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Biografía
Las Obras del Amor
El momento
Biografía
Kierkegaard, Soren
Era un filósofo que en sus comienzos se definió a sí mismo como
"existencial", es más Kierkegaard planteó los problemas que el
existencialismo debería afrontar en el siglo que le seguía.
Soren Aabye Kierkegaard nacido el 5 de mayo de 1813 en Copenhague, era
hijo de Michael. Este era protestante.
Este cuando era joven y cansado de la dura vida dinamarquesa, blasfema
contra Dios, ofende al creador (hecho el cual tendría grandes
consecuencias). Este es un pecado difícil de perdonar ya que es una
ofensa abierta contra Dios.
Aproximadamente cuando el padre tenía 30 años viaja a Copenhague donde
se dedica al comercio. Es en ese lugar donde logra conseguir, fruto de
su trabajo una gran riqueza por eso tenía tiempo para estudiar y
analizar materias como la literatura, filosofía y teología. Era un
hombre tan importante que los intelectuales se reunían en su casa.

Padres de Soren
Cuando Michael tenía 56 años y la su esposa tenía 44 años, nace Soren.
El fue el último de siete hermanos.
Soren a recorrido seis años de su vida... es en ese momento cuando la
muerte empieza a estar presente en su vida, muere uno de sus hermanos.
Entre 1819-1834, mueren la madre, tres hermanas y un hermano mas. El
padre cree que este es el castigo por la blasfemia que había cometido
cuando joven.
Kierkegaard creció en un ambiente estrictamente protestante. Desde su
juventud mostró tendencia a la melancolía, el se rebela contra el
protestantismo.

Regina Olsen
En 1830 Michael manda a su hijo menor a la Universidad de Teología.
Soren no era un buen estudiante, por lo menos en esta época. En el año
1834 conoce a Regina Olsen y queda totalmente asombrado no solo por su
belleza física sino por su deslumbrante espontaneidad y por lo
importante que era dentro de la sociedad. El se enamora perdidamente de
Regina pero paralelamente su padre decide blanquear su cargo de
conciencia contándole a Soren su pecado de juventud. Su padre le pide
que enfoque su vida a Dios, ya que Dios a decidido tomar revancha por el
pecado de Michael.
En ese momento cuando Kierkegaard se siente bajo una gran presión, no
sabe si obedecer a su padre o dejarse llevar por lo que le dice el
corazón.
Soren está muy confundido, dice que Dios es como una pared que influye
en la relación padre-hijo. Se encuentra desesperado... no encuentra
mejor salida que escapar intentando esquivar el problema. Dos años fue
el tiempo que estuvo desaparecido. Vuelve arrepentido y con lo que para
el es la mejor solución, estudiar teología . Entonces Regina debe quedar
en el pasado, pero ella cree que a sido usada, está dolida y no llega a
entender por que un "caballero" no a cumplido su promesa de casarse con
ella.
Hay dos hipótesis que explican el por que termina la relación
Soren-Regina:
A- El se ve feo, contradicho, encorvado solitario, su corazón a vivido
el dolor. Teme no poder ser feliz, por ende le arruinaría la vida a una
gran mujer.
B- Soren se vio en la necesidad de abandonarla por un tipo de motivación
superior, que es Dios. El entiende que Regina es incompatible con su
entrega a Dios, además cree que ella nunca lo va a poder entender.
Kierkegaard cursó estudios de Teología en la Universidad de su ciudad
natal y en 1840, dos años después de la muerte de su padre, se graduó
con una tesis sobre el concepto de la ironía.
En 1841 se fue a Berlín, fue discípulo del filósofo idealista Friedrich
W. Schelling y, de nuevo en Copenhague, publicó en 1843 Frygt og Baeveen
(Temor y Temblor), su primer libro importante.

Friedrich W. Schelling
Un año mas tarde apareció Begrebet Angest (El concepto de la angustia),
la obra crucial de Kierkegaard, en donde se hace una dura crítica al
idealismo absoluto del alemán G. W. Hegel, el cual controlaba la
doctrina predominante de la época.
Hay dos grandes enemigos de Soren uno es Hegel y el otro enemigo es la
jerarquía eclesiástica luterana.
Mortensen era un obispo de Dinamarca el cual defendía la los luteranos.
