|
Yukio Mishima 村上 春樹 1925-1970
EL muchacho que escribía poesía
Confesiones
de una máscara (仮面の告白; Kamen no kokohaku), 1948.
Comentarios de Juan Antonio Cebrián y Jesús Callejos
La
mort... nous affecte plus profondément sous
UNA playa, cercana al extremo sur de la península de Izu, aún permanece inviolada para los bañistas. El fondo del mar es allí pedregoso y accidentado, el oleaje un poco fuerte, pero el agua es límpida y el declive suave. Reúne condiciones excelentes para los nadadores. Por estar completamente fuera de camino, A. Beach no tiene las estridencias ni la suciedad de los lugares frecuentados en las cercanías de Tokio. Está situada a dos horas de ómnibus de Itó. La única hostería es, prácticamente, la de Eirakusö, que también ofrece casitas en alquiler. Sólo cuenta con uno o dos quioscos de refrescos de los que, generalmente, afean las playas en verano. La arena es blanca y abundante y a medio camino hacia la playa, una roca, coronada de pinos, se inclina sobre el mar como si resultara de la obra de un paisajista. Al subir la marea queda semi-sumergida por las aguas. La vista es hermosísima. Cuando el viento del oeste trae la niebla del mar, las islas lejanas se vuelven visibles. Oshima al alcance de la mano y Toshima más alejada y, entre ellas, una pequeña isla triangular llamada Utoneshima. Detrás del promontorio de Nanago yace Cabo Sakai, parte de la misma masa montañosa, que echa profundamente sus raíces en el mar. Más allá se divisan el cabo conocido como el Palacio del Dragón de Yatsu y el cabo Tsumeki, en cuyo extremo sur se enciende un faro por las noches. Tomoko Ikuta dormía la siesta en su habitación del Eirakusö. Era madre de tres hijos aun cuando resultaba imposible imaginarlo al contemplar su cuerpo sumido en el sueño. Las rodillas asomaban bajo el corto vestido de lino rosa salmón. Los brazos llenos, la expresión confiada y los labios ligeramente curvados transmitían una frescura de niña. La transpiración mojaba su frente y los costados de su nariz. Las moscas zumbaban pesadamente y la atmósfera era semejante a la que reina bajo un techo de metal caldeado. El lino rosa salmón se agitaba apenas como si fuera parte de aquella tarde pesada y sin viento. La mayoría de los huéspedes habían bajado a la playa. La habitación de Tomoko estaba situada en el segundo piso. Debajo de su ventana se balanceaba una blanca hamaca para niños. Se habían distribuido mesas y sillas sobre el césped y no faltaba tampoco una estaca para jugar al tejo. Parte del juego yacía en desorden. No había nadie a la vista y el zumbido ocasional de una abeja era ahogado por las olas que rompían más allá del cerco donde los pinos se erguían para perderse, luego, en la arena. Un curso de agua pasaba debajo de la hostería, y formaba un estanque antes de hundirse en el océano. Todas las tardes, catorce o quince patos nadaban y eran alimentados allí, mostrando bien a las claras que eran parte integrante del lugar. Tomoko tenía dos hijos, Kiyoo y Katsuo, de seis y tres años de edad, y una hija, Keiko, de cinco. Los tres estaban en la playa con Yasue, la cuñada de Tomoko. Tomoko no sintió escrúpulos en pedir a Yasue que se ocupara de los niños mientras ella se otorgaba un corto descanso. Yasue era solterona. Necesitaba de ayuda después del nacimiento de Kiyoo. Tomoko lo había consultado con su marido y había invitado a Yasue, que vivía en la provincia. No había ninguna razón en particular para que Yasue no se hubiera casado. No era particularmente atractiva, pero tampoco fea. Había rehusado partido tras partido hasta pasar la edad del matrimonio. Atraída por la idea de convivir con su hermano en Tokio había aceptado la invitación de Tomoko. Su familia abrigaba el plan de casarla con una celebridad provinciana. Yasue estaba lejos de poseer una mente brillante, pero era bondadosa y se dirigía a Tomoko, más joven que ella, como a una hermana menor hacia la cual sentía la mayor deferencia. El acento de Kanazawa había casi desaparecido. Además de ayudar con los niños y en las labores de la casa, Yasue asistía a una escuela de corte y confección en la que cosía vestidos para ella, Tomoko y los chicos. Sacaba su cuaderno de apuntes frente a los escaparates y copiaba los modelos exhibidos en ellos bajo la mirada reprobadora y también las reprimendas de alguna vendedora. En aquel momento llevaba una elegante malla verde que no era obra suya, sino una compra efectuada en las grandes tiendas de la ciudad. Estaba orgullosa de su tez pálida, típica de las comarcas del norte, y apenas mostraba las huellas del sol. Los niños habían construido un castillo de arena a orillas del mar y Yasue se divertía haciendo caer la arena húmeda sobre su pierna blanquísima. La arena se secaba de inmediato y brillaba entremezclada con pequeños fragmentos de caracoles. Yasue se limpió bruscamente, atemorizada ante la idea de mancharse. Un insecto semitransparente saltó de la arena y se alejó rápidamente! Yasue estiró las piernas y se apoyó en sus manos. Observó el mar. Grandes masas de nubes se elevaban inmensas en su tranquila majestad. Parecían absorber todo sonido, incluso el clamor del mar. Era el apogeo del verano y los rayos del sol se habían vuelto agresivos. Los chicos se cansaron del castillo de arena y se alejaron corriendo y salpicando. Arrancada abruptamente al pequeño mundo privado y confortable en el que se había refugiado, Yasue corrió tras ellos. Pero no cometieron ninguna imprudencia. El fragor de las olas les infundía temor. Había un suave declive más allá de la rompiente. Kiyoo y Keiko, tomados da la mano, permanecieron sumergidos en el agua hasta la cintura con los ojos brillantes de alegría. Nadaror, contra la corriente, sintiendo la arena suave en la planta de los pies. —Es como si alguien empujara —dijo Kiyoo a su hermana. Yasue se aproximó y los instó a no internarse más en el agua. Señaló a Katsuo. No debían dejarlo solo, debían volver y jugar con él. Pero los niños no prestaron atención. Se miraban y sonreían alegremente, tomados de la mano. Tenían un secreto compartido: la sensación de la arena escurriéndose bajo sus pies. Yasue temía el sol. Miró sus hombros y sus pechos y pensó en la nieve de Kanazawa. Se pellizcó un pecho y sonrió al sentir el calor. Sus uñas estaban un poco demasiado largas y había arena oscura debajo de ellas. Se las cortaría al regresar a su habitación. No divisó a Kiyoo y Keiko. Debían haber regresado a la playa. Pero Katsuo estaba solo y su rostro estaba curiosamente tenso. Señalaba algo frente a ella. El corazón de Yasue latió violentamente. Miró el agua que se retiraba nuevamente bajo sus pies y la espuma en la que, algo más lejos, un cuerpo pequeño y tostado rodaba una y otra vez. Abarcó con una ojeada el pantalón de baño azul oscuro de Kiyoo. Su corazón latió aún más violentamente. Intentó acercarse a aquel cuerpo como si luchara por desasirse de algo. Llegó una ola más rápida que las anteriores, relumbró ante sus ojos con un sordo fragor. Yasue cayó en el agua. Acababa de sufrir un ataque cardíaco. Katsuo comenzó a llorar y un joven corrió hacia él. Pronto se le incorporaron otros jóvenes. El agua lamía sus cuerpos desnudos y oscuros. Dos o tres personas habían presenciado la caída sin darle demasiada importancia. La mujer se levantaría por sus propios medios. Pero en esas circunstancias existe siempre una premonición que, mientras se acercaban corriendo, parecía indicarles que había algo malo en aquella caída. Yasue fue llevada hasta la arena ardiente. Sus ojos estaban abiertos y parecían contemplar alguna horrenda visión que hacía castañetear sus dientes. Uno de los hombres le tomó el pulso. Era casi inexistente. —Se aloja en el Eirakusö —alguien la había reconocido. Era necesario avisar al gerente de la hostería. Un muchacho del pueblo, decidido a no dejarse arrebatar tan digna tarea, se lanzó a la carrera hacia la casa. Llegó el gerente. Era un hombre de cuarenta años. Llevaba pantalones cortos y una camiseta gastada. Una faja de lana cubría su estómago. Discutió acerca de la conveniencia de dispensar los primeros auxilios a Yasue en la hostería. Alguien se opuso. Sin esperar ulteriores decisiones, dos muchachos cargaron a Yasue. Una forma humana se dibujaba en la arena húmeda sobre la que había descansado su cuerpo. Katsuo los siguió llorando. Alguien lo advirtió y lo tomó en brazos. Tomoko fue despertada por el gerente que, bien entrenado para su trabajo, lo hizo con toda deferencia. Tomoko alzó la cabeza y preguntó si había sucedido algo malo. —La señora llamada Yasue... —¿Qué le ha sucedido? —Le hemos impartido los primeros auxilios. El médico no ha de tardar. Tomoko saltó de la cama y siguió al gerente. Habían acostado a Yasue sobre el césped cerca de la hamaca y un hombre semidesnudo se arrodillaba, indeciso, a su lado. Le estaba practicando la respiración artificial. Habían dispuesto a su lado un atajo de paja y ramas de naranjo y dos hombres trataban por todos los medios de encender el fuego. Las llamas producían humo, pues la noche anterior una tormenta había humedecido la madera. Un tercer hombre abanicaba el humo para alejarlo del rostro de Yasue. Su cabeza cayó exánime y Tomoko trató de distinguir, con toda la ansiedad del mundo, si aún respiraba. Los rayos de sol que se filtraban a través de los árboles relucieron en el sudor que cubría la espalda del hombre que estaba a horcajadas sobre ella. Las piernas blancas estaban extendidas sobre el césped y parecían apáticas, completamente alejadas de la lucha que se libraba allí. Tomoko se dejó caer de rodillas. —¡Yasue! ¡Yasue! ¿Salvarían a su cuñada? ¿Por qué había sucedido aquello? ¿Qué le diría a su esposo? Sollozante y confusa, saltaba de una pregunta a otra. De pronto se volvió bruscamente hacia los hombres que la rodeaban. ¿Dónde estaban los niños? —Mira, aquí está tu madre —un pescador de mediana edad llevaba al asustado Katsuo en sus brazos. Tomoko echó una mirada al niño y agradeció al hombre. Llegó el médico y continuó la respiración artificial. Con las mejillas ardiendo en la despiadada luz, Tomoko apenas sabía lo que estaba pensando. Una hormiga cruzó el rostro de Yasue. Tomoko la espantó con un gesto. Otra hormiga comenzó a moverse desde el pelo hacia la oreja. Tomoko la espantó también y, desde aquel momento, se dedicó a esa tarea. Prosiguieron con la respiración artificial por espacio de cuatro horas. Por fin aparecieron señales de que el rigor mortis había comenzado a manifestarse y el médico abandonó la tarea. Cubrieron el cuerpo con una manta y lo transportaron hasta el segundo piso. La habitación estaba a oscuras. Un hombre dejó el cuerpo y corrió a encender la luz. Exhausta, Tomoko se sintió invadida por una especie de dulce vacío. No estaba triste. Pensó en sus hijos. —¿Y los chicos? —Están abajo en el cuarto de juego con Gengo. —¿Los tres? Los hombres se miraron entre sí. Tomoko los apartó y corrió escaleras abajo. El pescador Gengo, envuelto en un kimono de algodón, estaba sentado en el sofá y enseñaba un libro de figuras a Katsuo, que llevaba una camisa de adulto sobre sus pantalones de baño. Katsuo parecía ausente y no miraba el libro. Cuando Tomoko penetró en la habitación, los huéspedes, ya enterados de la tragedia, dejaron de abanicarse y la miraron. Prácticamente se abalanzó sobre Katsuo. —¿Kiyoo y Keiko? —preguntó ansiosamente. Katsuo la miró con timidez: —Kiyoo... Keiko... todas burbujas...— y comenzó a llorar. Tomoko corrió descalza hacia la playa. Las agujas de pino la lastimaban mientras cruzaba la arboleda. La marea había subido y tuvo que trepar por la roca para llegar a la playa. La arena se extendió muy blanca frente a ella. Miró a lo lejos y vio una sombrilla amarilla y blanca abandonada. Era la suya. Los otros la alcanzaron en la playa. Tomoko se internaba temerariamente en el oleaje. Cuando intentaron detenerla, los apartó violentamente: —¿No se dan cuenta ustedes? Hay dos chicos allí. Muchos ignoraban las palabras de Gengo y pensaron que Tomoko se había vuelto loca. Era difícil concebir que nadie hubiera pensado en los otros dos niños durante las cuatro horas en las que habían tratado de reanimar a Yasue. La gente de la hostería estaba acostumbrada a ver a los tres hermanos juntos y, por más trastornada que pudiera sentirse su madre, resultaba extraño que no la hubiera asaltado ningún presentimiento acerca de la muerte de sus dos hijos. A veces, sin embargo, un incidente de este tipo pone en movimiento una especie de psicología de grupo que permite la transmisión de los más elementales pensamientos. No es fácil permanecer fuera. No es fácil registrar una desavenencia. Al interrumpir el sueño, Tomoko había asumido sencillamente cuanto le transmitían los demás sin preocuparse por preguntar nada. Durante toda la noche se encendieron fogatas a lo largo de la playa. Cada treinta minutos los muchachos se zambullían en busca de los cuerpos. Tomoko permanecía en la playa, junto a ellos. No podía dormir en parte, sin duda, porque lo había hecho durante la tarde. Siguiendo la opinión del comisario, a la mañana siguiente no se echaron las redes. El sol amaneció hacia la izquierda de la playa y la brisa del alba vino a golpear el rostro de Tomoko. Había temido aquel momento. Le parecía que con la luz del día la verdad se mostraría en su desnuda crudeza, y que, por primera vez, la tragedia se volvería real. —¿No cree usted que debería descansar? —dijo uno de los hombres—. La llamaremos si encontramos algo. Confíe en nosotros. —Por favor, hágalo —insistió el gerente de la hostería con los ojos enrojecidos por la falta de sueño—. Ya hemos tenido bastante mala suerte. ¿Qué diría su esposo si usted enfermara? Tomoko temía enfrentarse con su marido. Era como comparecer ante un tribunal. Pero tenía que hacerlo. Se acercaba el momento... y le pareció experimentar presagios de nuevos desastres. Acumuló coraje para enviarle un telegrama. Ello le brindó una excusa para abandonar la playa. Al alejarse miró hacia atrás. El mar estaba tranquilo. Un destello plateado resplandeció cerca de la costa. Los peces saltaban y parecían ebrios de placer. No era justo que Tomoko se sintiera tan desgraciada. Su esposo, Masaru Ikuta, tenía treinta y cinco años. Se había graduado en la Universidad de Estudios Extranjeros de Tokio y había comenzado a trabajar antes de la guerra en una compañía americana. Hablaba un buen inglés y conocía su trabajo. Era más capaz de lo que indicaban sus silenciosos modales. Ahora desempeñaba el cargo de jefe de la sucursal japonesa de una compañía automotriz norteamericana, tenía un coche de la compañía asignado a su uso personal como una forma de propaganda y ganaba 150.000 yens por mes. Tenía algunos ahorros y Tomoko y Yasue, a las que ayudaba una sirvienta que se ocupaba de los niños, vivían cómoda y tranquilamente. Tomoko envió un telegrama, porque no quería hablar por teléfono con Masaru. Como era habitual en los suburbios, la oficina de correos transmitió telefónicamente el cable apenas recibido. El mensaje llegó cuando Masaru se disponía a partir para su trabajo. Pensando en una llamada de rutina, levantó tranquilamente el receptor. —Tenemos un cable urgente proveniente de A. Beach —dijo la empleada y Masaru comenzó a sentirse incómodo—. Voy a leérselo. ¿Está Ud. listo? «Ya-sue fallecida. Kiyoo y Keiko desaparecidos. Tomoko.» —¿Puede leerlo nuevamente, por favor? Las palabras resonaron nuevamente: «Yasue fallecida. Kiyoo y Keiko desaparecidos. Tomoko.» Masaru estaba enojado. Era como si, sin saber por qué, hubiera recibido súbitamente la noticia de su despido de la compañía. Llamó inmediatamente a la oficina y avisó que no podría ir. Consideró la posibilidad de conducir su coche hasta A. Beach. Pero el camino era largo y peligroso y estaba tan trastornado que no confiaba en su manejo del volante. A decir verdad, acababa de tener un accidente de circulación días atrás. Decidió tomar el tren hasta Itó y un taxi desde allí. El proceso por el cual lo imprevisto se desliza en la conciencia del hombre es extraño y sutil. Masaru, que emprendía viaje sin siquiera saber la índole del accidente, tomó la precaución de llevar consigo una buena cantidad de dinero. Los accidentes siempre conllevan gastos. Tomó un taxi hasta la estación de Tokio. No sentía nada que pudiera llamarse realmente emoción. Más bien lo embargaba una sensación semejante a la que debe experimentar un detective rumbo al escenario del crimen. Más sumergido en la deducción que en la especulación, temblaba de curiosidad por conocer más detalles sobre el accidente que tan profundamente lo afectaba. «Hubiera podido llamarme por teléfono. Me tiene miedo...» Con la intuición de los maridos, Masaru presentía la verdad. «Pero, sea como sea, el primer problema es ir allí y formarme mi propia opinión.» A medida que se acercaban al centro, se asomó a la ventanilla. El sol de aquella mañana de verano era aún más enceguecedor por el reflejo de las camisas blancas que llevaban los transeúntes. Los árboles que flanqueaban la calle proyectaban su sombra verticalmente y en la entrada de un hotel el vistoso toldo blanco y rojo estaba tenso como si la luz del sol fuera un pesado metal. La tierra recién removida por una reparación callejera ya se había vuelto seca y polvorienta. El mundo que lo rodeaba era el mismo de siempre. Nada había sucedido y era como para creer que tampoco él había sufrido ningún cambio en su vida. Lo invadió un fastidio de niños. En un sitio desconocido se había producido un accidente en el cual no tenía nada que ver, pero que lo había aislado del mundo exterior. Entre todos aquellos pasajeros ninguno era tan desgraciado como él. Este pensamiento parecía situarlo en un nivel superior o inferior con respecto al Masaru habitual, y ni siquiera podía definir cuál de los dos le correspondía. Se había convertido en un marginado, en un ser especial. Cuando un hombre tiene una mancha de nacimiento en la espalda, a veces siente la necesidad de proclamarlo: Óiganme todos, ustedes no lo saben, pero yo tengo una gran mancha color púrpura en mi espalda.» Y Masaru deseaba gritar a los demás pasajeros: «Óiganme todos, ustedes no lo saben, pero acabo de perder a mi hermana y a dos de mis tres hijos.» Su coraje lo abandonó. Si por lo menos se hubieran salvado los niños... Comenzó a elucubrar distintas formas de interpretación para aquel telegrama. Posiblemente Tomoko, perturbada por la muerte de Yasue, había supuesto que los chicos habían muerto cuando, en realidad, sólo se habían extraviado. Quizás un segundo telegrama había llegado en aquel momento a su casa. Masaru se entregó a sus sentimientos como si el accidente fuera menos importante en sí mismo que su reacción frente a él. Lamentó no haber llamado al Eirakusö de inmediato. La plaza frente a la estación de Itó brillaba en la luz del verano. Junto a la parada de taxis se encontraba una pequeña oficina del tamaño de una garita. En su interior, la luz del sol se proyectaba despiadadamente y los bordes de las hojas de despacho pegadas a las paredes se curvaban amarillentos. —¿Cuánto es hasta A. Beach? —Dos mil yens —el hombre llevaba una gorra de chófer y tenía una toalla alrededor del cuello—. Si usted no está apurado puede ahorrar dinero y tomar el ómnibus que sale dentro de cinco minutos —agregó por gentileza o, simplemente, porque emprender viaje costaba demasiado esfuerzo. —Estoy muy apurado. Una persona de mi familia acaba de morir allí. —¡Oh! ¿Es usted un pariente de la gente que se ahogó en A. Beach? ¡Qué barbaridad! Dicen que se trataba de una mujer y dos chicos... Masaru se sintió mareado bajo el sol. No volvió a dirigir la palabra al chófer hasta llegar a A. Beach. No había ninguna particularidad notable en el paisaje que iban cruzando. El taxi se encaramó primero sobre unas montañas polvorientas y pasó a las siguientes, con breves apariciones del mar. Cuando se adelantaron a otro coche en un paso estrecho del camino, las ramas de los árboles golpearon como pájaros asustados en la ventanilla semiabierta y arrojaron arena y suciedad sobre los impecables pantalones de Masaru. Masaru no sabía cómo enfrentarse con su mujer. No estaba seguro de que hubiera algo como «un encuentro natural». Ninguna de las emociones que lo embargaban parecía encajar en algo semejante. Quizás lo antinatural era, en efecto, natural. El taxi cruzó la oscura y antigua verja del Eirakusö. Cuando se acercó a la casa, el gerente corrió hacia ellos con un repiquetear de zuecos de madera. Masaru buscó automáticamente su billetera. —Soy Ikuta —dijo. —Una cosa terrible —dijo el gerente, inclinándose profundamente. Después de pagar al chófer, Masaru agradeció al gerente y le dio un billete de diez mil yens. Tomoko y Katsuo se hallaban en la habitación contigua a aquella en la que habían depositado el ataúd de Yasue. El cuerpo estaba rodeado de hielo traído de Itó y sería cremado en cuanto llegara Masaru. Masaru se adelantó al gerente y abrió la puerta. Tomoko, que dormitaba, se despertó precipitadamente al escuchar ruido. Su pelo estaba enredado y vestía un arrugado kimono de algodón. Como un criminal convicto, apretó el kimono contra su cuerpo y se arrodilló mansamente frente a él. Sus movimientos eran sorprendentemente rápidos como si los hubiera planeado con anticipación. Echó una mirada a su esposo y rompió a llorar. Masaru no quiso que el gerente viera cómo apoyaba compasivamente una mano en el hombro de su mujer. Aquello hubiera sido peor que ser sorprendido en el más íntimo secreto de alcoba. Masaru se quitó el abrigo y buscó un sitio donde colgarlo. Tomoko lo advirtió y, tomando una percha, colgó la sudada chaqueta en el ropero. Masaru se sentó junto a Katsuo, quien se había despertado al escuchar los sollozos de su madre y los miraba desde la cama. Luego, sentado en las rodillas de su padre, parecía un muñeco. ¿Cómo pueden ser tan pequeños los niños? —se preguntó Masaru. Era como si hubiera alzado un juguete. Tomoko sollozaba, arrodillada, en el otro extremo de la habitación. —Todo fue culpa mía —dijo. Aquéllas eran las palabras que Masaru deseaba escuchar. Tras ellos, el gerente también lloraba: —Sé que no es asunto mío, señor, pero por favor no reproche nada a la señora Ikuta. Todo sucedió mientras ella dormía la siesta y, por lo tanto, no tiene culpa alguna. Masaru se sintió como si hubiera escuchado o leído aquello alguna vez. —Comprendo, comprendo... —dijo. Siguiendo las conveniencias, se puso de pie con el niño en brazos y, yendo hacia su esposa, apoyó cariñosamente una mano en su hombro. El gesto le brotó fácilmente. Tomoko sollozó aún más amargamente. Los dos cuerpos fueron hallados al día siguiente. Finalmente los encontró un gendarme que rastreaba cuidadosamente la playa. Los peces se habían ensañado con ellos y había dos o tres sabandijas junto a sus pequeñas narices. Desde luego que este tipo de accidentes iba mucho más lejos que los dictados de las tradiciones; pero es, sin embargo, en estos trances en los que se observa cuan ligadas están las personas a los menores detalles. Tomoko y Masaru no olvidaron ninguna de las respuestas ni el trueque de regalos que exigen las costumbres. Una muerte es siempre un problema desde el punto de vista administrativo. Los trámites los obligaron a desarrollar una frenética actividad. Y hasta podría decirse que Masaru en particular, como cabeza de la familia, no tenía tiempo ni para el dolor. Para Katsuo cada día parecía una festividad en la que los adultos desempeñaban sus respectivos papeles. Sea como fuere, cada uno seguía su propio camino en aquellos complicados problemas. Las ofrendas para el funeral alcanzaron una cifra considerable. Las ofrendas son siempre mayores cuando el que desempeña el papel de cabeza de familia es uno de los deudos y no protagonista de su propio funeral. Masaru y Tomoko estaban sumergidos de algún modo en todo cuanto debía ser hecho. Tomoko no podía comprender cómo aquella pena inconmensurable y aquella atención por todos los detalles podían coexistir. También le resultaba sorprendente comer tanto sin saborear siquiera los alimentos. Temía por encima de todo enfrentarse con los padres de Masaru, que llegaron de Kanazawa a tiempo para el funeral. «Todo sucedió por mi culpa», se obligó a decir otra vez y, como compensación, se dirigió a sus propios padres: —Pero ¿por qué deberían sentir pesar? ¿Acaso no soy yo la que he perdido dos hijos? Allí están todos, acusándome. Me culpan y yo debo excusarme ante ellos. Me miran como si yo fuera la sirvienta atontada que deja caer el niño en el río. Pero, ¿acaso no fue Yasue? Yasue tiene suerte de estar muerta. ¿Cómo no ven quién ha sido realmente el afectado? Soy una madre que acaba de perder a sus dos hijos. —Eres injusta. ¿Quién te está acusando? ¿Acaso no era tu suegra la que, entre lágrimas, dijo compadecerte más que a nadie? —Eran sólo palabras. Tomoko estaba profundamente insatisfecha. Se sentía como alguien condenado a la oscuridad, alguien cuyos verdaderos méritos pasan desapercibidos. Le parecía que tan tremendas desgracias deberían traer aparejados especiales privilegios. Su principal insatisfacción era hacia sí misma, disculpándose servilmente frente a su suegra. Descargó su enojo en su propia madre. Sin saberlo, su desesperación se centraba en la pobreza con que, en estos casos, se manifiestan las emociones humanas. ¿No era acaso irracional que no hubiera otra cosa que hacer, excepto llorar, frente a la muerte de tres personas como único medio de expresión y como si se tratara de la muerte de un solo ser? Tomoko se preguntó cómo podía tenerse en pie, bajo aquel sol sofocante, bajo sus vestiduras de luto. A veces sentía un pequeño vahído y lo que venía a salvarla era un nuevo sentimiento de repulsión hacia la muerte. «Soy más fuerte de lo que pensaba», dijo volviendo un rostro lloroso hacia su madre. Mientras hablaba con sus padres acerca de Yasue, Masaru no pudo contener las lágrimas al recordar que había muerto siendo una solterona, y Tomoko experimentó una pizca de resentimiento también hacia él. Hubiera deseado preguntar: ¿quién era más importante para Masaru, Yasue o los niños? No cabía duda de que estaba tensa y rígida. No pudo dormir durante la noche del velatorio aun cuando sabía que debería haberlo hecho. Pese a ello, no sentía el más leve dolor de cabeza y su mente estaba alerta y lúcida. Cuando los visitantes querían ocuparse de ella, les contestaba secamente que no era necesario preocuparse por su salud, ya que daba lo mismo estar viva o muerta. Los pensamientos de locura y suicidio se fueron alejando. Por un tiempo, Katsuo sería su mejor razón de vivir. A veces pensaba en que le había faltado coraje, pero cuando, ya vestida por las mujeres del velatorio, miró a su hijo, se alegró de no haberse matado. En noches como ésta, mientras yacía en brazos de su esposo, Tomoko fijaría su mirada asustada en el círculo de luz del velador, y repetiría incesantemente, como en una defensa judicial: «Me equivoqué. Debería haber sabido que era un error dejar a los tres chicos con Yasue.» La voz sonaba tan lejana cono el eco de las montañas. Masaru sabía lo que significaba aquel obsesivo sentido de responsabilidad. Tomoko esperaba algún tipo de castigo. Hasta podría decirse que lo anhelaba. Luego de los catorce días de ceremonias, la vida volvió a la normalidad. Les sugirieron que se ausentaran y tomaran un corto descanso; pero tanto las playas como las montañas aterrorizaban a Tomoko. Tenía el convencimiento de que las desgracias nunca vienen solas. Hacia el fin del verano, Tomoko fue a la ciudad con Katsuo. Debía encontrarse con su marido después del trabajo para comer juntos. No había nada que Katsuo no pudiera tener. Tanto su padre como su madre se mostraban demasiado complacientes. Terminaba por resultar molesto. Lo manejaban como un muñeco de vidrio y hasta hacerle cruzar una calle se volvía una comprometida empresa. Su madre observaba primero los autos y camiones detenidos por la luz roja y luego corría con él por la calzada, apretando fuertemente su mano en la suya. En los escaparates, los últimos trajes de baño llamaron la atención de Tomoko. Alejó la vista de una malla verde semejante a la de Yasue. Luego se preguntó si el maniquí tenía cabeza. Parecía que no la tuviera... y luego que sí, y con un rostro exactamente igual al de Yasue muerta y pálida en medio de su cabellera húmeda y enredada. Todos los maniquíes parecían cuerpos de ahogados. Si al menos terminara el calor. La sola palabra «verano» traía consigo obsesivos pensamientos de muerte. Y en el sol del atardecer, Tomoko sintió una dolorosa punzada. Como aún era temprano, llevó a Katsuo a una gran tienda. Faltaba alrededor de media hora para el cierre del establecimiento. Katsuo quiso ver los juguetes y subieron hasta el tercer piso. Pasaron rápidamente entre los juegos para playa. Un grupo de madres luchaba frenéticamente por encontrar lo buscado en una gran montaña de trajes de baño para niños a precios de saldo. Una mujer alzó un par de pantalones de baño hacia la ventana y el sol del atardecer se reflejó en la hebilla del cintu-rón. «Estoy buscando un sudario», pensó Tomoko. Después de haber comprado un juguete, Katsuo quiso ir hasta el último piso. En la terraza soplaba un viento fresco, proveniente del puerto, que hacía restallar los toldos. A través del alambre tejido, Tomoko observó el puente Kachidoki en el otro extremo de la ciudad y los muelles de Tsukishima y los barcos de carga anclados en la bahía. Desprendiendo su mano, el niño corrió hasta la jaula del mono. Tomoko permaneció un poco alejada. Quizás a causa del viento el olor del mono era muy fuerte. El animal los observó con su arrugada frente. Mientras se movía de una rama a otra, con una mano cuidadosamente apoyada en la cadera, Tomoko pudo observar a un lado de la carita arrugada una sucia oreja surcada por venas rojas. Tomoko nunca había observado a un animal con tanta atención. Había un estanque junto a la jaula. La fuente situada en el centro estaba cerrada. Había macizos de flores junto al borde de ladrillos por el que se balanceaba cuidadosamente un niño de la edad de Katsuo. Sus padres no estaban a la vista. «Ojalá se caiga. Ojalá sé caiga y se ahogue...» Tomoko observó las piernitas inseguras. El niño no se cayó. Rió orgullosamente al notar que Tomoko lo observaba, pero ella no correspondió a su sonrisa. Era corno si el niño se burlara de su pena. Tomó a Katsuo de la mano y se alejó apresuradamente de