|
El
príncipe feliz
Oscar Wilde

En
la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se
alzaba la estatua del Príncipe Feliz.
Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a
guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo
ardía en el puño de su espada.
Por todo lo cual era muy admirada.
-Es tan hermoso como una veleta -observó uno de los miembros
del Concejo que deseaba granjearse una reputación de
conocedor en el arte-. Ahora, que no es tan útil -añadió,
temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico.
Y
realmente no lo era.
-¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz? -preguntaba una
madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna-. El Príncipe
Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito.
-Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es
completamente feliz -murmuraba un hombre fracasado,
contemplando la estatua maravillosa.
-Verdaderamente parece un ángel -decían los niños
hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus
soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas.
-¿En qué lo conocéis -replicaba el profesor de matemáticas-
si no habéis visto uno nunca?
-¡Oh!
Los hemos visto en sueños -respondieron los niños.
Y
el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un
severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se
permitiesen soñar.
Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la
ciudad.
Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto;
pero ella se quedó atrás.
Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró
al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río
persiguiendo a una gran mariposa amarilla, y su talle
esbelto la atrajo de tal modo, que se detuvo para hablarle.
-¿Quieres que te ame? -dijo la Golondrina, que no se andaba
nunca con rodeos.
Y
el Junco le hizo un profundo saludo.
Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el
agua con sus alas y trazando estelas de plata.
Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el
verano.
-Es un enamoramiento ridículo -gorjeaban las otras
golondrinas-. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente
demasiada familia.
Y
en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos.
Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el
vuelo.
Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó
a cansarse de su amante.
-No sabe hablar -decía ella-. Y además temo que sea
inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa.
Y
realmente, cuantas veces soplaba la brisa, el Junco
multiplicaba sus más graciosas reverencias.
-Veo que es muy casero -murmuraba la Golondrina-. A mí me
gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe
gustar viajar conmigo.
-¿Quieres seguirme? -preguntó por último la Golondrina al
Junco.
Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su
hogar.
-¡Te has burlado de mí! -le gritó la Golondrina-. Me marcho
a las Pirámides. ¡Adiós!
Y
la Golondrina se fue.
Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la
ciudad.
-¿Dónde buscaré un abrigo? -se dijo-. Supongo que la ciudad
habrá hecho preparativos para recibirme.
Entonces divisó la estatua sobre la columnita.
-Voy a cobijarme allí -gritó- El sitio es bonito. Hay mucho
aire fresco.
Y
se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz.
-Tengo una habitación dorada -se dijo quedamente, después de
mirar en torno suyo.
Y
se dispuso a dormir.
Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le
cayó encima una pesada gota de agua.
-¡Qué curioso! -exclamó-. No hay una sola nube en el cielo,
las estrellas están claras y brillantes, ¡y sin embargo
llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente
extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro
egoísmo.
Entonces cayó una nueva gota.
-¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia?
-dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de
chimenea.
Y
se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las
alas, cayó una tercera gota.
La
Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas,
que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su
faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita
sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la
Golondrina-. Me habéis empapado casi.
-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -repitió
la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía
en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite
la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis
compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran
salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima,
pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues
todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me
llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es
que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora
que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas
las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi
corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.
«¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?», pensó la Golondrina
para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para
hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas.
-Allí abajo -continuó la estatua con su voz baja y musical-,
allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una
de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una
mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y
ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de
pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda
pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el
próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor
de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace
su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no
puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina,
Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi
espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo
mover.
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mis amigas
revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los
grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran
Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto
en una tela amarilla y embalsamado con sustancias
aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor
del cuello y sus manos son como unas hojas secas.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita - dijo el Príncipe-,
¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera?
¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre!
-No creo que me agraden los niños -contestó la Golondrina-.
El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos
muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban
un momento en tirarme piedras. Claro es que no me
alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien
para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su
agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto.
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la
Golondrinita se quedó apenada.
-Mucho frío hace aquí -le dijo-; pero me quedaré una noche
con vos y seré vuestra mensajera.
-Gracias, Golondrinita -respondió el Príncipe.
Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada
del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los
tejados de la ciudad.
Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles
esculpidos en mármol blanco.
Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile.
Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio.
-¡Qué hermosas son las estrellas -la dijo- y qué poderosa es
la fuerza del amor!
-Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile
oficial -respondió ella-. He mandado bordar en él unas
pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras!
Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles
de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos
negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de
cobre.
Al
fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El
niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre habíase
quedado dormida de cansancio.
La
Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la
mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó
suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la
cara del niño.
-¡Qué fresco más dulce siento! -murmuró el niño-. Debo estar
mejor.
Y
cayó en un delicioso sueño.
Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el
Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.
-Es curioso -observa ella-, pero ahora casi siento calor, y
sin embargo, hace mucho frío.
Y
la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió.
Cuantas veces reflexionaba se dormía.
Al
despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño.
-¡Notable fenómeno! -exclamó el profesor de ornitología que
pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!
Y
escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico
local.
Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se
podían comprender!...
-Esta noche parto para Egipto -se decía la Golondrina.
Y
sólo de pensarlo se ponía muy alegre.
Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato
sobre la punta del campanario de la iglesia.
Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose
unos a otros:
-¡Qué extranjera más distinguida!
Y
esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo
vuelo hacia el Príncipe Feliz.
-¿Tenéis algún encargo para Egipto? -le gritó-. Voy a
emprender la marcha.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-,
¿no te quedarás otra noche conmigo?
-Me esperan en Egipto -respondió la Golondrina-. Mañana mis
amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo
se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre
un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la
noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y
luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a
la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus
rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata.
-Golondrina, Golondrina, Golondrinita -dijo el Príncipe-,
allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una
buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de
papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas
marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como
granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se
esfuerza en terminar una obra para el director del teatro,
pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego
ninguno en el aposento y el hambre le ha rendido.
-Me quedaré otra noche con vos -dijo la Golondrina, que
tenía realmente buen corazón-. ¿Debo llevarle otro rubí?
-¡Ay! No tengo más rubíes -dijo el Príncipe-. Mis ojos es lo
único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos
de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y
llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y
combustible y concluirá su obra.
-Amado Príncipe -dijo la Golondrina-, no puedo hacer eso.
Y
se puso a llorar.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-.
Haz lo que te pido.
Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló
hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en
ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina
entró por él como una flecha y se encontró en la habitación.
El
joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo
del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro
colocado sobre las violetas marchitas.
-Empiezo a ser estimado -exclamó-. Esto proviene de algún
rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra.
Y
parecía completamente feliz.
Al
día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto.
Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los
marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de
unos cabos.
-¡Ah, iza! -gritaban a cada caja que llegaba al puente.
-¡Me voy a Egipto! -les gritó la Golondrina.
Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el
Príncipe Feliz.
-He venido para deciros adiós -le dijo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -exclamó el
Príncipe-. ¿No te quedarás conmigo una noche más?
-Es invierno -replicó la Golondrina- y pronto estará aquí la
nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras
verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran
perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis
compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las
palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se
arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os
olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos
bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis.
El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan
azul como el océano.
-Allá abajo, en la plazoleta -contestó el Príncipe Feliz-,
tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han
caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre
le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando.
No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al
descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le
pegará.
-Pasaré otra noche con vos -dijo la Golondrina-, pero no
puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego
del todo.
-¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita! -dijo el Príncipe-.
Haz lo que te mando.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y
emprendió el vuelo llevándoselo.
Se
posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y
deslizó la joya en la palma de su mano.
-¡Qué bonito pedazo de cristal! -exclamó la niña, y corrió a
su casa muy alegre.
Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe.
-
Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre.
-No, Golondrinita -dijo el pobre Príncipe-. Tienes que ir a
Egipto.
-Me quedaré con vos para siempre -dijo la Golondrina.
Y
se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se
colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que
habla visto en países extraños.
Le
habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a
orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la
esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto
y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente
junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios
de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna,
que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de
cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una
palmera y a la cual están encargados de alimentar con
pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que
navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y
están siempre en guerra con las mariposas.
-Querida Golondrinita -dijo el Príncipe-, me cuentas cosas
maravillosas, pero más maravilloso aún es lo que soportan
los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la
miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que
veas.
Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los
ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras
los mendigos estaban sentados a sus puertas.
Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los
niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles
negras.
Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos
abrazados uno a otro para calentarse.
-¡Qué hambre tenemos! -decían.
-¡No se puede estar tumbado aquí! -les gritó un guardia.
Y
se alejaron bajo la lluvia.
Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al
Príncipe lo que había visto.
-Estoy cubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; despréndelo
hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen
siempre que el oro puede hacerlos felices.
Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el
Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza.
Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas
de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y
jugaron por la calle.
-¡Ya tenemos pan! -gritaban.
Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo.
Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban
y relucían.
Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían
de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de
pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre
el hielo.
La
pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no
quería abandonar al Príncipe: le amaba demasiado para
hacerlo.
Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no
la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas.
Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más
que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe.
-¡Adiós, amado Príncipe! -murmuró-. Permitid que os bese la
mano.
-Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto,
Golondrina -dijo el Príncipe-. Has permanecido aquí
demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios
porque te amo.
-No es a Egipto adonde voy a ir -dijo la Golondrina-. Voy a
ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño,
¿verdad?
Y
besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus
pies.
En
el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de
la estatua, como si se hubiera roto algo.
El
hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos.
Realmente hacia un frío terrible.
A
la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por
la plazoleta con dos concejales de la ciudad.
Al
pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua.
-¡Dios mío! -exclamó-. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe
Feliz!
-¡Sí, está verdaderamente andrajoso! -dijeron los concejales
de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde.
Y
levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua.
-El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es
dorado -dijo el alcalde- En resumidas cuentas, que está lo
mismo que un pordiosero.
-¡Lo mismo que un pordiosero! -repitieron a coro los
concejales.
