ambos; es decir, que en
la raíz de la naturaleza y el espíritu existe una fuerza
unificadora mayor que ellos. Filósofos y científicos
reconocen de buen grado esta unidad. Esta unidad
precisamente es Dios. Claro es que si la materia fuera
la única realidad -como quieren los materialistas y
muchos científicos- y todas las cosas se limitaran a
seguir las leyes de las fuerzas materiales, no podríamos
pensar en que existiera Dios. ¿Pero será posible admitir
que sea tal la realidad?
Como dije al hablar de la realidad, nos es imposible
conocer la materia como realidad independiente de los
fenómenos de conciencia. Los hechos de experiencia
directa de que disponemos son únicamente estos fenómenos
de conciencia. Espacio, tiempo, fuerzas físicas, no son
más que conceptos dirigidos a explicar y unificar estos
hechos. Cosas tales como la materia pura -de la que
hablan los físicos- que excluye la naturaleza del hombre
como individuo, son conceptos abstractos lo más alejado
que pueda pensarse de la realidad concreta. Cuando más
se acerca uno a la realidad concreta encuentra que es
más individual. El echo más concreto es el más
individual. De aquí que en las explicaciones primitivas
-los relatos mitológicos- la tendencia a la
personificación sea tan fuerte; y a medida que avanza la
ciencia se conviertan en explicaciones mas universales y
abstractas hasta llegar, finalmente, a conceptos tales
como el de materia pura. Tal explicación es externa y
superficial en extremo. Al mismo tiempo no hay que
olvidar que en el fondo de tal explicación está latente
nuestra unidad subjetiva. La explicación fundamental
retorna necesariamente al yo. El yo es la clave de la
explicación del universo. El intento de explicar el
espíritu por la materia supone una inversión de
términos.
Lo que Newton y Kepler consideran como el orden de los
fenómenos de la naturaleza, en realidad, no es más que
el orden de nuestros fenómenos de conciencia. La
conciencia se origina en la unidad. Esta unidad,
partiendo de la mas reducida -la unidad en la conciencia
diaria de cada individuo- desemboca en la inmensa unidad
de la conciencia universal que combina las conciencias
de todos los hombres. (Limitar la unidad de conciencia a
la conciencia individual es un a priori añadido
clandestinamente a la pura experiencia). El mundo
natural es un sistema de conciencia que se origina en
esta unidad trasindividual. Unificamos las experiencias
del yo por la subjetividad individual, y las de cada
individuo por la subjetividad metaindividual. Royce
afirma que la existencia de la naturaleza está ligada a
la fe en la existencia de los hombres. (Royce, The World
and the Individual, second Series, Lect. IV). Así
resulta que la unidad del mundo natural, en resumidas
cuentas, no es más que un género de unidad de
conciencia. No es que originariamente haya dos géneros
de realidades; espíritu y naturaleza. La distinción de
ambos proviene de considerar una misma realidad desde
dos ángulos diversos. En los hechos de experiencia
directa no hay oposición sujeto-objeto, ni distinción
entre espíritu y materia. Materia es igual a espíritu y
espíritu es igual a materia; no hay más que una
realidad. Sin embargo, el conflicto entre los sistemas
de este género de realidad aparece cuando, al
considerarla desde una vertiente, surge en su desarrollo
la oposición sujeto-objeto. En otras palabras, en la
continuación de la percepción intelectual no hay
distinción entre sujeto y objeto. Esta oposición es
fruto de la reflexión. Cuando surge el conflicto entre
los sistemas de realidades, el aspecto de la función
unificadora es tenido por espíritu; mientras que el
aspecto de lo que se le opone como objeto es tenido por
naturaleza. Sin embargo, ni la naturaleza objetiva en
realidad puede existir aparte de la unidad subjetiva, ni
en la unidad subjetiva puede existir unidad sin objeto;
es decir: sin contenido. Ambos son realidades de un
mismo género que se diferencian sólo en la forma de su
unidad. Más aún: cuando se pone el acento en uno de los
dos, tenemos una realidad abstracta, incompleta. La
realidad que resulta de la unión de ambas es la realidad
concreta y perfecta. La unidad de espíritu y naturaleza
no es unidad de dos géneros de sistemas: originariamente
estaban bajo la misma unidad.
Si no hay, pues, distinción de espíritu y naturaleza y,
por consiguiente, no hay dos géneros de unidad sino que
sólo la realidad de una misma experiencia directa
produce diversas distinciones según el ángulo desde el
que se le contemple, el Dios de quien dije antes que era
la raíz de la realidad, ha de ser el hecho de esta
experiencia directa; es decir: la raíz de nuestros
fenómenos de conciencia. Todos nuestros fenómenos de
conciencia forman un sistema. Aun los fenómenos
naturales que aparecen por la unidad metaindividual, no
pueden prescindir de esta forma. El autodesarrollo del
yo de una cierta cosa unificadora es la forma de toda
realidad. Y Dios es quien unifica tal realidad. La
relación que media entre el universo y Dios es la de
nuestros fenómenos de conciencia y su unidad. En el
pensamiento y la voluntad las imágenes mentales son
unificadas por una idea-objeto; y todas pueden
considerarse como expresiones de esta idea unificadora.
