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Nietzsche visto por Heidegger "El Nihilismo"
Platón, con cuyo
pensar comienza la metafísica, concibe el ente en
cuanto tal, es decir el ser del ente, como idea. Las
ideas son en cada caso lo uno
respecto de lo múltiple, lo cual sólo aparece bajo
su luz y sólo al aparecer así es.
En cuanto son este uno que unifica, las ideas
son al mismo tiempo lo consistente, verdadero, a
diferencia de lo cambiante y aparente. Comprendidas
desde la metafísica de la voluntad de poder, las
ideas tienen que ser pensadas como valores y las
unidades más altas como valores supremos. El propio
Platón aclara la esencia de la idea a partir de la
idea más alta, de la idea del
bien (gaFñn).
Pero «bien» es para los griegos aquello que hace
apto para algo y lo posibilita. Las ideas, en
cuanto ser, hacen al ente apto para ser algo
visible, o sea presente, es decir, para ser un
ente. Desde entonces el ser, en cuanto es lo
uno que unifica, tiene en toda metafísica el
carácter de «condición de
posibilidad». A este carácter del ser
Kant le ha dado, mediante la determinación
trascendental del ser como objetividad, una
interpretación determinada desde la subjetividad del
«Yo pienso». Nietzsche, desde la subjetividad de la
voluntad de poder, ha comprendido estas condiciones
de posibilidad como «valores».
El concepto
platónico del bien no contiene, sin embargo, el
pensamiento del valor. Las ideas de Platón no son
valores; en efecto, el ser del ente no ha sido aún
proyectado como voluntad de poder. No obstante,
Nietzsche, desde su posición
metafísica fundamental, puede interpretar la
comprensión platónico del ente, las ideas y por lo
tanto lo suprasensible, como valores. En esta
interpretación, toda la filosofía desde Platón se
convierte en metafísica de los valores. El ente en
cuanto tal se comprende en su totalidad desde lo
suprasensible y se reconoce a éste, al mismo tiempo,
como lo verdaderamente ente, ya sea lo suprasensible
en el sentido del Dios creador y redentor del
cristianismo, la ley moral, o la autoridad de la
razón, el progreso, la felicidad de la mayoría. En
todos los casos, lo sensible que está allí delante
se mide respecto de algo deseable, de un ideal. Toda
metafísica es platonismo. El cristianismo y las
formas de su secularización moderna son «platonismo
para el pueblo» (VII, 5). Lo deseable lo piensa
Nietzsche como «valores supremos». Toda metafísica
es un «sistema de estimaciones de valor o, como dice
Nietzsche, una moral, «entendida como doctrina de
las relaciones de dominio bajo las que se origina el
fenómeno "vida"» (Más allá del bien y del mal,
n. 19).
La
interpretación de toda metafísica llevada a cabo
desde el pensamiento del valor es la interpretación
«moral». Pero Nietzsche no realiza esta
interpretación de la metafísica y de su historia
como una consideración historiográfico-erudita del
pasado sino como una decisión histórica de lo
venidero. Si el pensamiento del valor se convierte
en hilo conductor de la reflexión histórica sobre la
metafísica en cuanto fundamento de la historia
occidental, esto quiere decir ante todo: la voluntad
de poder es el principio único de la posición de
valores. Allí donde la voluntad de poder osa
reconocerse como el carácter fundamental del ente,
todo tiene que estimarse en referencia a si
acrecienta o disminuye e inhibe la voluntad de
poder. En cuanto carácter fundamental, la voluntad
de poder condiciona todo ente en su ser. Esta
condición suprema del ente en cuanto tal es el valor
determinante.
Mientras que la
metafísica existente hasta el momento no conoce
propiamente a la voluntad de poder como principio de
la posición de valores, en la metafísica de
la voluntad de poder ésta se convierte en «principio
de una nueva posición de valores». Puesto que
desde la metafísica de la voluntad de poder toda
metafísica se comprende de modo moral como una
valoración, la metafísica de la voluntad de poder se
vuelve una posición de valor, una «nueva» posición
de valor. Su novedad consiste en una «transvaloración
de los valores validos hasta el momento».
