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Obras desconocidas de escritores y pintores conocidos y desconocidos fundamentalmente desconocidos.


UNOS DE LOS MEJORES ESCRITORES DE CHILE , PREMIO NACIONAL DE LITERATURA EN 1952
 

FERNANDO SANTIVAN ( 1886 - 1973 )

 

                          FRAGMENTOS 1

 

        

          Las levas de Don Patricio

He conocido la miseria. Y también el hombre. Es posible que esta confesión me prive del saludo de algunos amigos de impecable pulcritud, satisfechos de actuar en un mundo brillante y sonoro, recién ilustrado con pasta “Brasso”, pero he sentido siempre indefinible voluptuosidad en provocar el desdén de cierta sociedad vacía, grave y parsimoniosa.Veinte años. Una compañera joven y un hijo recién nacido. Perdí mi empleo de escribiente en el estudio de don Patricio Alderete, un caballero alto de amplia gesticulación, cuyo aspecto hacía pensar en los faquires de la India. Cuando cerró su bufete de abogado par beneficiar de la vida rentista, quedé en la puerta, moviendo entre las manos, meditativamente, una carta de recomendación escrita con su letra microscópica, adornada con amplios trazos curvos, de elegancia afectada y rumbosa:… “es un hombre honrado, trabajador y con buena letra..."¡Excelente recomendación! Sólo pude lamentar que nada añadiese sobre la buena vista y el apetito formidable. Mi ex patrón era un personaje extraordinario. Poseía numerosas perfecciones. Quizás en exceso. Cuando murió, hace pocos años, los diarios y revistas llenaron sus páginas de artículos necrológicos henchidos de admiración, cariño y respeto. Todo lo merecía. Yo hubiera podido agregar algunas palabras junto a su catafalco recargado de coronas, pero temí que mis flores, un poco agrestes, desentonaran entre aquellas de artificio que se erguían con tanta magnificencia. Y, ahora, también desperdiciaré la ocasión para hablar do don Patricio, pues, al comenzar estas líneas, mi propósito sólo ha sido referirme a mis recuerdos de la vida periodística de antaño y no a los bufetes de abogado. Sin embargo, añadiré algunas palabras que tienen Relación con esta historia.

 

 

Bárbara

"No se llamaba, en verdad, Manzanita.-¡Salomé me llamo! - protestaba cada vez que alguien le designaba con ese apodo de intimidad y cariño. Salomé Urra Barrales, hija de Bárbara Barrales y de Facundo Urra. No conoció a su padre, pero a su madre ¡vaya que la conocía! Para Manzanita no existía mujer más grande que Bárbara, ni más cariñosa, ni tampoco más terrible cuando el enojo agitaba su alma.Manzanita nación en Temuco, el 22 de octubre de 1890. Por eso se la llamó Salomé; por la santa del calendario que marca ese día, viuda y mártir, y no por la otra, que tuvo la audacia de enamorarse del Bautista y trató de arrastrarlo al pecado. Si Bárbara se hubiese dado cuenta de la coincidencia, habría puesto en claro las cosas o impedido que su hija llevara el nombre de Salomé.El día en que Manzanita vino al mundo, o la noche, porque el acontecimiento ocurrió de noche, sintieron que la faja con que envolvían el martirizado vientre de la madre quedábase prendida en alguna parte del lecho

 

                    La Camará

“Una mala palabra de Mariano, un gesto de violencia, habrían bastado para cortar el hilo que los mantenía juntos a ellos y a él. Ya lo había visto claro el día en que Mariano quiso atropellar a la patrona del boliche. Ni uno solo de sus compañeros- que guardaban entre sí una libertad salvaje – Estuvo de su parte, y si la escena, a causa de la entereza de la señora, no hubiese tomado un rumbo adverso a Mariano, seguramente Astete hubiera visto terminar su aventura en forma más desairada aun. Después se abrió entre ellos un precipicio insalvable: la admiración y la ternura, y quizás algo más, que los de la cuadrilla demostraban a Luscinda. Unos celos rabiosos encabritaban el alma de Mariano, celos que habrían estallado en forma violenta sino lo mantuviese atado a ella su vanidad de varón preferido.Luscinda temía aquel estallido que podría envolverlos en tragedia. Para su alma de mujer criada en un ambiente de orden, un desenlace semejante había constituido la peor de las vergüenzas. Paseóse inquieta algunos minutos, avizorando el camino. Por un momento, la noche estrellada, la majestad del cielo y del paisaje la distrajeron de su angustia; pero concluyó por olvidarse de lo que la rodeaban y concentró sus pensamientos en un punto del camino, a orillas de la playa quieta. De pronto, allá se encendió un luz. El punto rojizo fue para ella una obsesión; lo miraba como si procurase interpretar las escenas que deberían estar ocurriendo en el boliche. Prestó oído a los ruidos. Le pareció que llegaban hasta ella vibraciones de voces roncas, amenazantes. Algunos tiuques batieron las alas sobre sus cabezas, en la copa de los robles. Un hombre de a caballo pasó por el camino; la rodaja de sus espuelas tintineaba claramente; a lo lejos se oían balar de ovejas y el ladrido empecinado de un perro. La angustia de Luscinda creció, se hizo insoportable. Entró entonces a la rancha, buscó en su caja, a tientas, una capita de lana para echarse sobre los hombros y salió precipitadamente. Muy luego la mancha blanca de sus ropas, como un alma errante en la obscuridad, fue diluyéndose, distanciándose, hasta perderse en dirección del boliche.

