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JUAN, HIJO DE ZEBEDEO
Los diferentes nombres de Jesús
Habéis visto que un núcleo de nosotros llamaba a Jesús "El Mesías", y
otros "El Verbo", mientras algunos de nosotros lo llamaban "El Nazareno"
y otros "El Hijo del Hombre".
Ahora vengo a explicaron el significado de estos nombres tal como me ha
sido dado entenderlos. El Mesías, que existía desde antiguos tiempos, es
la chispa de la Divinidad que mora en el espíritu del hombre. Es la
brisa o el soplo de la Vida que nos visita y encarna tomando un cuerpo
como el nuestro. Es la voluntad de Dios. Es el primer Verbo que habla en
nuestras voces y habita nuestros oídos, para que entendamos y nos
instruyamos. Y el Verbo de nuestro Dios ha construido una casa de carne
y hueso y se hizo un hombre como tú y yo, porque nunca pudimos oír las
canciones del viento, que no tiene forma corpórea, como asimismo nunca
vimos nuestro Yo caminar en la niebla.
El Mesías vino muchas veces al mundo y recorrió muchos países, pero
siempre fue extraño entre los hombres, que lo tomaron por loco; en
cambio el eco de su voz no se ha apagado, por cuanto la mente del hombre
retiene lo que muchas veces la memoria no ha podido retener y conservar.
El Mesías es esto: Nuestra hondura más insondable y nuestra elevación
más infinita. Él es quien acompaña al hombre hacia lo eterno. ¿No habéis
oído hablar de Él en los caminos de la india, en la tierra de los Magos
y en el desierto de Egipto?
Aquí, en el Norte de nuestra tierra vuestros poetas han cantado
panegíricos a Prometeo, que robó a Júpiter el fuego del cielo, porque
había realizado las aspiraciones del hombre y roto los barrotes férreos
de la jaula que aprisionaba las esperanzas humanas, libertándose; y a
Orfeo, que se ha transformado en una voz y una cítara, para revivir el
alma en el hombre y encantarla con sus melodías.
No habréis escuchado hablar del divino rey Mithra y a Zoroastro el
profeta de Persia, que despertaron de los sueños del hombre antiguo,
para detenerse sobre el lecho de los nuestros; pero nosotros nos ungimos
de Mesías en el momento de reunirnos en el templo invisible cada mil
años. Es entonces cuando sale uno de nosotros encarnado, y a su
advenimiento se convierte nuestro silencio encantos, y no obstante eso,
nuestros oídos no se tornan muchas veces auditivos, ni videntes nuestros
ojos.
Nació Jesús el Nazareno y creció como nosotros. Sus padres eran como los
nuestros y él era como uno de nosotros; pero el Mesías, el Verbo, que
desde el comienzo era el Espíritu que quería para nosotros una vida
perfecta, se ha fundido con todas esas esencias en la persona de Jesús,
y se unió con él y se hicieron una sola. El Espíritu era la mano lírica
de Dios y Jesús era su cítara. El Espíritu era un salmo y su canción era
Jesús; y Jesús, el Hombre de Nazareth, era el huésped y el Tabernáculo
del Mesías, que con nosotros ha caminado bajo el sol y nos llamó sus
amigos. Las montañas y los collados de Galilea, sus quebradas y valles,
no han oído en aquél tiempo más que su voz. Y a pesar de mi corta edad,
en aquel tiempo yo seguía los pasos de su senda.
Sí, he seguido su sendero y sus pasos para oír las palabras del Mesías
en labios del Jesús de Galilea.
Ahora sin duda queréis enteraros por qué un núcleo de nosotros lo llamó
el Hijo del Hombre. Él mismo quiso que así lo llamáramos, porque Él
mismo conoció el hambre y la sed del hombre a quien veía buscar su Yo
superior. El Hijo del Hombre es el Mesías tierno y bondadoso que quiere
estar con todos. Es Jesús el Nazareno que viene a guiar a todos sus
hermanos hacia el Elegido que Dios ha ungido con el sacro óleo de su
santidad, y hacia el Verbo que en principio estaba con Dios.
Jesús de Galilea vive en mi alma. Es el Hombre que se elevó sobre todos
los hombres. Es el poeta que con todos nosotros forma los poetas. Es,
más bien, el Espíritu que llama a las puertas de. nuestros espíritus,
para que despierten y se eleven a dar la bienvenida a la Verdad desnuda
y confiada.
UN JOVEN SACERDOTE DE CAFARNAÚM
Jesús, el taumaturgo
Era un taumaturgo caprichoso e inconsecuente, un adivino hechicero que
engañaba con su magia y brujería a la gente simple. Mistificaba con las
parábolas de nuestros profetas y con todo lo sagrado de nuestros
abuelos.
Buscaba sus testigos hasta entre los muertos, y tanto su poderío como
sus correligionarios los tomaba de las tumbas silenciosas. Andaba tras
las mujeres de Jerusalén y las mozas aldeanas, con la astucia de las
arañas con las moscas que atrapan en sus redes. Y esto se explica,
porque las mujeres son débiles y de cabeza vacía; ellas siguen al hombre
cuyas palabras dulces cautivan sus bajas pasiones. Si no se hubiera
cruzado en su camino ese grupo de mujeres imbéciles que se han dejado
engañar por su espíritu maligno, su nombre estaría borrado de la memoria
de los hombres.
¿Y esos hombres que lo siguen, quiénes son? Eran de la clase subyugada y
oprimida, que nunca se les ha ocurrido declararse en rebelión contra sus
amos, porque era gente cobarde, imbécil e ignorante; pero cuando les
prometió colocarlos en elevados cargos en su reino, se entregaron a sus
promesas inventadas, igual que el barro que se entrega blandamente a
manos del alfarero.
¿No habéis visto, acaso, que el esclavo sólo sueña en su modorra con su
grandeza, y el miserable y oscuro sólo se cree un león? El Galileo era
un farsante y mistificador. Perdonó todas las faltas de los pecadores
con el propósito de oír en sus bocas inmundas la gritería de los
"hosannas".
Mitigó el hambre de los desesperados y de los miserables para ser
escuchado por ellos y atraerlos a en osar las filas de su ejército.
Violó la ley del sábado con aqueos que lo profanaban, al sólo objeto de
tornar a su favor a los que vivían al margen de la ley.
Condenó e insultó a nuestros altos sacerdotes, a fin de que lo tuvieran
en cuenta y así difundir su nombre por vía de la oposición. Repetidas
veces he declarado aborrecer a ese hombre. Le odio más que a los romanos
que gobiernan nuestra patria. Y lo más abominable es que viene de
Nazareth, la aldea que nuestros profetas han maldecido y la que se
convirtió en muladar de las naciones y de cuya esencia nada bueno puede
salir.
UN LEVITA RICO DE NAZARETH
Jesús, hábil carpintero
Jesús era un hábil carpintero. Las puertas que construyó ningún ladrón
consiguió violar ni arrancar, y las ventanas que fabricó se abrían
maravillosamente al soplo del viento de oeste a este. Los baúles los
trabajaba en madera de cedro, y resultaban muy bruñidos y fuertes. Los
arados y las estevas que él construía de madera de encina eran también
resistentes y de dócil manejo en manos del labrador.
Tallaba los facistoles de nuestras sinagogas en la dorada madera de
morera, y sobre los dos lados donde se coloca la sagrada Torá, ponía dos
alas extendidas, debajo de las cuales exhibía cabezas de toros, de
palomas y de gacelas de grandes y bellos ojos.
Con su arte imitaba la escuela de los caldeos y de los griegos, pero, a
pesar de eso, había en su trabajo algo que no era caldeo ni griego. En
la construcción de mi casa han empleado muchas manos desde treinta años;
buscaba yo los albañiles y los carpinteros de todos los pueblos de
Galilea; cada uno de ellos tenía la habilidad de su arte; yo estaba
contento con su trabajo; pero, mira estas dos puertas y aquellas
ventanas, que son obra de Jesús el Nazareno; por su primor, esmero y
sólida construcción, se burlan de cuanto tengo en mi casa. ¿No ves que
estas dos puertas son distintas de todas las otras? ¿Y esta ventana
abierta en dirección al este, no es distinta a todas las otras ventanas?