la terraza. Durante la comida, Tomoko habló después de una pausa desmesuradamente larga: —Qué tranquilo estás. No pareces ni siquiera triste. Asombrado, Masaru miró a su alrededor para asegurarse de que nadie había escuchado. —¿No te das cuenta? Estoy tratando de animarte. —No hace falta. —Es lo que tú crees. Pero, ¿qué me dices del efecto que podría causarle mi tristeza a Katsuo? —Sea como fuere, ya no merezco ser una madre. Y así, la cena resultó un fracaso. Masaru tendió más y más a retraerse frente al dolor de su mujer. Un hombre tiene que trabajar. Podría distraerse en sus tareas. Mientras tanto, Tomoko acunaba su pena, y Masaru tuvo que enfrentarse con esa monótona tristeza al volver a su casa por las noches. Comenzó entonces a llegar cada vez más tarde. Tomoko llamó a una sirvienta que había trabajado para ella en otros tiempos y le regaló todos los juguetes y la ropa de Kiyoo y Keiko. La mujer tenía hijos de la misma edad. Una mañana, Tomoko se despertó algo más tarde de lo habitual. Masaru, que había bebido la noche anterior, estaba echado a un lado de la cama matrimonial. Aún lo rodeaba un pesado olor a alcohol. Los resortes del colchón crujieron cuando se estiró en su sueño. Ahora que Katsuo estaba solo, su madre lo dejaba dormir con ellos, sabiendo, por otra parte, que hacía mal en permitírselo. Observó la carita dormida del niño a través del tul del mosquitero. Un ligero malhumor parecía deslizarse en su fisonomía. Tomoko estiró la mano fuera del mosquitero y tiró de la cuerda que movía la cortina. La dureza del hilo tirante fue una agradable sensación contra su mano húmeda. La cortina se entreabrió ligeramente. La luz pareció inundar el árbol de sándalo y los racimos de hojas se le antojaron a Tomoko aún más blandos y tiernos que de costumbre. Los gorriones eran habitual-mente ruidosos. Cada mañana se despertaban y comenzaban a parlotear entre ellos hasta formar una prolija hilera y volar hacia el alero. Las confusas huellas de sus patitas se extendían en todos los sentidos. Tomoko sonrió al escucharlos. Era aquélla una mañana bendita. Así era, sin ningún motivo en especial. Tomoko permaneció acostada y tranquila con la cabeza apoyada en la almohada. Una sensación de felicidad se difundió por su cuerpo. De pronto, ahogó una exclamación. Supo por qué se sentía tan feliz. Por primera vez, no había soñado con sus hijos. Desde el día del accidente la acosaban siempre las mismas pesadillas. En cambio, durante aquella noche la habían asaltado breves y placenteras ensoñaciones. Entonces, ya había comenzado a olvidar...; su crueldad se le apareció como algo terrible. Sollozó lágrimas de pesar dedicadas a los espíritus de los niños. Masaru abrió los ojos y la miró. Pero vio en su llanto un cierto tipo de paz y no la angustia habitual. —¿Estás pensando otra vez en ellos? —Sí— parecía demasiado complicado explicar la verdad. Pero ahora que había dicho una mentira, le molestaba que su marido no llorara con ella. Si hubiera visto lágrimas en sus ojos, Tomoko hubiera sido capaz de creer en su propio engaño. Los cuarenta y nueve días de oficios religiosos llegaron a su fin. Masaru compró un lote de terreno en el cementerio de Tama. Sus hijos eran los primeros muertos en su rama de la familia, y aquéllas, también, las primeras tumbas. Yasue fue encargada de velar por las niños aun en la Lejana Orilla. Después de consultarlo con la familia, sus cenizas fueron enterradas en el mismo terreno. Los temores de Tomoko parecieron volverse infundados a medida que se hundía en la tristeza. Fue con Masaru y Katsuo a conocer el nuevo terreno del cementerio. Era un hermoso día en los albores del otoño. El calor comenzaba a abandonar el alto y claro cielo. A veces, el recuerdo hace que las horas corran a nuestro lado o, también, las acumula. Por dos veces durante aquel día, Tomoko fue víctima de una ilusión. Quizás, con aquel cielo y el atardecer demasiado claros, los límites de su subconsciente se volvieron, de alguna manera, semitransparentes. Dos meses antes de la desgracia, había ocurrido aquel accidente de automóvil. Masaru no había sufrido daño alguno; pero, después de la muerte de sus hijos, Tomoko no salía nunca en el coche con él y Katsuo. También, en aquella oportunidad, Masaru se había visto obligado a tomar el tren. En M. transbordaron a la pequeña línea que llevaba al cementerio. Masaru fue el primero en salir del vagón, llevando a Katsuo. Algo más atrás, Tomoko apenas pudo abrirse paso entre la gente y logró pasar las puertas un segundo o dos antes de que se cerraran. Escuchó el crujido de la puerta al cerrarse tras ella y, casi gritando, intentó abrirla nuevamente. Creyó haber dejado a Kiyoo y a Keiko dentro del tren. Masaru la tomó del brazo. Ella lo miró, desafiante, como si se tratara de un detective que intentara detenerla. Al volver en sí, instantes más tarde, intentó explicarle cuanto había sucedido. Tenía que hacerlo. Pero aquello no sirvió más que para poner incómodo a Masaru. Pensó que su mujer fingía. El pequeño Katsuo estaba encantado con la antigua locomotora que los llevaba hasta el cementerio. Echaba una densa humareda hacia lo alto y era muy grande. La viga de madera en la que se apoyaba el maquinista parecía hecha de carbón. La locomotora gruñó, suspiró, rechinó y, finalmente, se desplazó hacia los anodinos jardines de los suburbios. Tomoko, que jamás había ido antes al cementerio de Tama, estaba asombrada por su amplitud. ¿Era tanto el espacio que se dedicaba a la muerte? El verde césped, las calles de árboles y el cielo azul y diáfano, perdiéndose en la distancia, volvían la ciudad de los muertos mucho más limpia que la de los vivos. Ni ella ni su marido habían tenido motivo alguno para conocer cementerios, pero aquel paseo no estaba de más, ya que ahora se habían convertido en sus calificados visitantes. Aun cuando ninguno de los dos se hubiera detenido a pensarlo, era como si el período de luto y oscuridad les hubiera brindado un determinado tipo de seguridad, algo estable, fácil y hasta placentero. Se habían condicionado a la muerte y, como en el caso de quienes se acostumbran a la depravación, comenzaron a pensar que la vida no encerraba ya nada que pudiera inspirarles temor. El terreno estaba situado en el extremo más alejado del cementerio. Transpirando copiosamente atravesaron la verja de entrada, observaron con curiosidad la tumba del Almirante T. y rieron frente a un amplio y feo mausoleo decorado con espejos. Tomoko escuchó el ligero rumor del otoño, distinguió en el aire el perfume del incienso y del césped verde y tierno. —¡Qué hermoso lugar! Tendrán suficiente espacio para jugar y no se aburrirán. No puedo dejar de pensar en que será un buen sitio para ellos. ¡Qué extraño!, ¿no es cierto? Katsuo tenía sed. En el cruce de caminos había una alta torre marrón. Los escalones circulares de la base estaban gastados por las fuentes centrales. Varios niños, cansados de cazar insectos, tomaban agua ruidosamente y se salpicaban unos a otros. De vez en cuando, el agua formaba un fino arco iris a través del aire. Katsuo era un niño activo. Quería tomar agua y no había forma de distraerlo. Aprovechando el hecho de que su madre no lo tomaba de la mano, subió corriendo los escalones. —¿Adonde vas? —gritó ella, secamente. El niño contestó por encima del hombro: —A tomar agua. Ella corrió tras él y lo tomó firmemente por los hombros. —Me duele —protestó el niño, asustado, como si alguna terrible criatura le hubiera saltado a la espalda. Tomoko se arrodilló en el suelo y volvió el niño hacia ella. El pequeño miró a su padre que, asombrado, observaba la escena desde cierta distancia. —No tienes que tomar de esta agua. Aquí tengo un termo —y comenzó a destaparlo. Llegaron a su terreno. Estaba situado en una sección recién inaugurada tras las hileras de tumbas. Algunos frágiles arbolitos estaban plantados aquí y allá, y si se observaba bien, siguiendo un diseño definido. Las cenizas no habían sido trasladadas aún desde el templo familiar y todavía no se veía ninguna lápida. —Y aquí estarán los tres juntos —apuntó Masaru. El comentario no afectó a Tomoko. ¿Cómo era posible que los hechos fueran tan absolutamente improbables? Que un chico se ahogara en el océano no era completamente imposible. Incluso, a nadie se le hubiera ocurrido ponerlo en duda. En cambio, el tratarse de tres personas hasta parecía ridículo. Aun diez mil personas hubieran constituido una cifra absurda. Había algo grotesco en lo excesivo y, sin embargo, ni una catástrofe ni una guerra lo eran. Una muerte era siempre algo tan grave y solemne como un millón de muertes. El leve exceso era lo diferente. —¡Tres personas! ¡Qué disparate! Tres personas... —murmuró Tomoko. Era una cifra demasiado importante para una sola familia y demasiado pequeña para la sociedad. Sin contar con que, en este caso, no existía ninguna de las implicaciones sociales de una muerte en el campo de batalla o en algún puesto determinado. Femenina hasta en su egoísmo, Tomoko se planteaba una y otra vez el acertijo de aquel número de muertes. Masaru, sociable por excelencia, reflexionó con el correr del tiempo que era menester ver el suceso desde el punto de vista de la sociedad: podían, en efecto, considerarse afortunados de que no hubieran surgidc complicaciones. Al volver a la estación, Tomoko fue nuevamente víctima de un juego ilusorio. Debían esperar veinte minutos a que llegara el tren y Katsuo deseaba compra una insignia de juguete que vendían en el andén. La insignias colgaban de altos palos, eran de algodón y, cosidos a su forro, pendían ojos, orejas y colas. —Parece que los chicos siguen gustando de estas cosas... —Yo tuve una cuando era pequeño... Tomoko compró una insignia a la anciana que las vendía y se la dio a Katsuo. Un momento después se sorprendió curioseando en los otros kioscos del andén. Quería adquirir algo para Kiyoo y Keiko, que habían permanecido en casa. —¿Qué te pasa? —inquirió Masaru. —No sé lo que me sucede. Estaba pensando en que también debía comprar algo para los otros... —Tomoko alzó sus blancos brazos y se restregó fieramente con los puños los ojos y las sienes. Sus rasgos temblaron y pareció a punto de llorar. —Anda y compra algo. Algo para ellos —el tono de Masaru era tenso y suplicante a la vez—. Lo pondremos en el altar. —No. Tendrían que estar vivos. —Tomoko oprimió el pañuelo contra su nariz. Existía, y los otros, en cambio, habían muerto. Aquello resultaba espantoso. ¡Cuan cruel era vivir! Miró a su alrededor. Observó las rojas banderas de los bares y restaurantes situados frente a la estación, los relucientes bloques de granito en venta en las marmolerías, las amarillentas puertas de los pisos superiores, las tejas del techo contra el azul del cielo que hacia el anochecer se volvía transparente como una porcelana. Todo estaba tan claramente definido. Dentro de la crueldad de la vida dormía una paz tan profunda como un hondo letargo. Al promediar el otoño, la existencia familiar se volvió más y más tranquila. La pena no había sido ciertamente superada, pero al notar más tranquila a su esposa, Masaru volvió a apreciar las alegrías del hogar y el afecto de Katsuo contribuyó a hacerlo regresar del trabajo a horas más tempranas que las habituales. Y aun cuando, al acostarse Katsuo, la conversación recaía en temas que deseaban evitar, aquello les brindaba un cierto tipo de consuelo. El proceso por el cual un hecho terrible se mezcla con la vida cotidiana trajo aparejado para el matrimonio un nuevo tipo de temor mezclado con vergüenza, como si ambos hubieran cometido un crimen que finalmente iba a ser descubierto. A veces el hecho de que faltaran tres miembros de la familia les confería un extraño sentimiento de cosa concluida. Nadie perdió la razón ni recurrió al suicidio. Ni sil quiera hubo enfermos. El espantoso suceso había pafl sado dejando apenas una sombra. Tomoko comenzó a aburrirse. Era como si esperara algo. Durante largo tiempo no se habían permitido ir al teatro ni a conciertos, pero Tomoko esgrimió el pretexto de que tales esparcimientos no harían sino aliviar su pesar. Un famoso violinista norteamericano ofrecía algunos recitales y decidieron asistir a uno. Katsuo tuvo que quedarse en casa, pues Tomoko quiso ir al concierto en compañía de su marido. Tardó mucho tiempo en prepararse. Era difícil peinar aquellos cabellos que, durante meses, no habían recibido ningún cuidado. Pero cuando Tomoko contempló su rostro en el espejo la asaltaron antiguas alegrías. Había olvidado cuan halagador puede volverse un espejo. No cabía duda de que la tozuda insistencia del dolor termina por apartarnos de tan agradables consuelos. Se probó sus kimonos hasta elegir, finalmente, uno rico y alhajado, color púrpura, con un obi de brocado. Masaru, que esperaba junto al automóvil, quedó sorprendido por la belleza de su mujer. En el vestíbulo del teatro la gente se volvía para mirarla, lo cual complacía inmensamente a Masaru. Tomoko sentía, en cambio, que, pese a la admiración que despertaba en aquella gente elegante, algo faltaba para su contento. En otras épocas, hubiera vuelto a su casa profundamente satisfecha por haber atraído la atención. Se dijo que aquella insatisfacción que la carcomía debía ser sólo producto de la alegría y el bullicio que no hacían sino subrayar cuan lejos del olvido se encontraba su dolor. A fin de cuentas, no era más que la repetición del impreciso disgusto que le producía el no haber sido tratada como corresponde a una mujer afligida por el luto. La música contribuyó a deprimirla, y cruzó el hall del teatro con una triste expresión en el rostro. Habló con una amiga y su aspecto pareció coincidir con las palabras de pesar que aquélla le prodigara. Pero esa señora le presentó a un joven que, no conociendo el pesar de Tomoko, no pronunció ninguna frase de consuelo. Su conversación resultó de las más comunes e incluyó una o dos críticas acerca del concierto. —¡Qué hombre tan mal educado! —pensó Tomoko, mientras seguía con la mirada su cabeza reluciente entre el público—. No dijo una sola palabra, cuando sin duda debería haber advertido mi profunda tristeza. El joven era muy alto y sobresalía entre la gente. En determinado momento, Tomoko se encontró con sus ojos risueños y observó el mechón que le caía sobre la frente. Sintió una punzada de celos al contemplar a la mujer que lo acompañaba. ¿Acaso había esperado de aquel joven algo más que consuelo? ¿Quizás alguna palabra en especial? Toda su estructura tambaleó frente a tal pensamiento. La sospecha era totalmente irrazonable. Jamás había sentido la menor insatisfacción junto a su esposo. —¿No tienes sed? —Masaru se había aproximado—. Allí hay un quiosco donde venden naranjada. El público tomaba el refresco directamente de las botellas. Tomoko observó furtivamente la escena. No tenía sed. Recordó el día en que había apartado a Katsuo de la fuente y lo había obligado a beber agua hervida. Katsuo no era el único ser en peligro. Aquella na-, ranjada debía contener millones de gérmenes nocivos. Su búsqueda de esparcimientos se volvió ligeramente demencial. Había algo vengativo en la certeza de que tenía que divertirse. No se trataba, desde luego, de ser infiel a su marido. Iba a todas partes con él, o, por lo menos, deseaba hacerlo. Su espíritu seguía sumergido en la muerte. Cuando, al volver de alguna reunión, observaba el sueño de Katsuo, a quien la criada había acostado a la hora debida, no podía dejar de pensar en los otros dos niños, y el remordimiento volvía nuevamente a asaltarla. No cabía duda de que la búsqueda de diversiones se había convertido en la manera más segura de remover el dolor de su corazón. Tomoko anunció, súbitamente, que quería volver a la costura. No era la primera vez que los altibajos y ocurrencias de su mujer se le antojaban a Masaru difíciles de seguir. Tomoko comenzó a coser y su afán de diversiones se volvió menos ansioso. Comenzó a ocuparse tranquilamente de sí misma en un intento de convertirse en una buena ama de casa. Sintió que estaba «mirando la vida de frente». La casa mostraba claras huellas de descuido. Erl como si Tomoko hubiera emprendido un largo viaje. Pasaba los días lavando y ordenando cosas. La anciana sirvienta observaba cómo su señora le quitaba el trabajo. Tomoko encontró un par de zapatos de Kiyoo y unas zapatillas celestes de Keiko. Tales reliquias la sumergieron en hondas meditaciones y la hicieron sollozar a gusto, pero se le antojaron vehículos de mala suerte. Llamó a una amiga que estaba sumergida en obras de caridad y, sintiéndose en la cumbre del altruismo, regaló muchas cosas a un orfelinato, incluso ropa que hubiera sido aprovechable para Katsuo. Al dedicarse Tomoko nuevamente a la costura, el pequeño Katsuo vio aumentar considerablemente su guardarropa. La joven pensó en confeccionarse algunos sombreros a la última moda, pero no le quedó tiempo para ello. Frente a la máquina de coser olvidaba sus pesares. El zumbido y el mecánico andar de la aguja aventajaron a cualquier otra melodía como la de sus altos y bajos emocionales. ¿Cómo no lo había intentado antes? Aquella ayuda llegaba ahora en un momento en el que su corazón ya no tenía la fortaleza de tiempo atrás. Un día se pinchó un dedo, y al ver brotar la sangre se atemorizó profundamente. Asociaba el dolor a la muerte. Pero el temor fue seguido por una emoción diferente de las anteriores. Si tan trivial incidente podía provocar la muerte, ¿no sería quizás aquélla una respuesta a sus oraciones? Pasó horas y horas frente a la máquina que, sin embargo, era el instrumento más seguro del mundo. Ni siquiera la rozaba. Aún ahora se sentía insatisfecha. A la espera de algo. Masaru se desentendió de aquella vaga búsqueda y pasaron todo un día sin dirigirse la palabra. Se aproximó el invierno. La tumba estaba pronta y las cenizas enterradas. En la soledad del invierno se piensa con nostalgia en el verano. Los recuerdos del estío reflejaron oscuras sombras sobre la vida de los Ikuta. Y, sin embargo, lo sucedido parecía algo extraído de una obra de ficción. No cabía duda, tampoco, que junto a la chimenea encendida todo toma un aire de irrealidad. Hacia mediados del invierno, Tomoko dio muestras de estar embarazada. Por primera vez el descuido había reivindicado sus naturales derechos. Nunca habían tomado tantas precauciones. Parecía extraño que el niño pudiera nacer normalmente. Lo natural hubiera sido perderlo. Todo iba bien. Trazaron una línea divisoria con los recuerdos. Tomando coraje del niño que llevaba en sus entrañas, Tomoko tuvo por primera vez la fuerza de admitir que su dolor había terminado. No hizo sino reconocer un hecho concreto. Tomoko intentó comprender. Sin embargo, es difícil interpretar los hechos cuando están aún a nuestro alcance. El entendimiento llega más tarde. Es entonces cuando se analizan las emociones; se efectúan las deducciones y todo tiene una posible explicación. Mirando atrás, Tomoko no podía sino sentirse insatisfecha frente a sus incongruentes sentimientos. No cabía duda de que el descontento permanecería en su corazón durante un lapso mucho más prolongado que el dolor mismo. Pero no era posible volver atrás e intentarlo todo de nuevo. Se negó a ver falla alguna en sus reacciones. Era una madre y, por otra parte, no podía enfrentarse con dudas sobre su comportamiento. Aun cuando no hubiera alcanzado el verdadero olvido, algo cubría el dolor de Tomoko como una fina capa de hielo sobre un lago. Podría quebrarse ocasionalmente; pero, durante la noche, volvería a formarse de nuevo. El olvido llegó, inadvertidamente, cuando nadie lo esperaba. Logró filtrarse por un ínfimo intersticio e invadió el organismo como un germen invisible, abriéndose paso lenta pero seguramente. Tomoko atravesaba inconscientes presiones como cuando uno se resiste a un sueño. Rechazaba el olvido y se decía que aquél provenía de la fuerza transmitida por el nuevo hijo que había concebido. Pero el niño sólo ayudaba. Los contornos del incidente iban diluyéndose lentamente, mitigándose y esfumándose por su propio desgaste. En una oportunidad Tomoko había observado en el cielo de verano una espantosa imagen marmórea que se había disuelto, luego, en una nube. Los brazos caían, la cabeza se volvía invisible y la larga espada que llevaba en la mano se precipitaba al vacío. La expresión de aquel rostro pétreo era suficiente como para erizarle los cabellos a cualquiera. Finalmente se había borrado para desaparecer totalmente. Un día encendió la radio y sintonizó un serial que hablaba de una madre que había perdido a su hijo. Tomoko se, asombró de la velocidad con que dispuso su ánimo para el pesar. Una madre embarazada de su cuarto hijo, tiene, reflexionaba, la obligación moral de resistirse a la morbosa complacencia del dolor. En aquellos últimos meses, Tomoko había cambiado mucho. Ahuyentaba las oscuras ondas de emoción que eran susceptibles de dañar al niño. Quería preservar su equilibrio interior. Y se sentía más complacida al seguir los dictados de cierta higiene mental que de someterse a insidiosas formas de olvido. Por encima de toda otra cosa, se sentía libre. Pese a todas las limitaciones, había salido de su cárcel. Lógico es reconocer que el olvido estaba demostrando su poder. Tomoko estaba sorprendida frente a la sencillez de su corazón. Perdió la costumbre de recordar, y ya no le pareció extraño carecer de lágrimas en los funerales o en el transcurso de las visitas al cementerio. Creyó que, en su magnanimidad, había logrado olvidarlo todo. Cuando, por ejemplo, al llegar la primavera, llevó a Katsuo hasta una plaza vecina, ya no pudo experimentar, aun intentándolo, el desgarramiento que la hubiera atenazado después de la tragedia, al ver a otros niños jugando en la arena. Aquellos niños podían vivir en paz. Tomoko los había perdonado. O al menos así lo creía ella. Aun cuando el olvido llegó para Masaru antes que para su esposa, no había frialdad alguna en él. Masaru se había debatido dentro del más profundo pesar. Aun en su inconstancia, un hombre es, en general, más sentimental que una mujer. Incapaz de expresar su emoción y consciente del hecho de que el dolor no lo perseguía con particular tenacidad, Masaru se sintió de pronto muy solitario y se permitió una insignificante infidelidad. Pronto se cansó de ella. Tomoko le anunció su embarazo y Masaru corrió hacia su mujer como un niño en busca de su madre. El incidente los había dejado como los náufragos de un buque. Pronto fueron capaces de verlo todo con los ojos con que el resto de la gente lo había leído en un rincón de los diarios de la fecha. Tomoko y Masaru hasta llegaron a dudar de su participación en el trágico suceso. ¿No habían sido acaso sólo los espectadores más cercanos del caso? La tragedia brillaba a lo lejos como una luz en la montaña. Resplandecía con mayor o menor intensidad como el faro de Cabo Tsumeki, al sur de A. Beach. Más que una ofensa, aquello se volvió una moraleja. Era la transformación de un hecho concreto en una metáfora. Había dejado de ser propiedad de la familia Ikuta. Era un hecho público. Así como un faro brilla sobre las playas y en la blanca espuma de la rompiente junto a solitarios acantilados durante las largas noches, del mismo modo la tragedia se reflejaba en la compleja vida cotidiana que los rodeaba. La gente aprendería la lección. Una vieja y simple enseñanza que los padres deben llevar grabada en la mente: «Hay que vigilar continuamente a los niños cuando se los lleva a la playa. La gente se ahoga donde jamás hubiéramos podido suponerlo.» No se trataba, desde luego, de que Masaru y Tomoko hubieran sacrificado a una hermana y a dos hijos para impartir una enseñanza. Sin embargo, la pérdida de aquellas tres vidas no había servido para otra cosa. Y, a veces, una muerte heroica tampoco produce algo más. El cuarto hijo de Tomoko fue una niña nacida hacia el fin del verano. Su felicidad no tuvo límites. Los padres de Masaru llegaron de Kanazawa para conocer a su nueva nieta, y mientras permanecieron en Tokio, Masaru los llevó hasta el cementerio. Llamaron a la niña con el nombre de Momoko. Madre e hija se encontraban bien. Tomoko sabía cómo cuidar de la pequeña y Katsuo no ocultaba su alegría de tener nuevamente una hermana. Corría el verano siguiente. Dos años habían pasado desde el accidente y uno desde el nacimiento de Momoko. Tomoko sorprendió a Masaru anunciándole que deseaba ir a A. Beach. —¿No habías dicho que jamás volverías allí? —Quiero ir. —Qué extraña eres. Yo no siento el menor deseo de hacerlo. —¿Sí? Bueno, no hablemos más del asunto. Permaneció cavilosa durante dos o tres días y, finalmente, dijo: —Me gustaría ir. —Hazlo por tu cuenta. —No puedo. —¿Por qué? —Tendría miedo. —¿Para qué quieres ir a un sitio que te inspira temor? —Quiero que vayamos todos allí. Nada hubiera sucedido si tú hubieras estado con nosotros. Quiero que vengas. —Es imposible prever lo que puede suceder si te quedas por mucho tiempo. Yo no dispongo más que de cortas vacaciones. —Con una noche será suficiente. —Pero, es un sitio tan apartado y de acceso difícil... Nuevamente preguntó a Tomoko qué motivaba su decisión. Ella repuso que no lo sabía. Luego, Masaru recordó una de las claves de las novelas policiacas a las cuales era tan afecto: el asesino vuelve siempre al escenario del crimen, pese a todos los riesgos que ello implica. Un extraño impulso llevaba a Tomoko a retornar al sitio donde habían muerto sus hijos. Tomoko insistió por tercera vez, sin demasiada apremio, en el mismo tono monótono en que lo hiciera desde el comienzo, y Masaru decidió tomarse dos días de vacaciones, evitando las multitudes de los fines de semana. El Eirakusö era la única hostería en A. Beach. Reservaron habitaciones en el extremo más alejado de las que ocuparan anteriormente. Como siempre, Tomoko se negó a viajar en el auto con su esposo en compañía de los niños. Tomaron, pues, un taxi en Itó. Era el apogeo del verano. Junto a las casas que bordeaban el camino, los girasoles parecían hirsutas melenas de león. El taxi echaba tierra en sus honestas y francas caritas, pero los girasoles no parecían molestarse por ello. Cuando divisaron el mar, Katsuo prorrumpió en gritos de júbilo. Tenía cinco años ahora y hacía ya dos que no iba a una playa. Hablaron poco en el trayecto. El taxi se sacudía en forma tal que resultaba imposible mantener una conversación. De vez en cuando, Momoko decía algo que todos comprendían. Katsuo procedió a enseñarle la palabra «mar» y la pequeña señalaba hacia el otro lado fas rojas montañas murmurando «mar». A Masaru se le antojó que Katsuo estaba enseñándole una palabra colmada de desventuras. Llegaron al Eirakusö y el mismo gerente se precipitó a saludarlos. Masaru le deslizó una propina. Recordaba demasiado bien cuánto temblaba su mano con aquel otro billete de mil yens. La hostería parecía tranquila. Aquél era un mal año. Masaru comenzó a recordar cosas y se volvió irritable. Reprendió a su mujer frente a los niños: —¿Qué diablos estamos haciendo aquí? ¿Recordando cosas que desearíamos olvidar? ¿Cosas que habíamos logrado superar? Hay por lo menos cien lugares diferentes a los que podíamos haber ido en este primer veraneo con Momoko. Trabajo demasiado como para que me arrastren a viajes estúpidos. —¿Pero no estabas de acuerdo en venir? —Tú me obligaste a hacerlo. El césped se doraba bajo el sol de la tarde. Todo estaba exactamente igual que dos años atrás. Una malla azul, verde y roja se secaba en la hamaca blanca. Dos o tres tejos desaparecían entre la hierba. Allí donde había reposado el cuerpo de Yasue, el césped tenía una tonalidad algo más oscura. Los rayos del sol parecieron, a través de las ramas, reproducir el verde ondular del traje de baño de Yasue. Masaru no sabía que allí habían depositado el cuerpo de su hermana. Sólo Tomoko sufrió aquella alucinación. Como para Masaru el episodio en sí no había ocurrido hasta que se lo notificaron, aquella porción de césped sería siempre para él sólo un sombreado rincón. Para él y para los demás huéspedes, reflexionó Tomoko. Su esposa guardaba silencio y Masaru estaba cansado de reñirla. Katsuo descendió al jardín y arrojó un tejo por el césped. Se agachó para ver hasta dónde llegaba. El tejo rebotó desganadamente entre las sombras, tomó súbito impulso y, por fin, cayó. Katsuo lo observaba sin moverse. Pensaba que quizás siguiera andando. Las cigarras canturreaban, y Masaru, ahora silencioso, sintió cómo el sudor mojaba su cuello. Recordó sus deberes de padre: —Vamos a la playa, Katsuo. Tomoko alzó a su hija y los cuatro se dirigieron a través del cerco hacia el bosquecillo de pinos. Las olas salpicaban la playa. Masaru caminó por la arena ardiente con zuecos prestados por el administrador de la hostería. No había ninguna sombrilla y no más de veinte personas ocupaban la playa que comenzaba detrás de las rocas. Permanecieron en silencio a la orilla del mar. Aquel día también había grandes racimos de nubes. Parecía imposible que una masa tan cargada de luz pudiera mantenerse en el aire. Frente a las pesadas nubes del horizonte, otras, más livianas, flotaban en el espacio como abandonadas allí por una escoba. Aquellas más bajas parecían sostener alguna cosa. Excesos de luz y sombra velaban una oscura forma arquitectónicamente delineada como si fuera una melodía. Debajo de las nubes avanzaba el mar, más amplio e inmutable que la tierra. Ésta nunca parece adueñarse del mar aun en sus bahías. El agua todo lo invade. Las olas llegan, se rompen y se retiran. Su estruena do es como la intensa tranquilidad del sol de estío. Apenas un ruido. Más bien un silencio ensordecedor. Una lírica transformación de las olas, ondas que bien podrían llamarse luz, irrisión de las mismas olas... Ondas que llegan hasta sus pies y se retiran. Masaru observó de reojo a su esposa. Tomoko contemplaba el mar. La brisa agitaba su pelo y el sol no parecía desalentarla. Su mirada húmeda tenía algo regio. Los labios se apretaban en una fina línea, y en sus brazos llevaba a la pequeña Momoko, a quien un sombrerito de paja protegía de los rigores del sol. Masaru recordaba haberle visto aquella expresión. Desde el accidente eran muchas las veces en que el rostro de Tomoko parecía no pertenecerle y trasuntaba la espera de algo que debería acontecer. —¿Qué esperas? —quiso preguntar él en tono liviano. Pero no pudo pronunciar palabra. Pensó que lo sabía sin necesidad de preguntar nada. Apretó con fuerza la mano de Katsuo.