Esta
transvaloración constituye la esencia acabada del
nihilismo. ¿Pero no dice ya el nombre nihilismo que
según esta doctrina todo es nulo y es nada, y que
toda voluntad y toda obra son vanas? Sólo que el
nihilismo, según el concepto de Nietzsche, no es una
doctrina y una opinión, ni significa en absoluto
aquello que quisiera sugerirnos una primera
comprensión del término: la disolución de todo en la
mera nada.
Nietzsche no ha
expuesto el conocimiento que tenía de nihilismo,
conocimiento que surge de la metafísica de la
voluntad de poder y que le pertenece esencialmente
a ella, con la trabada conexión
con la que se ofrecía a su visión metafísica
de la historia, cuya forma pura, sin embargo, no
conocemos ni nunca podremos llegar a descubrir a
partir de los fragmentos que se conservan. No
obstante, en el interior de su pensar, Nietzsche ha
pensado a fondo lo aludido por el título «nihilismo»
en todos los respectos, niveles y tipos esenciales
para él, y ha fijado los pensamientos en diferentes
anotaciones de diversa amplitud y diverso grado de
elaboración.
Una nota (La
voluntad de poder, n. 2) dice así:
«¿Qué significa nihilismo? Que los valores
supremos se desvalorizan. Falta el
fin; falta la respuesta al “¿por qué?”». El
nihilismo es el proceso de desvalorización de los
valores supremos válidos hasta el momento. La
caducidad de estos valores es el derrumbamiento de
la verdad sobre el ente en cuanto tal y en su
totalidad vigente hasta el momento. El proceso de
desvalorización de los valores supremos válidos
hasta el momento no es por lo tanto un suceso
histórico entre muchos otros sino el acontecimiento
fundamental de la historia occidental, historia
sostenida Y guiada por la metafísica. En la medida
en que la metafísica ha recibido mediante el
cristianismo un peculiar sello teológico, la
desvalorización de los valores vigentes hasta el
momento tiene que expresarse también de modo
teológico con la sentencia: «Dios ha huerto». «Dios»
alude aquí en general a lo suprasensible, lo cual,
en cuanto eterno mundo «verdadero», que está «más
allá», opuesto al mundo «terrenal» de aquí, se hace
valer como el fin propio y único. Cuando la fe
eclesiástico-cristiana palidece y pierde su dominio
mundano, no por ello desaparece el dominio de este
Dios. Por el contrario, su figura se disfraza, su
pretensión se endurece volviéndose irreconocible. En
lugar de la autoridad de Dios y de la Iglesia
aparece la autoridad de la conciencia, el dominio de
la razón, el dios del progreso histórico, el
instinto social.
Que se
desvaloricen los valores supremos válidos hasta el
momento quiere decir: esos ideales pierden su fuerza
de configurar historia. Pero si la «muerte de Dios»
y la caducidad de los valores supremos son el
nihilismo, ¿cómo puede afirmarse aún que el
nihilismo no es algo negativo? ¿Qué podría impulsar
la aniquilación que conduce a la nula nada de manera
más decidida que la muerte, y más aún la muerte de
Dios? Sólo que la desvalorización de los valores
supremos válidos hasta el momento, si bien
pertenece, como acontecer fundamental de la historia
occidental, al nihilismo, jamás
agota,
sin embargo, su esencia.
La
desvalorización de los valores supremos válidos
hasta el momento conduce en primer lugar a que el
mundo aparezca como carente de valor. Los valores
válidos hasta el momento se desvalorizan, pero el
ente en su totalidad permanece, y la necesidad de
erigir una verdad sobre el ente no hace más que
acrecentarse. Se abre paso la imprescindibilidad de
nuevos valores. Se anuncia la posición de nuevos
valores. Surge un estado intermedio por el que
atraviesa la actual historia del mundo. Este estado
intermedio lleva consigo que, al mismo tiempo, se
desee y hasta se opere la vuelta del mundo de
valores precedente y, sin embargo, se sienta y se
reconozca, aunque de mala gana, la presencia de un
nuevo mundo de valores. Este estado intermedio, en
el que los pueblos históricos de la tierra tienen
que decidir entre la decadencia o un nuevo comienzo,
durará tanto como se mantenga la apariencia de que
aún es posible salvar de la catástrofe al futuro
histórico con un equilibrio que medie entre los
viejos y los nuevos valores.