Todas las puertas y ventanas de mi casa son accesibles a las leyes del
tiempo, menos éstas que él ha fabricado; ellas permanecen firmes y
sólidas ante los embates de los elementos. Mira estos travesaños, los ha
colocado unos sobre otros, y estos clavos se han hundido en ellos,
atravesándolos con toda maestría y meticulosidad, haciéndolos sólidos.
Y lo curioso y maravilloso en todo esto, es que ese obrero que, en
realidad, merecía el salario de dos hombres, no permitió que se le
pagara más que el de uno solo. Ese obrero era, según la creencia de
algunos, un profeta entre los hijos de Israel. Si yo hubiera adivinado,
en ese tiempo, que aquel que portaba el serrucho y el cepillo del
carpintero era un profeta, le habría pedido que me hablara en vez de que
me trabajara, y le habría pagado doblemente el salario, por sus
parábolas.
Muchos son los que hasta hoy trabajan en mi casa y en mi campo, mas
¿cómo me será permitido distinguir al hombre que lleva la mano sobre su
arado, de aquel sobre cuya mano está la de Dios?
Sí; ¿cómo puedo distinguir y conocer la mano de Dios?
UN PASTOR DEL SUR DEL LÍBANO
Un ejemplo
Lo vi por vez primera en los últimos días de verano, caminando en aquel
mismo lugar, en compañía de tres de sus discípulos. Era la hora del
crepúsculo. De vez en cuando se detenía para contemplar el camino desde
un extremo del prado. Yo estaba tocando la flauta en tanto pacía el
rebaño junto a mí. Cuando estuvo cerca se detuvo; yo me puse de pie y me
encaminé hacia él, deteniéndome en su presencia. Entonces me preguntó:
-¿Dónde está la tumba de Eliseo? ¿Queda cerca de aquí?
-Allá está, Señor, debajo de aquel montículo de piedras -contesté-.
Hasta hoy los transeúntes siguen con la tradición de colocar una piedra
al pasar.
Me agradeció y siguió su camino acompañado de sus discípulos. Tres días
después me dijo Gamalael, que era pastor como yo, que el hombre que pasó
por este lugar era un profeta de Judea; mas yo no lo creí. Pero el
rostro de aquel hombre no se borró jamás de mis ojos.
Cuando llegó la primavera pasó Jesús por segunda vez por este prado.
Venía solo. Aquel día yo no tocaba la flauta; estaba muy triste y el
cielo de mi corazón estaba tormentoso porque se me había extraviado un
cordero. Cuando vi a Jesús fui hacia él y me detuve callado en su
presencia, porque quería ser consolado. Me miró y dijo:
-¿Hoy no tocas la flauta? ¿De dónde proviene esta melancolía que veo en
tus ojos?
Le conté que había perdido uno de mis corderos, y que habiéndolo buscado
en todos los lugares sin lograr encontrarlo, me sentía por esta razón
muy triste y desconcertado, sin saber qué hacer. Me miró un momento y
luego dijo:
-Espérame aquí hasta que halle a tu cordero.
Y siguió su camino perdiéndose entre las colinas. Transcurrida una hora
volvió y junto a él trotaba mi recental. Y mientras Jesús estaba a mi
lado, el cordero lo contemplaba lo mismo que yo. Estreché al cordero con
gran contento mientras Jesús, con sus manos puestas sobre mis hombros,
decía:
-Desde hoy amarás a este cordero más que a todo tu rebaño, porque estaba
extraviado y lo encontraste.
Contento abracé por segunda vez al cordero. Cuando alcé la cabeza para
agradecer a Jesús, estaba muy lejos de mí. Y no me animé a seguirlo.
JUAN BAUTISTA
A uno de sus discípulos
No permaneceré callado en esta oscura prisión mientras la voz de Jesús
se levanta en el campo de batalla; ni nadie pondrá su mano sobre mí, ni
encadenará mi libertad mientras Él esté libre. Me dicen que las víboras
reptan alrededor de sus tobillos, mas yo os digo: las víboras le darán
más fuerza para aplastarlas.
Yo no soy más que un trueno en sus relámpagos, y a pesar de haber
hablado yo primero, la palabra con que he comenzado fue la palabra de
Él, y mi intención fue su intención.
Me cogieron preso de improviso, y tal vez así harán con Él;. pero el
Nazareno les dirá antes todo lo que tiene que decirles; y los vencerá.
Su carroza pasará por encima de ellos; las herraduras de sus caballos
los pisotearán; y saldrá victorioso. Vendrán a su encuentro con lanzas y
espadas, mas Él les opondrá la fuerza del Espíritu. Su sangre correrá
sobre la tierra, pero sus jueces y verdugos reconocerán sus heridas y
sufrimientos, y dorarán y se bautizarán con sus lágrimas hasta
purificarse de sus pecados.
Sus ejércitos avanzarán sobre sus ciudades con balistas de hierro, pero
se ahogarán en el camino del Jordán; en tanto los muros y las torres de
Jesús se tornarán más fuertes y más inexpugnables frente al brillo de
sus corazas y escudos.
Dicen que me alié con Él para incitar al pueblo a la insurrección contra
el reino de Judea; mas yo digo (y, ¡cuánto ansío tener fuego para
amasarlo con mis palabras!) que si ellos llaman "reino" a la fosa del
vicio y del mal, pues que se hunda y se destruya y que le suceda lo que
a Sodoma y Gomorra, y que Jehová se olvide de esta raza, volviendo a
esta tierra desierto de cenizas. Sí, soy un aliado de Jesús el Nazareno,
detrás de estas rocas ciclópeas de mi cárcel. Él conducirá mis ejércitos
con todos sus infantes y jinetes. Mas yo, no obstante ser un jefe en el
ejército de Jehová, no soy digno de desatar la correa de sus sandalias.
Caminad y repetid a sus oídos mis palabras y rogad, en mi nombre, que os
consuele y os bendiga.
Yo no permaneceré mucho tiempo en este lugar, porque cada noche, entre
un despertar y otro, percibo el paso lento de unos pies sobre mi cuerpo,
y cuando presto oído siento-las gotas de lluvia caer sobre mi carne.
Id y decid a Jesús: Juan Al-Cadroni, cuya alma se llena y se vuelve a
vaciar de espectros, ora por ti. Entretanto, al lado de él está el
implacable sepulturero, y al otro lado yergue su cabeza el verdugo que
tiende su mano para recibir la paga.
JOSÉ DE ARIMATEA
Los propósitos primigenios de Jesús
¿Queréis saber el primer propósito de Jesús? Pues, con placer y alegría
os lo diré. Mas, ningún hombre podrá tocar con sus manos la viña
sagrada, ni ver con sus ojos la savia santa que alimenta sus sarmientos.
Y a pesar de haber yo gustado el fruto de esa viña y bebido el vino
nuevo del trapiche, no me encuentro capaz de contaros todo, pero os
puedo referir lo que sé.
Nuestro querido Maestro no vivió más que tres de las estaciones de los
profetas. Me refiero a la Primavera de sus cantares, al Verano de su
amor y al Otoño de su pasión; cada una de estas estaciones encerraba mil
años. La Primavera de sus canciones la pasó entonando en Galilea; reunía
en derredor suyo a sus queridos amigos; y a la orilla del lago glauco
habló primero sobre el Padre y sobre la Libertad y la Esclavitud. A la
orilla del lago de Galilea perdimos nuestro yo para encontrar nuestro
sendero hacia el Padre. ¡Oh, qué insignificante es lo que perdimos ante
lo que hemos ganado! Allí los ángeles elevaron sus salmos y cantaron en
nuestros oídos, y luego nos ordenaron abandonar la tierra yerma, para
ganar y gozar en el Paraíso de los anhelos del corazón.