I KAWASE había pasado seis meses en Los Ángeles por negocios de su compañía. Hubiera podido volver directamente a Japón, pero había decidido quedarse en San Francisco por algunos días. Mientras hojeaba el Chronicle en su hotel, sintió, de pronto, deseos de leer algo en japonés. Tomó una carta de su mujer: «Parecería que Shigeru recuerda a su padre de vez en cuando. Sin motivo aparentemente, pone cara de preocupación y dice: "¿Dónde está papá?" Lo del termo todavía surte efecto cuando se porta mal. Tu hermana de Setegaya estuvo aquí el otro día y dice que jamás había oído que un chico tuviera miedo de los termos. Quizás por ser viejo, el termo pierde aire alrededor del corcho y hace ruidos como si fuera un anciano quejoso. Cuando lo oye, Shigeru decide portarse bien. Estoy segura de que tiene más miedo del termo, que de su indulgente padre.» Una vez leída la carta, que ya casi conocía de memoria, Kawase no supo qué hacer. Era un espléndido día de octubre, pero todas las luces estaban encendidas en el salón, lo cual era bastante deprimente. La gente mayor, ataviada con sus mejores galas, se paseaba, pese a lo temprano de la hora, con movimientos de juncos ondulantes. La luz se reflejaba en el monóculo de un anciano que leía el periódico sentado en las profundidades de un sillón. Abriéndose paso a través del equipaje de variados colores de lo que parecía ser un grupo de turistas, Kawase dejó su llave en recepción —tan bulliciosa como de costumbre— y empujó la puerta de grueso cristal. Cruzó la calle Geary bajo el deslumbrante sol de otoño y dobló, luego, por la calle Powell, que exhibía sus cafés, tiendas de regalos, night clubs baratos y una marisquería en cuya puerta figuraba la proa de un clipper. Desde lejos, Kawase distinguió una figura que avanzaba hacia él. A pesar de la distancia, advirtió de inmediato que se trataba de una japonesa, no de segunda o tercera generación, entendámonos, sino de una japonesa nativa. No deducía aquello de su vestimenta, pues la dama en cuestión, imitando cuidadosamente la ropa estilizada de las grandes ciudades, se había puesto sombrero, un collar de perlas y un espléndido abrigo de visón plateado. Sin embargo, su rostro empolvado era una pizca demasiado blanco y, aun cuando no había fallas en su atuendo, su paso firme tenía algo de artificioso. Como resultado de todo ello, la niña que llevaba de la mano, parecía semicolgada en el aire. —Bueno, bueno... —la exclamación fue dicha en un tono tan alto que los transeúntes se volvieron a mirar—. Te reconocí inmediatamente. Siempre es fácil reconocer a un japonés desde lejos. ¡Caminas como si llevaras un par de espadas colgando del cinturon! —¿Y qué supones que pareces tú? —Kawase había olvidado también los saludos que se suelen intercambiar con alguien a quien no vemos desde tiempo atrás. Era como si la distancia entre el pasado y el presente, por lo general tan precisa, se hubiera acortado en unos cuantos centímetros. Le desagradó que se acortara en un país extranjero. El sistema japonés de medidas se alteraba así. Había veces en las que un encuentro casual en el extranjero era causa de efusiones que luego había que lamentar, pues la distancia nunca volvía a ser normal. La dificultad no se circunscribía a las relaciones entre hombres y mujeres. Kawase había pasado ya por aquella experiencia con otros hombres que, además, no eran sus íntimos amigos. Resultaba evidente que durante los últimos años aquella mujer había sido sometida a un riguroso entrenamiento en los usos y costumbres occidentales. Había aprendido a usar los vestidos y el maquillaje apropiados, pero la falta de adaptación del neófito podía advertirse aún en la forma en que aplicaba el polvo a su rostro. Las mujeres occidentales no tienen reparo en abrir sus polveras en público y retocar su maquillaje a vista y paciencia de todos. De ello resulta, muchas veces, un cierto descuido que se vuelve más notorio en zonas, como los costados de la nariz, hasta las que no llega el polvo en una capa pareja. En cambio, en el arreglo de aquella mujer no había nada librado al azar. Siempre de pie, intercambiaron los motivos que les habían hecho llegar hasta Los Ángeles. El patrón o protector de la mujer era un exportador que viajaba con frecuencia a los Estados Unidos y la había enviado en un viaje de inspección que precedía a la apertura de un nuevo restaurante japonés en San Francisco. La mujer llegaría probablemente a ejercer la gerencia del establecimiento, y no porque su patrón deseara exilar a una amante indeseable. Para ella era como si el hombre hubiera dispuesto abrir una hostería en Atami o en cualquier otro paraje cercano a Tokio. Era un empresario en escala heroica. La niña comenzaba a impacientarse. —¿Por qué no tomamos una taza de té? —la mujer hablaba como si estuvieran caminando juntos por el Ginza. Kawase asintió, pues no tenía otra cosa que hacer, pero no supo cómo llamarla. No le pareció oportuno emplear el nombre de Asaka o Perfume Tenue con el que se hacía llamar cuando era geisha, hasta hacía poco más de cinco años. II El salón de té no era tan refinado como los que pueden encontrarse en el Ginza. Poseía un ruidoso comedor para comidas rápidas con un largo mostrador en el centro y un escaparate para la venta de tabaco y regalos. Kawase tomó a la niña en brazos y la sentó en un taburete del mostrador. Quedó naturalmente sobreentendido que la sentarían entre ellos y hablarían por encima de su cabeza. Era una chica silenciosa y el dulce calor que emanaba de ella dejó un suave recuerdo en los brazos de Kawase. No había otros orientales en el lugar. El acero inoxidable que enmarcaba la ventana por la que se servían las fuentes, se empañaba con el vapor. Apenas limpia, reflejaba nuevamente los blancos delantales de las camareras. Eran todas mujeres de mediana edad y lucían recargados maquillajes. Aun cuando intercambiaban breves saludos con los clientes habituales, no sonreían fácilmente. —La mujer de Clark Gable está en San Francisco —dijo la rubia que estaba sentada a la izquierda de Kawase—; me la presentaron en una reunión. —¿Ah, sí? Debe ser bastante vieja ya... Prestando atención a medias, Asaka se quitó el abrigo y lo dejó caer alrededor de sus caderas. Solamente en la nuca, que ya no necesitaba cuidar tanto como cuando era geisha, mostraba la fácil negligencia de la profesional que se vuelve amateur. Llevaba un peinado alto y Kawase se sorprendió al notar la oscuridad de su piel. —No son muy amables, pero trabajan mucho —dijo Asaka en alta voz, mientras seguía a las camareras con la mirada—. A Kawase le gustó ver en sus ojos atentos el reflejo de entusiasmo que le producían todas las cosas nuevas vinculadas con su nuevo trabajo. Siempre había sido hermosa, pensó y recordó en cuántas oportunidades la había contemplado como si observara un fuego lejano. Feliz de poder hablar en japonés, Asaka relató los preparativos de su viaje a los Estados Unidos. En primer lugar, había aprendido inglés con su patrón. Dejando de lado la música japonesa antigua y moderna, había dedicado todo su tiempo libre a escuchar los Discos Linguaphone. Del mismo modo, usaba para toda hora los vestidos occidentales antes sólo reservados para los peores días del verano. Había ido diariamente a una modista muy elegante y su patrón la había aconsejado sobre colores y diseños. Al parecer, aquel patrón era un hombre que no hacía distingos entre la lujuria y la educación y no podía haber logrado mejor material que Asaka para formar a una mujer según sus gustos. Asaka podía haber bailado el mambo en kimono en los night clubs, pero pocos hombres lograrían una mujer que respondiera más favorablemente a un intento educacional. Cuando ya terminaba su larga historia, las camareras trajeron el pedido y con una sonrisa dura y negligente depositaron un batido de vainilla frente a la niñita de ojos rasgados. —Me llamo Hamako —dijo Asaka, presentando a su hija con notable retraso—. Apoyó la mano en su cabeza para obligarla a hacer una reverencia, pero la niña se resistió y, arrodillándose sobre el taburete, se concentró en su batido. Era demasiado pequeña para alcanzar el mostrador. A Kawase le gustó que la niña no fuera ceremoniosa. Tenía buenos rasgos semejantes a los de su madre y, mientras chupaba su helado y se apartaba el pelo con la mano abierta, observó que su perfil era muy lindo. Se mantenía callada, dejando conversar a los mayores. —La gente siempre me pregunta cómo hice para tener una hija tan silenciosa —comentó Asaka, pero, de inmediato, volvió a temas más serios. El lugar estaba saturado de un aroma americano muy especial, hecho de fragancias medicinales y del persistente y dulzón olor de los cuerpos. Las clientas eran, en su mayoría, mujeres de edad mediana o mayores, de ojos orgullosos y labios muy pintados, que devoraban grandes tartas y sandwiches. Pese al ruido y al alboroto de la tienda, había algo marcadamente melancólico en las mujeres solas y sus apetitos. Parecían tristes como si fueran otras tantas máquinas de consumo. —Quiero pasear en tranvía —dijo Hamako, que ya había vaciado la mitad de su copa. —Es lo que quiere hacer todos los días. Sin embargo, podemos muy bien pagarnos un taxi... —¡Oh, hasta los turistas ricos van en tranvía ¡No vas a rebajarte por eso! —¿Te estás burlando? No me extrañaría. Eras bastante punzante en otros tiempos. Era la primera vez que Asaka mencionaba aquellos «otros tiempos». —Bueno, yo te llevaré a dar una vuelta en el tranvía si tu madre no lo hace —prometió Kawase, mientras jeslizaba la propina bajo el plato y examinaba la cuenta. Se pasó una mano por la frente. No le dolía la cabeza, pero ya ahora que iba a volver a casa, todo el cansancio del viaje parecía concentrarse allí. Pensó que un paseo en tranvía podría disipar tan molesta sensación. Antes de ayudar a Hamako a bajar del taburete, Asaka se envolvió nuevamente en su abrigo de visón. Kawase la ayudó. —Siempre lo olvido. Es el caballero quien tiene que servir a la dama —suspiró Asaka—. Todavía no estoy acostumbrada a tales amabilidades. —Tendrás que aprender a ser más altiva. —O a tener más dignidad... Asaka se sentó sobre el taburete y arqueó la espalda. La abundancia de sus formas bajo la chaqueta del traje, despertaba la envidia de las mujeres apoyadas en el mostrador. Kawase recordó cómo, en otros tiempos, se paraba detrás de ella, mientras arqueaba la espalda como ahora, y la ayudaba a atar su obi. La suavidad del abrigo de visón perdía en comparación con la rígida y limpia austeridad del obi. Kawase hizo una extraña asociación. Era como si el portal grande, de laca bermellón con remaches negros, de la mansión de alguna dama de la nobleza, se convirtiera, de pronto, en una brillante puerta giratoria. III Así como dos personas esquivan los charcos después de una tormenta, ambos evitaron hablar de otros tiempos con gran habilidad. Para hablar del presente sólo tenían San Francisco. Eran dos viajeros sin ninguna otra vida. Cuanto más observaba a Asaka, más veía debajo de la elegancia occidental la influencia de su patrón-educador. La Asaka del pasado era casi una experta en danzas japonesas y adoptaba naturalmente poses de baile con sus delicados dedos en un ademán formal, tapándose la boca con la mano para reírse o asustarse. Ahora todo había cambiado. En realidad no había adquirido una elegancia occidental que reemplazara la elegancia oriental. Sus movimientos eran extremadamente angulosos. Kawase podía imaginar la incesante labor del patrón para corregir todos aquellos pequeños amaneramientos. Era como si la hubiera enviado a América con sus huellas digitales impresas en todo el cuerpo. Sólo permanecía, como vestigio de los antiguos tiempos, el polvo demasiado blanco. Quizá era aquél su único gesto de desafío al encontrarse sola en un país extranjero. Y a decir verdad, antes había sido aún mucho más blanco. Mientras Asaka esperaba el tranvía llevando a su hija de la mano, Kawase observó nuevamente el abrigo de visón y se preguntó dónde guardaría ahora su pequeño paquete de pañuelos de papel. Antes, solía llevar una reserva en su obi. Cuando pasaban la noche juntos, el papel se hacía sentir en varias formas delicadas. Kawase acostumbraba a bailar con su mano dentro del lazo del obi y allí encontraba el cálido bulto del papel y lo hacía crujir deliberadamente mientras bailaban. Entonces, una íntima y cautelosa sonrisa aparecía en los labios de ella para disimularlo. A veces, lánguidamente sentada, hecha un ovillo, comenzaba a desatar su obi y con un gesto delicado tomaba el papel y lo depositaba sobre la estera de tatami. Una cierta pesadez en los movimientos hablaba de la humedad de las noches en la época de las lluvias. En noches como ésas, Kawase deslizaría su mano dentro del lazo del obi y lo sentiría tan cálido y húmedo como el interior de un baño turco. Era difícil imaginar que más tarde, cuando se desatara el obi, produciría el fresco y limpio crujido de la seda. Luego, al aparecer la primera luz de la mañana a través del vidrio escarchado de la ventana, el papel se iluminaba y Kawase veía nacer el día en aquel cuadrado blanco. Asaka nunca olvidaba sacar el papel cuando se desataba el obi, pero, a veces, no recordaba ponérselo nuevamente cuando se vestían a la mañana siguiente. Algunas veces, mientras discutían, el papel estaba allí como una clara y blanca señal sobre la estera. Mientras afloraban aquellos recuerdos en su memoria, Kawase pensó que la mujer envuelta en el abrigo. de visón no tenía dónde poner el abultado paquete. La pequeña ventana blanca había desaparecido. Llegó el tranvía y los tres subieron a él. Con el sonido nostálgico de su campanilla y un ruido de cómoda desvencijada —como el de los viejos tranvías de Tokio—, el tranvía comenzó a abrirse paso trabajosamente por la calle Powell. La parte trasera del vehículo era un tranvía común, pero en la delantera podían verse bancos, pilares y sitio para colocarse a ambos lados del conductor que manipulaba con eficiencia dos grandes palancas de hierro. El antiguo vehículo deleitaba a Hamako. Tomaron asiento y observaron cómo se deslizaban las ventanas por la pendiente de la loma frente a ellos. —¡Qué divertido! —repetía Hamako, una y otra vez. —¡Qué divertido! —dijo Asaka a media voz sólo para Kawase. Parecía querer esconder bajo las palabras el placer que le producía el viaje. Por la camaradería que empleaba, Kawase advirtió que no era lo que comúnmente se entiende por una madre respetable que guarda las distancias con su hija. Descendieron del tranvía en la parte alta de la colina y, como no tenían nada que hacer, tomaron otro para retornar a la ciudad. El pronunciado declive hacía el descenso aún más fascinante. Cinco o seis mujeres maduras, turistas aparentemente, chillaban y gritaban como si estuvieran en un parque de atracciones; sin dejar, por eso, de observar las indiferentes expresiones de los lugareños como buscando una reacción a su puerilidad. Aquellas mujeres eran grandes, algo velludas y ostentaban llamativas chaquetas verdes y coloradas. Cuando llegaron nuevamente a la plaza de donde habían partido, Asaka se despidió amablemente. Estaba invitada a almorzar, pero tendría el mayor gusto en cenar aquella noche con Kawase si éste no tenía otro compromiso. Kawase tomó la mano de Hamako y caminó con ellas hasta el hotel, que estaba muy cerca de la plaza. Se detuvieron frente a un escaparate atiborrado de artículos para picnic. El equipo completo, hecho en escocés estridente, contrastaba agradablemente con el césped artificial. La decoración estaba planeada dentro de un cuidadoso desorden. Aquéllas podían haber sido cosas que los turistas hubieran dejado casualmente allí mientras se dirigían al río a lavarse las manos. —En el Japón sería imposible encontrar un equipo como éste —comentó Asaka con la nariz casi pegada al vidrio. Kawase pensó que, probablemente, ella había pasado su niñez sin siquiera saber lo que era ir de picnic. La atraían los artículos para niños. En una ocasión le había sido imposible apartarla de una vidriera en la que se exhibían muñecas con trajes de fiesta. Su patrón, tan atento a la educación occidental que le impartía no había advertido quizás esta faceta de su carácter. Perdida en su contemplación, Asaka parecía olvidarse de su presencia. De pronto, señaló un termo con tapa escocesa: -—Hamako, ahora que eres una chica mayorr, ya no les tienes miedo a los termos, ¿no es cierto? —No. —Pero, ¿te acuerdas de cuándo lo tenías? —No. —Así me gusta que contestes. Como una niña grande —Asaka sonrió como si, por primera vez, buscara el asentimiento de Kawase. Kawase se había entretenido mirando el sol que inundaba la calle y el rostro sonriente vuelto hacia él pareció mezclarse con la reverberación luminosa que lo hacía aparecer como una máscara flotando en el aire. Había escuchado a medias la conversación, pero algo como un doloroso nudo le oprimía el pecho. Un instante después comprendió que debía fingir un diálogo que se suponía incomprensible para un extraño. —¿De qué estás hablando? —preguntó, tratando de dar a su tono el acento más trivial. —De nada, en realidad. Lo que sucede es que cuando Hamako tenía año y medio, la aterrorizaban los termos. Cuando contienen té producen un ruido burbujeante muy. especial alrededor del corcho que la paralizaba de miedo. Si no quería obedecer, yo le mostraba un termo y la amenazaba con él. Añora ya no tengo que hacerlo más. —Los niños se asustan de las cosas más inverosímiles. —¿Cuándo se ha oído que una niña le tuviera miedo a los termos? —prosiguió Asaka, que parecía empeñada en describir una habilidad poco común de su hija—. Su abuela se reía mucho de todo este asunto. Decía que a Hamako le daría un ataque de nervios si, cuando fuera grande, algún ejecutivo de una companía de termos se enamorara de ella. IV Aquella noche Asaka se presentó sola. Había contratado a una niñera negra para que se quedara con Hamako en el hotel. Felizmente la niña la había encontrado muy de su agrado. Tomaron ostras crudas y cangrejo salteado en el restaurante francés llamado «Old Poodle Dog». Como postre, encargaron cerezas Jubilee. Kawase se había recobrado del golpe que le causara el asunto del termo. Se decía que era víctima de ideas tontas y culpaba de ellas a su imaginación demasiado fértil. La melancolía de la carta de su mujer lo inundó otra vez y, sin razón alguna, sintió que ella y su hijo eran aún más tristes que Asaka y su pequeña. Era aquél un pensamiento necio y sin fundamento, pero no podía apartarlo de su mente. Amparándose en las fuerzas que dispensa el alcohol, trató de evitar el presente y volvió al tema prohibido de los tiempos pasados: —Fue en la época de las lluvias, ¿no es cierto?, cuando sentiste esos calambres en el estómago y tuvimos que llamar al médico del hotel. Nos asustaste. —Es que creí que iba a morirme. Y aquel médico descarado no hacía más que empeorar las cosas... —¡La cuenta fue terrible también! —Me acuerdo del kimono que llevaba aquella noche. Era, por supuesto, de seda gruesa con franjas horizontales cosidas en forma tal que las franjas se encontraban en las costuras con otras de diferente color. Primero, una franja sepia esfumada, más o menos de diez centímetros de ancho; luego, una franja gris del mismo ancho, y arriba, todo blanco. ¿Te acuerdas? —Perfectamente —en realidad sus recuerdos eran algo borrosos. —El obi era muy lindo también. Dos ramas de bambú blanco sobre fondo bermellón. Nunca he vuelto a usarlo. Siempre les tuve miedo a los calambres estomacales. Aquélla era una rara combinación. La mujer en vestido de cóctel negro con un prendedor en el pecho, llevándose a los labios un vaso de vino con marcas de pintura y hablando de un antiguo kimono. Poco faltó para que Kawase dijera: —Esta mañana, cuando mencionaste el asunto del termo, pensé que, quizás, te estuvieras desquitando conmigo después de todos estos años. A decir verdad, mi propio hijo... —pero se contuvo y cerró la boca justo a tiempo. Se habían separado cinco años atrás en las circunstancias más desagradables. El disgusto comenzó cuando una de las colegas de Asaka, llamada Kikuchiyo, confió un secreto a Kawase. Le preguntó si sabía de las relaciones que había mantenido Asaka con un importante comerciante durante algunos meses. Aquel hombre pensaba librarla de sus obligaciones como geisha. Por otra parte, no le ocultó que, en repetidas oportunidades, ambos se habían marchado juntos a Hakone. La noticia asombró a Kawase. Aun cuando era de día, ordenó a Asaka ir hasta la cafetería de Ginza donde tenían por costumbre encontrarse. En cierto modo, su indignación carecía de fundamento. Habría que haberle preguntado, en primer lugar, si no estaba fuera de proporción con el afecto que sentía por ella. En todas sus relaciones con mujeres había dejado sentado un tácito acuerdo por el que él no pensaba ni remotamente en casarse. No perdía oportunidad de formular cínicos comentarios sobre aquellos que deseaban una pacífica vida matrimonial y siempre pedía a la mujer que lo acompañaba que se uniera a su risa. El paso siguiente era la retirada de la mujer en defensa propia. Fingía considerar su relación como franca y alegre, y luego, ambos, deseaban y trataban de pensar de esa manera. Mitad por razones de conveniencia y mitad por razones de buen gusto, Kawase había decidido mantener con Asaka este tipo de relación. Pero, finalmente, el esfuerzo arrojó un débil tinte de desesperación y el vacío se apoderó de sus burlas e ironías. Creyeron, pues, en la ilusión de ser invulnerables. Fue entonces cuando Kikuchiyo trajo su información. Kawase quiso ver hasta dónde lo llevaba su indignación, pero la respuesta de Asaka fue absolutamente inaceptable. Con su habitual vehemencia, Kawase suponía que ella respondería a sus burlas con otras burlas y a su pasión contenida con el mismo sentimiento. Como aborrecía verse solo en una situación incierta, había esperado que la mujer también se entregara a la comedia y contestara con la excitación correspondiente. Tercamente callada, Asaka estaba sentada con una compostura casi excesiva junto a la ventana de la cafetería, vacía a aquella temprana hora de la tarde. El silencio se le antojó a Kawase como una prueba de necedad. ¿Cómo no comprendía ella que su excitación equivalía a una demostración de amor? Había esperado ver aparecer en sus ojos un innegable placer frente a sus acusaciones. Y con sólo vislumbrar aquel placer lo hubiera perdonado todo. Kawase no tardó demasiado en decir todo cuanto pensaba y ambos permanecieron en silencio, evitando mirarse a los ojos. La tarde otoñal estaba nublada, pero era fácil estudiar en todos sus detalles los tubos de neón cubiertos de polvo del cabaret de enfrente. Abajo, la calle hervía de transeúntes. Asaka miraba obstinadamente por la ventana. De pronto, sin el menor cambio de expresión, rompió a florar y dijo: —Creo que voy a tener un hijo. Un hijo tuyo. Fue aquella observación lo que movió a Kawase, que por otra parte jamás hubiera pensado en hacer semejante cosa, a dejarla. ¡Qué trampa burda! Los recuerdos de su limpia y alegre aventura parecieron desvanecerse al caer en el sucio mundo de las negociaciones y los regateos. Ni siquiera sintió deseos de decir lo que hubieran preguntado la mayoría de los hombres. ¿De quién era el niño? Lo dijo, sin embargo, muy claramente, con un ojo puesto en lo que venaría más adelante. Los gestos de danza y el grueso maquillaje blanco de profesional disgustaron por primera vez a Kawase. Le habían parecido, hasta entonces, la esencia de la elegancia y de la finura. Ahora se habían vuelto símbolos de la vulgaridad. Estaba satisfecho de que la falta de sinceridad de ella hubiera provocado su resolución. —... a decir verdad, mi propio hijo... Quizás Asaka no había adivinado el contenido de la observación que él había estado a punto de formular. Sin embargo, lo frenó a la manera occidental, con un ligero guiño. El gesto agradó a Kawase y el hecho de que hubiera refrenado su lengua, no por él, sino por Asaka, le produjo una dulce y emocionante sensación. —¿Les agradaron las cerezas Jubilee?—preguntó el mozo. Kawase había pensado dejar el 15 por ciento de propina sobre el total de la cuenta. Sin embargo, dejó una suma mayor. V Durante las doce horas de vuelo en su viaje de regreso al Japón, Kawase fue varias veces hasta el salón de fumar, y recordó la brillante luz matutina del hotel en donde había pasado la noche con Asaka. La regla que estipulaba que los clientes no podían llevar mujeres a sus habitaciones, se volvía una formalidad sin aplicación práctica frente a la imposibilidad de controlar cientos de cuartos. Los corredores estaban vacíos a altas horas de la noche y ni siquiera existía el peligro de ser oído al caminar sobre las gruesas alfombras que se extendían bajo viejas lámparas. Algo ebrios, Asaka y Kawase apostaron cinco dólares a si podían o no darse una docena de besos entre el ascensor y la habitación que se hallaba a regular distancia. Kawase se hizo acreedor al premio. Cuando se despertaron por la mañana, después de un corto sueño, descorrieron las cortinas y contemplaron la bahía de San Francisco que, entre edificios, brillaba a lo lejos bajo la luz del sol. Mientras ingería su solitario desayuno de la mañana anterior, Kawase había arrojado migas a las palomas que se posaban sobre el alféizar. Volvieron nuevamente al oír abrirse la ventana. No hubo migas, sin embargo, pues Kawase no podía pedir el desayuno a su habitación. Decepcionadas, las palomas se retiraron a un hueco, bajo el alféizar, estirando el cuello de vez en cuando, como esperando su ración. Luego, se alejaron volando. Sus cuellos eran una intrincada combinación de azul, marrón y verde. El tranvía pasaba ya por la calle haciendo sonar su campanilla. Asaka llevaba una combinación negra y tenía los bien torneados hombros desnudos. La suya era una carne que Kawase había conocido bien. Sin embargo, en el extranjero parecía emanar de ella un aroma simple y fuerte como el de las praderas, completamente diferente al perfume artificial del polvo y de los kimonos. El hecho de que la piel de Asaka le produjera tan enorme placer pese a ser de su mismo color, configuraba una de esas extrañas contradicciones solamente posibles en un país extraño. Era una hermosa mañana y todas las trabas y ataduras que habían pesado sobre el corazón de Kawase desde la mañana anterior, desaparecieron milagrosamente. Cerrando el cuello del pijama para protegerse del frío, Kawase dijo ingeniosamente: —¿Y qué harás esta vez si tienes un hijo? Asaka estaba sentada frente al espejo como una prostituta extranjera. Contemplaba su imagen, encandilada por el sol. La curva suave de sus hombros parecía irradiar luz. —Si tengo un hijo, será de Sonoda —contestó, mencionando con ligereza el nombre de su patrón. Sin embargo, a medida que se aproximaba al Japón los recuerdos se desvanecían para dejar paso a la imagen desamparada de su mujer y de su hijo. Kawase no sabía realmente por qué ponía tanto énfasis en representárselos con colores tristes y sentimentales. ¿Había acaso algo que determinara aquel enfoque? Su mujer le había escrito una vez por semana durante el tiempo que había durado su ausencia, y sus cartas indicaban que todo marchaba bien. El jet volaba ahora muy bajo sobre el mar. Las luces de la cabina estaban apagadas para que los pasajeros pudieran contemplar mejor la iluminación de Tokio. Se escuchaba una música suave. Aparentemente el avión iba desde la bahía de Yokohama hasta el aeropuerto de Haneda. Los racimos de luces iban aproximándose lentamente. Toda la tristeza tensa de la ciudad —la multitud en relación directa con la angustia—, parecía reflejarse en ellos. En medio de la creciente inquietud que significa el regreso al hogar después de un largo viaje por el extranjero, Kawase escuchaba el profundo ronquido de los motores y se entregaba al oscilante fluir del tiempo delimitado por las balizas de las pistas que emergían del desorden. La confusión de la aduana, la irritante espera por el equipaje... Luego de ejecutar los últimos trámites que debe cumplir el viajero al llegar a destino, Kawase subió apurado las escaleras alfombradas de rojo y vio inmediatamente, entre el público, a su esposa con el niño en brazos. Ella vestía un pullover verde seco y había engordado durante su ausencia. El hecho de que sus rasgos parecieran borrosos la hacía más atractiva. —Mira, ahí está papá —señaló al niño que, impasible, se colgaba de su cuello, exhausto por la muchedumbre y la excitación. No parecían ni tristes ni desgraciados. Resultaba evidente que no lo habían pasado mal en ausencia de Kawase. Este se sintió desilusionado al ver a su esposa tan animada y alegre. Algunos de sus subordinados lo acompañaron hasta su casa y Kawase no tuvo ocasión de hablar con su mujer. El niño cabeceaba sobre sus rodillas. —Quizás sea mejor acostarlo —sugirió uno de los gerentes. Rodeado por lo auténticamente japonés —esteras de paja, puertas correderas de papel, incontables platitos y recipientes sobre la mesa—, Kawase se había convertido una vez más en el clásico caballero nipón. Debía, pues, reafirmar su autoridad. —Si le mostramos un termo, se despabilará nuevamente. —¿Un termo? Kawase llamó a su mujer: —Kimiko, tráeme un termo. Ella tardó en contestar. Sin duda pensaba que ya era hora de que el niño se acostara. Eran más de las once y su falta de complacencia irritó mucho a Kawase. Era como si hubiera vuelto al Japón solamente para darse el gusto de mandar a su hijo a la cama con un termo, como si únicamente ese sentimiento de placer o de miedo (era difícil distinguirlo) pudiera disipar la íntima perturbación que sintiera desde el vuelo en el jet. Después de cinco minutos, llamó nuevamente a su mujer. La bebida no le producía el efecto placentero de siempre y parecía concentrarse en un punto frío de su nuca. —¿Qué sucede con el termo? —preguntó. —¡Pero si está casi dormido! —terció Komiya, el gerente que minutos antes había intervenido en la conversación—. Creo que podrá arreglarse sin el termo. Envalentonado por el sake, Komiya se estaba propasando. Kawase lo observó. Era un joven muy inteligente, uno de los mejores en la organización de Kawase y tenía un rostro muy definido con gruesas cejas que casi se juntaban sobre el puente de su nariz. Al mirarlo a los ojos, Kawase sintió que algo se le clavaba en el punto helado que sentía en la nuca. —«Sabe... Sabe que el niño tiene miedo de los termos...» En vez de preguntar algo, Kawase empujó al niño hacia Komiya que lo tomó como si fuera una pelota de fútbol y clavó en su jefe una mirada llena de asombro. —Llévelo usted a dormir, entonces —sugirió Kawase. Al advertir lo tenso de la situación, los demás comenzaron a charlar ruidosamente. La esposa de Kawase tomó al niño de los brazos de Komiya y fue a acostarlo, pues ya estaba casi dormido pese al ruido. A Kawase le disgustó que todo se hiciera tan fácilmente. Los invitados se marcharon a la una de la mañana. Kawase ayudó a su mujer a recoger la mesa. No estaba ebrio y, aunque se sentía agotado, estaba más despierto que nunca. Kimiko parecía haber notado su descontento. Apenas cambiaron las palabras más indispensables mientras llevaban a cabo aquella pequeña tarea en común. —Te agradezco tu ayuda —dijo Kimiko—-. Debes estar cansado. ¿Por qué no te vas a la cama? —no levantó la mirada de los platos que estaba lavando. Kawase no contestó. Bajo la luz fluorescente los platos amontonados a un costado del fregadero parecían de una espectral blancura. Después de una pausa, dijo: —¿Qué sucedió con el termo? Ya sé que el pequeño estaba por dormirse, pero podrías haberme complacido por ser ésta mi primera noche en casa. —Se rompió —la voz de Kimiko sobre el ruido del agua sonaba aguda y animosa. Sorprendentemente, la noticia no sorprendió a Kawase. —¿Quién lo rompió? ¿Shigeru? Ella sacudió la cabeza y las ondas rígidas, agrupadas en lo alto de su peinado en honor de Kawase, se sacudieron suavemente. —¿Quién fue, entonces? Kimiko dejó, súbitamente, de lavar los platos y sus brazos permanecieron inmóviles como si empujaran el acero inoxidable del fregadero. El pullover verde seco temblaba. —¿Por qué llorar por esto? Sólo he preguntado quién lo había roto. —Fui yo —dijo ella con voz entrecortada. Kawase no tuvo el valor necesario para apoyar su mano en el hombro de ella. Tenía miedo de los termos.
