| |
El Nazareno era el príncipe de los médicos, tanto en su pueblo como en
los pueblos aledaños. Ningún otro hombre ha conocido como él nuestros
cuerpos, sus elementos y sus propiedades. Ha curado a mucha gente de
muchas y extrañas enfermedades que ni los griegos ni los egipcios
conocían. Dicen que ha resucitado a los muertos. No importa que esto sea
o no verdad; el hecho es que él manifiesta su fuerza, porque todas las
cosas y acontecimientos importantes no pueden ser atribuidos sino a
aquel que toma a su cargo cosas de tanta magnitud e importancia.
Dicen también que Jesús ha visitado la India, Asiria y Babilonia, y que
los sacerdotes de aquellas regiones le habían enseñado sus ciencias
ocultas y la sabiduría que está escondida en las profundidades nuestras.
Pero... ¡quién sabe! Tal vez los dioses se lo hayan revelado
directamente, sin intermedio de los sacerdotes, pues lo que los dioses
ocultan a todos los hombres, durante muchos siglos, a menudo lo revelan
en un solo instante a un solo hombre, tanto que si Apolo pasara su mano
sobre el corazón de un humilde desconocido, lo volvería hecho un sabio y
un gran señor.
Muchas puertas se han abierto ante los hijos de Tiro y del Tibet. Allí
había muchas puertas que estaban cerradas y selladas, y, sin embargo, se
abrieron al paso de este hombre que consiguió penetrar en el Templo del
Alma, que es el cuerpo, y descubrir los espíritus malignos que conspiran
contra nuestras fuerzas y nuestro valor, separándolos de los espíritus
bondadosos que tejen sus hilos en la quietud y calma de sus horas.
A mi forma de ver, Jesús curaba los enfermos por medio de la oposición y
la resistencia, porque ese sistema empleado por él no era conocido entre
nuestros filósofos. Sorprendía a la fiebre con su tacto glacial y la
ahuyentaba; y los órganos inutilizados se volvían sanos ante la fuerza
de su serenidad maravillosa.
Sí; el Nazareno ha descubierto la savia pasajera en la corteza de
nuestro árbol carcomido y marchito, pero ¿cómo llegó a tocar aquella
savia con sus dedos? No lo sé. También alcanzó a descubrir el acero puro
cubierto por la oxidación; pero ningún ser humano nos puede explicar
cómo libró a la espada de su óxido y le devolvió el brillo.
Muchas veces se me ocurrió creer que él llegaba hasta los males más
hondos que padecen todos los seres que viven bajo del sol, mitigando
esos dolores, fortificando y ayudando a aquellos seres, no sólo con su
sabiduría, sino señalando el camino de su propia fuerza para levantarse
y despojarse de sus dolores sanos y curados.
Y no obstante eso, jamás se ocupó de su propio poder como médico. Toda
su atención estaba concentrada en las cuestiones religiosas y políticas
de este país. Y esto me hace sufrir porque, antes que nada, debemos ser
sanos de cuerpo. Pero estos sirios, cuando son atacados por algún mal,
no buscan su panacea, sino más bien se entregan a las discusiones y a
las polémicas especulativas y teológicas. Y su mayor desgracia es que su
más grande médico renunció a su útil profesión y prefirió ser orador en
la plaza pública.
|
|