 

 

 

      "Palpitaciones de vida"

-¿Por qué tardará? Pensaba maquinalmente. En el fondo, no estaba inquieto, Sabía que ella no faltaría a la cita. A lo más, un retraso de pocos minutos y luego aparecería, fresca, sonriente, adorable bajo su pequeño sombrero de paja clara."Sin duda la ha detenido la hermana", pensó el joven aún. Y se sumió en ajenas y vagas cavilaciones.Se hallaba recostado a la sombra de un arbusto y, para esperar con mayor holgura, ya que la tarde era calurosa, había arrojado sobre el césped el cuello, la corbata y hasta el vestón. Un airecito fresco, venido en ligeras bocanadas , inflaba con suavidad las blancas mangas de la camisa y le rozaba los brazos dulcemente. Se hallaba a media falda del San Cristóbal, y el sol quemante de primavera, junto con la agitación de la caminata, le hacían palpitar con violencia la sangre, tanto que se le podía percibir bajo la pile, deslizándose en rondas lentas y cálidas".

 

 

         De la Novela "Ansia"


Elsa y Magdalena se complementaban en su imaginación, formando una agradable armonía: Magdalena podía ser la esposa fiel, la madre abnegada, la solicita amiga que ofrecería esos mimos materiales que tan necesarios son en la vida; era la frescura y la luz. Elsa, por el contrario, poseía una fuerza oculta inquietante que hacía vibrar su ser impulsándolo a la acción fecunda: Junto a ella no alcanzaría ni la paz ni la quietud, pero tendría el encanto de lo imprevisto, de la continua novedad...cuya secreta atracción empujaba hacia el progreso indefinido "

 

                    Charca en la Selva

Franco Linares hunde la vista y el alma en el paisaje que se descubre desde lo alto de la colina y descansa con todo su peso en una exclamación:-¡Llegamos!…Interminables horas de viaje por lomas endemoniadas, riscosas. Piafa el caballo, sudoroso, como si ya oliera el pasto de la pesebrera. Un dolorcillo a los riñones, que por minutos se va haciendo más agudo, obliga a adoptar al hombre posturas violentas sobre la montura. Ya no le quedan ánimos para admirar la corpulencia de los árboles a la vera del camino. Arboles, troncos. Sucesión de fantasmas sombríos que limitan el horizonte. Raíces que hincan sus garras en el suelo con avidez de avaros y troncos que crecen sin vacilaciones -columnas vigorosas y ásperas-, hasta desparramar en la cúspide, cerca de las nubes, su cabellera indómita, afiebrada de quimeras".

 

 

         Pellines en el río

Sobre el Allipén , afluente del Toltén -Frente Destrozada-, hay un puente robusto cuyos pilotes son otros tantos robles arrancados de la montaña vecina, y que en el esfuerzo del hombre ha puesto allí como una montura sobre el lomo de un caballo indómito.El río, profundo, correntoso, y el puente, tosco e inmóvil, parecen mirarse en perpetuo desafío, firme el uno con su maderamen complicado, tesonero el otro al herir con sus aguas turbulentas el flanco de aquel obstáculo impuesto a su libertad.Cerca del puente, en una de las riberas, se levanta un caserío miserable, una decena de pequeñas construcciones de tablas, agrupadas por obra de la suerte o la necesidad."

 

 

          La Hechizada

"-Buenos días, hijo mío -dijo tía Dolores, que lo esperaba sentada en un amplio sillón, al pie de su lecho.Buenos días, tía Lolo -respondió el joven en voz baja, sobrecogido por el tono severo con que le hablaba la señora.-Siéntate, hijo, y escucha…Sentóse Baltasar, casi a los pies de su tía, sobre un viejo almofrez forrado en cuero duro sin desbastar, y esperó a que la señora le hablase.Ella inclinó un momento su noble cabeza blanca y luego dijo con tono pausado y solemne:-Me han dicho, Baltasar, que ayer has cometido locuras…-Baltasar inclinó la cabeza. La tía continuó-: Las locuras de la juventud yo las comprendo. Son las válvulas de escape de la sangre moza que bulle en las venas, máxime que tú desciendes de familia que no ha tenido en las venas agua en vez de sangre… Yo todo lo perdono, Baltasar, y sobre los pecadillos de la juventud suelo echar un velo de ignorancia… Vale más en muchos casos, ignorar que condenar."

