a David Perry
El mar echa sus olas
contra las rocas negras,
y el penacho de
espumas
revienta.
El viento se lleva al estruendo.
Pero el mar no queda
satisfecho
con ese penacho,
y de nuevo prueba,
y arroja sus olas
a morir en
las piedras.
Otra vez el plumón arrogante,
colérico, trepa,
y la cascada de
nieve repite
su caída de heladas camelias,
sus delirios de
armiño,
de alas y reflejos que vuelven
a las aguas inquietas,
de
chispas y pétalos
que mueren de santa belleza
en la altivez de
castillo
con que resisten las peñas.
Pero el mar, arquitecto insaciable,
no quiere esa ola
frenética,
ni esta otra que viene al asalto,
ni aquella...
Y ensaya de nuevo,
y empuja sus olas espléndidas,
con un fiero
afán
de construir olas nuevas,
nuevos arcos de sueños con
cielos,
catedrales de espumas perfectas,
el alcázar de nieve sin
nombre,
la nube violenta,
el mármol augusto,
la torre del agua
sonora y eterna,
la ojiva de escarcha,
la montaña que pasa
ligera,
el Partenón más fugaz que el relámpago,
la casa quimérica...
De mirar, ya cansados, nos vamos.
Y el mar sigue su altiva
tarea,
y amontona oleajes,
y castiga las olas inmensas,
y grita,
y porfía,
y vuelve y pelea...
Y llega la noche,
y desparrama sus niñas estrellas,
y el viento
se duerme,
y el mar continúa su negra faena,
buscando en las
sombras,
la espuma suprema,
el plumón soñado,
la ola
perfecta.
Daniel de la Vega
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