Madrigueras de pasiones,
de miserias, de canciones,
de locuras, de ladrones...
Callejuelas doloridas
donde se nutren las vidas
de los poetas suicidas.
Plazoletas angustiadas
como cárceles; - calladas,
taciturnas, alargadas...
Bulliciosos conventillos
con sus perros y chiquillos
sucios, tristes y amarillos.
Los tenebrosos portales
donde se hunden los puñales
de los amores carnales.
Rincones de los insultos
donde se ofician los cultos
de los pecados ocultos.
Habitaciones oscuras
donde las bocas impuras
cantan cansadas locuras.
Viejo arrabal que alimenta
la sensualidad violenta,
enferma, triste, sangrienta...
Mi canción fuerte y ardiente,
chorreando sangre caliente,
sonará trágicamente
en la noche, como un grito
trémulo, loco, infinito,
de la carne del delito.
Viene la mala muerte
y el oculto pecado
escondido en la suerte
del espejo quebrado.
La fiebre y el vicio
se alarga y florece
con el maleficio
del número 13.
La risa no visita
los barrios embrujados
ni la casa maldita
de los amancebados.
En noches oscuras
el diablo penetra
por las cerraduras.
Nacen brujerías
de los gatos negros
de las mancebías.
Queda el diablo esclavo
dejando una llave
colgada de un clavo.
Retorna despierta
la buenaventura
clavando la puerta
con una herradura.
Y la suerte ingrata
siempre se renueva
mostrándole plata
a la luna nueva.
Daniel de la Vega
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Todas las almas traen un mensaje a la tierra,
pero al llegar lo pierden en este hervor sombrío;
yo, bajo los estruendos de estos aires de guerra,
como todos, Señor, perdí también el mío...
¡Perdí también el mío! Pero lo he de encontrar
aunque sea partiéndome el pecho esperanzado;
arañando en mí mismo lo he de desenterrar
por encima del tiempo, más allá del pasado.
Por las selvas hirsutas nunca buscó una fiera
su presa como yo voy buscando la mía.
¡Frente a la eternidad, mi alma es una pantera
que aúlla a las estrellas toda su rebeldía!
Daniel de la Vega
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