 

 

        De la Novela "El Crisol"

“ El espíritu ingenuo de Bernabé no supo defenderse de la invasora seducción. La recibió de frente, con la honradez de su naturaleza recta, sin diplomacias de sabia galantería. Nada temía ni tampoco esperaba nada. Nunca se le había ocurrido pensar en la posibilidad de un matrimonio: Y si alguien se lo hubiera insinuado siquiera, seguramente se habría echado a reír. Sólo sabía que la quería con la violencia de su temperamento primitivo, y se entregaba a su adoración con el amoroso desinterés de un creyente que se arrodillaba ante la Virgen. Era Adriana para él un ser intangible, colocado en el mundo como símbolo de pureza, de inteligencia y de bondad. Nada más. ¡Y de pronto, un hombre, un desconocido, la tomaba, la guardaba para sí, descendíala de su blanco pedestal hasta la oscura materialidad de un tálamo! Su razón le decía que era justo que Adriana ocupara su puesto en el mundo, que perteneciera a un hombre de su clase y formara su hogar. ¿Pero por qué eligió a ese Atilano Becerra y no a otro? A Bernabé no le era posible concebir la gracia fina de Adriana junto al solemne y teatral ex ministro. ¿Cómo armonizar el talento adorable de la artista y la monótona prosopopeya del tonto grave? Tales pensamientos lo torturaron durante la semana. Sin embargo, sosteníalo una esperanza. Quería interrogar a la joven. Por que Adriana se limió a anunciarle simplemente la noticia del noviazgo, y en el tono confidencial con que lo hizo no había alegría ni satisfacción, sino, apenas, la atolondrada complacencia de quien piensa comunicar a un confidente cualquier asunto curioso y digno de comentario."

 

El mirar de las estrellas.

"Fue en la época en que aún miraba confuso y encantado en torno mío el tumultuoso correr de la existencia. Toda mi vida se había deslizado monótona y sin matices entre las cuatro paredes del colegio, lejos del hogar, sin más afecto que ese insustancial cariño compuesto de pueriles confidencias y locos ensueños que anuda la amistad de los camaradas, y sin otras emociones que el castigo de un superior o la carta de mi padre riñéndome por perezas o rebeldías… Mis estudios fueron interrumpido bruscamente, y se hizo necesario que mi padre dirigiera mis primeros pasos en la vida del trabajo, a fin d contribuir al sostén del hogar, sacudido en esa época por crisis de pobreza y desolación. Mi madre había muerto, y mi padre, acosado por acreedores, se debatía penosamente, presa de una melancolía negra y tenaz. Los hermanos pequeños debieron emigrar, como pajarillos, sin nido, a casa de parientes caritativos que se encargaron de su educación, y sólo quedaron en casa los mayores, Marta, de dieciocho años, y José, de doce. A pesar de todo, la vida no se me presentaba triste. Sentía el placer de ser útil, el orgullo de ser hombre, y tendía la vista hacia el horizonte con la intrepidez del que no conoce aún los peligros. ¡Había leído tantas historias en la paz del internado! ¡Había soñado en tan bellas aventuras de amor, cuyas protagonistas, rubios, morenas, ardientes o soñadoras, seme aparecían rodeadas de aureola de suaves colores o en penumbra e atrayente misterio! Y allí, a un paso, estaba sin duda oculto el amor, en la libertad que me brindaban mi propia desgracia. Mi padre había conseguido con uno de sus amigos, Don Guillermo Kreutz, que se hiciera cargo de mi aprendizaje. Aún conservo en mi memoria los últimos consejos que recibí de mi padre ante de partir, y las primeras advertencias de mi jefe y protector al llegar al establecimiento.”
 

 

          El mulato Riquelme

"El mulato Riquelme permanece mudo en todo lo que se refiere a la infancia de O'higgins como si obedeciera a la consigna de no mencionar al hijo de la niña Isabel. Agradecido, seguramente, a su protector don Simón por haber permitido su casamiento con Juanita, se identifica con sus rencores y sufrimientos, se ensimisma y calla. En cambio, dedica páginas numerosas a cantar alabanzas de su mujer, a quien prodiga los epítetos más efusivos. Según él, Juanita es "dulce y sabrosa", ni más ni menos que una torta de alfajor, y es prudente y "habilidosa" cual ninguna. Más tarde, después de un año de matrimonio, echa un poco en olvido a la madre, para ponderar las cualidades de la hija, a quien bautiza con el nombre de Sinforosita Riquelme y Aravena…"

 

 

 

           Robles, Blume y Cía.