De igual modo, Dios es el unificador del universo y el
universo es la expresión de Dios. Esto no es mera figura
de dicción, sino realidad. Dios es el unificador supremo
y último de nuestra conciencia. Es más: nuestra
conciencia es una parte de la conciencia de Dios y su
unidad proviene de la unidad de Dios. Desde el gozo o la
tristeza que hace vibrar nuestro corazón y nadie conoce
hasta el maravilloso engranaje que mueve el sol, la luna
y las estrellas, no hay nada -absolutamente nada- que no
esté basado en esta unidad. Newon y Kepler fueron presa,
también, del anonadamiento de produce esta admirable y
tremenda conciencia universal.
Dios, unificador del universo y raíz de la realidad,
¿qué será? Lo que controla el espíritu ha de ser la ley
del espíritu. La materia como dije antes, no es más que
un concepto superficial y abstracto cuya razón de ser es
dar una explicación de la realidad. Los fenómenos
espirituales son funciones de la inteligencia,
sensibilidad y voluntad; por tanto, han de ser las leyes
de la inteligencia de la sensibilidad y de la voluntad
las que controlen esas funciones. El espíritu no es la
mera combinación de tales funciones. En su fondo hay una
fuerza unificadora de la que estos fenómenos son
expresión. Si llamamos personalidad a esta fuerza
unificadora, hemos de reconocer en Dios una inmensa
personalidad raíz del universo. Los fenómenos de la
naturaleza como los acontecimientos históricos y los
pensamientos más excelsos, todos tienen la forma de una
volición excelsa: el universo es la expresión personal
de Dios. Sin embargo, yo no puedo aceptar que Dios -como
cierta escuela propugna- trascienda el universo y que
sea algo así como nuestro espíritu subjetivo que posee
una inteligencia y una voluntad independiente del curso
del universo. En Dios la inteligencia es acción y la
acción inteligencia. La realidad tiene que ser
inmediatamente el pensamiento y la voluntad de Dios (Cfr.
Spinoza, Ethica 1, Pr. 16 Schol.). Nuestro pensamiento
subjetivo y nuestra voluntad son realidades abstractas e
imperfectas que surgen del conflicto entre varios
sistemas. No es posible comparar estas cosas
directamente con Dios. Illingworth, en su libro titulado
La personalidad de Dios y el hombre, señala tres
elementos de la personalidad: autoconciencia, voluntad
libre y amor. Antes de considerar estas tres cosas como
elementos de la personalidad, hay que poner en claro qué
significan en la realidad estas tres funciones. La
autoconciencia es un fenómeno que acompaña a las
circunstancias en que un sistema parcial de conciencia
se unifica con el centro de ella. La autoconciencia
surge de la reflexión del yo y la reflexión del yo es la
función que busca el centro de la conciencia. El yo no
es algo independiente de la función unificadora de la
conciencia. Si la unidad se altera, también el yo sufre
esta alteración. Fuera de esto, la sustancia del yo es
una palabra vacía. Solemos creer que concentrándonos
interiormente alcanzamos conciencia de un yo especial.
Pero eso no es, como dicen los psicólogos, más que un
sentimiento que acompaña a esta unidad. No es que se
realice esta unidad porque exista tal conciencia porque
se da esta unidad. Tal unidad en sí misma no puede ser
objeto de conocimiento. Podemos manipular esta unidad e
identificarnos con ella; pero no podemos conocerla. La
verdadera autoconciencia está más bien en la actividad
de la voluntad que en la reflexión de la inteligencia.
Si hay autoconciencia en la personalidad de Dios, la
unidad de los fenómenos del universo han de ser esas
autoconciencias una a una. Que la suma de los ángulos de
un triángulo sea igual a dos rectos, por ejemplo, es
algo que todos los hombres, de cualquier época que sean,
tienen que aceptar. También este principio es
autoconciencia de Dios. Me atrevería a decir que el
sentimiento de unidad universal que controla nuestro
espíritu es la misma autoconciencia de Dios. Todo tiene
su origen en la unidad de Dios. En Dios todas las cosas
son actualidad. Dios es perfectamente activo. En Dios no
hay ni pasado ni futuro: el tiempo y el espacio nacen de
la unidad de conciencia del universo; en Dios todo es
presente. Como dijo San Agustín, el tiempo es criatura
de Dios; y, como Dios trasciende el tiempo, Dios existe
en la eternidad. Por eso en Dios no hay reflexión ni
memoria ni deseos. Por consiguiente, no se da en Él
conciencia de un yo especial. Como todo es yo, y fuera
del yo no hay nada, no hay conciencia del yo.