Allí hablaba de los campos verdosos y de las praderas floridas; de las
mesetas, declives y quebradas del Líbano, donde se refugian los tersos
lirios que no quieren ser alcanzados por las caravanas envueltas en el
polvo de la llanura. Nos describía la zarza silvestre que sonríe al sol
y ofrenda su incienso a la brisa del campo. Y a este propósito nos
decía:
-Los lirios y las zarzas viven un solo día, pero ese solo día es la
Eternidad que se torna en Libertad. Una tarde estuvimos sentados a la
orilla de un arroyo. Jesús nos dijo:
-Mirad estas aguas y oíd la melodía de sus murmullos; ellas siempre
anhelan la ribera del mar, y no obstante este eterno anhelo, jamás cesan
de cantar los misterios del mar, desde uno a otro mediodía. ¡Cuánto
desearía que vosotros buscarais al Padre tal como este arroyuelo busca y
canta la mar!
Y luego llegó el Verano de su amor y nos alcanzó el mes de junio, el mes
del Amor. Sus parábolas fueron dedicadas a los demás hombres; al vecino,
al peregrino, al forastero y amigos y compañeros de la mocedad. Nos
habló del peregrino que viaja de Oriente a Egipto; del labrador que
vuelve con sus bueyes a su casa a las horas del atardecer; y del viajero
caminante, huésped inesperado que la noche tenebrosa encamina hasta
nuestra puerta. Con respecto al vecino nos decía.
-Vuestro vecino es vuestro Yo desconocido. Se reencarna en vosotros para
ser visible. Vuestras aguas tranquilas reflejan ante vosotros su rostro,
y si lo miráis atentamente hallaréis vuestras propias caras. Y si
escucháis en la quietud de la noche, lo oiréis hablando en forma tal que
las palpitaciones de vuestros corazones se encantarán en sus palabras.
Por lo tanto haced con él tal como quisiereis que él hiciese con
vosotros. Esta es mi ley, que yo digo a vosotros y a vuestros hijos para
ser transmitida a las generaciones venideras, hasta que se agoten los
tesoros del tiempo y desaparezcan las arcas de los siglos.
Al siguiente día nos habló así:
-No estés solo en tu vida, por cuanto vives del trabajo de los otros
que, por más que lo desconozcan, ellos viven contigo y te acompañan
durante toda tu vida. No cometen ningún crimen sin que tu mano los haya
armado. No caen sin que caigas con ellos, y cuando te levantes se
levantarán contigo. Su camino del templo es tu camino, mas si escapan al
desierto, donde los espera la fatal caída, irás con ellos cual desertor.
Tú y tu pariente son dos semillas sembradas en un solo campo: crecéis y
os mecéis juntamente frente al viento, pero ninguno de los dos podréis
pretender el dominio del campo, porque la simiente que va cobrando
diariamente su desarrollo, -no podría pretender ni siquiera el
patrimonio de su amor o su propio sortilegio. Hoy estoy con vosotros,
mañana me iré al Oeste, y antes de irme os digo que vuestro vecino es
vuestro Yo invisible; se transfigura a vuestros ojos para ser visible.
Buscadlo con amor para hallaros a vosotros mismos, porque sólo así
podréis ser mis hermanos.
Y luego llegó el otoño de su Pasión. Nos habló de la Libertad tal como
cuando nos enseñaba en la Primavera de su canción, en Galilea. Mas esta
vez sus palabras buscaban la profundidad en nuestra comprensión. Nos
habló de las hojas que no cantan si no son mecidas por el viento; del
hombre, que lo comparaba con un vaso que el Ángel de la Mesa escancia
para mitigar la sed de otro Ángel; entretanto, vacío o lleno, el vaso
permanecerá brillante con su cristal sobre la Mesa del Supremo
Todopoderoso.
Esta es otra parábola suya: "Vosotros sois la copa y sois el vino; bebed
de ese vino hasta la ebriedad, o recordadme y se aplacará vuestra sed".
En nuestro camino al Norte, nos dijo:
-Jerusalén, la orgullosa ciudad, que aposentada está sobre la cumbre de
su gloria, bajará al abismo infernal y en medio de sus ruinas estaré yo
de pie, solo. Se reducirá su templo a escombros y en derredor de sus
pórticos y galerías oiréis el grito de las viudas y de los huérfanos.
Las gentes, en su precipitada huida no verán las caras de sus hermanos;
el horror los aturdirá, y cuando dos de vosotros se reunieran en aquel
día para llamarme, que miren al Oeste y allí me verán y oirán el eco de
mis palabras repercutir en aquel día en sus oídos.
Y cuando hubimos llegado a la loma de Betania nos dijo: -Vámonos a
Jerusalén; la ciudad nos espera. Entraré por el pórtico montando un asno
y predicaré entre la multitud. Son muchos los que quieren aprehenderme y
encadenarme; más aún: son muchos los que avivan el fuego para quemarme.
Mas, vosotros hallaréis en mi muerte vida y libertad. Ellos buscan el
soplo de la Vida que flota sobre el corazón y el Pensamiento, a igual
que el martinete que se cierne entre el campo y su nido. Mas el soplo de
mi vida ha huido de ellos, y por esa razón no me vencerán jamás. Los
muros que el Padre ha construido en torno de mí no caerán, y la tierra
que ha santificado dentro de mi ser no se profanará; y cuando llegue el
amanecer, el sol coronará mi cabeza y me uniré con vosotros para recibir
al día, que será muy largo, y el mundo no verá su ocaso jamás. Dicen los
fariseos y los escribas que la tierra está sedienta de mi sangre; me
regocija mucho poder saciar la sed de la tierra con mi sangre; empero
las gotas de esa sangre nutrirán y levantarán los brotes de las encinas
y lirios de Persia, cuyas bellotas y semilla serán llevadas en alas del
viento del este a todas las ciudades del mundo.
Después de un silencio agregó:
-La Judea no quiere un monarca para avanzar contra las legiones de Roma.
Yo no quiero serlo, porque las coronas de Sión se han hecho para las
frentes chicas, y el anillo de .Salomón es pequeño para este dedo. Ved
estas manos, ¿no las veis que son más fuertes para no llevar cetro y más
poderosas para no esgrimir espada? No es mi deseo que el sirio se rebele
contra el romano, pero vosotros sabréis, mediante mis palabras,
despertar la ciudad dormida, y con lo que mi espíritu le hablará en su
segunda alborada. Mis palabras formarán un ejército invisible, equipado
de carros y caballos; sin picas ni lanzas derrotaré a los sacerdotes de
Jerusalén y triunfaré sobre los Césares. No me sentaré en un trono sobre
el cual se hayan sentado esclavos para juzgar a otros esclavos como
ellos; no; y no es mi propósito sublevarme contra los hijos de Roma,
empero seré una tormenta en su cielo y un canto en sus almas; y todos me
recordarán y me llamarán Jesús el Ungido.
Estas fueron las palabras que dijo Jesús al pie de los muros de
Jerusalén, antes de penetrar en la ciudad, y se han impreso sobre
nuestros corazones como grabadas a buril.
NATANAEL
Jesús no era ni modesto ni humilde
Dicen que Jesús el Nazareno era modesto y humilde. Dicen asimismo que
era justo y piadoso pero débil, y que muchas veces se mostraba vacilante
delante de los fuertes y poderosos; que cuando se presentaba ante los
tribunales no era sino un cordero delante del león.
En cambio yo digo que Jesús tenía autoridad sobre todos los hombres y
que nadie estaba, como él, seguro de su fortaleza, que la proclamaba
desde las montañas y valles de Galilea en las ciudades de Judea y de
Fenicia.
¿Qué hombre débil y sumiso dice: "Yo soy la Vida y el Camino de la
Verdad?
¿Quién osaría afirmar si realmente era modesto y humilde, como lo
considera, ante su declaración: "Yo estoy en mi Padre Dios y mi Dios
Padre está en mí?"
