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Extraído del libro Demián de Hermann
Hesse
-El amor no debe pedir -dijo-, ni
tampoco exigir. Ha de tener la fuerza de encontrar en sí mismo la certeza.
En ese momento ya no se siente atraído, sino que atrae él mismo. Sinclair:
su amor se siente atraído por mí. El día que me atraiga a sí, acudiré.
No quiero hacer regalos. Quiero ser ganada.
Un tiempo después me contó otra historia. Se
trataba de un enamorado que amaba sin esperanza. Se refugió por completo
en su corazón y creyó que se abrasaba de amor. El mundo a su alrededor
desapareció; ya no veía el azul del cielo ni el bosque verde; el arroyo ya
no murmuraba, su arpa no sonaba; todo se había hundido, quedando él pobre
y desdichado. Su amor, sin embargo, crecía; y prefirió morir y perecer a
renunciar a la hermosa mujer que amaba. Entonces se dio cuenta de que su
amor había quemado todo lo demás, de que tomaba fuerza y empezaba a
ejercer su poderosa atracción sobre la hermosa mujer, que tuvo que acudir
a su lado. Cuando estuvo ante él, que la esperaba con los brazos abiertos,
vio que estaba transformada por completo; y, sobrecogido, sintió y vio que
había atraído hacia sí a todo el mundo perdido. Ella se acercó y se
entregó a él: el cielo, el bosque, el arroyo, todo le salió al encuentro
con nuevos colores frescos y maravillosos; ahora le pertenecía, hablaba su
lenguaje. Y en vez de haber ganado solamente una mujer, tenía el mundo
entero entre sus brazos y cada estrella del firmamento ardía en él y
refulgía gozosamente en su alma. Había amado y, a través del amor, se
había encontrado a sí mismo. La mayoría ama para perderse. Mi amor
hacia Frau Eva era el único sentido de mi vida. Pero ella cambiaba cada
día. A veces creía sentir con seguridad que no era su persona por la que
se sentía atraída mi alma, sino que ella era un símbolo de mi propio
interior que me conducía más y más hacia mí mismo. A menudo oía
palabras de ella que me parecían respuestas de mi subconsciente a
preguntas acuciantes que me atormentaban. Había momentos en los que me
devoraba el deseo y besaba los objetos que habían tocado sus manos. Y
lentamente fueron superponiéndose el amor sensual y el amor espiritual, la
realidad y el símbolo. Podía suceder que en mi habitación pensara en ella
con tranquila intensidad y sintiera su mano en mi mano y sus labios en los
míos. Otras veces estaba con ella, miraba su rostro, le hablaba,
escuchaba su voz y no sabía si era realidad o sueño.

P
O
E
M
A S
No tenemos un lenguaje para los finales, para
la caída del amor, para los concentrados laberintos de la
agonía, para el amordazado escándalo de los hundimientos
irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona o a quien
abandonamos que agregar otra ausencia a la ausencia es ahogar todos
los nombres y levantar un muro alrededor de cada
imagen?
¿Cómo hacer señas a quien muere, cuando todos los gestos
se han secado, las distancias se confunden en un caos
imprevisto, las proximidades se derrumban como pájaros enfermos y el
tallo del dolor se quiebra como la lanzadera de un telar
descompuesto?
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo cuando nada,
cuando nadie ya habla, cuando las estrellas y los rostros son
secreciones neutras de un mundo que ha perdido su memoria de ser
mundo?
Quizá un lenguaje para los finales exija la total
abolición de los otros lenguajes, la imperturbable síntesis de las
tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios, que
reúna los mínimos espacios entreverados entre el silencio y la
palabra y las ignotas partículas sin codicia que sólo allí
promulgan la equivalencia última del abandono y el
encuentro

Ciertas luces apagadas iluminan más que las luces
encendidas.
Hay lugares donde no es preciso que algo esté
encendido para que alumbre. Pero además hay cosas que se aclaran
mejor con las luces apagadas, como algunos estratos oblicuos del
hombre o algunos rincones que se instalan subrepticiamente en los
espacios más abiertos.
Y hay también una intemperie de la
luz, una zona despojada y ecuánime donde ya no hay
diferencia entre las luces encendidas y las luces
apagadas.

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Los recuerdos suelen contarte mentiras. Se
amoldan al viento, amañan la historia; por aquí se encogen, por
allá se estiran, se tiñen de gloria, se bañan en lodo, se
endulzan, se amargan a nuestro acomodo, según nos
convenga; porque antes que nada y a pesar de todo hay que
sobrevivir.
Recuerdos que volaron lejos o que los armarios
encierran; cuando está por cambiar el tiempo, como las heridas de
guerra, vuelven a dolernos de nuevo.
Los recuerdos tienen un
perfume frágil que les acompaña por toda la vida y tatuado a
fuego llevan en la frente un día cualquiera, un nombre
corriente con el que caminan con paso doliente, arriba y
abajo, húmedas aceras canturreando siempre la misma
canción.
Y por más que tiempos felices s0aquen a pasear de la
mano, los recuerdos suelen ser tristes hijos, como son, del
pasado, de aquello que fue y ya no existe.
"...Pero los
recuerdos desnudos de adornos, limpios de nostalgias, cuando solo
queda la memoria pura, el olor sin rostro, el color sin
nombre, sin encarnadura, son el esqueleto sobre el que
construimos todo lo que somos, aquello que fuimos y lo que
quisimos y no pudo ser.
Después, inflexible, el olvido irá carcomiendo la historia; y aquellos
que nos han querido restaurarán nuestra memoria a su gusto y a su
medida con recuerdos de sus vidas."
Joan Manuel Serrat
Todo viene hacia nosotros: no vamos hacia nada ¿ Hacia
dónde podríamos ir ? Toda marcha es una simulación un anodino
juego una costumbre inútil.
Todo viene hacia nosotros Desde
la tierra callada desde el cielo que vemos o desde el cielo que no
vemos, desde los huesos que nos sostienen o desde la sangre que nos
envuelve, desde el tiempo que manoteamos o las motas de azar que nos
rozan
Todo viene hacia nosotros la forma con que nacimos el
pensamientos y las sombras, las astillas de cada palabra los
silencios que articulamos el sueño que despoja a la noche o la noche
que despoja al sueño la apelación desconocida y sin destino que nos
trae cada amor
Todo viene hacia a nosotros Salvo tal vez
esa figura muda que arrancamos con un matiz de c ada cosa y que
quizás se yerga al desplomarnos para marchar por cuenta propia, para
venir con todo lo que viene, aunque no venga ya hacia nosotros
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