Entremos ahora en la consideración de la libertad de la
voluntad. Esta expresión -libertad de la voluntad- puede
tener multitud de sentidos; pero la verdadera libertad
ha de ser la libertad necesaria que actúa conforme a las
características internas del yo. Una voluntad sin
ninguna causa no sólo es irracional sino algo de tal
manera regido por el azar, que no puede experimentarse
como una acción libre del yo. Dios es el fundamento de
todas las cosas y fuera de Dios no existe nada; por otra
parte, como todas las cosas existen conforme a las
características internas de Dios, Dios es libre; en este
sentido, podemos afirmar que Dios es absolutamente
libre. Alguien podría pensar que Dios tiene su
Omnipotencia limitada por las características de su yo;
pero no hay que olvidar que el obrar contra las
características del yo mostraría una de dos cosas: que
las características eran imperfectas (por eso obraría en
contra de ellas) o que en Dios puede darse
contradicción. Yo creo que la perfección y sabiduría de
Dios no pueden coexistir con una voluntad libre
indeterminada. Ya dijo Agustín que la voluntad de Dios
es inalterable y en Él no existen deseos volubles ni,
mucho menos, revocación de decisiones anteriores. La
voluntad selectiva acompaña los estados de conciencia de
los seres imperfectos como nosotros, pero no debe
atribuirse a Dios. En un campo que nos es conocido no
hay lugar para la voluntad selectiva; la voluntad
selectiva entra en acción en las ocasiones de duda,
contradicción y conflicto. Todos estamos de acuerdo que
el conocer incluye libertad: la inteligencia significa
potencialidad. Pero no se trata de una potencialidad
necesariamente indeterminada. La inteligencia se
extiende más allá de la mera reflexión; también la
intuición pertenece a la esfera de la inteligencia. Es
más: la intuición constituye la verdadera inteligencia.
Conforme aumenta la perfección de la inteligencia, la
indeterminación de la potencialidad disminuye. Como en
Dios no se da la voluntad indeterminada -volubilidad- el
amor de Dios ignora esas distinciones del amar a unos y
odiar a otros; dar prosperidad y dejar caer en la
desgracia. El amor de Dios, como fundamento que es de la
realidad, tiene que ser necesariamente universal e
imparcial. El desarrollo de su yo ha de ser directamente
y en sí mismo, un amor infinito hacia nosotros los
hombres. No es posible encontrar el amor a Dios fuera
del desenvolvimiento de todas las cosas de la
naturaleza. Originariamente el amor es un sentimiento a
la búsqueda de unidad. La exigencia de la unidad del yo
es amor propio, y la exigencia de la unión del yo y de
los otros es altruismo. Como la función unificadora de
Dios es inmediatamente la función unificadora de todas
las cosas -en frase de Eckhardt- el altruismo de Dios es
precisamente su amor propio. El amor que sentimos por
nuestros miembros -nuestras manos o pies- es el que Dios
siente por todas las cosas. Eckhardt afirma que el amor
de Dios al hombre no es una acción voluntaria, sino que
tiene que ser así.
Ya dije antes que decir que Dios que es personal no
equivale a ponerlo en la misma línea de nuestro espíritu
subjetivo. Más bien habría que compararlo al estado de
experiencia pura donde no hay separación de sujeto y
objeto ni distinción entre las cosas y yo. Este estado
marca el comienzo y el fin de nuestro espíritu, y al
mismo tiempo es el verdadero aspecto de la realidad.
Como Cristo dijo "los puros de corazón verán a Dios" y
"los que se hagan niños entrarán en el Reino de los
Cielos". En ese estado de experiencia directa es cuando
nuestro corazón está más cerca de Dios. Pura experiencia
no quiere decir solamente conciencia perceptiva. También
en el fondo de la conciencia reflexiva se da unidad, y
la conciencia reflexiva nace de esta unidad. Es decir:
también esta conciencia reflexiva es un género de
experiencia pura. En la raíz de nuestra conciencia en
cualquier circunstancia, se da la unidad de experiencia
pura y no nos es posible salirnos de ella. En este
sentido podemos considerar a Dios como una gran
intuición intelectiva en la raíz del universo y como el
unificador de la experiencia pura que abarca el
universo. De este modo podemos comprender lo que dice
Agustín: Dios con una intuición inmutable intuye todas
las cosas; es quietud y al mismo tiempo es movimiento (Storz,
Die Philosophie des Agustinus, 20). Esto es lo que
expresaron Eckhardt con la palabra "Gottheit"
("divinidad") y Boehme con la frase "Stille ohne Wessen"
("quietud sin esencia"). Toda unidad de conciencia
trasciende el movimiento y debe ser inalterable;
precisamente el cambio se origina aquí: en lo que
moviendo no se mueve. La unidad de conciencia no puede
legar a ser objeto del conocimiento: trasciende todas
las categorías. No es posible atribuirle ninguna forma
determinada y todas las cosas se originan conforme a
esta unidad. Por consiguiente, el espíritu de Dios es,
por un lado inescrutable; por otro, en cambio, está
infinitamente cercano a nuestro espíritu. En la raíz de
esta unidad de conciencia inmediatamente podemos
acariciar el rostro de Dios. Por eso Boehme dice que el
Cielo está en todas partes; donde quiera que estés o
vayas, allí está el cielo; y arribamos a Dios por la
vida interna más profunda (Morgenröte).
