Rendí mi vida en la ciudad de hierro.
Yo no supe del campo ni del mar.
Mis banderas pelearon en suburbios.
Yo no tuve paisaje que cantar.
Sólo vi la fogata del crepúsculo
en charcos callejeros, o detrás
de un enredo de alambres telefónicos.
Para mis muertos no me dio el rosal
silvestre un sólo pétalo en noviembre.
Yo no tuve marea ni trigal.
Para mí fue la nube recortada
por los tejados, una tempestad
divisada al través de los cristales,
la luna nueva que se va a ocultar
en una chimenea melancólica,
la planta enferma de un extraño mal
en la azotea sola,
el alba en los espejos de algún bar,
la ventanita del octavo piso,
el viejo caserón del arrabal.
Yo no supe de boldos ni maitenes,
ni de estero haragán
que recoge en sus aguas andariegas
lumbre crepuscular.
Y jamás anduvieron
mis agonías por el matorral.
En mis tardes siempre hubo campanarios,
y el monte nunca me miró pasar...