Yukio Mishima I El veintiocho de febrero de 1936, al tercer día del incidente del 26 de febrero, el teniente Shinji Takeyama, del batallón de transportes, profundamente perturbado al saber que sus colegas más cercanos estaban en connivencia con los amotinados, e indignado ante la inminente perspectiva del ataque de las tropas imperiales contra tropas imperiales, tomó su espada de oficial y ceremoniosamente se vació las entrañas en la habitación de ocho tatami de su residencia privada en la sexta manzana de Aoba-cho, en el distrito Yotsuya. Su esposa, Reiko, lo siguió clavándose un puñal hasta morir.
La nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: "¡Vivan las Fuerzas Imperiales!" La de su esposa, luego de implorar el perdón de sus padres por precederlos en el camino a la tumba, concluía: "Ha llegado el día para la mujer de un soldado". Los últimos momentos de esta heroica y abnegada pareja hubieran hecho llorar a los dioses. Es menester destacar que la edad del teniente era de treinta y un años; la de su esposa, veintitrés.
Hacía sólo dieciocho meses que se habían casado.
II
Los que contemplaron el retrato conmemorativo del novio y de la novia no dejaron de admirar, quizás tanto como quienes habían asistido a la boda, el elegante porte de la pareja.
El teniente, de pie junto a su esposa, estaba majestuoso en su uniforme militar. Su mano derecha descansaba sobre el puño de la espada y con la izquierda sostenía la gorra de oficial. Su expresión severa traducía claramente la integridad de su juventud.
En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla. Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en los labios llenos. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido, sostenía un abanico, y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente, eran como el capullo de una flor de luna.
Luego de consumado el suicidio, muchos tomaron la fotografía y se entregaron a tristes reflexiones acerca de las maldiciones que suelen recaer sobre las uniones sin tacha. Quizás fuera sólo efecto de la imaginación, pero, al observar el retrato, parecía casi que los dos jóvenes, ante el biombo dorado, contemplaran, con absoluta claridad, la muerte que los aguardaba.
Gracias a los buenos oficios de su mediador, el teniente general Ozeki, habían podido instalarse en su nuevo hogar de Aoba-cho, en Yotsuya. En realidad aquel nuevo hogar no era sino una vieja casona alquilada, de tres dormitorios y con un pequeño jardín detrás. Utilizaban la habitación del piso superior, de ocho tatami, como dormitorio y habitación de huésped, pues el resto de la casa no recibía la luz del sol.
No tenían sirvientes y Reiko cuidaba del hogar en ausencia de su marido.
El viaje de boda quedó postergado por coincidir con una época de emergencia nacional. El teniente y su esposa pasaron la primera noche de casados en la vieja casa. Muy tieso, sentado sobre el piso y con su espada frente a él, Shinji había hecho escuchar a su esposa un discurso de corte militar antes de llevarla al lecho nupcial. Una mujer que contraía matrimonio con un soldado debía saber y aceptar sin vacilaciones el hecho de que la muerte de su marido podría llegar en cualquier momento. Quizás al día siguiente. No importaba cuándo. ¿Estaba ella conforme con aceptarlo? Reiko se puso de pie y, abriendo la vitrina, tomó de ella su más preciado bien, un puñal regalado por su madre. Se comprendieron perfectamente sin necesidad de palabras y el teniente no puso nunca más a prueba la resolución de su mujer.
Durante los primeros meses que siguieron a la boda, la belleza de Reiko se hizo cada día más radiante. Brillaba, serena, como la luna después de la lluvia.
Como ambos estaban dotados de cuerpos sanos y vigorosos, su relación era apasionada y no se limitaba a las horas de la noche. En más de una ocasión, al volver a su hogar directamente del campo de maniobras, y aún con el uniforme salpicado de barro, el teniente había poseído a su mujer en el suelo, apenas abierta la puerta de la casa. Reiko le correspondía con el mismo ardor. En aproximadamente un mes, contando con la noche de bodas, Reiko conoció la absoluta felicidad, y el teniente, al comprobarlo, se sintió también muy feliz.
El cuerpo de Reiko era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que, cuando gozaba, se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza. Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. Conservaban sus corazones sobrios y austeros en medio de las más embriagadoras demostraciones de pasión.
El teniente recordaba a su mujer durante el día en los cortos periodos de descanso entre su entrenamiento y su retorno al hogar, y Reiko no olvidaba a su marido en ningún momento. Cuando estaban separados, les bastaba con mirar solamente la fotografía de su casamiento para ratificar una vez más su felicidad. A Reiko no le sorprendía en lo mas mínimo que un hombre que había sido un extraño hasta algunos meses atrás se hubiese convertido en el sol alrededor del cual giraban su vida y su mundo.
Esta relación tenía una base moral y seguía fielmente el mandato de los Principios de la Educación en los que se estipula que "la armonía reinará entre el marido y la mujer". Reiko no encontró jamás la ocasión de contradecir a su marido, y el teniente no tuvo motivo alguno para reñir a su mujer.
En el nicho, debajo de la escalera, junto a la tablilla del Gran Santuario Ise, habían colocado fotografías de sus Majestades Imperiales, y cada mañana, antes de partir hacia sus obligaciones, el teniente y su mujer se detenían frente a ese lugar santificado y juntos se inclinaban en una profunda reverencia.
La ofrenda de agua se renovaba cada mañana y la rama sagrada de sakasi estaba siempre verde y fresca. Sus vidas se deslizaban bajo la solemne protección de los dioses y estaban colmadas de una felicidad intensa que hacía vibrar cada fibra de sus cuerpos.
III
Aun cuando la casa de Saito, Señor del Sello Privado, se hallaba en la vecindad, nadie escuchó allí el tiroteo de la mañana del 26 de febrero. Aquel fue un ruidoso toque de atención en el amanecer nevado e interrumpió bruscamente el sueño del teniente. Saltó inmediatamente de la cama y, sin pronunciar palabra, vistió el uniforme, se ajustó la espada que le tendía su mujer y se precipitó hacia la calle cubierta de nieve en el oscuro amanecer. No regresó a su hogar hasta la noche del día veintiocho.
Algo más tarde, Reiko escuchó por la radio las noticias sobre aquella súbita erupción de violencia. Vivió los dos días siguientes en completa y tranquila soledad tras las puertas cerradas.
Reiko había leído la presencia de la muerte en el rostro de su marido al marcharse a toda prisa bajo la nieve. Si Shinji no regresaba, su propia decisión era también muy firme. Moriría con él.
Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.
Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad. Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana, un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Estos objetos constituían la única colección de Reiko. Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos. Tampoco sería apropiado pedir específicamente que fueran incluidos en su ataúd. Mientras estos objetos desfilaban por su mente, Reiko tuvo la sensación de que los animalitos parecían cada vez más tristes y desamparados.
Tomó la ardilla en su mano y la observó. Fue entonces cuando, con sus pensamientos puestos en un reino mucho más alejado que estos afectos infantiles, vio en la lontananza los principios, vitales como el sol, que personificaba su marido. Estaba pronta y feliz de terminar sus días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad se permitió refugiarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas. Ya había pasado el tiempo en que realmente las había amado.
Ahora solamente acariciaba su recuerdo y el lugar que ocuparan en su corazón se había colmado definitivamente con pasiones más intensas.
Reiko jamás había supuesto que las turbadoras emociones de la carne fueran sólo un placer. La baja temperatura de febrero y el contacto con la gélida porcelana de la ardilla habían entumecido sus dedos. Sin embargo, bajo los dibujos simétricos de su acicalado kimono meisen podía sentir, cuando recordaba los poderosos brazos del teniente, una cálida humedad que, desde su piel, desafiaba al frío.
No experimentaba absolutamente ningún temor por la muerte que rondaba en la cercanía. Mientras esperaba sola en su casa, Reiko no dudaba que la angustia y la congoja que estaría experimentando su marido en aquellos momentos la llevarían, con tanta certeza como su intensa pasión, a una muerte agradable. Sentía en lo más hondo que su cuerpo podría disolverse con facilidad y convertirse en una sola cosa con el pensamiento de su marido.
A través de las informaciones de la radio, escuchó los nombres de varios colegas de su marido mencionados entre los insurgentes. Éstas eran noticias de muerte. Se preguntaba ansiosamente, a medida que la situación se hacía más difícil, por qué no se emitía una Ordenanza Imperial. El movimiento, que en un principio había parecido ser un intento de restaurar el honor nacional, se había convertido gradualmente en algo llamado motín. El regimiento no había dado ningún comunicado y se suponía que, en cualquier momento, podría comenzar la lucha en las calles aún cubiertas de nieve.
El veintiocho, a la caída del sol, furiosos golpes estremecieron a Reiko. Bajó precipitadamente las escaleras, y mientras, con dedos inexpertos, tiraba del pasador, la silueta apenas delineada tras los vidrios cubiertos de escarcha, no emitía sonido alguno. Sin embargo, no dudó de la presencia de su marido. Nunca antes había tenido tanta dificultad en abrir la puerta .Cuando finalmente pudo lograrlo, se encontró frente al teniente enfundado en un capote color kaki y con las botas de campaña salpicadas de barro.
Reiko no comprendió por qué Shinji cerró la puerta y corrió nuevamente el pasador.
-Bienvenido a casa -la joven ejecuta una prrofunda reverencia a la cual su marido no responde. Se había quitado la espada y comenzaba a desembarazarse del capote. Ella quiso ayudarlo. La chaqueta, que estaba fría y húmeda y había perdido el olor a estiércol que tenía normalmente cuando se la exponía al sol, le pesaba en el brazo. La colgó de una percha y sosteniendo la espada y el cinturón de cuero entre sus mangas, esperó a que su marido se quitase las botas. Luego, lo siguió hasta el cuarto de estar: la habitación de seis tatami.
Bajo la clara luz de la lámpara, el rostro barbudo y agotado de su marido era casi irreconocible. Las mejillas hundidas habían perdido su brillo y elasticidad.
En circunstancias normales hubiera cambiado su ropa por otra de casa, y la hubiera urgido a servir la comida de inmediato. En cambio, aquella noche se sentó frente a la mesa vistiendo el uniforme y con la cabeza hundida sobre el pecho.
Reiko se abstuvo de preguntar si debía preparar la comida.
-Yo no sabía nada -dijo el hombre al cabo de un silencio-. No me pidieron que me uniera a ellos .Quizás no lo hicieron al saberme recién casado. Kano, Homma y, también, Yamaguchi.
Reiko evocó los rostros de los alegres oficiales jóvenes, amigos de su marido, que habían ido a aquella casa en calidad de invitados.
-Quizás mañana se publique una Ordenanza Imperial. Supongo que serán juzgados como rebeldes. Estaré a cargo de la unidad con órdenes de atacarlos... No puedo hacerlo. Sería simplemente imposible -guardó un corto silencio-. Me han dispensado de las guardias y estoy autorizado para volver a casa por una noche. Mañana, a primera hora, deberé unirme al ataque sin proferir una réplica. No puedo hacerlo, Reiko...
Reiko estaba sentada, muy tiesa, con los ojos bajos.
Comprendía muy claramente que su marido hablaba en términos de muerte. El teniente estaba resuelto y, aun cuando todavía planteaba el dilema, en su mente ya no cabían vacilaciones.
Sin embargo, en el silencio que se estableció entre ambos, todo quedó claro con la misma transparencia de un cauce alimentado por el deshielo.
Ya en su casa después de la larga prueba de dos días y contemplando el rostro de su hermosa mujer, el teniente experimentó, por primera vez, una verdadera paz interior. Había intuido de inmediato que su mujer conocía la resolución que ocultaban sus palabras.
-Bien, entonces... -el teniente abrió, graandes, los ojos. Pese al cansancio, su mirada era fuerte y transparente y no la apartó de su esposa-. Esta noche me abriré el estómago.
Reiko no vaciló.
-Estoy preparada -dijo-, permíteme acompa�±arte.
El teniente se sintió casi hipnotizado por la mirada implorante de su esposa. Sus palabras comenzaron a fluir rápida y fácilmente, como expresadas en delirio.
Otorgó su aprobación a aquella empresa vital en una forma descuidada y negligente que parecía escapar a su entendimiento.
-Bien. Nos iremos juntos. Pero, antes, quieero que seas testigo de mi muerte.
Ya de acuerdo, sus corazones se vieron inundados por una repentina felicidad.
Reiko estaba profundamente conmovida por la confianza que depositaba en ella su marido. Era vital para el teniente que no se cometieran irregularidades en su muerte. Por esta razón era necesario un testigo. Y el haber elegido para tal fin a su mujer, demostraba una profunda y absoluta confianza. En segundo lugar, y esto era aun más importante, aunque había rogado a Reiko que muriera con él, ni siquiera intentaba matar a su esposa primero, sino que dejaba aquel momento librado al criterio de ella, para cuando él ya no estuviera allí, verificándolo todo. Si el teniente hubiera abrigado la menor sospecha, cumpliendo el pacto de los suicidas, hubiera preferido matarla primero.
Cuando Reiko dijo: "Permíteme acompañarte", el teniente apreció en estas palabras el fruto final de las enseñanzas impartidas a su mujer desde la noche del casamiento. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían. Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji... No era ni tan romántico ni tan presuntuoso como para creer que esas palabras eran dichas espontáneamente, sólo por amor.
Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas. Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes.
-El agua está caliente. ¿Te darás un ba�±o ahora?
-Sí, por supuesto.
-¿Y la comida...?
Las palabras fueron pronunciadas en un tono tan tranquilo y doméstico, que, por una fracción de segundo, el teniente creyó haber sido juguete de una alucinación.
-No creo que sea necesario. ¿Podrás calenntar un poco de sake?
-Como quieras.
Reiko se levantó y al tomar del ropero un vestido tanzan para después del baño, atrajo deliberadamente la atención de su marido sobre los cajones vacíos. El teniente observó el interior del mueble. Leyó las direcciones sobre los regalos recordatorios. No hubo pena en él frente a la heroica determinación de Reiko. Como un marido a quien su joven esposa enseña con orgullo sus compras pueriles, el teniente, inundado de afecto, abrazó a su mujer cariñosamente por la espalda y le besó el cuello.
Reiko sintió la aspereza de aquel rostro sin afeitar. Esta sensación encerraba para ella toda la alegría del mundo, y ahora -sintiendo que iba a perderla para siempre- contenía una frescura mas allá de toda experiencia. Cada momento parecía contener una infinita fuerza vital. Los sentidos se despertaron en todo su cuerpo.
Aceptando las caricias de Shinji, Reiko se alzó sobre la punta de los pies y dejó que aquella vitalidad atravesara su cuerpo.
-Primero, el baño, y luego, después de toomar sake... Prepara las camas arriba, ¿quieres?
El teniente susurró algo en el oído de su mujer, y ella asintió silenciosamente.
El teniente se quitó apresuradamente el uniforme y se dirigió al baño.
Al escuchar el suave rugido del agua, Reiko llevó carbón hasta el cuarto de estar y empezó a calentar el sake.
Tomó el tanzen, un fajín y su ropa interior. Se dirigió al baño para controlar el calor del agua. En medio de una nube de vapor, el teniente se afeitaba con las piernas cruzadas en el suelo. Ella pudo distinguir los músculos de su fuerte espalda húmeda que respondían a los movimientos de sus brazos.
Nada sugería algún acontecimiento anormal. Reiko se ocupaba diligentemente de sus tareas y preparaba platos improvisados.
Sus manos no temblaban y se mostraba más eficiente y desenvuelta que de costumbre. De tanto en tanto sentía extrañas palpitaciones en el centro del pecho, pero eran como luces distantes. Tenían un momento de gran intensidad y luego se desvanecían sin dejar huellas. Omitiendo esto, no parecía ocurrir nada fuera de lo habitual.
Mientras se afeitaba en el baño, el teniente sintió que su cuerpo tibio se libraba milagrosamente de la desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una agradable expectativa pese a la muerte que lo aguardaba. Podía oír vagamente los ruidos habituales con que su mujer cumplía sus quehaceres, y un saludable deseo físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente.
El teniente confiaba en que no había habido impureza en el goce experimentado mientras resolvían morir.
Ambos habían sentido en aquel momento, aun cuando no de una manera clara y consciente, que esos placeres permisibles estaban nuevamente bajo la protección del Bien y del Poder Divino. Los protegía una moralidad total e intachable. Al mirarse a los ojos descubrieron en su interior una muerte honorable, estaban de nuevo a salvo tras las paredes de acero que nadie podría destruir, enfundados en la impenetrable coraza de la Belleza y la Verdad.
El teniente podía entonces considerar su patriotismo y las urgencias de su carne como un todo.
Acercó más aun la cara al oscuro y agrietado espejo de pared y se afeitó cuidadosamente. Aquel era el rostro que presentaría a la muerte y era importante que no tuviera imperfecciones. Sus mejillas, recién afeitadas, irradiaban nuevamente el brillo de la juventud y parecían iluminar la opacidad del espejo. Sintió que había cierta elegancia en la asociación de la muerte con aquella cara sana y radiante.
Sería su rostro de difunto. En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto. A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad. Ya no era una criatura viviente.
Al salir del baño, con un tenue reflejo azulado bajo la tersa piel de las mejillas, se sentó junto al brasero de carbón. Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Su rostro estaba fresco y sus labios húmedos. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía.
Tan pronto como hubo vaciado su taza de sake, se la ofreció a Reiko, quien nunca lo había probado. La joven bebió un sorbo, tímidamente.
-Ven aquí-dijo el teniente.
Reiko se acercó a su marido, y mientras él la abrazaba ella se sintió profundamente conmovida, como si la tristeza, la alegría y el poderoso sake se mezclaran dentro de ella.
El teniente contemplo las facciones de su esposa. Era el último rostro que vería en este mundo. Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes.
Reiko tenía una cara de rasgos regulares, sin ser fríos, y de labios suaves. El teniente, que no se cansaba de contemplarla, la besó en la boca. Y repentinamente, sin que se alterara su belleza por el llanto, las lágrimas comenzaron a brotar lentamente bajo las largas pestañas y corrieron como hilos brillantes por sus mejillas.
Luego Shinji quiso subir al dormitorio, pero ella le suplicó que le diera tiempo a tomar su baño. El teniente subió, pues, solo, y se acostó con los brazos y las piernas abiertas en la habitación entibiada por la estufa de gas. El tiempo que transcurrió esperando a su mujer no fue más largo de lo habitual.
Colocó las manos bajo la cabeza y observó las vigas del techo. ¿Esperaba la muerte? ¿Un salvaje éxtasis de los sentidos? Ambas cosas parecían sobreponerse, como si el objeto del deseo físico fuera la muerte propia.
El teniente nunca había gozado de una libertad tan absoluta.
Un coche frenó y pudo escuchar el chirrido de las ruedas patinando sobre la nieve apilada en los bordes de la calle. La bocina repercutió en las paredes cercanas. Al percibir esos ruidos, Shinji pensó que aquella casa se levantaba como una isla solitaria en el océano de una sociedad ocupada incansablemente en los mismos asuntos de siempre. A su alrededor se extendía desordenadamente el país por el cual estaba sufriendo y a punto de dar la vida. No sabía ni le importaba si aquella gran nación reconocería su sacrificio. En su campo de batalla no existía la gloria. Era la trinchera del espíritu.
Los pasos de Reiko resonaron en la escalera. Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama. Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera. Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior.
Reiko tenia un fajín sobre el yukata y su rojo estaba atenuado por la media luz. El teniente quiso asirla y la mano de Reiko corrió en su ayuda. El fajín cayó al suelo.
Ella estaba de pie frente a él, vistiendo su yukata.
El hombre hundió las manos en las aberturas laterales bajo las mangas y la abrazó intensamente. El roce de sus dedos sobre la piel desnuda, sentir que las axilas se cerraban suavemente sobre sus manos, encendió aun más su pasión y, pocos instantes más tarde, ambos yacían desnudos frente al brillante fuego de la estufa.
No pronunciaron palabra alguna, pero sus cuerpos y sus corazones se inflamaron al saber que aquel sería el último encuentro. Era como si las palabras "ÚLTIMA VEZ" hubieran sido estampadas con pinceladas invisibles sobre cada centímetro de sus cuerpos.
El teniente atrajo a su mujer y la besó con vehemencia. Sus lenguas exploraron las bocas, adentrándose en su interior suave y húmedo, y fue como si las aún desconocidas agonías de la muerte templaran sus sentidos como el acero al rojo vivo. Los lejanos dolores finales habían refinado su percepción amorosa.
-Es la ultima vez que voy a verte -murmuró³ el teniente-. Déjame mirar... -y tomando la lámpara en su mano, dirigió un haz de luz sobre el cuerpo extendido de Reiko.
Ella había cerrado los ojos. La luz de la lámpara destacaba la majestuosidad de su carne blanca. El teniente con un dejo de egocentrismo, se alegró pensando en que jamás vería esa belleza derrumbándose frente a la muerte.
El teniente contempló sin apuro aquel inolvidable espectáculo. Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares... Todo ello configuraba en la mente del teniente la visión de una máscara mortuoria verdaderamente radiante y una y otra vez apretó sus labios contra la blanca garganta donde la mano de Reiko no tardaría en descargar su certero golpe. El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote. Cerrando los ojos, el mundo se convertirá, así, en una mecedora.
La boca del teniente seguía fielmente el recorrido de sus ojos. Los pechos altos y turgentes, terminados como capullos de cerezo silvestre, se endurecían al contacto de sus labios. Los brazos emergían malsanamente a ambos lados, afinándose hacia las muñecas, pero sin perder su redondez ni simetría.
Los dedos delicados eran aquellos que habían sostenido el abanico durante la ceremonia nupcial. A medida que el teniente los besaba, se retraían como avergonzados. El hueco natural de esa curva entre el pecho y el estómago tenía en sus líneas no sólo la sugestión de la tersura, sino la fuerza de la elasticidad y anunciaba las ricas curvas que se extendían hasta las caderas. La riqueza y la blancura del vientre y las caderas eran como la leche contenida en un recipiente amplio. El hoyo sombreado del ombligo podía haber sido la huella de una gota de agua recién caída allí. Donde las sombras se hacían más intensas, el vello crecía apretado, dulce y sensible, y a medida que la excitación aumentaba en aquel cuerpo que había dejado de mostrarse pasivo, un aroma de flores ardientes se hacia cada vez más penetrante.
Reiko habló, por fin, con voz trémula:
-Muéstrame... Déjame mirar por última veez...
Shinji no había escuchado nunca de labios de su mujer un ruego tan firme y definido. Era como si su modestia ya no podía ocultar algo que, ahora, se libraba de las trabas que la oprimían. El teniente se recostó sumisamente para someterse a los requerimientos de su mujer. Ella alzó ágilmente su cuerpo blanco y tembloroso y ardiendo en un inocente deseo de devolverle todo cuanto había hecho por ella, puso los dedos sobre los ojos de Shinji y los cerró suavemente.
Repentinamente inundada de ternura, con las mejillas encendidas por el vértigo de la emoción, Reiko abrazó la cabeza rapada del teniente y el pelo afeitado lastimó su pecho. Aflojando el abrazo, contempló luego el rostro varonil de su marido. Las cejas severas, los ojos cerrados, el espléndido puente de la nariz, los labios bien dibujados y firmes. Reiko comenzó a besarlos, se detuvo en la ancha base del cuello, en los hombros fuertes y erguidos, en el pecho poderoso con sus círculos gemelos semejantes a escudos de ásperos pezones. Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura. La piel desnuda del teniente relucía como un campo de cebada y podía observar los músculos en relieve convergiendo sobre el abdomen alrededor del ombligo pequeño y modesto.
Al mirar el estómago firme y joven, púdicamente cubierto por un vello vigoroso, Reiko pensó que pronto iba a ser cruelmente lacerado por la espada y, reclinando la cabeza, rompió en sollozos y lo cubrió con sus besos.
Al sentir las lágrimas de su mujer, el teniente se sintió capaz de afrontar valerosamente las más crueles agonías del suicidio. Resulta fácil imaginar a qué éxtasis llegaron después de aquellos tiernos intercambios. El teniente se incorporó y rodeó con un potente abrazo a su mujer, cuyo cuerpo estaba exhausto luego de tantas lágrimas y aflicciones. Juntaron sus caras apasionadamente, restregando las mejillas. El cuerpo de Reiko temblaba. Sus pechos húmedos estaban fuertemente apretados y cada milímetro de aquellos cuerpos jóvenes y hermosos se habían compenetrado tanto con el otro que parecía imposible que se separaran jamás.
Reiko gritó.
Desde las altura se sumergieron en el abismo, y, de allí, una vez más hasta embriagantes alturas. El teniente jadeaba como el portador de un estandarte...
Al terminarse su ciclo, surgía inmediatamente una nueva ola de placer y, juntos, sin muestras de fatiga, se elevaron nuevamente hasta la cima misma de un nuevo movimiento jadeante.
IV
Cuando Shinji se volvió finalmente no fue por cansancio. No quería agotar la considerable fuerza física que necesitaría para llevar a cabo el suicidio. Ademas, hubiera lamentado enturbiar la dulzura de aquellos últimos momentos abusando de esos goces.
Reiko, con su habitual complacencia, siguió el ejemplo de su marido. Los dos yacían desnudos, con los dedos entrelazados, mirando fijamente el oscuro cielo raso. La habitación estaba caldeada por la estufa y en la noche silenciosa no se escuchaba el trafico callejero. Ni siquiera llegaba hasta ellos el fragor de los trenes y autobuses de la estación Yotsuya, que se perdía en el parque densamente arbolado frente a la ancha carretera que bordea el Palacio Akasaka. Resultaba difícil pensar en la tensión existente en el barrio donde las dos facciones del Ejercito Imperial se preparaban para la lucha.
Deleitándose en su propio calor, los jóvenes rememoraron en silencio los éxtasis recientes. Revivieron cada momento de la pasada experiencia, recordaron el gusto de los besos nunca agotados, el contacto de la piel desnuda, tanta embriagante felicidad .Pero ya entonces, el rostro de la muerte acechaba desde las vigas del techo. Aquellos habían sido los últimos placeres de los que sus cuerpos no disfrutarían nunca más. Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso.
También se desprenderían sus dedos entrelazados. Hasta los dibujos de las oscuras vetas de la madera, desaparecerían pronto. Era posible detectar el avance de la muerte. En aquel momento ya no cabían dudas. Era menester tener el coraje necesario, salirle al encuentro y atraparla.
-Podemos prepararnos -dijo el teniente.
La determinación que encerraban sus palabras era inconfundible, pero tampoco había habido nunca tan cálidas y tiernas inflexiones en su voz.