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... ¿Acaso no se habla en el mundo a cada paso de que el
amor debe ser libre? ¿Que no se puede amar en el momento que haya la
menor imposición? ¿Qué respecto del amor no debe existir absolutamente
ninguna violencia?
¡Bien!, veamos ahora, al examinar la forma que se tiene de recordar
amorosamente a los difuntos, qué es lo que pasa con el amor más libre de
todos, ya que un muerto no le obliga a uno en absoluto.
Desde luego, en el momento de la separación, cuando no se puede evitar
todavía la presencia del muerto, todos gritan y lloran. ¿Es ésta la tan
cacareada libertad del amor? ¿Es esto amor a los difuntos?
Y después, poco a poco, a medida que el muerto se corrompe en el sepulcro,
se va corrompiendo también sin saber cómo su recuerdo, hasta ignorar dónde
se ha perdido; es decir, que lo que uno ha hecho es irse liberando poco a
poco de un recuerdo tan pesado. Mas ¿será este modo de liberarse el
propio de la libertad del amor? ¿Es esto amor a los difuntos?
Hay un proverbio que dice: "En quitándole de la vista, pronto se va
también de la memoria" [ "Ojos que no ven, corazón que no siente"
].
Y podemos estar seguros de que los proverbios dicen en verdad lo que
acontece en el mundo; claro que otra cosa muy distinta es la de que los
proverbios desde el punto de vista cristiano siempre sean falsos.
Si fuese cierto todo eso que los hombres afirman acerca de lo de amar
libremente, es decir, si se pusiera realmente en práctica y los hombres
amasen de hecho de esa manera, entonces es indudable que también amarían a
los muertos de un modo muy distinto al que lo hacen.
Pero las cosas suelen presentarse de la forma siguiente : en todo otro amor
humano se incluye, por lo general, algo que coarta, aunque no sea más que el
verse todos los días y la costumbre; por eso es tan difícil poder precisar
hasta qué punto el amor se aferra libremente a su objeto, o en qué medida no
es el objeto el que decididamente se impone.
En cambio, en la relación con un muerto no puede hacerse más evidente el
ejercicio de la libertad amorosa. Aquí no hay nada, absolutamente nada, que
se te imponga. Al revés, el recuerdo amoroso del muerto tiene que defenderse
contra la realidad circundante, no sea que ésta, acumulando siempre nuevas
impresiones, termine por borrar el recuerdo ; el cual también tiene que
defenderse contra los embates del tiempo.
En una palabra, la memoria amorosa tendrá que defender su libertad en
recordar contra todo aquello que pretenda forzarle a uno a olvidar.
Sin duda que el poderío del tiempo es enorme. Esto no se suele notar estando
dentro del mismo tiempo, pues éste nos va escamoteando astutamente pequeñas
porciones cada vez; quizá solamente se llegue a saber de veras en la
eternidad, cuando se nos ofrezca la ocasión propicia de volver a contemplar
y abarcar con la mirada todo lo que fuimos reuniendo con la ayuda del tiempo
y los cuarenta años, poco más o menos, de vida.
Desde luego que el tiempo es una potencia peligrosa; nada hay más fácil que
emprender algo en el tiempo, si no es el olvidar dónde se interrumpió la
obra emprendida. Por eso el que empieza a leer un grueso volumen y no se fía
de su memoria, acostumbra a poner alguna señal. Sin embargo, ¡cuántas veces
no se olvidan los hombres, y a lo largo de su vida entera, de poner ciertas
señales aquí y allá para anotar debidamente los puntos principales de la
existencia!
Y ¿qué diremos de tener que guardar en el transcurso de los años la memoria
de un muerto? Porque, desgraciadamente, el muerto no hace nada por
ayudarte; más bien si hace algo, o al no hacer nada, lo único que hace
con todos los medios a su alcance es darte a entender que le importa un
comino tu conducta para con él. Y como si esto fuera poco, las diversas
exigencias de la vida le reclaman a uno, y los otros vivos le hacen señas,
diciéndole : "Vente con nosotros, que estamos dispuestos a amarte de
veras."

Por el contrario, el muerto no puede hacer señas, incluso aunque lo deseara
; no, no puede hacer señas, no puede hacer absolutamente nada para
mantenernos vinculados a él, ni siquiera es capaz de mover un dedo..., lo
único que hace es yacer y corromperse en la fosa. Por tanto, ¡qué fácil para
las potencias de la vida y del instante el desembarazarse de semejante
impotente!
