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1870-1945
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Al hablar del pensamiento político japonés debemos
tener en cuenta en un primer momento a Nishida,
considerado como el mayor filósofo japonés del siglo
XX, a sabiendas de que no es una tarea fácil por la
ambigüedad de su diálogo excesivamente
introspectivo.
El gobierno
militarista en todo momento hará un esfuerzo para no
prescindir de sus servicios propagandísticos, pero
¿verdaderamente lo consiguieron? A este gran
seguidor de la filosofía alemana la Guerra le afectó
muy personalmente y ello se demuestra en las líneas
que le dedica en su Diario, en donde en muchas
ocasiones se muestra irónico y crítico con la
estrategia expansionista. Pero tanto en sus obras
como en sus conferencias universitarias la
moderación fue determinante. Sus palabras eran
medidas con lupa y su poca precisión le hizo ganarse
enemigos en ambos bandos, unos le acusaban de apoyar
al régimen y otros de no ser lo suficientemente
claro en su posición respecto al divino Emperador.
Pero como afirma González Valles “Nishida acepta la
excelencia de la cultura japonesa y se siente
orgulloso de las cualidades primitivas del espíritu
japonés pero no la enaltece desde una óptica
exclusivista, sino que considera que hay otras
culturas que también son excelentes y poseen valores
dignos de estima e incluso de emulación”[12]. No se
puede absolutizar una cultura con pretensiones
legitimistas del poder totalitario, es lo que
vendría a pensar Nishida.
Todos los historiadores tienen claro, al igual que
sucederá con Heidegger en Alemania, que Nishida no
compartía las ideas ultranacionalistas y
expansionistas que el primer ministro Fumimaro
Kanoye presentó en 1940 como Nueva Estructura
Nacional ( Shintaisei). Como hemos visto no concibe
a Japón como un pueblo privilegiado, cuando defendía
una conciencia universalista con respecto a la
cultura muy fuertes. En todo caso fue muy presionado
en los últimos años de su vida por los grupos
militaristas y donde más patente se hace este hecho
es cuando se ve obligado a asistir a la Asociación
de Estados sobre Política Nacional, el 19 de Mayo de
1943, para pronunciarse a favor de la política
militarista. Este es probablemente el suceso que le
halla costado más críticas por parte de la oposición
al régimen totalitario. Le reprochan, no sin razón,
el no hablar manifestando tajantemente su
disconformidad como habían hecho otros compañeros de
la propia Escuela de Kioto.
Otro hecho importante que puede decantar la balanza
a favor de Nishida es que él era defensor y
practicante en su juventud del budismo zen y como
demuestra González Valles, “de haber intentado
ofrecer apoyo ideológico a los partidos del
absolutismo imperial, Nishida habría recurrido a la
tradición sintoísta como han hecho todas las
escuelas defensoras de las deidades ancestrales. Ni
en aspectos dogmáticos ni en cuanto a preceptos
morales ha sido nunca el budismo japonés fuente de
recursos apologéticos para el mikadismo o para el
fascismo”[13].
Pero vamos a ver en uno de sus escritos político la
ambigüedad característica de su pensamiento. Según
J. W. Heisig en su obra sobre la Escuela de Kioto
afirma que el problema de Nishida es haberse
intrometido en asuntos políticos cuando su
formación, muy filosófica, no era la apropiada. Este
hecho produjo que más de una vez “metiera la pata”.
En su obra Estado y filosofía, se observa muy bien
la presión a la que estaba sometido por sus
pretensiones excesivamente idealistas y
universalista del que hacía eco su pensamiento. En
unas pocas páginas podemos encontrar contradicciones
y sobre todo saltos abismales que deben tenerse en
cuenta. Por ejemplo, pasa de argumentar su posición
universalista - “debido a la situación actual del
mundo debe enteramente a ser uno, pero cada estado
debe ser enteramente nacionalista para sí. Además,
como medio entre esta multiplicidad y unidad se
requiere un mundo particular como la Esfera de
Coprosperidad”[14]- a en el siguiente párrafo abogar
por un sentimiento radicalmente japonés – “La
orientalización de los líderes del pensamiento y la
educación académica de nuestro país debe profundizar
totalmente el verdadero sentido del kokutai...”[15]-,
para terminar aclarando su posición antitotalitaria
– “la dirección de los líderes del pensamiento
dentro de nuestra nación no debe caer en el
totalitarismo comparable a un faccionalismo sino que
debe ser enteramente un cuerpo de justicia y equidad
formado por el gobernante y su pueblo (...)”[16].