Varias tareas los aguardaban. El teniente, que no había ayudado nunca a guardar las camas, empujó la puerta corrediza del armario, alzó el colchón y lo depositó dentro de él.
Reiko apagó la estufa y la luz. En ausencia del teniente lo había aseado todo cuidadosamente, y ahora aquella habitación de ocho tatami presentaba la apariencia de una sala lista para recibir a importantes invitados.
-Aquí bebieron Kano y Homma y Noguchi...
-Sí, eran todos grandes bebedores.
-Nos reuniremos pronto con ellos en el otroo mundo. Se burlarán de nosotros cuando adviertan que te llevo conmigo.
Al bajar la escalera, el teniente se volvió para contemplar la limpia y tranquila habitación iluminada por la lámpara. En su mente flotaba el recuerdo de los jóvenes oficiales que allí habían bebido y bromeado inocentemente. Nunca había imaginado, entonces, que en aquella habitación se abriría el estómago.
El matrimonio se ocupó despacio y serenamente de sus respectivos preparativos en las dos habitaciones de la planta baja. El teniente fue primero al retrete, y luego, al baño a lavarse. Mientras tanto, Reiko doblaba y guardaba la bata acolchada de su marido; ordenaba la túnica del uniforme, los pantalones y un taparrabos blanco recién cortado; disponía unas hojas de papel sobre la mesa del comedor para las notas de despedida. Luego, tomó la caja que contenía los instrumentos para escribir, y comenzó a raspar la tableta para hacer tinta. Ya había decidido el contenido de su última misiva.
Los dedos de Reiko apretaron fuertemente las frías letras doradas de la tableta y el agua del tintero se tiñó inmediatamente como si una oscura nube hubiera pasado sobre él. Todo aquello no era sino una solemne preparación para la muerte. La rutina doméstica o una forma de pasar el tiempo hasta que llegara el momento del enfrentamiento definitivo. Una inexplicable oscuridad brotaba del olor de la tinta al espesarse.
El teniente salió del baño. Vestía el uniforme sobre la piel. Sin pronunciar una palabra, tomó asiento frente a la mesa y, empuñando el pincel, permaneció indeciso frente al papel que tenía delante.
Reiko tomó un kimono de seda blanca y, a su vez, entró en el baño. Cuando reapareció en la habitación, ligeramente maquillada, la misiva ya estaba terminada. El teniente la había colocado bajo la lámpara .Las gruesas pinceladas solo decían:
"¡Vivan las fuerzas imperiales! - Teniente del ejército, Takeyama Shinji."
El teniente observó en silencio los controlados movimientos con que los dedos de su mujer manejaban el pincel.
Con sus respectivas esquelas en la mano -la espada del teniente ajustada sobre su costado y la pequeña daga de Reiko dentro de la faja de su kimono blanco-, ambos permanecieron frente al santuario, rezando en silencio. Luego, apagaron todas las luces de la planta baja. Mientras subían, el teniente volvió la cabeza y observó la llamativa silueta de su mujer que, toda vestida de blanco y los ojos bajos, iba tras él.
Acomodaron las notas de despedida una junto a la otra en la alcoba de la planta baja.
Por un momento pensaron en descolgar el pergamino, pero como había sido escrito por su mediador el teniente general Ozzeki y consistía en dos caracteres chinos que significaban "Sinceridad", lo dejaron donde estaba. Pensaron que, aunque se manchara con sangre, el teniente general no se ofendería.
Shinji tomó asiento de espaldas a la habitación y, muy erguido, colocó su espada frente a él. Reiko se sentó frente a él, a un tatami de distancia. El toque de pintura en sus labios parecía aun más seductor sobre el severo fondo blanco.
Se miraron intensamente a los ojos a través de la distancia de un tatami que los separaba. La espada del teniente casi tocaba sus rodillas. Al verla, Reiko recordó la primera noche de casada, y se sintió abrumada de tristeza.
Finalmente, el teniente habló con voz ronca:
-Como no voy a tener quién me ayude, me haaré un corte profundo. Puede que sea desagradable. Por favor, no te asustes. La muerte es algo horrible de presenciar, en cualquier circunstancia. No debes dejarte atemorizar, ¿comprendes?
Reiko asintió con una profunda inclinación de cabeza.
Al mirar la figura esbelta de su mujer, el teniente experimentó una extraña excitación. Estaba por llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado, algo que exigía una resolución similar al coraje que se necesita para entrar en combate. Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad que si hubiera muerto en el frente de batalla.
Por unos instantes el pensamiento llevó al teniente a elaborar una rara fantasía. Una muerte solitaria en el campo de lucha, una muerte frente a los ojos de su hermosa esposa... Una dulzura sin límites lo invadió al experimentar la sensación de que iba a morir en aquellas dos dimensiones, conjugando la imposible unión de ambas.
"Este debe ser el pináculo de la buena fortuna", pensó. El hecho de que aquellos hermosos ojos observaran cada minuto de su muerte, equivaldría a ser llevado al más allá en alas de una brisa fragante y sutil.
Presentía en aquella circunstancia una suerte de merced especial, vedada a los demás, a él solo dispensada. El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada como una novia, el compendio de todo lo amado por lo cual iba, ahora, a entregar la vida. La Casa Imperial, la Nación, la bandera del Ejército. Todas ellas eran presencias que, como su esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes. Reiko también contemplaba a su marido que tan pronto habría de morir, pensando que jamás había visto algo tan maravilloso en el mundo.
El uniforme siempre le sentaba bien, pero ahora, mientras se enfrentaba a la muerte con cejas severas y labios firmemente apretados, irradiaba lo que podría llamarse una esplendorosa belleza varonil.
-Es hora de partir -dijo, por fin.
Reiko dobló su cuerpo hasta el suelo en una profunda reverencia. No podía alzar el rostro. No quería arruinar su maquillaje con las lágrimas que le resultaban imposibles de contener.
Cuando finalmente alzó la mirada, vio borrosamente, a través de las lágrimas, que su marido había enroscado una venda blanca alrededor de su espada ahora desenvainada; sólo dejaba en la punta doce o quince centímetros de acero al desnudo.
Apoyando la espada en el tatami que tenía frente a él, el teniente se alzó sobre las rodillas, se sentó nuevamente con las piernas cruzadas y desabrochó el cuello del uniforme. Sus ojos no verían ya a su mujer. Lentamente, se desprendió uno por uno los botones chatos de metal. Observó primero su pecho oscuro y, luego, su estómago. Desató el cinturón y se desabrochó los pantalones. Tomó el taparrabos con ambas manos y lo tiró hacia abajo para dejar más libre al estómago. Luego empuñó la espada con la venda blanca en su filo, mientras que, con la mano izquierda, masajeaba su abdomen. Conservaba la mirada baja.
Para verificar el filo, el teniente abrió la parte izquierda del pantalón, dejando parte del muslo a la vista, y deslizó el filo sobre la piel. La sangre brotó inmediatamente de la herida y varias gotas brillaron a la luz.
Era la primera vez que Reiko veía la sangre de su marido y experimentó violentas palpitaciones en el pecho. Observó el rostro del teniente y vio que estudiaba con calma su propia sangre. Pese a que aquel era un consuelo superficial, Reiko sintió cierto alivio.
Los ojos del hombre se fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. Colocando la espada frente a él, se alzó ligeramente sobre sus músculos e inclinó la parte superior del cuerpo sobre la punta de la espada. La excesiva tensión que presentaba la tela del uniforme, indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas. Se proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su grito agudo traspasó el silencio de la habitación.
Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago como con una gruesa barra de hierro. Durante algunos segundos su cabeza giró vertiginosamente y no recordó cuánto había sucedido. Los doce o quince centímetros de punta desnuda habían desaparecido completamente en su carne, y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado, le presionaba directamente el estómago.
Recuperó la conciencia. Pensó que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y en alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alzaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes. El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo.
"¿Es esto el seppuku?", pensó.
Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girara como bajo el efecto de una enorme borrachera. Su fuerza de voluntad y coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido, ahora, a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar asido a esa fibra con toda su desesperación.
Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que, tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados en sangre. También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir.
Reiko luchó por no correr al lado de su esposo al observar la mortal palidez que invadía sus rasgos después de clavarse la espada. Sucediera lo que sucediera, su misión era la de observar. Ser testigo. Tal era la obligación contraída con el hombre amado. Frente a ella, a un tatami de distancia, podía ver cómo su marido se mordía los labios para ahogar el dolor.
Reiko no contaba con ningún medio para rescatarlo a él.
La transpiración brillaba en su frente. Shinji cerró los ojos para abrirlos luego, nuevamente, como quien hace un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los ojos inocentes y vacíos de un animalito.
La agonía que se desarrollaba frente a Reiko la quemaba como un implacable sol de verano, pero era algo totalmente alejado de la pena que parecía estar partiéndola en dos.
El dolor crecía con regularidad. Reiko sentía que su marido se había convertido en un ser de un mundo aparte, en un hombre íntegramente disuelto en el dolor, en un prisionero en una jaula de sufrimiento, y mientras pensaba, comenzó a sentir como si alguien hubiera levantado una cruel muralla de cristal entre ellos.
Desde su matrimonio, la existencia de su marido se había convertido en la suya propia, y cada respiración de Shinji parecía pertenecer a Reiko. En cambio, ahora, mientras que la existencia de su marido en el dolor era una realidad viviente, Reiko no podía encontrar en su pena ninguna prueba concluyente de su propia existencia.
Usando solamente la mano derecha, el teniente comenzó a cortarse el vientre de un lado a otro. Pero a medida que la hoja se enredaba en las entrañas, era rechazada hacia fuera por la blanda resistencia que encontraba allí. El teniente comprendió que sería menester usar ambas manos para mantener la punta profundamente hundida en su cuerpo. Tiró hacia un costado, pero el corte no se produjo con la facilidad que había esperado. Concentró toda la energía de su cuerpo en la mano derecha y tiró nuevamente. El corte se agrandó ocho o diez centímetros.
El dolor se extendió como una campana que sonara en forma salvaje. O como mil campanas tocando al unísono con cada respiración y con cada latido, estremeciendo todo su ser. El teniente no podía contener los gemidos. Pero la hoja ya se había abierto camino hasta debajo del ombligo. Al advertirlo, Shinji sintió un renovado coraje.
El volumen de la sangre no había dejado de aumentar y ahora manaba por la herida como originado por el latir del pulso. La estera estaba empapada de sangre que seguía renovándose con aquella que chorreaba de los pliegues del pantalón kaki del teniente. Una salpicadura, semejante a un pájaro, voló hacia Reiko y manchó la falda de su kimono de seda blanca. Cuando el teniente pudo, por fin, desplazar la espada hacia el costado derecho, ésta ya cortaba superficialmente y era posible contemplar su punta desnuda resbalándose de sangre y grasa. Atacado súbitamente por terribles vómitos, el teniente gritó roncamente. Los vómitos volvieron aun más horrendo el dolor, y el estómago, que hasta aquel momento se había mantenido firme y compacto, explotó de repente, dejando que las entrañas reventaran por la herida abierta. Ignorantes del sufrimiento de su dueño, las entrañas de Shinji causaban una impresión de salud y desagradable vitalidad que las hacía escurrirse blandamente y desparramándose sobre la estera. La cabeza del hombre se abatió, sus hombros se estremecieron y un fino hilo de saliva goteó de su boca. Las insignias doradas brillaban a la luz.
Todo estaba lleno de sangre. El teniente estaba empapado de ella hasta las rodillas, y ahora se sentaba en una posición encogida y desamparada con una mano en el piso. Un olor acre inundaba la habitación. La cabeza del hombre colgaba en el vacío y su cuerpo se sacudía en interminables arcadas. La hoja de la espada, expulsada de sus entrañas, estaba totalmente expuesta y aun sostenida por la mano derecha del teniente.
Sería difícil imaginar una visión más heroica que la del teniente reuniendo sus fuerzas y echando la cabeza hacia atrás. La violencia del movimiento hizo que la cabeza del teniente chocara contra uno de los pilares de la alcoba.
Hasta aquel momento, Reiko había permanecido sentada con la mirada baja, como encandilada por el flujo de la sangre que avanzaba hacia sus rodillas, pero el golpe la sorprendió y tuvo que alzar la vista.
El rostro del teniente no era el del hombre con vida. Los ojos estaban vacíos, la piel lívida, las mejillas y los labios tenían el color de la tierra seca. Sólo la mano derecha se movía aun sosteniendo laboriosamente la espada. Se agitó convulsamente en el aire, como la mano de un títere, y luchó por dirigir la punta de la espada hasta la base del cuello.
Reiko contempló cómo su marido intentaba este último, conmovedor y fútil esfuerzo. Brillando de sangre y grasa, la punta se descargaba una y otra vez sobre la garganta. Siempre fallaba. No le quedaban fuerzas para guiarla y sólo chocaba contra las insignias del cuello del uniforme que se había cerrado nuevamente y protegía la garganta.
Reiko no soportó aquella visión por más tiempo. Intentó ir en ayuda de Shinji, pero le resultaba imposible ponerse en pie. Se arrastró de rodillas y su falda se tiñó de un rojo intenso. Se colocó detrás de su marido y lo ayudó abriendo solamente el cuello del uniforme. La hoja vacilante tomó finalmente contacto con la piel desnuda de la garganta. Reiko tuvo la sensación de haber empujado a su marido hacia adelante.
No fue así. El teniente había dado una última demostración de fortaleza. Echó su cuerpo violentamente contra la hoja y el filo perforó su cuello, apareciendo luego por la nuca. El teniente permaneció inmóvil mientras un tremendo chorro de sangre lo inundaba todo.
V
Reiko descendió lentamente la escalera. Sus medias estaban resbalosas de sangre. En la habitación superior reinaba ahora la más absoluta calma.
Encendió las luces de la planta baja, verificó los quemadores y la llave principal del gas. Echó agua sobre el carbón humeante y semiapagado del brasero. Se detuvo frente al espejo de la habitación de cuatro tatami, y medio alzó su falda. Las manchas de sangre parecían un alegre dibujo estampado en la parte inferior de su kimono blanco. Al instalarse frente al espejo, sintió la fría humedad de la sangre de su marido en los muslos y tuvo un estremecimiento. Se entretuvo largamente en el baño. Aplicó una generosa capa de rouge sobre sus mejillas y también abundante pintura en los labios. Este maquillaje ya no estaba destinado a agradar a su marido. Se maquillaba para el mundo que estaba a punto de abandonar. Había algo espectacular y magnífico en los toques de su pincel. Al levantarse, advirtió que la sangre había mojado la estera dispuesta frente al espejo. Reiko no lo tuvo ya en cuenta.
La joven se detuvo al pisar el corredor de cemento que llevaba a la galería. Su marido había cerrado el pestillo de la puerta la noche anterior en un acto de preparación a la muerte, y durante un instante se sumió en la consideración de un simple problema, ¿dejaría el cerrojo echado? De hacerlo así, podrían transcurrir varios días antes de que los vecinos advirtieran el suicidio. A Reiko no le agradó la idea de dos cadáveres descomponiéndose antes de ser descubiertos. Después de todo, sería mejor dejar la puerta abierta...
Abrió el cerrojo y dejó la puerta de vidrios escarchados ligeramente entreabierta. El viento helado se coló de inmediato en la habitación. Nadie pasaba por la calle, era medianoche y las estrellas resplandecían tan frías como el hielo.
Reiko dejó la puerta entornada y subió las escaleras. Durante varios minutos caminó de un lado a otro. La sangre ya se había secado en sus medias .De pronto, un olor peculiar llegó hasta ella.
El teniente yacía, boca abajo, en un mar de sangre. La punta de la espada, que sobresalía de su nuca, parecía haberse hecho más prominente aun. Reiko anduvo negligentemente entre la sangre y se sentó al lado del cadáver de su marido. Lo observó atentamente. Tenía la mejilla apoyada en la alfombra, los ojos estaban muy abiertos, como si algo hubiera despertado su atención. Ella alzó la cabeza, la apoyó sobre su manga y, limpiándose la sangre de los labios, lo besó por ultima vez.
Luego tomó del armario una bata blanca y un cordón. Para evitar que su falda se desordenara, envolvió la manta alrededor de su cintura y la sujetó firmemente con el cordón.
Reiko se sentó muy cerca de Shinji. Extrajo la daga de su faja, examinó el brillo opaco de la hoja y la acercó a su lengua. El gusto del acero bruñido era ligeramente dulce.
Reiko no perdió tiempo. Pensó que el dolor que la había separado de su marido moribundo iba a formar ahora parte de su propia experiencia. Sólo vislumbró ante sí el gozo de penetrar en un reino que el amado Shinji ya había hecho suyo.
Había percibido algo inexplicable en la fisonomía agonizante de su marido. Algo nuevo. Le sería dado, pues, resolver el enigma.
Reiko sintió que, por fin, también podría participar de la verdadera y amarga dulzura del gran principio moral en que había creído el teniente.
Empujó entonces la punta de la daga contra la base de su garganta. La empujó fuertemente. La herida resultó poco profunda. Le ardía la cabeza y sus manos temblaban de forma incontrolable. Forzó la hoja hacia un costado y una sustancia caliente le anudó la boca. Todo se tiñó de rojo frente a sus ojos como el fluir de un río de sangre. Reunió todas sus fuerzas y hundió aun más profundamente la daga en su garganta.
EL marido de Toshiko estaba siempre ocupado. Incluso esa noche había tenido que salir precipitadamente para acudir a una cita y ella había vuelto sola en un taxi. Pero, ¿qué otra cosa podía esperar una mujer casada con un atractivo actor? Toshiko había sido una tonta al suponer que pasaría la noche con ella. Sin embargo, él sabía cuánto le espantaba volver a su casa tan poco acogedora con sus muebles de estilo occidental y las manchas de sangre que aún podían verse en el piso. Toshiko había sido siempre extremadamente sensible. Tal era su naturaleza. Como resultado de un constante preocuparse por todo jamás engordaba, y ahora, ya una mujer adulta, más parecía una figura etérea que una criatura de carne y hueso. Hasta sus amistades ocasionales no podían dejar de advertir la delicadeza de su espíritu. Aquella noche se había reunido, momentos antes, con su marido en un night club y se había sentido herida al encontrarlo relatando a sus amigos una versión del «incidente». Sentado allí, con su traje de estilo americano y un cigarrillo entre los labios, se le había antojado un extraño. —Es un cuento increíble —decía con ademanes extravagantes intentando acaparar la atención que monopolizaba la orquesta—, fíjense ustedes que llega a casa la niñera enviada por la agencia de colocaciones para nuestro hijo y lo primero que veo es su vientre. ¡Enorme! ¡Como si tuviera una almohada debajo del kimono!, y no era de extrañar, porque en seguida observé que podía comer más que todos nosotros juntos. Nuestra provisión de arroz desapareció así... —hizo chasquear los dedos— «Dilatación gástrica». Tal fue la explicación que nos dio acerca de su gordura y su apetito. Anteayer, escuchamos quejidos y lamentos provenientes de la habitación del niño. Corrimos hasta allí y la encontramos en cuclillas, agarrándose el vientre con las dos manos, gimiendo como una vaca. En la cuna, a su lado, nuestro chico, aterrado, lloraba con toda la fuerza de sus pulmones. ¡Les aseguro que era algo digno de verse! —¿Y salió el gato encerrado? —preguntó un amigo, actor de cine, como el marido de Toshiko. —¡Vaya si salió! Me dio el susto de mi vida. Yo había aceptado sin titubear la historia de la «dilatación gástrica», ¿comprenden? Bueno, sin perder el tiempo, rescaté la alfombra fina y extendí una manta sobre el piso para que se acostara allí. Durante todo el tiempo la muchacha gritaba como un cerdo herido. Cuando llegó el médico de la clínica el chico ya había nacido. ¡La habitación había quedado convertida en un matadero! —No me cabe la menor duda —apuntó alguien, y todo el grupo se echó a reír. Escuchar a su marido hablar del horrible suceso como de un incidente jocoso, hizo enmudecer a Toshiko. Cerró los ojos durante un instante y vio nuevamente al recién nacido frente a ella, en el piso y su frágil cuerpecito envuelto en papel de periódico manchado de sangre. Toshiko pensaba que el médico lo había hecho todo por despecho. Como para acentuar el desprecio que sentía por esta madre que había dado a luz a un bastardo en tan sórdidas condiciones, había ordenado a su asistente que, en vez de envolver al pequeño con los correspondientes pañales, lo hiciera con papel de periódico. Esta dureza para con el recién nacido hirió a Toshiko. Sobreponiéndose al disgusto que le causaba toda la escena, había buscado un pedazo de franela sin usar que tenía en reserva y fajando cuidadosamente al niño lo había depositado sobre un sillón. Esto había sucedido después de que su marido saliera de la casa. Toshiko no se lo había contado temiendo que la creyera demasiado blanda y sentimental. Sin embargo, el episodio se había grabado profundamente en ella. Lo recordaba, sentada en silencio, mientras la orquesta de jazz atronaba los aires y su marido charlaba alegremente con sus amigos. Sabía que nunca podría olvidar a aquel niño, acostado sobre el piso, envuelto en los papeles manchados. Era una escena como de carnicería. Toshiko, cuya vida había transcurrido dentro del más sólido bienestar, sentía dolorosamente la infelicidad del niño ilegítimo. «Soy la única que ha presenciado su vergüenza», se le ocurrió. La madre no había visto a su hijo tendido allí, envuelto en diarios y, por supuesto, el niño no lo sabría nunca. «Si guardo silencio, este chico nunca se enterará de la verdad. ¿Por qué siento culpa, entonces? Después de todo, fui yo quien lo levantó del suelo y lo envolvió en la franela y lo depositó sobre el sillón...» Se retiraron del night club y Toshiko subió al taxi que su marido había llamado para ella. —Lleve a esta señora a Ushigomé —ordenó al conductor, mientras cerraba la puerta desde fuera. Toshiko observó por la ventanilla la fisonomía sonriente de su marido y sus dientes blancos y fuertes. Se recostó entonces en el asiento sintiendo con angustia que la vida entre ellos era, en cierta manera, demasiado fácil, demasiado carente de dolor. No hubiera podido expresar este pensamiento con palabras. Echó una última mirada a su marido por la ventanilla trasera del coche. Se aproximaba a grandes zancadas a su automóvil Nash y la espalda de su llamativa chaqueta de tweed no tardó en mezclarse y desaparecer entre la gente. El taxi se alejó, cruzó una calle llena de bares y pasó, luego, por un teatro frente al cual se apretujaba la gente. Acababa de finalizar la función, las luces ya estaban apagadas y en la semioscuridad las flores artificiales de cerezo que decoraban la entrada resaltaban en forma deprimente. Dejándose llevar por sus pensamientos, Toshiko llegó a la conclusión de que, aun cuando el niño creciera en la ignorancia de su origen, nunca se convertiría en un ciudadano respetable. Aquellos pañales de sucios diarios serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida. Toshiko se interrogó, «¿por qué me preocupo tanto? ¿Estoy acaso intranquila por el porvenir de mi propio hijo? Cuando, dentro de veinte años, mi niño se aya convertido en un hombre refinado y educado, podría encontrarse por una de esas casualidades del destino, frente a este otro muchacho que también tendrá entonces veinte años. Supongamos que este joven, contra quien se ha pecado, pudiera acuchillarlo en forma salvaje...» La noche de abril era nublada y calurosa, pero los pensamientos sobre el futuro hicieron estremecer a Toshiko y la entristecieron. «No, cuando llegue el momento, yo tomaré el lugar de mi hijo», se dijo, de pronto. «Dentro de veinte años yo tendré cuarenta y tres y me presentaré ante ese muchacho y se lo relataré todo... sus pañales de periódicos y cómo yo lo envolví en la franela y lo levanté del suelo...» El taxi se adelantaba por el ancho camino que bordeaba el parque y el foso del Palacio Imperial. A lo lejos, Toshiko veía los puntos luminosos que señalaban los altos edificios. Prosiguió su monólogo interior: «Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre. No cabía duda de que aquellos sombríos pensamiemos producían a Toshiko cierta satisfacción. Se torturaba con ellos sin cesar. El taxi se aproximó a Hanzomon y pasó frente a la embajada británica. Las famosas hileras de cerezos se extendían desde allí en toda su mágica pureza. Toshiko decidió contemplar aquellas flores a solas, lo cual era una extraña decisión para una joven tímida y carente de espíritu aventurero. Sin embargo, se hallaba en un estado de ánimo poco usual y temía volver a su casa. Aquella noche su mente estaba invadida por toda clase de fantasías inquietantes. Cruzó la ancha calle. Se convirtió en una delgada y solitaria figura en la oscuridad. Por lo general, cuando se movía entre el tráfico, Toshiko se aferraba con miedo a su acompañante. Sin embargo, aquella noche caminó sola rápidamente entre los autos hasta llegar al parque largo y angosto que rodea el foso del Palacio. Aquel foso se llama Chidorigafuchi, Abismo de los Mil Pájaros. El parque se había convertido en un bosque de cerezos en flor. Las flores formaban una masa de sólida blancura bajo el cielo nublado y tranquilo. Los farolitos de papel que colgaban entre los árboles estaban apagados. Los reemplazaban lamparillas eléctricas de varios colores que brillaban tenuemente bajo las flores. Ya eran más de las diez y la mayoría de los visitantes se habían marchado. Los pocos que aún permanecían allí empujaban automáticamente con los pies botellas vacías o aplastaban los desechos de papel al caminar. «Diarios...», recordó Toshiko, y su mente retomó el hilo de los acontecimientos anteriores. Papel de periódico manchado de sangre. Si un hombre oyera hablar alguna vez de tan lastimoso nacimiento y descubriera que era el suyo, aquello bastaría para arruinar toda su vida. «Y yo, una extraña, tendré que guardar tan gran secreto... El secreto de una vida...» Perdida en estos pensamientos, Toshiko caminó por el parque. La mayoría de los transeúntes eran parejas silenciosas que no le prestaban atención. Vio a dos personas sentadas sobre un banco de piedra al lado del foso. No miraban las flores, sino el agua. Todo estaba oscuro y envuelto en pesadas tinieblas. El sombrío bosque del Palacio Imperial se perdía tras el foso. Los árboles parecían formar una sólida masa con el oscuro cielo. Toshiko caminó lentamente por el sendero sobre el cual colgaban, grávidas, las flores. Sobre un banco de madera, ligeramente apartado de los demás, vio algo que no era, como imaginara en un principio, una cantidad de flores de cerezo ni alguna prenda olvidada por los visitantes del parque. Al acercarse, comprobó que era una forma humana echada sobre el banco. ¿Sería alguno de esos miserables borrachos que se ven durmiendo a la intemperie? Evidentemente, no era ése el caso, ya que el cuerpo había sido cuidadosamente cubierto con papeles cuya blancura había atraído la atención de Toshiko. Observó detenidamente al hombre con camiseta marrón, acurrucado sobre una cama de papeles de periódicos y, también, cubierto por ellos. Sin duda aquella era su morada ahora que la primavera había llegado. Toshiko observó el pelo sucio y despeinado que, en ciertas partes, mostraba una irremediable decadencia. Mientras velaba el sueño del hombre envuelto en diarios, no pudo evitar el recuerdo de aquel otro niño acostado en el suelo, cubierto por sus miserables pañales. El hombro enfundado en la camiseta marrón subía y bajaba acompasadamente en la oscuridad. Toshiko sintió, de repente, que todos sus miedos y premoniciones tomaban cuerpo. La frente pálida del hombre se destacaba en la oscuridad. Era una frente joven, aunque surcada por las arrugas de largas penurias y miserias. Había arremangado ligeramente sus pantalones color kaki y en sus pies descalzos llevaba zapatillas deshilachadas. Resultaba imposible ver su rostro y, de pronto, Toshiko sintió un deseo incontrolable de observarlo. La cabeza del hombre estaba semioculta entre sus brazos pero, acercándose aún más, Toshiko pudo ver que era sorprendentemente joven. Observó las gruesas cejas y el fino puente de la nariz. La boca, ligeramente entreabierta, respiraba juventud. Pero Toshiko se había acercado demasiado. La cama de diarios crujió en el silencio de la noche y el hombre abrió bruscamente los ojos. Se levantó, de pronto, al ver a la joven parada a su lado. Sus ojos brillaron en la noche y, segundos después, una mano llena de fuerza tomó la fina muñeca de Toshiko. Ella no se asustó ni hizo esfuerzo alguno por librarse. Como un relámpago, un pensamiento atravesó su mente. ¡Ah, ya habían pasado veinte años! El bosque del Palacio Imperial estaba tan oscuro como el azabache y un profundo silencio reinaba en él.