Podría parecer que si lo que acabo de decir es verdad,
Dios sería idéntico a la esencia de las cosas y aunque
espiritual no se diferenciaría de la razón o la
conciencia. De este modo habría perdido su personalidad.
(Este es el punto en que ya Scoto se opuso a Santo
Tomás). Hacia un Dios así no brotan en nuestro corazón
sentimientos religiosos. Religiosamente hablando, el
pecado no es un mero quebrantar la ley; es rebelarse
contra una persona. Por tanto el arrepentimiento no es
meramente moral; es dolor de haber ofendido al padre, y
haberse rebelado contra un bienhechor. Erskine de
Linlathen dice que la diferencia entre Religión y Ética
está en reconocer una persona en el fondo de la
conciencia. Como Hegel y otros filósofos han dicho, la
verdadera individualidad no existe independientemente de
la universalidad; y la universalidad limitada se
convierte en individualidad. Lo universal es el espíritu
de lo concreto. La individualidad no es añadir a la
universalidad, desde fuera, otra cosa. El desarrollo de
la universalidad acaba en la individualidad. En la mera
combinación casual de diversos elementos en los que no
se da ninguna unidad interna, no hay individualidad. La
libertad de la voluntad, que es un elemento de la
persona individual, significa que lo universal se
determina a sí mismo (auto-determinación). Como el
concepto de triángulo puede dividirse en varios
triángulos, el que lo universal tenga conciencia de las
diversas potencialidades que incluyen dentro de sí, es
el sentimiento de libertad. Por el contrario, de la
voluntad absolutamente libre sin ningún fundamento no
surgirá la conciencia individual. A pesar del axioma "no
hay razón de la individuación", una tal individualidad
no se diferencia de la nada completamente vacía de
contenido. La individualidad concreta no puede conocerse
por conceptos abstractos. Pero la individualidad que se
resiste a los conceptos abstractos puede encontrar
expresión por el pincel de un pintor o la pluma de un
literato.
Decir que Dios es la unidad del universo no es meramente
referirse a la unidad de un concepto abstracto. Dios,
como nuestro yo individual, es una unidad concreta. Es
decir: un espíritu vivo. Del mismo modo que podemos
decir que nuestro espíritu es, en cierto sentido,
individual, también podemos decirlo de Dios. Razón y
conciencia serán una parte de la función unificadora de
Dios; pero no son su Espíritu vivo. La existencia del
Espíritu divino no es un problema que pueda ser
dilucidado en terreno puramente filosófico, porque es un
hecho de experiencia espiritual real. En el fondo de la
conciencia de todos los hombres este Espíritu actúa. (La
razón y la conciencia son su voz). Sin embargo, nuestro
estrecho yo puede impedirnos conocer ese Espíritu. El
poeta Tennyson tuvo la siguiente experiencia. Pronunció
su nombre quietamente como si lo sacara a pulso de las
profundidades de la conciencia individual del yo;
entonces experimentó que la individualidad del yo se
esfumaba hasta convertirse en realidad infinita en una
conciencia acusadamente distinta y clara, sin mezcla de
vaguedades. En ese momento la muerte le pareció una
imposible nadería y comprendió que la muerte del
individuo es la verdadera vida. Tennyson afirma que ya
desde su infancia, en momentos de soledad, tuvo
repetidas veces esta experiencia. Una figura literaria
de la altura de J.A.Symonds nos asegura que, conforme
nuestra conciencia ordinaria se debilita, la conciencia
que está en su raíz gana en fuerza. Y al fin queda un yo
puro, absoluto, abstracto. Si quisiéramos recoger las
experiencias de los místicos, nuestro trabajo no tendrá
fin. Quizá alguien tache estos fenómenos de enfermizos.
Si son enfermizos o no depende de si son racionales o
no. Como he dicho antes, si la realidad es espiritual y
nuestro espíritu no es más que una pequeña parte de
ella, el que al saltar por encima de los límites de
nuestra estrecha conciencia nos encontremos cara a cara
con un inmenso espíritu, no debe causar ninguna
admiración. La terca insistencia en mantenernos en los
estrechos límites de nuestra conciencia es, por el
contrario, un grave error. Creo que los grandes hombres
pasan por profundas experiencias espirituales, como las
descritas más arriba. Experiencias que no se le dan a
gustar al hombre de la calle.