¿Qué hombre no conoce bien su poder cuando pregona, "Quien no cree en mí
no creerá en esta vida ni en la vida eterna?"
¿Quién no tiene confianza en el mañana cuando se siente capaz de
manifestar: "Vuestro mundo desaparecerá y será reducido a cenizas, que
el viento esparcirá antes que desaparezca una sola de mis palabras?"
¿Habrá dudado, acaso, de su fuerza cuando dijo a los que llevaron la
adúltera a su presencia, so pretexto de tentarlo: "Quien de vosotros no
tuviere pecado, que arroje la primera piedra?"
¿Tuvo, acaso, miedo de los poderosos cuando expulsó del templo a los
cambistas, no obstante tener ellos la protección dedos sacerdotes?
¿Habrá tenido las alas rotas cuando exclamó: "Mi Reino está por sobre
vuestros reinos terrenales: "
¿Se escondía, acaso, detrás de la reticencia de las palabras, cuando
decía una y más veces: "Destruid este templo y yo lo reconstruiré en
tres días?"
¿Cómo se atrevería el cobarde a levantar sus manos en casa de las
autoridades superiores y llamarlas: "Falsos, viles y profanadores?"
Un hombre con el coraje de éste, que proclama palabras tales a los
grandes señores de la Judea, no es ningún humilde ni es modesto. El
águila no construirá su nido en el sauce llorón y el león no buscará
hacer su cubil entre las malezas. Estoy cansado de lo que dicen los
débiles de corazón y de origen humilde; dicen eso para justificar la
pequeñez de sus espíritus y su origen humilde; y, principalmente, cuando
oigo hablar a los que caminan sobre las puntas de sus pies, esos que.
buscan consuelo poniendo al Maestro entre los de su condición.
Sí; me aburren ese tipo de hombres, mas yo predico el Evangelio de un
fuerte Cazador y el espíritu montañés que jamás será doblegado.
SABAS DE ANTIOQUÍA
Hace la semblanza de Saulo de Tarsos
Escuché a Saulo de Tarsos predicar en esta ciudad el Evangelio de Jesús
entre los judíos. Se hace llamar ahora Pablo, apóstol de los pueblos.
Conocí a este hombre en mi infancia; en aquellos tiempos perseguía a los
amigos del Nazareno. Aún recuerdo su goce y alegría cuando veía lapidar
a Esteban, el joven iluminado.
Pablo es un ser curioso y extraño; no tiene alma de hombre libre, porque
muchas veces aparece cual un animal perseguido y herido por los
cazadores, en el bosque donde fue a refugiarse para esconder su dolor.
No habla de Jesús ni repite sus parábolas, sino que predica la doctrina
del Mesías que han anunciado los profetas, y a pesar de ser uno de los
sabios judíos, se dirige a los judíos hablándoles en griego, idioma que
habla mal y del cual no sabe escoger términos para sus temas.
En cambio es un hombre que posee una fuerza oculta; la gente lo apoya y
acude a escuchar sus sermones; y varias veces les asegura cosas que él
mismo no creía.
Nosotros, los que hemos conocido a Jesús y oído sus pláticas, sabemos
que ha enseñado al hombre cómo romper las cadenas de la esclavitud para
librarse de la cárcel de su pasado. En cambio Pablo forja cadenas nuevas
para el hombre venidero; golpea el yunque con su martillo en nombre de
un Hombre que él mismo no conoce.
El Nazareno desea que nosotros vivamos la hora con amor y ansias, mas el
hombre de Tarsos nos ordena conservar y observar las leyes escritas en
los antiguos Testamentos.
Otorgó Jesús un soplo de u alma al hombre que perdió
la vida. En la soledad de mis noches creo y comprendo. Cuando Jesús se
sentaba a la mesa contaba a los comensales unos ejemplos que los
alegraban y hacía delicioso el bocado de su boca, mientras que Pablo
limita nuestro pan y nuestra copa.
Permitidme, pues, que vuelva mi rostro al otro camino.
DE SALOMÉ A UNA AMIGA SUYA
Un deseo no realizado
Era como el álamo que reluce bañado por el sol. Era como lago entre
cerros solitarios al asomarse el sol. Era como nieve sobre las cimas de
las montañas, muy blanca a los rayos del sol.
Era como todas esas cosas y por eso lo amé. Pero temía sentarme en su
presencia, porque mis pies no podían soportar el peso de mi amor, para
estrechar los suyos contra mi pecho.
Yo trataba de decirle: "Maté a tu amigo en un momento de pasión
frenética que abrasaba mi alma; ¿quieres perdonar mi crimen? Ya que eres
misericordioso y que te apiadas, desata las cadenas de mi juventud y
líbrala de la ignorancia ciega de mi acto, para así poder caminar libre
en tu Luz Mayor".
Confío en que me habrá perdonado, cuando para danzar pedí la cabeza de
su amigo. Estoy convencida que en mí habría hallado tema para sus
enseñanzas, por cuanto no había en el mundo un valle de hambre sin
haberlo pasado, ni un desierto de sed que Él no haya atravesado.
Era como el bello álamo y como los lagos entre los cerros, y como la
nieve de las montañas del Líbano. ¡Cuánto ansiaba aplacar la sed de mis
labios entre los pliegues de su túnica!
Pero estaba muy lejos de mí, y yo tenía temor y vergüenza, tanto, que mi
madre me prohibía ir a verlo. ¡Cuántas veces me tentaba el deseo de
seguirlo! Y cada vez que pasaba- por nuestra casa mi corazón se conmovía
ante su belleza. Mi madre fruncía su entrecejo con desprecio y me
exhortaba a retirarme de la puerta, exclamando:
-¿Quién será ése, sino otro comedor de langostas del desierto? ¡Si será
burlón y traidor! Un subversivo vividor, que no tiene otra ocupación que
incitar al pueblo a rebelarse y despojarnos de nuestro cetro y nuestro
trono, y traer a los coyotes de su tierra maldita a aullar en nuestros
palacios y sentarse en nuestros sitiales. Vete y cubre tu cara ante la
luz de hoy y espera el día en que su cabeza caerá, pero no sobre tu
bandeja.
Todo eso dijo mi madre, pero mi espíritu no quiso retener ninguna de sus
palabras, porque o en secreto lo amaba y ese amor circundaba mi sueño
con llamas. Y ahora que ya pasó el día, y con él una cosa gigantesca que
en mí había, quién sabe si no ha muerto en mí la juventud, pues yo no
puedo vivir más en este mundo, después de haber visto morir, en él, al
dios de la juventud.
RAQUEL, UNA DE LAS DISCÍPULAS
¿Era Jesús un hombre o una idea?
Muchas veces he meditado sobre el hecho de si Jesús era un pensamiento
sin cuerpo vibrando en la Razón -pensamiento que frecuenta la intuición
del hombre- o una criatura de carne y hueso como nosotros. Muchas veces
se me ha ocurrido pensar que no era más que un sueño de un dormir más
profundo que el mismo dormir, y una aurora más serena que todas las
auroras.
Parece que mientras contábamos este sueño unos a otros, principiamos a
creer que era una realidad efectiva, y cuando hubimos dado cuerpo en
nuestra imaginación y voz en nuestros anhelos, lo modificamos por último
en una esencia verdadera, en la materialidad de nuestro existir. Pero en
realidad no era un sueño: lo hemos visto con nuestros propios ojos a la
luz del mediodía; hemos tocado sus manos y lo hemos seguido de un lugar
a otro; hemos oído sus discursos y fuimos testigos de sus hechos. Por
ventura, ¿creeréis que éramos un pensamiento que buscaba otro
pensamiento, o un sueño que aleteaba en el cielo de otros sueños?
Nos parece, con frecuencia, que los grandes acontecimientos son cosas
extrañas a nuestra vida diaria e intrascendente, aunque estuviese su
naturaleza arraigada en la nuestra. Ellos por más que vengan y vayan
pronto o súbitamente, su esencia y naturaleza perdurarán a través de los
siglos y de las edades.