Por Yukio Mishima I EL arte de Mangiku se había apoderado irresistiblemente de Masuyama. Por ello había decidido, después de graduarse en Literatura Clásica Japonesa, unirse al elenco del teatro kabuki. La actuación de Mangiku Sanokawa lo había transportado. La afición de Masuyama por el kabuki comenzó cuando era estudiante. En aquel entonces, Mangiku, todavía un onnagata novel, actuaba en papeles secundarios como el de la mariposa fantasma de Kagami Jishi o, a lo más, en el de la cortesana Chidori en El repudio de Genta. La actuación de Mangiku era insegura y ortodoxa; nadie sospechó nunca las alturas a las que llegaría. Pero, ya en aquel tiempo, Masuyama percibía el fuego gélido que irradiaba la belleza distante de este actor. No hace falta destacar que el grueso del público no lo notaba. Por esta razón, ninguno de los críticos teatrales atrajo la atención sobre las cualidades especiales de Mangiku que, como regueros de llamas visibles sobre la nieve, iluminaban sus representaciones desde los albores de su carrera. Ahora, todos hablaban de Mangiku como de un descubrimiento personal. Mangiku Sanokawa era un verdadero onnagata, una especie difícil de encontrar en nuestros días. A diferencia de los onnagata contemporáneos, era casi incapaz de representar con éxito papeles masculinos. Su presencia en escena estaba colmada de colorido, siempre en tonos sombríos. Cada uno de sus gestos era la esencia de la delicadeza. Mangiku nunca expresaba nada. Ni siquiera fuerza, autoridad, entereza o coraje, excepto cuando interpretaba papeles femeninos. Sólo así podía filtrar todos los matices de la emoción humana. Ello es la esencia del onnagata. Su colorida entonación producida por un instrumento especial, exquisitamente refinado, no puede ser alcanzada tocando un instrumento común en un tono menor. Tampoco es posible lograrla a través de una mera imitación servil de las verdaderas mujeres. Una de sus más exitosas interpretaciones era la de la princesa de las Nieves en Kinkakuji. Masuyama recordaba haber visto a Mangiku representar a Yukihime diez veces en un solo mes. La repetición de tal experiencia no disminuía su entusiasmo. En esa pieza podía encontrarse todo cuanto simbolizaba Mangiku Sanokawa desde las primeras palabras pronunciadas por el narrador: "El Pabellón de Oro, el refugio de la montaña del señor de Yoshimitsu, Primer Ministro y Monje del parque de los Ciervos, tiene tres pisos de altura. Su jardín se ve agraciado por hermosas vistas: la caverna, donde la piedra es refugio de la noche, el agua escurriéndose bajo las rocas, el flujo de la cascada grávida de primavera, los sauces y los cerezos dispuestos en grupos. La capital es ahora un vasto brocado de variados matices." En la obra teatral todo existe gracias a una mujer: la hermosa y aristocrática Yukihime. A ella se deben el encandilador brillo del decorado que figura cerezos en flor, un salto de agua y el resplandeciente Pabellón de Oro; los tambores, sugiriendo el sonido opaco de la cascada y creando una agitación constante en el escenario; el rostro pálido y sádico del lascivo Daizen Matsunaga, el general rebelde; el milagro de la espada mágica en la cual brilla, bajo el sol de la mañana, la imagen sagrada de Fudö, que refleja la forma de un dragón cuando apunta al sol poniente; los destellos del ocaso sobre la cascada y los cerezos; las flores deshojándose pétalo a pétalo. No hay nada extraordinario en el ropaje de Yukihime, un vestido de seda púrpura como el que habitualmente usan las jóvenes princesas. Pero, de acuerdo con su nombre, una presencia fantasmagórica y nevada revolotea sobre esta nieta del gran pintor Sesshü. Toda la escena parece invadida por los paisajes de. Sesshü, impregnados de nieve. La nieve fantasmal que confiere a las vestiduras púrpura de Yukihime su brillo deslumbrante. Masuyama se deleitaba en particular con la escena donde la princesa, atada a un cerezo, recuerda la leyenda de su abuelo y, con los dedos de los pies, dibuja sobre las flores caídas una rata que cobra vida y roe las sogas que la aprisionan. De más está decir que, para esta escena, Mangiku Sanokawa omitía los movimientos titiritescos que usaban algunos onnagata para interpretarla. Las sogas que lo ataban al árbol hacían que Mangiku pareciera más hermoso que nunca. Todos los arabescos artificiales de este onnagata -los delicados gestos de su cuerpo, los movimientos de sus dedos, el arco de la mano-, que podían parecer inventados cuando se los comparaba con los de la vida cotidiana, adquirían una extraña vitalidad cuando los ejecutaba Yukihime, atada a un árbol. Las crisis se sucedían una a una con la fuerza irresistible del flujo de las olas y las actitudes intrincadas, contorsionadas, impuestas por la estrechez de la soga, hacían de cada instante una crisis exquisita. Era indudable que las representaciones de Mangiku poseían momentos de poder diabólico. Usaba sus preciosos ojos tan efectivamente que, a menudo, con una sola mirada podía crear en la audiencia la ilusión de que el personaje de una escena era otro, muy distinto. Así, cuando sus ojos abarcaban el escenario desde el hanamichi o cuando lanzaba una rápida ojeada hacia la campana, en Döjöji. En la escena del palacio de Imoseyama, Mangiku personificaba a Omiwa, a quien la princesa Tachibana ha arrebatado su amante y de quien se burlan cruelmente las damas de la corte. Finalmente, Omiwa arremete contra el hanamichi, ciega de celos y furia y, en ese momento, escucha las voces de las damas de la corte que llegan hasta ella desde el fondo del escenario: "¡Se ha encontrado un novio sin igual para nuestra princesa!" "¡Qué alegría para todos!" El narrador, sentado a un costado del escenario, declamaba con voz potente: "Omiwa, al oír esto, mira hacia atrás inmediatamente." Aquí, el personaje parecía transformarse en forma total. Masuyama experimentaba una especie de terror cuando presenciaba este momento. Sobre el brillante escenario con su espléndido decorado y los cientos de espectadores profundamente atentos, acababa de pasar una sombra diabólica. Esta fuerza emanaba claramente del cuerpo de Mangiku y, al mismo tiempo, trascendía su carne. Masuyama percibía en esos pasajes algo como un oscuro manantial fluyendo de esa figura llena de suavidad, gracia, delicadeza y encanto que ocupaba el escenario. Sin poder identificarla claramente, creía que una extraña presencia maligna, residuo final de la fascinación del actor, demonio seductor que pierde a los hombres y los ahoga en un instante de belleza, era la verdadera naturaleza del oscuro manantial por él detectado. Sin embargo, nada se explica por el mero hecho de darle un nombre. Omiwa sacude la cabeza, se despeina. En el escenario, al que retorna desde el hanamichi, la espada de Funashichi está esperando para matarla. "La casa está colmada de música y surgen melancolías de otoño en su tono", declamaba el narrador. Hay algo horripilante en la forma en que los pies de Omiwa se apresuran a conducirla a su sentencia. Los blancos pies desnudos precipitándose hacia el desastre y la muerte, apartando los pliegues del kimono hacia un lado, parecían saber cuándo y en qué punto del escenario se terminarían las violentas emociones que en aquel momento la embargaban y la apremiaban para llegar al lugar fatídico, jubilosa y triunfante, aun en medio de la tortura de los celos. El dolor de Omiwa tiene un fondo de alegría, así como en su vestidura las tonalidades oscuras contrastan con los relucientes cordones de seda de variados colores que aparecen en los dobleces.
II
La primitiva resolución de Masuyama de dedicarse al teatro tenía, como punto de partida, su embeleso por el kabuki y, en especial, por Mangiku. Masuyama comprendía perfectamente que sólo podría romper ese hechizo familiarizándose totalmente con el mundo que se esconde tras el escenario. Sabía, a través de cuanto otros le relataran, que terminaría por desencantarse. Por ello deseaba zambullirse en aquel mundo y probar por sí mismo la verdadera desilusión. Sin embargo, ésta no llegó nunca. El mismo Mangiku lo hacía imposible. Seguía fielmente los mandatos del manual del onnagata Ayamegusa, compuesto en el siglo dieciocho: "Un onnagata, aun en su camerino, debe tener las actitudes propias de un onnagata. Tendrá cuidado, al comer, de no ser visto por otra gente." Y cuando Mangiku, por falta de tiempo e imposibilidad de alejarse de su camarín, se veía obligado a comer en presencia de visitantes, lo hacía de espaldas y con tal habilidad y prisa, que los intrusos no podían ni siquiera adivinar sus gestos. La belleza femenina que mostraba Mangiku en el escenario había cautivado, sin duda alguna, a Masuyama como hombre. Y por extraño que parezca, este hechizo ni siquiera logró romperse frente a la visión inequívoca del cuerpo de Mangiku en el camerino. El cuerpo de Mangiku era delicado y, al mismo tiempo, vigoroso. Para Masuyama resultaba enervante cuando Mangiku, sentado frente a su tocador, lo suficientemente desvestido como para parecer un hombre, saludaba con amables y femeninos ademanes a alguna visita, mientras se aplicaba una gruesa capa de polvo sobre los hombros. Si tal era el caso de Masuyama, viejo admirador del kabuki, ¿cuál no sería el disgusto de aquellos que no gustaban ni del kabuki, ni de los onnagatas? Sin embargo, Masuyama sentía cierto alivio cuando, después de la función, veía a Mangiku desnudo bajo la liviana ropa interior que usaba para absorber la transpiración. La fascinación que experimentaba Masuyama era de naturaleza tal que no existía la posibilidad de que aquel atuendo le resultara grotesco. Aun sin ropa, Mangiku parecía lucir varias capas de espléndidos ropajes bajo la piel. Su desnudez era, solamente, una manifestación fugaz. Cuanto volvía exquisita su presencia en el escenario, estaba oculto en la intimidad de su ser. Masuyama se regocijaba cuando Mangiku retornaba a su camarín después de haber interpretado un papel de importancia. Todas las emociones que acababa de representar permanecían todavía en su cuerpo como el resplandor del sol en el crepúsculo o de la luna en el cielo al amanecer. Las grandes emociones de la tragedia clásica parecían basarse, por lo menos en apariencia, en hechos históricos, pero en realidad no pertenecían a período alguno. Eran las emociones propias de un mundo estilizado, grotescamente trágico y vívidamente coloreado a la manera de una estampa moderna. El dolor que sobrepasa los límites, las pasiones sobrehumanas, el amor que se marchita, el gozo espeluznante, los cortos alaridos de aquellos que se encuentran atrapados por circunstancias demasiado trágicas como para ser resistidas, todo ello se había alojado minutos antes en el cuerpo de Mangiku y resultaba sorprendente que tan frágil estructura hubiera podido albergarlos sin quebrarse como un delicado recipiente. Mangiku había vivido estos sentimientos grandiosos e irradiado luz desde el escenario, justamente porque las emociones por él transmitidas iban más allá de las que podía conocer el auditorio. Quizás sucede esto con todos los actores, pero en el teatro contemporáneo nadie transmite tan intensamente estas emociones que no pueden incluirse en la vida diaria. Un pasaje de Ayamegusa dice: "El encanto es la esencia del onnagata. Pero aun el onnagata, naturalmente hermoso, perderá su atractivo si se esfuerza por impresionar a través de sus movimientos. Si realiza un esfuerzo consciente por aparecer como lleno de gracia, logrará, en cambio, parecer totalmente corrompido. Por esta razón, a menos que el onnagata viva como una mujer su existencia cotidiana, nunca logrará ser un buen onnagata. Cuanto más se concentre al interpretar desde la escena esta o aquella actitud esencialmente femenina, más masculino parecerá. Estoy convencido de que lo esencial es el comportamiento del actor en la vida real." Sí, Mangiku era totalmente afeminado en su hablar y en sus movimientos cotidianos. De no ser así, aquellos momentos en los que el esplendor del onnagata que acababa de representar se diluían gradualmente como el agua del mar sobre la playa, se hubieran convertido en una zona divisoria entre el mar y la tierra. Una puerta cerrada entre la realidad y el sueño. La ficción de su vida era el sostén de sus interpretaciones escénicas. Y Masuyama opinaba que aquello era lo que distinguía al verdadero onnagata. Un onnagata es el hijo nacido de la unión ilegítima entre el sueño y la realidad.
III
Al morir, uno tras otro, los actores veteranos de la generación anterior, la autoridad de Mangiku se hizo absoluta en las tablas. Sus discípulos onnagata lo atendían como sirvientes personales y el orden de prioridad que guardaban cuando seguían a Mangiku en el escenario, como damas de la corte de una princesa o de una gran señora, era el mismo que observaban en el camerino. Quienquiera que apartara las cortinas del camarín de Mangiku decoradas con el blasón de la familia Sanokawa y penetrara en su interior, no dejaba de sentir una extraña sensación. Aquel encantador santuario carecía de hombres. En aquella habitación, hasta los mismos integrantes de la compañía tenían la impresión de encontrarse en presencia del sexo opuesto. Cada vez que Masuyama debía penetrar en los dominios de Mangiku para cumplir algún encargo, le bastaba descorrer las cortinas para experimentar la sensación carnal curiosamente vívida de ser hombre. Por asuntos de la compañía, Masuyama había tenido que ir en repetidas oportunidades al camarín de las coristas. La habitación estaba saturada de una feminidad casi sofocante y las chicas, de piel curtida, con los brazos y piernas extendidas como los animales del zoológico, le echaban miradas aburridas. Sin embargo, nunca registró allí la sensación que lo acosaba en el camarín de Mangiku. Nada, en aquellas mujeres de verdad, lo hacía sentirse particularmente masculino. Los integrantes del grupo que rodeaba a Mangiku no demostraban ninguna simpatía por Masuyama. Por el contrario, murmuraban en secreto contra él acusándolo de ser irrespetuoso o de darse aires sólo por haber ido a la universidad. A veces, se irritaban también por su pedante insistencia sobre hechos históricos. En el mundo del kabuki, la sabiduría académica no tenía gran valor si no iba acompañada de talento artístico. El trabajo de Masuyama tenía sus compensaciones: cuando, por ejemplo, Mangiku -sólo en el caso de estar de buen talante- pedía algún favor y se volvía desde la mesa de tocador y, con un pequeño movimiento de cabeza, sonreía. El encanto indescriptible de su mirada en tales momentos hacía que Masuyama sólo deseara servir a aquel hombre como un esclavo, como un perro. Mangiku nunca olvidaba su dignidad y nunca dejaba de mantener cierta distancia aun cuando tuviera conciencia de sus encantos. De haber nacido mujer, todo su cuerpo hubiera estado colmado con la atracción de sus ojos. La seducción del onnagata es sólo un resplandor momentáneo, pero ello es suficiente como para que exista independientemente y ponga de manifiesto el eterno femenino. Mangiku estaba sentado frente al espejo después de la representación de El señor protector de Hachijin, primer cuadro del programa. Se había quitado el traje y la peluca que usaba para personificar a Lady Hinaginu y cubría sus hombros con un albornoz. No tenía que aparecer en la parte intermedia del programa. Habían avisado a Masuyama que Mangiku deseaba verlo y desde el vestuario había esperado que cayera el telón de Hachijin. Cuando Mangiku penetró en la habitación haciendo crujir la seda de sus vestiduras, el espejo pareció llenarse de púrpuras llamaradas. Los acompañantes comenzaron a retirarse y sólo quedaron algunos discípulos junto al hibachi en la habitación vecina. En pocos segundos el camerino se había aquietado. En el corredor se escuchaba, a través del micrófono, el martilleo con que los asistentes del escenógrafo desmantelaban la decoración de la obra recién finalizada. Noviembre estaba avanzado y la calefacción empañaba los vidrios de las ventanas. Un ramo de crisantemos blancos se inclinaba graciosamente en un florero cloisonné colocado a un lado del tocador de Mangiku. Su predilección por aquellas flores se debía quizás a que su propio nombre significaba literalmente "diez mil crisantemos". Como decíamos, Mangiku estaba sentado en un mullido almohadón de seda púrpura frente a su tocador. -¿Podría avisar al caballero de la calle Sakuragi? A la manera antigua, Mangiku se refería a sus profesores de danza y canto por los nombres de las calles en las que vivían. El actor miraba al espejo mientras hablaba. Desde su rincón Masuyama podía ver la nuca de Mangiku. El reflejo de su rostro en el espejo todavía mostraba a Hinaginu. La mirada ignoraba a Masuyama y estaba absorta en la contemplación de su propio rostro. El rubor, consecuencia de sus esfuerzos en el escenario, era aún visible a través del polvo que cubría sus mejillas, como lo hace el sol de la mañana cuando atraviesa una fina capa de hielo. Mangiku estaba viendo a Hinaginu en el espejo. Acababa de personificar a Hinaginu, hija de Mori Sanzaemon Yoshinari y novia del joven Sato Kazuenosuke. Ya rotos los lazos matrimoniales que su lealtad feudal la obliga a sacrificar, Hinaginu se suicida para permanecer fiel a una unión "cuyos lazos eran tan sutiles que nunca habíamos compartido el mismo lecho". Hinaginu había muerto, en escena, a causa de un dolor tan intenso que le impedía seguir viviendo. La Hinaginu del espejo, en cambio, era un fantasma. Un fantasma que estaba abandonando el cuerpo de Mangiku en aquel preciso momento. Los ojos del actor perseguían a Hinaginu; pero, así como se apaga el fulgor de las pasiones ardientes, el rostro de Hinaginu se desvaneció. Aún faltaban siete días para la representación final y, al día siguiente, los rasgos de Hinaginu volverían sin duda a plasmarse en el rostro de Mangiku. Gozando al ver a Mangiku en aquel estado de abstracción, Masuyama sonreía con afecto. El actor se volvió de pronto. Durante aquellos minutos se había percatado de que Masuyama lo observaba; pero, con la displicencia que le era habitual, había continuado ocupado en sus quehaceres cotidianos. -Estos pasajes instrumentales no son lo sufficientemente largos. No digo que, si me doy prisa, no pueda recitar mi parte, pero así se estropea el conjunto. Mangiku se refería a la música para la nueva obra que se presentaría al mes siguiente. -¿Qué opina usted, señor Masuyama? -Estoy de acuerdo. Usted alude, sin duda, aal pasaje: "Qué lentamente muere el día en el puerto chino de Seta..." -Efectivamente. "Qué... len...to... o... mmue... re., el día..." -canturreó Mangiku marcando el compás con sus dedos delicados. -Se lo transmitiré al caballero de la callle Sakuragi. Estoy seguro de que lo entenderá. -¿Realmente no le importa ir hasta allí? Lamento tanto molestarlo... Mangiku tenía la costumbre de terminar la conversación poniéndose de pie: -Ahora tengo que bañarme -dijo-, y Masuyama se hizo a un lado para dejarle paso. Con una ligera inclinación de cabeza, el actor salió al corredor acompañado por un discípulo. Se volvió a medias hacia Masuyama y, sonriendo, saludó de nuevo. Los afeites en las comisuras de los párpados le prestaban un encanto indefinible. Masuyama sintió que Mangiku percibía su afecto.
IV
La compañía a la cual pertenecía Masuyama actuaba en el mismo teatro durante noviembre, diciembre y enero. El programa para el mes de enero ya había sido objeto de comentarios varios. Se presentaría una nueva obra de un dramaturgo moderno. El hombre, imbuido de su propia importancia, había impuesto innumerables condiciones y Masuyama debía ocuparse de complicadas negociaciones tendentes a poner de acuerdo al dramaturgo no sólo con los actores, sino, también, con los empresarios del teatro. Masuyama había sido elegido para ese trabajo por ser considerado un intelectual. Una de las condiciones impuestas por el autor era la de que la dirección de su obra fuera confiada a un talentoso joven en quien había depositado toda su confianza. Los empresarios aceptaron esta imposición, a la cual se adhirió Mangiku, sin mucho entusiasmo: -Si este joven no está bien compenetrado ccon el teatro kabuki y nos exige cosas poco razonables, va a ser difícil entendernos. Mangiku hubiera deseado confiar la dirección a alguien con más años y más madurez, lo cual también podía traducirse por un director más complaciente. La nueva obra era una dramatización en lenguaje moderno de la novela del siglo XII: ¡Si sólo pudiera cambiarlos! El director ejecutivo de la compañía decidió entregar la producción de este nuevo trabajo a Masuyama. Este se preocupó ante la perspectiva del trabajo que tendría que realizar; pero, convencido de la calidad de la obra, decidió aceptar. Tan pronto estuvieron listos los libretos y los papeles asignados, se efectuó una reunión preliminar en el salón de recepciones cercano al despacho del dueño del teatro. A la reunión concurrieron el director, el autor, el escenógrafo, los actores y Masuyama. Era una mañana de mediados de diciembre. La habitación estaba bien caldeada y el sol entraba a raudales por las ventanas. Masuyama siempre se sentía feliz en aquellas reuniones preliminares. Era como desplegar un mapa y proyectar una excursión: ¿De dónde saldría el ómnibus? ¿Dónde comenzarían a caminar? ¿Habría agua potable? ¿Tornarían el tren para regresar o sería mejor prever tiempo suficiente como para volver en bote? Kawasaki, el director, llegó con retraso. Masuyama nunca había visto una obra dirigida por él, pero conocía su reputación. Kawasaki había sido elegido, pese a su juventud, para dirigir a Ibsen y a autores norteamericanos modernos en el curso del año. Tan brillante había sido el resultado que un periódico de importancia le había otorgado el premio concedido anualmente a la producción teatral. Los demás estaban todos allí. El escenógrafo parecía no poder esperar un minuto para lanzarse de lleno a su trabajo y anotaba en un gran cuaderno las sugestiones que se le hacían mientras golpeaba frecuentemente la punta de su lápiz sobre las páginas en blanco. En determinado momento, el director de producción comenzó a criticar al director ausente. En ese instante se abrió la puerta y la secretaria hizo pasar a Kawasaki. Parecía encandilado, como si la luz fuera demasiado fuerte para él, y, sin decir una palabra, saludó con una rígida reverencia a los demás. Era bastante alto, de rasgos marcados y viriles que trasuntaban una gran sensibilidad. Hacía mucho frío, pero sólo llevaba un impermeable fino y arrugado. Cuando se lo quitó, todos observaron su chaqueta de pana color ladrillo. El pelo largo y lacio caía, a veces, hasta la punta de su nariz, obligándolo a echarlo constantemente hacia atrás. Este primer encuentro desilusionó a Masuyama. Suponía que un hombre como aquél, que se había destacado por sus propias condiciones, debía diferenciarse en algo del común de las gentes. Por el contrario, vestía y actuaba exactamente como el típico joven del teatro moderno. Kawasaki aceptó la cabecera de la mesa sin declinar el honor con las excusas habituales. Fijó la mirada en su íntimo amigo, el director, y saludó con algunas palabras a los actores a medida que le iban siendo presentados. No es fácil para un nombre del teatro moderno, donde la mayoría de los actores son jóvenes, establecer contacto con los actores de kabuki, que, fuera del escenario, suelen ser, por lo general, viejos caballeros que infunden gran respeto. Los actores se esforzaron, en el transcurso de aquella reunión preliminar, por demostrar su desprecio hacia Kawasaki. Ello, por supuesto, con grandes muestras de cortesía y sin palabras de animosidad. Masuyama observó a Mangiku, que permanecía modestamente callado, sin darse importancia ni unirse al desprecio de los demás. Masuyama sintió crecer su admiración y afecto por él. El autor describió entonces la obra a grandes rasgos. Por primera vez en su carrera, sin contar sus actuaciones cuando niño, Mangiku iba a representar un papel masculino. El argumento hablaba de un Gran Ministro y de sus dos hijos, varón y hembra, respectivamente. Por encontrarse sus dotes naturales en oposición con sus propios sexos, se los educa en consecuencia. El muchacho (en realidad, la joven) se transforma en General de la Izquierda y la joven (en realidad, el muchacho) llega a ser la primera cortesana en el Senyóden, el palacio de las concubinas imperiales. Pero al revelarse, más tarde, la verdad, retoman vidas más apropiadas a su sexo original. El hermano contrae matrimonio con la cuarta hija del Ministro de Derecho, y la hermana, con un Consejero, con lo cual todo termina felizmente. Mangiku desempeñaba el papel de la chica, que era, en realidad, un hombre. Aunque era un personaje masculino, Mangiku sólo aparecería como tal en los escasos momentos de la escena final. Hasta aquel instante su interpretación de una cortesana principal en el Senyóden, sería la de un verdadero onnagata. El autor y el director coincidieron en recomendar a Mangiku que se abstuviera, especialmente en la escena final, de todo esfuerzo por demostrar que era un hombre. El aspecto humorístico de la obra consistía en que se satirizaba la convención kabuki del onnagata. La dama de la corte sería un hombre, del mismo modo que Mangiku encarnaría su papel femenino. -Me gustaría que usted actuara como mujer durante toda la obra-. Kawasaki se dirigió por primera vez a Mangiku y su voz tenía un timbre claro y agradable. -Todo será, entonces, más fácil para mí. -De ninguna manera -interrumpió Kawasaki ccon determinación-. No será fácil. -Había tanta fuerza en sus palabras, que sus mejillas parecieron encenderse con una luz interior. Su tono violento ensombreció los semblantes de los presentes. Masuyama buscó a Mangiku con la mirada. Éste trataba de ocultar la risa con su mano apoyada en la boca. La tensión de los demás se relajó al observar que Mangiku no se había ofendido. -Bien -dijo entonces el autor-, les leeré el libro. Y bajando sus ojos saltones protegidos por gruesos lentes, comenzó la lectura del guión que estaba sobre la mesa.
V
Algunos días después comenzaron los ensayos parciales. Los finales tendrían lugar sólo en el corto período que mediaba entre la terminación de aquel programa y el comienzo del siguiente. Desde el primer momento se hizo evidente que Kawasaki era un extraño entre los miembros de la compañía. No tenía el menor conocimiento de la técnica del kabuki y Masuyama se vio obligado a colocarse a su lado y a explicarle, palabra por palabra, el lenguaje del teatro kabuki. Ello hizo que Kawasaki dependiera, en todo y para todo, de él. Al término del primer ensayo, Masuyama invitó al director a compartir un ligero refrigerio. Sabía que, en su posición, no era lo más acertado unirse con el director; pero, también, imaginaba cuánto estaba pasando por la mente de Kawasaki. Aquel joven tenía una visión bien definida de las cosas, sus aptitudes mentales eran sanas y se zambullía en el trabajo con entusiasmo. Masuyama comprendió la atracción que Kawasaki despertaba en el autor. La genuina frescura del muchacho era, de alguna manera, un elemento purificador, una cualidad desconocida en el mundo del kabuki. Los ensayos generales comenzaron a fines de diciembre, al día siguiente de la última representación de aquel mes. Acababa de festejarse la Navidad y la excitación de fin de año en las calles podía percibirse aún a través de los cristales del vestuario y de la sala. Habían colocado un viejo escritorio junto a la ventana en el salón de ensayos. Kawasaki y el escenógrafo estaban sentados de espaldas a ella. Masuyama se situó detrás de Kawasaki y los actores permanecieron sentados sobre el tatami a lo largo de las paredes. Cada uno fue ocupando el centro de la habitación a medida que era requerido por el ensayo. El director de escenografía les dictaba el guión cuando lo olvidaban. La tensión no disminuía entre Kawasaki y los actores. -Quisiera que se detuviera al decir: "Deseaaría ir a Kawachi y terminar con eso", y luego caminara hasta la columna de la derecha -dijo Kawasaki, dirigiéndose a uno de ellos. -No podré ir hasta allí. -Por favor, intente hacerlo a mi manera. -KKawasaki sonreía con esfuerzo, dejando traslucir su orgullo herido. -Usted podrá pedirme que permanezca aquí hasta las próximas Navidades, pero no puedo hacerlo. Se supone que estoy confundido por algo. ¿Como puedo, entonces, caminar a través del escenario si estoy pensando? A pesar de su silencio, la indignación de Kawasaki se revelaba en todos sus gestos. Sin embargo, las cosas fueron diferentes cuando llegó el turno de Mangiku. Obedecía sin resistencia alguna cualquier indicación dada por Kawasaki, y Masuyama pensó que la preferencia de Mangiku por el papel que le tocaba en suerte desempeñar, no era tan grande como para explicar su complacencia desacostumbrada en los ensayos. Masuyama tuvo que ausentarse de la sala cuando Mangiku, después de haber terminado su escena en el primer acto, volvió a su sitio junto a la pared. Cuando retornó, observó que Kawasaki, echado sobre el escritorio y sin siquiera apartar el mechón de pelo que le caía sobre el rostro, seguía el ensayo con un furor contenido que hacía temblar sus hombros bajo la chaqueta de pana. Masuyama tenía a su derecha una pared blanca sólo interrumpida por una ventana a través de la cual se podía contemplar un globo meciéndose en el viento y luciendo una propaganda navideña. Las espesas nubes invernales parecían estar dibujadas con tiza contra el azul pálido del cielo. Masuyama observó un altar a Inari y un pequeño torü bermellón en el techo de un viejo edificio cercano. Mangiku estaba sentado al estilo japonés, contra el muro. El libreto yacía abierto sobre sus rodillas y las líneas de su kimono verde grisáceo estaban perfectamente derechas. Desde su sitio no podía contemplar íntegramente la fisonomía de Mangiku; pero sus ojos permanecían tranquilos y su gentil mirada se fijaba en Kawasaki sin distracciones. Masuyama se estremeció. Ya había entrado en la sala de ensayos, pero era tarde.
