| |
Extraído de la revista M A G A Z I N
E , Domingo, 7 de octubre de 2004
COTIZADA.
Isabel Guerra, monja cisterciense y pintora, 57
años.
ENTREVISTA/ Isabel Guerra “Yo era una niña
rebelde que rechazaba a los maestros. Quería hacerme mi propia
escuela. Y no estoy arrepentida”
Isabel Guerra es la monja
pintora que, desde su clausura en el monasterio cisterciense de
Santa Lucía, Zaragoza, llega cada dos o tres años a Madrid para
exponer sus cuadros: llenazo asegurado, venta total. Sus vocaciones
han corrido paralelas desde la adolescencia: fue una niña rebelde
que quiso pintar y amar a Dios, autodidacta. No crean que la vida
monástica le ha apartado de las preocupaciones terrenas: convencida
de que este mundo no puede gustarle a nadie, su obra contiene un
mensaje de esperanza: la belleza es posible, no todo está perdido.
Vísperas de El Pilar. En el monasterio de Santa
Lucía (Zaragoza), todo está preparado para festejar la patrona.
Huele a coliflor cocida. Tocamos un timbre, pero el portón está
entornado y entramos sin esperar. “¿Vienen a ver a Isabel Guerra?”.
La voz suena en el hall sin presencia alguna. Nos miramos: ¿eh? “Sí,
ustedes, ¿vienen a ver a Isabel Guerra?”. Nos habla una persiana de
madera clara, sin rostro ni luz. Y nosotros, sí, sí. “Pues crucen el
refectorio, llegarán a un vestíbulo con tres puertas, abran la de la
izquierda, entrarán en otro vestibulillo; sigan y, al fondo,
encontrarán el comedor: allí les espero”. La voz. Isabel Guerra es
una monja de aspecto convencional, de siempre, menuda e ingrávida
sobre sus botas tobilleras, edad indescifrable (Madrid, 1947) y tez
translúcida apenas moteada de alguna rojez sin disimulo. Hubo un
tiempo que para pintar viajaba, haciendo uso de una bula papal, pero
ya no: prefiere el silencio del convento, donde pinta a sus
muchachas, cándidas y bellas, imágenes hiperrealistas, como fotos,
sobre fondos abstractos o figurados, como papeles pintados.
P.La Historia del Arte cuenta con no pocos religiosos
artistas, pero hoy, ¿ya sólo queda usted?
R.Bueno, no sé, no
me atrevería a decir tanto: única mujer consagrada dedicada a las
artes... Quizá sí sea la única con una vida tan intensa en cuanto a
exposiciones.
P. O sea, éxito. ¿Le sorprende que nos
sorprendamos tanto de su condición?
R. Hay aún quien se
sorprende, sí, pero es anecdótico: llevo tantos años en las galerías
madrileñas... Al verdadero aficionado al arte le da lo mismo mi
condición personal.
P. Sin embargo, en Sokoa, su actual
galería, me han comentado que cuando empezó con ellos hace i8 años
trataron de ocultar su condición religiosa. ¿Por qué?

¡ALÉGRATE! ÉL ESTA CONMIGO! 60 X
81 cm.
R. Sí, así fue, pero de repente un día la gente te
conoce personalmente, porque al público le gusta hablar con el
pintor, y el pintor aprende de la reacción del público. Es algo que
yo no trato de ocultar.
P. Sintió la vocación pictórica a
los i2 años, ¿por qué no enfocó por ahí sus estudios?
R.
Desde entonces no hice nada más que pintar, lo dejé todo: me dediqué
a estudiar y vivir la pintura en toda su plenitud.
P. Pero
sin títulos, ¿no tenía medios?