La
desvalorización de los valores supremos hasta el
momento no significa, sin embargo, sólo una pérdida
relativa de su validez, sino que «la desvalorización
es el total derribo de los valores válidos hasta el
momento». Esto implica la necesidad incondicional de
poner nuevos valores. La desvalorización de los
valores supremos hasta el momento es sólo la etapa
histórica previa de un curso histórico cuyo rasgo
fundamental se vuelve dominante como transvaloración
de todos los valores válidos hasta el
momento. La desvalorización de los valores supremos
hasta el momento queda de antemano integrada en
la transvaloración de todos los valores que
ocultamente se espera, por eso, el nihilismo no
opera en dirección de la mera nulidad. Su esencia
propia se encuentra en el modo afirmativo de una
liberación. El nihilismo es la desvalorización de
los valores válidos hasta el momento vuelta hacia
una total inversión de todos los valores. En esta
vuelta, que se extiende ampliamente hacia atrás y,
al mismo tiempo, hacia adelante, en esta
vuelta que se decide en todo momento, se oculta el
rasgo fundamental del nihilismo como historia.
Pero ¿qué
sentido tiene entonces la palabra negativa nihilismo
para referirse a lo que en esencia es afirmación? El
nombre asegura a la esencia afirmativa del nihilismo
el rigor supremo de lo incondicionado que desecha
toda mediación. Nihilismo quiere decir, entonces:
nada de las posiciones de valor
válidas hasta el momento debe ya valer, todo ente
tiene que cambiar en su totalidad,
es decir, tiene que ponerse en su totalidad bajo
condiciones diferentes. Apenas el mundo aparece sin
valor en virtud de la desvalorización de los valores
supremos hasta el momento, se abre paso algo
extremo, que a su vez sólo puede ser sustituido por
otro extremo (cfr. La voluntad de
poder, n. 55). La transvaloración
tiene que ser incondicionada y poner a todo ente en
una unidad originaria. La unidad
originaria-anticipadora-unificante constituye, sin
embargo, la esencia de la totalidad. En esa unidad
impera la determinación del "Ev que marca al ser
desde el amanecer de Occidente.
Puesto que la
dominación del caos desde la nueva posición de
valores ya está puesta por ésta bajo la ley de la
totalidad, toda participación humana en la ejecución
del nuevo orden tiene que llevar en sí la marca de
la totalidad. Con el nihilismo aflora históricamente
el dominio de lo «total». En ello se manifiesta el
rasgo fundamental, que pugna por salir a luz, de la
esencia propiamente afirmativa del nihilismo. La
totalidad no significa nunca, por cierto, un mero
acrecentamiento de lo parcial, pero tampoco es la
exageración de lo habitual, como si lo total pudiese
conseguirse jamás por medio de una ampliación y
alteración cuantitativa de lo ya existente. La
totalidad se funda siempre en la decisión
anticipadora de una inversión esencial. Por
eso también fracasa todo intento de computar lo
nuevo que surge de la inversión incondicionado
empleando los medios de los modos de pensar y
experimentar existentes hasta el momento.
Pero incluso
reconociendo el carácter afirmativo del nihilismo
europeo no alcanzamos aún su esencia más íntima;
pues el nihilismo no es ni sólo una historia ni
tampoco el rasgo esencial de la
historia occidental, sino que es la legalidad de tal
suceder, su «lógica». La posición de los valores
supremos, su falsificación, su desvalorización, el
aspecto temporalmente carente de valor del mundo, la
necesidad de suplantar los valores válidos hasta el
momento por otros nuevos, la nueva posición como
transvaloración, los estadios previos de esta
transvaloración , todo esto circunscribe una
legalidad propia de las estimaciones de valor en las
que tiene sus raíces la interpretación del mundo.