VI
Aquel mismo día, Masuyama fue llamado al camarín de Mangiku. Cuando inclinó la cabeza para pasar entre las cortinas de la entrada, sintió una extraña sensación de rechazo. Mangiku lo saludó sonriente desde el almohadón púrpura en el que estaba recostado. Le ofreció unas tortas con las que lo habían obsequiado visitantes recientes. -¿Qué opina del ensayo de hoy? La pregunta sorprendió a Masuyama. No era habitual en Mangiku pedir opiniones sobre tales temas. -Si las cosas continúan así, pienso que lla obra será un éxito. -¿Cree usted? El señor Kawasaki me da mucchísima pena. La cosa es muy dura para él. La forma arbitraria como lo han tratado me ha puesto nervioso. Usted habrá notado que hice lo posible por seguir las indicaciones del señor Kawasaki. De todos modos, aquélla era la forma en que yo hubiera interpretado mi personaje, y pensé facilitar así las cosas. Como no puedo dar directivas a los demás, espero que lo intuyan si me ven hacer exactamente lo que se me indica. Ellos saben lo difícil que soy generalmente. Es lo menos que puedo hacer para proteger al señor Kawasaki. Sería una pena que nadie colaborara cuando él se esfuerza tanto. Masuyama no sintió ninguna particular emoción al escuchar aquellas palabras. Era bastante probable que ni el mismo Mangiku advirtiera que se había enamorado. Estaba acostumbrado a describir el amor en una escala mucho más heroica. Por otra parte, Masuyama consideraba que aquellos sentimientos -o como se los llamara- que se habían despertado en el corazón de Mangiku, eran bastante impropios. Esperaba del actor un despliegue de emociones mucho más transparente, artificial y estético. Contra su costumbre, Mangiku estaba sentado con displicencia, lo cual impartía cierta languidez a su delicada figura. El espejo reflejaba su nuca recién afeitada y las flores púrpura dispuestas en el recipiente cloisonné. Cuando los ensayos pasaron del salón al escenario la desesperación de Kawasaki se volvió patética. Invitó a Masuyama a un bar de las cercanías, transmitiéndole, al mismo tiempo, la sensación de que sus días estaban contados. Masuyama no pudo acudir de inmediato; pero cuando, dos horas después, llegó hasta aquel bar, Kawasaki aún lo esperaba. Había bebido abundantemente y estaba muy pálido. Pertenecía a la categoría de aquellos que palidecen cuando beben. Al entrar en el bar, Masuyama advirtió su rostro ceniciento y presintió que el joven se había echado encima una carga espiritual demasiado pesada para él. Masuyama y Kawasaki vivían en mundos diferentes. La cortesía no era un motivo suficiente como para que la angustia y la incertidumbre de Kawasaki recayeran en los hombros de Masuyama. Como era de esperar, Kawasaki se extendió en afables improperios, acusándolo de ser un espía doble. Masuyama recibió sus palabras con una sonrisa. Sólo tenía cinco o seis años más que Kawasaki pero tenía una profunda confianza en sí mismo. No era por falta de integridad moral que Masuyama se mostraba indiferente a los chismes que, entre bambalinas, recaían sobre él. Su lugar en la jerarquía kabuki estaba ya asegurado y su indiferencia sólo demostraba que no quería manifestarse con una sinceridad que podría llegar a destruirlo. -Estoy cansado de todo este asunto -suspiroo Kawasaki-. Cuando se levante el telón la noche del estreno, me sentiré feliz y habrá llegado el momento de desaparecer. Los ensayos finales comienzan mañana. Me siento tan disgustado que creo no poder aguantar más. Éste es el peor trabajo que me ha tocado nunca. ¡He llegado al límite y nunca más me comprometeré ¡ con un mundo tan diferente al mío! -Pero ¿acaso no lo imaginaba? -la voz de MMasuyama resonó fríamente-. Después de todo, el kabuki no es lo mismo que el teatro moderno. Las palabras de Kawasaki resultaron sorprendentes: -Mangiku es el peor de todos. Realmente no me gusta nada. Nunca más trabajaré en una obra en la que él intervenga -Kawasaki observaba las espirales de humo contra el cielo raso como si se tratara de los rasgos de algún enemigo invisible. -Yo no diría eso. Me pareció que se esforrzaba por cooperar. -¿Qué puede hacerle pensar tal cosa? No hhay nada bueno en él. No me molesta demasiado que los otros actores no me escuchen durante los ensayos o traten de intimidarme o, también, de sabotear mi trabajo. Pero Mangiku es peor de cuanto puede imaginarse. Me mira fijamente con esa extraña mueca en la cara y, en el fondo, se mantiene inalcanzable y me trata como a un tonto ignorante. Por eso lo hace todo tal como yo se lo ordeno. Es el único que obedece mis instrucciones y ello me enoja aún más. Adivino lo que piensa: "Si así quiere hacer las cosas, no me opondré, pero quedo libre de toda responsabilidad por lo que pueda suceder durante la representación..." Esta es la razón por la cual me mira sin decir una sola palabra. Es el peor sabotaje que conozco. Masuyama escuchaba, atónito, pero se abstuvo en aquel momento de relatar la verdad a Kawasaki. Era evidente que el joven se sentía desconcertado frente a un mundo en el cual se había sumergido. De conocer los sentimientos de Mangiku los hubiera interpretado como una burla más. Aun con todos sus conocimientos teatrales, sus ojos eran demasiado inocentes y no podía detectar la presencia estética y oscura que acechaba tras el texto.
VII
Llegó el Año Nuevo y, con él, la noche del estreno. Mangiku estaba enamorado. Sus sagaces discípulos fueron los primeros en comentarlo. Masuyama, asiduo visitante en el vestuario de Mangiku, lo intuyó inmediatamente. Mangiku estaba sumergido en su amor como un gusano de seda en su capullo, listo para convertirse en mariposa. El camarín se había convertido en el capullo de su amor. Mangiku era de naturaleza abstraída, pero el contraste con la algarabía reinante en todos lados con ocasión del Año Nuevo confería a su vestuario un toque especialmente solemne. Al pasar frente al camarín la noche del estreno, Masuyama encontró las puertas abiertas de par en par y decidió echar una ojeada allí. Mangiku estaba de espaldas, sentado frente al espejo, envuelto en su ropaje. Esperaba la señal para comenzar. Masuyama observó el azul lavanda del vestido del actor, la suave línea de los hombros empolvados, semidescubiertos, y al peluca negra, brillante como laca. En medio del camarín desierto, Mangiku parecía una mujer absorta en la tarea de hilar. Estaba tejiendo su amor y así continuaría para siempre con la mente ausente. Masuyama comprendió intuitivamente que aquel arnor onnagata había nacido del teatro. El escenario donde el amor gritaba y lastimaba formaba parte de su vida. La música que celebraba las sublimes elevaciones del amor, sonaba constantemente en los oídos de Mangiku y cada gesto exquisito de su cuerpo era usado para expresarlo. En Mangiku no había nada ajeno al amor. Los dedos de sus pies enfundados en tabi blancos, los atractivos colores del doblez de su kimono, que apenas podía verse por las aberturas de las mangas, el largo cuello de cisne. Todo estaba al servicio del amor. Masuyama pensó que Mangiku encontraba una guía para su amor en las grandiosas emociones de los papeles que desempeñaba en escena. Un actor común puede enriquecer sus actuaciones infundiéndoles las emociones de la vida real. Mangiku no lo hacía así. Al enamorarse, las heroínas trágicas como Yukihime, Omiwa e Hinaginu, corrían en su ayuda. Sin embargo, el pensar en Mangiku enamorado hizo retroceder a Masuyama. Aquellas emociones sublimes que Mangiku evocaba con su presencia en el escenario, encerrando su sensualidad en heladas llamaradas, no tenían asidero en la vida real. El objeto de tantas emociones no era sino un ignorante respecto al kabuki, un director joven y talentoso, de aspecto común, cuya única justificación para motivar el amor de Mangiku consistía en ser un extraño en aquellas comarcas, un joven forastero que pronto desaparecería del mundo del kabuki para no regresar.
VIII
¡Si tan sólo pudiera cambiarlos! fue bien recibida. Pese a su anunciada promesa de desaparecer del teatro después del estreno, Kawasaki iba allí todos los días a quejarse de la representación, a vagar por los pasajes subterráneos del escenario o a tocar con curiosidad los mecanismos de la puerta-trampa o del Hanamichi. Masuyama pensó que aquel hombre tenía algo de niño. Las críticas de los diarios alabaron a Mangiku. Masuyama se encargó de mostrárselas a Kawasaki, que frunció la boca como un chico caprichoso: -Son todos buenos actores, pero parece que no hubo ninguna dirección. Naturalmente, Masuyama no repitió aquellas ásperas palabras a Mangiku y Kawasaki mismo se comportó de la mejor manera posible cuando se encontró con el actor. A Masuyama le irritaba que Mangiku, quien era totalmente insensible para detectar los sentimientos de los demás, no hubiera averiguado, no obstante, si Kawasaki advertía su buena voluntad. Por otra parte, Kawasaki también era insensible a los sentimientos ajenos. Tenía aquel rasgo en común con el actor. Una semana después del estreno, Masuyama fue llamado al camarín de Mangiku. Algunos amuletos provenientes del altar donde se postraba para adorarlos y varias golosinas navideñas estaban diseminados sobre la mesa. Las confituras se distribuirían después entre sus discípulos. Mangiku hizo que Masuyama aceptara algunos dulces. Aquella era una señal de buen humor. -El señor Kawasaki estuvo aquí hace un moomento -dijo. -Sí, lo he visto salir. -Me pregunto si aún se encuentra en el teaatro... -Supongo que se quedará hasta que finalicee la obra. -¿No dijo si, luego, tenía algún comprommiso? -No he escuchado nada en tal sentido. -Entonces, quisiera pedirle un favor... Masuyama adoptó la expresión más compuesta que pudo: -¿Cuál es? -Esta noche, cuando termine la representaciión... En fin, esta noche... -las mejillas de Mangiku se encendieron y su voz sonó más clara y aguda que de costumbre-... cuando termine la representación me gustaría cenar con él. ¿Le molestaría preguntarle si tiene algún compromiso? Masuyama asintió. -¿Hago mal en pedirle una cosa así? -los ojos de Mangiku dejaron de errar a la deriva y trataron de leer la expresión de Masuyama. Parecía desear que Masuyama se turbara. Apenas Masuyama penetró en el hall, se encontró con Kawasaki que venía en dirección contraria. Este encuentro casual en medio de la gente que colmaba el hall durante el entreacto, parecía una maniobra del destino. El aspecto de Kawasaki no era acorde con la atmósfera festiva que prevalecía en el recinto. El aire ligeramente altanero que adoptaba habitualmente el joven, parecía ridículo en medio del murmullo de una multitud de sólidos ciudadanos vestidos para la ocasión con sus trajes dominicales. Masuyama llevó a Kawasaki hasta un rincón y le transmitió la invitación de Mangiku. -¿Qué puede querer de mí? -se preguntó el joven-. ¡Cenar juntos! Tiene gracia. No existe ninguna razón para no aceptar, pero no veo el motivo de una reunión de esta clase. -Supongo que deseará hablarle de la obra. -Ya dije todo cuanto tenía que decir al reespecto. En aquel momento, un deseo injustificado de dañar al prójimo, una emoción siempre asociada en el escenario con villanos menores, brotó en el corazón de Masuyama sin que él lo advirtiera. Ni siquiera tomó conciencia de que estaba actuando como un personaje de ficción. -A lo mejor, ésta es la oportunidad para ddecirle, sin escatimar palabras, todo cuanto piensa al respecto. -En fin... -Quizás no tenga coraje como para hablarlee francamente... Las palabras de Masuyama hirieron al joven en su amor propio: -Está bien. Acepto. Durante estos meses supe que, tarde o temprano, tendría la oportunidad de aclarar las cosas con él. Mangiku aparecía en la última parte del programa y no quedaba en libertad sino al finalizar todo el espectáculo. Por lo general, los actores suelen, al terminar su actuación, cambiarse de prisa y dejar el teatro precipitadamente, pero Mangiku no daba muestra de impaciencia mientras terminaba de vestirse y cubría su kimono con una capa y una bufanda de colores apagados. Esperaba a Kawasaki. Éste llegó finalmente, y, sin molestarse en sacar las manos de los bolsillos de su sobretodo, saludó brevemente a Mangiku. El discípulo que siempre acompañaba a Mangiku como su "doncella", apareció de pronto con aires de anunciar una gran calamidad: -Está nevando -informó apesadumbrado. Mangiku alzó la capa hacia sus mejillas: -Necesitaremos un paraguas para llegar hastta el coche -dijo. Masuyama los acompañó hasta la salida de artistas. El portero había acomodado allí los zapatos de Mangiku junto a los de Kawasaki. Bajo la fina nevada, el discípulo-doncella mantenía abierto el paraguas. La nieve era tan transparente que costaba distinguir sus copos contra la pared de cemento oscuro. Mangiku hizo una reverencia a Masuyama: -Nos vamos. La sonrisa de sus labios podía distinguirse vagamente bajo la bufanda. Se volvió hacia su discípulo: -Yo llevaré el paraguas. Preferiría que aavisara al chófer que ya estamos listos. Mangiku sostenía el paraguas sobre la cabeza de Kawasaki. Mientras caminaban uno junto al otro, algunos copos de nieve volaron a su alrededor. Masuyama los vio alejarse. Mangiku, envuelto en su capa y Kawasaki con las manos en los bolsillos del sobretodo. Fue como si un paraguas grande, negro y húmedo se abriera ruidosamente dentro de su corazón. La ilusión que sintiera Masuyama de muchacho al ver actuar a Mangiku, había permanecido intacta aún después de haber integrado el kabuki. En aquel instante se quebró en mil pedazos como una delicada pieza de cristal. -Por fin sé lo que es una verdadera desiluusión -pensó-. Hasta podría abandonar el teatro... Pero Masuyama sabía que, junto a la desilusión, le estaba invadiendo un nuevo sentimiento: los celos. Y le aterró pensar hasta dónde lo conduciría aquello.
Yukio Mishima
De acuerdo con La esencia de la Salvación, de Eshin, los Diez Placeres no son nada más que una gota de agua en el océano comparados con los goces de la Tierra Pura. El suelo es, allí, de esmeralda y los caminos que la cruzan, de cordones de oro. No hay fronteras y su superficie es plana. Cincuenta mil millones de salones y torres trabajadas en oro, plata, cristal y coral se levantan en cada uno de los Precintos sagrados. Hay maravillosos ropajes diseminados sobre enjoyadas margaritas. Dentro de los salones y sobre las torres una multitud de ángeles tocan eternamente música sagrada y entonan himnos de alabanza al Tathagata Buda. Existen grandes estanques de oro y esmeralda en los jardines para que los fieles realicen sus abluciones. Los estanques de oro están rodeados de arena de plata y los de esmeralda, de arena de cristal. Hay plantas de loto en las fuentes que brillan con mil fuegos cuando el viento acaricia la superficie del agua. Día y noche el aire se colma con el canto de las grullas, gansos, pavos reales, papagayos y Kalavinkas de dulce acento que tienen rostros de mujeres hermosas. Estos y otras miríadas de pájaros cien veces alhajados elevan sus melodiosos cantos en alabanza a Buda. (Aun cuando sus voces resuenen dulcemente, esta inmensa colección de aves debe resultar extremadamente ruidosa).
Las orillas de estanques y ríos están cubiertas de bosquecillos con preciosos árboles sagrados que poseen troncos de oro, ramas de plata y flores de coral. Su belleza se refleja en las aguas. El aire está colmado de cuerdas enjoyadas de las que cuelgan legiones de campanas preciosas que tañen por siempre la Ley Suprema de Buda, y extraños instrumentos musicales, que resuenan sin ser pulsados, se extienden en lontananza por el diáfano cielo.
Una mesa con siete joyas, sobre cuya resplandeciente superficie se encuentran siete recipientes colmados por los más exquisitos manjares, aparece frente a aquellos que sienten algún tipo de apetito. No es necesario llevarse a la boca estas viandas. Basta deleitarse con su aroma y colores. En tal forma, el estómago se satisface y el cuerpo se nutre mientras que el sujeto se mantiene espiritual y físicamente puro. Una vez terminada la merienda, los recipientes y la mesa desaparecen.
De la misma manera, el cuerpo se viste automáticamente sin necesidad de coser, lavar, teñir o zurcir.
Las lámparas tampoco son necesarias, pues el cielo está iluminado por una luz omnipresente. Además, la Tierra Pura goza de una temperatura moderada durante todo el año, haciendo innecesario refrescarse o abrigarse. Cien mil esencias tenues perfuman el aire y pétalos de loto caen en constante lluvia.
En el capítulo de "El Portal de Inspección" se nos enseña que, visto y considerando que los no iniciados no pueden adentrarse profundamente en la Tierra Pura, deben ocuparse en despertar sus poderes de "imaginación exterior" y, luego, en engrandecerlos continuamente. El poder de la imaginación permite escapar a las trabas de nuestra vida mundana y contemplar a Buda. Si estamos dotados de una rica y turbulenta fantasía, podremos concentrar nuestra atención en una sola flor de loto y, desde allí, expandirnos hacia infinitos horizontes.
A través de una observación microscópica y de cierta proyección astronómica, la flor de loto puede convertirse en los cimientos de una teoría del universo y en el agente por medio del cual nos será posible percibir la Verdad. En primer lugar, debemos saber que cada pétalo tiene ochenta y cuatro mil nervaduras, y que cada nervadura posee ochenta y cuatro mil luces. Más aún, la más pequeña de estas flores tiene un diámetro de doscientos cincuenta yojana. Presumiendo que el yoyana del cual hablan las Sagradas Escrituras corresponde a setenta y cinco millas cada uno, podemos llegar a la conclusión de que una flor de loto de un diámetro de diecinueve mil millas no es de las más grandes.
Pues bien, esa flor tiene ochenta y cuatro mil pétalos y dentro de cada uno hay un millón de joyas resplandecientes con mil luces diferentes. Sobre el cáliz bellamente adornado de la flor se levantan cuatro alhajados pilares, cada uno de los cuales es cien billones de veces más grande que el Monte Sumeru, que sobresale en el centro del universo budista. Grandes tapices cuelgan de sus pilares. Cada uno de ellos está adornado con cincuenta mil millones de joyas que emiten ochenta y cuatro mil luces por unidad. Cada luz está compuesta de ochenta y cuatro mil tonos diferentes de oro.
La concentración en tales imágenes es conocida como "Pensamiento del asiento de Loto en el que se sienta Buda", y el mundo que se vislumbra como fondo de nuestra historia es un mundo imaginado en esa escala.
El sacerdote del Templo de Shiga era un hombre de gran virtud. Sus cejas eran muy blancas y apenas podía con sus huesos. Recorría el templo de un lado a otro, apoyado en un bastón.
A los ojos de este sabio asceta el mundo sólo era un montón de basura. Había vivido retirado durante muchos años y el pequeño retoño de pino que había plantado con sus propias manos, al mudarse a su celda actual era ya un gran árbol cuyas ramas se agitaban al viento. Un monje que había logrado abandonar el Mundo Fluctuante desde tanto tiempo atrás, debía nutrir gran seguridad respecto a su futuro.
Sonreía, compasivo, frente a nobles poderosos, y reflexionaba acerca de la imposibilidad que demostraba aquella gente en advertir que los placeres no eran sino sueños vacíos. Cuando contemplaba a alguna mujer hermosa, su única reacción era experimentar piedad por los hombres que aún habitan el mundo de las desilusiones y se sacuden en las olas del deseo carnal.
Cuando un hombre no responde a las motivaciones que regulan el mundo material, ese mundo parece sumergirse en un completo reposo. Para los ojos del Gran Sacerdote, el mundo sólo ofrecía reposo, estaba reducido a un dibujo, al mapa de cierta tierra extranjera. Cuando se ha alcanzado el estado de ánimo en el cual las pasiones indignas del mundo han desaparecido, también se olvida el temor. Es por esta razón que el Sacerdote no podía explicarse la existencia del Infierno. Sabía, más allá de toda duda, que el mundo no ejercía ya ningún poder sobre él, pero como carecía por completo de soberbia no se detenía a pensar que ello se debía a su enorme virtud.
En cuanto a su cuerpo, podía decirse que ya no tenía casi carne. Al bañarse se regocijaba viendo cómo sus huesos salientes estaban precariamente cubiertos por carne marchita. Habiendo su cuerpo alcanzado ese estado, podía avenirse a él como si perteneciera a otra persona. Un cuerpo en tales condiciones parecía estar más calificado para ser nutrido por la Tierra Pura que por alimentos y bebidas terrestres.
Soñaba noche a noche con la Tierra Pura y, al despertar, sólo sabía que subsistir en este mundo significaba estar atado a una triste ensoñación evanescente.
Cuando llegaba la época de admirar las flores, gran cantidad de gente venía de la capital con el objeto de visitar la villa de Shiga. Esto no molestaba al sacerdote, ya que hacía tiempo que había superado el estado en el que los ruidos del mundo pueden irritar la mente.
Abandonó su celda, en un atardecer de primavera, y caminó hacia el lago. Era la hora en que las sombras del crepúsculo avanzan lentamente sobre la brillante luz de la tarde. Ni el más leve movimiento agitaba la superficie del agua. El sacerdote se detuvo en la orilla y comenzó a practicar el sagrado rito de la Contemplación del Agua.
En aquel momento, un carruaje tirado por bueyes, perteneciente a todas luces a una persona de alto rango, rodeó el lago y se detuvo cerca del sacerdote. Su dueña, una dama de la Corte del distrito Kyogoku de la Capital, poseía el alto título de Gran Concubina Imperial. Esta dama deseaba contemplar el paisaje de Shiga en la recién llegada primavera y, al regresar, había hecho detener el carruaje. Alzó la cortina para echar una última mirada al lago.
El Gran Sacerdote miró, casualmente, en esa dirección y, de inmediato se sintió abrumado por tanta belleza. Sus ojos se encontraron con los de la mujer y, como no hiciera nada por apartarlos, ella no trató de ocultarse.
Su liberalidad no era tanta como para permitir que los hombres la miraran con apasionamiento; pero reflexionó que los motivos de aquel austero y viejo asceta no podían ser los mismos que los de los hombres comunes.
La dama bajó la cortina tras algunos minutos. El carruaje echó a andar y, después de cruzar el Paso de Shiga, se encaminó lentamente por la ruta que conducía a la Capital. Cayó la noche. Hasta que el carruaje no fue más que un punto entre los árboles lejanos, el Gran Sacerdote permaneció como petrificado en el mismo lugar.
En un abrir y cerrar de ojos el mundo se había vengado del sacerdote con terrible saña. Todo cuanto había creído tan inexpugnable, caía en ruinas.
Volvió al templo, contempló la imagen de Buda e invocó su Sagrado Nombre. Pero las sombras opacas de los pensamientos impuros se cernían sobre él. Se dijo que la belleza de una mujer no era más que una aparición fugaz, un fenómeno temporario compuesto de carne perecedera. Sin embargo, aunque intentaba borrarla, la inefable belleza que había contemplado junto al lago, pesaba ahora sobre su corazón con la fuerza de algo llegado desde una infinita distancia. El Gran Sacerdote no era lo suficientemente joven, ni física ni espiritualmente, como para creer que ese nuevo sentimiento era sólo una trampa que su carne le jugaba. La carne de un hombre, y lo sabía bien, no se agita tan rápidamente. Antes bien, tenía la sensación de haber sido sumergido en algún veneno sutil y poderoso que había alterado su espíritu.
El Gran Sacerdote no había quebrantado nunca su voto de castidad. La lucha interior librada en su juventud contra el deseo lo había llevado a considerar a las mujeres sólo como meros seres materiales. La única carne era la que existía realmente en su imaginación. Considerándola más como una abstracción ideal que como un hecho físico, confiaba en su fortaleza espiritual para subyugarla. En ese sentido, el sacerdote había triunfado. Nadie que lo conociera podría ponerlo en duda.
Pero el rostro de mujer que había levantado la cortina del carruaje era demasiado armonioso y refulgente como para ser designado como un mero objeto de la carne. El sacerdote no supo qué nombre darle. Sólo pudo reflexionar en que, para que tan portentoso hecho se produjera, algo hasta aquel momento oculto y al acecho en su interior, se había revelado finalmente. Ese algo no era sino este mundo, que hasta entonces había permanecido en reposo, y que, súbitamente, emergía de la oscuridad y comenzaba a agitarse.
Era como si hubiera permanecido, de pie, junto al camino que lleva a la capital, con las manos firmemente apretadas sobre los oídos, y hubiera visto cruzar con gran estrépito dos grandes carros tirados por bueyes. Al destaparse los oídos, bruscamente, el estruendo lo envolvía.
Percibir el flujo y reflujo de fenómenos transitorios, sentir su fragor rugiente en los oídos, era entrar dentro del círculo de este mundo. Para un hombre como el Gran Sacerdote, que no había admitido concesiones en su contacto con el mundo exterior, significaba someterse nuevamente a un estado de dependencia.
Aun leyendo a los Sutras exhalaba grandes suspiros de angustia. Pensó, entonces, que la naturaleza servía para distraer su espíritu e intentó concentrarse en las montañas que, a través de la ventana de su celda, se destacaban en la distancia contra el cielo nocturno. Pero sus pensamientos, en vez de concentrarse en la belleza, se desvanecían como nubes y desaparecían.
Fijaba su mirada en la luna, pero sus pensamientos fluctuaban como antes, y cuando fue a inclinarse, nuevamente, frente a la Suprema Imagen, en un desesperado esfuerzo por recobrar la pureza de su mente, el rostro de Buda se transformó y se convirtió en las facciones de la dama del carruaje. Su universo había quedado aprisionado dentro de los límites de un estrecho círculo donde se enfrentaban el Gran Sacerdote y la Gran Concubina Imperial.
La Gran Concubina Imperial de Kyogoku olvidó rápidamente al viejo sacerdote que la observara con tanta atención en el lago de Shiga. Sin embargo, poco tiempo después llegó a sus oídos un rumor que le recordó el incidente. Uno de los habitantes del villorrio había sorprendido al Gran Sacerdote mirando cómo se perdía en la distancia el carruaje de la dama. Se lo había comentado a un caballero de la Corte que admiraba las flores de Shiga, agregando que, desde aquel día, el Sacerdote se comportaba como quien ha perdido la razón.
La Concubina Imperial fingió no creer en tales habladurías, pero la virtud del sacerdote era conocida en toda la capital y el suceso sirvió para alimentar la vanidad de la dama.
Estaba verdaderamente cansada del amor que recibía de los hombres de este mundo. La Concubina Imperial tenía clara conciencia de lo hermosa que era y se inclinaba hacia otras disciplinas, como la religión, que trataran a su belleza y a su alto rango como cosas desprovistas de valor. El mundo la aburría soberanamente y, por ende, creía también en la Tierra Pura. Era inevitable que el Budismo Jodo, que rechazaba toda la belleza y el brillo del mundo visible como si fuera corrupción y contaminación, tuviera un atractivo especial para quien, como la Concubina Imperial, estaba tan desilusionada de la elegante superficialidad de la vida cortesana. Elegancia que, por otra parte, parecía anunciar inequívocamente los Últimos Días de la Ley y su degeneración.
Entre aquellos que consideraban al amor como su principal preocupación, la Concubina Imperial ocupaba un alto puesto como la personificación misma del refinamiento. El hecho de que jamás hubiera brindado su amor a hombre alguno no hacía sino acrecentar su fama. Aun cuando cumplía sus deberes para con el Emperador con el más absoluto decoro, nadie creía, ni por un momento, que estuviera enamorada de él. La Gran Concubina Imperial soñaba con una pasión al borde de lo imposible.
El Gran Sacerdote del Templo de Shiga era famoso por su virtud y todos en la Capital sabían hasta qué punto este anciano prelado había hecho abandono del mundo. Tanto más sorprendente era, entonces, el rumor de que había sido prendado por los encantos de la Concubina Imperial, y que, por ella, había sacrificado la vida eterna. Rehusar los goces de la Tierra Pura que estaban casi al alcance de su mano, equivalía al mayor sacrificio y a la más importante ofrenda.
La Gran Concubina Imperial se mostraba totalmente indiferente a los encantos de los nobles y jóvenes libertinos que abundaban en la Corte. Los atributos físicos de los hombres ya no representaban nada para ella. Su única ambición era encontrar a alguien que pudiera ofrecerle un amor fuerte y profundo.
Una mujer con tales aspiraciones se convierte en una criatura aterradora. Si hubiera sido sólo una cortesana, la habrían conformado las riquezas y la frivolidad. La Gran Concubina poseía todo lo que la riqueza del mundo puede brindar. El hombre que aguardaba tendría que ofrecerle, pues, los bienes del universo del futuro.
Los comentarios sobre el enamoramiento del Gran Sacerdote inundaron la Corte, hasta que, finalmente, y en son de broma, la historia fue repetida hasta al mismo Emperador. Esta chismografía desagradaba a la Gran Concubina, que guardaba una actitud fría e indiferente. Comprendía perfectamente que existían dos motivos para que los cortesanos pudieran bromear libremente sobre un asunto cuyo comentario, normalmente, les estaría vedado. El primero, que, refiriéndose al amor del Gran Sacerdote, estaban halagando la belleza de la mujer que inspiraba aun a un eclesiástico de tan gran virtud, tamaña distracción y, en segundo término, todos sabían que el amor del anciano por la noble dama jamás podría ser retribuido.
La Gran Concubina Imperial reconstruyó mentalmente los rasgos del viejo sacerdote que había visto a través de la ventana del carruaje. No se parecía en absoluto a los rostros de ninguno de los hombres que la habían amado hasta entonces. Era extraño que el amor surgiera en el corazón de un hombre que no poseía ninguna condición como para ser amado. La dama recordó frases tales como "mi amor perdido y sin esperanzas" que eran usadas a menudo por los poetastros de Palacio cuando deseaban despertar eco en los corazones de sus indiferentes amadas. La situación del más desgraciado de aquellos elegantes resultaba envidiable frente a la del Gran Sacerdote. Sin embargo, a la Concubina Imperial los escarceos poéticos de tales jóvenes se le antojaron adornos mundanos, inspirados por la vanidad y totalmente desprovistos de sentimiento.
A esta altura, el lector comprenderá claramente que la Gran Concubina Imperial no era, como comúnmente se la creía, la personificación de la elegancia cortesana, sino una persona que encontraba en la evidencia de ser amada una verdadera razón de vivir. Pese a su alto rango era, antes que nada, una mujer, y todo el poder y la autoridad del mundo carecían de valor si no le brindaban tal evidencia. Los hombres que la rodeaban se entregaban a luchar sin fin para alcanzar el poder político. Ella soñaba con dominar el mundo por otros medios puramente femeninos.
Había conocido a muchas mujeres que habían tomado los hábitos que se habían retirado del mundo. Tales mujeres la hacían reír. Cualquiera sea la razón alegada por una mujer para abandonar el mundo, le es casi imposible desprenderse de sus posesiones. Sólo los hombres son verdaderamente capaces de abandonar cuanto poseen.
El viejo sacerdote del lago había dejado, en determinada etapa de su vida, el Mundo Fluctuante y sus placeres. Ante los ojos de la Concubina Imperial era más hombre que todos los nobles que poblaban la Corte. Y así como había abandonado una vez este Mundo Fluctuante, estaba dispuesto ahora, por ella, a renunciar también al mundo futuro.
La Concubina recordó la idea de la sagrada flor de loto que su profunda fe había impreso vívidamente en su mente. Pensó en el enorme loto con una anchura de doscientas cincuenta yojana. Aquella planta absurda se ajustaba más a sus gustos que las mezquinas flores flotantes de los estanques de la Capital. Por las noches, el susurro del viento entre los árboles del jardín le parecía insípido comparado con la música delicada que produce la brisa, en la Tierra Pura, cuando sacude a las plantas sagradas.
Al recordar los extraños instrumentos que colgaban del cielo y tañían sin ser tocados, el sonido del arpa de Palacio sólo se le antojaba una despreciable imitación.
El Sacerdote del Templo de Shiga luchaba. En sus combates juveniles contra la carne, lo había sostenido siempre la esperanza de alcanzar el mundo futuro. Pero, en cambio, esta lucha desesperada de su vejez se asociaba con un sentimiento de pérdida irreparable.