R. No, no, en absoluto. Mi
familia era acomodada, disfruté de un ambiente muy agradable para
desarrollar cualquier estudio. Tenía el privilegio de vivir en la
esquina del Viaducto, entre el Palacio Real y San Francisco el
Grande [Madrid], con los balcones mirando a la sierra. Todo empezó
por cumpleaños, me regalaron una caja de óleos y sentí una emoción
inexplicable: abrí el balcón, vi aquel paisaje, el mismo de los
retratos de Velázquez, y sobre la tapa de una caja de puros copié
del natural. Pero yo era una niña rebelde que rechazaba a los
maestros: quería hacerme mi propia escuela y estudio. No sé si para
bien o para mal, pero así fue y el resultado ahí está, que otros lo
juzguen. No estoy arrepentida, no me ha ido mal.
P. ¿Cómo
estudiaba?, ¿lo confió todo a su intuición?
R. Sola. Pensé
que lo importante era aprender a ver, y que eso lo tenía en los
grandes maestros y en los museos. Me pasaba larguísimas horas en el
Prado, en cuanta exposición se convocaba, estudiando los libros de
arte, que siempre han sido mi obsesión, que me comen el terreno y la
vida. Pero lo más importante para crear tu propio mundo es trabajar
incesantemente.
P. Y ahora que es usted académica de la Real
de San Luis, ¿sigue pensando que a pintar no se enseña?
R.
No me atrevería a decir que el mío sea el camino idóneo. El
aprendizaje junto a un gran maestro puede ser muy válido para
desarrollar después el propio estilo. Pero yo lo vi así, y no tuvo
vuelta atrás.
P. Expuso por primera vez con i5 años. ¿Quién
le organizaba las exposiciones?
R. Ciertas amistades de mis
padres relacionadas con el mundo del arte.
P. ¿Le trataron
como niña prodigio?
R. Tal vez sí, aunque hoy con i5 años ya
no eres una niña, entonces sí lo eras. A mí me molestaba mucho lo de
niña prodigio, no me hacía ninguna gracia; yo quería ser una pintora
normal.
P. ¿De ahí quizá su rebeldía?
R. Pues
pudiera ser.
P. ¿Y a qué edad sintió la llamada de Dios?,
¿se dice así?
R. Sí, se dice así [sonriente]. Pues a la
misma, a los i2 años. Pero a esa edad no puedes encontrar el lugar
donde desarrollar tu vocación. Tuve que esperar hasta los 23 para
realizar esa llamada, hasta encontrar este monasterio.
P.
¿Cuál fue la primera reacción de su familia: pensaron que el
convento truncaría su futuro como artista?
R. Terrible,
sobre todo por parte de mi madre. Lógico, yo era hija única, y ellos
vivían absolutamente centrados en mí. Habían estado i0 años de
matrimonio deseando tener un hijo, sin conseguirlo: fui una niña muy
deseada. La separación se les hacía terrible, pero fueron
evolucionando en su manera de verlo y, al final de su vida, estaban
absolutamente encantados: “Estamos felices, está donde mejor podía
estar”, decían. Luego tuve la gran suerte de poder asistirles en sus
enfermedades hasta la muerte.
P. ¿Y usted nunca temió que
una vocación solapara a la otra?
R. Sí, al entrar en el
monasterio, pensé que probablemente la pintura sufriera, incluso que
tuviera que desaparecer de mi vida. Pero el mismo día que ingresé,
mis superioras me dijeron que aquí podría seguir pintando
exactamente igual: era una práctica que se adaptaba perfectamente al
monasterio. San Benito, autor de la regla benedictina, que también
profesamos los cistercienses, dedica un capítulo de su obra a los
artistas del monasterio.
P. He leído que cuando ingresó en
clausura su estilo era impresionista, que luego evolucionó hacia el
expresionismo y que ahora se acerca más al realismo.
R. Sí,
ahora mi pintura va siendo más empastada e incorporo elementos de
abstracción en los fondos, que hacen una especie de mestizaje con el
realismo de la figura.
P. Y, desde una vida tan apartada,
¿qué influye en su pintura para hacerla evolucionar?
R. El
monasterio es un lugar riquísmo para la inspiración. Nuestro modo de
vida se orienta a la búsqueda de la belleza; para nosotras la
estética no es solamente escenográfica, sino vital: buscamos la paz
y la serenidad, un clima de silencio y admiración hacia el creador.
