por Crypt Vihâra

 

Monsu Desiderio

Monsu Desiderio, tanto por su arte como por su propia vida es de los artistas más enigmáticos que uno puede haber encontrado. Sus cuadros, durante siglos olvidados entre el polvo, fueron recuperados en fecha relativamente reciente. Solo hace escasas décadas ha podido descubrirse quien se escondía bajo la firma de Monsu Desiderio. Disipar las sombras que cubrían a este desconocido pintor de principios del siglo XVII fue una labor ardua que, en ocasiones, se aproximo a lo imposible. De Monsu Desiderio, en total, se conservan menos de cien obras aceptadas como suyas. De ellas más de la mitad están en Estados Unidos. Excepto un corto número de cuadros presentes en alguna apartada iglesia napolitana, u ocultos en las reservas de algún museo, la mayoría de los lienzos pertenecen a colecciones privadas y quedan inaccesibles al público. Una excepción interesante son cuatro obras expuestas en el Museo de Artes Decorativas de París.


 

¿Quién fue Monsu Desiderio? El decir que era enigmático y desconocido, no es una simple frase retórica. Cuando, a raíz de lo extraño y original de su pintura, los cuadros empezaron a llamar la atención de los críticos, la sorpresa fue darse cuenta de que no había datos del autor: biográficos ninguno, y bibliográficos casi tampoco. Investigando se encontró que el primer lugar en el que aparece nombrado es en un libro de Bernardo de Dominici publicado en 1742. En "Vite dei Pittore, Scultori ed Architteti Napolitani", y en un capitulo dedicado a Belisario Corenzio, Bernardo de Dominici cita dos grandes cuadros de Monsu Desiderio que describe como panorámicas de la plaza de San Domenico Maggiore de Nápoles, y en las que las figuras fueron ejecutadas por Belisario Corenzio. Estas pinturas son de composición convencional y acordes a su tiempo. En ellas lo mágico brilla por su ausencia.

 


Torre de Babel

Por otra parte, en el museo Rohrau (cerca de Viena) se sabía de la existencia de cinco cuadros de Monsu Desiderio. El conde Algus Thomas Raymond von Harrach, austríaco, Virrey de Nápoles entre 1728-1733, los compró durante su estancia en Italia. De regreso a su país quedaron en el castillo familiar (hoy en día un prestigioso museo). En estas obras sí encontramos al Monsu Desiderio proyectador de arquitecturas imaginarias. Los registros de la época le sitúan en el Nápoles de l640, y se le describe como "pintor de arquitecturas irreales".


 

A medida que aumenta el interés por Monsu Desiderio todo es cada vez más confuso. Junto a la falta de referencias personales, resulta desconcertante la enorme dicotomía de su pintura. Firmados por Monsu Desiderio aparecen cuadros de inspiración contradictoria: unos son de un esmerado realismo; en otros, emerge lo fantasmal y lo onírico; la desmesura, la violencia y el drama. ¿Cómo explicar dos vertientes creativas tan distanciadas? A esta situación de por sí ya complicada hay que añadir el hallazgo (en inventarios o subastas) de imitaciones coetáneas y copias fraudulentas. A todas luces Monsu Desiderio parece ser un personaje impenetrable y secreto.


 

Monsu Desiderio

¿Quién fue realmente Monsu Desiderio? ¿Dónde nació? ¿Era de verdad napolitano? ¿Cuál es el origen de su atracción por lo apocalíptico y la poética de lo negro? La primera luz a tantas interrogantes la aporta Louis Demonts. Se conocía el hecho de que, en general, en Italia a todo extranjero que hablara francés se le llamaba Monsu (de Monsieur) seguido de su nombre y no de su apellido. Así Monsu Claudio no era otro que François Claude Gelée (1600-1682), apodado Lorrain; y de la misma manera, Nicolás Poussin (1594- 1665) quedó bautizado como Monsu Nicolas. Louis Demonts, con relación a una pintura de Desiderio ofertada al Louvre (museo que ya poseía algún cuadro de este autor), afirma que Monsu Desiderio seguramente era francés y no napolitano. Afinando más, y a la vista del tratamiento de los colores, sugiere que puede tratarse de un francés del este. Esta intuición de Louis Demonts estimula la continuación de las indagaciones.


 

Recientes cuadros encontrados de Monsu Desiderio evidencian aún más las diferencias tanto técnicas como inspirativas. Algunos estudiosos apuntan la posibilidad de que las obras, aun con una misma firma, se deban a más de una mano. ¿Quizás un taller? Esta fue la nueva tesis de trabajo.


