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Obviamente, la arquitectura, la filosofía o la escultura se
beneficiaron del hecho cierto de que muchas de las obras de
la antigüedad greco-romana todavía se mantenían en pie y
porque gran número de los viejos tratados y escritos
doctrinales o poéticos se habían conservado también a través
de Bizancio y de las traducciones árabes. Era, pues, posible
remitirse a los modelos clásicos, examinarlos y tomarlos
como referencia y guía. Pero en la música eso resultaba
sencillamente imposible, porque de la práctica musical
antigua no se conservaba nada. Y esa ausencia de referencias
válidas es precisamente el gran problema del "renacimiento"
aplicado a la música, cuya naturaleza inmaterial, lo efímero
del fenómeno sonoro y la ausencia entre los antiguos de una
tradición musical escrita impedían de raíz cualquier
planteamiento real de restauración. Sólo dos o tres
fragmentos, insignificantes, de música de la Antigüedad eran
conocidos, y resultaban inútiles para cualquier intento
serio de considerarlos como modelos. Había, sí, abundantes
noticias escritas que se referían a la música desde variados
de vista: teóricos, filosóficos, literarios, físicos,
psicológicos... pero de música propiamente dicha, nada en
absoluto. No puede extrañar por tanto que la práctica
evolucionada de la polifonía medieval siguiese
desarrollándose, desde Dufay a Monteverdi, en un sentido
lineal, continuo, específicamente musical y ya
suficientemente maduro en el momento en que por las
academias y cenáculos se propaga la moda de la Antigüedad,
que alcanzará su apogeo justo al mismo tiempo en que
Palestrina, Lasso o Victoria llevan a su culminación un
proceso evolutivo perfectamente coherente desde la época de
Machaut y de Landino.

Desde una óptica formal y técnica los productos musicales
del período tal vez no presentan destacados signos
"renacentistas", pero si los observamos desde el punto de
vista de los postulados estéticos del Humanismo, hallaremos
ciertos rasgos que, aunque sutiles al principio, terminaron
por revelar su capacidad de dar un sesgo total al arte de la
música.
Y uno de esos rasgos, acaso el más evidente, exige que las
palabras cantadas puedan percibirse con claridad y que la
música contribuya a subrayar el sentido de las mismas. Hasta
las décadas finales del siglo XV, el compositor no tiene
especialmente en cuenta el sentido de los textos sobre los
que trabaja y su preocupación esencial consiste en la
resolución de los problemas técnicos de la conducción de las
voces polifónicas, pero a partir de Josquin des Prés y los
músicos de su generación se hace evidente un interés cada
vez mayor por explorar los recursos musicales que potencien
el significado del texto.

Los procedimientos de construcción musical también
evolucionaban: el viejo sistema medieval de componer a base
de melodías superpuestas se había transformado en un
complejo contrapunto imitativo en el que las voces se funden
en un conjunto que, más allá de la mera suma de sus partes,
adquiere sentido propio. Pero si desde un punto de vista
exclusivamente musical eso significa un gran
perfeccionamiento, también es verdad que la inteligibilidad
del texto queda seriamente comprometida, lo cual crea una
severa contradicción con las tendencias humanistas. La
superación de esa paradoja se producirá en una doble
dirección: por una parte, a lo largo del siglo XVI se irá
destacando del conjunto polifónico la importancia de una voz
más "cantable", que con creciente frecuencia será la más
aguda; por otra parte, el desarrollo de una música
instrumental apta para el recreo de una clase acomodada en
ascenso, la burguesía, pasaba por adaptar la música
polifónica a los instrumentos capaces de tocarla (laúd,
órgano, cémbalo, arpa) lo que en muchas ocasiones no podía
hacerse de una forma completa y entonces se procuraba tocar
íntegramente la melodía superior y el bajo, la voz más
grave, quedando reducidas las voces intermedias a una
especie de relleno que completaba las consonancias.
Estos procesos tienen como resultado final una mayor
relevancia de la voz superior que se percibe destacada del
resto, potenciando un cambio importante en la forma de
concebir y ejecutar la obra musical: en lugar de varias
melodías simultáneas, superpuestas horizontalmente, se irá
dando cada vez mayor importancia a las relaciones sonoras
"verticales", cuyo juego de consonancias y disonancias, como
si de los soportes y los vanos de un puente se tratase,
constituyen el acompañamiento de una sola melodía
susceptible de concentrar en su diseño la expresividad de un
texto determinado. Dicho de la forma más resumida, se trata
de la sustitución del contrapunto por un nuevo concepto
basado en la armonía.

Entre tanto, mientras la polifonía alcanza su más alto nivel
de expresión y equilibrio en este su "siglo de oro" y, al
tiempo, empieza a desarrollarse un nuevo estilo dramático,
tiene lugar un hecho de la mayor trascendencia: la música
instrumental se libera de su servidumbre a la música vocal y
emprende un camino propio (ya señalado por los organistas
del siglo anterior) que pronto exigirá formas propias y una
atención muy especial por parte de los compositores e
intérpretes
.

Siguiendo el desarrollo de las diferentes líneas que hemos
apuntado (y que serán objeto de otros artículos monográficos
en MELÓMANO), a medida que vaya definiéndose un lenguaje
específico para la música instrumental y a medida que las
melodías vocales vayan dotándose de un sentimiento dramático
y emotivo individualizado, en íntima fusión con el texto, se
habrá completado el proceso y estaremos a las puertas de una
nuevo período en la historia de la música. Pero eso no
sucederá hasta los últimos años del siglo XVI y nos
enfrentará a una nueva paradoja: la música que de ahí surja,
como consecuencia de los esfuerzos humanistas para la
restauración del drama y la música de la Antigüedad, no
resultará ser el imposible "Renacimiento" de una remota
práctica desconocida, sino la invención de un género
completamente nuevo (el dramma per musica, la ópera en suma)
y además, por si esto no bastara, su inicial impulso
renacentista resultará abocado a la génesis de una nueva
estética y una nueva sensibilidad, que las generaciones
posteriores conoceremos como la época del Barroco.

Última
Modificación: 1 de Marzo MMVII
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