Esta legalidad
es la historicidad de la historia occidental,
experimentada desde la metafísica de la voluntad de
poder. En cuanto legalidad de la historia, el
nihilismo despliega una serie de diferentes estadios
y formas de sí mismo. Por ello, el simple término
nihilismo dice demasiado poco, ya que oscila dentro
de una pluralidad de sentidos. Nietzsche rechaza la
opinión de que el nihilismo sea la causa de la
decadencia señalando que, al ser la «lógica» de la
decadencia, impulsa precisamente más allá de ella.
La causa del nihilismo es, en cambio, la moral, en
el sentido de la instauración de ideales
supranaturales de lo verdadero, lo bueno y lo bello
que tienen validez «en sí». La posición de los
valores supremos pone al mismo tiempo la posibilidad
de su desvalorización, que comienza ya con el hecho
de que se muestren como inalcanzables. De ese modo,
la vida aparece como inepta y como lo menos
apropiada para realizar esos valores. Por eso, la
«forma preliminar» del nihilismo auténtico es el
pesimismo (La voluntad de poder,
n. 9).
El pesimismo
niega el mundo existente. Pero su negación es
ambigua. Puede querer simplemente la declinación y
la nada. Pero también puede rechazar lo existente y
abrir así una vía para una nueva configuración del
mundo. De este modo se despliega el pesimismo «como
fuerza». Éste tiene ojos para ver lo que es. Ve lo
peligroso y lo inseguro y busca las condiciones que
prometen hacerse dueño de la situación histórica. El
pesimismo proveniente de la fuerza está
caracterizado por la capacidad «analítica», con lo
cual Nietzsche no entiende el agitado deshilachar y
disolver la «situación historiográfica», sino el
separar y mostrar con frialdad, por el hecho de ya
saber, los fundamentos por los que el ente es tal
como es. El pesimismo que sólo ve la declinación
proviene, en cambio, de la «debilidad», busca en
todas partes lo aciago, está al acecho de las
posibilidades de fracaso y cree ver así el modo en
que sucederá todo. Lo comprende todo y para cada
situación es capaz de aportar una analogía del
pasado. Su característica es, a diferencia de la
«analítica», el «historicismo» (La
voluntad de poder, n. 10).
Ahora bien, por
esta ambigüedad del pesimismo llegan a
desarrollarse, sin embargo, posiciones extremas.
Éstas circunscriben un ámbito sólo desde el cual
emerge, en múltiples estadios, la auténtica esencia
del nihilismo. En primer lugar, se produce un
«estado intermedio». Por momentos se extiende el
«nihilismo incompleto», por momentos se atreve a
surgir ya el «nihilismo extremo». El «nihilismo
incompleto», si bien niega los valores supremos
válidos hasta el momento, no hace más que poner
nuevos ideales en el antiguo lugar (en lugar del
«cristianismo primitivo, «el comunismo»; en lugar
del «cristianismo dogmático», la «música
wagneriana»). Esta medianía retarda la decidida
destitución de los valores supremos. El retardo
oculta lo decisivo: que con la desvalorización de
los valores supremos válidos hasta el momento tiene
que eliminarse sobre todo el lugar que les es
adecuado, lo «suprasensible» existente en sí.
Para volverse
completo, el nihilismo tiene que pasar por los
«extremos». El «nihilismo extremo» reconoce que no
hay una «verdad eterna en sí». Pero en la medida en
que contenta con esta comprensión y contempla la
decadencia de los valores supremos válidos hasta el
momento, resulta «pasivo». El nihilismo «activo, por
el contrario, interviene, revoluciona, saliéndose
del modo de vivir anterior e infundiendo a lo que
quiere morir con mayor razón «el deseo del final» (La
voluntad de poder, n. 1055).