Capítulo cuatro: dios y el mundo
Puesto que los hechos de la experiencia pura son la
única realidad y Dios es su unidad, será posible conocer
la relación entre las características de Dios y del
mundo, por la relación que media entre la unidad de
nuestra experiencia pura -es decir: las características
de la unidad de conciencia- y su contenido. Dejemos
claro, en primer lugar, que la unidad de nuestra
conciencia no puede verse ni puede oírse: no es de
ningún modo objeto de conocimiento. Como todas las cosas
vienen determinadas por esa unidad, trasciende a todas
ellas. Cuando nuestra mente se enfrenta con un objeto
negro y lo representa, no es que la mente se vuelva
negra; lo mismo que cuando lo blanco le sale al paso no
queda emblanquecida. Sin necesidad de recurrir al
budismo donde esto es evidente, ya en la filosofía
medieval nos encontramos con la teología negativa de la
escuela de Dionisio que habla de Dios por medio de
negaciones. Nicolás de Cusa dice que Dios trasciende el
ser y la nada; y que siendo el ser por excelencia es al
mismo tiempo la nada. Cuando sometemos el fondo de la
conciencia del yo a la reflexión, encontramos un sentido
profundo a las palabras de Boehme: Dios es "quietud sin
esencia"; o es el "insondable" (Ungrund), "voluntad sin
objeto" (Wille ohne Gegenstand). Ante estos pensamientos
nos sobrecoge un sentimiento de lo sublime y lo
extraordinario. Otros atributos divinos como la
omnipresencia, omnisciencia, omnipotencia, etc. hay que
interpretarlos según las características de esta unidad
de conciencia. Como el tiempo y el espacio son
determinaciones de la unidad de conciencia, Dios
trasciende el tiempo y el espacio, es eterno e inmortal
y no hay lugar donde se encuentre. Como todo nace de la
unidad de conciencia, Dios es omnisciente y omnipotente;
no hay nada que se oculte a su ciencia o que escape a su
poder: en Dios la sabiduría y el poder son idénticos.
¿Qué relación mediará entre este Dios absoluto e
infinito y el mundo? La nada separada del ser no es
verdadera nada, el uno separado del todo no es verdadero
uno; la igualdad separada de la diferencia no es
verdadera igualdad. Así, pues, si no hay Dios no hay
Mundo. Pero a la inversa: si no hay Mundo, tampoco hay
Dios. Naturalmente, al decir mundo no me refiero a este
mundo nuestro. Como los atributos de Dios, según Spinoza,
son infinitos, Dios debe incluir los infinitos mundos.
La expresión del mundo ha de pertenecer a la esencia de
Dios y no es de ningún modo algo dejado al azar. No es
que Dios creara el mundo en un momento, sino que es su
eterno e infatigable creador (Hegel). Brevemente: la
relación entre Dios y el mundo es la misma relación que
media entre la unidad de conciencia y su contenido. El
contenido de la conciencia tiene su origen en la unidad;
pero esa unidad no existe independientemente del
contenido de la conciencia. No es que el contenido de
conciencia y su unidad sean dos cosas -lo que une y lo
que es unido-, sino que son dos aspectos de una sola
realidad. Los fenómenos de conciencia, en su estado de
experiencia directa, son una sola actividad; pero al
reflexionar sobre ello como objeto de conciencia su
contenido se divide y diversifica. Si consideramos su
proceso, en primer lugar aparece el contenido del todo
como una actividad impulsiva que por medio de
contradicciones y conflictos se diversifica y divide. En
este momento no puedo reprimir el recuerdo de unas
palabras de Boehme. Dice que, antes de manifestarse,
Dios tiene que ser una voluntad sin objeto; al
reflexionar sobre sí mismo, como si se considerara en un
espejo, la objetividad y la subjetividad se dividen; de
aquí nace la división entre Dios y el Mundo.
Originariamente la división de la realidad y su unidad
son una. Lo que por un lado es unidad, por el otro es
división. En un árbol, por ejemplo, el que la flor sea
plenamente flor y la hoja plenamente hoja es lo que
manifiesta la esencia del árbol. La distinción anterior
es una mera distinción de razón; algo que no se da en la
realidad. Goethe dijo que la naturaleza no tiene núcleo
ni caparazón, sino que todo es al mismo tiempo caparazón
y núcleo. De un modo parecido en la realidad concreta
-en los hechos de la experiencia directa- la división y
la unidad forman una sola actividad. En un cuadro o en
una composición musical, no hay una pincelada ni una
nota que no manifieste directamente el espíritu del
todo. En el pintor o el músico un sentimiento se
desborda y viene a convertirse en un paisaje con
infinitos matices o en una melodía complicada. En una
situación parecida a ésta, Dios es el mundo, y el mundo
es Dios. Como dijo Goethe en su ensayo titulado "Qué
grande es la Diana de Éfeso", más que los buscadores de
Dios a través de los conceptos que abriga el cerebro del
hombre, aquellos orfebres que trabajaban cuidadosamente
las imágenes de plata de Diana sin hacer caso de las
enseñanzas de Pablo estaban cercanos al verdadero Dios.