Incluso concluye el texto aludiendo a una
justificación imperialista con tintes sintoístas-
“Según las Crónicas de Verdadero Linaje Divino del
Emperador el Gran Japón es el país de los dioses, y
en el kokukai de nuestra nación, que es incomparable
con otras cortes imperiales, se incluye una absoluta
mundialidad histórica”[17]- que entra en total
contraposición con ideas tan avanzadas en su tiempo,
como la idea primitiva de “globalización” mundial
que sostiene, tan anclada en nuestro tiempo
histórico- “Pienso que el mundo de hoy está en la
época de la autopercepción del mundo. Cada estado,
mediante la autopercepción de su propia misión
mundial debe constituir un mundo histórico-mundial,
es decir, un mundo global. Esta es la tarea
histórica de nuestro tiempo”[18].
Este doble lenguaje utilizado por Nishida
probablemente le salvó de una represaría por parte
del Estado, pero también por su utilización se ganó
muchos adversarios en la oposición antitotalitaria.
Fuera como fuese, en todo caso, retendremos como
modélicas para la Historia del pensamiento su
concepción universalista del mundo y las naciones.
Como sostienen tanto Gellner como A. Smith el papel
de los intelectuales como conductores del movimiento
nacionalista es esencial. En el caso de los
intelectuales académicos japoneses, canalizados
fundamentalmente en la Escuela de Kioto, estos no
fue totalmente así, como hemos visto en el caso de
Nishida, se pretendían los servicios de estos como
mera propaganda política ya la teoría expansionista
estaba muy clara desde el principio, una teoría
respaldada enormemente por las “mayorías
silenciosas”. En muchos casos más que ayudar, en el
caso de Japón estorbaron sobre todo si tomamos la
gran resistencia que tomaron los intelectuales del
ala marxistas, como por ejemplo el discípulo de
Nishida, Kiyoshi Miki. Aunque otros como Hajime
Tanabe, también discípulo de la Escuela de Kioto,
estuvieron más cercanos del ideal absolutista. Como
vemos los intelectuales entraron a formar parte o
no, en otros caso, de un proceso ya implantado, y
esto discordia totalmente de la teoría de M. Hroch
sobre el papel de los intelectuales en el proceso
nacional, que según él va de los propios
intelectuales a las masas sociales, interviniendo
entre medio cierto grupo de agitadores
profesionales. Incluso en este auge nacionalista que
se produjo a mediados de los años treinta surgieron
grupos de intelectuales anhelantes del pasado
glorioso japonés. Esto ocurre, por ejemplo, con lo
que se denomino como Escuela Romántica japonesa.
Lavelle se refiere a ellos, “El retorno a la vida
simple y pura de los antiguos japoneses, que implica
la fe absoluta en la doctrina imperial, es el
retorno a uno mismo”, además estos teorizaron sobre
el papel de los intelectuales en el Japón, “el
intelectual debe trocar el individualismo y el
racionalismo por el “no conocimiento” propio de las
masas. La guerra de 1937-1945 es sagrada, porque su
objetivo es la mundalización de este modelo”[19].
Incluso en clara referencia al Bushido alude a la
grandeza de la muerte en combate que demuestra la
verdadera naturaleza del espíritu japonés.

La exaltación nacionalista y militarista que se
vivió durante la Guerra provocó
un periodo de poca creatividad intelectual donde las
aportaciones culturales brillaron por su ausencia.
Los intelectuales japoneses se retiraron de su
actividad a la espera de la culminación del
conflicto. González Valles denomina al pensamiento
que se llevó a cabo durante el conflicto, como
“Filosofía del nacionalismo”. De este modo, la
crisis
de la filosofía japonesa alude al interés de este
trasfondo ideológico, en la medida en que, “si bien
la Guerra significó una cierta paralización de la
actividad intelectual, estuvo precedida por un
tiempo de gestación durante el cual se puso de
manifiesto con mayor o menor clarividencia la
filosofía y las motivaciones éticas que condujeron
en 1941 al choque armado con los Estados Unidos de
América”[11]. En torno a esta idea nos fijaremos
fundamentalmente en la que se denominó “Escuela de
Kioto” y cuyo fundador, al cual le dedicaremos más
líneas, fue Nishida Kitaro (1870.1945). Así el
propósito de este capítulo es ver como el Estado
influyó decisivamente en los intelectuales más
influyentes de la nación y como estos, a su vez,
sobre la situación que estaba viviendo el País.
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