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Así que... no digas absolutamente nada, ¿de acuerdo?”
( viene de cuentos )
Me daba gusto que la
señorita Carolina recibiera esas flores, porque a todos nos
inspiraba lastima. En nuestro pueblo, sabíamos que se le había
deparado el mas terrible infortunio: su prometido la había
dejado plantada.
Durante años
había estado virtualmente comprometida con Juan Pablo Torres,
uno de los mejores partidos, entre los solteros del lugar. Había
esperado a que él concluyera sus estudios de medicina. Y aún
esperaba cuando, transcurrida la mitad de su periodo de
internado, el doctor Torres se enamoró de una mujer más joven y
linda, con la cual se casó.
Aquello fue
casi un escándalo. Mi madre dijo que todos los hombres eran unas
bestias, y que Juan Pablo merecía latigazos. Por el contrario,
mi padre sostenía que todo hombre tiene el derecho -o, más bien,
el sagrado deber- de casarse con la mujer más bella que lo
acepte.
La chica con la que
se casó Torres era ciertamente hermosa. Se llamaba Cynthia Stock
y procedía de una gran ciudad. Debió haberle resultado muy
desagradable la estancia en el pueblo, ya que por supuesto las
mujeres la detestaban y hablaban muy mal de ella.
En cuanto a la pobre
señorita Carolina, el desenlace había sido desastroso para
ella.Durante seis meses se encerró en su casa, dejó de dirigir a
su tropa de muchachas exploradoras y renunció a cualquier
actividad social. Incluso rehusó seguir tocando el órgano en la
Iglesia.
La señorita Carolina
no era ni vieja ni fea, pero parecía resulta a vivir como una
excéntrica solterona. Se asemejaba a un fantasma aquella noche
que le llevé la primera rosa.
“hola, Jaime” me
saludó con indiferencia. Cuando le entregué la caja, me miró
atónita: “ ¿ es para mí ? ”.
Al sábado siguiente,
a la misma hora , le llevé otra rosa. Y una semana después,
otra. A la tercera vez, abrió la puerta con tal prontitud, que
supe que debía haber estado esperándome. Se había puesto un poco
de maquillaje en las mejillas, y su pelo ya no lucía tan
desmadejado.
A la mañana
siguiente de mi cuarta entrega en su casa, la señorita Carolina
volvió a tocar el órgano en la iglesia. Llevaba la rosa prendida
en la blusa. Mantuvo erguida la cabeza y no dirigió ninguna vez
la mirada donde estaba sentado el doctor Torres junto a su bella
esposa. “¡Qué valor!”, comentó mi madre, “ ¡qué carácter !”
Semana tras semana
seguí entregando la rosa a la señorita Carolina, y ella reanudó
gradualmente su vida normal. Había un toque de orgullo, algo que
rayaba en desafío, en la actitud de aquella mujer que, si bien
sufrió una gran frustración a los ojos de todos, en su fuero
interno se sabía apreciada y querida.
Por fin, una noche,
hice mi última visita a la casa de la señorita Carolina. Cuando
le entregué la caja, le informé:
- Esta es la última
vez que vengo. La semana que viene mi familia y yo nos mudaremos
a otra ciudad. Pero el señor Nelson seguirá enviándole las
flores. La solterona vaciló por unos instantes y me invitó:
-
Pasa un momento, Jaime.
Me condujo a su
modesta sala. Cogió un velero, espléndidamente tallado, que
estaba en la repisa de la chimenea. “ Fue de mi abuelo . Me
gustaría que lo conservaras”, agregó. “ Me has traído la
felicidad, Jaime tú y tus rosas “
Abrió la caja,
acarició los delicados pétalos y prosiguió : “ ¡ Me dicen tantas
cosas, aunque en silencio ! Me hablan de otras noches sabatinas,
todas ellas felices. Me revelan que él también se siente
solo...” Se mordió los labios como si temiera haber dicho
demasiado. “ Es mejor que te vayas, Jaime, ya es muy tarde ” y
me dió un beso de despedida. Cogí mi velero y corrí hacia la
bicicleta. De regreso en la florería, hice lo que jamás había
tenido el valor de hacer: revisé los archivos del señor Nelson,
y encontré lo que buscaba. Podía leerse en su mala letra:
“Torres: 52 rosas de un dólar cada una.. Pagadas por adelantado
” ¡ Vaya, vaya ¡, pensé.
Pasaron los años, y un buen día regresé a la florería del señor
Nelson. Nada había cambiado. El anciano estaba preparando un
ramillete de gardenias, como en los viejos tiempos.
Charlamos un rato.
De pronto, le pregunté:
-
¿ Qué ha sido de la señorita Carolina ? Seguramente la
recuerda; a la que le llevaba yo las rosas-
-
¿ La señorita Carolina ¿- Repitió, a la vez que asentía
con la cabeza-.Pues se casó con Iván Leiva y es dueña de la
farmacia. Excelente hombre. Tiene gemelos.
¡Ah ! –exclamé,
sorprendido.
Decidí entonces
demostrarle al anciano cuán astuto había sido yo:
-¿ Cree usted que la
señora del doctor Torres llegó a saber que él le enviaba flores
a su ex-novia ?
-Jaime... nunca
fuiste muy listo. No era Juan Pablo Torres quien las mandaba. Él
ni siquiera se enteró de eso.
-Entonces, ¿Quién ?
-Una dama-
contestó. Colocó las gardenias cuidadosamente en una caja-. Una
dama que aseguró no estar dispuesta a permitir que la señorita
Carolina se convirtiera en una mártir por causa de ella. Cynthia
Stock era quien las enviaba.
El señor Nelson
cerró la caja con resueltos ademanes y concluyó :
“ ¡Esa dama sí que tiene
valor y carácter ! ”

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Taller5 4 Actaulizada
6 de Marzo 2005 .Taller
54. - Continente de las dos lunas
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