Dijo Eckhardt: cuando perdemos de vista a Dios estamos
en presencia del verdadero Dios. En la situación que
acabo de describir el cielo y la tierra son un dedo, y
todas las cosas son un cuerpo con el yo. Como también he
apuntado antes, debido por una parte al conflicto de los
sistemas de la realidad y por otro a un proceso
necesario de su desarrollo, viene la división de los
sistemas de realidad; es decir: tiene que surgir la
reflexión. Por medio de la reflexión lo que era
actualidad se convierte en ideal; lo que era concreto en
abstracto; lo que era uno en múltiple. Por un lado
existe Dios; por otro, el mundo. Por un lado está el yo;
por otro las cosas. Todas las cosas son relativas y
acaban por rebelarse unas con otras. Que nuestros
primeros padres fueron expulsados del Paraíso al comer
del árbol de la ciencia, probablemente apunta a esta
verdad. La degeneración del hombre no es un hecho del
pasado; no fueron sólo Adán y Eva los que cayeron, sino
que tal caída se repite constantemente en nuestros
corazones. Sí, una vez más, pensamos profundamente sobre
estas cosas vendremos a la conclusión de que división y
reflexión no significa que se den tales funciones por
separado, sino que todas no son más que el desarrollo
unilateral de la función divisoria de esta unidad. En el
fondo de la división y la reflexión está incluida la
posibilidad de una unidad más profunda: la reflexión es
el camino para llegar a esta profunda unidad. (Alguien
ha dicho: "Aún el bueno va al Paraíso; cuánto más el
malo"). Para expresar su insondable unidad Dios debe en
primer lugar, por así decirlo, desintegrarse. Visto
desde cierto punto, el hombre es directamente la
autoconciencia de Dios. Si queremos usar los términos
cristianos diremos que porque se dio la caída de Adán,
Cristo vino a salvarnos y de este modo se hizo patente
el infinito amor de Dios.
¿Cómo, pues, explicar nuestra individualidad en este
contexto de las relaciones entre Dios y el mundo? Si
todo es expresión de Dios y Dios sólo es la verdadera
realidad, nuestra individualidad parece que habrá de
concebirse como una apariencia vacía; inconsistente como
pompa de jabón. Sin embargo, yo no creo que sea
necesario pensar de este modo. Por supuesto, no existe
ninguna individualidad independiente de Dios. Esto no
quiere decir que nuestra individualidad haya de ser
considerada como pura fantasía. Al contrario, podemos
considerarla como una parte del desarrollo de Dios; es
decir: se la puede considerar como una función divisoria
de Dios. Cada uno nacemos, conforme a la creencia común,
con una misión dada por Dios. De un modo semejante
nuestra individualidad es una división de la divinidad;
y el desarrollo de cada uno completa y perfecciona el
desarrollo de Dios. En este sentido se puede decir que
nuestra individualidad posee vida eterna y se
desenvuelve en un eterno desarrollo. (Cfr. el tratado de
Royce sobre la inmortalidad del alma). La relación entre
Dios y nuestra conciencia individual es la relación
entre la totalidad de la conciencia y una parte de ella.
En todos los fenómenos espirituales al mismo tiempo que
cada una de sus partes ha de estar bajo la unidad del
todo, cada una ha de ser una conciencia independiente.
(En los fenómenos espirituales cada parte es un fin en
sí mismo). Decir que todas las cosas son la expresión de
Dios no niega necesariamente la independencia de la
conciencia de cada hombre. Nuestra conciencia de cada
momento, por ejemplo, al mismo tiempo que está bajo la
unidad individual puede considerarse como una conciencia
independiente. Illingworth dice que una personalidad
necesariamente busca otra; porque en otra personalidad
el yo adquiere la satisfacción de su personalidad
completa. Es decir: el amor es una característica
indispensable de la persona. Reconocer la personalidad
de otro es precisamente reconocer la propia; de este
modo la relación por la cual mutuamente reconocemos
nuestra personalidad es precisamente el amor; y, en
cierto sentido, la fusión de ambas personalidades. En el
amor, al mismo tiempo que ambas personas se respetan y
mantienen su independencia paradójicamente se fusionan y
forman una sola personalidad. Si aplicamos esto a Dios,
tendremos que Dios, por ser amor infinito, al mismo
tiempo que incluye en él a todos los hombres, reconoce
la independencia de todos y cada uno.
Una objeción que suele hacerse al sistema panteísta es
la dificultad de explicar el origen del mal si todas las
cosas son expresión de Dios. En mi opinión,
originariamente no existe nada que pueda llamarse mal,
sino que todas las cosas en su origen son buenas. Los
espíritus religiosos suelen agotar todos sus recursos
oratorios para poner de manifiesto los males de la
carne; pero aún los deseos carnales no son absolutamente
malos; únicamente se convierten en tales cuando impiden
el avance del espíritu. Es más; si admitimos las teorías
evolucionistas éticas, lo que hoy consideramos como
pecado, en alguna época histórica, fue un acto moral. Es
decir: es una reliquia de la Ética del pasado y
únicamente porque no se adapta a la época presente puede
llamarse "mal". Si esto es así, el mal no se da en la
cosa. El mal surge por las contradicciones y conflictos
de los sistemas de realidad. Si se insiste en preguntar
por el origen de estos conflictos hay que responder que
estos se basan en la función divisoria de la realidad y
que son una condición necesaria en el desarrollo de la
realidad: la realidad avanza empujada por
contradicciones y conflictos. Como Mefistófeles que,
mientras buscaba el mal se consideraba a sí mismo parte
de la fuerza que produce el bien, puede decirse que el
mal es un elemento de los que forman el universo. Puesto
que el mal no es una función del avance unificador del
universo, no puede decirse que sea el fin al que tiende
el mundo. Sin embargo, hemos de reconocer que un mundo
sin sombra de pecado ni frustración, en perpetua calma y
seguridad, sería un mundo extremadamente monótono y
superficial. Quien no conoce lo que es el pecado no sabe
lo que es el amor de Dios. El que no sufre dolores ni
desengaños es incapaz de del profundo placer espiritual.
