Encontraron a la sirena



"¡Encontraron a la sirena!", gritó el encargado del radio del submarino, y mientras se imprimía el comunicado, él lo iba leyendo a los demás:

"Despertó en la playa, para ella desconocida, tan sólo por unos momentos. Mientras se deslizaba hacia el mar balbuceó una gran expectativa: una criatura angelical la estaría esperando. Ah, suspiraba, volvería a ver colear los peces, tocaría con las yemas de sus dedos los líquenes y las algas. Su perfección se reflejaría en los ojos del enamorado. Manos suaves y oleosas la acariciarían.

Al momento de calmar el apetito, él le llevaría a la boca algún elíxir exquisito. Pero no serían los únicos en aquella profundidad; los visitantes serían inspirados por extraños sonidos a la danza y al regocijo. También ellos se dejarían llevar bajo el influjo y el mismo ritmo.

–Deseaba tanto amarte –gemiría él–, vamos a nuestra guarida, mi vida.
–¿Así serás siempre? –preguntaría ella, buscando la oportunidad de meterme dentro de él para que nada pudiera separarlos.
–¡Siempre! –le contestaría, rodeándola con la danza de enamoramiento.
–¿Y si algún día te aburrieras de mí? –le preguntaría, algo desconfiada.
–Te seré fiel perpetuamente –le diría él para convencerla al apareamiento.
–¿Es verdad? –diría ella ya seducida, casi pronta para ser amada.
–¿Por qué habría de mentirte, tesoro mío? –insistiría él, y se acercaría, moviendo su magesa cola de sireno macho.
–Temo que algo suceda… –así le manifestaría algún temor, mientras él la abrazaría y ella, pícara, sonriendo, se dejaría.

Mas, de pronto, un ruido ensordecedor interrumpiría aquel diálogo. Él seguiría con sus ojos la estampida que huiría hacia la superficie, al tiempo que una enorme ola la arrastraría hacia otra playa desconocida, para volverse a dormir, soñando sueños que no lastiman."

                                              FIN

                                                        Autora Cielo Vázquez


 

 

   

 

El águila
 

Cuento, adaptable para obra de teatro para niños.

 

 


Tiene ojos muy grandes,
y una visión ilimitada;
cualquier cosa que comer,
ya la tiene divisada.
Después de alimentarse,
levanta vuelo hacia la cima,
a la peña, en el desierto,
a lo más alto de la montaña.
Riquísimos alimentos,
agarran sus fuertes garras,
para darles con su gran pico,
a los hambrientos pequeñitos,
que la esperan con ansias.

Ha llegado el tiempo,
de que aprendan a volar,
mas, desde antes,
los ha llevado a pasear,
protegidos entre sus plumas,
subiendo, bajando y planeando,
por el aire muy seguros,
escondidos en sus alas.
Al principio aterrados,
intentando el equilibrio,
tal vez sin querer mirar
el paisaje desconocido.

De pronto alguien se anima,
y grita el primer grito:
“¡No es horrible!, ¡es hermoso!,
atrévanse hermanitos.
¡Qué lástima, son unos tontos!,
no saben lo que se pierden!
Pero yo sé que muy pronto,
volaremos todos juntos.”

El águila vuelve a la cima
con sus polluelos encima.
Y una vez arriba,
se destaca el más atrevido:
“Ya me estoy ejercitando,
en cualquier momento me tiro,
total… ¡miren qué alto!,
jamás llegaré allá abajo.”
Desde chiquitos ya valientes,
deseando emprender el vuelo.
Sin saber que su mamá,
planeaba algo inesperado.
Cuando los vio prontitos,
comenzó a tirarlos uno a uno.
¡Cuántos gritos de socorro!
“¡Sin mamá, no es lo mismo!”

“Oye, ¿te creías valiente?
polluelo desobediente.
Hijitos, no los dejaré solos,
planearé al lado de ustedes.”
La incertidumbre los abatía.
Inmóviles al comienzo,
no entendiendo a su madre,
caían hacia el desierto.

Pero uno gritó bien fuerte,
para que lo oyeran los otros:
“¡Batan, batan las alas!
aún nos queda mucho tiempo.”

Mientras la madre sonreía,
los pequeños alborotados,
las agitaban bien fuerte,
a ver… decían,
A ver…¿Quién tiene más suerte?
Cuando tuvieron mucho miedo,
porque bajaban, no subían;
su madre gigantesca,
orgullosa les decía:
“¡No tengan miedo!
¡Batan, batan las alas!
Que el cansancio se irá yendo;
yo estoy por todos lados;
vigilante, protegiendo.”