¿Y a pesar de
ello, este nihilismo no sería negativo? ¿No confirma
el propio Nietzsche el carácter puramente negativo
del nihilismo en esa expresiva descripción
del nihilista que reza así (La voluntad de
poder, n. 585 A): «Un nihilista es el
hombre que, del mundo tal Como es, juzga que no
debería ser, y del mundo que debería ser, que no
existe»? Aquí, efectivamente, con una doble
negación se niega absolutamente todo: primero, el
mundo que está allí delante, y lugo, al mismo
tiempo, el mundo suprasensible deseable desde ese
mundo que está allí delante, el ideal. Pero detrás
de esta doble negación está ya la afirmación única
de un mundo que repudia lo habido hasta el momento,
instituye lo nuevo desde sí mismo y no conoce ya un
mundo superior existente en sí.
El nihilismo
extremo pero activo desaloja los valores válidos
hasta el momento junto con su «espacio» (lo
suprasensible) y da espacio por vez primera a las
posibilidades de una nueva posición de valores. En
referencia a este carácter del nihilismo extremo de
crear espacios y salir a campo abierto, Nietzsche
habla también de «nihilismo extático» (La
voluntad de poder, n. 1055). Dando el
aspecto de quedarse en la simple negación, éste no
afirma ni algo que esté allí delante ni un ideal,
pero sí el «principio de la estimación de
valores»: la voluntad de poder.
Apenas a ésta se la comprende y asume expresamente
como fundamento y medida de toda posición de
valores, el nihilismo ya ha encontrado su esencia
afirmativa, ha superado y englobado su incompletitud
y se ha vuelto así completo. El nihilismo extático
se convierte en «nihilismo clásico». Como tal
comprende Nietzsche su propia metafísica. Allí donde
la voluntad de poder es el principio que se ha
adoptado para la posición de valores, el nihilismo
se convierte en el «ideal del supremo poderío
del espíritu» (La voluntad de poder,
n. 14). En la medida en que se niega todo ente
existente en sí y se afirma la voluntad de poder
como origen y medida del crear, «el nihilismo podría
ser un modo divino de pensar» (La
voluntad de poder, n. 15). Se
está pensando en la divinidad del dios Dionisos.
No es posible
decir de un modo más afirmativo la esencia
afirmativa del nihilismo. De acuerdo con su completo
concepto metafísico, el nihilismo es, entonces, la
historia de la aniquilación de los valores supremos
hasta el momento sobre la base de una
transvaloración operante por anticipado que reconoce
conscientemente a la voluntad de poder como
principio de la posición de valores. Por eso,
transvaloración no quiere decir sólo que en el mismo
lugar antiguo de los valores válidos hasta el
momento se ponen otros nuevos, sino que la expresión
quiere decir siempre y ante todo
que el lugar mismo
recibe una nueva determinación.
Esto implica:
sólo en la trans-valoración son puestos los valores
como valores, es decir,
comprendidos en su fundamento esencial como
condiciones de la voluntad de poder. La esencia de
ésta da la posibilidad de pensar metafísicamente «lo
dionisíaco».
Pensado
estrictamente, la trans-valoración [ Um-wertung]
es el repensar [Um-denken] del
ente en cuanto tal en su totalidad en referencia a
«valores». Esto implica: el carácter fundamental
del ente en cuanto tal es la voluntad de poder. Sólo
como nihilismo «clásico» llega el nihilismo a su
propia esencia. Pensado de modo «clásico», el
«nihilismo» es al mismo tiempo el título para la
esencia histórica de la metafísica, en la medida en
que la verdad sobre el ente en cuanto tal en
su totalidad llega a su acabamiento en la metafísica
de la voluntad de poder y su historia se interpreta
por medio de ella.
Pero si el ente
en cuanto tal es voluntad de poder, ¿cómo se
determina entonces para Nietzsche la totalidad del
ente en total? En el sentido de la metafísica que
pone valores y transvalora, de la metafísica del
nihilismo clásico, esta pregunta reza así: ¿qué
valor tiene la totalidad del ente?
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