Pecado, desengaño y dolor son condiciones necesarias
para el avance espiritual de la humanidad. El espíritu
verdaderamente religioso no ve en estas cosas
contradicciones achacables a Dios, sino que percibe en
ella la gracia profunda de Dios. Porque se dan esas
cosas, en cierto sentido el mundo no cae en una
imperfección radical, sino que por el contrario gana en
riqueza y profundidad. Quitad al mundo esas realidades y
tendremos un mundo que no sólo ha perdido el camino de
su progreso espiritual, sino que se verá privado de
infinitas empresas espirituales. Vistas las cosas así,
si recordamos por otra parte que el mundo ha sido creado
con un sentido espiritual, no encontraremos la más
mínima imperfección en esas realidades, sino que más
bien vendremos a reconocer su necesidad y por qué son
imprescindibles. El pecado es aborrecible; pero no hay
en el mundo nada tan bello como el arrepentimiento.
Permítaseme la referencia a un pasaje de "De Profundis"
de Oscar Wilde. Cristo amó a los pecadores como a los
más próximos a la perfección humana. No buscaba
transformar a un bravo salteador de caminos en un justo
insoportablemente tedioso. Cristo, por medios totalmente
desconocidos en el mundo antes de su venida, transformó
el pecado y los sufrimientos en algo bello y divino.
Naturalmente que el pecador se ha de arrepentir. Y tal
arrepentimiento completa lo que Él hizo. Los griegos
pensaron que el hombre es impotente para cambiar su
pasado y tenían adagios que afirmaban que ni los dioses
podían cambiar el pasado. Pero Cristo afirmó que el más
vulgar de los pecadores tiene poder para hacer esto.
Cuando el hijo prodigo se arrodilló y rompió a llorar,
dice Wilde que Cristo aseguraría que el hijo pródigo en
aquel momento hizo de los pecados y dolores del pasado,
el tiempo más hermoso y divino en toda su vida. Wilde
fue un hombre que cometió pecados; por eso sabía bien lo
que es un pecado.

Capítulo quinto: inteligencia y amor
Este capítulo no lo escribí para este libro. pero como
me ha parecido que estaba íntimamente ligado con el
pensamiento del presente ensayo he decidido ponerlo
aquí.
Inteligencia y amor son tenidos aquí como dos funciones
espirituales totalmente diversas. Yo pienso, sin
embargo, que no son en modo alguno funciones
genéricamente distintas. ¿De qué función espiritual se
trata? Dicho en pocas palabras, se trata de una función
unificadora del sujeto y objeto. Es la función en la que
el yo se una con la cosa. La razón por la que
inteligencia es fusión de sujeto y objeto, es la
siguiente: nosotros conocemos el verdadero aspectos de
las cosas cuando, librándonos de las fantasías y
conjeturas del yo -es decir: todo lo que es subjetivo-
el yo se une con la pura objetividad que es, en
definitiva, el verdadero aspecto de las cosas. Decir,
por ejemplo, que las zonas oscuras de la luna son
conejos en la molienda de arroz, o que el terremoto es
una gato monstruoso que se mueve en las entrañas de la
tierra, es una fantasía subjetiva. Pero cuando dejando a
un lado esas fantasías subjetivas investigamos conforme
a los métodos científicos de la astronomía o geología
las leyes naturales que rigen esos fenómenos puramente
objetivos, estamos en condiciones de llegar al verdadero
aspecto de esos fenómenos. Cuanto más objetivos nos
hacemos, más cerca estamos de conocer el verdadero
aspecto de las cosas. La historia del avance científico
en estos miles de años nos muestra el camino por el que
los hombres, librándose de lo subjetivo, han ido en pos
de la objetividad. En segundo lugar, quisiera dar la
razón de por qué el amor es unión de sujeto y objeto.
Amar significa librarse del yo y unirse a lo otro. En la
unión del yo y lo otro, cuando no hay separación ninguna
entre ellos, surge el verdadero amor. Amar una flor es
unirnos a ella. Amar la luna es unirnos con ella. Cuando
la madre se identifica con el hijo y el hijo con la
madre, surge el amor materno-filial. Como está unida con
el hijo, la menor contrariedad o triunfo del hijo lo
siente la madre como triunfo o contrariedad propio. Y
porque el hijo se ha unido a la madre, cualquier alegría
o tristeza de ella la siente como propia. Conforme nos
apartamos del yo y del egoísmo, y nos hacemos más
puramente objetivos -es decir: desinteresados- el amor
se hace más grande y profundo. Del amor entre madre e
hijo y el de esposos se pasa al de amigos; y del amor de
amigo se pasa al amor del género humano. El amor de Buda
se extendió hasta los pájaros y animales, hierbas y
árboles. De este modo inteligencia y amor son idéntica
función espiritual. De aquí que para conocer una cosa
haya que amarla, y para amarla sea necesario conocerla.