Jesús el Nazareno es, pues, el Gran suceso. Aquel hombre cuyos padres y
hermanos todos conocíamos, era en sí mismo un milagro producido en
Judea. Y si colocamos todos los días, con todos los años y los -siglos,
no podrían borrar su recuerdo de nuestras almas.
En la noche era una montaña ardiendo; mas al pie de los collados el
calor era tibio y suave. En la atmósfera era una tempestad y, sin
embargo, se movía flotando dulcemente sobre la neblina del amanecer.
Era Jesús un torrente que descendía desde las alturas para devastar y
destruir los obstáculos; al mismo tiempo era ingenuo como la sonrisa de
un niño. Cada año esperaba la visita de la Primavera en este valle, y
esperaba los lirios y otras flores, mas, mi alma se sentía triste porque
nunca pudo alegrarse en la Primavera, a pesar de haberlo deseado tanto.
Pero cuando llegó Jesús a mis estaciones, era Él, en verdad, una
Primavera para mis sueños, y en Él se habían realizado y cumplido las
promesas de todos los próximos años. Llenó de alegría mi corazón en
tanto yo crecía como la violeta, deslumbrada y avergonzada ante la luz
de su advenimiento. Y hoy todos los cambios de las estaciones futuras no
pueden borrar su belleza de nuestro mundo.
Jesús no era ni un sueño ni un pensamiento concebido por la fantasía de
los poetas, sino un ser humano como tú y yo, en oído, en vista y en
tacto; en lo demás era diferente a todos nosotros. De genio alegre, a
través de la alegría conoció la tristeza de los hombres, y desde la más
alta cima de su aflicción divisó la alegría de los hombres.
Las visiones que tuvo no las distinguimos nosotros; las voces que oyó no
las oímos nosotros. Con frecuencia hablaba dirigiéndose a las multitudes
invisibles, y muchas veces hablaba por intermedio nuestro, con gente no
conocida todavía.
Las más de las veces se hallaba solo, mas cuando se encontraba con
nosotros se sentía como extraño en nuestra compañía. Se hallaba en la
tierra, pero Él era del cielo. Y nosotros no podemos ver la tierra de su
soledad más que en nuestra soledad.
Nos amó con cariño y bondad. Su alma era una fuente al alcance de
nosotros para llegar hasta Él y llenar nuestras copas y beber hasta
colmarnos. Una sola cosa no podía comprender en Jesús: el uso frecuente
de la chanza con sus oyentes; les relataba un cuento gracioso y hacía
juego de palabras para luego reírse en lo más hondo de su corazón, y
hasta en las horas más tristes, cuando el dolor se mostraba en sus ojos
y se mezclaba en las vibraciones de su voz. Todo esto no lo concebía en
aquellos tiempos, y hoy bien lo comprendo.
Muchas veces, cuando pienso en la Tierra, se me parece una virgen
grávida y primeriza, que tuvo en Jesús su primogénito, y cuando éste
murió fue el primer hombre que moría. ¿No te parecía que la tierra
estaba serena aquella semana sombría y que los cielos estaban en guerra
contra los cielos mismos? Más aún: ¿No te has sentido, al desaparecer su
rostro de nuestros ojos, que sólo éramos unos recuerdos errantes en la
neblina?
CLEOBA AL-BATRUNI
La Ley y los Profetas
Cuando Jesús habló se acalló el universo para oírlo. Sus palabras no
eran para nuestra pobre inteligencia, sino para los elementos y
sedimentos con que Dios creó la Tierra. Habló con la mar, esa madre de
pecho inmenso que nos dio la luz; habló con la montaña, nuestra hermana
mayor, cuya cima es una promesa y una esperanza; habló con los ángeles
que habitan detrás de la mar y la montaña, a quienes hemos confiado
nuestros sueños antes de secarse el lodo que hay en nosotros, por los
rayos del sol.
Sus palabras aún están reunidas en nuestra memoria, abriendo caminos a
nuestros ideales. Esas palabras fueron sencillas, alegres y placenteras.
La melodía de su voz resonaba como el agua serena sobre la tierra seca.
Una vez alzó sus manos al cielo; sus dedos parecieron como ramas de
sicómoro, y dijo con fuerte voz:
-Os hablaron muchos profetas de la antigüedad, cuyas palabras todavía
pueblan vuestros oídos, mas yo digo que os vaciaréis de todo lo que
habéis escuchado.
Esa frase de Jesús: "mas yo os digo", no la pronunció ningún hombre de
los nuestros ni de ningún otro pueblo del mundo. Una legión de serafines
la transportó al pasar por el firmamento de Judea. Tomaba los preceptos
de la ley y de los profetas, una y más veces, y después agregaba: "mas
yo os digo".
Palabras ardientes, palabras que son como olas del mar y que no pudieron
conocer las costas de nuestros pensamientos: "mas yo os digo".
Esas palabras son astros luminosos que iluminan la pobreza del alma, y,
¡cuántas almas velan esperando la luz de ese amanecer!
Quien pretenda comentar los sermones de Jesús, debe poseer su Verbo o el
eco de su Verbo, mas yo no tengo, desgraciadamente, lo uno ni lo otro,
por eso os pido perdón si no comienzo con algún relato que no sabría
terminar, por cuanto el final no está en mis labios; mis palabras son
una canción de amor que está en la brisa.
NAAMAN AL-GADARINI
La muerte de Esteban
Sus apóstoles se dispersaron porque Él les vaticinó, antes de ser
crucificado, que sufrirían mucho. Sus enemigos los cazaban como a gamos
y los acosaban como a zorros del monte. Mas, el carcaj del cazador aún
sigue lleno de dardos; y cuando eran cogidos por el enemigo y conducidos
a la muerte, se alegraban mucho. Sus caras cobraban el esplendor y la
frescura de las novias en el momento de sus bodas. También en su
Testamento les legó la alegría.
Tenía yo un amigo del norte llamado Esteban, que fue apresado y
apedreado en medio de la plaza pública por haber predicado en nombre de
Jesús. Al morir, abrió sus brazos sobre el suelo, porque quiso morir
igual que su Maestro. Eran sus brazos dos alas de paloma presta a volar,
y antes de extinguirse el brillo de sus ojos vi una celestial sonrisa en
sus labios. ¡Qué parecida fue aquella sonrisa a la brisa que corre al
final del Invierno, anunciando la llegada de la Primavera!
¿Cómo puedo describir aquella sonrisa? Me parece que Esteban quería
decirme en aquel momento: "Sábelo, amigo mío, que si en la otra vida me
apedrean otros seres en la plaza de su ciudad no dejaré de predicar y
anunciar Su nombre por la Verdad y la Razón que Él poseía, y por la
Razón y la Verdad que hoy tengo".
Entre el público que se divertía con el martirio de Esteban, divisé a un
hombre que observaba, lleno de contento, las piedras que caían como
lluvia sobre aquél; ese hombre se llamaba Saúl de Tarso (Schaol El-Tarsosi),
y fue él quien lo entregó a los clérigos, a los romanos y a la
muchedumbre, para eliminarlo.
Saúl era calvo y de corta estatura, sus hombros tenían una joroba y no
había armonía en las líneas de su cuerpo. Yo no podía quererlo. Me dicen
que hoy predica en nombre de Jesús desde las azoteas; mas es difícil de
creer. El sepulcro no puede impedir el avance de Jesús sobre el
campamento de sus enemigos, para dominar su brutalidad y rendir a sus
jefes. Sea como fuere, yo no lo quiero a ese hombre de Tarso, no
obstante los buenos informes que me dan sobre la transformación que se
operó en él después de la muerte de Esteban. Dicen que se calmó su
cólera y fue derrotado en su viaje a Damasco. Ese hombre no puede ser
nunca un discípulo leal, porque su cabeza es más grande que su corazón.
A pesar de todo esto, puede ser que yerre en mi juicio, pues confieso
que a menudo me he equivocado al opinar sobre los hombres.