-Y
tiene a sus pies un pájaro muerto -prosiguió el alcalde-.
Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los
pájaros que mueran aquí.
Y
el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea.
Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz.
-¡Al no ser ya bello, de nada sirve! -dijo el profesor de
estética de la Universidad.
Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde
reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía
hacerse con el metal.
-Podríamos -propuso- hacer otra estatua. La mía, por
ejemplo.
-O
la mía -dijo cada uno de los concejales.
Y
acabaron disputando.
-¡Qué cosa más rara! -dijo el oficial primero de la
fundición-. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el
horno; habrá que tirarlo como desecho.
Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía
la golondrina muerta.
-Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad -dijo Dios
a uno de sus ángeles.
Y
el ángel se llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.
-Has elegido bien -dijo Dios-. En mi jardín del Paraíso este
pajarillo cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el
Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas.
Volver
|
Taller 54 informa, de
que tanto los artículos como los mensajes
distribuidos a través de la web y la lista de la que
es titular, expresan las opiniones personales de los
respectivos autores y, por tanto, su publicación no
significa en absoluto que coincida con la de
"Taller54 ni la de cualquiera de sus miembros.
En razón a ello, declina toda responsabilidad
derivada de las afirmaciones que puedan ser
sostenidas por los autores de dichos artículos y
mensajes, quienes deberán hacerse cargo, en su caso,
de las mismas.
Todos los artículos publicados en esta web son
propiedad de sus autores, y es a ellos, o en su
defecto a la propia dirección de Taller54, a quien
se debe solicitar los permisos oportunos si se desea
publicar alguno de estos artículos en cualquier
medio de difusión.
Las imágenes utilizadas en esta web, (a exepción de
las includias en la sección de imágenes) no son
propiedad de Taller 54, por lo que, si alguna de
estas imágenes estuviera sujeta a derechos de autor,
o a algún otro tipo de derecho que impida su
publicación en esta web, una vez que la dirección de
Taller 54 tenga conocimiento del hecho, procederá a
la retirada inmediata de la imagen protegida por los
derechos pertinentes, sin que ello pueda dar lugar a
ninguna acción contra Taller 54 dado el carácter
lúdico y educativo de esta web.
Las imágenes incluidas en la sección de imágenes son
propiedad de Internet , y este, permite su
utilización para cualquier fin lúdico. Sólo existe
una limitación; que en el caso de utilizar alguna
imagen, se indique que se ha obtenido de la web de
Taller 54. Queda expresamente prohibida la
utilización de estas imágenes con fines lucrativos.
Taller 54
|
© MM-MMVIITaller
54 Culture Inc. | Av Vitacura 5970 | Santiago de Chile |
Actualizada 1 Mayo MMVIII Pintores que encontrará en Taller
54 medieval art,medieval paintings,medieval knights,medieval
romance,medieval angels,medieval times,medieval
romance,angel paintings,renaissance angels,biblical
angels,medieval paintings,medieval times,angel
paintings.biblical angels,Best on the Web! oil painting
reproductions,renaissance angels,religious art, mythological
oil paintings,medieval times,medieval knights,medieval
romance,italian renaissance artist,medieval art,medieval
angels.impressionist paintings,european art,commissioned
angel artist,fantasy art,pre-raphaelites
renaissance,medieval times,pre-raphaelites,commissioned
angel artist,fantasy art, renaissance angels,guardian
angels,biblical angels,mythological paintings,impressionist
mastermaster paintings,european art and nature Guardian
Angels,european
art,impressionist,children,portraits,animals,nature,
medieval paintings,angel paintings,art,original
paintings,Medieval Rings,ArthurKnights,Medieval
Romance,angels,angel paintings,Medieval Fantasy,art
reproductions,Tapestries,posters,prints,middle
earth,mythology, Medieval Paintings,middle earth,Lord of the
Rings,Arthur,Arthur and Camelot,Arthur and Excalibur,Arthur
and Lancelot,Lord of the Rings,Arthur
Rings,ArthurRings,Arthur and the Sword in the Stone,
Balin,Balin and
Balan,Shakespeare,dragons,queen,reproductions of master
mastermastermaster masterthe Rings,Arthurpaintings,art
Rings,Arthurreproductions,painting reproductions,famous
reproductions,king,tapestry,medieval tapestry,Camelot,angel,
angels, angel painting, angel paintings, angel picture,
angel pictures, spirit art, spiritual art, spirit artist,
spiritual artist, creative, create, creative process, colour,
aura, auras, aura painting, energy, energy art, energy
artist, energy painting, healing, spirit, reiki, hands on
healing, spiritual healing, Canada, Canadian, energy
paintings,spirit, spiritual, soul, energy, matter, vibrant
universe, vibrant, universe, life, colour healing, art,
healing art, psychic art, painting, commissioned art,
commissioned artist, commissioned angel artist, angel fairs,
angel messages, angel psychics, angel psychic, whole life
expos, angel information, Angel Art, Angel Artwork, Angel
Painting, Painting, Art, Artwork
|