¡Ah, nadie hay que esté tan desamparado como un muerto! ¡Y en tanto
desamparo es imposible que se ejerza la más mínima violencia sobre nadie! Y
por esta razón no existe ningún amor más libre que el que representa la obra
amorosa de guardar memoria de un difunto; ya que este recuerdo fiel es algo
muy distinto de ese no poder olvidar al muerto en los primeros días.
La obra de amor que consiste en guardar memoria de un muerto es un acto
del amor "más fiel" de todos.
Para verificar si el amor que hay en un hombre es fiel, es preciso
alejar todo aquello que contribuya a que el objeto amado esté en condiciones
de ayudarlo de la manera que sea a mantener su fidelidad. Y no cabe duda que
todo eso queda precisamente descartado en la relación con un difunto, ya que
éste no es ningún objeto real. Si en este caso el amor permanece, entonces
es evidente que se trata del amor más fiel de todos.
Con harta frecuencia se suele hablar de la falta de fidelidad en el amor
entre los hombres. Mil veces se lanzan reproches unos a otros, y a una de
las partes se la oye decir: "No he sido yo el que he cambiado, fue él
quien cambió." ¡Sea! Y ¿qué hiciste por tu parte? ¿Te mantuviste sin
cambiar? "Claro que no, ya que si el otro había cambiado, era una
consecuencia natural que yo también cambiase."
No queremos demorarnos ahora en dilucidar la enorme falta de sentido que
entraña semejante consecuencia mundana; la cual concluye por las buenas que
es natural que yo cambie, puesto que el otro cambió. Sin embargo, aquí
estamos hablando de la relación con un difunto, y aquí sí que es claro que
no se puede poner en tela de juicio la invariabilidad del muerto. Por tanto,
si ha sucedido algún cambio en esta relación, entonces tengo que ser yo
el que he cambiado. Por esta razón, si deseas comprobar la fidelidad de
tu amor, considera atentamente y de vez en cuando, cómo te relaciones con
los difuntos.
Pero las cosas suelen presentarse poco más o menos de la siguiente manera.
Ciertamente que es una tarea difícil el mantenerse invariable con el
transcurso del tiempo. Y, además, los hombres lo que hacen no es tanto amar
a los vivos o a los muertos, sino más bien engañarse mutuamente en toda
clase de ensueños. ¿ Cuántos hombres no hay en un momento dado que estén
firmemente convencidos -convicción por la que estarían dispuestos a morir-
de que si la otra persona no hubiese cambiado, tampoco ellos lo habrían
hecho?
Ahora bien, supongamos la verdad de esta convicción y volvamos a preguntar
¿Hay de hecho muchos vivos que en relación con un difunto se mantengan
completamente sin cambiar?
¡Ay!, quizá no haya ninguna relación en que los cambios sean tan notables y
tan grandes como los que se dan en la relación de un vivo con un muerto;
pues es indudable que no es el muerto el que ha cambiado.
Cuando dos seres vivos se unen amorosamente, el uno mantiene al otro unido y
la unión misma los sostiene a ambos. Mas con el muerto es imposible toda
unión. En los primeros días después de su muerte quizá pueda afirmarse
todavía que el muerto le sostiene a uno -es como una consecuencia de la
unión habida durante la vida- y por eso suele ser lo más frecuente, lo
general, que todavía se le recuerde también mucho en esos primeros días.
Pero con el transcurso de los días el muerto va dejando de sostener al vivo
; y, naturalmente, la relación cesa, a no ser que el vivo siga sosteniendo
al muerto en su memoria. Y ¿qué es la fidelidad? ¿Es acaso fidelidad que
otro le sostenga a uno?
Cuando la muerte, pues, separa a dos seres, el sobreviviente fiel hace
hincapié en los primeros momentos de la separación en "que él no olvidará al
muerto jamás". ¡Qué imprudencia tan grande ! Pues un muerto es en cierto
sentido una persona muy astuta, y por eso es necesaria mucha prudencia para
hablar con él; claro que su astucia no es como la de aquel de quien se
dice : "¡mal te verás para hallarlo dónde le dejaste! ", sino que la astucia
del muerto consiste cabalmente en que por nada se le pueda apartar de allí
dónde se le dejó.