TOMÁS
Habla de su abuelo y de sus cuestionamientos
Me dijo una vez mi abuelo, que era abogado: -Pongámonos del lado de la
Verdad, cuando ella se manifiesta con toda evidencia.
Cuando Jesús me llamó decidí seguirlo, porque la voz con que me llamó
era más fuerte que mi voluntad, pero no por eso olvidé el consejo de mi
abuelo (que en paz descanse).
Mientras hablaba se conmovían sus oyentes como ramas agitadas por el
viento; sin embargo, yo lo escuchaba y no me conmovía y, a pesar de
todo, lo amaba. Hace ya tres años que se ha ido; hoy somos un núcleo
disperso que canta y glorifica su nombre en todas partes. Y desde aquel
día me llaman mis amigos "Tomás el Dudoso", porque la sombra de mi
abuelo me seguía más que mi propia sombra; además yo buscaba la Verdad
para acariciarla con mis manos.
En aquel tiempo, ensombrecido por la duda, ponía mi mano sobre mi herida
para cerciorarme dé si manaba o no sangre, y luego creer o no creer en
mi pena; mas hoy sé que el hombre que ama con su corazón, pero que
conserva una sombra de duda en su mente, es un esclavo condenado a remar
en una nave oscura. Ese esclavo duerme sobre sus remos y sueña con su
libertad, hasta que lo despierta el látigo de su amo.
Yo era como aquel esclavo que soñaba con su libertad, pero el recuerdo
de mi abuelo pesaba sobre mis ojos, hasta que mi cuerpo tuvo necesidad
del látigo de mi día, hasta en presencia del Nazareno me cerraba los
ojos para ver mis manos encadenadas al remo.
La Duda es un dolor cuya soledad me hizo olvidar que ella y la Fe son
gemelas. La Duda es una infeliz avecilla perdida; si su madre, después
de hallarla, la estrecha contra su pecho, la rehuirá, temerosa y
dubitativa.
No conocerá la Duda el camino de la Verdad en tanto no se cure de sus
heridas. Dudé de Jesús hasta que se me reveló y puse mis dedos sobre sus
heridas. Entonces, ante la Verdad, tuve Fe y me liberé de mi pasado y de
todas las vacilaciones que heredé de mi abuelo. El muerto en mí ha
enterrado a sus muertos, y el vivo en mí vivirá para el Ungido Rey,
aquel que han denominado El Hijo del Hombre.
Me avisaron que debo ir a predicar en su nombre entre los hijos de
Persia y de la India; estoy listo para viajar, y desde hoy al fin de mi
vida, tanto en la Aurora como en el crepúsculo veré a mi Señor en toda
su majestad y le oiré hablar.
UN ADELANTADO
Jesús era uno de afuera
Me solicitáis que os hable de Jesús el Nazareno; tengo mucho que
deciros, pero no es tiempo aún, sin embargo. Todo cuanto os diga será la
pura verdad; por cuanto toda palabra que no dice una verdad no tiene
valor alguno. He aquí un desequilibrado que se rebela contra el orden, y
un pordiosero que combate contra la propiedad, y un borracho que sólo se
alegra y convive con repudiados y vividores.
No era hijo del Estado ni del Imperio, que disfrutara de un derecho o de
un patrimonio a igual que los demás compatriotas útiles, por eso se
mofaba del Estado y del imperio.
Vivía libre ignorando lo que era un deber o un derecho, como las aves en
el espacio; por eso los cazadores lo derribaron con sus flechas. Ningún
hombre que destruya las bóvedas del pasado se salva del derrumbe de sus
piedras, y nadie puede abrir las compuertas del diluvio de sus padres
sin que lo arrastre el aluvión. Es la ley. Y como aquel Nazareno ha
violado y roto esa ley, fue eliminado con sus adeptos.
En el mundo ha habido muchos seres como él, que han querido torcer el
curso de nuestra vida, y después tuvieron que cambiar de idea, porque
fueron derribados. Hay al pie de los muros de la ciudad una vid que no
da uva; crece y se extiende sobre las piedras del muro; si esa vid se
dijera: "Destruiré estos muros con la fuerza del paso de mis ramas";
¿qué dirían de. ella las otras plantas? Se mofarían de su pretensión.
Por eso me veis obligado a reírme de ese hombre y de sus ilusos
apóstoles.
UNA DE LAS MARÍAS
Su tristeza y su sonrisa
Tenía siempre alta la frente. En sus ojos brillaba la luz del Señor. Era
a menudo triste, pero su tristeza era un bálsamo para las heridas de los
afligidos y desconsolados. Cuando sonreía, era la suya una sonrisa de
los que tienen hambre de lo oculto; una sonrisa como polvo de estrellas
sobre párpados de niños; era un pedazo de pan en la boca.
Era triste, pero su tristeza era de esas que hacen temblar los labios y
al abrirlos se trueca en sonrisa. Era su sonrisa como su velo dorado en
el bosque a las horas otoñales, y a veces parecían rayos de luna a la
orilla de un lago.
Se sonreía como si sus labios quisieran cantar en el festín de una boda,
y a pesar de todo Jesús era melancólico; tenía la tristeza de un alado
que no quería volar sobre sus compañeros.
ROMANUS, POETA GRIEGO
Jesús el lírico
Jesús era poeta. Miraba para nuestros ojos y oía para nuestros oídos.
Nuestras palabras mudas estaban siempre presentes en sus labios. Sus
dedos tocaban lo que no alcanzamos nosotros a sentir.
De su alma volaban innumerables pájaros cantores; unos hacia el norte y
otros hacia el sur. Las bellas y perfumadas flores que bordeaban y
circundaban los caminos y los collados, dibujaban una línea divisoria
por la cual debía dirigir sus pasos y seguir camino en el firmamento.
¡Cuántas veces lo he visto inclinarse para tocar las húmedas hierbas!,
escuchándolo en mi corazón dialogar así con ellas: "¡Oh pequeñas y
verdes hierbecillas, vosotras estaréis en mi Reino, conmigo; como la
encina de Bizán y el cedro del Líbano!"
Amaba todo lo que era bello en este mundo: el rubor en el rostro de los
niños, la mirra y la resina del sur. Aceptaba con amor una granada o un
vaso de vino que se le ofrendara con amor; y no le preocupaba que
viniera de un humilde extraño en la posada o de un rico hospedaje. Amaba
las flores del almendro; lo vi una vez recogerlas con sus manos v cubrir
su rostro con sus pétalos. Parecía desear que su amor alcanzara a todos
los árboles de la Tierra.
Conoció el mar y los cielos. Habló de las perlas cuya luz no proviene de
nuestra luz; y de los astros que vigilan nuestra noche. Conoció las
montañas tal como las conocen las águilas, y los valles tanto como los
conocieron los arroyos y los manantiales. Había un desierto en su
silencio y un vasto vergel en sus palabras.
Jesús era un poeta cuyo corazón ha sido colocado por sobre el nuestro, y
así como sus canciones fueron entonadas para nuestros oídos, asimismo
otros oídos de otros pueblos las escucharon donde la Vida es juventud
eterna y el Tiempo una constante Aurora.
Tiempo atrás yo me creía un poeta, pero cuando me detuve ante Él, en
Betania, conocí el valor de aquel que pulsa un instrumento de una sola
cuerda y la de aquel ante quien se rinden todos los instrumentos y todas
las cuerdas con mansedumbre. En su voz se habían unido la risa de los
truenos, las lágrimas de las lluvias y la danza de los vientos y de los
árboles.
Desde que supe todo eso, mi cítara se convirtió en un instrumento de una
sola cuerda, y mi voz no pudo más tejer recuerdos del pasado ni
esperanzas del futuro. Es por eso que arrojé mi cítara y me callé para
siempre, mas a cada hora crepuscular afino mis oídos para los cantares
de Jesús, el príncipe de todos los poetas.