P. Pero, ¿cuál es su ventana al mundo real?
R. Pues
los medios de comunicación y las personas que se acercan al
monasterio, que como cisterciense tiene una actividad de acogida a
quienes quieren participar en nuestra vida de oración,
contemplación, silencio y liturgia, y nos hacen partícipes de sus
problemas: vienen en busca de una palabra y de que les escuchen. Se
produce un intercambio, conocemos sus esperanzas y desesperanzas,
sufrimientos y goces.

P. ¿Una acogida caritativa?
R. No, no,
fraternal, de amistad. Pasan con nosotros unos días, rezan con
nosotras, participan del silencio y respiran un clima totalmente
distinto.
P. Isabel, ¿qué le transmite esa realidad que ve
cuando sale al exterior?, ¿le gusta?
R. ¿Este mundo convulso
y violento que vivimos? Yo creo que no puede gustarle a nadie.
Intento luchar dando pistas de todo lo contrario: luz y esperanza.
Hay otros que luchan con el testimonio, utilizando el arte como un
espejo de la violencia. Yo intento transmitir una fórmula que evite
que la violencia se apodere de nosotros.
P. ¿El arte no ha
de servir para transmitir los sentimientos que lo real provoca en el
artista?
R. Yo me baso en lo real, no invento mis imágenes,
pero llamo la atención sobre la paz y la luz, que sí está entre
nosotros. Por ejemplo, ahora mismo estamos aquí bien, a gusto, sin
violencia: luego es un mundo posible, y eso es lo que intento
demostrar: que no está todo perdido, que la situación no es
irreversible, que no estamos en el camino a la distorsión absoluta
de la Humanidad. No, es posible encontrar caminos de belleza. Esto
es lo que intento decir, y hay quien lo recoge.
P. ¿Sería
capaz de denunciar artísticamente la violencia, o no le interesa?
R. Es que lo que hago también puede ser una denuncia.
Introducir una imagen de belleza y de paz es un choque tremendo. Me
he enterado que grupos pacifistas en Estados Unidos emplean para sus
manifestaciones imágenes de mis cuadros, como forma de protesta.
¿Sorprendente?
P. Pues sí. ¿Qué es lo que más le horroriza
de nuestra estética feísta?
R. No lo sé, tengo una especie
de sano escepticismo. Quizá lo que más pena me da es ese intento de
hacer cultura de lo feo, cultivar lo distorsionado.
P. ¿Qué
artista contemporáneo le gusta especialmente?
R. Todos,
todos los buenos, depende de los momentos. Lo difícil es percibir la
línea que separa lo superficial de lo verdadero.
P. ¿Miquel
Barceló?
R. Lo que hace me parece muy bonito, pero no me
gusta más que otro.
P. Madre, ¿el convento vive de sus
cuadros?
R. No quiero hablar del asunto económico. Ora et
labora, el monje es el que vive del trabajo de sus manos. Tan
importante es la liturgia como el trabajo. En el monasterio se hacen
encuadernaciones y restauración de libros y documentos.
P.
El Gobierno revisará las ayudas a la Iglesia en pos de una
diversificación hacia confesiones minoritarias, ¿le preocupa?
R. Espero que Zapatero sea tan inteligente y buen gobernante
como para no hacer nada disparatado. Imagino que sus reformas
llevarán a un buen puerto.
P. Ha pintado retratos de
políticos como Luisa Fernanda Rudi, ¿a quién no retrataría por nada
del mundo?
R. No sé, no estoy en contra de nadie. Es un
género complicado: es difícil que un pintor no se autorretrate
continuamente, y esto me parece grave. Además, para mí es ingrato,
porque no te permite expresar demasiadas cosas. Sólo lo practico
cuando tengo un compromiso muy ineludible. Como todos los pintores
realistas, al principio tuve que dedicarme a ello para sobrevivir,
pero a estas alturas, no lo necesito.
|
|