“La antigua jovialidad de su novia, su alegría escéptica, aunque fresca siempre, se ha ido convirtiendo en sentimentalismo inquieto. No cabe duda de que se libra en su espíritu una lucha que desmejora su organismo. Los nervios la torturan. Ha perdido el ligero tinte rosa de su rostro y su cuerpo esbelto adelgaza de modo visible. Adriana está enferma. No de otro modo puede explicarse el cambio que ha venido operándose en ella. Mientras él rebosa satisfacción al pensar en el triunfo de sus negocios, término fijado para el matrimonio, ella manifiesta reticencias inexplicables y procura aplazar el día tanto tiempo esperado. ¿Y por qué ese afán en considerarse mala, indigna de su cariño? En cierta ocasión en que insistiera sobre ese tema, y como Bernabé le repitiera que ella sería siempre para él la más grande, la más pura de las mujeres, Adriana se había echado a sus brazos llorando. Nunca pudo obtener una explicación al desconcertante impulso. - Nada, nada, Bernabé… son los nervios…perdóname. Algún día…es que tengo como un presentimiento de que algo te puede separar de mí…no me hagas caso…, soy una tonta…Los nervios. Esa era la única explicación razonable que podía darse Bernabé. Su Adriana estaba enferma, necesitaba reposo. Era preciso terminar luego con el estado de indecisión en que vivían. Iría a pedirla a su padre…, y en caso de negativa se casarían de todas maneras…Ambos eran mayores de edad y podían disponer libremente de su vida…Entonces podría cuidarla, mimarla.- No, Bernabé…espera un poco…espera algunos meses más…- ¿Pero por qué?- No sé…creo que la solución vendrá sola si sabemos esperar algún tiempo…antes de que nos casemos, te diré…”

 

         Memorias de un Tolstoyano

Tía Rufina. En Chillán tenía numerosos parientes. Mi madre nació en esa ciudad vetusta, cuna de próceres. Muchas veces, al recorrer sus calles venerables, de casas bajas y murallas espesas, me dije con emoción que su sombre acogió los breves pasos de mi madre en al niñez, que por aquellos patios empedrados con negras y pulidas piedrecillas de río, sombreados por naranjos que cuajaban en frutos de oro, cruzó continuamente su silueta pensativa. Aquella planta de dafne y aquella otra de magnolia, ¿no aromaron sus tardes apacibles, pobladas de esperanza y presentimientos? Pero aquella evocación, que debió ser dulce y aquietadora, no bastaba para darme serenidad. Sí. Fui el heredero de la sensibilidad que hizo estallar su corazón a los treinta y ocho años… Mi madre era hija de un acaudalado señor de Chillán. Si bien puedo decir quién fue mi abuelo materno, en cambio no podría hablar de mi abuela con la misma precisión. Si mi madre hubiera vivido hasta la edad en que despertó mi conciencia, seguramente habría sabido por sus labios la verdad exacta; pero, ya lo he dicho, ella murió cuando yo sólo contaba ocho años. Más tarde, intuyendo que existía un misterio en la vida de mi abuela, siempre tuve timidez par a interrogar a mis parientes. Sin embargo, en una ocasión, ya muchacho de quince años, me atreví a enfrentar a mi padre. Ibamos solos por una alameda del fundo, al paso de las cabalgaduras. Él parecía absorto en sus cavilaciones.- Dígame, papá…¿quién fue la madre de mi mamá?Diome una mirada de soslayo, y, después de un momento, respondió desganadamente:- Una señora de apellido Méndez… La respuesta no me satisfizo y estuve a punto de continuar el interrogatorio, pero en ese momento mi padre había vuelto a inclinar la cabeza, meditativo, y no me atreví a continuar. ¿Quién era esa señora Méndez? Familias de ese apellido había muchas en todas las esferas sociales de Chillán. No conocí a mi abuelo, Don Domingo Puga Solar; pero sí a dos de sus hermanos ya su hermana Rufina. Todos eran gente enérgica, inteligente, de bondad comprensiva. Conservo una fotografía de mi abuelo. Su rostro aparece envuelto por barba cerrada. Está sentado en la actitud de hombre apacible que charla en círculo e íntimos, una pierna sobre la otra, las manos abandonadas con laxitud sobre las rodillas. Sus ojos entrecerrados expresan aburrimiento, sopor de hombre que todo lo ha probado en la vida. Un halo de musulmana pereza envuelve su cuerpo.

 

   

jJOHN SINGER SARGET

 

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