 

A Felix Sluys (psicoanalista belga apasionado del arte) se debe un paso de vital importancia para desvelar tantas incógnitas. Felix Sluys, en una visita al museo de Nápoles encuentra en la parte posterior de "Vista de Nápoles" (cuadro atribuido a Monsu Desiderio) la inscripción "Desiderius Barra, ex civitate metensi in Lotharingia. F. 1647". En los archivos de Metz, se localiza a una familia Barra que vivió en aquel tiempo y que tuvo un hijo llamado Didier (Desiderio es la traducción latina de Didier) Didier Barra, que abandonó su ciudad rumbo a Italia a la edad de dieciocho años. Al parecer se instaló en Nápoles hacia 1609, y recibe el nombre de Monsu Desiderio.


 

M. Raffaelo Causa, conservador del Museo de Nápoles, realizó las revelaciones definitivas sobre el tema. En 1956 presenta un artículo en el cual queda demostrado de manera irrefutable que diversas telas atribuidas a Monsu Desiderio están firmadas por François Nomé. Otras rúbricas son análogas: Franciscus di Nome, Francisco Didhome o Francisco Desiderio. M. Raffaelo Causa investiga sobre este nuevo personaje que entra en escena y, con datos absolutamente fiables, demuestra que François Nomé, nacido en Metz sobre 1543, llegó a Nápoles alrededor de 1610 y, junto con Didier Barra, pinta cuadros y trabaja en decoraciones.


 

Monsu Desiderio - "La Torre de Babel"

Por fin tantas preguntas reciben respuesta, pero ésta no puede ser más paradójica: Monsu Desiderio se ha dividido, y el que será el verdadero Desiderio de los dos es precisamente el que se llama de otro modo. François Nomé, al parecer por voluntad familiar y en busca de mejores perspectivas de vida, abandona Lorena siendo un niño. Llega a Roma con ocho años. Como aprendiz en el taller de un llamado, Saltazar Lauwers, se inicia en los secretos de los pinceles y los grabados. El joven François Nomé crece en un ambiente pictórico en el que coexisten europeos, manieristas, toscanos y venecianos. Hace amistad con Agostino Tassi y Antonio Tempestà, y se cruza con Lorrain (François Claude Gelée / 1600-1682) que acude a Florencia invitado por los Médicis. En 1609 François Nomé abandona Roma con destino a Nápoles. En esta ciudad se encuentra con su compatriota, Desiderio Barra, y deciden trabajar juntos. Desiderio Barra es un realista minucioso y preciso especializado en panoramicas. François Nomé añade a las pinturas el elemento fantástico. Una de las primeras obras resultantes de esta unión es "La Torre de Babel".


 

En este cuadro, sobrecogedor por la extraña aura que transmite, la construcción crece en dirección a un cielo tenebroso. Los obreros trabajan en un edificio quimérico que quiere abandonar el suelo, un tenue velo cubre el lienzo dorado. Si nos fijamos con detalle, los grupos escultóricos parecen ser actores sobre un descabellado escenario. Fantasmagóricos seres de mármol que observan desde una columna o dialogan encima de un arco. Y ahí están presentes los elementos insólitos: el toro, el buitre y la cabeza de un caballo. Y el monarca escucha las explicaciones de los artistas (autorretratos de Desiderio Barra y François Nomé) que le enseñan los planos. Y la torre, aun con toda su aparente solidez, nos emite una intangible sensación de ingravidez y ensueño. "La Torre de Babel" les da prestigio y Desiderio Barra y François Nomé deciden seguir colaborando.


 

En su taller napolitano ambos conjugan durante un largo período dos personalidades opuestas. Así pues, Monsu Desiderio se ha desdoblado, son dos artistas, dos manos distintas, que pintan un mismo cuadro. Sin embargo, tampoco es tan sencillo. Un taller ocupa más individuos, y los maestros combinan de manera variable dosis de su genio en cada cuadro o, en ocasiones, pintan individualmente. Junto a François Nomé y Desiderio Barra un tercer pintor (hasta ahora anónimo) parece ser que imitaba a François Nomé. Tal verdad es descubierta entre archivos, estudios y amarillentos papeles donde se explica perfectamente la doble vertiente creativa, la dicotomía, de Monsu Desiderio.


 

¿Pero y el nombre de Monsu Desiderio a quién corresponde realmente? Paradoja de paradojas, la historia ha jugado con los nombres. Didier Barra sigue siempre fiel a su mundo de arquitecturas concretas. François Nomé no sólo persiste en sus arquitecturas irreales sino que cada vez pone más de manifiesto sus extrañas obsesiones. Didier Barra en vida fue más vendible y apreciado, pero François Nomé, por su atractiva singularidad, ha trascendido a los siglos. Curiosamente, al trabajar en el mismo sitio y pintar obras juntos, François Nome pasa a la posteridad con la firma de un taller que tiene el nombre de otro.


 

Así pues Monsu Desiderio no es Didier Barra como se pensó en un principio, sino el alucinógeno François Nomé.


