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Nació en Bcherri el 6 de diciembre de 1883, la ciudad típicamente libanesa que se levanta sobre una pequeña meseta, junto a uno de los acantilados de Wadi-Quadisha (Valle sagrado). Durante dos décadas atrás, el país había obtenido una cierta autonomía, apuntalada en buena medida por su larga tradición católica maronita que le había mantenido aislado durante siglos frente al dominio oscurantista y cerril del imperio turco. Los años de la infancia de Gibran son los mismos en que surge una nueva clase dirigente de influencia francesa, proyectada hacia europa, mediadora comercial e intelectual entre el sector sometido a la opresión turca y las nuevas corrientes de opinión que soplan hacia el Mediterráneo, desde Londres, Viena o Paris.
Gibran, nieto de un sacerdote maronita, hijo de un propietario de ganado, es un símbolo vivo de ese cruce de culturas que es su país de origen. Con sólo trece años marcha con su madre y sus hermanos a Boston, atraído por las oportunidades que parece ofrecer el Nuevo Mundo, mientras su padre permanece en el Líbano, manteniendo su pobre propiedad. El adolescente Gibran entra en una escuela privada donde se educan americanos de adopción procedentes de diversas naciones. Más tarde, por consejo de su hermanastro, regresa a Beirut, donde se matricula en la Escuela Maronita para estudiar árabe y francés. Durante las vacaciones, redescubre con su padre las montañas, los bosquecillos umbríos, las venerables ruinas que dejara la antigüedad y los parajes pedregosos de su tierra natal. En el abandonado monasterio de Mar-Sarkis, su espíritu ya cultivado despierta a una intensa sensibilidad sazonada de sabiduría popular que, acrisola tras siglos de cultura, se halla impregnada de un naturalismo soberbio y triunfante. Nuestro autor sueña, empero, con volver a América, etapa imprescindible para conseguir fama y dinero, y poder regresar definitivamente al Líbano.
Mas a su retorno a América, la desgracia, revestida de enfermedad incurable, se cierne sobre su madre y sus hermanos. Con su hermana superviviente, Mariana, trata de abrirse camino, sintiéndose responsable del sacrificio de su familia para que el triunfara en el difícil mundo del arte. A la sombra de los rascacielos americanos -indignos sustitutos de los milenarios cedros de su patria-, empieza a escribir para los periódicos árabes de Nueva York. Simultanea la pluma con los pinceles, y en ambas artes su exquisita sensibilidad pugna por superar una técnica todavía no dominada. En los albores de su producción pictórica, expone su obras en un estudio de Boston, pero un voraz incendio arrasa su colección, negándose al artista la gloria y el beneficio. Años después, Gibran se alegraría del accidente que puso fin a su etapa todavía inmadura, permitiéndole mejorar una obra pictórica que hoy se halla diseminada por todo Oriente Medio, Europa y América.
Paraíso, cuadro de K.Gibrán
Breves libros, poemas y artículos en árabe marcan el inicio de su carrera literaria. Fue en esta época cuando conoció a Mary Haskell, mujer de extraordinaria sensibilidad, que supo intuir el genio de Gibran, animándole a que estudiara en el extranjero y a que escribiera en inglés, tras dominar mejor este idioma, para llegar a un público más numeroso. De 1908 a 1910 estudia arte en París, luego regresa a Boston y finalmente se instala en Nueva York. Treinta y cinco años tiene cuando resume sus pensamientos y su filosofía en La procesión, escrita en forma de versos árabes. Dos años después, da a conocer su obra más madura: El profeta, convertido en bestseller internacional durante cuarenta años. Las opiniones de los críticos son contradictorias. Mientras unos consideran sus pensamientos "nocivos, revolucionarios y peligrosos para las mentes juveniles", otros juzgan que en ellos "coexisten resonancias de Jesucristo y de los Evangelios".
Love, cuadro de K.Gibrán
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El Profeta , 1901