LEVÍ, DISCÍPULO
Los tentadores y los hipócritas
Una tarde pasó Jesús por mi casa, despertando mi alma de su
adormecimiento. Me dijo:
-Ven, Leví, sígueme.
Y lo seguí aquel día. En la tarde del siguiente le pedí que honrara mi
casa con su visita. Pasó por mi puerta con sus amigos y bendijo a mi
mujer, a mis hijos y a mí. En casa había otros huéspedes; eran escribas
y sabios, discretos adversarios suyos. Cuando estábamos sentados a la
mesa, le preguntó un escriba:
-¿Es verdad que tú con tus apóstoles violan la ley, haciendo fuego el
sábado?
Jesús replicó.
-Es verdad que en día sábado hacemos fuego, porque en ese día queremos
alumbrar y quemar con nuestras antorchas todas las pajas secas que se
acumulen en los demás días.
Otro escriba le objetó:
-Hemos sabido que bebes vino con los impuros.
A lo que respondió Jesús:
-Sí, también gozamos del vino. Hemos venido a compartir el pan y la copa
de los no coronados que hay entre vosotros. Pocos son, muy pocos, los
que no tienen plumas; pero se animan a desafiar al viento y muchos son
los alados y los plumíferos que aún no se atreven a abandonar sus nidos.
Nosotros damos alimento con nuestro pico, lo mismo a los perezosos que a
los decididos, en partes iguales.
Un tercer escriba le advirtió:
-¿Crees, por ventura, que desconozco que tú defiendes a las rameras de
Jerusalén?
Entonces vi con mis propios ojos que las alturas rocosas del Líbano se
habían reflejado en su rostro, cuando respondió:
-Todo lo que habéis oído es cierto. Las mujeres se presentarán, el día
del juicio final, delante del trono de mi Padre y Señor, y se
petrificarán con sus lágrimas, pero a vosotros se os juzgará y. se os
condenará a las cadenas de vuestros propios juicios. Babel no ha sido
destruida por el pecado de sus mujeres. Babel se redujo a cenizas para
que los ojos de los hipócritas no vieran más en ella la luz del día.
Otros escribas deseaban hacerle preguntas, pero un ademán mío los hizo
callar; porque yo sabía que Él los vencería, y como eran mis huéspedes
no quise que pasaran vergüenza en mi casa. A media noche se fueron los
escribas con espíritu preocupado. Entonces cerré mis ojos y me sentí
como si estuviera bajo el poder de un éxtasis; y vi: eran siete
doncellas con trajes blancos rodeando a Jesús; estaban de pie, con los
brazos cruzados sobre el pecho y el rostro inclinado con humildad y
veneración; cuando hube mirado detenidamente en la niebla de mi visión,
divisé el rostro de una de ellas que resplandecía luminoso: aquel rostro
era el de la pecadora que vivió en Jerusalén. Abrí mis ojos y miré a
Jesús; vi que sonreía; los cerré por segunda vez y en la esfera de luz
de mi revelación aparecieron siete hombres con vestiduras blancas, en
derredor del Maestro; cuando los hube mirado fijamente, reconocí en uno
de ellos al ladrón que fue crucificado a la derecha de Jesús.
Pasada la medianoche se retiró Jesús de mi hogar acompañado de sus
amigos.
UNA VIUDA DE GALILEA
Jesús el cruel
Mi hijo, primogénito y- único, cultivaba nuestro campo y se sentía muy
alegre y conforme en su trabajo, hasta el día en que oyó a aquel hombre
que llamaban Jesús predicar a la multitud; entonces se transformó
instantáneamente, como si algún espíritu extraño y maligno lo hubiese
dominado. Dejó el campo y el huerto, y me dejó a mí también, y se hizo
haragán, viviendo entre mendigos: Este Jesús el Nazareno es un individuo
malo, pues, ¿qué hombre bueno separa a un hijo de su madre?
Lo último que me dijo mi hijo fue lo siguiente:
-Me voy como uno de sus apóstoles al norte, porque he reconstruido el
edificio de mi vida sobre la roca del Nazareno. Tú me has dado a luz y
te agradezco tu bondad, pero un deber mayor me obliga a partir. Te dejo
nuestro campo fértil y todo lo que poseemos de plata y oro; no llevaré
conmigo más que esta ropa y este báculo.
Así me dijo, al abandonarme, mi hijo; pero romanos y sacerdotes tomaron
preso a Jesús y lo crucificaron, ¡y qué bien hicieron!, porque el hombre
que aleja al hijo de su madre no puede venir de Dios, y quien nos quita
nuestros hijos para enviarlos como mensajeros a las ciudades de otras
naciones, no es nuestro amigo. Sé que mi hijo no regresará más a mi
regazo; estoy segura, porque eso lo he visto en sus ojos. Por eso
aborrezco a Jesús el Nazareno, que fue el culpable de que yo quedara
sola en este campo ahora yermo, y en este jardín abandonado; y aún
aborrezco a las personas que lo ensalzan.
Me dijeron, hace unos días, que Jesús dijo una vez:
-Mis padres y mis hermanos son aquellos que escuchan mi palabras y me
siguen.
Entonces, ¿por qué es deber de los hijos dejar a sus madres y seguirlo a
él? ¿Por qué mi hijo tiene que olvidar la leche que lo amamantó, por una
fuente cuya agua no conoce, y no recordar más la calidez de mis brazos,
para ir al país frío del Norte, lleno de luchas y odios? Aborrezco a ese
Nazareno y lo aborreceré hasta el fin de mis días, porque me robó mi
primogénito y único hijo.
JUDAS, PARIENTE DE JESÚS
La muerte del Bautista
Ocurrió esto en una noche de Mayo. Estábamos con el Maestro en un prado
cerca del lago, que los antiguos llamaron "Prado de los Cráneos". Jesús
estaba recostado en la hierba, contemplando las estrellas, cuando dos
hombres irrumpieron, agitadísimos, entre nosotros; el dolor se traslucía
en sus rostros. Se postraron ante Jesús y éste se puso de pie,
preguntándole de dónde eran.
-De Majaros -respondieron.
Jesús se conmovió e interrogó con visible ansiedad:
-¿Qué sabéis del Bautista?
-Hoy lo decapitaron.
Alzó Jesús la cabeza y luego de caminar un corto trecho se detuvo entre
nosotros y nos dijo:
-Estaba en manos del poder matar al Mesías antes de hoy. Es verdad que
el rey ha probado y gustado todos los placeres de sus pueblos; pero los
reyes antiguos no eran tardíos en entregar la cabeza de un Mesías a los
cazadores de cabezas. No estoy tan triste por la suerte que ha corrido
Juan como por la de Herodes que la ha autorizado. ¡Pobre rey! Es corno
el animal llevado por las riendas. ¡Qué desgraciados son esos hombres!
Caminan en las tinieblas, y quien viaje en sombras caerá. ¿Qué podréis
esperar de un mar infecto sino peces muertos? Yo no detesto a los reyes,
más bien quiero que gobiernen, pero a condición de que sean más sabios
que los demás hombres.
Luego miró a los dos recién llegados y a nosotros, y reanudó su plática:
-Juan nació herido y la sangre de sus heridas fluía de sus palabras y
enseñanzas. Era una libertad que aún no se había liberado de sí misma, y
una abnegación que sólo aceptaba a los rectos y virtuosos. En realidad
era una voz que tronaba en la tierra de aquellos que tenían oídos y no
escuchaban. Yo le amé en su tristeza y soledad, como amé también su
altivez y rebeldía, que entregó junto con su cabeza al verdugo, antes de
darlos al polvo de los sepulcros. En verdad os digo que Juan, hijo de
Zacarías, es el último de su estirpe, y como sus antepasados, fue muerto
en el umbral entre el Templo y el Altar.