 

Pero una vez desvelado el secreto de quién es el verdadero Monsu Desiderio, ¿dónde situar su pintura? ¿Cómo interpretar su personal y misterioso arte? François Nomé crece bajo la influencia del Concilio de Trento, la Contrarreforma y la disciplina inquisidora del Indice y el Oratorio. Son años en los que un fatigado manierismo deja paso al brillante barroco; un barroco que frente a la sobriedad del Renacimiento libera la imaginación y lo simbólico. En lo pictórico Italia asiste al enfrentamiento de dos concepciones artísticas: por una parte el tenebrismo naturalista del audaz Caravaggio (Michelangelo Merisi / 1571-1610), por otra, el clasicismo adaptado a la voluntad del clero romano que ofrece Anibal Carraci. En Roma, François Nomé: asiste a esta polémica y de Caravaggio son en parte sus claroscuros y los efectos lumínicos. Mas François Nomé quiere ante todo ser él mismo.


 

Cuando llega a Nápoles la ciudad está bajo la autoridad de un virrey español y lo hispano es lo predominante. El valenciano Ribera (José de Ribera, Lo Spagnoletto / 1591-1652), es por entonces el pintor con mayor prestigio. Nápoles es una ciudad de conventos, iglesias y órdenes religiosas pero, a diferencia de Roma, también de tumulto y fiestas ostentosas. Nápoles es única y se edifica por todas partes. Su febril actividad atrae a jóvenes extranjeros en busca de fama y fortuna. En su etapa romana François Nomé (o sea el futuro Monsu Desiderio) se ha maravillado ante estampas y grabados, y conoce ya las obras de Hiëronymus Bosch (Jheronimus Bos, seudónimo de Jerome Van Aeken, también llamado Jeroen Anthoniszoon / 1450-1516), Pieter Brueghel (Pieter Bruegel de Oudere / 1525-1569) y Hiëronymus Cock. Adolescente, se sienta en antiguas plazas rebosantes de pasado y, con los ojos cerrados, evoca el encanto de una Venecia que desconoce. Su amigo Antonio Tempestà le trae de Florencia decorados barrocos para fiestas y teatro del famoso Parigi. François Nomé no los olvidará nunca. Entra en catacumbas y, sofocado, entre el polvo y el denso olor de las paredes, recuerda martirios y persecuciones sufridas por los primitivos cristianos.


 

Monsu Desiderio

En Nápoles, su delirante mente integra todas estas experiencias en un éxtasis visionario y construye su propio teatro. Un teatro imaginario y asombroso en el que las arquitecturas están inventadas y los actores son palacios, columnas y estatuas, tormentas, volcanes y terremotos... La violencia de las fuerzas sobrenaturales que asaltan al hombre por sorpresa mostrando toda su grandeza. A la ensoñación de "La Torre de Babel" François Nomé añade la inestabilidad de la materia y lo corpóreo: templos y palacios constantemente se derrumban arrastrando en su caída a las esculturas. Y un turbio mar se muestra amenazante. Y el cielo es azufre y fuego entre nubes que presagian una tragedia que es inevitable. Una nave de altas columnas e inquietantes esculturas se baña en dorados. Al fondo, en el ábside, la cruz emerge difusa a través de una luz pálida. En el techo, una incierta penumbra parece querer advertirnos de algo. La catedral, segura y esbelta, levanta su arquitectura hacia el firmamento y, en el interior, la liturgia de siglos convierte a los santos en inmortales. Todo en su sitio, perfecto; todo, como siempre, inmóvil y perenne. Solo silencio, roto por algún sonido solitario... mas, súbitamente, la realidad se fragmenta y el sólido templo se derrumba: polvo y fuego mientras caen las columnas entre el atronador lamento de las piedras, y las estatuas, de repente vivas, giran sus vacíos ojos mirando al cielo. Y todo es huida y desconcierto, pánico ante la desconocida violencia desatada en un momento. La destrucción es el nuevo héroe que se dirige a nosotros, insignificantes hombres, para hablarnos de lo eterno.


 

François Nomé se convierte en Monsu Desiderio, y él, que sin duda en la infancia asistió a luchas fratricidas de religión en que pueblos ardían y se quemaba a gente en las hogueras, en Italia sufre la opresión de la Curia Romana. Místicamente piensa en santos y mártires (sangre, fuego y sufrimiento) y quiere hablarnos de que todo es perecedero. Atenazado por contradicciones insalvables se rebela con un arte que es considerado erróneo y, aterrado, proyecta su miedo a los pinceles. Sus cuadros son la concreción de fantasías desgarradoras. Lo religioso se funde con supersticiones populares y paganas. La idea de muerte le cautiva y la destrucción, el caos y lo apocalíptico le apasiona. Monsu Desiderio deforma la realidad y nos presenta un futuro dramático y desolado a través del cual nos quiere advertir de la presencia de lo eterno.

 

 

 

 

 

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