Este cuento me lo encontré hace algunos años en una revista en la sala de espera de una consulta

 

 

                                                            FLORES

                                  PARA UNA DAMA DESAIRADA

 

 

 

Cada sábado por la noche, en toda aquella lánguida primavera, solía yo llevarle una rosa a la señorita Carolina Varela. Lloviera o tronara, cada sábado a las 8 en punto.

   Era siempre la mejor rosa de la florería. Observaba al viejo Nelson envolverla con delicadeza en papel de seda blanco con ramas de helechos. Después tomaba yo la angosta caja y pedaleaba frenéticamente por las tranquilas calles, para ir a entregar la flor a su destinataria. En aquella época, después de ir a la escuela, y los sábados, trabajaba como repartidor para el florista Nelson. Me pagaba tres dólares a la semana, pero representaban mucho para un adolescente.          

         Desde el principio hubo algo un tanto extraño acerca de  aquellas flores, le indiqué que había olvidado adjuntar la tarjeta correspondiente.

         Me miró a través de sus lentes con ojos de benévolo gnomo y replicó: “No debe llevar tarjeta, Jaime”. Nunca me llamaba Jaime. “Además, ¿Quién ordenó el envió desea que se haga tan discretamente como sea posible. Así que... no digas absolutamente nada, ¿de acuerdo?”

Me daba gusto que la señorita Carolina recibiera esas flores, porque a todos nos inspiraba lastima. En nuestro pueblo, sabíamos que se le había deparado el mas terrible infortunio: su prometido la había dejado plantada.

        Durante años había estado virtualmente comprometida con Juan Pablo Torres, uno de los mejores partidos, entre los solteros del lugar. Había esperado a que él concluyera sus estudios de medicina. Y aún esperaba cuando, transcurrida la mitad de su periodo de internado, el doctor Torres se enamoró de una mujer más joven y linda, con la cual se casó.

         Aquello fue casi un escándalo. Mi madre dijo que todos los hombres eran unas bestias, y que Juan Pablo  merecía latigazos. Por el contrario, mi padre sostenía que todo hombre tiene el derecho -o, más bien, el sagrado deber- de casarse con la mujer más bella que lo acepte.

La chica con la que se casó Torres era ciertamente hermosa. Se llamaba Cynthia Stock y procedía de una gran ciudad. Debió haberle resultado muy desagradable la estancia en el pueblo, ya que por supuesto las mujeres la detestaban y hablaban muy mal de ella.

En cuanto a la pobre señorita Carolina, el desenlace había sido desastroso para ella.Durante seis meses se encerró en su casa, dejó de dirigir a su tropa de muchachas exploradoras y renunció a cualquier actividad social. Incluso rehusó seguir tocando el órgano en la Iglesia.

La señorita Carolina no era ni vieja ni fea, pero parecía resulta a vivir como una excéntrica solterona. Se asemejaba a un fantasma aquella noche que le llevé la primera rosa.

“hola, Jaime” me saludó con indiferencia. Cuando le entregué la caja, me miró atónita: “ ¿ es para mí ? ”.

Al sábado siguiente, a la misma hora , le llevé otra rosa. Y una semana después, otra. A la tercera vez, abrió la puerta con tal prontitud, que supe que debía haber estado esperándome. Se había puesto un poco de maquillaje en las mejillas, y su pelo ya no lucía tan desmadejado.

A la mañana siguiente de mi cuarta entrega en su casa, la señorita Carolina volvió a tocar el órgano en la iglesia. Llevaba la rosa prendida en la blusa. Mantuvo erguida la cabeza y no dirigió ninguna vez la mirada donde estaba sentado el doctor Torres junto a su bella esposa. “¡Qué valor!”, comentó mi madre, “ ¡qué carácter !”     

Semana tras semana seguí entregando la rosa a la señorita Carolina, y ella reanudó gradualmente su vida normal. Había un toque de orgullo, algo que rayaba en desafío, en la actitud de aquella mujer que, si bien sufrió una gran frustración a los ojos de todos, en su fuero interno se sabía apreciada y querida.

 Por fin, una noche, hice mi última visita a la casa de la señorita Carolina. Cuando le entregué la caja, le informé:

 - Esta es la última vez que vengo. La semana que viene mi familia y yo nos mudaremos a otra ciudad. Pero el señor Nelson seguirá enviándole las flores. La solterona vaciló por unos instantes y me invitó:

-         Pasa un momento, Jaime.

Me condujo a su modesta sala. Cogió un velero, espléndidamente tallado, que estaba en la repisa de la chimenea. “ Fue de mi abuelo . Me gustaría que lo conservaras”, agregó. “ Me has traído la felicidad, Jaime tú y tus rosas “

Abrió la caja, acarició los delicados pétalos y prosiguió : “ ¡ Me dicen tantas cosas, aunque en silencio ! Me hablan de otras noches sabatinas, todas ellas felices. Me revelan que él también se siente solo...” Se mordió los labios como si temiera haber dicho demasiado. “ Es mejor que te vayas, Jaime, ya es muy tarde ” y me dió un beso de  despedida. Cogí mi velero y corrí hacia la bicicleta. De regreso en la florería, hice lo que jamás había tenido el valor de hacer: revisé los archivos del señor Nelson, y encontré lo que buscaba. Podía leerse en su mala letra: “Torres: 52 rosas de un dólar cada una..  Pagadas por adelantado ” ¡ Vaya, vaya ¡, pensé.

  Pasaron los años, y un buen día regresé a la florería del señor Nelson. Nada había cambiado. El anciano estaba preparando un ramillete de gardenias, como en los viejos tiempos.

Charlamos un rato. De pronto, le pregunté:

-         ¿ Qué ha sido de la señorita Carolina ? Seguramente la recuerda; a la que le llevaba yo las rosas-

-         ¿ La señorita Carolina ¿- Repitió, a la vez que asentía con la cabeza-.Pues se casó con Iván Leiva  y es dueña de la farmacia. Excelente hombre. Tiene gemelos.

¡Ah ! –exclamé, sorprendido.

Decidí entonces demostrarle al anciano cuán astuto había sido yo:

-¿ Cree usted que la señora del doctor Torres llegó a saber que él le enviaba flores a su ex-novia ?

-Jaime... nunca fuiste muy listo. No era Juan Pablo Torres quien las mandaba. Él ni siquiera se enteró de eso.

-Entonces, ¿Quién ?

-Una dama-  contestó. Colocó las gardenias cuidadosamente en una caja-. Una dama que aseguró no estar dispuesta a permitir que la señorita Carolina se convirtiera en una mártir por causa de ella. Cynthia Stock era quien las enviaba.

El señor Nelson cerró la caja con resueltos ademanes y concluyó :

                                    “ ¡Esa dama sí que tiene valor y carácter ! ”   

        

 

 

                                                      

 

Taller5 4  Actaulizada 6 de Marzo 2005 .Taller 54.  - Continente de las dos lunas

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