La imposibilidad de consumar su amor por la Gran Concubina Imperial se le aparecía tan clara como el sol en el cielo. Al mismo tiempo, tenía perfecta conciencia de la imposibilidad de avanzar hacia la Tierra Pura, mientras permaneciera esclavo de aquel amor. El Gran Sacerdote había vivido en un estado de incomparable libertad y ahora, en un abrir y cerrar de ojos, se encontraba sin futuro y en la más completa oscuridad. El coraje que lo había acompañado durante las luchas de su juventud había tenido, quizás, sus raíces en su propio orgullo y confianza, en saber que se estaba privando voluntariamente del placer que tenía al alcance de la mano.
El Gran Sacerdote sentía miedo nuevamente. Hasta que aquel noble carruaje se aproximara a la orilla del Lago Shiga, su convencimiento era que cuanto le esperaba ya no era sino la liberación del Nirvana. Ahora se encontraba, de pronto, frente a la oscuridad del mundo donde es imposible adivinar lo que nos acecha a cada paso.
En vano acudía a todas las formas de meditación religiosa. Ensayó la Contemplación del Crisantemo, la Contemplación del Aspecto Total y la Contemplación de las Partes; pero cada vez que intentaba concentrarse, el hermoso rostro de la Concubina aparecía ante sus ojos. Tampoco fue un remedio la Contemplación del Agua, pues invariablemente aparecían los bellos rasgos resplandecientes entre las ondas del lago.
Todo esto, sin duda, era sólo una consecuencia de su apasionamiento. Bien pronto, el sacerdote advirtió que la concentración le producía más mal que bien, y fue entonces cuando ensayó aliviar su espíritu por medio de la dispersión. Le asombraba constatar que la meditación lo hundía, paradójicamente, en una desilusión aún más profunda. A medida que su espíritu iba sucumbiendo bajo tal peso, el sacerdote decidió que antes de proseguir una lucha estéril, era mejor concentrar deliberadamente sus pensamientos en la figura de la Gran Concubina Imperial.
El Gran Sacerdote hallaba una nueva satisfacción al adornar su visión de la dama en las más variadas formas, como si se tratara de una imagen budista cubierta de diademas y baldaquines. Al hacerlo, el objeto de su amor se transformaba en un ser de creciente esplendor, distante e imposible. Esto le producía una alegría especial, seguramente porque de lo contrario, el ver a la Gran Concubina Imperial como a una mujer común y corriente era más peligroso. La revestía de todas las humanas fragilidades.
Mientras reflexionaba sobre este asunto, la verdad se hizo en su corazón. No veía en la Gran Concubina Imperial a una criatura de carne y hueso, ni tampoco a una visión. Era, en todo caso, un símbolo de la realidad, un símbolo de la esencia de las cosas. Resulta verdaderamente extraño perseguir esa esencia en la figura de una mujer. Y, sin embargo, existía un motivo. Aun al enamorarse, el sacerdote de Shiga no había perdido el hábito, adquirido tras largos años de contemplación, de esforzarse por alcanzar la esencia de las cosas a través de una constante abstracción. La Gran Concubina Imperial de Kyogoku, se había identificado con la visión del inmenso loto de doscientos cincuenta yojana. Reclinada en el agua y sostenida por todas las flores de loto, la Cortesana se volvía. tan grande como el Monte Sumeru.
Cuanto más convertía a su amor en un imposible, más profundamente traicionaba el sacerdote a Buda, pues la imposibilidad de su amor se encontraba aparejada con la imposibilidad de llegar a la iluminación. Y cuanto más advertía que su amor no podía tener esperanza, más crecía la fantasía que lo alimentaba y más se arraigaban sus pensamientos impuros. Mientras consideraba que su amor tenía alguna remota posibilidad, le había sido más fácil renunciar a él; pero ahora que la Gran Concubina se había convertido en una criatura fabulosa y totalmente inalcanzable, el amor del Gran Sacerdote se inmovilizaba como un gran lago de aguas calmas que cubría, inexorablemente, la superficie de la tierra.
Esperaba ver el rostro de su dama aún una vez más, pero temía que esa figura, que ahora se había vuelto una gigantesca flor de loto, se desvaneciera sin dejar rastros. Si aquello sucedía, el Gran Sacerdote se salvaría. Esta vez no dudaba de alcanzar la verdad. Y aquella mera perspectiva llenó al sacerdote de miedo y reverencia.
El melancólico amor del anciano había comenzado a crear curiosas estratagemas. Cuando, por fin, se decidió a visitar a la Gran Concubina, creyó en la ilusión de estar saliendo de una enfermedad que estaba marchitando su cuerpo. El caviloso sacerdote interpretó la alegría que acompañaba a su determinación como el alivio de haber escapado finalmente a las trabas de su amor.
Ninguno de los servidores de la Gran Concubina halló nada extraño en el hecho de que un anciano sacerdote permaneciera de pie en un rincón del jardín, apoyado en su bastón y mirando tristemente la Residencia. Era frecuente encontrar a ascetas y mendigos frente a las grandes casas de la Capital, aguardando limosnas.
Una de las cortesanas mencionó el hecho a su señora. La Gran Concubina miró, casualmente, a través del postigo que la separaba del jardín. Bajo las sombras del verde follaje, un anciano sacerdote macilento y de raídas vestiduras negras, inclinaba la cabeza. La dama lo observó por algún tiempo, y cuando hubo reconocido al sacerdote del lago de Shiga, su pálido rostro se volvió aún más demacrado.
Pasados algunos minutos de indecisión, impartió las órdenes necesarias para que la presencia del sacerdote en el jardín fuera ignorada.
Por primera vez el desasosiego hizo presa de ella. Había visto a mucha gente hacer abandono del mundo, pero ahora se encontraba por primera vez con alguien que renunciaba al mundo futuro. La visión resultaba siniestra y aterradora. Todos los placeres que había extraído su imaginación ante la idea del amor del sacerdote, desaparecieron en un segundo. Aunque aquel hombre hubiera renunciado al mundo futuro por ella, ahora comprendía que ese mundo jamás pasaría a sus propias manos.
La Gran Concubina Imperial contempló sus ropas elegantes y su hermoso cuerpo. Luego, miró hacia el jardín y observó al feo anciano andrajoso. El hecho de que pudiera existir alguna relación entre ambos tenia una extraña fascinación.
¡Qué diferente de la espléndida visión resultaba todo! El Gran Sacerdote parecía ahora una persona salida del Infierno mismo. Nada quedaba del hombre de virtuosa presencia que traía consigo el destello de la Tierra Pura. Su luz interior, que hacía evocar la gloria, se había desvanecido totalmente. Aun cuando se trataba del hombre del Lago de Shiga, era una persona completamente distinta.
Como la mayoría de los cortesanos, la Gran Concubina Imperial tendía a estar en guardia contra sus propias emociones, especialmente cuando se enfrentaba con algo que podía afectarla profundamente.
Al comprobar el amor del Gran Sacerdote, la invadió el descorazonamiento. La pasión consumada con la cual tanto había soñado durante años, adquiría una forma, preciso es reconocerlo, harto descolorida.
Cuando el sacerdote, apoyado en su bastón, llegó a la capital, casi había olvidado su fatiga. Penetró sigilosamente en las posesiones de la Gran Concubina Imperial en Kyogoku y observó desde el jardín. Tras aquellos postigos estaba la dama de sus pensamientos.
Al asumir su adoración una forma sin mácula, el mundo futuro comenzó a ejercer nuevamente su fascinación sobre el Gran Sacerdote. Nunca antes había vislumbrado la Tierra Pura con tanta intensidad. Su anhelo hacia ella se volvió casi sensual. Sólo debía pasar ahora por la formalidad de presentarse ante la Gran Concubina, declararle su amor y, de tal manera, librarse de una vez por todas de pensamientos impuros que lo ataban aún a este mundo. Faltaba ese único requisito para acercarse aún más a la Tierra Pura.
Le resultaba doloroso permanecer de pie, apoyado en el bastón. Los ardientes rayos del sol de mayo atravesaban las hojas y caían sobre su cabeza afeitada. Una y otra vez creyó perder el sentido. ¡Si tan sólo la dama advirtiera su propósito y lo invitara a saludarla para cumplir así con aquella formalidad! El Gran Sacerdote esperaba y, apoyado en su bastón, luchaba contra su creciente debilidad.
Finalmente llegó el crepúsculo. Nada sabía aún de la Gran Concubina, quien, por lógica, no podía conocer el pensamiento del sacerdote que, a través de ella, vislumbraba la Tierra Pura. Se limitaba a observarlo a través de los postigos. El sacerdote continuaba en el mismo sitio, inmóvil. La claridad nocturna iluminó el jardín.
La Gran Concubina Imperial se atemorizó. Presintió que cuanto veía en el jardín no era sino la encarnación de aquella "desilusión profundamente arraigada" de la que hablan los Sutras. Quedó abrumada ante la posibilidad de merecer las penas del Infierno.
Después de haber llevado a la perdición a un sacerdote de tan gran virtud, no era, seguramente, la Tierra Pura cuanto podía esperar, sino, en cambio, el Infierno mismo con todos los terrores que ella tan bien conocía. El amor supremo con el cual soñara se había derrumbado. Ser amada así, equivalía a una forma de condenación. Del mismo modo en que el Gran Sacerdote vislumbraba por su intermedio la Tierra Pura, la Gran Concubina contemplaba el horrible reino del Infierno a través del amor de aquel anciano.
Sin embargo, esta noble dama de Kyogoku era demasiado orgullosa como para sucumbir a sus temores sin luchar, y decidió poner en juego todos los recursos de su innata crueldad.
"El Gran Sacerdote -se dijo- tendrá que sucumbir, tarde o temprano, al mareo." Lo observó a través de los postigos esperando verlo en el suelo; pero, para su fastidio, la silenciosa figura continuaba inmóvil.
Cayó la noche y, a la luz de la luna, la figura del sacerdote se asemejaba a un montón de huesos blancos.
La dama, llena de temor, no podía conciliar el sueño. Dejó de mirar a través de los postigos y dio la espalda al jardín. Sin embargo, le parecía sentir constantemente la penetrante mirada del sacerdote.
Sabía que aquél no era un amor vulgar. Por temor a ser amada y, por ende, de terminar en el Infierno, la Gran Concubina Imperial rezaba con más fervor que nunca por la Tierra Pura. Una Tierra Pura propia e invulnerable que ansiaba conservar en su corazón. Era diferente a la del sacerdote y no tenía relación con su amor. No dudaba de que, si alguna vez la mencionaba ante el anciano, aquella interpretación personal se desintegraría inmediatamente.
El amor del sacerdote, se decía, no tenía nada que ver con ella. Era una aventura unilateral en la que sus sentimientos no tenían parte alguna. No había, pues, razón por la cual se la descalificara en su admisión en la Tierra Pura. Aun cuando el Gran Sacerdote perdiera el sentido y falleciera, ella se mantendría indemne. Sin embargo, a medida que avanzaba la noche y la temperatura se hacía más fría, su confianza comenzó a abandonarla.
El Sacerdote permanecía en el jardín. Cuando las nubes ocultaban la luna, se asemejaba a un extraño árbol viejo y nudoso.
La dama, consumida de angustia, insistía en que aquel anciano le era totalmente ajeno. Las palabras parecían explotar en su corazón. ¿Por qué, en nombre del Cielo, tenía que ocurrir esto?
En aquellos momentos, y por extraño que parezca, la Gran Concubina Imperial se había olvidado completamente de su belleza. Quizás fuera más correcto decir que se había visto obligada a hacerlo.
Finalmente, los tenues matices del amanecer irrumpieron en el cielo oscuro y la figura del sacerdote se destacó en la media luz. Todavía permanecía en pie. La Gran Concubina Imperial estaba derrotada.
Llamó a una doncella y le ordenó invitar al sacerdote a dejar el jardín y a arrodillarse junto al postigo.
El Gran Sacerdote se hallaba en la frontera del olvido, donde la carne se desintegra. Ya no sabía si esperaba a la Gran Concubina Imperial o al mundo futuro. Aun cuando distinguió la figura de la doncella aproximándose desde la residencia en la pálida luz del amanecer, ni siquiera comprendió que cuanto había esperado con tantas ansias, se hallaba finalmente al alcance de su mano.
La doncella trasmitió el mensaje de su señora. Al escucharlo, el sacerdote profirió un grito horrendo e inhumano. La doncella intentó guiarlo de la mano, pero él no se lo permitió y se dirigió hacia la casa con pasos increíblemente rápidos y seguros.
La oscuridad reinaba tras el postigo y resultaba imposible ver, desde afuera, a la Gran Concubina. El sacerdote cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar. Estuvo allí por largo rato con el cuerpo sacudido por esporádicas convulsiones.
Entonces, en la semi penumbra del amanecer, una blanca mano emergió dulcemente del postigo. El sacerdote del Templo de Shiga la tomó entre las suyas y se la llev6 a la frente y a las mejillas.
La Gran Concubina Imperial de Kyogoku tocó unos dedos extrañamente fríos. Al mismo tiempo, sintió algo húmedo y tibio. Alguien mojaba sus manos con tristes lágrimas.
Cuando los pálidos reflejos de la luz matutina comenzaron a iluminarla a través del postigo, la ferviente fe de la dama le infundió una maravillosa inspiración. No dudó ni por un instante de que aquella mano extraña era la de Buda.
Entonces, la gran visión surgió nuevamente en el corazón de la Concubina. El suelo de esmeraldas de la Tierra Pura; los millones de torres de siete joyas; los ángeles y su música; los estanques dorados con arenas de plata; los lotos resplandecientes y la dulce voz de las Kalavinkas. Si aquella era la Tierra Pura que le tocaría en suerte -y en aquel momento no dudaba de que así sería-, ¿por qué no aceptar el amor del Gran Sacerdote?
Aguardó a que el hombre con las manos de Buda le rogara abrir el postigo que los separaba. Cuando se lo pidiera, ella levantaría tal barrera y su cuerpo incomparablemente hermoso aparecería frente a él como en su primer encuentro junto al lago. Ella lo invitaría a entrar.
La Gran Concubina Imperial esperó.
Pero el Gran Sacerdote del Templo de Shiga no dijo nada. No pidió nada. Después de cierto tiempo, las viejas manos aflojaron su presión y los blancos dedos de la dama quedaron solos en la penumbra del amanecer. El Sacerdote se alejó. Un frío mortal descendió sobre el corazón de la Gran Concubina Imperial.
Pocos días después llegó a la Corte el rumor de que el espíritu del Gran Sacerdote había alcanzado la liberación final en su celda de Shiga. Al enterarse de tal noticia, la dama de Kyogoku se dedicó a copiar en rollos y rollos, con la más hermosa escritura, el pensamiento de los Sutras.
La perla
El muchacho que
escribía poesía
Yukio Mishima
Eran las once y media de una noche de luna llena del mes de septiembre. Al terminar la reunión a la cual habían asistido, Koyumi y Kanako regresaron a la Casa del Laurel e inmediatamente vistieron sus kimonos de algodón. Hubieran preferido bañarse antes de cambiar su ropa, pero aquella noche no quedaba tiempo para eso.
Koyumi tenía cuarenta y dos años, una figura regordeta, alrededor de cinco pies de altura y un kimono estampado con hojas negras. Kanako, la otra geisha, aun cuando sólo tenía veintidós años y era buena bailarina, no tenía protector y parecía destinada a no desempeñar nunca un papel de importancia en los bailes anuales de otoño y primavera de las geishas. Su kimono de crêpe tenía remolinos azules sobre un fondo blanco.
-Me gustaría saber qué dibujos tendrá ell kimono de Masako esta noche -dijo Kanako.
-Tréboles. Ni lo dudes. Está desesperada por tener un hijo.
-¿A tanto ha llegado?
-No, y ése es el problema - repuso Koyumi--. Todavía le falta mucho para obtener tal triunfo. Si no, sería como la Virgen María. ¡Tendría un niño simplemente por haberse enamorado de un hombre!
Una superstición común entre las geishas es que, cuando una mujer usa un kimono de verano estampado con tréboles o uno de invierno con paisajes dibujados, ha de quedar embarazada en un corto lapso.
Cuando, por fin, terminaron su arreglo, Koyumi sintió súbitos alfilerazos de hambre. Esto le sucedía cada vez que salía para la ronda de fiestas nocturnas. El hambre se le antojaba como una catástrofe inesperada que le llegaba desde afuera y sin previo aviso.
Nunca la asaltaba el apetito frente a los dientes por más aburrida que resultara la reunión; pero, antes y después de su actuación, el hambre la atacaba por sorpresa. Koyumi no podía nunca prever esta eventualidad comiendo en el tiempo debido. A veces, por ejemplo, cuando concurría a la peluquería durante la tarde, observaba a las otras geishas encargar su comida y probarla con deleite mientras aguardaban su turno. Aquello no producía a Koyumi ninguna impresión. Ni siquiera podía imaginar que el risotto o cualquier otro plato, resultara apetitoso. Sin embargo, una hora después, comenzaban los dolores provocados por el hambre y la saliva fluía, tibia, desde las raíces de sus pequeños y fuertes dientes.
Koyumi y Kanako pagaban cierta cantidad mensual a la Casa del Laurel en concepto de publicidad y alimentos. La cuenta de Koyumi era siempre excepcionalmente abultada. No sólo era muy golosa, sino que también era de gustos delicados. Sin embargo, desde que había adoptado el hábito de comer solamente antes y después de sus apariciones en público, su cuenta había ido decreciendo y amenazaba, ahora, con ser menor que la de Kanako.
Koyumi no recordaba el origen de esta excéntrica costumbre ni el día en que comenzó a detenerse en la cocina antes de la primera reunión de la noche y a pedir, con impaciencia, mientras bailaba:
"¿No hay alguna cosita para comer?" Ahora había adquirido la costumbre de cenar en la cocina de la primera casa y de efectuar un último refrigerio en las dependencias de la vivienda en la que terminaba la noche. Su estómago se había acostumbrado a esta rutina y, en consecuencia, su cuenta en materia de alimentos en la Casa del Laurel, había disminuido notablemente.
El Ginza estaba casi desierto cuando las dos geishas comenzaron a caminar hacia la Casa Yonei en Shimbashi.
Kanako señaló el cielo que se vislumbraba sobre el techo de un Banco cuyas ventanas estaban protegidas por gruesos barrotes:
-Tenemos suerte con el tiempo, ¿no es cierrto? Hoy hasta se podría ver a un hombre en la Luna.
Los pensamientos de Koyomi estaban concentrados en su estómago. Su primera reunión había tenido lugar en lo de Yonei y, la última, en lo de Fuminoya. Sólo en aquel momento caía en la cuenta de que había sido un error no cenar en lo de Fuminoya antes de marcharse. Había tenido que salir precipitadamente rumbo a la Casa del Laurel y el tiempo había resultado escaso. Tendría que reclamar su cena en lo de Yonei, en la misma cocina donde había comido horas antes. Este pensamiento la apesadumbró.
Sin embargo, la ansiedad de Koyumi se disipó tan pronto como hubo puesto un pie dentro de la cocina. Masako, la muy cuidada hija de la dueña del lugar, las aguardaba en la puerta. Llevaba, efectivamente, el kimono con tréboles que sus fantasías le habían adjudicado. Al ver a Koyumi, dijo con gran tacto:
-No las esperaba tan pronto. No tenemos priisa. ¿Por qué no entran y comen algo antes de irse?
La cocina estaba en desorden, colmada de sobras de las fiestas de la noche. Enormes pilas de platos y bols brillaban a la luz de las lamparillas sin pantalla. Masako estaba de pie, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Ocultaba la luz con su cuerpo y su rostro permanecía en la sombra. Koyumi se alegró que aquella circunstancia no revelara la expresión de alivio que le había provocado la invitación de Masako.
Mientras Koyumi se instalaba frente a su cena, Masako llevó a Kanako hasta su cuarto. De todas las geishas que frecuentaban la Casa Yonei, era ella con quien más congeniaba. Tenían la misma edad, habían concurrido a la misma escuela primaria y su belleza era muy semejante. Pero, por encima de estas razones, lo cierto es que Kanako realmente le gustaba.
Kanako era tan modesta que parecía lista para ser arrebatada por la más ligera brisa. Sin embargo, había acumulado toda la experiencia necesaria y una palabra dicha por ella como al descuido, traía enormes beneficios a Masako. La alegre Masako era, por el contrario, tímida y aniñada en todo lo referente al amor. Su puerilidad era de todos conocida y su madre estaba tan segura de la inocencia de la muchacha, que el kimono con tréboles no había despertado sus sospechas.
Masako estudiaba en la Facultad de Artes de la Universidad de Waseda. Siempre había sentido profunda admiración por R, el actor de cine. Esta pasión no había hecho sino aumentar desde el día en que el actor visitara la Casa Yonei.
Su habitación estaba atiborrada con fotografías del astro y había encargado un jarrón esmaltado con su foto junto a él obtenida en ocasión de tan memorable visita. Se destacaba sobre su escritorio, siempre lleno de flores.
Kanako se sentó y dijo:
-Hoy dieron a conocer el reparto -frunció su boca en un mohín.
-¿Ah, sí? -apenada por Kanako, Masako finngió no estar enterada del asunto.
-No he conseguido más que un pequeño papeel. Nunca lograré algo mejor. Es como para descorazonarme. Me siento como una chica que, en un espectáculo musical, permanece año tras año en el coro.
-Estoy segura de que el año que viene te ddarán un buen papel.
Kanako sacudió la cabeza:
-Mientras tanto, envejezco. Sin siquiera addvertirlo, pronto seré como Koyumi.
-No seas tonta. Todavía te faltan veinte aaños.
Aquella noche no hubiera sido apropiado, para ninguna de las jóvenes, mencionar, en el curso de la conversación, el objeto de sus plegarias elevadas al cielo. Pero, aun sin preguntarlo, todas lo sabían. Masako deseaba una aventura con R.; Kanako un buen protector, y ambas no dudaban de que Koyumi pedía dinero.
Estaba claro que sus plegarias tenían diferentes objetivos todos ellos muy razonables. Si la Luna no se los otorgaba, sería el astro, y no ellas, quien fallaría. Sus esperanzas se reflejaban simple y honestamente en sus rostros y eran deseos tan humanos que cualquiera que contemplara a aquellas tres mujeres caminando a la luz de la luna, no podría dudar de que el astro de la noche reconocería su sinceridad y respondería a sus plegarias.
-Vendrá alguien con nosotros esta noche -aanunció Masako.
-¿Quién?
-Una sirvienta. Se llama Mina y ha llegado del campo hace un mes. Le dije a mi madre que no quería que viniera conmigo, pero Mamá insistió en que se quedaría preocupada si no enviaba a alguien para acompañarme.
-¿Cómo es? -preguntó Kanako.
-Ya la verás. Es, lo que podríamos llamarr, bien desarrollada
En aquel momento Mina entreabrió las puertas corredizas ubicadas tras ellas y asomó la cabeza.
-Ya te he dicho que cuando abras las puertaas corredizas deberás, primero, arrodillarte, y luego, abrirlas -el tono de Masako era altanero.
-Sí, señorita.
Kanako contuvo la risa frente a la aparición de la muchacha que llevaba un vestido entero hecho con retazos y parches de tela de kimono. Sus cabellos se rizaban en una apretada permanente y unos brazos extraordinariamente morenos asomaban de sus mangas y rivalizaban con el colorido de su rostro. Las mejillas abultadas aplastaban sus rasgos abotagados y sus ojos parecían dos ranuras. Aun cuando cerrara la boca, sus dientes irregulares y prominentes se ingeniaban para aparecer entre los labios. Resultaba difícil descubrir en aquel rostro expresión alguna.
-¡Un buen guardaespaldas! -murmuró Kasakoo al oído de su amiga.
Masako adoptó un tono severo:
-Vuelvo a repetir lo que ya les he dicho anntes. En cuanto salgamos de esta casa, ya no podrán abrir la boca, pase lo que pase, hasta que hayamos cruzado los siete puentes. Una sola palabra y no obtendrán lo deseado. Si alguien conocido nos habla, mala suerte. Sin embargo, no creo que exista ningún peligro en ese sentido. Algo más. No pueden usar dos veces el mismo camino, y es menester que nos limitemos a seguir a Koyumi, quien lo dirigirá todo.
Masako había tenido que presentar en la Universidad una monografía sobre Marcel Proust pero, en lo referente a cuestiones de esta naturaleza, la moderna educación recibida en la escuela no le hacía mella alguna.
-Sí, señorita -contestó Mina, de quien nno podía saberse si había comprendido o no.
-Como tienes que venir de todos modos, tambbién puedes formular un deseo. ¿Has pensado en algo?
-Sí, señorita -y una sonrisa se extendió³ lentamente por su rostro.
-¡Bueno, bueno, parece que reacciona como todo el mundo! -comentó Kanako.
En aquel momento apareció Koyumi, palmeándose alegremente el estómago:
-Ya estoy lista -anunció.
-¿Has elegido buenos puentes? -preguntó MMasako.
-Comenzaremos con el puente Miyoshi. Como ppasa sobre dos ríos, ¡cuenta como dos puentes! ¿No es cierto que eso facilita las cosas? Si se me permite decirlo, apuntaré que esta elección significa una gran muestra de inteligencia de mi parte.
Sabiendo que una vez afuera ya no podrían pronunciar una sola palabra, las tres mujeres comenzaron a hablar en voz alta y todas al mismo tiempo como para desquitarse del obligatorio silencio que luego deberían guardar. La conversación prosiguió hasta llegar a la puerta de la cocina. Las Geta de laca negra de Masako la esperaban sobre el piso de tierra junto a la puerta, y mientras deslizaba sus pies desnudos en ellas, las uñas esmaltadas de sus dedos brillaron suavemente en la oscuridad.
-¡Esto sí que es elegancia! ¡Esmalte de uñas y geta negras! ¡Ni la Luna podrá resistirlo! -exclamó Koyumi.
Las cuatro mujeres, guiadas por Koyumi, salieron a la avenida Showa. Pasaron frente a una playa de estacionamiento donde gran cantidad de taxis, ya finalizado el trabajo del día, reflejaban la luna en sus negras carrocerías. Se escuchaba el rumor de los insectos alojados bajo los autos. El tráfico era aún denso en la Avenida Showa, pero la calle ya estaba dormida y el rugido de las motocicletas resonaba tristemente solitario sin el habitual acompañamiento de ruidos callejeros.
Algunas pequeñas nubes cruzaban el cielo iluminado por la Luna. Apenas rozaban el gran banco de nubarrones que se cernía en el horizonte. La luna brillaba limpiamente.
Cuando se silenciaba el rumor del tráfico, el repiquetear de las geta sobre la calzada parecía repercutir directamente en la superficie azul del cielo.
A Koyumi, que caminaba al frente, le agradaba ver ante sus ojos la ancha calle desierta. Se jactaba de no tener que depender de nadie y estaba contenta porque tenía el estómago lleno. Mientras caminaba alegremente le costaba vislumbrar la razón por la cual ansiaba más dinero. Sentía como si su verdadero deseo fuera fundirse suave e involuntariamente en la luz de la luna que bañaba el pavimento. Fragmentos de vidrio brillaban aquí y allá. Hasta el vidrio podía resplandecer bajo la luz de la luna... Reflexionó y se dijo que, quizás, su deseo tan largamente acariciado era como aquel vidrio roto.
Masako y Kanako, con los meñiques entrelazados, iban pisando la larga sombra que Koyumi arrastraba a sus espaldas. El aire de la noche era fresco y ambas sentían cómo la brisa suave penetraba en sus mangas enfriando sus pechos húmedos por la transpiración provocada en la excitación de la partida. A través de los dedos entrelazados se comunicaban sus ruegos aún con más elocuencia que por intermedio de la palabra.
Masako soñaba con la dulce voz de R., con sus largos ojos bien delineados, con su pelo ondulándose bajo las sienes. Ella, como hija del dueño de un restaurante de primera categoría en Shimbashi, no podía ser confundida con otras admiradoras..., no veía, pues, ningún motivo para que su plegaria no fuera escuchada. Recordó que al hablarle R. al oído, su aliento era fragante y sin rastros de alcohol. No podía olvidar aquel aliento joven, masculino, lleno de calor como el heno en verano. Cuando estos recuerdos la asaltaban sentía algo semejante a una onda de agua deslizándose sobre su piel desde las rodillas hasta los muslos. Estaba segura, y tan insegura también, de que el cuerpo de R. existía en alguna parte del mundo. La duda la torturaba constantemente.
Kanako soñaba con un hombre maduro, rico y gordo. Tenía que ser gordo, pues si no, no parecería rico. Pensó en la felicidad que le dispensaría ¡cerrar los ojos y sentirse rodeada de su liberal y generosa protección! Kanako estaba acostumbrada a soñar, pero hasta aquel momento su experiencia le había demostrado que, al abrir los párpados nuevamente, el hombre en cuestión había desaparecido.
Como movidas por un mismo impulso, las dos muchachas volvieron la cabeza y por encima de sus hombros vieron que Mina las seguía pesadamente. Apretaba sus mejillas con las manos, se balanceaba en forma grotesca e iba golpeando el ruedo de su vestido a cada paso. Masako y Kanako coincidieron en que la presencia de Mina constituía un insulto a sus plegarias.
Giraron hacia la derecha, en la Avenida Showa, en el punto donde se encuentran el primero y segundo barrio del Ginza Este. La luz de los faroles bajaba como caída de agua a intervalos regulares a lo largo de los edificios. En la calle angosta, las sombras ocultaban la luz de la luna.
En seguida contemplaron el Puente Miyoshi frente a ellas. Era el primero de los siete puentes que deberían cruzar.
Está construido en forma curiosa. Se asemeja a una "Y" debido a la bifurcación del río en dicho lugar.
En la orilla opuesta los sombríos edificios de la Oficina del Distrito Central parecían achatarse y la blanca cara de un reloj en su torre proclamaba una hora absurda e incorrecta contra el cielo oscuro.
El puente Miyoshi tiene una balaustrada de escasa altura, y en cada esquina de su parte central, allí donde se encuentran los tres brazos del puente, hay un farol antiguo del que cuelgan un grupo de lamparillas eléctricas.
No todas estaban encendidas y los globos apagados lucían opacos y mortecinos bajo la luz de la luna. Gran cantidad de insectos voladores se arremolinaban junto a las luces.
El agua del río se encrespaba bajo el resplandor lunar.
Antes de cruzar el puente, las mujeres, dirigidas por Koyumi, juntaron las manos para formular sus ruegos. Una débil luz brillaba en la ventana de un edificio cercano y un hombr |