Porque los matemáticos se despojan del yo, y aman los
principios matemáticos y se unen a ellos, les es posible
enuncia esos axiomas matemáticos. Los artistas aman la
naturaleza, se unen con ella al fundar el yo en ella, y
por eso penetran de un modo tan admirable en la
naturaleza. En cierto modo podemos decir que porque
conocemos a nuestro amigo, le amamos. Cuanto más
parecidas son las circunstancias en que nos movemos, más
parecidos son los pensamientos y los gustos; y cuanto
nuestra mutua comprensión se hace más profunda, la
simpatía gana en quilates. Si, sin embargo, separamos
ambas funciones y creemos que el amor es el resultado de
la inteligencia o que la inteligencia es el resultado
del amor, esto está indicando que aún no hemos llegado a
captar el verdadero aspecto del amor y la inteligencia.
Inteligencia es amor; amor es inteligencia. Cuando
estamos absortos, por ejemplo, en lo que agrada al yo,
somos casi inconscientes. En el olvido, más allá del yo,
una fuerza misteriosa superior al yo trabaja en
majestuosa soledad. En este momento no hay objeto ni
sujeto; es la verdadera unión de sujeto y objeto. En
este momento se ha logrado la equivalencia perfecta
entre inteligencia y amor, amor e inteligencia. Cuando
el corazón es absorbido por el misterio de los
principios matemáticos, y se olvida uno -perdido en
ellos- de dormir y comer, al mismo tiempo que los
conoce, ama esos principios matemáticos. Cuando nosotros
sentimos inmediatamente en el yo las alegrías y
tristezas de otra persona sin fisura entre el yo y el
otro, y nos reímos y lloramos juntos, en ese momento
amamos al otro y le estamos conociendo. Amar es intuir
los sentimientos del otro. Cuando uno alarga una mano
para coger a un niño que está a punto de caer a un
estanque, no hay lugar para que surja siquiera el
pensamiento de lo digno de amor que es el niño.
Suele decirse que el amor es sentimiento y que es fuerza
distinguirlo del puro conocimiento. Pero en los
fenómenos espirituales no existen los sentimientos
químicamente puros. Esta distinción no pasa de ser un
concepto abstracto formado por los psicólogos por
razones de conveniencia científica. La investigación
científica tiene que estar mantenida por un sentimiento,
y el amar a otro tiene que tener como base un género de
intuición. En mi opinión, la inteligencia ordinaria es
el conocimiento de un objeto impersonal. Por el
contrario, el amor es un conocimiento de un objeto
personal Aunque el objeto sea impersonal, es un
conocimiento del instante en que se le mira como
personal. La diferencia entre ambos no está en las
funciones espirituales en sí, sino más bien en el género
de objeto de que se trate. Y si, como muchos científicos
y filósofos han dicho, la sustancia de la realidad del
universo es algo personal, el amor es la fuerza para
comprender la sustancia de la realidad. Es el
conocimiento más profundo de las cosas. El conocimiento
que se deriva del análisis y la deducción no logra
traspasar la superficie de las cosas y llegar a su
realidad misma; sólo por el amor podemos llegar al
corazón de las cosas. El amor es la cima de la
inteligencia.
Después de haber examinado las relaciones entre
inteligencia y amor, permítaseme aplicarlas brevemente
al hecho religioso. La subjetividad es autosuficiencia (jiriki);
la objetividad es insuficiencia (tariki). Conocer una
cosa y amarla significa liberarnos del "jiriki" y entrar
en la esfera del tariki". Si la labor de toda la vida
del hombre no es otra cosa que inteligencia y amor,
nuestro trabajo diario se mueve en la esfera del "tariki".
Ciencia y moral son gloria de Buda. La religión es la
cumbre de estas funciones. La ciencia y la moral, en los
fenómenos distintivos particulares, están sumergidos en
la gloria del "tariki". La religión en la totalidad del
universo toca el absoluto: Buda mismo. Las expresiones,
"Padre, si es tu voluntad pase de mí este cáliz pero no
se haga mi voluntad sino la tuya" y "la oración a Buda
no es un medio de renacer en el Paraíso ni un modo de
evitar el infierno, sino más bien todo es no saber
nada", son el sentido último de la religión. Conocer
este Absoluto, infinito Buda o Dios, es sólo posible por
el amor. Amarle es precisamente conocerle. Los Vedas de
la India, la escuela neoplatónica, y la Puerta Sagrada
del Budismo hablan de conocerle; el Cristianismo y la
secta de Jodô hablan de amarle y confiar en Él. No es
que cada una de estas religiones no tenga sus
características. Pero en su esencia son idénticas. Dios
no es algo que pueda conocerse por análisis o
raciocinio. Si la esencia de la realidad es algo
personal, Dios es lo más personal. Conocer a Dios sólo
nos es posible a nosotros, hombres, por la intuición del
amor o la fe. Por eso los que dicen "yo no conozco a
Dios; yo solamente le amo o creo en Él", son los que
están mejor dotados para conocerle.
*(Extraído del “Ensayo sobre el bien”)

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