En general los hombres se han hecho a la idea de que a un muerto se le puede
decir poco más ó menos lo que a uno se le antoje: supuesto que está bien
muerto, y ni oye nada, ni puede responder nada. Y, sin embargó, nunca te es
necesario tanto cuidado en tus palabras como cuando se las diriges a un
muerto.
Porque quizá no haya mayor dificultad en que a un vivo le digas : "No te
olvidaré jamás". Casi seguro, al cabo de algunos años, que los dos habréis
olvidado felizmente esas palabras y el conjunto a que correspondían; sería
muy rarísimo, y como quien dice: un casó de muy mala suerte, el que en la
vida te tropezases con una persona que tuviese una menor capacidad de
olvidó.
En todo caso, ¡ten mucho cuidado con cualquiera de los muertos! Pues cada
uno de los muertos posee una personalidad redondeada y definitiva, no
está cómo nosotros todavía en las aventuras, en las cuales podemos ser
testigos y actores de innumerables sucesos estrafalarios, y olvidar setenta
veces siete lo que alguna vez dijimos.
Por eso, si dices a un muerto "No te olvidaré jamás", es como si él
te respondiera: "Bien; y puedes estar seguro de que yo nunca olvidaré
esto que acabas de decir". Y ya pueden venir todos tus contemporáneos
dándote mil seguridades de que el muerto se ha olvidado; pero de sus labios,
nunca lo escucharás.
No, el muerto va a lo suyo, mas no cambia. A un muerto nunca le
podrás decir que se ha ido haciendo viejo, y que ésa es la explicación de
que tu conducta haya cambiado respecto de él; no, nunca podrás decírselo, ya
que un muerto no envejece nunca. A un muerto tampoco le podrás decir que fue
él quien con el transcurso del tiempo se fue también enfriando ; ya que el
muerto sigue hoy tan frío como aquel día en que tú te sentías tan encendido.
Ni tampoco le podrás decir que se ha hecho más feo, y por eso ya no puedes
seguir amándole; puesto que esencialmente no es hoy más feo que aquel día en
que era un hermoso cadáver, cosa que por su parte tampoco es ningún objeto
enamorado. Y, finalmente, ni le podrás echar en cara que ha entablado
relaciones con otros seres ; ya que un muerto no se relaciona con los demás.
No, es inútil, tanto el que pretendas restablecer las relaciones dónde
quedaron interrumpidas, como el que no lo pretendas, pues un muerto siempre
empieza con una exactitud puntualísima en el mismo momento en que vuestra
relación vital quedó interrumpida. Un muerto es, aunque no lo parezca,
una personalidad vigorosa ; posee la fortaleza de la inmutabilidad.
Además, un muerto es una personalidad implacablemente orgullosa. ¿No has
visto nunca cómo el orgulloso maltrata a quien más profundamente odia, no
dejándole vislumbrar la más mínima reacción y manteniéndose completamente
imperturbable y enhiesto ante el hombre despreciado, como si fuese nada, y
para hundirle todavía más? Porque el soberbio solamente con respecto a
aquellos por los que siente algún amor, está dispuesto a hacerlos comprender
que han obrado mal, que se han equivocado, con lo que les ayuda a
corregirse. ¡Ah, pero quién como un muerto es tan capaz de manifestar el
orgullo de no sentir la más mínima reacción, incluso al despreciar al vivo
que le ha olvidado y con él también ha olvidado las palabras de aquella
despedida!
¡Al fin de cuentas, un muerto ya no puede hacer más para que se le olvide!
Porque el muerto no te sale al encuentro y te hace recordar ; no te mira al
pasar, ni siquiera de reojo ; nunca te topas con él; y si alguna vez te
topases con él y te quedases mirándole, entonces en su rostro no podrías ver
ningún ceño casual que delatase contra su voluntad lo que él opinaba y
juzgaba acerca de ti; nada de esto, ya que un muerto tiene un total
dominio sobre su rostro.
Verdaderamente que deberíamos tener mucho cuidado para no conjurar a los
muertos a la manera que hacen los poetas, y traerlos así a la memoria. Lo
terrible en todo esto consiste cabalmente en que los muertos no dejan notar
lo más mínimo su presencia.