Ánimo y regocijo,
la naturaleza usó lo planeado:
el águila estaba gozosa,
por el primer gran paso dado.
Con su cabeza bien en alto,
preocupada, reflexionaba
sobre el futuro y el pasado;
por encima del horizonte,
pensando en ¡cómo ayudarlos!
“¡Despiértense! ¡A levantarse!
Mamá tiene cosas que enseñarles.
Mi experiencia les servirá,
para poder defenderse.
Vendrán grandes peligros,
es mi deber alertarles:
junto con la seguridad,
la pereza puede atraparles.
No es bueno confiarse mucho,
en que somos ¡tan grandes!
Algún día, pensarán...
mañana, mañana bajo;
hoy no tengo tanta hambre.
De todas formas es mío,
¿lo ven?, aquel…
aquel tonto escarabajo.
Así pueden pasar meses,
dejando atrás, y dejando
su reservado alimento,
que estarán observando.
Si alguien se atreve a acercarse,
su rapidez ganará a cualquiera.
Peligro de muerte rodea;
porque ahí… no está el problema:
Una costra en sus picos,
se formará sin aviso,
y queriendo abrirlos,
no entrará el alimento.
Grandes bolsas se formarán,
debajo de sus alas,
y éstas, les impedirán llegar
a la cima tan amada.
Y no tendrán más remedio
que esconderse en algún hueco,
formado de rocas lisas,
por lo menos por algún tiempo.
Aguardarán silenciosas,
cada viento, cada brisa,
y la pereza irá en aumento
sin que se den mucha cuenta.
Harán varios intentos
sin obtener resultado,
y cada vez más cercano
estará el desierto.
Y un día ya cansadas;
no podrán emprender vuelo;
tiradas, desparramadas,
se sentirán fustigadas
en la arena ardiente;
sus alas de par en par
abiertas totalmente.
Las otras aves del cielo
se reirán y les dirán en sus caras.”
“¡Qué te ha sucedido…
orgullosa y estirada!, ¿águila?”
“Y ustedes responderán:”
“No me tiren estiércol,
que endurece mis plumas,
he caído en desgracia,
por favor, una ayuda.”

“Entonces escucharán:”
“Eres pájaro muerto,
depredadora del desierto.
¿Por qué habremos de ayudarte?
¡Cada una su parte!
No hay esperanza para ti,
todas mueren aquí;
no tienes alas, no tienes pico,
ni fuerzas para levantarte.”

“Debo alertarles como madre,
¡deben ser inteligentes!;
no todas las aves que vuelan,
son buenas como creen.
No es nada bonito
lo que sigue en este cuento.
¡Y les ordeno niñitos,
que recuerden desde ahora!,
cómo han de reaccionar,
si cayeren en desgracia.
Espero que no suceda,
aunque un susto les daré.
Es duro el intermedio,
pero al final, termina bien.
Les contaré cuando estuve,
moribunda ¡tantas horas!
Esto me pasó a mí,
aunque no lo puedan creer,
esto me pasó a mí,
cuando comencé a crecer:
Un día… caí en el desierto,
y observé como podía
la muerte de mis amigas.
Pero estando en medio
algo me decía:
¡Arrástrate lentamente,
lentamente hacia la roca!
¡Golpea con fuerza tu pico,
hasta sacarte esa costra!
Bandada de aves
te enviaré por esa zona;
y alguna distraída,
haré que deje caer,
una ramita, alguna hoja,
para que puedas comer.

Una vez desprendida la costra,
de tu pico por pereza,
deberás quitar el estiércol,
que penetra hasta tu piel.
El hambre te dará fuerzas,
¡urgencias de comer!
Sacarás todas tus plumas,
el dolor, no te importe,
tampoco habrás de asustarte,
si sangrar te ves.
Durante el día
el sol quemará tus heridas,
por la noche, el frío te hará temblar,
mas… cuando llegue el verano…
¡nuevas plumas crecerán!
Estaré contigo todo el tiempo,
como lo estuvo tu mamá.
Te contaré muchos cuentos,
cuentos hermosos que contarás.
Porque allí…, allí bajo la roca,
ningún estiércol te tocará…,
y cuando crezcan tus plumas…
¡a la cima… y conmigo… volverás!”
Autora: Cielo Vázquez


 

 

 

 

 

 

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  Pintura Alégrate El está contigo de Isabel Guerra