Calló un instante, se paseó calmosamente, y volviendo a detenerse ante
nosotros, agregó:
-Así fue y así será. Los que gobiernan un instante matan a aquellos que
gobernarán siglos. Así será eternamente. Se reunirán en sus divanes y
juzgarán al hombre que todavía no ha nacido y lo condenarán a muerte
antes de haber cometido algún crimen. El hijo de Zacarías vivirá conmigo
en mi Reino y su día será eterno.
Acto seguido se dirigió a los discípulos de Juan:
-Cada acción tiene su mañana. Tal vez yo mismo sea un mañana para este
acto. Id y decid a los amigos de mi amigo que yo estaré con ellos.
Los dos hombres se retiraron, pero menos tristes y desesperados que
cuando vinieron.
Jesús se recostó nuevamente sobre la hierba y volvió a la contemplación
de los astros. Ya era hora avanzada de la noche; yo estaba recostado
cerca de él, buscando descansar de todo corazón; pero una mano oculta
golpeaba el pórtico de mi corazón; y así permanecí en vigilia, hasta que
Jesús y el alba me llamaron para seguir el Camino.
UN HOMBRE DEL DESIERTO
Los cambistas
Yo no era un extranjero en Jerusalén. Vine a la Ciudad Santa en tren de
peregrinación a conocer el Gran Templo, y a ofrecer mi presente en el
altar, en agradecimiento a Dios, porque mi mujer había dado a luz dos
niños para mi tribu. Después de haber hecho el sacrificio, me detuve en
una galería a mirar los fariseos y los vendedores de palomas. En ese
instante la algarabía de la multitud llegaba al cielo. En esa
circunstancia entró de pronto un hombre, y con la rapidez del rayo se
detuvo entre los cambistas y mercaderes. Tenía un aspecto venerable e
imponente; llevaba en la mano un látigo trenzado de cuero de cabra, con
la otra mano tiraba las mesas de los cambistas, mientras repartía
latigazos. Le escuché gritar con potente voz:
-¡Soltad esas aves al espacio, que allí es su nido! Hombres y mujeres
escapaban, mientras Él se movía entre ellos cual un huracán sobre un
arenal. Todo esto sucedió en un instante, pasado el cual las galerías
del Templo quedaron desocupadas. Aquel hombre quedó solo y sus camaradas
agrupados a cierta distancia. Observé alrededor de mí y descubrí un
hombre que observaba desde otra galería del templo; llegué hasta él y le
pregunté:
¿Quieres decirme quién es ese hombre que está allí parado como si fuera
otro Templo?
-Es Jesús el Nazareno, el Mesías que últimamente apareció en Galilea.
Aquí, en Jerusalén, todos le aborrecen.
-Pues hay en mi espíritu una fuerza que me impulsa a convertirme en su
látigo, y una sumisión y respeto como para hincarme a sus pies.
Se encaminó Jesús hacia el núcleo de sus amigos que lo esperaban, cuando
tres palomas de las que había librado de su jaula, se posaron sobre sus
hombros; Jesús las acarició con infinita ternura y siguió su camino. En
cada uno de sus pasos había millas de distancia.
Pero decidme ahora, por vuestro Dios, ¿con qué fuerza ha castigado a
esos cientos de hombres y mujeres, dispersándolos sin resistencia? Me
dijeron que todos ellos lo detestaban, pero ninguno osó resistirlo ni
ponérsele delante ese día. ¿Habrá arrancado los colmillos del odio en su
camino al Templo?
PEDRO
El porvenir de los discípulos
Una vez arribó Jesús a Betsaida al declinar la tarde. Estábamos todos
cansados, y lo que aún era peor: el polvo del camino nos rodeaba.
Llegamos a una mansión señorial que se levantaba en medio de un jardín.
En el umbral se hallaba de pie el dueño de la casa. Jesús le dijo:
-Estos hombres están cansados y tienen los pies lastimados y doloridos
por el largo sendero. Déjalos dormir en tu casa; que la noche está fría
y necesitan reposo y calor.
-No dormirán en mi casa -contestó el rico. -Entonces déjalos dormir en
tu jardín. -No les permitiré dormir en mi jardín. Jesús se dirigió a
nosotros:
-Este es un ejemplo de lo que os pasará en el día de mañana. Este
presente os anuncia vuestro futuro. Todas las puertas se cerrarán para
vosotros; hasta los jardines que se recuestan a la luz de las estrellas
os obstruirán sus verjas. Si vuestros pies resisten la fatiga del Camino
y podéis sufrir hasta el final, hallaréis un ánfora y un blando lecho, y
tal vez pan y vino. Pero si no hallareis nada de eso, no olvidéis que
habréis, en aquel día, atravesado uno de los áridos desiertos de vuestro
Maestro. Vámonos de este lugar.
El rico se hallaba turbado y pálido; mascullaba palabras ininteligibles
y se internó en su jardín.
Jesús retomó su marcha por el camino, seguido de todos nosotros.
MALAQUÍAS, ASTRÓLOGO BABILONIO
Los milagros de Jesús
Me preguntáis sobre los milagros de Jesús y os contesto: En cada un mil
de mil años se juntan el Sol, la Luna y esta Tierra con sus hermanos los
planetas, en una línea ecuatorial, para dar un ejemplo; luego se retiran
lentamente y esperan pasar mil de otros mil años. No hay milagros en el
Universo detrás de las Estaciones. Tú y yo nada conocemos de-Ellas,
pues, ¿qué me puedes decir de una Estación llena que se encarna y toma
la forma de una sola persona? En Jesús se han fundido todos los
elementos de nuestros cuerpos y de nuestros sueños, conforme a la ley, y
todo lo que era anterior a su tiempo hoy halló en él su tiempo y sazón.
Dicen que devolvía la visión a los ciegos y las fuerzas a los
paralíticos, y expulsaba los demonios de los dementes. Puede ahora que
la ceguera no sea sino una idea oscura que se puede vencer con un
pensamiento luminoso y flamígero; y puede que el órgano inválido no sea
más que una inercia que se puede despertar con la fuerza motriz, y que
los malos espíritus que son los elementos perturbadores en nuestra vida,
sean expulsados de nosotros por los ángeles de la Paz y el Sosiego.
Dicen también que tornaba la vida a los muertos. Si puedes decirme lo
que es la Muerte te diré lo que es la Vida.
Vi una vez un arbusto de encina; era un arbusto modesto, tranquilo, sin
importancia y sin valor; en la primavera siguiente encontré aquel
arbusto con hondas raíces, convertido en gigantesca encina, erguida ante
la faz del Sol. Tú, sin duda, crees que eso es un milagro, mas este
milagro se obtiene mil veces en un descuido de cada año y en la
nostalgia de cada primavera: entonces, ¿por qué no puede ocurrir el
milagro en el espíritu del hombre? ¿No podrán las Estaciones agruparse
en la mano de un Hombre Ungido tanto como en sus labios? Si nuestro Dios
ha brindado a la Tierra la virtud de dar vida en sus entrañas a las
semillas ¿por qué no otorga al espíritu del hombre la de transmitir el
soplo de vida a otro corazón, aunque aparentemente haya estado muerto?
He hablado de estos milagros que, en realidad, no me llaman tanto la
atención como el gran Milagro que es el Hombre mismo; ese caminante que
ha trocado en oro puro el óxido que había en mí, y que me enseñó cómo
debo amar a los que me odian. Con ese hecho que hizo conmigo me trajo el
consuelo y coronó mis noches con los más dulces sueños.
Este es el milagro de mi vida. Yo era ciego y de errada conducta, y en
mis profundidades había mucho de los espíritus inquietos; yo era un
muerto. Mas hoy veo con claridad y camino rectamente, porque he
recuperado mi salud. Hoy vivo para ver y proclamar los milagros de mi
Ser en cada hora de cada día.
Yo no soy de sus aliados; soy un viejo astrólogo que recorre el campo
del espacio en cada Estación. Ya estoy en el ocaso de mi vida, mas toda
vez que busco un amanecer busco en realidad la juventud de Jesús. La
vida busca eternamente la juventud, pero la sabiduría busca en mí las
visiones apocalípticas.
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