Por eso, teme a los muertos ; teme su destreza, teme su precisión, teme
su fortaleza y teme su orgullo. Pero si amas de veras a un muerto, entonces
recuérdalo amorosamente, y no tendrás ningún motivo de temor. Así aprenderás
del muerto, y cabalmente en cuanto muerto, la sagacidad del pensamiento, la
exactitud de la expresión, la fortaleza de la invariabilidad y el auténtico
orgullo de la vida. Y todo esto no podrías aprenderlo mejor de ningún otro
ser humano, ni siquiera dei más dotado de todos.
El muerto no cambia, por eso es inútil buscar por esta parte ni la más
remota posibilidad de disculpa, echándole toda la culpa al muerto. No, el
muerto no puede ser más fiel.
Esta es la pura verdad; claro que el muerto no es ninguna realidad, y por
esta razón no hace nada, absolutamente nada, por mantenerte aferrado a él;
lo único que hace es no cambiarse. Por tanto, si en la relación de un vivo
con un difunto intercede algún cambio, entonces no puede caber ninguna duda
de que es el vivo el que se ha cambiado. Por el contrario, si no intercede
ningún cambio, entonces es el vivo el que verdaderamente ha sido fiel, fiel
recordando amorosamente al muerto - ¡ay! , mientras éste no podía hacer nada
por mantenerte aferrado a él; ¡ay!, mientras éste lo hacía todo como para
darse a entender que se había olvidado de ti por completo, y que contigo se
había olvidado también de las palabras de aquella despedida.
Ya que el que realmente ha olvidado todo lo que se le ha dicho no es tan
capaz como el muerto de expresar con mayor precisión que en efecto ha sido
olvidado todo.
De esta manera, el guardar amorosamente memoria de los difuntos es la obra
del amor más desinteresada, libre y fiel de todas. Decídete, pues, a ponerlo
en práctica; recuerda así a algún muerto, y cabalmente con ello aprenderás a
amar a los vivos con un amor desinteresado, libre y fiel.
En la relación con un difunto tienes la pauta a que has de ajustarte.
Quien use esta pauta podrá con facilidad salir airoso de las situaciones más
embrolladas; y sentirá asco de todo ese cúmulo de disculpas al que de
ordinario se echa mano en el mundo de la realidad, a saber que es la otra
persona quien es la interesada, que ella ha tenido la culpa de que se la
olvide, porque nunca se hacía recordar, y en fin, que ella solamente es la
infiel.
Acuérdate del muerto, y así habrás logrado (aparte de la bendición que
siempre viene emparejada con esta obra amorosa) el método más adecuado para
comprender rectamente la vida; es decir, que nuestro deber es amar a los
hombres que no vemos, pero también a aquellos que vemos. Si la muerte
nos separa de los hombres que vemos, no por ello ha de cesar el amor que les
debemos, ya que este deber es eterno; ahora bien, los deberes que, tenemos
con los difuntos tampoco pueden separarnos de tal manera de los vivos que
éstos va no sean para nosotros objeto de nuestro amor.
En general las desviaciones fundamentales
respecto al Cristianismo son dos:
1) El
Cristianismo no es una doctrina sino una
comunicación de existencia. (Después
vinieron todas las exageraciones de la
ortodoxia con discusiones sobre esta o
aquella cosa, mientras la existencia queda
completamente intacta, así se discuta del
cristianismo como de la esencia filosofía
platónica). Por esto cada generación debe
empezar de nuevo; toda esta erudición sobre
las generaciones pasadas es esencialmente
superflua, pero no hay que despreciarla si se
comprende a sí misma y a sus propios límites, y
es muy peligrosa si no lo hace.
2) En
consecuencia (porque el cristianismo no es una
doctrina), respecto al cristianismo no es
indiferente la persona que lo expone (como sí lo
es para una doctrina), como si bastase exponerlo
con exactitud objetiva. No. Cristo no
ha instituido docentes sino imitadores. Si
el cristianismo (precisamente porque no es una
doctrina) no se reduplica en quien lo
expone, éste no expone el cristianismo; porque
el cristianismo es una comunicación de
existencia y puede ser expuesto sólo con el
existir. Existir en él es expresarlo existiendo:
ésto es reduplicar»
Soren Kierkegaard
Diario - IX A 207.
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http://www.hjg.com.ar/blog/2002_11_10_hjg_archive.html
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