Desde el fondo del cielo nutrí todas tus horas,
y embellecí el crepúsculo de tus melancolías.
En mis fuegos bebieron anchura tus dolores.
Tú no me conocías.
En los ojos de todas las mujeres amadas
había — ¿no te acuerdas? — dos luces reflejadas.
Esas dos luces siempre lejanas eran mías,
y tú no lo sabías.
Yo derramé sobre la arquitectura
de tus versos calientes de humanas alegrías,
una fe en otros cielos y un resplandor de altura.
Tú no me conocías.
Contemplabas los barcos, los caminos, los montes,
con ansias de partir hacia las lejanías.
Era yo que te hablaba desde los horizontes,
y tú no lo sabías.
Tú viviste entre artistas tus horas optimistas,
sin saber nunca para tu consuelo,
que las viejas bohardas de los pobres artistas
son siempre bajas para no tocar con el cielo...
Que allí donde se dicen versos y donde suena
un violín, y unos labios se acuerdan de Beethoven,
es que en las cercanías hay una estrella buena
que hace que sea el alma cada día más joven.
Que las pobres bohardas tienen por compañeros
el cielo y la ternura, el triunfo y la emoción,
y que el Véspero pasa rosando sus aleros
y siempre sus ventanas son vecinas de Orión.
Duerme, poeta, ahora. Negros vientos humanos
te empujaron por anchos mares engañadores.
Nada eterno lograron aprisionar tus manos.
Pero si te vencieron los obscuros dolores,
como una madre plena de amores sobrehumanos,
la Cruz del Sur ahora te abrirá sus lejanos
brazos perdonadores...
Daniel de la Vega
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